Una galleta de chocolate
Bló, 17/9/2004
Una galleta de chocolate
Corazón, espera un momento, es que me estoy perdiendo a gusto en mi memoria...
No sé cuantos años tengo. Soy muy niño, corriendo por la masía de mis abuelos. Tengo las rodillas con alguna pequeña herida; crostitas secas y marrones cicatrizan aventuras en la sierra; pinos, robles, carrascas; juegos sin juguetes, bocanadas de aire fresco, de aire puro en los pulmones, oleadas de viento intenso lleno de libertad. Aquel lugar era una tregua a la realidad que vivíamos, era un premio, era un descanso merecido; dos meses desconectados de nuestro mundo de verdad.
No sé que edad tenía pero no me importa nada.
Imagínate diez kilómetros cuadrados de campo sembrado, dos balsas de agua para abrevar el ganado, árboles viejos con frutas jugosas que mataban el hambre con cada sabroso mordisco y que te resguardaban del calor, dándote cobijo en su sombra. Corrales llenos de gallinas con el cantar del gallo,
de los conejos enjaulados con largas orejas,
de los corderitos blancos inmaculados,
de las ovejas lanudas hasta finales de julio,
de las cabras malcriadas saltando los muros de piedras,
de los gatos que buscaban los ratoncillos por el pajar,
de las palomas que no tenían ningún mensaje que dar,
de los dos machos (mulos) que podían dormir y soñar estando de pie toda la noche,
de una piara apestosa de cerdos que se lo comían todo,
de los perros atados con cadenas a su caseta, que ladraban y te avisaban igual que las sirenas de la policía, cuando alguna gente forastera, se acercaba de visita.
Era el “Mas Cremat” (La Masía Quemada) , en él, la bisabuela Isabel, la abuela Lucía, el abuelo Daniel, mis tres hermanos y yo, éramos las únicas almas a diez kilómetros cuadrados de distancia.
-“¡Oh, me fa molt de mal el cap. Me fa: bin, bon, bin, bon!”-
-¡Oh, me hace mucho daño la cabeza. Me hace: bin, bon, bin, bon!-
Aún recuerdo, lo que la abuela Isabel soltaba, cuando alguna visita venía por aquellas tierras tan apartadas del mundo. Ella, de repente, se ponía muy malita, daba mucha lástima, estaba tan arrugadita. Era pequeña, curvada, dedos huesudos, pelo blanco desteñido, un pañuelo negro sobre la cabeza y atado, sin apretar mucho, por el cuello y también tenía una navajita verde que ayudaba a su dentadura para poder masticar mejor. Que ya son más de 90 los que tengo, que me quedan cuatro días, el mañana para mí, es algo muy lejano...
-“¡no puc més, el cap me fa: bin, bon, bin, bon..!”-
-¡No puedo más, la cabeza me duele pero que mogollón!-
Justo cuando el coche que trajo la visita, marchaba por la pista de tierra que conducía hasta la carretera alquitranada, que a su vez, llevaba hasta la civilización más cercana; la abuela Isabel, entonces, se quitaba la máscara y dejaba de fingir, hasta que la siguiente actuación comenzaría con el mal cantar de las sirenas de la policía.
(Viva Er Teatro, Eto E Increíble)
(David Bisbal; Bulería, bulería)
-“¡Lucía, una miqueta de anís pa´fer de cos!”-
-¡Lucía, una copichuela de anís del mono, que mi digestión lo agradecerá de todo corazón!-
La abuela Isabel después de comer, se cascaba una copa de anís del mono, etiqueta roja, dulce, alegre, era cuestión de vida o muerte. Después, se echaba una siesta de un ratito. En una de las esquinas del estirado comedor, allí, reposaba dormida en oscuridad profunda. Cuando tocaban las dos en la radio, las ventanas no dejaban pasar al sol ni a la luz del día y se despertaban, de par en par, cuando eran las tres de la tarde. Junto a la estufa de leña apagada del verano, tenía la abuela Isabel su silla, su dormitorio de siestas.
