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Antes de dormir

No sé si tenga razón, pero salir de aquella discoteca tan tarde me hizo recordar cuando trabajaba de amanecida: el cuerpo cansado, movimientos desganados, imaginarios besos y abrazos, soledad infinita. Quién ahora se atreverá a renegar de esto que siento ahora correr entre las calles, mientras esquivo maricones, putas y borrachos, pensando en alguien que aún no existe pero sabes que está ahí, descansando. El cielo golpea el rostro y el aire aprovecha cualquier recoveco en la ropa para mordernos mientras camino tratando de no oír las bromas sin sentido de mis amigos. Ellos están tras mío riéndose y está bien para ellos. Yo ahora pienso, sólo eso. Si no me animo ¿quién lo hará? Yo no, definitivamente, así que debo hablarle, o al menos entregarle esto. Hoy te estuve mirando mucho y lo más probable es que haya quedado como un tonto por incomodarte (si es así, te pido que me disculpes). ¿Será por eso que te escribo?

Para sentirme más feliz establezco una tácita amistad con el aire que respiro y acepto una hamburguesa. Y es igual a cuando trabajaba toda la noche, cansado y solo, sin alguien que esté ahí para recibir la cabeza que quería recostar y contestar un ¿cómo te fue? Y yo, no muy bien, gracias, ahora tengo sueño. Pero elegía dormir con la cara pegada al lado de la ventana, quizá sin saber que un delgadísimo hilo de baba salía de mi boca (¡qué vergüenza!) o, cuando no olvidaba el walkman, oír uno de los cassettes que me regalé a mí mismo por no tener a quién regalárselos. Lo había dicho Cortázar: "la música es el alimento de quienes vivimos de amor". Y pensar que la banda se fue al diablo... Pero al menos me queda la escritura y no sé qué cuento escribir, o en si ahora, de una vez por todas, dejaría de ser tan Felipito, y empezaría a dar forma de novela a la hermosa idea que tuve tiempo atrás.


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Y ya estoy recostado en la cama, redactando esto para que lo leas, porque acabo de decidir que te lo entregaré la próxima vez. Echado en mi cama mientras allá afuera el cielo duda entre el violáceo y el gris, y no hay música, ni luz prendida, ni mis viejos despiertos. Sólo estoy yo y mi cama y lo que pienso escribir y tus ojos llegan y tropiezan con este desorden de ideas y los atrapo entre mis brazos y les sonrío y me siento cansado, triste, pero alegre a la vez, como no me sentía en mucho tiempo, y el sueño está venciéndome, no importa que aún no me haya desvestido, y que el collar de púas deje sus agudezas en mi cuello. Yo sólo quiero dormir ahora, porque tu rostro entero ya cobró fuerza y así, mirando el techo, el gris celebrando su victoria, con mi diario personal al lado, desordeno la cama y cierro los ojos sonriendo, soñando que no es un sueño, y esperar levantarme feliz después, y ojalá te haya ido bien.


25 de julio de 2004



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