Morir dos veces
- Aquella nube tiene forma de conejo - rió Kat, y su risa se extendía por el horizonte y por el corazón de Rab.
- Tienes mucha imaginación - contestó el granjero, y de inmediato, la chica se volvió, y con sus finos dedos, hizo cosquillas en la barriga de su hermano.
Kat se levantó de un salto y empezó a correr, entre risas, mientras Rab la perseguía, dándole un poco de tiempo para adelantarse, para aumentar la diversión.
Por fin, Rab la tomó por la cintura y ambos rodaron, entre carcajadas, colina abajo, mientras el sol, anunciando el ocaso del día, se ocultaba de la vista de los mortales.
- Deberíamos regresar ya - dijo Rab, mientras trataba de sujetar las manos pertinaces de su hermana, que intentaba seguir haciendole cosquillas.
- El que llega último, es un cabeza-hueca - rió la otra, mientras huía hacia el Camino de los Pinos.
- ¡Kat! ¡Espera! - llamó Rab, esta vez con voz imperativa. - ¡Por allí no!
La chica se detuvo, al tiempo que su hermano le daba alcance. Y entonces, le contó la leyenda.
- Era una chica realmente hermosa - empezó. - Más que ninguna que se haya visto en mucho tiempo en toda esta tierra. Dicen que su novio le propuso matrimonio, pero cuando llegó el día de la boda, la abandonó... dicen que la dejó por otra... que solamente encontró una carta donde le decía que la dejaba para siempre... Ella vino aquí, al Camino de los Pinos, y quemó su vestido de novia... Nunca hallaron el cuerpo... Y siempre al atardecer, su ánima vaga por los parajes, esperando vengarse... siempre triste... sin saber que está muerta.
La historia de Rab había puesto la piel de gallina a su joven hermana, de apenas 16 años. Ella le sujetó el brazo, estremecida por un escalofrío. Rab sonrió divertido.
- Siempre vas a protegerme, ¿verdad, Rab?
- Claro, tontuela - le dijo el hermano. - Hasta el último de mis días.
Regresaron por otro camino. Los días de la vida de Kat y Rab, que habitaban en la vieja granja de los Korsaff, transcurrían entre las apacibles tardes de Brill. Rab laboraba de sol a sol, sembrando el grano, cultivando las hortalizas, ordeñando a las vacas, recogiendo la cosecha.
La granja apenas les daba para vivir, pero eran felices. Rab era feliz. Tenía a Kat. Y ella era la niña de sus ojos, el único recuerdo que le quedaba de sus padres, fallecidos hacía ya tiempo, cuando Kat era apenas una infante. Su sonrisa era bálsamo para el alma del granjero.
Decían que aquellas tierras eran prósperas. El granero de Lordaeron, le llamaban algunos. La tristeza no podía anidar en los corazones de aquella gente simple, humilde y trabajadora, porque en sus almas, la muerte simplemente no tiene cabida.
- He de ir a la ciudad - dijo Rab, cierto día muy de mañana. - Empieza la temporada de las ferias, y hay buenas oportunidades para vender nuestro grano. Este año no ha sido tan bueno como los anteriores - añadió con cierta angustia.
- ¿Puedo ir contigo? - dijo la chica.
- No. Vas a quedarte con la señora MacReady. Yo debo viajar hasta Andorhal y tal vez regrese en un par de días. ¿Prometes ser buena?
- Sí - dijo la chica, mientras jugaba con su avena, tal vez desilusionada por no viajar con su hermano y tener que quedarse con la vieja cascarrabias.
Agatha MacReady vivía en las afueras de Brill, lejos del bullicio del pueblo. Tenía fama de extravagante, aunque era una dama gentil y algo lenta, por los años. Su único hijo, William, había muerto en la guerra contra los orcos, por la misma época en que los padres de Rab fallecieron, y eso había levantado un vínculo entre las familias MacReady y Korsaff, del que Kat, a su tierna edad, aún no era consciente.
