Todo tiene un principio y un final (III y última (?) parte)
Por la noche me desperté varias veces, o me despertó, mejor dicho. Primero fue porque dijo que yo estaba llorando, pero al abrir los ojos, no recordaba cual había sido mi sueño. La segunda vez fue él quien hablaba en sueños:
- El anillo, ¿no has traído el anillo?, ¿por qué no lo has traído?.
A finales de año, cuando en un momento de debilidad mío, Marcos me preguntó si estaba dispuesta a compartir mi vida con él, y yo, después de mucho meditarlo, le dije que sí, habíamos empezado a hablar, entre otras cosas, de un anillo de compromiso (él lo había sugerido). Antes de mi viaje, cuando aun yo no había tomado la decisión de no complicarme la vida en una historia que, de bien seguro, terminaría mal, le había dicho que yo se lo llevaría, uno para cada uno, y no nos lo quitaríamos nunca (incluso ya los había visto y pensaba comprarlos antes de mi partida).
Cuando llegué allí, naturalmente, aunque le llevé diversos regalos, no llevaba conmigo el anillo. Él no dijo nada sobre eso, pero ahora, en sueños, me lo reclamaba. Al día siguiente me dijo que no recordaba haber soñado nada.
La tercera vez que me desperté fue ya de madrugada, me decía que se sentía mal. Se despertó con fiebre, pero aún así quiso acompañarme. Era casi mi último día allí y quería practicar mi deporte favorito: ir de compras. Nos fuimos a un centro comercial al lado del mar, era pequeñito, pero agradable, sin embargo, cuando estábamos allí empezó a sentirse peor y decidimos regresar al hotel.
Así que sin comer ni nada, y después de pasar por una farmacia, volvimos a la habitación del hotel ya que él estaba con mucha fiebre. Allí pasamos todo el resto del día. Él en la cama, envuelto con la manta cual gusano de seda, sudando y desprendiendo un calor exagerado; yo, a su lado, pues en el cuarto no había nada más, leyendo y tragándome un programa tras otro de la tele. Así, aparte de ver alguna película que ni recuerdo, me tragué uno tras otro diversos programas que suelo ver aquí en versión española, ya que allí son en inglés y subtitulados. Así ví Medium, otro de una mujer que es Presidenta de los EEUU –quizá el mundo funcionaría mejor si así fuera-, Mujeres desesperadas -que allí se llama Amas de casa desesperadas, CSI, pronunciado allí si, es, ai y una serie de cosas más, terminando con los productos comestibles de la nevera, ya que no habíamos comido nada desde el desayuno. Tuve la brillante idea de comer patatas fritas de bolsa, y luego fui incapaz de encontrar el abridor para las botellas, así que encima de televisiva, estuve muerta de sed.

Antes de mi viaje había pensado dedicar ese día –y así se lo había comentado- a visitar otros amigos que tengo en ese país, especialmente a C y a J. A los dos les había avisado de que viajaría y de que haría lo posible por verlos, pero que tampoco era seguro, sobre todo a C, que se conocía con Marcos y le asustaba la idea de que supiera que él también me conocía. Pero al verlo así, ardiendo y tan desamparado, no me atreví a dejar la habitación ese día, y decidí quedarme sólo con él.
Al día siguiente amaneció mucho mejor, cubriéndome de besos y abrazos.
- Veo que estás totalmente recuperado –le dije divertida
- Yo soy así, siempre sorprendente.
Y empezamos lo que los dos sabíamos que sería la última vez que haríamos, ya que esa misma tarde salía mi avión, y habíamos de dejar la habitación a las 12.00 del mediodía.
- Quiero que sea inolvidable -él había dicho-, aunque contigo siempre lo es –añadió-.
Se tumbó a mi lado, aun cogiéndome de la mano.
- ¿Vas a pasar el día conmigo? –le dije
- ¿Tú lo quieres?.
- Me gustaría, pero también entiendo que debes ir a trabajar, ya llevas una semana conmigo.
- El trabajo puede esperar, el que tu estés aquí no se va a repetir –murmuró.
El resto de la mañana estuvimos correteando por la ciudad, sin tener en cuenta lo que iba a pasar después de comer. Lo peor fue a la hora del almuerzo, pues nos sentamos en una pequeña mesa en una esquina del restaurante. Habían puesto un video que repetían una y otra vez, sonaba Marco Antonio Solís un cantante que yo había descubierto gracias a él, que aunque le gustaba más escuchar música de rock duro, siempre grababa baladas para mí.
No hay nada mas difícil que vivir sin ti
sufriendo en la espera de verte llegar
el frío de mi cuerpo pregunta por ti
y no sé donde estás, si no te hubieras ido sería tan feliz ....
Nos pasamos casi toda la comida en silencio. El ya es de pocas palabras, pero yo tampoco sabía que decir sabiendo que nos quedaban pocas horas ya. Al final habló él.