En el comedor había también un pequeño armariete empotrado en la pared. Dentro, habían servilletas blancas de papel, cajitas con medicinas, cartas de la baraja española, las copas y la botella de anís del mono, azúcar desparramado por dentro del azucarero, aroma cálido a café molido y, en medio de todo aquello, un paquete de galletas de chocolate del Príncipe de Bequelar. Eso si era una auténtica reliquia en aquel lugar. Nosotros cuatro, mientras babeábamos mirando a través del cristal, soñábamos con apoderarnos de una galleta, aunque solo fuera una, deshacer los nudos imposibles del hilo blanco que rodeaba el paquete y comérnosla en un periquete. Pero nadie lo intentó nunca. -¡Jamás!- Era misión imposible quitar una galleta sin que ella se diera cuenta. Aquellos nudos de seguridad, que hacía la abuela Isabel con toda la paciencia de este mundo, protegían su tesoro de chocolate contra las cuatro ratas sueltas que andaban por la masía sobre sus cuartos traseros.
Un buen día, en un año sin fecha clara en mi memoria, en la “era” de la masía, ese patio enorme de tierra y piedras donde en un tiempo muy lejano se trillaba, (yo solo recuerdo una vez que lo hicieron para que nosotros lo viésemos, ya sabéis, en la “era” se trillaba), pues bien, aquel día, no se trillaba, pero cayó la del pulpo. El cielo se puso negro; truenos, relámpagos, las nubes llegaron cargadas a lo bestia; cada gota eran diez, cada segundo, quince minutos. Desi, Manu y Joaquinet, bajaron corriendo por la cuesta, como si hubieran visto al mismo diablo de frente; desbocados, locos de pánico por no mojarse... Yo me acerqué hasta la abuela Isabel, me agarré a su mano izquierda con mis dos pequeñas manos y con su derecha, apoyada a su gallato de madera, fuimos, poco a poco, bajando de la “era” hasta la entrada del caserón; sendero abajo, pasito a pasito.
Fueron minutos intensos, horas de lluvia lo que tardamos en llegar...
Ya seco y con una muda nueva, bajé de las habitaciones hasta la entrada. Allí se encontraba aquella puerta enorme de madera partida en horizontal, rajada equitativamente en dos trozos iguales y ancladas, con fuertes bisagras de hierro forjado, al muro de la derecha, tanto el de abajo como el de arriba. Nosotros cuatro, asomados por encima del portón cerrado de abajo, vimos nacer y morir un río que no sabíamos que existía...
¡Qué lástima que nadie nos pudo sacar aquella foto!
(Al cabo de unos días...)
-“Sergio, vine, ben pito”-
-Sergio, ven, tú que te portas tan bien-
Me dijo la abuela Isabel a mis oídos en voz baja; parecía que aquello era un secreto entre los dos. Me llevó hasta el armariete, lo abrió, cogió con sus dos manos frágiles y huesudas, el paquete del Príncipe de Bequelar. Primero, deshizo un pequeño nudo y, a continuación, delante de mí, estiró de la punta del hilo y toda aquella maraña enredada, sobre si misma, fue desapareciendo como por arte de magia. Yo no me lo creía. Me regaló una de las sonrisas más bonitas que le recuerdo, sacó una galleta de chocolate y me la dio.
-“No digues res a ningú, aixó es per a tú”-
-No digas nada a nadie, esto es para ti-
La envolví con una servilleta de papel, la guardé en uno de mis bolsillos, anduve un buen rato a mi bola por los senderos marrones que bordeaban los campos sembrados de pelo pincho amarillo y me senté debajo de una carrasca. Mis ojos de niño, miraban las nubes como hacían y deshacían formas magistrales en el cielo y entonces, de repente, la galleta de chocolate, desapareció, como aquel río que nunca más volvimos a ver.
PD. Todos los veranos fueron mágicos en la Masía de mis abuelos.
Una galleta de chocolate
Corazón, espera un momento, es que me estoy perdiendo a gusto en mi memoria...
No sé cuantos años tengo. Soy muy niño, corriendo por la masía de mis abuelos. Tengo las rodillas con alguna pequeña herida; crostitas secas y marrones cicatrizan aventuras en la sierra; pinos, robles, carrascas; juegos sin juguetes, bocanadas de aire fresco, de aire puro en los pulmones, oleadas de viento intenso lleno de libertad. Aquel lugar era una tregua a la realidad que vivíamos, era un premio, era un descanso merecido; dos meses desconectados de nuestro mundo de verdad.
No sé que edad tenía pero no me importa nada.
