Yo vivo en una casa
Castellón, 10-7-2001;
Yo vivo en una casa
El paseo, así se llama mi calle. Un montón de árboles rinden saludo de sables a todo el mundo que pasa con el coche por debajo del puente, que se va formando con las ramas unidas de los árboles de una acera con sus vecinos de enfrente.
Dos casas más arriba está el Cactus, ese antro que a la inauguración llegaban todos los punkis guarros del contorno, con sus crestas y sus vomitonas artísticas por el suelo.
Antes de que pusieran aceras, alquitranaran la carretera y pusieran farolas, había más tierra y piedras que en el campo de fútbol del Jaime. Y cada veinte metros, había una bombilla colgada de rama en rama, que nunca acababa de iluminar con claridad por donde pisabas.
Abajo del todo está el cine Capitol, donde Rambo sacaba a la peña presa del cautiverio de Vietnam, mientras todos en el gallinero, nos dedicábamos a marear al acomodador de turno.
Muy cerca de aquí plantan la falla de L´Embut, justo en el óvalo, y en las despertadas, con los “masclets” y la banda de música a todo trapo, te cagabas en todo, por la resaca que a los quince años me empezaba a visitar.
Todo éso estaba cerca de mi casa, esa casa que compró mi abuelo, con una hipoteca que nunca quiso que se la devolviera mi madre.
Con dos plantas sin ascensor y un patio lleno de plantas enseñando con gracia sus picardías cuando bailan en primavera el cancán.
Un hotel cinco estrellas, con dos salas de cine, palomitas y partidos de la Copa de Europa.
Parking, vigilado las veinticuatro horas del día, con coche, moto y bicicletas.
Las otras dos casas que nos flanquean son territorio de gatos y aventuras desgarradas de amor y odio.
Frente al patio de atrás, un chalet enorme con piscina y una pista de petanca para los guiris que solo vienen en verano.
La música puede sonar a cualquier hora del día con el volumen a toda hostia.
No hay horarios, absolutamente ni uno, y solo el curro, es quien afecta más a la salud de las viejas cerraduras que viven en las puertas.
Una suerte de no hablar del tiempo cuando compartes el silencio con otro en el ascensor.
Una pasada el no tener cuotas ni reuniones de escalera.
Una fortuna no molestar a ningún vecino a veinte metros a la redonda.
Un verdadero placer de poder vivir en paz.
Yo vivo en una casa
El paseo, así se llama mi calle. Un montón de árboles rinden saludo de sables a todo el mundo que pasa con el coche por debajo del puente, que se va formando con las ramas unidas de los árboles de una acera con sus vecinos de enfrente.
Dos casas más arriba está el Cactus, ese antro que a la inauguración llegaban todos los punkis guarros del contorno, con sus crestas y sus vomitonas artísticas por el suelo.
Antes de que pusieran aceras, alquitranaran la carretera y pusieran farolas, había más tierra y piedras que en el campo de fútbol del Jaime. Y cada veinte metros, había una bombilla colgada de rama en rama, que nunca acababa de iluminar con claridad por donde pisabas.
Abajo del todo está el cine Capitol, donde Rambo sacaba a la peña presa del cautiverio de Vietnam, mientras todos en el gallinero, nos dedicábamos a marear al acomodador de turno.
Muy cerca de aquí plantan la falla de L´Embut, justo en el óvalo, y en las despertadas, con los “masclets” y la banda de música a todo trapo, te cagabas en todo, por la resaca que a los quince años me empezaba a visitar.
Todo éso estaba cerca de mi casa, esa casa que compró mi abuelo, con una hipoteca que nunca quiso que se la devolviera mi madre.
Con dos plantas sin ascensor y un patio lleno de plantas enseñando con gracia sus picardías cuando bailan en primavera el cancán.
Un hotel cinco estrellas, con dos salas de cine, palomitas y partidos de la Copa de Europa.
Parking, vigilado las veinticuatro horas del día, con coche, moto y bicicletas.
Las otras dos casas que nos flanquean son territorio de gatos y aventuras desgarradas de amor y odio.
Frente al patio de atrás, un chalet enorme con piscina y una pista de petanca para los guiris que solo vienen en verano.
La música puede sonar a cualquier hora del día con el volumen a toda hostia.
No hay horarios, absolutamente ni uno, y solo el curro, es quien afecta más a la salud de las viejas cerraduras que viven en las puertas.
Una suerte de no hablar del tiempo cuando compartes el silencio con otro en el ascensor.
Una pasada el no tener cuotas ni reuniones de escalera.
Una fortuna no molestar a ningún vecino a veinte metros a la redonda.
Un verdadero placer de poder vivir en paz.
Comentario:
Es mágico lo que puede una casa hacernos vivir. Parecen ser sólo cuatro paredes, pero encierran una historia a cada uno de los inquilinos, sus experiencias, sus risas y sus llantos. Y todo, entre esas cuatro paredes, que forman la casa, o el hogar.
besos
besos
Comentario:
Ya lo creo, qué suerte tienes Boni.
Un abrazo!
Un abrazo!





