De que 'el paisaje me trae el lenguaje' y una historia, un pequeño cuento para contar.
De vuelta a casa escribo este texto sobre una hoja de papel cuadriculado con el lápiz (porta minas) que siempre me acompaña.

TESTAMENTO ESPECTRAL
Él buscó y rebuscó. Abría y cerraba cajones.
Miró su reloj y con precipitación, al fin, salió de la casa.
Cerró la puerta tras de sí, a su espalda dejó la casa.
Se oyó una primera campanada, del reloj de la iglesia. Era noche cerrada, la luna apenas si se intuía, un suave cerco indicaba su presencia, lugar en ese cielo cerrado. La calle desierta. Él se encoge y recoge su cuerpo bajo su capa. Dos, tres, cuatro campanadas, -son los cuartos- piensa. Com mayor impetu se oyen las doce, con otro ritmo, pausadamente y como dolientes. se oye un ladrido que hiela la sangre, pues parece aullido o lamento, chirrido del viento.
Él se conduce entre las sombras cómo si temiera que alguien lo viera, recogido en su capa y muy pegado, casi adheriendose, a las paredes de las otras casas.
Se detiene ante una casucha lóbraga. Llama a la puerta mientras vigila que nadie le vea. Tres golpes con los nudillos de su mano izquierda, la derecha recoge el rebozo que le hace su capa.
Desde la estancia, una mujer adormecida sobre una mesa pequeña y vieja, sin mantel, de las de cocina de pobre, se oyen los golpes que contrastan con sordo silencio. Ella se levanta, en un respingo, y abre la puerta, tras de sí la mesa y su silla y un plato con sobras de cena de pobre con trozo de pan y vaso de vino, cuchillo y cuchara con muy poca lumbre. La mayor parte de la estancia está en penumbra y aunque hay pocos muebles son poco visibles a simple vista. Una pobre bombilla de poca luminosidad, con un casquillo de aquellos que también llevan para un enchufe, cae sobre la mesa a la que ilumina. Con más atención se vislumbran cocina y hornillo, cesta con leña y un gato que duerme al calor de la lumbre. El gato levanta las orejas pero pierde interés y vuelve a su sueño enroscando aún más su cuerpo. Un armario pintado en verde de puertas en bajos y cristales arriba. Tras esos cristales se ven pocos objetos, los imprescindibles. Entre los dos cuerpos de armario hay un espacio abierto dónde pueden verse cacharros diversos. Sobre la cocina de leña hay un puchero con algo que hierve.
-¿Lo encontraste?
-No, no sé dónde lo pusimos.
-Tiene que estar en tu casa,
¿no recuerdas que quedamos en que tú lo guardarías?

Él la mira y levanta los hombros y abatido se sienta en la silla.
Ella coge otra silla y la coloca al otro lado de la mesa. Se mueve de un lado para otro. Con cierto nerviosismo va recogiendo lo que hay sobre la mesa y coloca dos tazas que saca de la parte alta del armario de la cocina, una a cada lado de la mesa. Coge una torta y corta unos trozos que coloca en un plato blanco de porcelana sobre la mesa.
-¿Quieres tomar algo?, interpela al hombre.
Él no contesta.
Ella echa a la olla café y luego lo pasa por una manguera a una cafetera bollada, grande y vieja, de las de aluminio.
Vierte el café humeante en cada una de las tazas, y coloca delante del hombre una de las tazas.
-Toma, bebé, dice suavemente.
Ella se sienta al otro lado y queda con la taza en la mano. Esperando le mira y mueve la cabeza en un gesto de equiescencia.
Él, mecanicamente, bebe.
El silencio es tal que pudiera cortarse con cuchillo.
Beben con cuidado, soplando sobre el líquido humeante. No comen los trozos de torta que e el plato están. El gato ronronea.
Al cabo de un rato se miran y ella se levanta recogiendo las cosas de la mesa y ordenado la estancia de múltiples usos. Se abriga con mantón de lana que otro tiempo fuera negro, ahora descolorido y raido.
Salen a la calle, ella tras él que en un respingo se le adelanta.
Fría noche sin luna. Dos solitarias sombras. Pisadas apagadas. Ladrar lejano.
