Carambola astral
Aunque parece que la ola polar se había marchado, ayer por la noche casí muero congelado en los garitos de Malasaña. Quedada con un amigo al que me apetececía mucho ver y que no me defraudó en absoluto. Venciendo todos los miedos que se supone que debía tener por lo extraño de la situación y los temores que estúpidamente nos infudimos a nosotros mismos, enfilé hacia Malasaña con una determinación difícil de imaginar para alguien que me conozca. La seguridad en mí mismo -ésa que me falta tan a menudo- se alió conmigo y me convirtió en una especie depredador letal que iba a por todas y que sabía que ningún tipo de prejuicio iba a joderle el plan ésa noche.
Estaba sentado en un café. Esperando. Yo llegaba tarde porque había calculado mal las distancias y el tráfico que colapsaba el centro no ayudó en absoluto. Mi primera imagen de él fue fugaz, una estatua que permanecía quieta mientras yo avanzaba a grandes pasos dejando a mi izquierda los ventanales del local buscando una puerta que me permitiése llegar a su mesa sin parecer el patoso despistado que soy.
A él los nervios le traicionaban, no dejaba de moverse, contorsionándose, revolviéndose en la silla de aquel frío café como si estuviera bailando una tarantella. Estaba muy gracioso y daban ganas de abrazarle para que dejase de entrar y salir de mi campo visual con el trajín que se tenía. Yo seguía inmerso en la misma calma irreal que tenía cuando salí de casa, pero por dentro me intentaba autoconvencer de que él era demasiado atractivo e interesante para que quisiera algo más que unas vervezas conmigo.
Después de casi cinco horas -¿fue tanto tiempo en realidad?- de conversación amena, natural, muchas miradas a los ojos, cuatro o cinco tercios y dos o tres locales, los astros jugaron a mi favor y nos dimos un beso corto que fue el primero de una larga serie que todavía hoy me tiene en las nubes.
Poco después, abrazados, satisfechos, le dije que hacía mucho tiempo que no me encontraba tan bién con nadie. Y aunque éramos ya una maraña inseparable de brazos y piernas, yo, que soy el bloque de hielo que soy, me moría por tenerle más cerca todavía.
Estaba sentado en un café. Esperando. Yo llegaba tarde porque había calculado mal las distancias y el tráfico que colapsaba el centro no ayudó en absoluto. Mi primera imagen de él fue fugaz, una estatua que permanecía quieta mientras yo avanzaba a grandes pasos dejando a mi izquierda los ventanales del local buscando una puerta que me permitiése llegar a su mesa sin parecer el patoso despistado que soy.
A él los nervios le traicionaban, no dejaba de moverse, contorsionándose, revolviéndose en la silla de aquel frío café como si estuviera bailando una tarantella. Estaba muy gracioso y daban ganas de abrazarle para que dejase de entrar y salir de mi campo visual con el trajín que se tenía. Yo seguía inmerso en la misma calma irreal que tenía cuando salí de casa, pero por dentro me intentaba autoconvencer de que él era demasiado atractivo e interesante para que quisiera algo más que unas vervezas conmigo.
Después de casi cinco horas -¿fue tanto tiempo en realidad?- de conversación amena, natural, muchas miradas a los ojos, cuatro o cinco tercios y dos o tres locales, los astros jugaron a mi favor y nos dimos un beso corto que fue el primero de una larga serie que todavía hoy me tiene en las nubes.
Poco después, abrazados, satisfechos, le dije que hacía mucho tiempo que no me encontraba tan bién con nadie. Y aunque éramos ya una maraña inseparable de brazos y piernas, yo, que soy el bloque de hielo que soy, me moría por tenerle más cerca todavía.
Nieva en Madrid
Hoy me siento más joven. La nevada que ha caído esta mañana en Madrid y que ha pintado de blanco los tejados de mi barrio me ha devuelto a la infancia. Me veo en una foto que guardo en casa, un yo de 1.30 con un jersey de lana gorda tejido por mi madre, unos pantalones de pana azules arremetidos dentro de unas botas de agua varias tallas más grandes que la mía y una bola de nieve en la mano. Seguro que mi madre me gritaba desde el balcón que me pusiera la chaqueta, parece que la veo desgañitándose y amenazándome con cualquier funesto castigo si no le hacía caso.
En la foto estaba en la parte de atrás de mi casa, jugando con la nieve en un día como hoy, de esos que te sorprenden a mitad del invierno casi siempre en día laborable. Ahora me doy cuenta de que lo que tenía en las manos era nieve sucia y escasa, casi embarrada porque era el objeto de deseo del día y había que repartirlo con los demás chavales del barrio. Pero en aquel momento era más que nieve sucia, era ilusión que se podía tocar y arrojar.
Es extraño, pero creo que la nieve es el fenómeno metereológico más democrático de todos. Es el único que tiene la capacidad de convertir un descampado en un bello lugar, el único que puede embellecer los brutales arrabales de la ciudad en la que vivo. El único que pinta de blanco paisajes industriales difíciles de soportar de otra manera. También tiene cosas negativas, pero yo hoy soy de nuevo un niño y no pienso en ellas.
Mientras escribo ésto (las 15:57) veo que fuera sigue nevando y me siento como si estuviera en mi clase de 2º de EGB esperando a que suene la campana para salir al patio. Sólo me faltaría una hora.
En la foto estaba en la parte de atrás de mi casa, jugando con la nieve en un día como hoy, de esos que te sorprenden a mitad del invierno casi siempre en día laborable. Ahora me doy cuenta de que lo que tenía en las manos era nieve sucia y escasa, casi embarrada porque era el objeto de deseo del día y había que repartirlo con los demás chavales del barrio. Pero en aquel momento era más que nieve sucia, era ilusión que se podía tocar y arrojar.
Es extraño, pero creo que la nieve es el fenómeno metereológico más democrático de todos. Es el único que tiene la capacidad de convertir un descampado en un bello lugar, el único que puede embellecer los brutales arrabales de la ciudad en la que vivo. El único que pinta de blanco paisajes industriales difíciles de soportar de otra manera. También tiene cosas negativas, pero yo hoy soy de nuevo un niño y no pienso en ellas.
Mientras escribo ésto (las 15:57) veo que fuera sigue nevando y me siento como si estuviera en mi clase de 2º de EGB esperando a que suene la campana para salir al patio. Sólo me faltaría una hora.
Lunes
Lunes inactivo. Sigo esperando a que me cambien de puesto, mientras tanto me dedico a pasar el tiempo y que no se me note mucho que no estoy haciendo nada de nada. Escribo estas líneas en la ventana de mi Lotus Notes como si estuviera dando forma a un importante correo para enviar a algún gerifalte rosadito que mora allende los mares. El ambiente en la oficina está muy revuelto. Despachos que se abren, despachos que se cierran. Reuniones clandestinas. '¿Te has enterado ya?' es la frase más repetida a este lado de la Castellana desde hace mucho tiempo. Se supone que hoy van a hacer efectivo el despido de una persona que es la única de toda la planta que no sabe que le van a dar una patada en el culo. La tengo detrás y me da tanta vergüenza mirarla a los ojos que la evito como hace el resto del mundo. Se lo tiene que oler, pero la verdad es que si sabe algo lo disimula muy bien. Este va a ser el segundo despido en menos de un mes. A mí me han hecho una oferta muy buena para quedarme en su puesto y no he dicho que no. Total, éso no iba a cambiar nada, a ella la iban a largar de todas maneras. Más responsabilidad y más sueldo, parezco el del anuncio del Renault Laguna, ése que controla todo menos tus emociones.
A las seis menos cinco huyo como una liebre porque no quiero estar delante cuando se lo digan, supongo que van a elegir la última hora de la tarde para que no forme un espectáculo con demasiados testigos. Porque ésta formará una escena de las de desgarro y pasión para dar pena y que no la echen, estoy seguro. Es de ese tipo de personas que no me gustan. Complacientes hasta decir basta, hipócritas hasta la náusea, con una permanente sonrisa estúpida para caer bien a costa de lo que sea... De las que saludan al presidente con 'Buenos días señor fulano, ¿qué tal ha pasado el fin de semana?'. Imbécil, de qué poco te ha servido lamer culos. Y dejo de escribir de ella porque estoy siendo demasiado duro. Además me da mucha pena porque tiene un hijo pequeño y con sus escasas luces lo va a tener difícil si no tiene otro enchufe.
A las seis menos cinco huyo como una liebre porque no quiero estar delante cuando se lo digan, supongo que van a elegir la última hora de la tarde para que no forme un espectáculo con demasiados testigos. Porque ésta formará una escena de las de desgarro y pasión para dar pena y que no la echen, estoy seguro. Es de ese tipo de personas que no me gustan. Complacientes hasta decir basta, hipócritas hasta la náusea, con una permanente sonrisa estúpida para caer bien a costa de lo que sea... De las que saludan al presidente con 'Buenos días señor fulano, ¿qué tal ha pasado el fin de semana?'. Imbécil, de qué poco te ha servido lamer culos. Y dejo de escribir de ella porque estoy siendo demasiado duro. Además me da mucha pena porque tiene un hijo pequeño y con sus escasas luces lo va a tener difícil si no tiene otro enchufe.
Pereza vs Lujuria
Esta pereza crónica en la que vivo me ha hecho dejar de lado la escritura durante unos días. Soy perezoso, no puedo evitarlo, y en mi ránking de los siete pecados capitales éste es el que triunfa actualmente superando con creces a la lujuria, que está de vacas flacas precisamente por mi pereza.
La músiquilla de U2 que me anima a huir vuelve a sonar en mi cabeza. Y eso que E. está fuera de Madrid y sólo intenta comunicarse conmigo mediantes sms. Ya sé que él no es lo que busco pero no sé si E. lo tiene tan claro. Cada vez que recibo un mensaje suyo me reviento la cabeza pensando en qué tipo de sms debo enviarle por respuesta. Intento escribir algo aséptico, que no denote ningún tipo de interés más allá de la amistad, pero no me sale. Encuentro siempre un posible doble sentido en todas las palabras que se iluminan en la pantalla que le aliente a buscar algo más que no existe ni existirá. Joder, me meto en jardines de los que luego no sé salir. Ahora mismo estoy atrapado en el centro de un laberinto y no voy a encontrar la senda de salida hasta que no deje las cosas claras.
Enésimo día de cielos azules en Madrid. Quiero que llueva, que el agua se lleve la mierda que flota encima de la ciudad y que la convierte en una jaula bullente de virus listos para atacar. Y de paso que me limpie a mí, que se lleve mi pereza y me devuelva la lujuria. Soy más divertido y me divierto más cuando soy lujurioso.