Imagínate diez kilómetros cuadrados de campo sembrado, dos balsas de agua para abrevar el ganado, árboles viejos con frutas jugosas que mataban el hambre con cada sabroso mordisco y que te resguardaban del calor, dándote cobijo en su sombra. Corrales llenos de gallinas con el cantar del gallo,
de los conejos enjaulados con largas orejas,
de los corderitos blancos inmaculados,
de las ovejas lanudas hasta finales de julio,
de las cabras malcriadas saltando los muros de piedras,
de los gatos que buscaban los ratoncillos por el pajar,
de las palomas que no tenían ningún mensaje que dar,
de los dos machos (mulos) que podían dormir y soñar estando de pie toda la noche,
de una piara apestosa de cerdos que se lo comían todo,
de los perros atados con cadenas a su caseta, que ladraban y te avisaban igual que las sirenas de la policía, cuando alguna gente forastera, se acercaba de visita.
Era el “Mas Cremat” (La Masía Quemada) , en él, la bisabuela Isabel, la abuela Lucía, el abuelo Daniel, mis tres hermanos y yo, éramos las únicas almas a diez kilómetros cuadrados de distancia.
-“¡Oh, me fa molt de mal el cap. Me fa: bin, bon, bin, bon!”-
-¡Oh, me hace mucho daño la cabeza. Me hace: bin, bon, bin, bon!-
Aún recuerdo, lo que la abuela Isabel soltaba, cuando alguna visita venía por aquellas tierras tan apartadas del mundo. Ella, de repente, se ponía muy malita, daba mucha lástima, estaba tan arrugadita. Era pequeña, curvada, dedos huesudos, pelo blanco desteñido, un pañuelo negro sobre la cabeza y atado, sin apretar mucho, por el cuello y también tenía una navajita verde que ayudaba a su dentadura para poder masticar mejor. Que ya son más de 90 los que tengo, que me quedan cuatro días, el mañana para mí, es algo muy lejano...
-“¡no puc més, el cap me fa: bin, bon, bin, bon..!”-
-¡No puedo más, la cabeza me duele pero que mogollón!-
Justo cuando el coche que trajo la visita, marchaba por la pista de tierra que conducía hasta la carretera alquitranada, que a su vez, llevaba hasta la civilización más cercana; la abuela Isabel, entonces, se quitaba la máscara y dejaba de fingir, hasta que la siguiente actuación comenzaría con el mal cantar de las sirenas de la policía.
(Viva Er Teatro, Eto E Increíble)
(David Bisbal; Bulería, bulería)
-“¡Lucía, una miqueta de anís pa´fer de cos!”-
-¡Lucía, una copichuela de anís del mono, que mi digestión lo agradecerá de todo corazón!-
La abuela Isabel después de comer, se cascaba una copa de anís del mono, etiqueta roja, dulce, alegre, era cuestión de vida o muerte. Después, se echaba una siesta de un ratito. En una de las esquinas del estirado comedor, allí, reposaba dormida en oscuridad profunda. Cuando tocaban las dos en la radio, las ventanas no dejaban pasar al sol ni a la luz del día y se despertaban, de par en par, cuando eran las tres de la tarde. Junto a la estufa de leña apagada del verano, tenía la abuela Isabel su silla, su dormitorio de siestas.
En el comedor había también un pequeño armariete empotrado en la pared. Dentro, habían servilletas blancas de papel, cajitas con medicinas, cartas de la baraja española, las copas y la botella de anís del mono, azúcar desparramado por dentro del azucarero, aroma cálido a café molido y, en medio de todo aquello, un paquete de galletas de chocolate del Príncipe de Bequelar. Eso si era una auténtica reliquia en aquel lugar. Nosotros cuatro, mientras babeábamos mirando a través del cristal, soñábamos con apoderarnos de una galleta, aunque solo fuera una, deshacer los nudos imposibles del hilo blanco que rodeaba el paquete y comérnosla en un periquete. Pero nadie lo intentó nunca. -¡Jamás!- Era misión imposible quitar una galleta sin que ella se diera cuenta. Aquellos nudos de seguridad, que hacía la abuela Isabel con toda la paciencia de este mundo, protegían su tesoro de chocolate contra las cuatro ratas sueltas que andaban por la masía sobre sus cuartos traseros.