Rab se despidió de su hermana con un gran abrazo y un poco de nostalgia.
- No se preocupe - chocheaba la vieja Agatha mientras se alejaba el campesino. - Se la cuidaré como si fuera mi hija, la hija que nunca tuve, - y Kat hacía esfuerzos para deshacerse de las manos pegajosas de la anciana, mientras miraba, con lágrimas en las mejillas, alejarse a su hermano por lo empinado del camino.
* * *
La noche sorprendió a Rab a unas cien leguas de su destino. Era de esas noches de luna nueva que tanto temen los viajeros. Dormir a la intemperie no era precisamente la idea de Rab de una noche tranquila. Era de esas noches en que silenciosos murmullos elevaban sus plegarias a los dioses oscuros en medio del bosque.
Rab maldijo su mala suerte. Aunque se aseguraba en aquella época que el Camino del Rey era seguro, recientes noticias de la villa de Vandelmar habían llegado a oídos de los pueblerinos. Noticias que encrispaban los vellos y los ponían de punta. Los muertos caminan al norte de Vandelmar. Se levantan de sus tumbas y se asoman a las casas de los vivos, comen con ellos y duermen en sus camas. La tierra y el mar echan a sus muertos. Rab sentía que su corazón escapaba del pecho.
Un coyote lanzó su aullido lastimero en la lejanía, rompiendo el silencio. En aquella noche oscura, ni los grillos cantan, ni las ranas croan. Oscuros pájaros llevan malos presagios en sus alas nocturnas, sobrevolando las cabezas confundidas de los peregrinos.
Rab vio una luz adelante y sintió que le volvían las fuerzas. Era una posada. Una lámpara, con el aceite casi extinto, hacía las veces de poderoso faro en aquel océano de oscuridad.
Se acercó a la puerta y tocó dos veces. La puerta, apenas empujada por una ráfaga de delicada brisa, se entreabrió. Rab penetró en el recinto, mientras su "Hola?" se perdía en el eco de la sala vacía.
Todo estaba en desorden. En aquella posada había habido una pelea. Las sillas y las mesas, colocadas patas para arriba. El mostrador destrozado. Oscuros líquidos poblaban el suelo, y un olor nauseabundo penetró hasta la profundidad de la nariz de Rab... y de su alma.
Decidió salir. Aquel lugar no era seguro. Tomó a su mula y ya empezaba a andar, cuando algo llamó su atención.
Detrás de unos arbustos, en la parte trasera de la casa, algo se había movido.
- Un animal, talvez - pensó el viajero, pero la imaginación es más potente en esas noches de agonía.
Y entonces, recordó la escena que acababa de ver.
- ¡Los bandidos! - se dijo. - Han vuelto.
Sobrecogido en gran manera, sacó valor de donde no creía tenerlo, y desenvainó una daga. Pensó en Kat. Siempre pensaba en ella. El arbusto volvió a moverse y una sombra saltó sobre el granjero, que lanzó un grito de terror.
Era un conejo... Tan solo un conejo. El asustadizo animal huyó entre los
árboles, mientras Rab, caído sobre sus espaldas, comenzaba a cambiar por risa el súbito espanto.
- Mi cabeza me juega bromas - dijo en voz alta, y seguidamente, un gemido humano, lastimero, salido de lo más profundo del alma, le robó de nuevo la calma.
Del mismo arbusto donde había salido el conejo, se irguió un ser. En medio de la oscuridad, parecía ser una persona. Caminaba con dificultad, como si una de sus piernas fuese más corta que la otra. Lentamente se acercaba hacia el camino, donde la luz de la débil lámpara le daba en la cara al sorprendido granjero.
- Hola - dijo Rab, con una mezcla de asombro y terror en la garganta.
