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Bonifasi y sus cartas
Acerca de
-¡¡¡Me falta valor!!!- Y ya he dado mi primer paso, que después de marzo me dejo el trabajo, que me largo a Palma con mi amada, que estoy más loco que una cabra............................... -¡¡¡Me falta valor!!!- Sí, lo tengo claro, pero tengo un nudo en el estomago, tengo un poco de miedo en mi cerebro, lo tengo claro por la tarde y por la mañana vuelvo a estar asustado...... -¡¡¡Me falta valor!!!- No la quiero perder, mi felicidad es estar con ella, tal vez no salga bien, tal vez sea para toda la vida, tal vez sí, tal vez no.............................. -¡¡¡Me falta valor!!!- Pues eso, que le he echado un poco de valor y he apostado por mi felicidad................. -¡¡¡Ya no tengo miedo!!!- Todo o nada, menuda apuesta loca de remate, pero es la mía y ahora por fin en abril estaré para siempre a su lado.............. "Cositas de un chiquillo locamente enamorado"
Sindicación
 
Lo siento, es otoño y está lloviendo...
Bló, 5/10/04;

Lo siento, es otoño y está lloviendo...


Benicarló, pueblo de mar, la lluvia toca cascabeles en las hojas secas de otoño, gotas en los árboles, el cielo está triste por mí.

Por aquel niño solitario que se preguntaba porque todo le tocaba a él, todo, lo más malo de este mundo, se venía a pasar los meses junto a su lado.

En casa, los silencios rompían como un cristal la paz y la armonía de los días.
Gritos, insultos, guantazos sin manos, no sonaban, dolían, cada palabra llena de odio, era una puñalada más para aquel frágil corazón, dolían, los chillidos se metían en su alma, escondido hasta debajo de las mantas de su cama.

Allí no tenía treguas.
Allí no había bonitos sueños.
Allí no existía el silencio.

Sensible, palabra, ¡te odio!
¡Déjame en paz de una vez!
¡Me has hecho tanto daño!
¡Me has torturado tantas veces!
Yo solo era un chiquillo,
no me merecía toda aquella mierda.

Por favor, delante de los niños no gritéis,
Por favor, hacerlo por mí.


Me quitaste todas las sonrisas inocentes de mi infancia, la inocencia de pensar que el mundo era un lugar maravilloso me la quitaste a golpes, con cada lágrima que se me escapaba de mi más profunda y oscura soledad.

¿Quién me devuelve mi niñez ahora?
¿Quién mis sonrisas añoradas?
¿Quién mis ojos de niño?

Yo solo pedía a mi padre sin bebida
A mi mamá sin nervios ni gritos
A mis hermanos con globos y serpentinas
A mi corazón siendo el de otro
Uno que no sintiera tanto
Que latiera con otro tic-tac
Que no estuviera tan tonto como yo
Que le afectaban todas las cosas de este mundo...


Es otoño y está lloviendo. Desde mi ventana, la pena se asoma mirando al cielo y se cae sin consuelo en las aceras del pueblo, tiñéndolas de recuerdos, calles del pasado, memoria triste de lo que un día fui, de lo que un día sentí.


PD. La lluvia, la lluvia tiene la culpa de todo
 
Manolo (Se acabo el verano)
Castellón, 19-11-2001;

Manolo


Ese hombre con las manos duras y agrietadas de tanto trabajar desde que era un niño.
Ese hombre acostumbrado a las inclemencias del tiempo en la masía donde se crió.
Ese hombre que se metió en un infierno de botella y nos arrastró a todos detrás de él.


Desde que lo conocí, su vida estaba atada al alcohol.
Recuerdo tener miedo en el cuerpo, cuando escuchaba el rugir del viejo Citröen acercándose a casa.
Recuerdo el sonido del manojo de llaves que golpeaba contra la cerradura de la puerta.
Recuerdo su andar patoso y sin coordinación, tambaleándose por el pequeño pasillo que daba al comedor, allí estábamos todos inmóviles y temerosos de lo que pudiera ocurrir.