- Te vas.
- Sí.
- Y no vas a volver.
- No.
- ¿Y que va a ser de mi vida ahora?.
Yo le miré en silencio, no tenía palabras para contestar a esa pregunta.
Al terminar la comida salimos a la calle.
- Quizá mejor que no me acompañes al aeropuerto –será demasiado triste.
- Sí, mejor que nos quedemos así.
Y me dio un beso que se lo podría haber dado a cualquiera, sin ningún atisbo de que era el último que nos íbamos a dar en la vida.
- ¿Seguiremos hablando? –le dije.
- ¿A ti te gustaría?.
- A lo mejor ya no tenemos nada que contarnos –contesté.
- Lo probaremos. Démonos una semana, a ver que tal. El próximo lunes, a la hora de siempre.
Nunca había visto una despedida menos despedida. Subí al taxi y le indiqué hacia el aeropuerto. No miré atrás, me sentía triste, pero segura de lo que estaba haciendo.
28 horas más tarde entraba en mi casa. Recién dejé la maleta en el suelo, de pie ante el teléfono, éste sonó:
- Aló, soy yo, solo quería saber si habías llegado bien.
- Sí, aunque muy cansada, pues el vuelo de Madrid se ha retrasado un montón, pero bien.
- Ahora me quedo más tranquilo, cuídate y hasta el lunes… amor.
- El anillo, ¿no has traído el anillo?, ¿por qué no lo has traído?.
A finales de año, cuando en un momento de debilidad mío, Marcos me preguntó si estaba dispuesta a compartir mi vida con él, y yo, después de mucho meditarlo, le dije que sí, habíamos empezado a hablar, entre otras cosas, de un anillo de compromiso (él lo había sugerido). Antes de mi viaje, cuando aun yo no había tomado la decisión de no complicarme la vida en una historia que, de bien seguro, terminaría mal, le había dicho que yo se lo llevaría, uno para cada uno, y no nos lo quitaríamos nunca (incluso ya los había visto y pensaba comprarlos antes de mi partida).
Cuando llegué allí, naturalmente, aunque le llevé diversos regalos, no llevaba conmigo el anillo. Él no dijo nada sobre eso, pero ahora, en sueños, me lo reclamaba. Al día siguiente me dijo que no recordaba haber soñado nada.
La tercera vez que me desperté fue ya de madrugada, me decía que se sentía mal. Se despertó con fiebre, pero aún así quiso acompañarme. Era casi mi último día allí y quería practicar mi deporte favorito: ir de compras. Nos fuimos a un centro comercial al lado del mar, era pequeñito, pero agradable, sin embargo, cuando estábamos allí empezó a sentirse peor y decidimos regresar al hotel.
Así que sin comer ni nada, y después de pasar por una farmacia, volvimos a la habitación del hotel ya que él estaba con mucha fiebre. Allí pasamos todo el resto del día. Él en la cama, envuelto con la manta cual gusano de seda, sudando y desprendiendo un calor exagerado; yo, a su lado, pues en el cuarto no había nada más, leyendo y tragándome un programa tras otro de la tele. Así, aparte de ver alguna película que ni recuerdo, me tragué uno tras otro diversos programas que suelo ver aquí en versión española, ya que allí son en inglés y subtitulados. Así ví Medium, otro de una mujer que es Presidenta de los EEUU –quizá el mundo funcionaría mejor si así fuera-, Mujeres desesperadas -que allí se llama Amas de casa desesperadas, CSI, pronunciado allí si, es, ai y una serie de cosas más, terminando con los productos comestibles de la nevera, ya que no habíamos comido nada desde el desayuno. Tuve la brillante idea de comer patatas fritas de bolsa, y luego fui incapaz de encontrar el abridor para las botellas, así que encima de televisiva, estuve muerta de sed.

Antes de mi viaje había pensado dedicar ese día –y así se lo había comentado- a visitar otros amigos que tengo en ese país, especialmente a C y a J. A los dos les había avisado de que viajaría y de que haría lo posible por verlos, pero que tampoco era seguro, sobre todo a C, que se conocía con Marcos y le asustaba la idea de que supiera que él también me conocía. Pero al verlo así, ardiendo y tan desamparado, no me atreví a dejar la habitación ese día, y decidí quedarme sólo con él.
Al día siguiente amaneció mucho mejor, cubriéndome de besos y abrazos.
- Veo que estás totalmente recuperado –le dije divertida
- Yo soy así, siempre sorprendente.
Y empezamos lo que los dos sabíamos que sería la última vez que haríamos, ya que esa misma tarde salía mi avión, y habíamos de dejar la habitación a las 12.00 del mediodía.
- Quiero que sea inolvidable -él había dicho-, aunque contigo siempre lo es –añadió-.