Descubrimiento ayer en el Ducados Café, un sitio que no me gusta demasiado pero en el que recalamos para tomar la última antes de marchar a casa. Nuevo camarero. No es guapo (tenía un cuerpazo, eso sí) pero su simpatía natural, de esas de chico de barrio, le hace uno de los tíos más atractivos que me haya encontrado últimamente. Un par de risas juntos y un 'nos vemos' de esos que quieres que se cumplan de verdad y yo me bajé para Cibeles con una sonrisa pintada en el rostro que me río yo de la de Jack Nicholson cuando hizo de Joker en Batman.
La músiquilla de U2 que me anima a huir vuelve a sonar en mi cabeza. Y eso que E. está fuera de Madrid y sólo intenta comunicarse conmigo mediantes sms. Ya sé que él no es lo que busco pero no sé si E. lo tiene tan claro. Cada vez que recibo un mensaje suyo me reviento la cabeza pensando en qué tipo de sms debo enviarle por respuesta. Intento escribir algo aséptico, que no denote ningún tipo de interés más allá de la amistad, pero no me sale. Encuentro siempre un posible doble sentido en todas las palabras que se iluminan en la pantalla que le aliente a buscar algo más que no existe ni existirá. Joder, me meto en jardines de los que luego no sé salir. Ahora mismo estoy atrapado en el centro de un laberinto y no voy a encontrar la senda de salida hasta que no deje las cosas claras.
Enésimo día de cielos azules en Madrid. Quiero que llueva, que el agua se lleve la mierda que flota encima de la ciudad y que la convierte en una jaula bullente de virus listos para atacar. Y de paso que me limpie a mí, que se lleve mi pereza y me devuelva la lujuria. Soy más divertido y me divierto más cuando soy lujurioso.
Descubrimiento ayer en el Ducados Café, un sitio que no me gusta demasiado pero en el que recalamos para tomar la última antes de marchar a casa. Nuevo camarero. No es guapo (tenía un cuerpazo, eso sí) pero su simpatía natural, de esas de chico de barrio, le hace uno de los tíos más atractivos que me haya encontrado últimamente. Un par de risas juntos y un 'nos vemos' de esos que quieres que se cumplan de verdad y yo me bajé para Cibeles con una sonrisa pintada en el rostro que me río yo de la de Jack Nicholson cuando hizo de Joker en Batman.
Todo lo que sube, baja
Después del subidón provocado por el reencuentro con E., mi vida ha vuelto a la rutina y a la calma chicha en la que floto normalmente. E. no deja de ser un pasatiempo, algo pasajero que le ponga un poco de sal a este guiso sin gusto y desaliñado que supone mi día a día. Una pastilla de avecrem que convierte el agua en un caldo al menos apetitoso. Parece que la banda sonora de mi vida la compuso U2, los acordes de 'But I still haven't found what I'm looking for' se repiten año tras año y me dejan la amarga duda de que haya algo o alguien que encontrar. Cuando parece que sí, llegan los irlandeses con su cancioncilla y me animan a salir corriendo sin mirar atrás porque no es eso lo que yo quiero. 'Maricón el último', parece que me grita Bono detrás de su gafas de The Fly. Supongo que soy demasiado exigente, que no me conformo con el hecho de tener a alguien a mi lado como hace la mayoría de la gente. O que soy demasiado egoísta para compartir mi intimidad con otra persona. Ayer le decía a alguien :) que mi vida amorosa era un erial tan ancho como Castilla, pero me quedaba corto. La estepa rusa o el desierto del Gobi se adaptan mejor a mi caso particular. El amor ha pasado a mi lado, pero siempre me logrado esquivar en el último momento con piruetas propias de funambulista del Circo del Sol. Dejándome compuesto, sin pareja y con cara de tontolhaba empanado de propina. Yo, mientras tanto, como Fangoria, miro la vida pasar...
La mañana en el trabajo está siendo muy aburrida. No tengo nada que hacer y fingir que estoy haciendo algo me cansa más incluso que trabajar. Mi cambio de puesto, que es oficioso y parece que a este paso no se va a convertir en oficial, lo único que me ha traído es inactividad. Va, que tiene que enseñarme, está tan perdida como yo y hasta que no se encuentre no se ve capaz de cargar conmigo. Si lo sé ralentizo el proceso de curación de mi gripe y me pillo un par de días para levantarme tarde y descansar.
La mañana en el trabajo está siendo muy aburrida. No tengo nada que hacer y fingir que estoy haciendo algo me cansa más incluso que trabajar. Mi cambio de puesto, que es oficioso y parece que a este paso no se va a convertir en oficial, lo único que me ha traído es inactividad. Va, que tiene que enseñarme, está tan perdida como yo y hasta que no se encuentre no se ve capaz de cargar conmigo. Si lo sé ralentizo el proceso de curación de mi gripe y me pillo un par de días para levantarme tarde y descansar.
El té de las siete
Tengo que ir, tengo que ir. Después de tomarme otro paracetamol de 1mg he conseguido que la cabeza se me asiente y que los teléfonos de la oficina no utilicen mi cráneo como caja de resonancia. Las seis. Menos mal, creía que me iba a dar algo. Mientras voy a Emilio Castelar a coger el metro, el aire de la Castellana me despierta y hace que las ideas se me aclaren. Claro que me apetece ir, no sé lo que voy a encontrar pero me apetece ir.
Cuando cruzo la Castellana para pillar la línea 5 veo que al fondo, a la altura de Colón, luces de policía y de ambulancias cortan la circulación. ¿Qué habrá pasado? Tiene que haber sido algo grave, la Castellana no se para así como así. Como todos lo que estábamos en el semáforo, me temo lo peor. Nos han metido el miedo en el cuerpo y ahora más de dos coches de policía y una ambulancia juntos siembran la duda. ¿Habrán hecho algo a las Torres de Colón?
Con la pasmosa facilidad con la que los habitantes de esta ciudad siguen su camino, aún cabiendo la posiblidad de que haya sido algo gordo, me meto en el metro con mis compañeros de semáforo. Salgo poco después y, cómo no, me equivoco de salida y me pierdo. Mierda de barrio de Salamanca, ni lo conozco bien ni lo quiero conocer mejor. Llamo al telefonillo de E. aunque el portero me ha abierto la puerta. No quiero subir sin avisar.
- Dónde va? - me pregunta educadamente el hombre, que no está más que haciendo su trabajo, pero que me toca los huevos con las preguntitas.
- Al piso de tal - respondo con pocas ganas y mientras me examina de arriba abajo como si yo tuviera escrito en la frente 'lo mismo esta tarde follo y todo'. ¿Es que no me ha visto que he llamado y me han abierto? Joder.
Cojo el ascensor y aterrizo en la puerta de E. que me abre y me da un abrazo en el recibidor. Se alegra de verdad de verme de nuevo. Y yo al él. Le encuentro más guapo, más atractivo, como si quitarse el traje le hubiera restado unos años. Esto pinta bien.
Tiene la casa llena de cuadros y de libros, tan abigarrada como siempre. Nada más entrar me enseña unas acuarelas modernistas que acaba de ceder para una exposición. Me encapricho de una que tiene pinta de ser muy cara porque, conociéndole, seguro que es original.
- Son dibujos para escenografías, originales. - esta última palabra pronunciada en tono explicativo.
- Me flipa esta - le comentó yo con la nula esperanza de que me diga que me la lleve a modo de regalo de reyes tardío.
- Sí, es la mejor.
- Me puedes hacer una fotocopia en color? - suelto antes de pensarlo y de que él me mire como si le hubiera dicho que cogiera las tijeras del pescado de la cocina y la rajara en mil pedazos. Qué cutre que soy. No tengo arreglo, hablo antes de pensar y siempre la cago.
- Bueno, casi déjalo. - me respondo a mí mismo avergonzado mientras E. sonríe divertido. Ha debido pensar que la iba a poner con chinchetas en el gotelé de mi cuarto.
Nos sentamos en el sofá y empezamos a hablar. A gusto. Sin prisas. Dejo que me explique cómo ha logrado dejarlo todo y dedicarse a hacer lo que le da la gana. Y me da tanta envidia que me imagino a mí mismo en su papel de loco bohemio... Para rematarlo me saca unos poemas manuscritos de un poeta del 27 que ha encontrado en un desván de su familia junto con más tesoros literarios. Me quedo lívido al tener en mis manos las letras que pasaron directamente del cerebro del genio granadino a aquel papel. En la buhardilla de la mía lo mismo encuentro los libros de 8º de EGB, éso si no se los han comido las ratas o han sido usados de combustible.
- Te apetece un té?
- Sí, claro. -contesto mientras le sigo a la cocina.
Él sigue charloteando mientras veo que coge el hervidor y sigue todo el ritual british de preparación del té. Se lo comento cuando vierte un poco de agua hirviendo en la tetera para calentarla y luego la tira. Me mira con asombro, como si no comprendiese cómo coño sabía yo la forma de preparar un té respetando la etiqueta británica.
- Yo hiervo el agua en el microondas -me explico- pero sé cómo se hace de la forma correcta. Algo se me tenía que pegar.
- Y seguro que usas bolsitas y te sale un brevaje en vez de un té.
La verdad es que tiene razón, el earl grey que sirve es el mejor que me he tomado en mucho tiempo. Mientras me explica no sé qué sobre un proyecto me planta la mano en el muslo y de ahí a lo otro no hay nada. Y acabamos donde acabamos. Bien, como siempre.
- Sabes que estás guapísimo? -deja caer después de todo.
- Qué dices tío¡ -me carcajeo avergonzado.
No encajo bien los cumplidos, no sé cómo actuar, digo gracias y se me queda una cara de haba que metería bajo tierra si tuviera un agujero allí mismo. Aunque, qué coño, llevo unos días que hasta yo me encuentro guapo.
Quedamos en vernos. En no perder el contacto durante tanto tiempo. La verdad es que es un tío inteligente, se puede hablar con él y, al fin y al cabo, mí me viene bien un buen té de vez en cuando.
PD.: Me asusto de lo que escribo aquí. Voy a tener que cortarme o utilizar un diario de papel. Sólo me falta dar mi nombre completo, dirección y número de teléfono.
Cuando cruzo la Castellana para pillar la línea 5 veo que al fondo, a la altura de Colón, luces de policía y de ambulancias cortan la circulación. ¿Qué habrá pasado? Tiene que haber sido algo grave, la Castellana no se para así como así. Como todos lo que estábamos en el semáforo, me temo lo peor. Nos han metido el miedo en el cuerpo y ahora más de dos coches de policía y una ambulancia juntos siembran la duda. ¿Habrán hecho algo a las Torres de Colón?
Con la pasmosa facilidad con la que los habitantes de esta ciudad siguen su camino, aún cabiendo la posiblidad de que haya sido algo gordo, me meto en el metro con mis compañeros de semáforo. Salgo poco después y, cómo no, me equivoco de salida y me pierdo. Mierda de barrio de Salamanca, ni lo conozco bien ni lo quiero conocer mejor. Llamo al telefonillo de E. aunque el portero me ha abierto la puerta. No quiero subir sin avisar.