Simplemente podía acostarse en la cama y solo te preocupaba despertarlo para que se fuera a trabajar.
Simplemente podía venir sereno a casa y nadie osaba sacarle ninguna conversación, ni aunque aquel día hubieras hecho un dibujo muy “chuli” en el cole.


Era muy duro escuchar los gritos que venían desde la habitación de mis padres, a las tantas de la madrugada, e, impotente, intentabas aislarte del mundo debajo de las mantas de la cama... yo nunca lo conseguí.
Era muy triste ver como tu madre se marchitaba, día tras día, con aquella tortura gratuita que nos mandó el puto destino, sin lucro ni beneficio.
Era muy jodido ir a cualquier sitio con él, porque paraba en cualquier bar a tomar un quinto y los nervios te hacían mucho daño en la cabeza.


Un buen día algo ocurrió en aquella casa cansada de tanto dolor y tantas pocas ganas de vivir.
Una buena mañana, algo se llevó todo el alcohol del mundo y todos nosotros nos quedamos liberados, por fin, de una condena que ningún juez dictó sentencia.


Todo quedó en el olvido, mi hogar podía respirar en calma y el color se hizo un hueco en aquel gris comedor.
Todo quedó en el pasado y ya no he vuelto a correr despavorido si me lo encontraba por la calle.
Todo quedó en el baúl de los recuerdos. Y de allí, no se ha vuelto a mover.





PD. Ahora mi padre es un tío muy guay.
 
En la “era” se trillaba
Bló, 17/9/2004


En la “era” se trillaba


Siega del centeno,
de la cebada, del trigo.
Guillotina de mano separa
la espiga de la paja.

Una tabla pesada de madera
con hileras de piedras debajo,
arrastrada por un macho,
aquello cortaba como cuchillos.

Una horca de madera,
todo al aire, venga,
viento limpia el grano puro.

Las mujeres recogían
con esmero en los capazos,
toda la siembra del año.

¡Que sea por última vez!
Malla metálica que filtra,
pandereta girada al revés.

Toda la tierra que sobraba,
moviendo con las manos,
regresaba sola a su casa.

Brilla como el oro,
llenemos los sacos,
llevémoslo al granero,
para el año siguiente,
volver a sembrar los campos.
 
Una galleta de chocolate
Bló, 17/9/2004


Una galleta de chocolate


Corazón, espera un momento, es que me estoy perdiendo a gusto en mi memoria...

No sé cuantos años tengo. Soy muy niño, corriendo por la masía de mis abuelos. Tengo las rodillas con alguna pequeña herida; crostitas secas y marrones cicatrizan aventuras en la sierra; pinos, robles, carrascas; juegos sin juguetes, bocanadas de aire fresco, de aire puro en los pulmones, oleadas de viento intenso lleno de libertad. Aquel lugar era una tregua a la realidad que vivíamos, era un premio, era un descanso merecido; dos meses desconectados de nuestro mundo de verdad.

No sé que edad tenía pero no me importa nada.

Imagínate diez kilómetros cuadrados de campo sembrado, dos balsas de agua para abrevar el ganado, árboles viejos con frutas jugosas que mataban el hambre con cada sabroso mordisco y que te resguardaban del calor, dándote cobijo en su sombra. Corrales llenos de gallinas con el cantar del gallo,
de los conejos enjaulados con largas orejas,
de los corderitos blancos inmaculados,
de las ovejas lanudas hasta finales de julio,
de las cabras malcriadas saltando los muros de piedras,
de los gatos que buscaban los ratoncillos por el pajar,
de las palomas que no tenían ningún mensaje que dar,
de los dos machos (mulos) que podían dormir y soñar estando de pie toda la noche,
de una piara apestosa de cerdos que se lo comían todo,
de los perros atados con cadenas a su caseta, que ladraban y te avisaban igual que las sirenas de la policía, cuando alguna gente forastera, se acercaba de visita.

