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Las montañas de Buda: La brutal historia de las torturas y el genocidio cultural contra el pueblo tibetano
Lo que vais a leer a continuación son pequeños extractos del libro “Las montañas de Buda”, (Seix Barral. 1.997) escrito por el periodista Javier Moro. Hoy quería compartirlo con vosotros, dada la rabiosa y lamentable actualidad del tema. Es una obra que cuenta lo que se niega a desaparecer al otro lado del Himalaya, el espíritu de resistencia, la fe, el alma del Tibet. También es la historia verídica de dos jóvenes, dos monjas tibetanas, brutalmente torturadas en la cárcel de Gutsa, que se unen a un grupo de refugiados para cruzar a pie las cumbres más altas del mundo y escapar del infierno chino. Y es la historia del Dalai Lama, que dedica su vida a mantener viva la llama de la esperanza. Es la historia reciente del Tibet, y es, ante todo, la prueba de que la fuerza bruta no puede destruir el espíritu humano.

En 1993 había en el Tibet siete millones y medio de chinos por seis millones de tibetanos. Una invasión demográfica que resulta cada día más catastrófica para el Tibet. Hordas de chinos inmigran al país de las nieves siguiendo las consignas del partido comunista, estimulados, eso sí, por jugosos incentivos. Tres y cuatro veces el salario que ganan en China, créditos sin intereses, alojamiento garantizado, abundantes permisos y vacaciones, y hasta una ‘subvención para respirar’, un incentivo pecuniario que compensa el hecho de que el Tibet esté a cuatro mil metros de altura.

Los inmigrantes se quedan con los negocios tradicionalmente tibetanos, restaurantes, sastrerías, carpinterías…y así crece el número de mendigos. Uno de los efectos más perniciosos de este proceso es que los tibetanos empiezan a dudar de su propia cultura, y en ocasiones hasta se avergüenzan de ella.

Esta invasión va acompañada de una política de genocidio sistemático, porque nadie escapa a las medidas inhumanas de control de la natalidad. Equipos sanitarios chinos recorren el país de las nieves para hacer cumplir la ley. Se les ofrecen incentivos económicos para realizar el mayor número posible de esterilizaciones y abortos. En las zonas más apartadas, donde no hay hospitales, equipos de médicos y enfermeras parten en jeeps y van de pueblo en pueblo buscando mujeres embarazadas. Así, los informes que denunciaban la realización de abortos forzados hablan de la aparición de fetos de tres, cuatro y cinco meses en cubos de basura del hospital de Chamdo.

Una doctora tibetana ha confirmado que bebés sanos, bien formados, son sumergidos en cubos de agua y ahogados nada más nacer. Entretanto, médicos chinos confiesan que han realizado estas prácticas para cumplir su ‘cuota de abortos’. Para los tibetanos, que viven intensamente su fe budista, en la que acabar con cualquier tipo de vida constituye una terrible transgresión, el efecto de estas medidas de control de la natalidad es traumático y devastador.

TORTURAS INHUMANAS

Kinsom y Yandol, dos jóvenes monjas tibetanas, fueron encarceladas injustamente en la cárcel de Gutsa, cuya sola mención evocaba a las religiosas la suerte de miles de compatriotas desaparecidos en sus entrañas sin dejar ni rastro. Es el símbolo más visible de la crueldad con la que el gobierno chino sojuzga al país de las nieves.

Durante la primera noche que pasó Kinsom en la cárcel de Gutsa, los guardias la arrastraron hasta una silla de hierro y la maniataron, cruzando una cuerda alrededor de su busto y sujetaron luego sus brazos por detrás de la cabeza. Después de pasarle la cuerda por debajo de la axila, uno de los guardias tiró de ellas bruscamente hacia abajo y Kinsom se contorsionó de dolor. Le habían desencajado un hombro utilizando la técnica del aeroplano.

Como no lograban que confesara quien organizó la revuelta callejera en la que fue detenida, algo que kinsom de hecho no sabía, los guardias pasaron a utilizar el instrumento de tortura preferido de las cárceles chinas. Una porra eléctrica de las que se utilizan para marcar el ganado. El torturador se la aplicó contra la silla y la joven monja se retorció de dolor hasta desmayarse. Otra descarga, otro nuevo desmayo…los chinos no podían concebir la idea de que la religiosa hubiese tomado la decisión de protestar por sí misma, e intentaban arrancarle una confesión porque “debía de formar parte de algún complot dedicado a socavar el prestigio de la madre patria”. Querían nombres, nombres, nombres…Y le abrieron la boca para meterle la porra eléctrica hasta la garganta. Cuando se la retiraron, notó en su boca pedazos de muelas rotos que arrojó en un vómito sanguinolento. Pero no habló y su silencio le valió el aislamiento en una celda de castigo. El infierno continuó en los días posteriores.