Se tumbó a mi lado, aun cogiéndome de la mano.
- ¿Vas a pasar el día conmigo? –le dije
- ¿Tú lo quieres?.
- Me gustaría, pero también entiendo que debes ir a trabajar, ya llevas una semana conmigo.
- El trabajo puede esperar, el que tu estés aquí no se va a repetir –murmuró.
El resto de la mañana estuvimos correteando por la ciudad, sin tener en cuenta lo que iba a pasar después de comer. Lo peor fue a la hora del almuerzo, pues nos sentamos en una pequeña mesa en una esquina del restaurante. Habían puesto un video que repetían una y otra vez, sonaba Marco Antonio Solís un cantante que yo había descubierto gracias a él, que aunque le gustaba más escuchar música de rock duro, siempre grababa baladas para mí.
No hay nada mas difícil que vivir sin ti
sufriendo en la espera de verte llegar
el frío de mi cuerpo pregunta por ti
y no sé donde estás, si no te hubieras ido sería tan feliz ....
Nos pasamos casi toda la comida en silencio. El ya es de pocas palabras, pero yo tampoco sabía que decir sabiendo que nos quedaban pocas horas ya. Al final habló él.
- Te vas.
- Sí.
- Y no vas a volver.
- No.
- ¿Y que va a ser de mi vida ahora?.
Yo le miré en silencio, no tenía palabras para contestar a esa pregunta.
Al terminar la comida salimos a la calle.
- Quizá mejor que no me acompañes al aeropuerto –será demasiado triste.
- Sí, mejor que nos quedemos así.
Y me dio un beso que se lo podría haber dado a cualquiera, sin ningún atisbo de que era el último que nos íbamos a dar en la vida.
- ¿Seguiremos hablando? –le dije.
- ¿A ti te gustaría?.
- A lo mejor ya no tenemos nada que contarnos –contesté.
- Lo probaremos. Démonos una semana, a ver que tal. El próximo lunes, a la hora de siempre.
Nunca había visto una despedida menos despedida. Subí al taxi y le indiqué hacia el aeropuerto. No miré atrás, me sentía triste, pero segura de lo que estaba haciendo.
28 horas más tarde entraba en mi casa. Recién dejé la maleta en el suelo, de pie ante el teléfono, éste sonó:
- Aló, soy yo, solo quería saber si habías llegado bien.
- Sí, aunque muy cansada, pues el vuelo de Madrid se ha retrasado un montón, pero bien.
- Ahora me quedo más tranquilo, cuídate y hasta el lunes… amor.
Todo tiene un principio y un final (II parte)
Al día siguiente ya teníamos que salir hacia la ciudad. Aprovechamos la mañana en la playa, recogiendo piedras de colores, y después bañándonos en la piscina en las rocas frente a nuestro bungalow. Todo eran risas y abrazos, aunque los dos sabíamos lo que estaba sucediendo. Me hubiera gustado poder inmortalizar ese momento, ya que el recuerdo se basa en eso, en memorizar los buenos momentos para poder recordarlos siempre que se quiera, pero días antes se nos había estropeado la cámara que yo había llevado.
Aun nos quedaba bastante viaje por hacer ese día. Primero, nos recogió una motocarro para llevarnos al pueblo. Puso la maleta en la parte trasera, atada con una cuerdecita. Ibamos pegando saltos entre los baches, llenándonos de polvo, y yo no quitaba ojo a la maleta, en cualquier momento nos salía disparada montaña abajo.
Una vez en el pueblo paramos una combi, que ellos llaman. Esas pequeñas furgonetas, con capacidad para unas 10 personas, con uno que asoma a cada momento por la ventanilla gritando el destino, y para ante la llamada de los pasajeros. Nos subimos a una, pusieron nuestra maleta en la parte superior, en la baca, también atada con cuerdas, y nos metimos dentro. Yo veía que no cabíamos, aunque tuvimos la suerte de encontrar dos asientos vacíos, ya que después la furgoneta llegó a llenarse hasta unas 20 personas, de pie, en un trayecto que iba a durar dos horas. Nos costó 3 $, cuando el viaje de ida lo habíamos hecho en taxi por un valor de 53 $ (el timo del turista, supongo). Me pareció estar en una película española de los años 60.

Los asientos eran de plástico, yo estaba sudando. Me había hecho tatuar con henna un pájaro precolombino allí donde se me acaba la espalda, y con ese calor se me estaba derritiendo. La furgoneta era estrecha, la música de bachata a toda pastilla, pero me sentía bien, él me sonreía y apoyaba su cabeza en mi hombro. A veces me sorprenden estos gestos de complicidad viniendo de él, tan seco para con los demás.
