TODAY YOUR LOVE, TOMORROW THE WORLD
Contaba yo con unos felices 15 años la primera vez que experimenté el misil de energía pop de la banda de rock norteamericana Los Ramones. Tener la edad exacta que se supone que uno ha de tener a la hora de experimentar, degustar, vivir, ayuda luego a comprender, reflexionar y volver atrás con naturalidad. A valorar y entender que las cosas tienen un lugar y un momento, que hay que exprimir al máximo el instante, los sesenta segundos que dura cada minuto, porque son irrepetibles y su valor, su precio, es incalculable.Al ritmo de un bajo demoledor, de unas letras monosilábicas escupidas con sabiduría radiofónica e instantánea bajo el golpeo veloz, rítmico de las baquetas al cruzar el aire, y siguiendo la línea sónica, aguda, cruda, rauda y feroz de una guitarra que parecía surgir de un oscuro club nocturno situado justo detrás de la esquina, allá en el cruce, en los sucios bajos fondos de la ciudad cerebelo, cuatro jóvenes neoyorquinos surgieron de la mugre para gritarle rock’n’roll al mundo. Un mundo, un planeta, un cosmos, que ya nunca volvería a ser el mismo tras esa noche de agosto, en el mítico CBGB, en el mítico 1974.
Los Ramones rompieron la escena musical que reinaba en el momento de su aparición, la partieron y la hicieron trizas, y todo sobre la base de pastillas ultra-veloces, ultra-rápidas, crudas, cortísimas, altísimas, pero extrañamente melódicas, sugestivas, fascinantes. Sus LP’s tenían la duración exacta como para ser pinchados con rabia, y bajo los efectos de cualquier sustancia nociva, en la decrepitud de un sótano clandestino, y poder huir con margen antes de cumplirse el tiempo justo que tardaría en llegar la policía. Siguiendo la estela de los vaqueros rotos impuesta ni más ni menos que por la figura mitológica, enorme, gigantesca de Richard Hell, estas sabandijas barriobajeras ataviadas con chupa de cuero negro habían llegado para darle una bofetada al sistema y para proponer, de paso, uno de los movimientos artísticos más sonados, cacareados, recordados e influyentes de la segunda mitad del siglo XX: el punk.

Hoy vuelvo a pinchar el viejo vinilo fechado en 1976 y vuelvo a escuchar con una mezcla de expectación y fervor adolescente, como la aguja recorre chirriante los surcos del disco titulado, simplemente, Ramones. De nuevo vibro con la música, con los recuerdos, con ese guitarrazo impresionante, electrizante, que se marca Johnny, rasgando el mismísmo aire, justo al comenzar la versión del Let´s Dance de Jim Lee. Otra vez sueño con las playas de Cuba, con las desventuras de un James Bond de pacotilla que recoge plátanos para dar verosimilitud a su ambientado disfraz de espía, mientras escucha con el ceño fruncido los primeros acordes de Havana Affair. Pero en esta ocasión, en particular, la banda consigue volver a emocionarme con la épica historia de la tropa de asalto nazi que grita furioso de amor la frase inmortal "¡Hoy tu Amor, Mañana el Mundo!"
THE WEST WING 032 NOËL
I. Prelude.
(Rescato, reescribo, corrijo, amplio y reedito el artículo publicado en esta bitácora con fecha de 25 de febrero de 2005 y cuyo título original venía siendo “Un Chino en la Corte del Presidente Bartlet”)
Es una de las sensaciones más curiosas que he llegado a experimentar viendo la televisión: el popular violonchelista Yo-Yo Ma actuando como invitado estelar en la magnífica teleserie El Ala Oeste de la Casa Blanca, y haciendo vibrar al casting regular que protagoniza ésta, a la par que al telespectador habitual, sobrecogido con la vibrante interpretación que nos brinda del Preludio de la Suite nº 1 para violonchelo en Sol Mayor, BWV 1007, de Johann Sebastian Bach.
Pero vayamos por partes.