Ya en la calle ella se arrebuja en su pobre manto, tiembla y se estremece por el silencio que oye. Él la recoge en suave abrazo bajo sus hombros, es mucho más alto y ella es menuda cual ligera pluma, ni joven ni vieja de edad incierta. Se oye un ladrido, otro que responde. Parecen quejidos a oidos suyos. Apresuran el paso. Llegan a la casa y entran, no sin antes mirar a un lado y a otro no fuera que alguien se percatara de ello. Todo está revuelto y tirado por el suelo. Él le señala a uno y otro lado y a todos los rincones. Ella coge un libro que en el suelo está y en ese momento algo cae que a los dos cambia el gesto, se miran y una leve sonrisa amanece en su semblante.
-Lo encontraste.
Es un sobre con lacre.
Rompen el lacre y sacan su contenido. A la luz de una vela los dos siguen en silencio el contenido. Murmuran en un ronroneo la lectura que estan haciendo los dos en silencio, moviendo los labios en suave siseo.
Perplejos, se miran. Una sombra cruza ante ellos y toma forma.
Sin saberlo han roto las contenciones que bajo ese sobre cerrado, lacrado, contenían ese espectro que ahora ocupa la estancia.
Rompe los cristales y en fuerte aullido que rompe el silencio de la calle sale dejando un aliendo pudente y helado.
Ese hombre y esa mujer quedan aterrorizados.
Cuando ella les dijera que abrieran ese sobre a su muerte creyeron que se trataba de una herencia que les favorecía. No hay palabras, sólo lamentos. Se sienten perdidos frente a un abismo.
Texto publicado también en sirenasilente.
Va dando frutos este verano que para mi ya llega a su fin. Parece que estoy cogiendo el gusto a escribir sobre las cosas que visualizo.
Comienzo el proceso sin saberlo, una frase se impone en mi pensamiento y la retengo, la escribo y a partir de ella voy visualizando y siguiendo el 'hilo de ariadna' recorro el laberinto de la historia. Después me recreo en ella. La veo cómo guión literario de un corto. Me gustan los cortos y las narraciones cortas.

TESTAMENTO ESPECTRAL
Él buscó y rebuscó. Abría y cerraba cajones.
Miró su reloj y con precipitación, al fin, salió de la casa.
Cerró la puerta tras de sí, a su espalda dejó la casa.
Se oyó una primera campanada, del reloj de la iglesia. Era noche cerrada, la luna apenas si se intuía, un suave cerco indicaba su presencia, lugar en ese cielo cerrado. La calle desierta. Él se encoge y recoge su cuerpo bajo su capa. Dos, tres, cuatro campanadas, -son los cuartos- piensa. Com mayor impetu se oyen las doce, con otro ritmo, pausadamente y como dolientes. se oye un ladrido que hiela la sangre, pues parece aullido o lamento, chirrido del viento.
Él se conduce entre las sombras cómo si temiera que alguien lo viera, recogido en su capa y muy pegado, casi adheriendose, a las paredes de las otras casas.
Se detiene ante una casucha lóbraga. Llama a la puerta mientras vigila que nadie le vea. Tres golpes con los nudillos de su mano izquierda, la derecha recoge el rebozo que le hace su capa.
Desde la estancia, una mujer adormecida sobre una mesa pequeña y vieja, sin mantel, de las de cocina de pobre, se oyen los golpes que contrastan con sordo silencio. Ella se levanta, en un respingo, y abre la puerta, tras de sí la mesa y su silla y un plato con sobras de cena de pobre con trozo de pan y vaso de vino, cuchillo y cuchara con muy poca lumbre. La mayor parte de la estancia está en penumbra y aunque hay pocos muebles son poco visibles a simple vista. Una pobre bombilla de poca luminosidad, con un casquillo de aquellos que también llevan para un enchufe, cae sobre la mesa a la que ilumina. Con más atención se vislumbran cocina y hornillo, cesta con leña y un gato que duerme al calor de la lumbre. El gato levanta las orejas pero pierde interés y vuelve a su sueño enroscando aún más su cuerpo. Un armario pintado en verde de puertas en bajos y cristales arriba. Tras esos cristales se ven pocos objetos, los imprescindibles. Entre los dos cuerpos de armario hay un espacio abierto dónde pueden verse cacharros diversos. Sobre la cocina de leña hay un puchero con algo que hierve.