El hombre no emitió ni un sonido. Ya estaba más cerca. Casi en la luz. Y entonces, Rab le vió la cara... La cara que no tenía, pues donde una vez tuvo el rostro, solamente se observaba la mitad de la piel derroída por el ataque de algún animal salvaje, y en la otra mitad, la osamenta, con el cuenco vacío donde una vez estuviese el ojo derecho, se perdía en la oscuridad de la nada.
El ser levantó un brazo esquelético y señaló a Rab, mientras este se incorporaba como un resorte, detonado por el miedo. De entre las sombras empezaron a emerger más hombres, mujeres, niños... todos en igual condición, con la mirada perdida en las brumas de una noche infinita, pálidos, deformados, mutilados, con el rostro congelado en medio de una agonía que no termina.
Rab montó a su mula, la cual, sintiendo el horror que le rodeaba, echó a correr desbocada en medio de aquel asalto de ultratumba. Decenas de manos, brazos y garras desgarraban en pedazos la ropa del pobre Rab, que huía montaña adentro, perdiéndose en la noche, huyendo de aquel ejército de la muerte.
Las ramas de los árboles, similares a garras monstruosas, se avecinaban amenazantes sobre la humanidad del fugitivo, quien escapaba a todo galope entre peñas y valles.
Por fin, luego de varios minutos de huida, Rab pudo detenerse. Estaba perdido. No sabía en dónde se encontraba, pero por lo menos estaba seguro...
Y empezó a reconocer su entorno. Aquellos árboles... aquel camino oscuro y tortuoso que se perdía en la montaña... aquella enorme piedra blanca en medio del camino... el Camino de los Pinos...
El alma de Rab dio un vuelco de nuevo. Clavó las espuelas en los costados de su mula. Debía regresar pronto a Brill. Aquellos seres... ¿le habrían seguido? Y Kat... Si los zombis llegaban a Brill...
Su corazón tomó valor de nuevo. Debía llegar cuanto antes a la casona de la vieja MacReady. Debía advertirle a todo el pueblo. Debía llegar lo más pronto posible.
Decidió aligerar el peso, y con sumo pesar, lanzó los sacos repletos de grano al suelo. Uno de ellos se abrió, derramando su contenido sobre la tierra... y entonces, Rab pudo ver como la tierra misma se ennegrecía, volviéndose un limo verdoso que expedía un nauseabundo olor al aire.
- El grano... - se dijo, y su rostro se iluminó aterrorizado - ...¡EL GRANO!
Se volvió intempestivamente. Un ruido había llamado su atención. Se dio vuelta. Allí, a tan solo unos pasos de él, había una mujer. Vestía blancos vestidos, y una especie de aura azulada, fátua y lúgubre, rodeaba su silueta. Estaba pálida, como si toda su sangre hubiese sido vaciada sobre el suelo.
Y Rab recordó la leyenda de la novia despechada... Sacó su daga y se encomendó a la Luz, en la cual había dejado de creer hasta esa noche.
La mujer levantó los ojos, los ojos vacíos de la muerte, y se lanzó sobre Rab...
Cuando el granjero volvió en sí, lo primero que vio fue su mano, empuñando una daga con la hoja empapada de sangre. Frente a él, un cuerpo inerte, decapitado...
No podía perder más tiempo. Cabalgó cual rayo entre las llanuras y las montañas. Y por fin, allá adelante, se veía la granja de la vieja MacReady. Le volvieron las fuerzas, le volvió el alma al cuerpo, pero su sonrisa se fue esfumando poco a poco...
Toda la granja estaba a oscuras, salvo una pequeña fogata que ardía en las afueras... La tierra que rodeaba la propiedad... estaba negra, y el mismo limo verdoso se elevaba hacia el cielo como si fuera una profanación... Y entonces, se acordó de la mujer del camino... y se acordó de Kat.