II. Allemande.
The West Wing, conocida en nuestro país como El Ala Oeste de la Casa Blanca, es una serie televisiva que narra el día a día del Presidente de los Estados Unidos, un atribulado Joshia Bartlet interpretado con convicción por el actor de raíces gallegas Martin Sheen, y su equipo de colaboradores en esto de la gestión política de la única potencia mundial con la que contamos actualmente (y con permiso de los chinos, claro, que vienen pisando fuerte) A pesar de que en esta península sita al sur de los Pirineos, España, nunca hemos sido demasiado amigos de aproximaciones directas a la bandera americana, como demuestra el desprecio injusto que sienten algunos hacia los tebeos del Capitán América, vale la pena acercarse a esta producción y dejarse subyugar por su innegable calidad. Si nos libramos de prejuicios y demás complejos disfrutaremos no sólo de la alambicación argumental con la que Aaron Sorkin, creador, productor y guionista, carga la descripción de las vicisitudes cotidianas de los protagonistas de este drama político, si no también de una caracterización exquisita y un jugoso entramado de relaciones personales herederos ambos de los mejores momentos catódicos de las últimas décadas. Muchos de los argumentos o sub-argumentos que dan vida al espectáculo clavan su filo en la descripción de la lucha vital contra la adversidad: en el Ala Oeste no encontraremos macarras de pacotilla, triunfadores instantáneos o niñatas descerebradas en busca de su principe azul. El señor Sorkin -sacando así partido de los decorados creados para la reseñable película, por él escrita, The American President, y dirigida en 1999 por Rob Reiner- ha procurado y se ha preocupado de llenar nuestras pantallas con la descripción seres humanos reales. Con los sentimientos, preocupaciones, reflexiones, vidas al fin y al cabo, de personas que han tenido que trabajar duro, muy duro, para llegar hasta donde han llegado y más aún para mantenerse ahí.III. Courante.
Las seis suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach, organista y compositor alemán encuadrable en el período barroco, y nacido el 21 de marzo de 1685 en Eisenach, Turingia, configuran una de las experiencias más elevadas y absorventes, profundas y hermosas, que he tenido el placer de degustar. Muchos amigos de la denominada música clásica declaran sin reflejar la más mínima duda en sus introspectivos y reflexivos rostros que una buena grabación de dichas piezas sería suficiente para sobrevivir felizmente en el caso de padecer exilio forzoso en la archifamosa isla desierta de la archisabida cuestión coloquial. Aunque fueron conocidas desde su creación, entre 1720 y 1725, no se les concedió la importancia musical de que gozan hoy en día hasta que el maestro Pau Casals, intérprete y director de orquesta nacido el 29 de diciembre de 1876, las fijó definitivamente en el nivel que les corresponde y que merecen despues de dedicarles más de diez años de estudio.

La grabación realizada por el cruzado musical catalán en la década de los 30, -disponible con el título de Bach: Cello Suiten, bajo el sello Emi Classics, y por algo menos de 25 euros en el momento de escribir estas líneas-, ha sido destacada por la crítica musical como una de las más perfectas jamás grabadas. Personalmente, y concediendo que es quizá una interpretación algo romántica de Casals sobre la obra de Johann Sebastian Bach para lo que se estila en nuestros días, debo señalar que se percibe en su escucha la generación emocionante de un trabajo de amor y pasión, la germinación de una semilla robusta de dedicación absoluta y obsesiva y su maduración en forma de música inmortal. Con esta huella, uno de los tres Pablos que nos dejara allá por 1973, -junto a Picasso y Neruda- marca y graba a fuego su nombre en la posteridad con notas musicales. Otros intérpretes destacados de las seis suites para chelo han sido, y son, Pierre Fournier -Bach: 6 Suiten für Violoncello solo-, Anner Bylsma -Bach: Suites (6) for Violoncello Solo- o, claro, el popular chelista que co-protagoniza este documento.
IV. Sarabande.
Yo- Yo Ma, hijo de emigrantes chinos en el París de 1955, comenzó a estudiar violonchelo a los cuatro años. Su concepto de la música, como medio de comunicación y vehículo para el intercambio de ideas a través de la diversidad cultural de nuestro planeta, le ha llevado a una contínua exploración de formulas musicales más allá de la tradición occidental. Sus enérgicas interpretaciones, entre las que se encuentran las mencionadas suites, disponibles bajo la etiqueta del sello Sony y con el título de Six Unaccompanied Cello Suites, grabación fechada en 1983, estimulan nuestra maltratada capacidad de imaginar y le han hecho merecedor del más amplio reconocimiento popular. De entre el grueso de su obra, y ya en el terreno audiovisual, es de destacar la serie de seis videos titulada Yo-Yo Ma Inspired by Bach, -de la que también existe una excelente versión exclusivamente sonora con el título de The Cello Suites Inspired By Bach, From The Six-Part Film Series-, para la que contó con la colaboración de cineastas como Atom Egoyan (Yo-Yo Ma Inspired by Bach: Sarabande, filmación fechada en 1997) y en la cual rinde homenaje al indispensable y fundamental organista y compositor alemán, mencionado como inspirador en ambos títulos, a través de seis filmaciones donde se estudia el fenómeno del proceso creativo al mostrar la conjunción interdisciplinar de músicos con otros artistas pertenecientes a diversos terrenos creativos, como la jardinería o la animación en tres dimensiones, para practicar la exploración de un tema conjunto o compartido.