Yo suelo marearme en coche, así que me había tomado una pastilla para el mareo, de esas que te quedas frita, ¡vamos!, pero durante las dos horas que duró el trayecto no conseguí dormir, no sé si por la música, los baches, los calores… Una vez en el pueblo teníamos hambre, y nos metimos en un restaurante. Menú ejecutivo decía; entramos allí, pero no sé a que venía el nombre, pues más parecía un almacén que un restaurante. Nos ubicaron bajo un tejado de uralita y la chica, en voz bien baja, nos cantaba lo que había. Yo no entendía prácticamente nada, y acabé pidiendo lo mismo que siempre: arroz con marisco. A mí empezó a afectarme la pastilla que había tomado, así que acabé casi durmiendo recostada en la mesa.
Decidimos irnos hacia el aeropuerto, allí al menos estaríamos más cómodos. Bueno, eso creíamos nosotros, pero aquello parecía un desierto. El edificio era como un rectángulo de piedra dejado caer desde un quinto piso, no había nada alrededor, sólo polvo. Entramos y tuvimos que sentarnos en el suelo, pues no había ni sillas. El escuchaba música, había descubierto a Melendi y estaba entusiasmado. Yo leía un libro que había comprado en su país y que estaba prácticamente terminando.
Al poco tiempo llegaron tres supuestas azafatas. Se pusieron a limpiar el mostrador con un paño y un spray tipo Pronto de Johnson, y cuando estuvieron seguras de que estaba bien limpio, empezaron a llamar a los pasajeros. Yo era la primera.
Allí no había ordenador ni nada, así que entre las tres se encargaban de todo: una colocaba la tarjeta (atada con una gomita) a la maleta, la otra corroboraba el pasaporte y la otra el pasaje, así que la cola que se formaba era considerable; y aún había que pagar el impuesto de salida. Pero por fin, el avión despegó. Yo tengo pánico al avión, pero aún más viendo lo tercermundista del aeropuerto (¡¡¡parecía que no hubiera ni pista!!!).
Yo me había tomado otra pastilla, esta vez por el miedo, así que mi sopor era cada vez más considerable.
- ¿Te das cuenta que es la primera vez que volamos juntos? –me dijo (el viaje de ida lo habíamos hecho en un bus).
- Sí, es cierto.
- Y parece que la última, ¿no?.
- … Sí, eso parece.
Me cogió de la mano y así pasamos todo el vuelo, aunque yo estaba totalmente dormida.
- Cuando lleguemos al hotel te dedicaré todo mi tiempo –murmuró a mi oído.
- No creo que pueda ser, no puedo ni abrir los ojos.
- Ya no eres la misma que antes, estás distinta.
- Sí lo soy, pero es la situación la que es distinta. De todos modos, el problema es que ahora tengo mucho sueño, no otra cosa.

Efectivamente, cuando llegamos al hotel se fue a tomar un baño, y cuando salió yo estaba durmiendo profundamente. El se recostó a mi lado y no quiso despertarme, pero cuando amaneció estaba fuertemente abrazado a mí.
Nota: Aun queda una tercera parte, para no hacer éste muy largo. Gracias por todos vuestros comentarios, es muy alentador recibirlos, pero quisiera decir que aunque es cierto que es una muy bonita historia de amor, lo es para unos días, no para toda una vida. No quisiera volverme a equivocar otra vez.
Aun nos quedaba bastante viaje por hacer ese día. Primero, nos recogió una motocarro para llevarnos al pueblo. Puso la maleta en la parte trasera, atada con una cuerdecita. Ibamos pegando saltos entre los baches, llenándonos de polvo, y yo no quitaba ojo a la maleta, en cualquier momento nos salía disparada montaña abajo.
Una vez en el pueblo paramos una combi, que ellos llaman. Esas pequeñas furgonetas, con capacidad para unas 10 personas, con uno que asoma a cada momento por la ventanilla gritando el destino, y para ante la llamada de los pasajeros. Nos subimos a una, pusieron nuestra maleta en la parte superior, en la baca, también atada con cuerdas, y nos metimos dentro. Yo veía que no cabíamos, aunque tuvimos la suerte de encontrar dos asientos vacíos, ya que después la furgoneta llegó a llenarse hasta unas 20 personas, de pie, en un trayecto que iba a durar dos horas. Nos costó 3 $, cuando el viaje de ida lo habíamos hecho en taxi por un valor de 53 $ (el timo del turista, supongo). Me pareció estar en una película española de los años 60.

Los asientos eran de plástico, yo estaba sudando. Me había hecho tatuar con henna un pájaro precolombino allí donde se me acaba la espalda, y con ese calor se me estaba derritiendo. La furgoneta era estrecha, la música de bachata a toda pastilla, pero me sentía bien, él me sonreía y apoyaba su cabeza en mi hombro. A veces me sorprenden estos gestos de complicidad viniendo de él, tan seco para con los demás.