Y no solo esa granja destilaba muerte, sino la siguiente... y la siguiente... y la siguiente... Todo Brill había sucumbido esa noche, la noche en que Rab Korsaff había muerto dos veces, porque en el preciso instante en que Rab caía de rodillas poseído por la locura y el dolor, cientos de los que alguna vez fueron hombres, mujeres, ancianos y niños, le rodearon, como si fuese una profecía...
* * *
- ¿Cuál es tu nombre? - preguntó la elfa, mientras sus ojos negros se perdían en lo que fueron los azules ojos de su nuevo aliado.
- Rab Korsaff - respondió el no-muerto, después de dudarlo un poco. - Mi hermana, Kat... ¿dónde está?
- No sé nada de esa hermana. Solamente que eres uno de los pocos que logramos despertar del hechizo. Ahora. estás a mi servicio. El Rey Lich ya no te controla. Yo soy Sylvannas, La Dama Oscura de los Forsaken, y de ahora en adelante, serás Rab Darkspell. ¿Sabes cuál es nuestra misión, Rab?
- Venganza - respondió secamente, y ambos, la banshee y el no-muerto, sonrieron.
======================================
By Roderich (de wow-esp.com), basado en mi personaje de rol Rab Darkspell.
Nota: Para los que no entiendan el final, Sylvannas es la lider de los no-muertos 'buenos', que se deshicieron del hechizo de control mental que el Rey Lich (lider de los no-muertos 'malos') mantenia sobre todos ellos.
PD: Dedicado a Lady of Bodom... mas conocida como Lety Filth :P
- Tienes mucha imaginación - contestó el granjero, y de inmediato, la chica se volvió, y con sus finos dedos, hizo cosquillas en la barriga de su hermano.
Kat se levantó de un salto y empezó a correr, entre risas, mientras Rab la perseguía, dándole un poco de tiempo para adelantarse, para aumentar la diversión.
Por fin, Rab la tomó por la cintura y ambos rodaron, entre carcajadas, colina abajo, mientras el sol, anunciando el ocaso del día, se ocultaba de la vista de los mortales.
- Deberíamos regresar ya - dijo Rab, mientras trataba de sujetar las manos pertinaces de su hermana, que intentaba seguir haciendole cosquillas.
- El que llega último, es un cabeza-hueca - rió la otra, mientras huía hacia el Camino de los Pinos.
- ¡Kat! ¡Espera! - llamó Rab, esta vez con voz imperativa. - ¡Por allí no!
La chica se detuvo, al tiempo que su hermano le daba alcance. Y entonces, le contó la leyenda.
- Era una chica realmente hermosa - empezó. - Más que ninguna que se haya visto en mucho tiempo en toda esta tierra. Dicen que su novio le propuso matrimonio, pero cuando llegó el día de la boda, la abandonó... dicen que la dejó por otra... que solamente encontró una carta donde le decía que la dejaba para siempre... Ella vino aquí, al Camino de los Pinos, y quemó su vestido de novia... Nunca hallaron el cuerpo... Y siempre al atardecer, su ánima vaga por los parajes, esperando vengarse... siempre triste... sin saber que está muerta.
La historia de Rab había puesto la piel de gallina a su joven hermana, de apenas 16 años. Ella le sujetó el brazo, estremecida por un escalofrío. Rab sonrió divertido.
- Siempre vas a protegerme, ¿verdad, Rab?
- Claro, tontuela - le dijo el hermano. - Hasta el último de mis días.
Regresaron por otro camino. Los días de la vida de Kat y Rab, que habitaban en la vieja granja de los Korsaff, transcurrían entre las apacibles tardes de Brill. Rab laboraba de sol a sol, sembrando el grano, cultivando las hortalizas, ordeñando a las vacas, recogiendo la cosecha.
La granja apenas les daba para vivir, pero eran felices. Rab era feliz. Tenía a Kat. Y ella era la niña de sus ojos, el único recuerdo que le quedaba de sus padres, fallecidos hacía ya tiempo, cuando Kat era apenas una infante. Su sonrisa era bálsamo para el alma del granjero.
