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Crónica en Tiempo Real
¡Qué gran día, Pertegaz!
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Ya están aquí...

Me siento como Carol Anne, delante de la tele, tumbado en la cama con Cristinamore y aterrado ante la posibilidad de que una mano me agarre del escroto y me meta dentro de la tele para llevarme a Torrejón. Planazo.

Los invitados están llegando y todo es alborozo y recibimientos entusiastas.

Algunas llegan con sobrepeso de colágeno labial, como es el caso de la mujer del Aga Kahn que aterrizó alicatada hasta el morro de chanelón o Marina Doria, mujer de un Saboya.

Otros llegan con los bebés, como Hakon y Mette Marit, muy de H&M (a mí esta chica cada día me da más miedo, con esa cara de sicoquiler que se le está poniendo. O de envenenadora murciana. No sé bien. Me temo que - y sin que sirva de precedente - su estilista y yo sentimos lo mismo) o Guillermo de Holanda y la Zorreguieta (bueno, sí, qué pasa... en su casa eran muy fans de Videla, pero siempre se mantuvo al margen. Ella sabía que una cosa es una dictadura militar, que bueno, puede ser rentable un tiempo, pero otra es una asignación de por vida como consorte regia. Dónde va a parar)

También han llegado los sudaquitas, plebeyos como el que más; los pobres que andan tratando de enderezar aquéllo como pueden. Y que vienen a esta boda aún a sabiendas (¿sabrán?) de que parte de la miseria que les está tocando gestionar, es la que ha permitido tanto toisón, tanto regio pendón y tanta tiara. Y ya. Que me está quedando un discurso muy venas abiertas de América Latina. Culpa, probablemente, de llevar un año profundamente enamorado de alguien de "allá".

Lo dicho: que están llegando. Que las señoras se apuestan a la puerta del hotel porque quieren ver a Carolina de Mónaco.
Fenomenal, ¿no?
 
No