¡Eh, tiqueta!
-¿Me alcanzas ese vaso de Aspereza? –me preguntó.
Dejé la etiqueta de la cerveza encima la barra (siempre me enredo con las etiquetas de cerveza) y se lo di.
Lo bebió de golpe, sin vacilar.
Mi cabeza daba vueltas por dentro, un giro de 360º cada 15 segundos.
-Y sí, y bla y tres y aceite –decía.
Y yo ahí, quieto e inmóvil, pensando en ampliaciones de memoria ram y en cajas de cerillas por abrir.
(Foto: Andrea Simone)
H2O's
Olvidé mi caja de actos reflejos en las termas romanas.
Junto al albornoz de plástico, la funda de las gafas que no llevo y la llave de la taquilla del vestuario.
Y las sandalias…
Me di cuenta de ello al sorprenderme a mí mismo, desnudo, en medio de una gran avenida de la aún más grande metrópolis gritando algo así como: ¡que vivan la anestesia y el Marmorkuchen!
Sí.
Desnudo entre la multitud alcancé mi libertad.
(Foto: Nikonians )
Las primeras veces
-Para mí la edad no importa –dijo él mientras le besaba en los labios. Interrumpió el beso de repente y, tras mirarlo a los ojos un breve instante, le asestó un suave mordisco.
-La importancia es relativa –dijo el otro mientras le agarraba fuertemente la mano entre las suyas.
-Todo depende de un estado de ánimo y de una hipoteca –añadió.
-Por la hipoteca, no te preocupes, todo arreglado. Y por tu estado de ánimo, tampoco.
Y encendió un Chesterfield.
(Foto: Wes Pettus)
Cardenal Gonsalvo
No iba buscando la luna, ese tipo de historias le aburrían ya.
Tampoco esperaba nada más de nadie, tenía la sensación de que conocía a todo el mundo de memoria, al menos por fuera.
Ni usaba ya su coche; los atascos se los proporcionaba ella misma, cuando le daba la gana y en forma de lata de caviar iraní barato del supermercado de la esquina más cercana a su casa.
No echaba de menos las promesas de algunas personas y lentamente había llegado a la conclusión de que las esperanzas y las ilusiones son sólo el alimento de la gente pobre.
Le sobraban algunas cosas, eso sí:
Tres pares de zapatos rojos y una cortina de baño con las caras de mil Mafaldas diciendo algo así como “ya está bien, ¡hombre!”.
(Ilustración: Quino)
La escapatoria limpiadora de conciencias sordas
A: -Y, ¿para qué sirve la conciencia?
La pregunta es absurda –piensa B.
Sin sentido. ¿Qué más da su utilidad si coincidimos en su existencia?
A agarra los dos brazos de B y los deja caer.
Después, le ofrece una sonrisa y le da un abrazo que ya no tiene el sabor de los de antes.
B permanece inmóvil.
El silencio y la inmovilidad son dos de mis actividades favoritas, aún hoy –le dicta una voz interior.
A: -Y pues, ¿para qué sirve?
B: -Diablos, no me preguntes estas cosas. A mí nadie me enseñó a pensar más allá de la rosca de las bombillas y de las solapas de los paquetes de cereales del desayuno.
(Foto: André Kertész)
Nadine de la Antítesis
Me abrió la puerta:
- Bienvenida al subversivo mundo de iconos y representaciones de la realidad, querida Nadine –dijo.
Me sentí femenina, sí.
Un nombre tan bonito no debería pasar desapercibido.
Sólo deseaba una conversación y había ido a parar a un destartalado almacén del cariño.
La hernia empezó a dolerme y noté como algo rasgaba mi cuello por dentro.
-La solución tampoco está tan lejos –me comentó.
- ¿La solución?
- Picardía, ‘Dine – dijo, cerrando la vieja puerta tras de mí y ofreciéndome un espléndido albornoz naranja.
(Foto: Lone Heleen Berg)
Acróbatas de la situación rota
Somos malabaristas del movimiento sutil, vayamos embuchados en ceñidos pijamas o en vaqueros destrozados.
Somos la gran esperanza para nuestra generación de frustrados fracasados.
Creemos realmente que nos hemos convertido en algo diferente, simplemente porque nuestra manera de vivir es distinta en la forma.
En el fondo seguimos siendo un pozo sin fondo, que acoge las mismas polémicas sustancias y los mismos sucios pensamientos que nos han acompañado a todos nosotros durante toda nuestra vida.
(Foto: Vezon Thierry)
Le petit bal
Escribo sobre lo que puedo y vivo de pequeños botellines de aire comprimido, caridad de la agencia de derribos y demoliciones de mi aldea.
Miro por la ventana; me encantaría que mis tardes, las que me quedan, transcurrieran así, frente a un cristal. Mirar y nada más.
Nada más. Tampoco me enseñaron nada más. La escuela sólo me servía de excusa para buscarme.
Una vez fuera, me di cuenta de que era imposible encontrarse puesto que no estamos guardados en ninguna parte ni a nadie parece importarle lo más mínimo.
Lo más mínimo es una cuestión de suerte. Y la suerte es una simple cuestión de superstición, querida Lucy-Dez.
(Foto: Stefan Rohner)
La sombra y la desidia, una espera de cristal
Y la articulación que ya no me funciona y mi mente saturada de imágenes y deseos frustrados. Y que me veo sentado al lado de alguien que no sé quién es esperando que dos horas de lágrimas me evadan de la realidad, triste a veces. Y que por muchas más “y” que ponga nunca podré dar por terminada una enumeración así si tu cuello resulta estar tan lejos…
(Foto: David Hamilton)
La eternidad y tus bolsillos
Una vela que apagas con dos dedos y unos labios sin pintar.
Pero tu peinado de los años 30 me hace recordar que la seducción es algo puramente mental, el instinto nace y muere en nuestros pensamientos.
Unos tacones altos, botas color marrón. Me dejo llevar y no sé muy bien por qué.
Mi vista esta nublada y mi espalda hace ya demasiados días que me duele.
Seguramente será cuestión de no hacerte demasiado caso y marcharme pronto de este lugar.
(Foto: Alexei Gourianov)