Decían que aquellas tierras eran prósperas. El granero de Lordaeron, le llamaban algunos. La tristeza no podía anidar en los corazones de aquella gente simple, humilde y trabajadora, porque en sus almas, la muerte simplemente no tiene cabida.
- He de ir a la ciudad - dijo Rab, cierto día muy de mañana. - Empieza la temporada de las ferias, y hay buenas oportunidades para vender nuestro grano. Este año no ha sido tan bueno como los anteriores - añadió con cierta angustia.
- ¿Puedo ir contigo? - dijo la chica.
- No. Vas a quedarte con la señora MacReady. Yo debo viajar hasta Andorhal y tal vez regrese en un par de días. ¿Prometes ser buena?
- Sí - dijo la chica, mientras jugaba con su avena, tal vez desilusionada por no viajar con su hermano y tener que quedarse con la vieja cascarrabias.
Agatha MacReady vivía en las afueras de Brill, lejos del bullicio del pueblo. Tenía fama de extravagante, aunque era una dama gentil y algo lenta, por los años. Su único hijo, William, había muerto en la guerra contra los orcos, por la misma época en que los padres de Rab fallecieron, y eso había levantado un vínculo entre las familias MacReady y Korsaff, del que Kat, a su tierna edad, aún no era consciente.
Rab se despidió de su hermana con un gran abrazo y un poco de nostalgia.
- No se preocupe - chocheaba la vieja Agatha mientras se alejaba el campesino. - Se la cuidaré como si fuera mi hija, la hija que nunca tuve, - y Kat hacía esfuerzos para deshacerse de las manos pegajosas de la anciana, mientras miraba, con lágrimas en las mejillas, alejarse a su hermano por lo empinado del camino.
* * *
La noche sorprendió a Rab a unas cien leguas de su destino. Era de esas noches de luna nueva que tanto temen los viajeros. Dormir a la intemperie no era precisamente la idea de Rab de una noche tranquila. Era de esas noches en que silenciosos murmullos elevaban sus plegarias a los dioses oscuros en medio del bosque.
Rab maldijo su mala suerte. Aunque se aseguraba en aquella época que el Camino del Rey era seguro, recientes noticias de la villa de Vandelmar habían llegado a oídos de los pueblerinos. Noticias que encrispaban los vellos y los ponían de punta. Los muertos caminan al norte de Vandelmar. Se levantan de sus tumbas y se asoman a las casas de los vivos, comen con ellos y duermen en sus camas. La tierra y el mar echan a sus muertos. Rab sentía que su corazón escapaba del pecho.
Un coyote lanzó su aullido lastimero en la lejanía, rompiendo el silencio. En aquella noche oscura, ni los grillos cantan, ni las ranas croan. Oscuros pájaros llevan malos presagios en sus alas nocturnas, sobrevolando las cabezas confundidas de los peregrinos.
Rab vio una luz adelante y sintió que le volvían las fuerzas. Era una posada. Una lámpara, con el aceite casi extinto, hacía las veces de poderoso faro en aquel océano de oscuridad.
Se acercó a la puerta y tocó dos veces. La puerta, apenas empujada por una ráfaga de delicada brisa, se entreabrió. Rab penetró en el recinto, mientras su "Hola?" se perdía en el eco de la sala vacía.
Todo estaba en desorden. En aquella posada había habido una pelea. Las sillas y las mesas, colocadas patas para arriba. El mostrador destrozado. Oscuros líquidos poblaban el suelo, y un olor nauseabundo penetró hasta la profundidad de la nariz de Rab... y de su alma.
Decidió salir. Aquel lugar no era seguro. Tomó a su mula y ya empezaba a andar, cuando algo llamó su atención.
Detrás de unos arbustos, en la parte trasera de la casa, algo se había movido.
- Un animal, talvez - pensó el viajero, pero la imaginación es más potente en esas noches de agonía.
