Sobre la cama...
..., tarde en la noche, en mi cuarto oscuro, echado escribiendo con el lapicero que ella me regaló y así empezar otra vez, creo que estoy perdiendo un momento. Y es que, aunque soy escritor nocturno, no puedo dejar en el papel lo que realmente quisiera que sepan de mí.
¿Qué podría hacer mientras lo pienso? No necesito sentirme físicamente débil y torpemente complacido así que no recurriré a esas cosas que no hago desde hace ya bastantes meses. De nada sirve tampoco que, desde donde estoy estirado, proyecte dibujos o figuras imaginarias en el techo. O mirar atentamente la luz azul hermoso que emana ya débilmente, por el uso prolongado, un lapicero divisible en tres que ella me regaló sin decírmelo siquiera. Pensar en el día que lo hizo, en las lágrimas que le siguieron. Hacer sombras simultáneamente inocentes y aterradoras delante de mí. Lo mejor en estos casos sería seguir escribiendo y seguir gastando papel, tinta, (o electricidad, porque hay veces que uso la computadora) y esperar que resulte algo interesante gracias al azar al que me abandono, no sin sentir mucha vergüenza por tener que recurrir a ella. Porque si te enteras, a medida que vas escribiendo, que no eres realmente alguien genial hilvanando palabras, sólo deseas poder estar tranquilo con las posibilidades escapistas de la literatura y cultivar una sensibilidad no sé hasta qué punto forzada. Sigues esperando aquella luz en la mente que alumbre alguna parte de tus nostalgias y te impulse a querer volver a ser el que nunca fuiste antes de ser el que ahora eres, si es que eres algo ahora. Y en ese viaje mental descubrir aquella historia que quieres compartir con alguien más, a manera de cuento; o contigo mismo, a manera de poesía.
Pero para mí (ahora) es difícil hacer aquello. Veintiún años y algo no es todo lo que quisiera haber vivido para poder narrarte algo. Puedo incluso padecer de egocentrismo adolescente, tan común en los escritores de mi edad y todavía en los mayores que yo. Y eso hace aún más difícil esta labor que no sé en qué momento adquirí como propia y de la que ahora no puedo desentenderme ni mucho menos renegar. Porque, después de todo, me proporciona algunas felicidades como la de saber que me estás leyendo o la posibilidad de que, repentinamente, alguna vivencia emerja hasta aquí y cambie el rumbo cíclico de estas líneas, probablemente gracias al acogedor clima que estoy viviendo ahora sobre la cama, tarde en la noche, echado escribiendo esto con el lapicero que ella me regaló y así empezar otra vez,...

31 de mayo de 2004