“Fue horrible –recordaría Kinsom-. Los gonyi-pa (guardias) se ensañaron con una crueldad inimaginable. Me obligaron a tumbarme sobre la mesa y, mientras uno me abría las piernas, otro me metió la porra eléctrica por la vagina. Usaban aquel aparato como si fuese un juguete, se divertían. Se reían y bromeaban mientras me aplicaban descargas eléctricas y yo creía que me desgarraba por dentro. Perdí el conocimiento. Lo recobré cuando me arrojaron un cubo de agua fría a la cara. Ya no eres monja –me dijo uno de ellos- sólo basura. En parte tenía razón, era un andrajo, un montón de carne sanguinolenta…al violarme con aquel aparato habían forzado mis votos de castidad y pureza, mi cuerpo no era nada excepto un saco de huesos. Me devolvieron la celda y durante los nueve días siguientes sólo me sacaron para seguir torturándome. Me hicieron de todo, desde tenerme desnuda y tenerme colgada por los pies una noche entera , hasta tirarme cubos de orina a la cara…No eran seres humanos, eran animales, eran máquinas”.

TRES AÑOS POR TREINTA SEGUNDOS

Cuando la sacaron de la celda, la religiosa esperaba un tiro en la nuca en cualquier momento. Sabía que los chinos eran prácticos y pensaba que la estaban acercando al depósito de cadáveres para ahorrarse el transporte. Sabía que entregarían una factura a sus padres, como solían hacer con todos los ajusticiados. El precio de las balas estaría indicado con macabra precisión en una vulgar hoja de papel con el sello de la cárcel. También estaría incluido el precio de la comida y el alquiler de la celda. Sabía que si la familia no podía pagar, sus restos mortales no les serían entregados.

Pero aquel día, Kinsom se equivocaba. Un oficial la estaba esperando y sacó de su carpeta una hoja de papel. “Por tus actividades contrarrevolucionarias y secesionistas el Tribunal del Pueblo te ha condenado a tres años de reclusión”. ¿Cómo iba a soportar tres años si apenas llevaba un mes y no podía mantenerse en pie? ¿Tan terrible era el acto que había cometido contra los mil trescientos millones de hijos de la República Popular China? ¿Treinta segundos, quizás un minuto, gritando ¡Viva el Tibet libre! sin ninguna violencia merecían tres años de tan cruel castigo?

En la cárcel conoció a Yandol, otra joven monja tibetana encarcelada por motivos similares a los de Kinsom y juntas se acostumbraron a soportar la humillación y la vergüenza. Los guardias nos las dejaban vaciar a diario el cubo que servía como único sanitario en la celda colectiva. Tuvieron que habituarse a la mugre, al hedor, a las mañanas sin agua, a asearse con té para conservar la ilusión de su dignidad. Tuvieron que acostumbrarse a no exteriorizar sus creencias religiosas. Toda era un pretexto para el castigo arbitrario.

Gutsa es un eslabón más en la cadena que atenaza al Tibet, un engranaje indispensable en la política de aniquilamiento de una sociedad y de una cultura. China, que ha dado al mundo la porcelana, las cerillas, los relojes mecánicos, el papel moneda, la pólvora, la ceremonia del té y el primer catálogo de estrellas, la civilización que ha hecho de la armonía un arte de vivir sin parangón, también ha extendido su refinamiento a la tortura y el genocidio.

La organización humanitaria Asia Watch describió en 1.990 el Tibet como un inmenso laboratorio de técnicas de tortura para las fuerzas armadas chinas. Cuarenta años de colonización han servido para que el país más alto del mundo, con dos mil años de historia a sus espaldas, se encuentre al borde de la aniquilación, dice Javier Moro. El país de las nieves sigue soportando un martirio comparable a las persecuciones y purgas de Stalin, al genocidio de los judíos europeos por Hitler o al exterminio llevado a cabo por Pol Pot en Camboya.

El holocausto del Tibet es el resultado de una pugna desigual entre la fuerza bruta y la protesta pacífica de un pueblo profundamente religioso. Su determinación por sacudirse el yugo de los opresores, hace de su combate algo único en el mundo.

LAS CUENTAS DE LA BARBARIE

Kinsom fue liberada el 22 de junio de 1.993. En el momento de rellenar los formularios de su excarcelación, le hicieron las cuentas: Debía pagar dos yuanes al día en concepto de manutención, lo que hacía una cantidad total de 1.980 yuanes. Al alegar que no disponía de tal cantidad, le dijeron que recurriese a algún conocido, amenazándola con retenerla en caso contrario. Como el día de su ingreso llevaba 600 yuanes, prometió pagar el resto con lo que consiguiese mendigando por las calles de Lhasa.