Y entonces, recordó la escena que acababa de ver.
- ¡Los bandidos! - se dijo. - Han vuelto.
Sobrecogido en gran manera, sacó valor de donde no creía tenerlo, y desenvainó una daga. Pensó en Kat. Siempre pensaba en ella. El arbusto volvió a moverse y una sombra saltó sobre el granjero, que lanzó un grito de terror.
Era un conejo... Tan solo un conejo. El asustadizo animal huyó entre los
árboles, mientras Rab, caído sobre sus espaldas, comenzaba a cambiar por risa el súbito espanto.
- Mi cabeza me juega bromas - dijo en voz alta, y seguidamente, un gemido humano, lastimero, salido de lo más profundo del alma, le robó de nuevo la calma.
Del mismo arbusto donde había salido el conejo, se irguió un ser. En medio de la oscuridad, parecía ser una persona. Caminaba con dificultad, como si una de sus piernas fuese más corta que la otra. Lentamente se acercaba hacia el camino, donde la luz de la débil lámpara le daba en la cara al sorprendido granjero.
- Hola - dijo Rab, con una mezcla de asombro y terror en la garganta.
El hombre no emitió ni un sonido. Ya estaba más cerca. Casi en la luz. Y entonces, Rab le vió la cara... La cara que no tenía, pues donde una vez tuvo el rostro, solamente se observaba la mitad de la piel derroída por el ataque de algún animal salvaje, y en la otra mitad, la osamenta, con el cuenco vacío donde una vez estuviese el ojo derecho, se perdía en la oscuridad de la nada.
El ser levantó un brazo esquelético y señaló a Rab, mientras este se incorporaba como un resorte, detonado por el miedo. De entre las sombras empezaron a emerger más hombres, mujeres, niños... todos en igual condición, con la mirada perdida en las brumas de una noche infinita, pálidos, deformados, mutilados, con el rostro congelado en medio de una agonía que no termina.
Rab montó a su mula, la cual, sintiendo el horror que le rodeaba, echó a correr desbocada en medio de aquel asalto de ultratumba. Decenas de manos, brazos y garras desgarraban en pedazos la ropa del pobre Rab, que huía montaña adentro, perdiéndose en la noche, huyendo de aquel ejército de la muerte.
Las ramas de los árboles, similares a garras monstruosas, se avecinaban amenazantes sobre la humanidad del fugitivo, quien escapaba a todo galope entre peñas y valles.
Por fin, luego de varios minutos de huida, Rab pudo detenerse. Estaba perdido. No sabía en dónde se encontraba, pero por lo menos estaba seguro...
Y empezó a reconocer su entorno. Aquellos árboles... aquel camino oscuro y tortuoso que se perdía en la montaña... aquella enorme piedra blanca en medio del camino... el Camino de los Pinos...
El alma de Rab dio un vuelco de nuevo. Clavó las espuelas en los costados de su mula. Debía regresar pronto a Brill. Aquellos seres... ¿le habrían seguido? Y Kat... Si los zombis llegaban a Brill...
Su corazón tomó valor de nuevo. Debía llegar cuanto antes a la casona de la vieja MacReady. Debía advertirle a todo el pueblo. Debía llegar lo más pronto posible.
Decidió aligerar el peso, y con sumo pesar, lanzó los sacos repletos de grano al suelo. Uno de ellos se abrió, derramando su contenido sobre la tierra... y entonces, Rab pudo ver como la tierra misma se ennegrecía, volviéndose un limo verdoso que expedía un nauseabundo olor al aire.
- El grano... - se dijo, y su rostro se iluminó aterrorizado - ...¡EL GRANO!
Se volvió intempestivamente. Un ruido había llamado su atención. Se dio vuelta. Allí, a tan solo unos pasos de él, había una mujer. Vestía blancos vestidos, y una especie de aura azulada, fátua y lúgubre, rodeaba su silueta. Estaba pálida, como si toda su sangre hubiese sido vaciada sobre el suelo.