Yo suelo marearme en coche, así que me había tomado una pastilla para el mareo, de esas que te quedas frita, ¡vamos!, pero durante las dos horas que duró el trayecto no conseguí dormir, no sé si por la música, los baches, los calores… Una vez en el pueblo teníamos hambre, y nos metimos en un restaurante. Menú ejecutivo decía; entramos allí, pero no sé a que venía el nombre, pues más parecía un almacén que un restaurante. Nos ubicaron bajo un tejado de uralita y la chica, en voz bien baja, nos cantaba lo que había. Yo no entendía prácticamente nada, y acabé pidiendo lo mismo que siempre: arroz con marisco. A mí empezó a afectarme la pastilla que había tomado, así que acabé casi durmiendo recostada en la mesa.
Decidimos irnos hacia el aeropuerto, allí al menos estaríamos más cómodos. Bueno, eso creíamos nosotros, pero aquello parecía un desierto. El edificio era como un rectángulo de piedra dejado caer desde un quinto piso, no había nada alrededor, sólo polvo. Entramos y tuvimos que sentarnos en el suelo, pues no había ni sillas. El escuchaba música, había descubierto a Melendi y estaba entusiasmado. Yo leía un libro que había comprado en su país y que estaba prácticamente terminando.
Al poco tiempo llegaron tres supuestas azafatas. Se pusieron a limpiar el mostrador con un paño y un spray tipo Pronto de Johnson, y cuando estuvieron seguras de que estaba bien limpio, empezaron a llamar a los pasajeros. Yo era la primera.
Allí no había ordenador ni nada, así que entre las tres se encargaban de todo: una colocaba la tarjeta (atada con una gomita) a la maleta, la otra corroboraba el pasaporte y la otra el pasaje, así que la cola que se formaba era considerable; y aún había que pagar el impuesto de salida. Pero por fin, el avión despegó. Yo tengo pánico al avión, pero aún más viendo lo tercermundista del aeropuerto (¡¡¡parecía que no hubiera ni pista!!!).
Yo me había tomado otra pastilla, esta vez por el miedo, así que mi sopor era cada vez más considerable.
- ¿Te das cuenta que es la primera vez que volamos juntos? –me dijo (el viaje de ida lo habíamos hecho en un bus).
- Sí, es cierto.
- Y parece que la última, ¿no?.
- … Sí, eso parece.
Me cogió de la mano y así pasamos todo el vuelo, aunque yo estaba totalmente dormida.
- Cuando lleguemos al hotel te dedicaré todo mi tiempo –murmuró a mi oído.
- No creo que pueda ser, no puedo ni abrir los ojos.
- Ya no eres la misma que antes, estás distinta.
- Sí lo soy, pero es la situación la que es distinta. De todos modos, el problema es que ahora tengo mucho sueño, no otra cosa.

Efectivamente, cuando llegamos al hotel se fue a tomar un baño, y cuando salió yo estaba durmiendo profundamente. El se recostó a mi lado y no quiso despertarme, pero cuando amaneció estaba fuertemente abrazado a mí.
Nota: Aun queda una tercera parte, para no hacer éste muy largo. Gracias por todos vuestros comentarios, es muy alentador recibirlos, pero quisiera decir que aunque es cierto que es una muy bonita historia de amor, lo es para unos días, no para toda una vida. No quisiera volverme a equivocar otra vez.
Todo tiene un principio y un final (I parte)
Hace dos años y medio que estamos conectados diariamente. El sale de donde esté para dirigirse al ciber y poder hablar conmigo justo a la hora en que sabe que yo me conectaré. A pesar de vivir a 10.000 km de distancia ya nos hemos encontrado 4 veces y hemos pasado juntos una semana en cada ocasión. Últimamente soy yo quien he ido distanciando nuestras conexiones, empieza a parecerme una rutina y, en cierto modo, un compromiso.
Hace 15 días discutimos. Supongo que yo ya estaba un poco “tocada” con el tema de que me asustaba el compromiso que últimamente él me estaba haciendo adquirir. La discusión –quizá exagerada por mi parte- hizo que me hiciera tomar la decisión de acabar definitivamente mi relación con él, a pesar de que tenía mi billete de avión hacia un paraíso del Pacífico. Aunque en un principio pensé en no ir, le mandé un correo invitándole a encontrarnos, para hablar, o acompañarme, o simplemente, a no venir si no le apetecía.
Cuando mi avión aterrizó no sabía yo lo que iba a encontrarme. En el aeropuerto todas las cabezas me parecían iguales, así que tampoco me esforcé mucho en buscarlo, ni siquiera sabía si él estaría ahí. Iba caminando entre la gente cuando alguien me coge de la mano y camina a mi lado. Miro a mi izquierda y allí estaba él con la mejor de sus sonrisas.