- Dónde va? - me pregunta educadamente el hombre, que no está más que haciendo su trabajo, pero que me toca los huevos con las preguntitas.
- Al piso de tal - respondo con pocas ganas y mientras me examina de arriba abajo como si yo tuviera escrito en la frente 'lo mismo esta tarde follo y todo'. ¿Es que no me ha visto que he llamado y me han abierto? Joder.
Cojo el ascensor y aterrizo en la puerta de E. que me abre y me da un abrazo en el recibidor. Se alegra de verdad de verme de nuevo. Y yo al él. Le encuentro más guapo, más atractivo, como si quitarse el traje le hubiera restado unos años. Esto pinta bien.
Tiene la casa llena de cuadros y de libros, tan abigarrada como siempre. Nada más entrar me enseña unas acuarelas modernistas que acaba de ceder para una exposición. Me encapricho de una que tiene pinta de ser muy cara porque, conociéndole, seguro que es original.
- Son dibujos para escenografías, originales. - esta última palabra pronunciada en tono explicativo.
- Me flipa esta - le comentó yo con la nula esperanza de que me diga que me la lleve a modo de regalo de reyes tardío.
- Sí, es la mejor.
- Me puedes hacer una fotocopia en color? - suelto antes de pensarlo y de que él me mire como si le hubiera dicho que cogiera las tijeras del pescado de la cocina y la rajara en mil pedazos. Qué cutre que soy. No tengo arreglo, hablo antes de pensar y siempre la cago.
- Bueno, casi déjalo. - me respondo a mí mismo avergonzado mientras E. sonríe divertido. Ha debido pensar que la iba a poner con chinchetas en el gotelé de mi cuarto.
Nos sentamos en el sofá y empezamos a hablar. A gusto. Sin prisas. Dejo que me explique cómo ha logrado dejarlo todo y dedicarse a hacer lo que le da la gana. Y me da tanta envidia que me imagino a mí mismo en su papel de loco bohemio... Para rematarlo me saca unos poemas manuscritos de un poeta del 27 que ha encontrado en un desván de su familia junto con más tesoros literarios. Me quedo lívido al tener en mis manos las letras que pasaron directamente del cerebro del genio granadino a aquel papel. En la buhardilla de la mía lo mismo encuentro los libros de 8º de EGB, éso si no se los han comido las ratas o han sido usados de combustible.
- Te apetece un té?
- Sí, claro. -contesto mientras le sigo a la cocina.
Él sigue charloteando mientras veo que coge el hervidor y sigue todo el ritual british de preparación del té. Se lo comento cuando vierte un poco de agua hirviendo en la tetera para calentarla y luego la tira. Me mira con asombro, como si no comprendiese cómo coño sabía yo la forma de preparar un té respetando la etiqueta británica.
- Yo hiervo el agua en el microondas -me explico- pero sé cómo se hace de la forma correcta. Algo se me tenía que pegar.
- Y seguro que usas bolsitas y te sale un brevaje en vez de un té.
La verdad es que tiene razón, el earl grey que sirve es el mejor que me he tomado en mucho tiempo. Mientras me explica no sé qué sobre un proyecto me planta la mano en el muslo y de ahí a lo otro no hay nada. Y acabamos donde acabamos. Bien, como siempre.
- Sabes que estás guapísimo? -deja caer después de todo.
- Qué dices tío¡ -me carcajeo avergonzado.
No encajo bien los cumplidos, no sé cómo actuar, digo gracias y se me queda una cara de haba que metería bajo tierra si tuviera un agujero allí mismo. Aunque, qué coño, llevo unos días que hasta yo me encuentro guapo.
Quedamos en vernos. En no perder el contacto durante tanto tiempo. La verdad es que es un tío inteligente, se puede hablar con él y, al fin y al cabo, mí me viene bien un buen té de vez en cuando.
PD.: Me asusto de lo que escribo aquí. Voy a tener que cortarme o utilizar un diario de papel. Sólo me falta dar mi nombre completo, dirección y número de teléfono.
E.
No sé si me voy a arrepentir o no, pero he quedado esta tarde con E., el falso bohemio, para tomar un café. Ahora mismo me apetece verle, que me cuente episodios de su vida surrealista, reírme un rato con él de la falsa bohemia en la que pasa sus días y de la gira cultural para la que parte dentro de unos días. Parece jovial por teléfono, siempre lo ha sido conmigo, tiene energía para parar un tren y me apetece que me contagie un poco de la suya. Que me aturulle con sus proyectos y sus historias.
- ¿Qué tal estás? - me ha preguntado por teléfono
- Bueno, no estoy mal, no tan alegre como tú, por supuesto. Ja, ja.
- Non ci posso credere -pasa al italiano, lo que nos hizo conocernos- sei giú?
No me hables en italiano, que sabes que me pierdo, que soy muy idiota y que el italiano me pone tonto. Que con tres frases me ganas.
- No, pero sabes que la felicidad completa no es mi estado habitual.
- Bueno, bueno, bueno. Vente que nos reímos un rato.
- Quieres que quedemos para tomar un café esta tarde?
- Claro, me apetece verte antes de irme. Ya te lo había dicho. ¿Dónde estás ahora?
- En el trabajo. Serrano con María de Molina.
- Estamos al lado. Mira si quieres vente al casa y preparamos un café aquí, es que no se me ocurre un sitio chulo donde ir por la zona. No te lo digo por otra cosa.
Ja, ja, permite que me ría, E. tú y yo sabemos por qué lo dices. Tu y yo sabemos que esta tarde vamos a acabar donde vamos a acabar y quieres ahorrar tiempo. Me hace gracia que a estas alturas me vengas con éstas.
- Vale, sigues viviendo donde siempre? - Joder qué facilón que soy...
- Pues claro. Por cierto qué te pasa en la voz? Cuando te conocí ya habías pasado la adolescencia.
- Serás tonto, estoy resfriado.
- Ah, nene, es que creía que en un año te había cambiado la voz y que te habías convertido en un hombre. Ja, ja.
- Venga que nos vemos luego.
- Te espero.
Joder, no sé si ir o no. Sería volver al pasado. Ya no puedo llamarle para desquedar. Si es que las tres copas de vino de la comida con el paracetamol me han dejado tonto. Si es que yo con el vino tengo más peligro que una caja de bombas. Si es que vamos a acabar donde yo me sé...
- ¿Qué tal estás? - me ha preguntado por teléfono
- Bueno, no estoy mal, no tan alegre como tú, por supuesto. Ja, ja.
- Non ci posso credere -pasa al italiano, lo que nos hizo conocernos- sei giú?
No me hables en italiano, que sabes que me pierdo, que soy muy idiota y que el italiano me pone tonto. Que con tres frases me ganas.
- No, pero sabes que la felicidad completa no es mi estado habitual.
- Bueno, bueno, bueno. Vente que nos reímos un rato.
- Quieres que quedemos para tomar un café esta tarde?
- Claro, me apetece verte antes de irme. Ya te lo había dicho. ¿Dónde estás ahora?
- En el trabajo. Serrano con María de Molina.
- Estamos al lado. Mira si quieres vente al casa y preparamos un café aquí, es que no se me ocurre un sitio chulo donde ir por la zona. No te lo digo por otra cosa.
Ja, ja, permite que me ría, E. tú y yo sabemos por qué lo dices. Tu y yo sabemos que esta tarde vamos a acabar donde vamos a acabar y quieres ahorrar tiempo. Me hace gracia que a estas alturas me vengas con éstas.
- Vale, sigues viviendo donde siempre? - Joder qué facilón que soy...
- Pues claro. Por cierto qué te pasa en la voz? Cuando te conocí ya habías pasado la adolescencia.
- Serás tonto, estoy resfriado.
- Ah, nene, es que creía que en un año te había cambiado la voz y que te habías convertido en un hombre. Ja, ja.
- Venga que nos vemos luego.
- Te espero.
Joder, no sé si ir o no. Sería volver al pasado. Ya no puedo llamarle para desquedar. Si es que las tres copas de vino de la comida con el paracetamol me han dejado tonto. Si es que yo con el vino tengo más peligro que una caja de bombas. Si es que vamos a acabar donde yo me sé...
El sexto sentido
El episodio del camarero griego sacó a debate entre mi grupo de amigos una cuestión que para mí es un gran quebradero de cabeza: la identificación del gay entre la muchedumbre hetero (que cada vez está más diezmada, eso sí) Mientras yo juraba y perjuraba que aquel monumento llegado de la antigüedad clásica y que ahora mora en Argüelles era gay, los demás afirmaban que no podían asegurarlo del todo.
Empezamos a dar razones. Yo aposté por defender mi tesis con argumentos nada racionales: mi gaydar. Parece que el hacedor no fue tan hijoputa con el público homo y nos dotó con una especie de sexto sentido que nos hace evidentes, sin quererlo, ante otro de nuestra misma condición. Una especie de sabiduría antigua que nos lleva a tener la seguridad de que el otro está en nuestro bando y que una aproximación no va a ser respondida con un puñetazo en la cara y dos dientes rotos. ¿Es el gaydar un mecanismo provocado por la evolución? Quiero decir, ¿es probable que la naturaleza haya potenciado un sentido oculto para resolver esta cuestión? Ummm, gran pregunta. Como un sentido que es, el gaydar también falla de vez en cuando y provoca situaciones de las de 'que venga un rayo y me parta en este momento que estoy entrando a un macho ibérico' o pensamientos como 'quién me manda a mí salir de Chueca con lo calentito que se está dentro'. Evidentemente, no convencí a nadie con mi tesis del gaydar porque es demasiado irracional y provoca reacciones internas que sólo uno puede sentir.
A Ce, que también afirmaba que el griego era gay, le parecía que los pantalones y el piercing que llevaba decían mucho más de él que mi gaydar. Eran unos levis de esos que están desestructurados, con las costuras retorcidas y los bolsillos a mitad del culo. Tampoco convenció. Hoy día los lleva todo el mundo y la identificación del gay a través de la ropa es una cuestión difícil, aunque si te encuentras en enero a un cachas con una camiseta ajustada sin mangas andando por Gran Vía lo más probable es que vaya a o venga de Chueca.
Ps, negaba rotundamente que el griego fuera gay. No dio razones. No lo era y punto.
Esto me recuerda que en el trabajo he oído de Mrs. Silicon Valley (mi jefa, esta necesita un post aparte) estupideces como que los gays se conocen los unos a los otros porque llevan relojes con la pulsera roja. Virgen, virgen , virgen y yo sin saberlo. Esta mujer no dejará nunca de sorprenderme, ¿de dónde sacará ideas tan peregrinas? Si ya digo yo que picotear (ella no come) todos los días en Mallorca o en Vait tiene efectos secundarios. Si esto es verdad, que alguien me lo confirme para estar más atento a las muñecas a partir de ahora.
La única que quedaba era N, que mucho más inteligente que el resto de los comensales, se pasó la razón, el gaydar, el vestuario y los piercing por el arcó del triunfo y sentenció la discusión.
