La debilidad de las cosas saladas
Pensamientos, viñetas y escritos breves...


Acerca de la
“La vida es una trampa y nos empujaron a ella”
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Las distancias largas son en realidad cortas si uno quiere (y puede)


“Querer es poder” –me comentaste un día, hace muchos años ya.
Yo te miré con cara de incrédulo pensando acerca de cómo el deseo podría actuar solo, sin la ayuda de nadie ni de nada.
Después de recorrer las dunas de lo que se coincide en llamar vida veo que estoy otra vez en el punto de partida, seco y sin un vaso de agua cerca de mí.

Me sentaré esta noche en este viejo sofá y, apretando mi cabeza fuertemente con mis dos manos, desearé poder querer más allá de mis límites y posibilidades.

(Foto: Walt Mesk)
 
Un deseo, venga…


Esbozo tu sonrisa en mi mente, es lo único que puedo hacer cuando estás lejos.
Eso y escribirte mensajes que guardo celosamente entre las sábanas de mi cama.

Me descuento al intentar contar los días, últimamente todos me parecen iguales.
“En la repetición de actos y acontecimientos hallé la verdad” dijo alguien.
Yo solamente hallo más razones para confirmar mis sospechas: que la estrella fugaz ya pasó y que quizá esta vez he llegado demasiado tarde para pedirle otro deseo…

(Foto: Marcel·lí Bayer)
 
Los buenos momentos y las oportunidades perdidas


“Uno no debe nunca regresar a los lugares donde un día fue feliz” reza una curiosa máxima (¿hipnopédica quizás?).

Creo que no se debe regresar nunca a ellos porque la felicidad es, en la mayoría de las veces, producto de una idealización del pasado o del futuro, nunca una realidad del presente.

Muchas oportunidades se esfumaron por el desagüe de la inquietud y del “no saber cómo reaccionar”.
Afortunadamente debe haber alguien en el centro de este mundo (o de nuestro ser) que constantemente esté generando nuevas ocasiones para sonreír, nuevos momentos susceptibles de ser considerados “buenos”.

Me limitaré a intentar identificarlos de nuevo y, una vez localizados, los agarraré con mis dos manos temblorosas para que no desaparezcan otra vez.

(Foto: Helen Levitt)
 
!emagárt arreiT


Tierra trágame sólo una vez más.
¿Hacemos un trato? Tú me tragas y yo te dejo en paz.
Busco desesperadamente una parada de metro en este caos de ciudad.
Todas las calles llevan tu nombre y yo ya no sé que dirección seguir.

Me entra la tristeza si pienso en la época que me hubiera gustado vivir.
Todo es producto de mi mente, lo sé. Idealizamos demasiado, pero nos empujan a ello, sin opción.

¿Sabes qué? Si no me tragas voy a ser yo el que iré a por ti, con mis mulas y un ejército de moscas dispuesto a todo.

Quizá esta noche seré el primero en llegar. Espérame desnuda y con un par de copas en tus manos, que yo pongo el vino.

(Foto: Arkansas Black History Online)
 
Llévame contigo a la luna


Nadie me preguntó si me parecía bien así.
Sencillamente se supone que quedándome aquí (en este lugar, en esta ciudad) acepto las cosas tal como son.
Aún así, pienso a veces que darles la vuelta tampoco resultaría tan difícil.

En verdad sólo quiero montar en tu escoba (tras de ti). Ven a buscarme, piensa en mí.

(Imagen: Visualparadox)
 
Felicidades-Facilidades


Mi concepto de felicidad lo baso en el aprendizaje acerca mí mismo y de los demás.
Mi idea de facilidad se aproxima a lo que algunos llaman destino, suerte, etc.
Mi único deseo (hoy por hoy) es reunir las dos definiciones para sentarnos en una mesa los tres y compartir una verdadera “noche buena” de pensamientos y aspiraciones...

