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El otro día salí de casa con la ciudad cubierta de blanco. Limpia y lista para ensuciarse de nuevo. El camino de todos los días a la parada de autobús se convirtió en una experiencia nueva. Era como si mi barrio se hubiera convertido de la noche a la mañana en un suburbio de cualquier ciudad nórdica. Copenhague, quizá Estocolmo. La nieve trajo a mi memoria a Petter, me lo imaginé en su fábrica de deshidratación de leche -o algo así comprendí yo mientras me explicaba cómo ganaba algo de dinero para ir tirando- disfutando de la sauna que tenían para los trabajadores mientras fuera la ventisca hacía la vida imposible sin una botella de vodka en la mano...
Ya en la parada, los mismos de siempre éramos distintos. La nieve hizo que nuestros movimientos fueran más lentos, menos seguros, que nuestras miradas se dirigiesen hacia otros lugares. Hacia los árboles sin hojas que relucían como esculturas de hielo, a los coches protegidos por una capa de nieve mullida y a los copos que nos envolvían cayendo sin hacer ningún ruido. Quizá sea éso lo que más me gusta de la nieve. Es discreta, puede caer la nevada del siglo y no se oye nada, pero si te descuidas te enreda y te envuelve casi sin notarlo.
Mientras esperábamos sin prisa el bus, un viejo borracho se reía de nosotros desde la acera de enfrente.
- ¿A qué esperáis todos juntos?- gritó mientras meaba el alcohol entre dos coches
Mi acera le ignoró, apartando la vista de aquel viejo que meaba en la calle mientras los copos de nieve le envolvían y difuminaban.
- Menudo cabrón -pensé yo- sólo faltaba que se rían de ti cuando y porque vas a trabajar.
-¿Es que vaís a una fiesta todos juntos?- bramaba mientras emitía un sonido desagradable que debía ser una carcajada en su mundo alcohólico.
En ese momento yo pensé que el viejo tenía razón. Debía ser una estampa patética ver a diez personas esperando un autobús retrasado en medio de una nevada. Me vi a mí mismo a través de sus ojos: me encontré un ser completamente estúpido al permitir que las ciscunstancias me obligen a ir apretujado en el metro junto a un enjambre de desconocidos (en ocasiones malolientes) o a esperar un cuarto de hora un autobús mientras la nieve me rodeaba y se me helaban las orejas. ¿Qué es lo que me lleva a aceptar estas situaciones?
Ya en la parada, los mismos de siempre éramos distintos. La nieve hizo que nuestros movimientos fueran más lentos, menos seguros, que nuestras miradas se dirigiesen hacia otros lugares. Hacia los árboles sin hojas que relucían como esculturas de hielo, a los coches protegidos por una capa de nieve mullida y a los copos que nos envolvían cayendo sin hacer ningún ruido. Quizá sea éso lo que más me gusta de la nieve. Es discreta, puede caer la nevada del siglo y no se oye nada, pero si te descuidas te enreda y te envuelve casi sin notarlo.
Mientras esperábamos sin prisa el bus, un viejo borracho se reía de nosotros desde la acera de enfrente.
- ¿A qué esperáis todos juntos?- gritó mientras meaba el alcohol entre dos coches
Mi acera le ignoró, apartando la vista de aquel viejo que meaba en la calle mientras los copos de nieve le envolvían y difuminaban.
- Menudo cabrón -pensé yo- sólo faltaba que se rían de ti cuando y porque vas a trabajar.
-¿Es que vaís a una fiesta todos juntos?- bramaba mientras emitía un sonido desagradable que debía ser una carcajada en su mundo alcohólico.
En ese momento yo pensé que el viejo tenía razón. Debía ser una estampa patética ver a diez personas esperando un autobús retrasado en medio de una nevada. Me vi a mí mismo a través de sus ojos: me encontré un ser completamente estúpido al permitir que las ciscunstancias me obligen a ir apretujado en el metro junto a un enjambre de desconocidos (en ocasiones malolientes) o a esperar un cuarto de hora un autobús mientras la nieve me rodeaba y se me helaban las orejas. ¿Qué es lo que me lleva a aceptar estas situaciones?
Comentario:
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Yo también
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¿Dónde andas? Sigo esperando a que retomes este blog que tanto me gustaba. Un abrazo.
Comentario:
Vuelve, vamos, vuelve.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Aceptar esa situación no es peor que aceptar estar en la calle borracho con una nevada.
Aunque esto suene un poco duro,
Tu puedes dejar tu trabajo por otra cosa si quieres,
pero el es posible que no pueda dejar su esclavitud con la botella.
Si lo ves así esperar nevando un autobus es un mal menor.
Un abrazo
Aunque esto suene un poco duro,
Tu puedes dejar tu trabajo por otra cosa si quieres,
pero el es posible que no pueda dejar su esclavitud con la botella.
Si lo ves así esperar nevando un autobus es un mal menor.
Un abrazo
Comentario:
esos pensamientos me pasan a mí a veces cuando vuelvo de marcha un domingo y veo a gente que va a currar...que supongo que serán los mismos que cuando ellos vuelven de marcha y yo voy a currar...¿ley de vida?
Comentario:
Y, ¿se puede ser unos días el que espera el autobús y otros días el que mea entre dos coche?
(Gracias por venir, chico, de verdad)
Un beso
(Gracias por venir, chico, de verdad)
Un beso
Comentario:
Verse a través de los ojos enrojecidos de un viejo borracho... Sí cambia la percepción de las cosas. Pero el precio a pagar por no ser uno de los diez bajo la marquesina, mientras nieva y ruge la marabunta, es poder acabar como ese misno viejo borrachín, meando entre dos coches y escondiendo la furia y la frustración de una vida perdida tras el desprecio de una risotada contra el mundo. Besiños