Era el “Mas Cremat” (La Masía Quemada) , en él, la bisabuela Isabel, la abuela Lucía, el abuelo Daniel, mis tres hermanos y yo, éramos las únicas almas a diez kilómetros cuadrados de distancia.

-“¡Oh, me fa molt de mal el cap. Me fa: bin, bon, bin, bon!”-
-¡Oh, me hace mucho daño la cabeza. Me hace: bin, bon, bin, bon!-

Aún recuerdo, lo que la abuela Isabel soltaba, cuando alguna visita venía por aquellas tierras tan apartadas del mundo. Ella, de repente, se ponía muy malita, daba mucha lástima, estaba tan arrugadita. Era pequeña, curvada, dedos huesudos, pelo blanco desteñido, un pañuelo negro sobre la cabeza y atado, sin apretar mucho, por el cuello y también tenía una navajita verde que ayudaba a su dentadura para poder masticar mejor. Que ya son más de 90 los que tengo, que me quedan cuatro días, el mañana para mí, es algo muy lejano...

-“¡no puc més, el cap me fa: bin, bon, bin, bon..!”-
-¡No puedo más, la cabeza me duele pero que mogollón!-

Justo cuando el coche que trajo la visita, marchaba por la pista de tierra que conducía hasta la carretera alquitranada, que a su vez, llevaba hasta la civilización más cercana; la abuela Isabel, entonces, se quitaba la máscara y dejaba de fingir, hasta que la siguiente actuación comenzaría con el mal cantar de las sirenas de la policía.

(Viva Er Teatro, Eto E Increíble)
(David Bisbal; Bulería, bulería)

-“¡Lucía, una miqueta de anís pa´fer de cos!”-
-¡Lucía, una copichuela de anís del mono, que mi digestión lo agradecerá de todo corazón!-

La abuela Isabel después de comer, se cascaba una copa de anís del mono, etiqueta roja, dulce, alegre, era cuestión de vida o muerte. Después, se echaba una siesta de un ratito. En una de las esquinas del estirado comedor, allí, reposaba dormida en oscuridad profunda. Cuando tocaban las dos en la radio, las ventanas no dejaban pasar al sol ni a la luz del día y se despertaban, de par en par, cuando eran las tres de la tarde. Junto a la estufa de leña apagada del verano, tenía la abuela Isabel su silla, su dormitorio de siestas.

En el comedor había también un pequeño armariete empotrado en la pared. Dentro, habían servilletas blancas de papel, cajitas con medicinas, cartas de la baraja española, las copas y la botella de anís del mono, azúcar desparramado por dentro del azucarero, aroma cálido a café molido y, en medio de todo aquello, un paquete de galletas de chocolate del Príncipe de Bequelar. Eso si era una auténtica reliquia en aquel lugar. Nosotros cuatro, mientras babeábamos mirando a través del cristal, soñábamos con apoderarnos de una galleta, aunque solo fuera una, deshacer los nudos imposibles del hilo blanco que rodeaba el paquete y comérnosla en un periquete. Pero nadie lo intentó nunca. -¡Jamás!- Era misión imposible quitar una galleta sin que ella se diera cuenta. Aquellos nudos de seguridad, que hacía la abuela Isabel con toda la paciencia de este mundo, protegían su tesoro de chocolate contra las cuatro ratas sueltas que andaban por la masía sobre sus cuartos traseros.