(Ilustración: Marcel·lí Bayer)
 
Un abrazo tuyo (sí)


Bueno, sí, aquí estoy otra vez.
Sentado, desarmado por completo.
Mi única herramienta es un portátil y una dosis de esperanza.
Últimamente he observado que ha subido bastante su precio en el mercado negro.
Por otro lado, este portátil se está convirtiendo poco a poco en testigo de mis vivencias.
Poco a poco penetra en mi más honda intimidad y se convierte en mi confidente.
Él y ese programa americano al que sus creadores llaman “palabra”.

Hoy ha sido un día curioso, sí.
No sé por qué pero me veo incapaz de emitir una mínima valoración aparte de la de “curioso”.

Supongo que debe ser por el hecho de seguir nadando (y ser consciente de ello) por estas aguas llenas de lágrimas llamadas vida (y no ahogarme!!).
Tampoco pasaría nada.
Creo que dejé olvidado en alguna estantería de mi habitación el concepto “sonrisa”…

Quiero un abrazo tuyo. Otro más y me callaré ya, lo prometo (como siempre).
Es todo lo que me queda por pedir y todo lo que me queda esperar.
No me resigno, noto que soy afortunado por el mero hecho de poderte estrechar y sentirte cerca.
Quizá eso sea todo a lo que puedo aspirar.

Aún así, dejaré esta noche la ventana abierta (por si se te ocurriera venir)…

(Foto original: Glenn Monsod / Retoque: Marcel·lí Bayer)
 
La fugaz trayectoria de un alma itinerante


Un amigo mío me contó hace poco la breve historia de su alma itinerante:
Iba de ilusión en ilusión, desmontando sus propias utopías y superando sus propios límites.
Su alma itinerante le proporcionaba todo lo que él pedía a la vida: o bien una sonrisa o bien un abrazo en lágrimas. Parecía no tener fin.
Tristemente, cierto día su alma itinerante dejó de funcionar, se quedó sin aire.
Ese día mi amigo aprendió el significado de la palabra “estabilidad”.

(Foto: Walt Mesk)
 
La necesidad de cambio


Cambia el gobierno, cambian los ministros. Cambia la sociedad y el concepto de seguridad.
Cambian las costumbres, la educación, los libros de texto, los discos en la sección de Zarzuela de la Fnac y los libros que hablan de la cocina mediterránea y del sushi deconstruido.
Cambia la idea y el concepto de periodismo y el principio de la familia tradicional, "por encima de todas las cosas".
Cambian los transportes también, los medios con los cuales desplazar nuestros cuerpecitos insignificantes por estos parajes calcados de las urbes contemporáneas.
Cambia nuestro autoconcepto quizá. El observar que la edad mental existe realmente, así como el sueño o las ganas de pasar de todo, aunque sólo sean cuatro o cinco años.....
Cambia a veces también mi percepción de la realidad, no por ninguna teoría concreta o por ninguna sustancia escandalosa (ejem) ni por algún escrito desalmado que pueda hacer. Las cosas se vuelven más saladas, más sinsentido por un momento.

Aún así, sigo viendo en mí algo que no cambia. Un sólo ideal, dejadme, camaradas, recrearme en él:
Un ideal idealizado, una presencia tatuada con fuego en mis adentros.
Un beso que te mando; que alimenta la esperanza secreta de que algún día desearé dejar de mejorar para pasearme con suficiencia por los prados de la existencia humana.
Aunque solamente sea por unas horas; con una rosa en una mano y con la tuya en la otra...

(17.3.2004)

(Foto: Robert Frank)
 
Es schimmert hell wie Rosenschaum


-Perdona, creo que se te ha caído una lágrima –me dijo recogiéndola.
La dejó volar de nuevo y esta vez fue directamente a mi ojo derecho.
-Sí, es que siempre me ocurre. Paseo por esta ciudad y, justo cuando me paro en este lugar, me pongo a llorar y no sé muy bien por qué. Perdona si te he molestado, no era mi intención –le respondí.
Me miró con cara de comprensión.
Ese tipo de comprensión sincera que sólo las grandes personas son capaces de expresar.
Me di la vuelta y me fui rápidamente del lugar.