- Dejádlo ya, este tío es demasiado guapo para no ser gay.
Y ahí desconecté porque el griego empezaba otra vez a bailar el sirtaki.
Empezamos a dar razones. Yo aposté por defender mi tesis con argumentos nada racionales: mi gaydar. Parece que el hacedor no fue tan hijoputa con el público homo y nos dotó con una especie de sexto sentido que nos hace evidentes, sin quererlo, ante otro de nuestra misma condición. Una especie de sabiduría antigua que nos lleva a tener la seguridad de que el otro está en nuestro bando y que una aproximación no va a ser respondida con un puñetazo en la cara y dos dientes rotos. ¿Es el gaydar un mecanismo provocado por la evolución? Quiero decir, ¿es probable que la naturaleza haya potenciado un sentido oculto para resolver esta cuestión? Ummm, gran pregunta. Como un sentido que es, el gaydar también falla de vez en cuando y provoca situaciones de las de 'que venga un rayo y me parta en este momento que estoy entrando a un macho ibérico' o pensamientos como 'quién me manda a mí salir de Chueca con lo calentito que se está dentro'. Evidentemente, no convencí a nadie con mi tesis del gaydar porque es demasiado irracional y provoca reacciones internas que sólo uno puede sentir.
A Ce, que también afirmaba que el griego era gay, le parecía que los pantalones y el piercing que llevaba decían mucho más de él que mi gaydar. Eran unos levis de esos que están desestructurados, con las costuras retorcidas y los bolsillos a mitad del culo. Tampoco convenció. Hoy día los lleva todo el mundo y la identificación del gay a través de la ropa es una cuestión difícil, aunque si te encuentras en enero a un cachas con una camiseta ajustada sin mangas andando por Gran Vía lo más probable es que vaya a o venga de Chueca.
Ps, negaba rotundamente que el griego fuera gay. No dio razones. No lo era y punto.
Esto me recuerda que en el trabajo he oído de Mrs. Silicon Valley (mi jefa, esta necesita un post aparte) estupideces como que los gays se conocen los unos a los otros porque llevan relojes con la pulsera roja. Virgen, virgen , virgen y yo sin saberlo. Esta mujer no dejará nunca de sorprenderme, ¿de dónde sacará ideas tan peregrinas? Si ya digo yo que picotear (ella no come) todos los días en Mallorca o en Vait tiene efectos secundarios. Si esto es verdad, que alguien me lo confirme para estar más atento a las muñecas a partir de ahora.
La única que quedaba era N, que mucho más inteligente que el resto de los comensales, se pasó la razón, el gaydar, el vestuario y los piercing por el arcó del triunfo y sentenció la discusión.
- Dejádlo ya, este tío es demasiado guapo para no ser gay.
Y ahí desconecté porque el griego empezaba otra vez a bailar el sirtaki.
Oh, Zeus¡¡¡¡
Zeus, Zeus, Zeus. Ya sé que no existes, pero en momentos como estos dudo de tu existencia. Esta noche me he ido a cenar con Ce, Ps y Na a un Griego por Argüelles. No nos han hecho un griego, que ya querría yo, pero he conocido a uno de los hombres mas perfectos de mi vida. Nada más entrar al restaurante se nos ha plantado en la puerta el hijo de Zeus, Meteco. El hijo de Dánae, la pobre cautiva que tuvo a Meteco por medio de una inseminación artificial a través de la mítica lluvia de oro (bonita forma de definir una corrida) enviada por el dios del Olimpo.
Oh, Zeus, no me lo pongas delante si no va a ser para mí.
Nada más entrar los cuatro nos hemos quedado con la boca desencajada. Y es que mi P. no es para menos. Alto, nariz griega, moreno, pelo oscuro con esos ricitos negros que son para volverse loco y un cuerpo de escándalo. Un David de Michelangelo hecho carne, templada, turgente Y un piercing en la ceja izquierda.. Ellos se han logrado reponer de la impresión pero yo me que quedado, me he atascado, no he podido reaccionar. Durante la cena entera he estado absorto de las conversaciones triviales que manteníamos. Mis ojos eran para él, como el resto de mí. Y él se ha dado cuenta. Debe de estar acostumbrado.
Zeus, luego le has puesto a bailar un sirtaki. Con una camisa negra entallada y le has puesto a bailar. Qué cabrón. Sé que esto es una prueba. Mientras Ps me decía que me cortara un poco porque no podía dejar de mirarle, tú le has puesto a danzar delante de mí, contorneándose como una danzarina árabe. Sudando como un luchador griego. Zeus, ya te vale. Sabes que estoy en una situación jodida. Que ahora me enamoro de cualquiera, que necesito a alguien que me abrace y me haga mimos. Y tú me pones a P. delante. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Escribir para no matarme a pajas? ¿Comprender que hay alguien que merece que luche por él? Joder, a mí háblame más claro que soy de la Facultad de Ciencias de la Información de la Complu y no doy para mucho. No estoy para nudos gordianos.
Mierda, mierda, mierda. Necesito a alguien a quien querer.
Oh, Zeus, no me lo pongas delante si no va a ser para mí.
Nada más entrar los cuatro nos hemos quedado con la boca desencajada. Y es que mi P. no es para menos. Alto, nariz griega, moreno, pelo oscuro con esos ricitos negros que son para volverse loco y un cuerpo de escándalo. Un David de Michelangelo hecho carne, templada, turgente Y un piercing en la ceja izquierda.. Ellos se han logrado reponer de la impresión pero yo me que quedado, me he atascado, no he podido reaccionar. Durante la cena entera he estado absorto de las conversaciones triviales que manteníamos. Mis ojos eran para él, como el resto de mí. Y él se ha dado cuenta. Debe de estar acostumbrado.
Zeus, luego le has puesto a bailar un sirtaki. Con una camisa negra entallada y le has puesto a bailar. Qué cabrón. Sé que esto es una prueba. Mientras Ps me decía que me cortara un poco porque no podía dejar de mirarle, tú le has puesto a danzar delante de mí, contorneándose como una danzarina árabe. Sudando como un luchador griego. Zeus, ya te vale. Sabes que estoy en una situación jodida. Que ahora me enamoro de cualquiera, que necesito a alguien que me abrace y me haga mimos. Y tú me pones a P. delante. ¿Qué debo hacer ahora? ¿Escribir para no matarme a pajas? ¿Comprender que hay alguien que merece que luche por él? Joder, a mí háblame más claro que soy de la Facultad de Ciencias de la Información de la Complu y no doy para mucho. No estoy para nudos gordianos.
Mierda, mierda, mierda. Necesito a alguien a quien querer.
Rebajas y recuerdos
Ayer por la tarde tocó darse un vuelta por las rebajas con Ce. No sé por qué fui porque no me gustan nada las rebajas, mejor dicho, no me gusta la cantidad de gente que rodea a las rebajas. Después de entrar en el Zara de Preciados, el Often de Carretas y un piso de esos que venden vaqueros en un ambiente casi clandestino me reafirmé que en que no sé comprar de rebajas. Prefiero ir antes y pagar un poco más. No sirvo para rebuscar vaqueros de la talla 29 entre un montón de pantalones que, normalmente, suelen ser de la 34, y si encuentro alguno, es de un modelo que no me gusta. Después de la marabunta de Sol nos fuimos a Fuencarral. Más de lo mismo y más caro todavía. A este paso creo que si quiero unos vaqueros nuevos los voy a tener que comprar en alguna tienda de internet porque hasta que no se diluya el efecto rebajas yo no aparezco de nuevo de compras por el centro.
Derrengados, nos sentamos a tomarnos dos jarritas de cerveza. Ce está depresivo con su trabajo. Gana poco, le explotan mucho y, lo peor, no tiene ningúna proyección de futuro en su empresa. Bendito periodismo. Yo estoy depresivo porque no le encuentro ningún sentido a mi vida. En este ambiente de depresión mutua, nos tomamos una tras otra hasta que la conversación alcanzó un tinte filosófico inaguantable y nos largamos a casa (cada uno a la suya) antes de que Ce me intentara vender uno de sus libros de autoayuda.
Ce y yo nos conocimos gracias al bendito periodismo. Trabajábamos en la misma cutrerevista e hicimos buenas migas desde el principio. Empezamos a salir con los compañeros del trabajo y durante una temporada nos convertimos en los crápulas más crápulas de la redacción. Salíamos todas las noches y llegábamos por las mañanas como si nos hubieran dado una paliza. Empezó a correr el rumor de que estábamos liados. Ja, ja. Al principio me sentó mal, pero luego me sentí genial. Eramos las notas discordantes en aquel nido de serpientes del Opus Dei. En realidad, no estábamos liados pero había un rollito raro entre nosotros, una química especial que era muy evidente en aquella habitación de ambiente y mentalidad enrarecida en la que currábamos. Nosotros, chulos que somos, en de vez de intentar acallar los rumores, los fomentamos mucho más. Aquéllos flipaban con nosotros cuando, a Ce casi siempre, se nos escapaba a posta una caricia en la oreja cuando pasábamos por la mesa del otro o alguna conversación que sólo podía ser fruto de la intimidad. Por aquel entonces, Ce salía a escondidas con una compañera que llegó a mosquearse cuando nos íbamos de farra solos. No le culpo por ello. Tenía razones.
Una noche que estábamos los tres en un antro de la plaza de Chueca (no recuerdo su nombre. Sí, era el Soho) ella se fue al baño y los dos nos lanzamos a la boca del otro como leones hambrientos, besando con la urgencia y la violencia de los que saben que sólo tienen unos minutos.
- Pinchas, aféitate - dijo Ce cuando nos separamos la primera vez
- Cállate y sigue.
Y allí estuvimos ganándole tiempo al tiempo hasta que la pobre chica salió del baño y notó que algo raro había pasado.
- O dejáis ya las mariconadas o yo me largo - dijo con cara de pocos amigos.
Ninguno de los dos contestó.
(Acabo de recordar que esa misma noche ella y yo también nos habíamos besado, pero delante de Ce. Y que Ce me había besado a mí delante de ella. Jugueteando como idiotas y dando la nota en la cervecería Santa Bárbara. Claro, así empezó todo)
Después acabamos en el Why not? donde encontramos a más gente, El tonteo entre los dos y la tensión en el grupo se incrementó. Ce me dió la mano y tiró de mí hacia el baño. Y yo no me opuse. Después de cruzar el callejón atestado que es el Why not llegamos al baño. Palizón del diez (suspiro) Y ahí acabó todo porque esa noche quien se fue solo a dormir y con dolor de huevos fui yo. Ella me ganó la mano.
Y luego todo se normalizó. Y así seguimos, siendo amigos, con derecho a todo menos a roce.