Un buen día, en un año sin fecha clara en mi memoria, en la “era” de la masía, ese patio enorme de tierra y piedras donde en un tiempo muy lejano se trillaba, (yo solo recuerdo una vez que lo hicieron para que nosotros lo viésemos, ya sabéis, en la “era” se trillaba), pues bien, aquel día, no se trillaba, pero cayó la del pulpo. El cielo se puso negro; truenos, relámpagos, las nubes llegaron cargadas a lo bestia; cada gota eran diez, cada segundo, quince minutos. Desi, Manu y Joaquinet, bajaron corriendo por la cuesta, como si hubieran visto al mismo diablo de frente; desbocados, locos de pánico por no mojarse... Yo me acerqué hasta la abuela Isabel, me agarré a su mano izquierda con mis dos pequeñas manos y con su derecha, apoyada a su gallato de madera, fuimos, poco a poco, bajando de la “era” hasta la entrada del caserón; sendero abajo, pasito a pasito.

Fueron minutos intensos, horas de lluvia lo que tardamos en llegar...

Ya seco y con una muda nueva, bajé de las habitaciones hasta la entrada. Allí se encontraba aquella puerta enorme de madera partida en horizontal, rajada equitativamente en dos trozos iguales y ancladas, con fuertes bisagras de hierro forjado, al muro de la derecha, tanto el de abajo como el de arriba. Nosotros cuatro, asomados por encima del portón cerrado de abajo, vimos nacer y morir un río que no sabíamos que existía...

¡Qué lástima que nadie nos pudo sacar aquella foto!





(Al cabo de unos días...)

-“Sergio, vine, ben pito”-
-Sergio, ven, tú que te portas tan bien-

Me dijo la abuela Isabel a mis oídos en voz baja; parecía que aquello era un secreto entre los dos. Me llevó hasta el armariete, lo abrió, cogió con sus dos manos frágiles y huesudas, el paquete del Príncipe de Bequelar. Primero, deshizo un pequeño nudo y, a continuación, delante de mí, estiró de la punta del hilo y toda aquella maraña enredada, sobre si misma, fue desapareciendo como por arte de magia. Yo no me lo creía. Me regaló una de las sonrisas más bonitas que le recuerdo, sacó una galleta de chocolate y me la dio.

-“No digues res a ningú, aixó es per a tú”-
-No digas nada a nadie, esto es para ti-

La envolví con una servilleta de papel, la guardé en uno de mis bolsillos, anduve un buen rato a mi bola por los senderos marrones que bordeaban los campos sembrados de pelo pincho amarillo y me senté debajo de una carrasca. Mis ojos de niño, miraban las nubes como hacían y deshacían formas magistrales en el cielo y entonces, de repente, la galleta de chocolate, desapareció, como aquel río que nunca más volvimos a ver.



PD. Todos los veranos fueron mágicos en la Masía de mis abuelos.
 
Yo una vez viví en libertad
Bló, 29-5-2000;


Yo una vez viví en libertad


Cuando, de niño, me vino a visitar el conocimiento a la masía donde yo vivía en los veranos, descubrí un mundo único, lleno de rarezas y aventuras.


Tan en medio de la nada y tan cerca del paraíso
Tanto animal suelto y mucho campo para sembrar
Tanta felicidad al lado de mis abuelos de verdad
Tan solo dormir, jugar y disfrutar de la auténtica libertad


Los blancos corderitos exigían hora para hablar con el alcalde del lugar y preguntarle ¿dónde coño estaban sus madres?
Los machos pasaban largas noches atados en el corral y podían dormir de pie, sin quejarse, de soñar sin acostarse.
Los gatos tenían acojonados a toda la comunidad de ratoncillos, que se lo tenían que pensar dos veces antes de intentar atacar el queso de bola.
Las gallinas por lentas, tontas y poco organizadas, eran nuestro blanco móvil preferido.



Cuando era verano, ella también se venía a vivir aquí. Mi bisabuela Isabel tenía noventa largas canas y mucha vida pegada en su corazón. Sorda a conveniencia, solo cuando no le interesaba escuchar, y, cuando hablaba, contaba historias que te asombraban. Qué lástima no haber podido escribir antes, y anotarme todas las canciones que recitaba de cuando ella era joven...