(Fotografía: Pohl-Projekt, Título: Nora Hennenberg)
 
Tempus fugit


Me encanta quedarme quieto viendo pasar las horas y el tiempo.
Tener la sensación de que no hago nada y que lo puedo compartir conmigo.
Vivir como si no fuera mortal. Como si mi existencia fuera la primera, de entre todas las existencias que me preceden, en vivir eternamente.
Me encanta quemar poco a poco mis días, reírme (un poquito) del destino.
Me encanta la sensación de que lo tengo todo hecho, cuando en verdad ni he empezado a definir que diablos quiero ser de mayor…

(Ilustración: Mark Ryden)
 
No más cadenas, "sisplau"


Sé que quizá no posea las aptitudes necesarias para convertirme en otro percebe como estos que flotan a mi lado.
Escucho “I can’t get started” y pienso que tengo algo en común con quien la escribió: La imposibilidad de empezar a construir nada contigo.
Supongo que esto tampoco importa demasiado, a la hora de analizar las distintas corrientes de opinión y de acción del resto de personas.
¿Qué más da? Me quedaré aquí sentado un rato más, a ver si a algún Dios se le ocurre hacer llover hoy…

(Foto: Allan Reyes)
 
Las particularidades del fin
Uno no tiene muy a menudo la sensación de que es un espectador privilegiado de un final feliz.
Cuando esto sucede, y lo vive en primera persona, suele embargarle el tormento y el dolor y le da por imaginar como serían las cosas si no se hubieran terminado ya.
Quizá eso sea producto de nuestra incapacidad para construir verdaderas esperanzas de volver a amar a algunas otras personas.
Seguramente sólo es la confirmación, una vez más, de nuestra inutilidad como representantes del presente más sincero.
 
La libertad (de hoy en día)

 
Sobre los estados de ánimo y esas cosas…
A veces una sola palabra basta para cambiar el estado de ánimo de uno.
Precisamente porque el ánimo es un estado transitorio, me gusta creer que esta vez sí se podrá quedar la alegría en mi mente unos días más…

Precisamente porque una sola palabra basta a veces para cambiar los estados de ánimo, me guardaré de comentarte demasiadas cosas sobre mi auténtica realidad.
Me pondré una máscara veneciana y saldré afuera, para gritar por las calles vacías de mi ciudad que no hay pena que cien años dure…



(Foto: Helen Levitt)
 
El aviso centelleante
Lentamente se consumen las horas y ponemos tierra de por medio.
A veces tengo la sensación que quizá sea mejor así, a veces simplemente hace que la herida me duela un poquito más.

¿Y si probara de marcharme yo también?

La ciudad se queda sola y abandonada. Más triste de lo que en ella es habitual.

Las alternativas, ¿cuáles son? ¿Pasear por esas calles con sabor a melancolía o marchar por ahí llevando tu nombre tatuado en la piel, por si acaso me ataca la alegría y me encuentra despistado?

No veo escapatoria posible. Detesto las navidades y los puentes absurdos. Las fiestas del comprar y los días en los que tú no estás.
Los cumpleaños y los aniversarios, las efemérides que celebran el dolor.
Las reuniones familiares y los alejamientos forzosos.

Las “comidas de tarro” y el “darle vueltas a…”.

Detesto todo esto, tengo ganas de juntarlo todo y tirarlo a algún tipo de hoguera o de destructor de documentos.

La verdad es que sólo deseo utilizar los ánimos que me quedan para ver el fútbol, leer un capítulo más de “a brave new world” y tumbarme en mi cama y cerrar los ojos.

Noto como lentamente se consume mi vida “junto a ti” en este lapso de tiempo en el que ya no estoy cerca de ti.
No sé si realmente prefiero que sea así o si es que ya no me queda fe para creer en nada ni en nadie…

 
La cotidianidad


La codicia y el rencor,
se persiguen y se suman entre las arrugas de tu frente.
Sólo tengo ganas de recibir una paliza amarga,
para darme cuenta de la imposibilidad de obtener una rutina normal.

Quizá eso sea lo que me alivie en el fondo, como en tantas otras ocasiones.
Saber que la cotidianidad se construye por superposición de debilidades,
por acumulación de tristeza.

(Foto: Andrzej Dragan)