Derrengados, nos sentamos a tomarnos dos jarritas de cerveza. Ce está depresivo con su trabajo. Gana poco, le explotan mucho y, lo peor, no tiene ningúna proyección de futuro en su empresa. Bendito periodismo. Yo estoy depresivo porque no le encuentro ningún sentido a mi vida. En este ambiente de depresión mutua, nos tomamos una tras otra hasta que la conversación alcanzó un tinte filosófico inaguantable y nos largamos a casa (cada uno a la suya) antes de que Ce me intentara vender uno de sus libros de autoayuda.
Ce y yo nos conocimos gracias al bendito periodismo. Trabajábamos en la misma cutrerevista e hicimos buenas migas desde el principio. Empezamos a salir con los compañeros del trabajo y durante una temporada nos convertimos en los crápulas más crápulas de la redacción. Salíamos todas las noches y llegábamos por las mañanas como si nos hubieran dado una paliza. Empezó a correr el rumor de que estábamos liados. Ja, ja. Al principio me sentó mal, pero luego me sentí genial. Eramos las notas discordantes en aquel nido de serpientes del Opus Dei. En realidad, no estábamos liados pero había un rollito raro entre nosotros, una química especial que era muy evidente en aquella habitación de ambiente y mentalidad enrarecida en la que currábamos. Nosotros, chulos que somos, en de vez de intentar acallar los rumores, los fomentamos mucho más. Aquéllos flipaban con nosotros cuando, a Ce casi siempre, se nos escapaba a posta una caricia en la oreja cuando pasábamos por la mesa del otro o alguna conversación que sólo podía ser fruto de la intimidad. Por aquel entonces, Ce salía a escondidas con una compañera que llegó a mosquearse cuando nos íbamos de farra solos. No le culpo por ello. Tenía razones.
Una noche que estábamos los tres en un antro de la plaza de Chueca (no recuerdo su nombre. Sí, era el Soho) ella se fue al baño y los dos nos lanzamos a la boca del otro como leones hambrientos, besando con la urgencia y la violencia de los que saben que sólo tienen unos minutos.
- Pinchas, aféitate - dijo Ce cuando nos separamos la primera vez
- Cállate y sigue.
Y allí estuvimos ganándole tiempo al tiempo hasta que la pobre chica salió del baño y notó que algo raro había pasado.
- O dejáis ya las mariconadas o yo me largo - dijo con cara de pocos amigos.
Ninguno de los dos contestó.
(Acabo de recordar que esa misma noche ella y yo también nos habíamos besado, pero delante de Ce. Y que Ce me había besado a mí delante de ella. Jugueteando como idiotas y dando la nota en la cervecería Santa Bárbara. Claro, así empezó todo)
Después acabamos en el Why not? donde encontramos a más gente, El tonteo entre los dos y la tensión en el grupo se incrementó. Ce me dió la mano y tiró de mí hacia el baño. Y yo no me opuse. Después de cruzar el callejón atestado que es el Why not llegamos al baño. Palizón del diez (suspiro) Y ahí acabó todo porque esa noche quien se fue solo a dormir y con dolor de huevos fui yo. Ella me ganó la mano.
Y luego todo se normalizó. Y así seguimos, siendo amigos, con derecho a todo menos a roce.
De gays, besos y ensaimadas
Al día siguiente, S y yo nos pasamos toda la tarde paseando por Palma. Y hablamos, hablamos y hablamos... Descubrimos un café genial en la Carrer San Miquel que está en el patio de un palacio renacentista. Creo que se llama Capuccino San Miquel. Tras una hora sentados allí nos fuimos a casa para cenar y salir más tarde. Después de que estuvieran tomando copas (botellas) en casa nos largamos casi a las tres de la mañana hacia Pachá. No me hacía mucho ir allí pero bueno, soy transigente. Al llegar pagamos y entramos en el local que hoy sí que estaba lleno de gente muy variopinta. Si el Pachá de Madrid es pijo, exclusivo y excluyente, el de Palma es todo lo contrario. Hay gente en deportivas, arreglados, con camisas, guiris, nacionales, gays, heteros... todos en una convivencia armónica. Muchas fefas de Madrid no se mezclarían con las VaneSSas que hay allí en la vida, no se yo si está tolerancia funcionaria en la capital. La música no era muy buena, con la excepción de dos tíos que tocan los bongos y el saxo en directo, pero aguantamos allí hasta que cerraron a las siete de la mañana. Otro rapado me quita el sentido y me paso tres horas babeando ¿qué me pasa a mí con los rapados últimamente? Ni siquiera intento el cruce de miradas con él, llevaba el coche y con sólo tres cervezas cenando me funcionaban perfectamente los mecanismos inhibidores. Me he fijado en que los gays aquí no se besan ¿? ¿Los gays sólo se besan en Madrid? ¿En la noche del sábado ocho de enero de 2005 ningún chico besó a otro chico en Palma? Me acabo de dar cuenta y perplejo me quedo. Vivir en Madrid da otra perspectiva a las cosas, pero supongo que Palma es una ciudad pequeña y que los chicos no besan a otros chicos en locales donde está media población metida.
El domingo dormimos hasta las tres de la tarde. Hicimos las maletas y al aeropuerto. Allí me vuelvo a encontrar con el básico de las bolsas en los ojos. Se ha afeitado y ya no me gusta. Ha perdido todo. Nos miramos con indiferencia y cada loco con su tema. Hoy he dormido poco y mal y no necesito entretenimiento. Ya en el avión, a mi lado se sentó un chico jovencito. Ni siquiera nos dirigió la palabra para decirnos que él iba en el asiento de la ventanilla. Simplemente señaló con el dedo y yo me aparté para dejarle pasar. Cuando ya despegábamos le dio la vena habladora y comenzó a darme conversación. Dónde vivís, a qué habéis venido y rollos por el estilo. A mi no me apetecía hablar pero como S pasó de él, me tocó darle tema hasta que pude finjirme dormido. S y yo llevábamos un par de ensaimadas en las manos, y cuando nos bajamos del avión y nos metimos en el autobús que nos acercaba a la terminal, el chaval me dice que él trabaja en el horno donde las hemos comprado, que acaban de abrir uno en Madrid y que me va a dar su teléfono por si nos gustan las ensaimadas y queremos comprar otras. Flipado veo como me escribe su fijo y su móvil en el cartón de la ensaimada. Miro a S que se está descojonando. Dios qué resuelta es la gente, te pasan el teléfono hasta en las ensaimadas... Cuando estábamos esperando las maletas me aborda otra vez. Me estoy cansando, si hay algo que no soporto es que me intenten convencer de que haga algo que no quiero.
- ¿Cómo vas a ir a casa?
- Pues no lo sé, en taxi supongo.
- Yo también voy a coger un taxi, vivo por el norte, si quieres os podéis venir conmigo.
Dios, qué pesado. Que no me voy a ir a tu casa contigo, chavalín.
- No es que vivimos por el sur...
- Ah, vale. Por cierto, me llamo Pedro. Si necesitas otra ensaimada pues ahí tienes mi teléfono.
- Vale, muchas gracias. Hasta luego.
Y ahora tengo una ensaimada con el teléfono de un tal Pedro.
El domingo dormimos hasta las tres de la tarde. Hicimos las maletas y al aeropuerto. Allí me vuelvo a encontrar con el básico de las bolsas en los ojos. Se ha afeitado y ya no me gusta. Ha perdido todo. Nos miramos con indiferencia y cada loco con su tema. Hoy he dormido poco y mal y no necesito entretenimiento. Ya en el avión, a mi lado se sentó un chico jovencito. Ni siquiera nos dirigió la palabra para decirnos que él iba en el asiento de la ventanilla. Simplemente señaló con el dedo y yo me aparté para dejarle pasar. Cuando ya despegábamos le dio la vena habladora y comenzó a darme conversación. Dónde vivís, a qué habéis venido y rollos por el estilo. A mi no me apetecía hablar pero como S pasó de él, me tocó darle tema hasta que pude finjirme dormido. S y yo llevábamos un par de ensaimadas en las manos, y cuando nos bajamos del avión y nos metimos en el autobús que nos acercaba a la terminal, el chaval me dice que él trabaja en el horno donde las hemos comprado, que acaban de abrir uno en Madrid y que me va a dar su teléfono por si nos gustan las ensaimadas y queremos comprar otras. Flipado veo como me escribe su fijo y su móvil en el cartón de la ensaimada. Miro a S que se está descojonando. Dios qué resuelta es la gente, te pasan el teléfono hasta en las ensaimadas... Cuando estábamos esperando las maletas me aborda otra vez. Me estoy cansando, si hay algo que no soporto es que me intenten convencer de que haga algo que no quiero.
- ¿Cómo vas a ir a casa?
- Pues no lo sé, en taxi supongo.
- Yo también voy a coger un taxi, vivo por el norte, si quieres os podéis venir conmigo.
Dios, qué pesado. Que no me voy a ir a tu casa contigo, chavalín.
- No es que vivimos por el sur...
- Ah, vale. Por cierto, me llamo Pedro. Si necesitas otra ensaimada pues ahí tienes mi teléfono.
- Vale, muchas gracias. Hasta luego.
Y ahora tengo una ensaimada con el teléfono de un tal Pedro.
El síndrome de Stendhal
A la mañana siguiente nos levantamos relativamente temprano. Con ganas de ver la isla. Cogimos los coches y pusimos rumbo hacia la zona de Valldemosa, Deià y Sóller. Según salimos de Palma el paisaje se iba haciendo más rural, palmerales, olivos y cipreses flanquean la carretera que va directa hacia las montañas que cruzan la isla. Me llama la atención la cantidad de vegetación que hay, lo cubre todo con un manto verde roto sólo por alguna casa aislada o un cortado en la roca que la propia naturaleza no ha llegado a colonizar. A lo lejos aparecen en un alto las casas de Valldemosa, un pequeño pueblo famoso por la Cartuja y porque cerca tienen Michael Douglas y la Z. Jones su pequeño refugio del acantilado. El pueblo es precioso, con una aquitectura tradicional muy cuidada y sin ningún adefesio urbanístico a la vista ¿Cómo es posible que no lo hayan estropeado? Seguimos hacia adelante y la carretera comienza a bordear la costa, que es abrupta, cortada a cuchillo. Cada vez que entre los pinares aparece el Mediterráneo, que está cien metros más abajo, a mí me da un salto el corazón. El gran azul sólo está limitado por los olivos y los pinos y algún islote solitario rodeado por la espuma blanca.
Al final de una curva aparece Deià, en la falda de la montaña. Noto que el síndrome de Stendhal ya está haciendo de las suyas en mí. Soy tan simple que la contemplación de tanta belleza me lleva levitar en una sensación de absoluta irrealidad. Pequeñas casas mallorquinas cuelgan de la montaña, que el hombre ha humanizado llenándola de bancales donde crecen mirando al mar olivares, palmeras, algún que otro limonero cargado de limones y plantas en flor. Y cipreses, mi árbol predilecto. Todos flipados nos paramos a tomar unas cañas en una terracita que domina el paisaje y que está al lado de un torrente cristalino que baja de la montaña a mucha velocidad. Una tras otra las cervezas fueron cayendo y sólo la sombra de la montaña que se proyectaba en la terraza fue capaz de echarnos de allí. Decidimos comer pronto y entramos en un restaurante precioso con sus vistas sólo igualables a los precios de su carta. Seguimos con vino y nos comimos uno de los mejores arroces de mi vida.
