Galerna del Cantábrico
Ayer se dio este curioso fenómeno atmosférico tan propio de esta zona y tan propio de estas épocas. Cuando era niña no entendía como los mayores podían adivinar con tanto éxito que en unas horas se iba a dar este arrollador capricho del clima. Hacía un radiante día de sol. Un calor pegajoso y machacón. Cuarenta grados a la sombra y un aire cálido que aturdía. En unos pocos minutos, cerca de las seis de la tarde entraba un fuerte viento racheado, mucho más templado. Una espesa masa nubosa asaltaba la costa desde el mar donde se había formado. Todo se cubrió de gris y el viento se agitaba violento. Los pobres vendedores de la feria de artesanía sujetaban sus puestos ante los embates del temporal, y sus piezas de cerámica salían volando para estrellarse y hacerse mil pedazos algo más lejos. La playa en cuestión de minutos quedaba vacía. El espectáculo de ver esa tormenta de arena en miniatura te hace darte cuenta de lo engorroso que tiene que ser algo multiplicado por mil en el Sáhara. Se veía la arena volar por los aires. La temperatura en unos pocos minutos caía en más de diez grados. Conseguimos encaramarnos al paseo nuevo y ver el mar abierto. Marea altísima y agua muy picada. Todo lleno de crestas blancas, y aún a ratos el agua saltaba por encima del paseo. El fuerte viento pegaba en la cara y hacía resistencia a la hora de dejarnos andar.
Es un espectáculo comprobar la caída de la galerna sobre la costa. Es rápida y se deja notar con furia. Luego todo pasa. La temperatura queda muy agradable. La brisilla pega fresquita en la cara y el cielo se cubre de gris. Hay a quienes les parece peligroso y les priva del sol, y hay quienes lo agradecen porque por fin les deja respirar después de un día bochornoso. Cada uno elige la opinión que quiera de las galernas. Pero eso sí. El espectáculo de sentirla encima al menos una vez es bastante excitante.
Es un espectáculo comprobar la caída de la galerna sobre la costa. Es rápida y se deja notar con furia. Luego todo pasa. La temperatura queda muy agradable. La brisilla pega fresquita en la cara y el cielo se cubre de gris. Hay a quienes les parece peligroso y les priva del sol, y hay quienes lo agradecen porque por fin les deja respirar después de un día bochornoso. Cada uno elige la opinión que quiera de las galernas. Pero eso sí. El espectáculo de sentirla encima al menos una vez es bastante excitante.





