El regreso
Soy una consumidora compulsiva de libros, dividiendo mi pasión en dos tendencias; libro virgen o libro envejecido. No puedo resistir la tentación de caminar entre los estantes de una vieja tienda de libros usados, aspirando el olor de palabras amarillentas y mil veces pronunciadas. Pasar las manos por tapas duras, mudadas de color o inexistentes, sustituidas por un periódico igualmente dorado por el tiempo. Hablar con el librero, en busca de un ejemplar que solo yo parezco conocer, sentir el orgullo de haber sido alguna dueña única de quien ahora anda perdido. Me encanta demorar las horas perdida en pasillos inmunes al ruido y la vida que respira, allí fuera, en la calle que no reconoce el sosiego. Siempre encuentro a quien salvar del destierro, me siento egoístamente artífice de una libertad largamente anhelada cuando tomo entre las manos el libro escogido. Aquel que por cualquier causa ha despertado mi sensibilidad, una dedicatoria, algunas anotaciones al borde de la pagina veinticinco, cualquier excusa es demasiado buena para sacarlo de allí y darle un nuevo hogar, unas nuevas manos, un nuevo sentido a sus palabras.
Otras veces busco el libro virgen, nunca abierto, nunca leído, que espera nervioso, anhelante, su primera vez, aquella que será por siempre irrepetible. Al salir de la caja de cartón se embellecen, limpian sus cubiertas brillantes, agitan con coquetería sus páginas blancas, inmaculadas, para sacudir el polvo que un día, inevitablemente, acumularán. Me embriaga su olor, indefinido, de libro por estrenar, que poco a poco irá adquiriendo el aroma de toda una vida. Me gusta tanto caminar entre los estantes acariciando las cubiertas de tantos libros nuevos, esperando que uno, de pronto, por el más insignificante de los detalles, me agarre el alma.
Soy una amante perdida de libros que, como pueden ver, nunca consigue llegar a ser eternamente fiel.
Otras veces busco el libro virgen, nunca abierto, nunca leído, que espera nervioso, anhelante, su primera vez, aquella que será por siempre irrepetible. Al salir de la caja de cartón se embellecen, limpian sus cubiertas brillantes, agitan con coquetería sus páginas blancas, inmaculadas, para sacudir el polvo que un día, inevitablemente, acumularán. Me embriaga su olor, indefinido, de libro por estrenar, que poco a poco irá adquiriendo el aroma de toda una vida. Me gusta tanto caminar entre los estantes acariciando las cubiertas de tantos libros nuevos, esperando que uno, de pronto, por el más insignificante de los detalles, me agarre el alma.
Soy una amante perdida de libros que, como pueden ver, nunca consigue llegar a ser eternamente fiel.