Y Rab recordó la leyenda de la novia despechada... Sacó su daga y se encomendó a la Luz, en la cual había dejado de creer hasta esa noche.
La mujer levantó los ojos, los ojos vacíos de la muerte, y se lanzó sobre Rab...
Cuando el granjero volvió en sí, lo primero que vio fue su mano, empuñando una daga con la hoja empapada de sangre. Frente a él, un cuerpo inerte, decapitado...
No podía perder más tiempo. Cabalgó cual rayo entre las llanuras y las montañas. Y por fin, allá adelante, se veía la granja de la vieja MacReady. Le volvieron las fuerzas, le volvió el alma al cuerpo, pero su sonrisa se fue esfumando poco a poco...
Toda la granja estaba a oscuras, salvo una pequeña fogata que ardía en las afueras... La tierra que rodeaba la propiedad... estaba negra, y el mismo limo verdoso se elevaba hacia el cielo como si fuera una profanación... Y entonces, se acordó de la mujer del camino... y se acordó de Kat.
Y no solo esa granja destilaba muerte, sino la siguiente... y la siguiente... y la siguiente... Todo Brill había sucumbido esa noche, la noche en que Rab Korsaff había muerto dos veces, porque en el preciso instante en que Rab caía de rodillas poseído por la locura y el dolor, cientos de los que alguna vez fueron hombres, mujeres, ancianos y niños, le rodearon, como si fuese una profecía...
* * *
- ¿Cuál es tu nombre? - preguntó la elfa, mientras sus ojos negros se perdían en lo que fueron los azules ojos de su nuevo aliado.
- Rab Korsaff - respondió el no-muerto, después de dudarlo un poco. - Mi hermana, Kat... ¿dónde está?
- No sé nada de esa hermana. Solamente que eres uno de los pocos que logramos despertar del hechizo. Ahora. estás a mi servicio. El Rey Lich ya no te controla. Yo soy Sylvannas, La Dama Oscura de los Forsaken, y de ahora en adelante, serás Rab Darkspell. ¿Sabes cuál es nuestra misión, Rab?
- Venganza - respondió secamente, y ambos, la banshee y el no-muerto, sonrieron.
======================================
By Roderich (de wow-esp.com), basado en mi personaje de rol Rab Darkspell.
Nota: Para los que no entiendan el final, Sylvannas es la lider de los no-muertos 'buenos', que se deshicieron del hechizo de control mental que el Rey Lich (lider de los no-muertos 'malos') mantenia sobre todos ellos.
PD: Dedicado a Lady of Bodom... mas conocida como Lety Filth :P
Comentario:
Ña.
Creo k ya te lo dije, me gusta la historia (y aun no la habia leido entera) me gusta como la narras y la manera de presentarla ¿dnd estara kat??
La cosa va de no muertos buenos ¿pueden ser los no muertos buenos?
Ab si me lo contextas un dia en privado que tengo grandes planes para contigo pues (HUAHAUAHUAHA) Muxas gracias por pasarte por mi cajon desaste un beso Xantra xan lider mundial en potencia
Creo k ya te lo dije, me gusta la historia (y aun no la habia leido entera) me gusta como la narras y la manera de presentarla ¿dnd estara kat??
La cosa va de no muertos buenos ¿pueden ser los no muertos buenos?
Ab si me lo contextas un dia en privado que tengo grandes planes para contigo pues (HUAHAUAHUAHA) Muxas gracias por pasarte por mi cajon desaste un beso Xantra xan lider mundial en potencia
Comentario:
Bueno la historia es muy bonita pero más que eso es el valor que tiene,pero en realidad lo que yo queria decirte,más bien darte las gracias.Sale de mi hacerlo así que queda prohibido que digas nada al respecto. Y nada enviarte un abrazo y un saludo!!
Hasta pronto.
Hasta pronto.