Decidimos dejar Sóller para otra ocasión y bajar a la cala de Deiá a sentarnos junto al mar. No sé si fue el síndrome de Stendhal, el alcohol o los porros que se fumaron estos y que yo respiré pero cuando vimos la pequeña cala rocosa con aguas cristalinas decidimos que no nos íbamos de allí sin bañarnos. Sin necesidad de hablar, uno tras otro nos quitamos la ropa compitiendo para ver quién llegaba al agua antes. Tres pobres guiris que estaban en la playa, desierta hasta que llegamos nosotros, debieron flipar y se largaron cuando nos quedamos desnudos y corrimos a zambullirnos. El agua estaba fría pero nosotros casi no lo sentimos eufóricos como estábamos. Al salir tomamos conciencia de que era ocho de enero y que aquello no era el Caribe. Dios, qué bien me sentí. Y qué frío pasé. Como dijo C, aquel había sido un día de buen rollo total. De esos días difíciles de repetir que se recuerdan mucho después.
A la vuelta a casa las curvas de la carretera y el alcohol me jugaron una mala pasada y pillé un mareo del diez. Después de echar el mejor arroz de mi vida, entré en una duermevela en el sofá que duró dos horas. Cuando volví a ser yo decidí que lo mejor sería acostarse y esperar al día siguiente para que mi estómago ocupara su estado habitual.
Al final de una curva aparece Deià, en la falda de la montaña. Noto que el síndrome de Stendhal ya está haciendo de las suyas en mí. Soy tan simple que la contemplación de tanta belleza me lleva levitar en una sensación de absoluta irrealidad. Pequeñas casas mallorquinas cuelgan de la montaña, que el hombre ha humanizado llenándola de bancales donde crecen mirando al mar olivares, palmeras, algún que otro limonero cargado de limones y plantas en flor. Y cipreses, mi árbol predilecto. Todos flipados nos paramos a tomar unas cañas en una terracita que domina el paisaje y que está al lado de un torrente cristalino que baja de la montaña a mucha velocidad. Una tras otra las cervezas fueron cayendo y sólo la sombra de la montaña que se proyectaba en la terraza fue capaz de echarnos de allí. Decidimos comer pronto y entramos en un restaurante precioso con sus vistas sólo igualables a los precios de su carta. Seguimos con vino y nos comimos uno de los mejores arroces de mi vida.
Decidimos dejar Sóller para otra ocasión y bajar a la cala de Deiá a sentarnos junto al mar. No sé si fue el síndrome de Stendhal, el alcohol o los porros que se fumaron estos y que yo respiré pero cuando vimos la pequeña cala rocosa con aguas cristalinas decidimos que no nos íbamos de allí sin bañarnos. Sin necesidad de hablar, uno tras otro nos quitamos la ropa compitiendo para ver quién llegaba al agua antes. Tres pobres guiris que estaban en la playa, desierta hasta que llegamos nosotros, debieron flipar y se largaron cuando nos quedamos desnudos y corrimos a zambullirnos. El agua estaba fría pero nosotros casi no lo sentimos eufóricos como estábamos. Al salir tomamos conciencia de que era ocho de enero y que aquello no era el Caribe. Dios, qué bien me sentí. Y qué frío pasé. Como dijo C, aquel había sido un día de buen rollo total. De esos días difíciles de repetir que se recuerdan mucho después.
A la vuelta a casa las curvas de la carretera y el alcohol me jugaron una mala pasada y pillé un mareo del diez. Después de echar el mejor arroz de mi vida, entré en una duermevela en el sofá que duró dos horas. Cuando volví a ser yo decidí que lo mejor sería acostarse y esperar al día siguiente para que mi estómago ocupara su estado habitual.
De Madrid al cielo
Con toda la pereza del mundo me he levantado para llegar a Barajas. Después de reunirme con S encontramos el stand de facturación a la primera. Menos mal, porque llegamos en el último minuto para facturar el equipaje. S se muestra incrédulo.
- No puede ser. No es tan tarde. Este aviso debe estar mal.
- ¿Que no es tan tarde? Faltan 40 minutos para que salga el avión.
- Bueno, ¿y qué? Es bastante.
- S, las maletas tienen que acabar en el avión, que debe estar a cuarto de hora de aquí.
- Ahh, bueno pero les da tiempo. No entiendo las prisas.
S, que debía haber dormido un par de horas esa noche, al final me da la razón de que la culpa de las prisas la hemos tenido nosotros por no llegar con los sesenta minutos de adelanto. Un poco agobiados por el tiempo dejamos que nos cacheen, nos quiten los cinturones, móviles, llaves y demás elementos metálicos y llegamos a la puerta de embarque. Un montón de gente que espera. Cuando ya deberíamos haber embarcado me levanto y le pregunto a una señorita que habla animadamente con otra señorita que qué pasa.
- Señor, hay un retraso en el vuelo estimado en 45 minutos.
- Ahhh. ¿Por qué?
- Una revisión técnica.
- Vale, gracias.
Jó, que mal rollo. No me mola nada que revisen mi avión cuando ya debería estar arrancando los motores. En la espera aparece un chico atractivo. Uno de los que me gustan a mí, un básico, como yo los denomino. Barba de tres días, pantalones de pana, una camiseta y dos bolsas debajo de los ojos como de 'me acabo de levantar y no puedo con mi vida'. Aburrido, le convierto en mi pasatiempo. Le miro, me mira. ¿Me mira porque le he mirado yo primero o porque quiere? Me da igual. Sigo con mi juego de ‘que te pillao mirándome’ hasta que nos dicen que podemos embarcar. Ya en el avión se sienta en la misma fila que nosotros. Le sigo mirando, él me devuelve la mirada levantando la vista del libro que lee. Ahora la situación es más clara. Tanto él como yo tenemos que girar la cabeza para vernos. Como tú no te lances yo no pienso tirarme a la piscina encerrado en un avión, pienso para mis adentros. En mi pensamiento también entra una tórrida escena en los baños y en la cabina del piloto con mi amigo el básico. Al final él se duerme. Pues vaya. Vuelvo a mirar por la ventanilla. Veo la ciudad de las artes y de las ciencias de Valencia y sigo con la vista la línea de la costa más allá de la Albufera intentando averiguar dónde está Denia. A mi izquierda aparecen Ibiza y Formentera. Parecen pequeñas. Todavía se ve la costa de Valencia y avisan de que ya que empieza la maniobra de aterrizaje. El contorno de Mallorca empieza a dibujarse. Calas de aguas turquesa, el Puig Maior nevado, molinos de viento, palmeras y cipreses. Me gusta. Aterrizamos. El básico se levanta y ni me mira. Me lo encuentro fuera del aeropuerto y pasa de mí. La siesta le debe haber sentado mal.
Al final aparece O, que ha ido a buscarnos. Salimos al exterior y luce un sol de primavera. De los que calientan. Nos quedamos en manga corta. Parece mentira que estemos a seis de enero. Después de llegar a casa, nos lanzamos a la calle. Nos tomamos unas cañas en el puerto con vistas a la Catedral. Preciosa. Después de buscar sitios donde nos pusieran una paella a las cuatro de la tarde acabamos comiendo en un fast food mallorquín. Comemos de tapas, todas con una base de 'pa amb olí', un pan seco y oscuro con aceite mallorquín que no hay que confundir con el pan tumaca catalán porque a los mallorquines les sienta mal. Luego nos tomamos un café en una terraza al lado de la playa que tenía un rollito parecido al de Caños de Meca. Como está oscureciendo ya hace fresco y la chaqueta no sobra. Nos vamos a casa y nos preparamos para salir. No recuerdo si cenamos.
Primera parada un horror de sitio en el marítimo. Con cuatro viejas del norte de Europa que babean por el relaciones públicas. No es para menos. Un chulo morenazo de esos que saben que es guapo y que tiene ensayada hasta la forma en que coge el cigarro. Nos vamos de allí y entramos en un tal Moon. Debe de ser un sitio de ambiente, pero del cutre. Lo comento con estos.
-Este sitio es de ambiente.
-No, qué va.
-¿Bromeas? –respondo- ¿Has visto las alas de ángel con plumas que hay colgadas por todos lados?
-Ahh, pues no me había dado cuenta –comenta S.
-Pues yo debo tener un radar porque lo he visto antes de entrar –pienso.
Música de triunfitos bailada por tíos que van como Bisbal, pantalones blancos y camisas negras o camisas blancas y pantalones negros. Algún que otro fashion victim cutre. ¿Dios qué pasa aquí? ¿Dónde están los hombres normales que parecen hombres? Cambiamos de sitio y nos metemos en uno llamado Garito. Por fin un lugar potable. Chicos normales que llevan camisetas y no camisas blancas. Me entra la euforia cuando oigo que la música es buena, una especie de house flojito que te deja charlar con el que tienes al lado. No es un lugar gay pero el público sí que lo es mayoritariamente. Ficho a unos cuantos, pero me vuelve loco un chaval delgadito y rapado que se está despidiendo de todo el bar al tiempo que hace fotos. Se va de la isla. Eso, que se venga a la Península. Le devoro con los ojos pero él ni me mira. Está demasiado ocupado dando besos y abrazos. Cuando mejor estoy me arrancan de allí y me meten en Pachá, que está vacia, persiguiendo a unas guiris que entraban en ese momento. Salimos de allí y, cuando yo creía que nos íbamos a casa, la borrachera que estos llevan encima nos arrastra a un bar de putas. No me lo puedo creer. Me meto con ellos porque no sé llegar solo a casa y me da miedo quedarme en esa calle sin salida. Un lugar sacado de un submundo oscuro, con bares de putas en las dos aceras y porteros rusos en las puertas. Nada más entrar un enjambre de putas semidesnudas nos rodea. Empiezan a tocarnos y nos preguntan que qué queremos beber. Yo me pido una coca cola intentando aparentar normalidad, como si estuviera pidiendo un café en el bar de abajo. Estoy nervioso, me encuentro fuera de lugar en ese sitio de paredes rojas y olor a ambientador barato. Una negra morruda se lanza y me soba el paquete. Me dan ganas de darle un manotazo pero no creo que sea lo más acertado. Al fin y al cabo, es su trabajo, estoy en un puticlub y a mi me van a cobrar la coca cola a precio de Cardhu. Me da pena, pero la pena se torna en asco cuando empieza a gesticular como si estuviera mamando una polla y cuando se coge el tacón y lo masturba. Me pide un euro para seguir magreándome. Le digo que ni de blas, que no tengo. No le sienta bien, me coge la nariz con los dedos y me la retuerce. Casi vomito, pienso en las pollas que habrá tocado con esas manos y el asco se convierte en repelús. Estos siguen a lo suyo, riéndose de S, que se ha empalmado con el magreo que otra de ellas le ha dedicado, Mientras, una pobre puta delgadísima intenta ponernos cachondos contorneánose en una barra. Abriéndose de piernas y frotándose con el metal. Conmigo va lista. Después de pagar una cantidad astronómica por las copas salimos de allí y nos largamos a casa. El balance de la noche no ha sido malo del todo. Por lo menos me he reído.