Me acompañó al hotel y pasamos la noche juntos. Al día siguiente partiríamos hacia la playa. Nos costó un poco llegar hasta ahí, y al principio estaba yo bastante malhumorada, aunque él hacía lo posible para que no fuera así. Al llegar a destino de disiparon todos mis malos humores. El bungalow estaba en la misma playa, tenía grandes ventanales desde donde se veía el mar y las olas rompiendo contra la playa. En la puerta había una hamaca colgando, y muy cerca, una pequeña piscina entre las rocas. El lugar no podía ser más idílico.

Pasamos los días entre la playa, la piscina, la cama, viendo la saga del Señor de los Anillos que yo me había llevado junto a un DVD portátil (una no deja de ser un poco urbanita), las comidas en el pueblo al que solíamos ir en una motocarro por un camino de baches y polvo, pero que no quitaba encanto al asunto. Ninguno de los dos habló de nuestra relación, sólo dejábamos hacer.
La última noche desperté y él no estaba junto a mí. La puerta del bungalow estaba abierta y se oía el mar allí mismo. Me levanté y me acerqué al umbral. Estaba tumbado en la hamaca, con su torso desnudo, bebiendo una limonada. Me sonrió.
- ¿En qué piensas? –le dije
- En todo y en nada.

Me miraba con esa mirada penetrante que tanto me había llamado la atención. Llevaba un collar de cordones que le llegaba hasta medio pecho, con una pluma al final. Su cuerpo era moreno, bien formado, sus dientes blancos y ojos oscuros. Nunca lleva ropa interior, así que con sus pantalones bajos se adivinaba el principio de su pelvis.
Yo llevaba la parte superior de bikini y un pantalón corto. Se levantó lentamente y abrazándome me besó. Entramos en el bungalow e hicimos el amor con una intensidad que aun no habíamos tenido desde que nos habíamos encontrado hacía ya 5 días.
Al terminar hablamos y hablamos, sabiendo que nos despedíamos, pero sin decirlo directamente. Era casi de madrugada cuando empezábamos a dormirnos. El me tenía abrazada hasta que dijo:
- Me ha faltado decirte algo.
- ¿El qué? –me incorporé súbitamente.
- Que te quiero.
Yo callé.
- ¿No vas a decirme tú nada?.
- ..... sí, yo también te quiero -murmuré con la boca pequeña.
Nota: La foto del bungalow es real.
Hace 15 días discutimos. Supongo que yo ya estaba un poco “tocada” con el tema de que me asustaba el compromiso que últimamente él me estaba haciendo adquirir. La discusión –quizá exagerada por mi parte- hizo que me hiciera tomar la decisión de acabar definitivamente mi relación con él, a pesar de que tenía mi billete de avión hacia un paraíso del Pacífico. Aunque en un principio pensé en no ir, le mandé un correo invitándole a encontrarnos, para hablar, o acompañarme, o simplemente, a no venir si no le apetecía.
Cuando mi avión aterrizó no sabía yo lo que iba a encontrarme. En el aeropuerto todas las cabezas me parecían iguales, así que tampoco me esforcé mucho en buscarlo, ni siquiera sabía si él estaría ahí. Iba caminando entre la gente cuando alguien me coge de la mano y camina a mi lado. Miro a mi izquierda y allí estaba él con la mejor de sus sonrisas.
Me acompañó al hotel y pasamos la noche juntos. Al día siguiente partiríamos hacia la playa. Nos costó un poco llegar hasta ahí, y al principio estaba yo bastante malhumorada, aunque él hacía lo posible para que no fuera así. Al llegar a destino de disiparon todos mis malos humores. El bungalow estaba en la misma playa, tenía grandes ventanales desde donde se veía el mar y las olas rompiendo contra la playa. En la puerta había una hamaca colgando, y muy cerca, una pequeña piscina entre las rocas. El lugar no podía ser más idílico.

Pasamos los días entre la playa, la piscina, la cama, viendo la saga del Señor de los Anillos que yo me había llevado junto a un DVD portátil (una no deja de ser un poco urbanita), las comidas en el pueblo al que solíamos ir en una motocarro por un camino de baches y polvo, pero que no quitaba encanto al asunto. Ninguno de los dos habló de nuestra relación, sólo dejábamos hacer.
La última noche desperté y él no estaba junto a mí. La puerta del bungalow estaba abierta y se oía el mar allí mismo. Me levanté y me acerqué al umbral. Estaba tumbado en la hamaca, con su torso desnudo, bebiendo una limonada. Me sonrió.
- ¿En qué piensas? –le dije
- En todo y en nada.

Me miraba con esa mirada penetrante que tanto me había llamado la atención. Llevaba un collar de cordones que le llegaba hasta medio pecho, con una pluma al final. Su cuerpo era moreno, bien formado, sus dientes blancos y ojos oscuros. Nunca lleva ropa interior, así que con sus pantalones bajos se adivinaba el principio de su pelvis.