-¿Lo encontraste?
-No, no sé dónde lo pusimos.
-Tiene que estar en tu casa,
¿no recuerdas que quedamos en que tú lo guardarías?

Él la mira y levanta los hombros y abatido se sienta en la silla.
Ella coge otra silla y la coloca al otro lado de la mesa. Se mueve de un lado para otro. Con cierto nerviosismo va recogiendo lo que hay sobre la mesa y coloca dos tazas que saca de la parte alta del armario de la cocina, una a cada lado de la mesa. Coge una torta y corta unos trozos que coloca en un plato blanco de porcelana sobre la mesa.
-¿Quieres tomar algo?, interpela al hombre.
Él no contesta.
Ella echa a la olla café y luego lo pasa por una manguera a una cafetera bollada, grande y vieja, de las de aluminio.
Vierte el café humeante en cada una de las tazas, y coloca delante del hombre una de las tazas.
-Toma, bebé, dice suavemente.
Ella se sienta al otro lado y queda con la taza en la mano. Esperando le mira y mueve la cabeza en un gesto de equiescencia.
Él, mecanicamente, bebe.
El silencio es tal que pudiera cortarse con cuchillo.
Beben con cuidado, soplando sobre el líquido humeante. No comen los trozos de torta que e el plato están. El gato ronronea.
Al cabo de un rato se miran y ella se levanta recogiendo las cosas de la mesa y ordenado la estancia de múltiples usos. Se abriga con mantón de lana que otro tiempo fuera negro, ahora descolorido y raido.
Salen a la calle, ella tras él que en un respingo se le adelanta.
Fría noche sin luna. Dos solitarias sombras. Pisadas apagadas. Ladrar lejano.
Ya en la calle ella se arrebuja en su pobre manto, tiembla y se estremece por el silencio que oye. Él la recoge en suave abrazo bajo sus hombros, es mucho más alto y ella es menuda cual ligera pluma, ni joven ni vieja de edad incierta. Se oye un ladrido, otro que responde. Parecen quejidos a oidos suyos. Apresuran el paso. Llegan a la casa y entran, no sin antes mirar a un lado y a otro no fuera que alguien se percatara de ello. Todo está revuelto y tirado por el suelo. Él le señala a uno y otro lado y a todos los rincones. Ella coge un libro que en el suelo está y en ese momento algo cae que a los dos cambia el gesto, se miran y una leve sonrisa amanece en su semblante.
-Lo encontraste.
Es un sobre con lacre.
Rompen el lacre y sacan su contenido. A la luz de una vela los dos siguen en silencio el contenido. Murmuran en un ronroneo la lectura que estan haciendo los dos en silencio, moviendo los labios en suave siseo.
Perplejos, se miran. Una sombra cruza ante ellos y toma forma.
Sin saberlo han roto las contenciones que bajo ese sobre cerrado, lacrado, contenían ese espectro que ahora ocupa la estancia.
Rompe los cristales y en fuerte aullido que rompe el silencio de la calle sale dejando un aliendo pudente y helado.
Ese hombre y esa mujer quedan aterrorizados.
Cuando ella les dijera que abrieran ese sobre a su muerte creyeron que se trataba de una herencia que les favorecía. No hay palabras, sólo lamentos. Se sienten perdidos frente a un abismo.
Influencias de las lecturas de Douglas Coupland, 'Jpod' y 'Generación X', en esta última pasaban el rato contandose historias, yo cuento la historia que se me ha ocurrido en mi viaje y ahora he completado.
Texto publicado también en sirenasilente.
Va dando frutos este verano que para mi ya llega a su fin. Parece que estoy cogiendo el gusto a escribir sobre las cosas que visualizo.
Comienzo el proceso sin saberlo, una frase se impone en mi pensamiento y la retengo, la escribo y a partir de ella voy visualizando y siguiendo el 'hilo de ariadna' recorro el laberinto de la historia. Después me recreo en ella. La veo cómo guión literario de un corto. Me gustan los cortos y las narraciones cortas.
Comentario:
Un beso Anna/Cloe...yo tengo también un pasado blogueril ;-p