Y permitieron que se fuera, no sin antes advertirla de que no debía de hablar con nadie de los temas siguientes: La comida de la cárcel, la extracción forzosa de sangre, las palizas y las torturas. “Si vuelves a participar en otra manifestación”, avisaron los guardias,” te mataremos”.

Por fin libre, aunque Kinsom sufría de incontinencia urinaria, y, debido a la extracción forzosa de sangre, se encontraba sin fuerzas, pero salía victoriosa. Los chinos no habían conseguido hacer de ella otra mujer. Había sobrevivido al frío, a los golpes, a las sesiones de reeducación, al robo de su propia sangre. El resultado es que se sentía más tibetana y más budista que nunca.

Como digo, el libro es una lectura muy recomendable, imprescindible para entender lo que está pasando ahora mismo en el Tibet, y lo que lleva pasando durante muchos años. La investigación de Javier Moro es impecable. El periodista se entrevistó hasta con el Dalai Lama para documentarse y por supuesto, con las dos monjas, Kinsom y Yandol, que le relataron todos los pormenores de su largo calvario. Esta es la nota final de Javier Moro.

“En septiembre de 1.997 realicé el último de los viajes al Tibet, Nepal y la India para la preparación de este libro. En Lhasa tuve la oportunidad de entrevistarme con la abadesa de un convento. Diez de sus monjas están encerradas en la cárcel de Drapchi. Esta mujer me contó que han variado las torturas. En lugar de los servicios sexuales, que tan mala prensa han tenido en el extranjero, ahora pinchan con alfileres la lengua de las que osan gritar ¡Tibet libre! o ¡Viva el Dalai Lama! Además, se han ampliado las condenas por cualquier tipo de manifestación o protesta.

En el convento de Dolma Ling, en Dharansala, supe de boca de Kinsom y Yandol que Dawa, la monja que compartió celda con ellas y que fue brutalmente mutilada, está de nuevo detenida en Lhasa. Según parece, volvió a participar en una manifestación.

Visité de nuevo el centro de acogida de Katmandú y me sorprendió que estaba lleno de refugiados recién llegados. Me sorprendió la numerosa presencia de niños de ocho a catorce años. Todos habían cruzado el Himalaya sin sus padres. La mayoría parecía gozar de buena salud. La enfermera Tsering Lhamo me dijo que el número de refugiados ha aumentado sin cesar desde 1.990 y que ciertos días no daba abasto para atender a los nuevos. En el centro de acogida de Dharansala me confirmaron que la oleada de refugiados se ha triplicado en los últimos tres años”.






 
Comentario:
Comparto vuestra indignación, sobre todo porque Occidente mira para otro lado. Ayer, parece que Sarkozy amenazó con un posible boicot a los juegos de Pekín. No es la solución, pero es un paso. Lo que sería necesario es que cesen las torturas y se respeten los derechos humanos en el Tibet.
 
Comentario:
PORQUE NO TIENE PETRÓLEO NI MINERIA IMPORTANTE,¿VERDAD?,MIERDA DE MUNDO OCCIDENTAL FALSO.
Si y todos unos hipocritas, mucha manifestacion y a la hora de la verdad somos unos hipocritas, no hay dictadura en cuba , no hay represion en venezuela , y del tibet solo nos manifestaremos cuando el 7 de caballeria , frene a los chinos , entonces todos iremos de virgen ofendida, y que si tal y que si cual ,,,,,,
El aviso ya lo tubimos en bosnia,,, hasta que no llego el 7 de caballeria los pulcros pogres europeos giraban la vista ante el genocidio de milosevic.
 
Comentario:
¿Y QUE HACE OCCIDENTE?¿HASTA CUÁNDO VA A SEGUIR EL SUFRIMIENTO DEL TIBET, MIENTRAS TODOS SE HACEN LOS SORDOS?
 
Comentario:
SI SE LUCHÓ CONTRA HITLER, ¿PORQUE NO SE LUCHA CONTRA EL NEONAZISMO CHINO?, ¿QUE PASA?,TIBET NO INTERESA,PORQUE NO TIENE PETRÓLEO NI MINERIA IMPORTANTE,¿VERDAD?,MIERDA DE MUNDO OCCIDENTAL FALSO.
 
Comentario:
ESTA CLARO, LOS CHINOS SON UNOS HIJOS DE PUTA Y LA HUMANIDAD UNA MIERDA POR CONSENTIR SEMEJANTE BARBARIE
No