Yo llevaba la parte superior de bikini y un pantalón corto. Se levantó lentamente y abrazándome me besó. Entramos en el bungalow e hicimos el amor con una intensidad que aun no habíamos tenido desde que nos habíamos encontrado hacía ya 5 días.
Al terminar hablamos y hablamos, sabiendo que nos despedíamos, pero sin decirlo directamente. Era casi de madrugada cuando empezábamos a dormirnos. El me tenía abrazada hasta que dijo:
- Me ha faltado decirte algo.
- ¿El qué? –me incorporé súbitamente.
- Que te quiero.
Yo callé.
- ¿No vas a decirme tú nada?.
- ..... sí, yo también te quiero -murmuré con la boca pequeña.
Nota: La foto del bungalow es real.
Quien mucho abarca...
Leyendo a Mordandis, a Perdida, y otras, me estoy dando cuenta de lo difícil que es echar un polvo cuando se está soltera y sola en la vida.Yo ya parto del inconveniente de que solo tengo la noche libre un sábado cada dos, y luego un día entre semana en el que todos vamos cansados, con pocas ganas de, y teniendo que madrugar al día siguiente. Y claro, si me toca cada 15 días, y encima ese día no cae, pues... ¡como que se hace un poco largo!.
Y la verdad es que siempre pasa lo mismo: o se produce un letargo en el móvil (en que llegas a pensar que te has quedado sin batería) o todas las llamadas se suceden al mismo tiempo. Y veo que no soy la única a la que sucede, lo cual me tranquiliza un poco.
Para este fin de semana he tenido overbooking de llamadas. Primero fue A. Nunca quiero salir con hombres casados porque digo que no pueden dedicarme su tiempo, y menos los sábados por la noche. A no está casado, pero tiene restaurante, y fuera de mi ciudad, así que los sábados por la noche están prohibidos, y nuestros encuentros, nada desdeñables, por cierto, se han convertido en encuentros en mi casa un sábado por la tarde, o a las tantas de la madrugada de un día entre semana. Hay que reconocer que al menos se trae su botellita de vino blanco y hacemos unos brindis y unas charlas antes de. Bueno, pues quedamos para el sábado por la tarde, pero al final, otra vez, le surgió trabajo, y todo quedó en nada, lo que quiere decir que no apareció.
Después me llamó I. Sí, a pesar de lo sucedido aquella vez, había vuelto a quedar con él, pues el chico es majo y simpático. En las otras ocasiones tampoco tuvimos mucha suerte (pero eso no viene al caso ahora), y eso que yo había prácticamente fumigado mi casa, y tenemos que ir directo a la habitación, lo cual le quita un poco de romanticismo al asunto. A un hotel no me apetece ir, a menos que tenga jacuzzi y sea de lujo, me da no sé qué meterme en el cuarto de un hotel; y él, a pesar de tener 30 años, aún vive con sus padres. Pero en fin, que me volvió a llamar, y decidí aunque sabiendo que en cierto momento de la tarde me arrepentiría quedar con él para el sábado por la noche, aunque luego lo cambié para el domingo.
Mi última adquisición es Ax. La verdad es el que el chico es simpático y se sabe ganar mi interés. Así que también me llamó para salir el sábado. Como sabía que A tendría que marcharse a trabajar, pues acepté salir con él por la noche, pero antes tenía que cambiar a I de sábado a domingo. Aunque ya estaba viendo yo que por mucho abarcar, aún me quedaría sin salir con nadie en todo el fin de semana.
También me llamó D, el desaparecido. Cuando no es un viaje para visitar a su familia, es un viaje de trabajo, y cuando no, los arreglos de su casa, y cuando no, que aún no tiene personal nuevo, y cuando lo tiene, que debe enseñarle... así que llevamos un buen tiempo sin vernos. Me dijo de quedar el sábado. Pero el sábado ya estaban A y I, así que le dije que podíamos vernos el jueves por la noche. Aceptó, pero una vez más no apareció, ni tan siquiera una llamadita. A ese chico o le funciona mal la memoria, o el reloj, o la agenda, o el móvil, que no puede ni mandar un simple sms. Al día siguiente había un mensaje en el correo: “Lo siento, me he entretenido en el curro, mañana te llamo. ¿Qué quiere decir que se ha entretenido?: qué ni tan siquiera se acordaba de que teníamos una cita o que ni merezco un simple sms si no se atreve a dar la cara, o que el curro es más importante que yo, o que no le intereso nada, vaya..... De todas formas, ese mañana te llamo ya me lo conozco de él, y como ese mañana no llega nunca, pues nada, que le vamos a dar el finiquito.
Faltó uno, faltó C, el único a quien yo le había mandado un mensaje: si algún día te apetece cenar conmigo, me lo dices. Pero será que no tiene hambre, porque no recibí respuesta, aunque en un fin de semana tan ajetreado como éste, casi que lo prefiero.