- No puede ser. No es tan tarde. Este aviso debe estar mal.
- ¿Que no es tan tarde? Faltan 40 minutos para que salga el avión.
- Bueno, ¿y qué? Es bastante.
- S, las maletas tienen que acabar en el avión, que debe estar a cuarto de hora de aquí.
- Ahh, bueno pero les da tiempo. No entiendo las prisas.
S, que debía haber dormido un par de horas esa noche, al final me da la razón de que la culpa de las prisas la hemos tenido nosotros por no llegar con los sesenta minutos de adelanto. Un poco agobiados por el tiempo dejamos que nos cacheen, nos quiten los cinturones, móviles, llaves y demás elementos metálicos y llegamos a la puerta de embarque. Un montón de gente que espera. Cuando ya deberíamos haber embarcado me levanto y le pregunto a una señorita que habla animadamente con otra señorita que qué pasa.
- Señor, hay un retraso en el vuelo estimado en 45 minutos.
- Ahhh. ¿Por qué?
- Una revisión técnica.
- Vale, gracias.
Jó, que mal rollo. No me mola nada que revisen mi avión cuando ya debería estar arrancando los motores. En la espera aparece un chico atractivo. Uno de los que me gustan a mí, un básico, como yo los denomino. Barba de tres días, pantalones de pana, una camiseta y dos bolsas debajo de los ojos como de 'me acabo de levantar y no puedo con mi vida'. Aburrido, le convierto en mi pasatiempo. Le miro, me mira. ¿Me mira porque le he mirado yo primero o porque quiere? Me da igual. Sigo con mi juego de ‘que te pillao mirándome’ hasta que nos dicen que podemos embarcar. Ya en el avión se sienta en la misma fila que nosotros. Le sigo mirando, él me devuelve la mirada levantando la vista del libro que lee. Ahora la situación es más clara. Tanto él como yo tenemos que girar la cabeza para vernos. Como tú no te lances yo no pienso tirarme a la piscina encerrado en un avión, pienso para mis adentros. En mi pensamiento también entra una tórrida escena en los baños y en la cabina del piloto con mi amigo el básico. Al final él se duerme. Pues vaya. Vuelvo a mirar por la ventanilla. Veo la ciudad de las artes y de las ciencias de Valencia y sigo con la vista la línea de la costa más allá de la Albufera intentando averiguar dónde está Denia. A mi izquierda aparecen Ibiza y Formentera. Parecen pequeñas. Todavía se ve la costa de Valencia y avisan de que ya que empieza la maniobra de aterrizaje. El contorno de Mallorca empieza a dibujarse. Calas de aguas turquesa, el Puig Maior nevado, molinos de viento, palmeras y cipreses. Me gusta. Aterrizamos. El básico se levanta y ni me mira. Me lo encuentro fuera del aeropuerto y pasa de mí. La siesta le debe haber sentado mal.
Al final aparece O, que ha ido a buscarnos. Salimos al exterior y luce un sol de primavera. De los que calientan. Nos quedamos en manga corta. Parece mentira que estemos a seis de enero. Después de llegar a casa, nos lanzamos a la calle. Nos tomamos unas cañas en el puerto con vistas a la Catedral. Preciosa. Después de buscar sitios donde nos pusieran una paella a las cuatro de la tarde acabamos comiendo en un fast food mallorquín. Comemos de tapas, todas con una base de 'pa amb olí', un pan seco y oscuro con aceite mallorquín que no hay que confundir con el pan tumaca catalán porque a los mallorquines les sienta mal. Luego nos tomamos un café en una terraza al lado de la playa que tenía un rollito parecido al de Caños de Meca. Como está oscureciendo ya hace fresco y la chaqueta no sobra. Nos vamos a casa y nos preparamos para salir. No recuerdo si cenamos.
Primera parada un horror de sitio en el marítimo. Con cuatro viejas del norte de Europa que babean por el relaciones públicas. No es para menos. Un chulo morenazo de esos que saben que es guapo y que tiene ensayada hasta la forma en que coge el cigarro. Nos vamos de allí y entramos en un tal Moon. Debe de ser un sitio de ambiente, pero del cutre. Lo comento con estos.
-Este sitio es de ambiente.
-No, qué va.
-¿Bromeas? –respondo- ¿Has visto las alas de ángel con plumas que hay colgadas por todos lados?
-Ahh, pues no me había dado cuenta –comenta S.
-Pues yo debo tener un radar porque lo he visto antes de entrar –pienso.
Música de triunfitos bailada por tíos que van como Bisbal, pantalones blancos y camisas negras o camisas blancas y pantalones negros. Algún que otro fashion victim cutre. ¿Dios qué pasa aquí? ¿Dónde están los hombres normales que parecen hombres? Cambiamos de sitio y nos metemos en uno llamado Garito. Por fin un lugar potable. Chicos normales que llevan camisetas y no camisas blancas. Me entra la euforia cuando oigo que la música es buena, una especie de house flojito que te deja charlar con el que tienes al lado. No es un lugar gay pero el público sí que lo es mayoritariamente. Ficho a unos cuantos, pero me vuelve loco un chaval delgadito y rapado que se está despidiendo de todo el bar al tiempo que hace fotos. Se va de la isla. Eso, que se venga a la Península. Le devoro con los ojos pero él ni me mira. Está demasiado ocupado dando besos y abrazos. Cuando mejor estoy me arrancan de allí y me meten en Pachá, que está vacia, persiguiendo a unas guiris que entraban en ese momento. Salimos de allí y, cuando yo creía que nos íbamos a casa, la borrachera que estos llevan encima nos arrastra a un bar de putas. No me lo puedo creer. Me meto con ellos porque no sé llegar solo a casa y me da miedo quedarme en esa calle sin salida. Un lugar sacado de un submundo oscuro, con bares de putas en las dos aceras y porteros rusos en las puertas. Nada más entrar un enjambre de putas semidesnudas nos rodea. Empiezan a tocarnos y nos preguntan que qué queremos beber. Yo me pido una coca cola intentando aparentar normalidad, como si estuviera pidiendo un café en el bar de abajo. Estoy nervioso, me encuentro fuera de lugar en ese sitio de paredes rojas y olor a ambientador barato. Una negra morruda se lanza y me soba el paquete. Me dan ganas de darle un manotazo pero no creo que sea lo más acertado. Al fin y al cabo, es su trabajo, estoy en un puticlub y a mi me van a cobrar la coca cola a precio de Cardhu. Me da pena, pero la pena se torna en asco cuando empieza a gesticular como si estuviera mamando una polla y cuando se coge el tacón y lo masturba. Me pide un euro para seguir magreándome. Le digo que ni de blas, que no tengo. No le sienta bien, me coge la nariz con los dedos y me la retuerce. Casi vomito, pienso en las pollas que habrá tocado con esas manos y el asco se convierte en repelús. Estos siguen a lo suyo, riéndose de S, que se ha empalmado con el magreo que otra de ellas le ha dedicado, Mientras, una pobre puta delgadísima intenta ponernos cachondos contorneánose en una barra. Abriéndose de piernas y frotándose con el metal. Conmigo va lista. Después de pagar una cantidad astronómica por las copas salimos de allí y nos largamos a casa. El balance de la noche no ha sido malo del todo. Por lo menos me he reído.
Aeropereza
Estoy haciendo la maleta. Odio hacer la maleta. Nunca sé lo que meter, acabo sacando cosas que he metido y no meto cosas que debía. Yo quiero un baúl como el de la Piquer, para llevar todo el armario y no pensar en qué me llevo y qué no. Unas cuantas camisetas, dos vaqueros y esos pantalones de surfero que me compré en las rebajas. Con esto tengo de sobra para el fin de semana. Quien me ha visto y quien me ve. Yo, que iba al instituto hecho un pincel, y ahora no hay quien me quite las camisetas, los vaqueros y las deportivas retroguays que me regalaron E y S los reyes pasados. Cada vez visto más guarro y cuanto menos me arreglo más me gusto y más éxito tengo. Como hace un par de meses, la última noche en Lisboa, en ese nuevo restaurante que hay en al final de la calle -casi en la esquina- que enmarca la fachada del Portas Largas (maldita cabeza, ni siquiera me acuerdo del nombre del sitio y me encantó) Uno lleva una camiseta interior gris del Zara de a 4 euros en rebajas y se lleva a la mesa de al lado de calle cuando se levanta al baño. Incomprensible.
No sé qué me has dado, Lisboa, pero me ganaste desde que te vi a través de la ventanilla del avión, al otro lado del Tajo, brillando como sólo tú brillas, con timidez, entre azulejos rotos y rumores de fado. Sencilla como una pescadora pero orgullosa como una reina. Cómo me gustas, puñetera, si yo pudiera allí me plantaba para no perder nunca de vista el 28, el castelo y la mancha azul del Tajo, que juega a esconderse entre las callejas y que se rinde sin remedio en los miradouros. Te dejé hace poco y, como me pasa siempre que me faltas, ya estoy deseando volver.
Mañana me levanto pronto, tengo que ir al aeropuerto. Qué mal llevo el día antes de un viaje. La pereza crónica se me despierta y de buena gana le daban aires frescos al billete y yo me quedaba en la cama los cuatro días. No sé cómo va a salir el plan de este finde. Las islas están muy bien, pero ir con estos significa ir a la cacería de la hembra bar tras bar. Como si lo viera. Y yo a verlas venir, porque de cacería no me gusta salir. Creo que me falta ese gen. No soy tan agresivo, prefiero que las cosas vengan con más naturalidad, sin necesidad de irrumpir.
Y el lunes habrá movida en el trabajo. Según mis informaciones me van a ofrecer/imponer un nuevo puesto. Lo sabía todo el mundo menos yo. Gracias a las almas caritativas de este mundo, por lo menos llegaré preparado para tragar con lo que venga. Se supone que es mejor que lo que tengo ahora, una confianza que el establishment me otorga, pero me huele que mi nómina no se va a ver afectada. Como si lo viera. Y yo a este paso me hago vidente.
