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Mesala on the rocks
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Mesala
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El síndrome de Stendhal
A la mañana siguiente nos levantamos relativamente temprano. Con ganas de ver la isla. Cogimos los coches y pusimos rumbo hacia la zona de Valldemosa, Deià y Sóller. Según salimos de Palma el paisaje se iba haciendo más rural, palmerales, olivos y cipreses flanquean la carretera que va directa hacia las montañas que cruzan la isla. Me llama la atención la cantidad de vegetación que hay, lo cubre todo con un manto verde roto sólo por alguna casa aislada o un cortado en la roca que la propia naturaleza no ha llegado a colonizar. A lo lejos aparecen en un alto las casas de Valldemosa, un pequeño pueblo famoso por la Cartuja y porque cerca tienen Michael Douglas y la Z. Jones su pequeño refugio del acantilado. El pueblo es precioso, con una aquitectura tradicional muy cuidada y sin ningún adefesio urbanístico a la vista ¿Cómo es posible que no lo hayan estropeado? Seguimos hacia adelante y la carretera comienza a bordear la costa, que es abrupta, cortada a cuchillo. Cada vez que entre los pinares aparece el Mediterráneo, que está cien metros más abajo, a mí me da un salto el corazón. El gran azul sólo está limitado por los olivos y los pinos y algún islote solitario rodeado por la espuma blanca.
Al final de una curva aparece Deià, en la falda de la montaña. Noto que el síndrome de Stendhal ya está haciendo de las suyas en mí. Soy tan simple que la contemplación de tanta belleza me lleva levitar en una sensación de absoluta irrealidad. Pequeñas casas mallorquinas cuelgan de la montaña, que el hombre ha humanizado llenándola de bancales donde crecen mirando al mar olivares, palmeras, algún que otro limonero cargado de limones y plantas en flor. Y cipreses, mi árbol predilecto. Todos flipados nos paramos a tomar unas cañas en una terracita que domina el paisaje y que está al lado de un torrente cristalino que baja de la montaña a mucha velocidad. Una tras otra las cervezas fueron cayendo y sólo la sombra de la montaña que se proyectaba en la terraza fue capaz de echarnos de allí. Decidimos comer pronto y entramos en un restaurante precioso con sus vistas sólo igualables a los precios de su carta. Seguimos con vino y nos comimos uno de los mejores arroces de mi vida.
Decidimos dejar Sóller para otra ocasión y bajar a la cala de Deiá a sentarnos junto al mar. No sé si fue el síndrome de Stendhal, el alcohol o los porros que se fumaron estos y que yo respiré pero cuando vimos la pequeña cala rocosa con aguas cristalinas decidimos que no nos íbamos de allí sin bañarnos. Sin necesidad de hablar, uno tras otro nos quitamos la ropa compitiendo para ver quién llegaba al agua antes. Tres pobres guiris que estaban en la playa, desierta hasta que llegamos nosotros, debieron flipar y se largaron cuando nos quedamos desnudos y corrimos a zambullirnos. El agua estaba fría pero nosotros casi no lo sentimos eufóricos como estábamos. Al salir tomamos conciencia de que era ocho de enero y que aquello no era el Caribe. Dios, qué bien me sentí. Y qué frío pasé. Como dijo C, aquel había sido un día de buen rollo total. De esos días difíciles de repetir que se recuerdan mucho después.
A la vuelta a casa las curvas de la carretera y el alcohol me jugaron una mala pasada y pillé un mareo del diez. Después de echar el mejor arroz de mi vida, entré en una duermevela en el sofá que duró dos horas. Cuando volví a ser yo decidí que lo mejor sería acostarse y esperar al día siguiente para que mi estómago ocupara su estado habitual.
 
Comentario:
Hombre, fotos, haberlas haylas, como las meigas. Incluso hay fotos robadas del baño en enero pero no creo que las publique nunca. Parece mentira lo que encoge el agua fría ciertas partes de la anatomía masculina. Ja, ja.

Un beso
 
Comentario:
Joder, qué sitio, y qué bien explicado, parece que hubieras puesto una foto, por cierto, no hiciste fotos? Tengo que ir a ese sitio, tengo que ir y bañarme aunque me quede helado de frío. Envidiosito perdío que estoy ahora, jeje. Lástima lo de que el arroz se quedara allí, pero por todo lo demás, valió la pena,seguro.
No