Resumen, que al final, ayer por la noche salí con Ax. No sé si es mi falta de práctica, sus energías o sus “dotes” en todos los sentidos, pero ese chico me deja destrozada.
Esta tarde he tenido cita con I. Bueno, podemos decir que lo de la alergia lo está superando, por suerte, pues ya empezaba a pensar que había algo más que algunos pelillos de gato por medio.
Mañana me voy de vacaciones una semana. A liquidar. Claro que me voy a liquidar a 10.000 km, pero un baño en una playita del Pacífico en un bungalow frente al mar, creo que lo valen. Voy a ir con Marcos, supongo. Pero nuestra relación en la distancia no puede funcionar, así que habrá que pensar en darle el finiquito también, y seguir con los de aquí, arriesgándome a esperar llamadas que o no llegan nunca, o que colapsan mi correo.
Alergia felina y algo más
¿Qué es lo que puede pasar cuando ligas con alguien alérgico a los gatos y tú tienes cuatro?. Pero lo peor de todo es que él no lo sepa, o no lo recuerde.Estuvimos hablando varios días por Internet, nos mostramos alguna foto, nos contamos cosas de nuestros trabajos, de nuestros hobbies, pero... nunca hablamos de animales, y mucho menos de gatos. Quedamos para cenar cerca de casa, ya que los dos vivíamos bastante cerca. Yo me comí mi ensaladita de turno, él su entrecot, nos bebimos un buen vino y hablamos un montón, pero nadie habló de animales, y a los gatos ni mencionarlos.
Saliendo del restaurante llegamos caminando hasta mi casa. Entramos y nos fuimos directamente al salón. Una vez en el sofá, uno de mis gatos se instaló en mis rodillas, y otro se acomodó a su lado. Él incluso los acariciaba. A mi me preocupaba, más que nada, que iba totalmente de negro, y pensé: “éste, cuando se levante, estará cubierto de pelos”.
Al poco rato vi que sacaba continuamente su pañuelo. Le goteaba un poco la nariz y los ojos se le irritaban.
- Creo que es la alergia a los gatos.
- ¿Eres alérgico? Hombre de Dios, ¿y por qué no me lo has dicho antes?.
- Nunca he tenido gatos tan cerca, pero alguna vez ha pasado el gato del vecino por mi cuarto y me he sentido así también.
- Entonces mejor que salgamos de aquí (y eso que no sabía yo lo que me esperaba después).
Nos metimos en la cocina. Allí, sentados, seguimos hablando de una y mil cosas, y se nos hicieron las 6 de la mañana. Por un lado muy bien, se supone que era un buen síntoma: nos acabábamos de conocer, no dejábamos de hablar, teníamos mil cosas que contarnos y nos sentíamos a gusto; pero la mesa de la cocina tampoco era el sitio más cómodo, y menos ya a esas horas.
- Bueno, tendré que marcharme ya -dijo (yo ya lo estaba deseando)
- Sí, empieza a ser tarde, y no hemos parado de hablar
Le acompañé hasta la puerta, y una vez allí me besó, “si quieres, puedo volver a entrar...”. Yo me sonreí y le volví a abrir la puerta. Subimos a mi cuarto dejando los gatos encerrados en el salón, por supuesto. Pero.... una vez allí, después de los arrumacos pertinentes, pues ... que no había manera.
Si I me leyera (cosa que espero que no suceda), se sentiría identificado (lo que no es muy difícil), pero no lo digo con mala intención, ya que creo que yo lo estaba pasando peor que él.
- Eso es la alergia, seguro, aunque no sabía que también afectara ahí...
Síntomas de alguien que sufre alergia a los gatos: de reacciones cutáneas locales hasta riconoconjuntivitis típica. Por lo visto, las reacciones cutáneas varían desde urticaria por contacto, a una erupción maculo papulosa intnsamente pruriginosa sobre rostro, cuello y tronco. Diosssssssss, suerte que no llegó a tanto. Pero ahí no pone que la alergia también afecte a otros órganos...
Cuando por fin desistió del tema y decidió levantarse, tenía los ojos enrojecidos y llorosos. ¡Claro, como que había estado acostado sobre la almohada donde duerme el gato!.
He leido que una compañía de California acaba de anunciar que creará gatos hipoalergénicos, gatos genéticamente modificados que no hacen estornudar. Dicen que en Japón se venderán poe 10.000 $, y en EEUU por 3.500, vamos, una ganga!. Total, que me sale más a cuenta buscarme otro ligue nuevo que adquirir ese gatito.
Cuando se iba, lo miré tímidamente.
- Creo que no ha sido muy buena experiencia –le dije-. Debes pensar que soy la loca de los gatos.
- No, pienso que eres gatubela sin el traje de cuero.
¡Qué mono!.