”Morella ya no es Morella
ahora es una gran ciudad,
le han quitado las farolas
y han puesto electricidad”


Era un amanecer sin prisa y con la leche recién ordeñada.
Era una gran fiesta la ayuda que prestaban los vecinos de los alrededores a recoger el trigo y la cebada.
Era una fauna acojonante para investigar, sobre todo los bichejos que vivían por cualquier rincón del campo.
Eran olores, aún siendo algo fuertes, que se hacían agradables y acogedores cada quince de junio.
Era una emoción indescriptible escuchar el rugir de un motor a kilómetros de distancia.
Era la radio lo único que nos unía a esta mierda de mundo.
Era agua fresca en los cantaros y luz de candil todas las noches.
Era un día de lluvia, el acontecimiento del verano.


Erase una vez, un mundo feliz.
 
Mis abuelos
Bló, 20-6-2001;

Mis abuelos


Los veranos que pasé en la masía de mis abuelos fueron los más maravillosos que un niño pueda tener en la vida. Todo lo que le rodeaba era naturaleza y un acogedor silencio, solo roto con los cantos de los pájaros y el viento que acariciaba las hojas de los árboles. Había tal cantidad de animales sueltos por los corrales, que era imposible aburrirte. Jamás pudimos atrapar a ningún gato con nuestras trampas, muy parecidas a las que el Coyote preparaba para el Correcaminos. ¡Qué escurridizos que son los cabrones!


Mi abuelo Daniel era una pasada. Aún lo es, pero ya no juega con nosotros como antes. Nos hacía reír con tanta facilidad y nosotros, sus cuatro nietos, alucinábamos de tener un amigo tan gamberro de su edad. El tío no paraba de repetirnos que las bolitas de mierda de las ovejas eran olivas negras, de las más gustosas del lugar.


Le tengo muchísimo respeto. Con él he aprendido la palabra trabajador. Un hombre hecho y derecho, bondadoso y con mucha mala leche. Duro con la razón, inflexible con la educación, exigente con la edad que se tenía. Pero te hablaba como si fueras una persona mayor de lo que uno podía hacer con la vida. Sabía hacer tan bien de padre, intentando guiarte por este torpe camino, que me jode mucho no haber tenido uno de verdad. Ahora con setenta y siete años aún te sorprende verlo, por el monte, buscando robellones junto a sus nietos.


Mi abuela Lucía preparaba en un horno de leña, los mejores “cocs en sucre” que he probado en la vida. Cuantas veces me fuí con ella y con el rebaño de las ovejas por ahí. Nos sentábamos junto a un árbol, encima de una manta morellana, y ella me descubría los secretos que tienen las plantas para curar. Había tantos conocimientos allí guardados en su cabeza, que algún día se perderán en la nada.


A ella le encantaba que la mareáramos con mil preguntas y nos sacaba conversaciones absurdas de niños que le hacían sonreír, iluminándose tanto la cara, que no podíamos despegar nuestros ojos de los suyos.


Mi abuela nos calentaba en invierno la cama con un chisme con carbón caliente y nos preparaba con cariño el desayuno.
Mi abuela amasaba el pan para pasar el mes y nunca se olvidó de hacer algunas golosinas para sus nietos.
Mi abuela cuidaba de la masía, hacía la comida y apagaba la sed de todos los animales, incluidos nosotros cuatro.
Mi abuela Lucía, tiene el corazón más grande del mundo y a mí me quiere mucho.


Yo soy su preferido.






PD. Yo de mayor quiero ser como mi abuelo.
 
My brothers
Alcora, 28-2-2003;

My brothers

Era un sábado corriente, de un año mal vestido con un pantalón de pana y con un jersey muy hortero de rombos. Era por la mañanita, con un sol que venía con ganas, por el patio de atrás del piso del Cesar Cataldo nº43. Después de vaciar un bote de Colón, detergente de lavadora de 5 Kg, masificado por cientos de soldaditos de plástico, comprados en Chiquilandia, y tras separarlos por nacionalidades, rangos y pelotones, nos los repartimos para coger posiciones en el campo de batalla.

