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Sindicación
 
La armadura y el lavabo
A veces los finales queman tanto, que uno tiene la sensación de haber adquirido una armadura y no poder salir de ella. La sensación de que nadie nunca más será capaz de conmovernos...
Sin embargo, un día cualquiera, te miras al espejo y descubres que tienes una nueva cicatriz y que puedes salir de la armadura porque, aunque no entiendes por qué, no tienes ninguna razón para llevarla. Y, cuando menos te lo esperas, la vida te recuerda que tiene los rincones llenos de sorpresas. Te recuerda la belleza de lo efímero, la intensidad de los besos a contrarreloj, la dulzura melancólica del abrazo que se escapa... Te sorprende la capacidad de tus sentidos libres de ataduras, la plenitud de respirar, el placer de mirar una sonrisa, el placer de, simplemente, sentir. Y, cuando vuelve la calma, queda un sutil reflejo de tristeza que acompaña a la maravillosa certeza de estar, al fin, curada.
 
5 de enero
Me pasé toda la mañana buscando aquella agenda. Cuando salíamos de casa la escondí con sigilo bajo su almohada. Ella estaba triste, "extrañaba". Cenamos con amigos y como siempre, buscamos la forma de escaparnos para tomar la última copa. Poniéndoles excusas, poniéndonos aún excusas para no reconocer qué guiaba el deseo de estar a solas.
Llegamos a casa. Esperé a que encontrase el regalo y, aburrida, me fui a la cocina, pensando que tal vez no le habría gustado... Y, mientras preparaba un bocadillo, oí sus pasos. Me giré y ... me besó... Y aquel beso tan tonto, tan inocente, tan fronterizo... fue el mejor regalo que he recibido un 5 de enero.