No sé qué me has dado, Lisboa, pero me ganaste desde que te vi a través de la ventanilla del avión, al otro lado del Tajo, brillando como sólo tú brillas, con timidez, entre azulejos rotos y rumores de fado. Sencilla como una pescadora pero orgullosa como una reina. Cómo me gustas, puñetera, si yo pudiera allí me plantaba para no perder nunca de vista el 28, el castelo y la mancha azul del Tajo, que juega a esconderse entre las callejas y que se rinde sin remedio en los miradouros. Te dejé hace poco y, como me pasa siempre que me faltas, ya estoy deseando volver.
Mañana me levanto pronto, tengo que ir al aeropuerto. Qué mal llevo el día antes de un viaje. La pereza crónica se me despierta y de buena gana le daban aires frescos al billete y yo me quedaba en la cama los cuatro días. No sé cómo va a salir el plan de este finde. Las islas están muy bien, pero ir con estos significa ir a la cacería de la hembra bar tras bar. Como si lo viera. Y yo a verlas venir, porque de cacería no me gusta salir. Creo que me falta ese gen. No soy tan agresivo, prefiero que las cosas vengan con más naturalidad, sin necesidad de irrumpir.
Y el lunes habrá movida en el trabajo. Según mis informaciones me van a ofrecer/imponer un nuevo puesto. Lo sabía todo el mundo menos yo. Gracias a las almas caritativas de este mundo, por lo menos llegaré preparado para tragar con lo que venga. Se supone que es mejor que lo que tengo ahora, una confianza que el establishment me otorga, pero me huele que mi nómina no se va a ver afectada. Como si lo viera. Y yo a este paso me hago vidente.
La bohemia vuelve el lunes
Qué contar, qué decir, qué escribir. Es a veces tan difícil encontrar algo interesante, que valga la pena poner sobre escrito... Me he metido de lleno en el universo de blogs. Soy un ser adictivo por naturaleza pero tengo la suerte de tener mecanismos de autocontrol fuertes, que esta vez han fallado estrepitosamente. Me he hecho la promesa de consultar los blogs en casa, nunca en el trabajo, pero ni lo he conseguido ni quiero conseguirlo. Comentaba esta mañana a Zäpp que a me van a echar del curro como se tomen la molestia de consultar el historial de las páginas que visito. Se ha convertido en una costumbre entrar en la vida de personas que no tienen cara para mí pero que, de alguna manera, me importan. No tiene ningún sentido, pero me intereso de verdad por las locuras de Zäpp, MOT y lo suyo, Cornelio y lo que es propio de él y algún otro. Se ha establecido una necesidad de información acerca de lo que les pasa que cuando falta me encuentro como si llevara cuatro días sin leer el periódico. ¿Qué me lleva a interesarme por sus vidas? ¿Será que mi vida está vacía?
Por si acaso es esta última la razón, he tomado remedios. Ayer escribí a E, que como me suponía, se encontraba relajandose en algún lugar de la costa. E, famoso bohemio de hace unos post, está más bohemio que nunca. Parece que ha dejado su trabajo serio y ha decidido dedicarse completamente a la literatura y a su doctorado junto con algunos escarceos universitarios. Ha cumplido su sueño, dejar su sueldazo y hacer de su vida lo que quiere. Un nuevo héroe para mi lista. Hemos quedado en vernos la semana que viene, cuando venga relajado de la playa. Sin venir a cuento, ha hecho incapié en que ya no tiene pareja (¿con quién salía?) Ja, ja. Qué tonto. Cuando aprenderá que a mí puede llamarme con pareja o sin pareja y decirme: "Hola niño, ¿te apetece venirte a casa esta tarde y follamos?" Y cómo le voy a contestar que no con mi estado hormonal actual y su maestría con la lengua. Ni de coña. Que vamos espero el lunes como agua de mayo. Menos mal que este finde me voy de Madrid porque me conozco, la sequía no la aguanto más y no me apetece acabar con cualquiera.
Hoy para variar, he cambiado yo el tóner de la fotocopiadora. Es la última vez, prefiero convertirme en copista medieval antes de cambiarles el tóner de nuevo a los borregos que trabajan conmigo. Que se las arreglen como puedan porque yo no voy a acabar otra vez como el deshollinador de Mary Poppyns. Que me paguen un plus o que vengan sus señoras y señores respectivos a hacerlo y luego le den un repaso a la cocina que siempre está desordenada.
Por si acaso es esta última la razón, he tomado remedios. Ayer escribí a E, que como me suponía, se encontraba relajandose en algún lugar de la costa. E, famoso bohemio de hace unos post, está más bohemio que nunca. Parece que ha dejado su trabajo serio y ha decidido dedicarse completamente a la literatura y a su doctorado junto con algunos escarceos universitarios. Ha cumplido su sueño, dejar su sueldazo y hacer de su vida lo que quiere. Un nuevo héroe para mi lista. Hemos quedado en vernos la semana que viene, cuando venga relajado de la playa. Sin venir a cuento, ha hecho incapié en que ya no tiene pareja (¿con quién salía?) Ja, ja. Qué tonto. Cuando aprenderá que a mí puede llamarme con pareja o sin pareja y decirme: "Hola niño, ¿te apetece venirte a casa esta tarde y follamos?" Y cómo le voy a contestar que no con mi estado hormonal actual y su maestría con la lengua. Ni de coña. Que vamos espero el lunes como agua de mayo. Menos mal que este finde me voy de Madrid porque me conozco, la sequía no la aguanto más y no me apetece acabar con cualquiera.
Hoy para variar, he cambiado yo el tóner de la fotocopiadora. Es la última vez, prefiero convertirme en copista medieval antes de cambiarles el tóner de nuevo a los borregos que trabajan conmigo. Que se las arreglen como puedan porque yo no voy a acabar otra vez como el deshollinador de Mary Poppyns. Que me paguen un plus o que vengan sus señoras y señores respectivos a hacerlo y luego le den un repaso a la cocina que siempre está desordenada.
El sombrero de Carmen Miranda
Y pasó el uno de enero. Sin darme cuenta ya estamos a dos. Al contrario de lo que debería ser, la explosión de energía propia de todo lo que comienza, todo es tranquilo, lento, agobiante. Aunque anoche no salí de casa, me he levantado tarde. A las doce. Con un sol que me llamaba a través de las rendijas que deja mi persiana mal bajada. Me gusta despertarme con la claridad que filtra, sin la urgencia de un despertador ni de un horario que cumplir. Arrebujarme debajo del nórdico y sumergirme en mis mundos imaginarios, siempre dentro de esa duermevela que lo hace todo mágico y sencillo.
Parece mentira que estemos en enero. Hace frío afuera pero el sol calienta a través de los cristales y convierte mi habitación en una especie de invernadero sin plantas en el que intento que maduren proyectos futuros. Proyectos inalcanzables pero necesarios para poder tirar hacia adelante. Metas imposibles de cumplir pero que nos ayudan a superar las etapas intermedias. Cáspita, se me está yendo la pinza, dejo este tono filosófico que no me gusta nada.
Ayer, durante las campanadas, a mi madre le dio un ataque de risa que contagió a todos. Cuando el reloj de Sol ya había acabado de sonar, a nosotros nos quedaban cuatro o cinco uvas, pero no creo que haya mejor manera de comenzar un año que riéndose con los que quieres. Sabía perfectamente por qué se estaba riendo: la piel de las uvas estaba tan dura que era difícil tragarlas. Parecían de esas de plástico que en muchas casas usan para decorar fruteros de pega. Extrañas conexiones son las que nos hacen saber lo que pasa por la cabeza del otro sin necesidad de que se usen las palabras.
Como estoy un poco tontorrón convencí a mi sobrino pequeño para hacer un concurso de abrazos. Quien abrazara más fuerte ganaba. Así tuve al pobre chiquillo colgado cinco minutos de mi cuello, dándome abrazos que de otra forma serían difíciles de conseguir de un polvorilla de casi cuatro años que está más interesado en Fernando Torres que en los Reyes Magos. Por supuesto, le dejé ganar el concurso.
Acabé jugando con él a hacer tríos con las cartas de las familias del mundo. No sabía que todavía existían y que los niños todavía se divertían uniendo a la mamá china con el papá chino y al indio con la india. Intenté explicarle que el papá chino se podía ir con la mamá india, tener hijos chinoindios o indochinos y que no pasaría absolutamente nada, pero no tuve mucho éxito. Las reglas eran las reglas y había que cumplirlas. Me parece que este juego fue diseñado por las mismas mentes meridianas que ahora utilizan las alegorías frutales para intentar explicar lo horroroso y repugnante que sería que una pera y una manzana se uniesen y adoptaran a un kiwi y a un pomelo. Y es que más que una familia, eso sería el sombrero de Carmen Miranda. Qué horror, qué colorido, y con todas esas frutas revueltas. Qué macedonia pecaminal.
Parece mentira que estemos en enero. Hace frío afuera pero el sol calienta a través de los cristales y convierte mi habitación en una especie de invernadero sin plantas en el que intento que maduren proyectos futuros. Proyectos inalcanzables pero necesarios para poder tirar hacia adelante. Metas imposibles de cumplir pero que nos ayudan a superar las etapas intermedias. Cáspita, se me está yendo la pinza, dejo este tono filosófico que no me gusta nada.
Ayer, durante las campanadas, a mi madre le dio un ataque de risa que contagió a todos. Cuando el reloj de Sol ya había acabado de sonar, a nosotros nos quedaban cuatro o cinco uvas, pero no creo que haya mejor manera de comenzar un año que riéndose con los que quieres. Sabía perfectamente por qué se estaba riendo: la piel de las uvas estaba tan dura que era difícil tragarlas. Parecían de esas de plástico que en muchas casas usan para decorar fruteros de pega. Extrañas conexiones son las que nos hacen saber lo que pasa por la cabeza del otro sin necesidad de que se usen las palabras.
Como estoy un poco tontorrón convencí a mi sobrino pequeño para hacer un concurso de abrazos. Quien abrazara más fuerte ganaba. Así tuve al pobre chiquillo colgado cinco minutos de mi cuello, dándome abrazos que de otra forma serían difíciles de conseguir de un polvorilla de casi cuatro años que está más interesado en Fernando Torres que en los Reyes Magos. Por supuesto, le dejé ganar el concurso.
Acabé jugando con él a hacer tríos con las cartas de las familias del mundo. No sabía que todavía existían y que los niños todavía se divertían uniendo a la mamá china con el papá chino y al indio con la india. Intenté explicarle que el papá chino se podía ir con la mamá india, tener hijos chinoindios o indochinos y que no pasaría absolutamente nada, pero no tuve mucho éxito. Las reglas eran las reglas y había que cumplirlas. Me parece que este juego fue diseñado por las mismas mentes meridianas que ahora utilizan las alegorías frutales para intentar explicar lo horroroso y repugnante que sería que una pera y una manzana se uniesen y adoptaran a un kiwi y a un pomelo. Y es que más que una familia, eso sería el sombrero de Carmen Miranda. Qué horror, qué colorido, y con todas esas frutas revueltas. Qué macedonia pecaminal.