Joaquín los hizo formar en campo abierto, con el pecho descubierto y con un cañón a lo bestia de los “clics de playmobil”.
Manué los mandó, con una larga marcha, hacia los maceteros de los geranios y allí se atrinchero el cabrón, sabiendo que sería más difícil exterminarlos en su nueva plaza fuerte.
Desi, a su puta bola, les hizo construir a su ejercito, un castillo de Tente con trampas y pasadizos secretos.
Yo me cogí a los nueva zelandeses y me los lleve por ahí, para prepararles una emboscada a todos, que se iban a cagar patas abajo.

En otra Noche de Reyes más, después de jugarnos los turnos de vigilancia, volvíamos a intentar pillar de marrón a aquellos cabrones que nunca nos traían lo que les pedíamos. Todo transcurría con tranquilidad, hasta que la mamá nos llamaba para degustar un chocolate con churros, que nos había preparado. Después de zamparnos cuatro litros de chocolate y una docena de churros por cabeza, volvíamos a la garita y otra vez aquellos barbudos jippys de mierda, nos habían vuelto a dar esquinazo a los cuatro vigilantes de la gran pacotilla.

En la masía de nuestros abuelos pasamos muchos veranos, con la imaginación como mejor juguete y con todos los bichos que pudieran estar a nuestro alcance, como victimas inocentes de nuestras gamberradas. Allí sí que disfrutábamos de hacer el indio campando a nuestras anchas.

A los gatos fue completamente imposible atrapar alguno y huían despavoridos cuando nos veían correr hacia ellos.
Los corderitos los teníamos estresados, cada vez que entrábamos al corral para estudiar su comportamiento psicológico.
El macho viejo lo montábamos a lo vaquero y más de uno se cayó de su montura, encima de un matorral de pinchos afilados.
El choto negro, rey de las cabras, harto de nosotros, nos embestía a golpes y nos perseguía por toda la masía.

Incluso cuando en casa no iban bien las cosas y para colmo, algún día, nos tocaba quedarnos solos con nuestro padre a la hora de comer, nos entraba a todos una risa de esas locas y contagiosas, que no había manera de aguantarla y a más de uno le cayó un par de galletas de María.

Manuel, con sus estudios de teleco, con sus sellos, con sus botas de fútbol, con sus canarios, con su humor inteligente.
Joaquín, con su curro, con su pasta, con su bici, con sus risas incontroladas viendo jugadas cómicas del Salinas y del Iván Campo por la tele.
Desi, con sus análisis políticos, con su piscina, con sus coleguillas tope raros, con su lectura y su soldadura de estaño.
Yo, con ellos tres, pasando lo bueno y lo malo, riendo y llorando. Porque siempre nos faltó el quinto para montar, de una vez, un equipo de futbito.


PD. Sí señor, si tenéis hermanos como éstos, me los pasáis.
 
Todo esto es muy guapo, está lleno de locos
Bló,7/9/2004;

Todo esto es muy guapo, está lleno de locos

Tres años de mi vida con la promesa de hacer un libro; escribir, corregir, diseñar, escoger la letra, el fondo pergamino donde tenían que vivir todos desnudos en comuna.
Copiar, con una impresora láser hasta las tantas de la noche. 95 copias, siempre contando 95, por delante y por detrás, 95, ea, una y otra vez, 95 hasta la saciedad.
Ahora como penitencia, tengo rondando, una a una, todas las cartas por mi cabeza, de p a pa, rondando, los lobos acechando, esperando el momento, demonios del recuerdo.
De los 25 a los 28 el tiempo me ha pasado acelerado. Los minutos que repartí, uno a uno, los 95 libros, en sus ojos, sus miradas, son cosas que no se olvidan, ha valido la pena.

Ya tengo un cuarto de siglo
En el fondo del bolsillo

¿Y ahora qué?