Un buen día, en un año sin fecha clara en mi memoria, en la “era” de la masía, ese patio enorme de tierra y piedras donde en un tiempo muy lejano se trillaba, (yo solo recuerdo una vez que lo hicieron para que nosotros lo viésemos, ya sabéis, en la “era” se trillaba), pues bien, aquel día, no se trillaba, pero cayó la del pulpo. El cielo se puso negro; truenos, relámpagos, las nubes llegaron cargadas a lo bestia; cada gota eran diez, cada segundo, quince minutos. Desi, Manu y Joaquinet, bajaron corriendo por la cuesta, como si hubieran visto al mismo diablo de frente; desbocados, locos de pánico por no mojarse... Yo me acerqué hasta la abuela Isabel, me agarré a su mano izquierda con mis dos pequeñas manos y con su derecha, apoyada a su gallato de madera, fuimos, poco a poco, bajando de la “era” hasta la entrada del caserón; sendero abajo, pasito a pasito.
Fueron minutos intensos, horas de lluvia lo que tardamos en llegar...
Ya seco y con una muda nueva, bajé de las habitaciones hasta la entrada. Allí se encontraba aquella puerta enorme de madera partida en horizontal, rajada equitativamente en dos trozos iguales y ancladas, con fuertes bisagras de hierro forjado, al muro de la derecha, tanto el de abajo como el de arriba. Nosotros cuatro, asomados por encima del portón cerrado de abajo, vimos nacer y morir un río que no sabíamos que existía...
¡Qué lástima que nadie nos pudo sacar aquella foto!
(Al cabo de unos días...)
-“Sergio, vine, ben pito”-
-Sergio, ven, tú que te portas tan bien-
Me dijo la abuela Isabel a mis oídos en voz baja; parecía que aquello era un secreto entre los dos. Me llevó hasta el armariete, lo abrió, cogió con sus dos manos frágiles y huesudas, el paquete del Príncipe de Bequelar. Primero, deshizo un pequeño nudo y, a continuación, delante de mí, estiró de la punta del hilo y toda aquella maraña enredada, sobre si misma, fue desapareciendo como por arte de magia. Yo no me lo creía. Me regaló una de las sonrisas más bonitas que le recuerdo, sacó una galleta de chocolate y me la dio.
-“No digues res a ningú, aixó es per a tú”-
-No digas nada a nadie, esto es para ti-
La envolví con una servilleta de papel, la guardé en uno de mis bolsillos, anduve un buen rato a mi bola por los senderos marrones que bordeaban los campos sembrados de pelo pincho amarillo y me senté debajo de una carrasca. Mis ojos de niño, miraban las nubes como hacían y deshacían formas magistrales en el cielo y entonces, de repente, la galleta de chocolate, desapareció, como aquel río que nunca más volvimos a ver.
PD. Todos los veranos fueron mágicos en la Masía de mis abuelos.
Comentario:
Moltes gracies Marta...
Comentario:
Bon día, que recuerdos más dulces. En medio de la naturaleza, con los colores brillantes, los animales en su lugar, es una maravilla vivirlo, y recordarlo (imaginarlo nosotros) a través de tus letras.
Petons.
Petons.
Comentario:
Corazón, tus palabras son miel en mis recuerdos.
Comentario:
Holas :)
Me sente, tome tu libro entre mis manos y lo saboreé tranquilamente poco a poco hasta llegar a esa deliciosa galleta de chocolate que mi paladar degusto :) Gracias por convidarnos una probadita estuvo deliciosa.
Anda pero la abuelita era tramposa, mira que enfermarse de esa manera cuando llegaba un desconocido, jajaja, Es cierto lo que dicen que cuando viejitos llegamos a ser volvemos a ser unos niños, muestra de ello es el comportamiento de tu linda abuelita. Que recuerdos mas gratos los tuyo pero sabes? Lo que más me sorprende es lo brillante de tu memoria para conservar y dibujar con letras esos veranos. Así es cuando algo ha dejado huella verdadera en nuestra vida.
Saludos!
;o)
Me sente, tome tu libro entre mis manos y lo saboreé tranquilamente poco a poco hasta llegar a esa deliciosa galleta de chocolate que mi paladar degusto :) Gracias por convidarnos una probadita estuvo deliciosa.
Anda pero la abuelita era tramposa, mira que enfermarse de esa manera cuando llegaba un desconocido, jajaja, Es cierto lo que dicen que cuando viejitos llegamos a ser volvemos a ser unos niños, muestra de ello es el comportamiento de tu linda abuelita. Que recuerdos mas gratos los tuyo pero sabes? Lo que más me sorprende es lo brillante de tu memoria para conservar y dibujar con letras esos veranos. Así es cuando algo ha dejado huella verdadera en nuestra vida.
Saludos!
;o)