Inquieta, mi cabezota estaba muy inquieta. Millones de frases saliendo como el viento, soplando hasta ninguna parte, desvaneciéndose en el aire.
Sueños efímeros en cada calada, cada canuto, me arranca el alma, el humo se esconde agazapada junto a una vieja carpeta de FP, inmóvil, sonriendo.
Boli y papel, sentado en la escalera, esa que da, de nuestra habitación al patio, dos escalones de rojo ladrillo, estos dos escalones, están llenos de sueños tontos.
Triste, vacío, sin manos, mi corazón no sonaba como antes, no tenía ramos, no reían los dientes, no había ritmillo ni melodía, mi corazón no latía como antes y secuestrado deambulaba todo el día, dolía, me dolía mucho el alma.

Hundido, naufrago, desde la otra orilla de la pantalla, solo, remando contra la amargura, a contracorriente, buscando, pinchando.
Me tropecé con un bitácora, un bloc, un diario, una vida; me quedé quieto, muy quieto, mis ojos, no paraban de leer; yo quería que aquel momento nunca se acabara.
Pinché, pinché y pinché, por Díos, que no había manera de pararlo; de enlace a enlace, de comets & coments, yo, como el niño ilusionado con zapatillas nuevas.
Todo contento, me voy al cole de los mayores, yo quiero aprender a leer, a sentir, a escuchar a los demás, saber como suenan sus almas, en silencio, es como mejor saben las palabras, las palabras se desnudan el alma.

Entonces comprendí que hay mucha gente como yo, buscando un pedacito de soledad para escribir, contar historias, anécdotas, viajes de punta a punta del planeta, experimentar, jugar, hablar de poesía, de lo loco que es mi tío Francisco, de las mujeres y los hombres, Adán y Eva

Porqué hay heridas marcadas a fuego, acentos, comas, muchas espinas por el camino
Porqué hay alegría en las calles, repicando palmas, a la vera de una tarde soleá de Agosto
Porqué hay latidos de corazón, sentimientos profundos en el alma, alma, como te llamas
Porqué aquí en la red hay un montón de locos maravillosos sin un mundo cierto que pisar.

Y todos, todos coladitos por las mismas palabras.

 
Palabras
Alcora, 15/6/2004;

Palabras

Que nombre más bonito que tienen las palabras, todas, todas con el mismo nombre, que cosa más original.
Que sitio más maravilloso es donde viven las palabras, un folio de papel o una ventana de cristal, que locura de lugar.

Un bolígrafo especial, uno de esos que convives apurándole hasta la última gotita de tinta, se derrama por querer contar tantas cosas de mí.
Un estado de ánimo, él siempre tiene la llave y él es el culpable del color del sentimiento: Azul, negro, rojo, verde...
Un pensamiento, sin querer buscarlo; sí, con la fecha predeterminada pero, lo que salga después, que sea sin buscarlo, por favor.

Puedo dibujar un mundo de caballeros y princesas cabalgando a lomos de un corcel blanco desbocado de amor.
Puedo alegar el mundo, explicando las locuras de mis colegas, un millón de ellos, con la noche a sus pies.
Puedo hundirme en este mundo, en esta puta vida, con ese silencio que va tocando la herida, allí donde más duele, y al final, una gotita tristona y cargadita, se vierte, mejilla abajo, llena de confusión y de pena.

Palabras. ¿Qué buscais? Que no paro de sacaros de paseo de esta mente llena de preguntas, de este niño, que en clase miraba por la ventana y su cabezita se largaba a dar vueltas, con sus sueños, por el patio del colegio.

Palabras, dulces palabras, aun siendo algo tristes, escritas en el peor de los días, con el viento atizando como un látigo en el corazón, con las pupilas desencajadas, sin saber donde están, para que sirven, aun así, con el paso del tiempo, acaban siendo lo de siempre, solo palabras.

Palabras que ríen a carcajadas
Palabras que matan a ratos
Palabras que sueñan despiertas
Palabras que hablan de otros
Palabras, palabras, palabras