V. Menuetto I & II.
Aaron Sorkin compone en el décimo capítulo de la segunda temporada televisiva de The West Wing, significativamente titulado Noël, una inteligente, emotiva, profunda e impactante historia sobre las consecuencias psicológicas y emocionales del fuerte impacto causado por el ataque terrorista, intento de asesinato, o sus daños colaterales, sufridas por uno de lo integrantes del equipo de trabajo del Presidente de los Estados Unidos: un espléndido Bradley Whitford, a quien tuvimos la fortuna de conocer como traumatizado padre de familia en la no menos brillante teleserie Urgencias, ER, en el papel del ahora comprensiblemente estresado jefe de gabinete Josh Lymann. Dos son los puntales sobre los que se sostiene la arquitectura dramática del resultado final. - Por una parte, los trabajados, incisivos, inteligentes diálogos a los que nos tiene acostumbrados el brillante trabajo del productor, creador y guionista del show, que en esta ocasión tienen su parte más afilada y pulida, quizá, en la entrevista llevada a cabo entre el mencionado jefe de gabinete y el psiquiatra Stanley Keyworth, interpretado para la ocasión por Adam Arkin (el Adam de Doctor en Alaska, otro excepcional serial televisivo)
- Y, por otro lado, la refrescante combinación, o incluso simbiosis, entre la soberbia interpretación que nos brinda el especialísimo invitado estelar a la celebración de la Navidad en la Casa Blanca, el violonchelista Yo-Yo Ma, sobre la base del Preludio de la Suite nº 1 para violonchelo en Sol Mayor, BWV 1007, de Johann Sebastian Bach, y los momentos climáticos, la catársis del relato que, por momentos, semeja fusionarse con la pieza musical como si de una misma escritura o partitura se tratase, como si en el fondo, por debajo de las comunes, ordinarias, habituales, conocidas palabras, y aún más, de la vida misma, ardiese en secreto el fuego, el lenguaje, el ritmo universal y preternatural de la música, de las composiciones preclaramente vislumbradas en su momento por el inalcanzable genio del imprescindible, fundamental, sobrenatural compositor alemán...
... ¿Caja tonta?
EL FOLIO EN BLANCO, POR LA MAÑANA
Rinaldo Alessandrini arranca de nuevo una interpretación extraordinaria, espiritual, casi mística, de Concerto Italiano sobre la base del Quinto Libro de Madrigales de Claudio Monteverdi. Las disonancias vocales, intensas, expresivas, sorprendentes, llenan la atmósfera blanca de la habitación mientras surge, como un chorro, de una taza de té verde, olor a menta fresca, embriagador. El tanino recubre el interior de la superficie del recipiente, tiñendo con una fina capa la cerámica, con un tono vegetal, oscuro y sabio, antiguo y ancestral.
Comienza a amanecer, a mi izquierda, y la luz amarillo eléctrica de las farolas continúa, todavía, señalando el camino a jóvenes faunos, adolescentes, que andarán ya de vuelta al hogar, tras el exceso triste de una noche, de ansiosa y perdida búsqueda vital, de mal entendida, descafeinada y adulterada orgía báquica, festín de plástico... Es un momento hermoso: todavía puede verse la luna pálida, espectral, sobre la playa, reflejada en el oscuro, insondable mar. La civilización comienza a despertar y una sensación irreal de duermevela se apodera de la consciencia. El aire de la madrugada es frío y cortante aquí, en el norte, pero el cuerpo parece no haberse dado cuenta, todavía. Parece como si continuase aún a bordo de las sábanas mullidas de la cama, viajando lentamente, lentamente, por un mundo de ensueño, misterio, fantasía, asfalto, hormigón, hierro y cables, ...
Comienza a amanecer, a mi izquierda, y la luz amarillo eléctrica de las farolas continúa, todavía, señalando el camino a jóvenes faunos, adolescentes, que andarán ya de vuelta al hogar, tras el exceso triste de una noche, de ansiosa y perdida búsqueda vital, de mal entendida, descafeinada y adulterada orgía báquica, festín de plástico... Es un momento hermoso: todavía puede verse la luna pálida, espectral, sobre la playa, reflejada en el oscuro, insondable mar. La civilización comienza a despertar y una sensación irreal de duermevela se apodera de la consciencia. El aire de la madrugada es frío y cortante aquí, en el norte, pero el cuerpo parece no haberse dado cuenta, todavía. Parece como si continuase aún a bordo de las sábanas mullidas de la cama, viajando lentamente, lentamente, por un mundo de ensueño, misterio, fantasía, asfalto, hormigón, hierro y cables, ...
De qué color es el horizonte infinito, de madrugada, apoyado en la barandilla--
--que da al Océano Atlántico, bajo la protección de la ciudad, al filo del mes de octubre...
YO FUI BUDDY BRADLEY (¡!)
Pues sí. Como lo leen, y como reza el título: yo fui Buddy Bradley. O, al menos, uno de sus bulliciosos, veinteañeros y alocados “colegas”. El caso es que el ácido y desternillante tebeo dedicado a narrar las vicisitudes cotidianas de dicho personaje, persona, estereotipo o abstracción, creado y magistralmente desarrollado por el superdotado autor de historieta norteamericano Peter Bagge, no funciona, tal y como se concede a otras series, como profunda y curiosa metáfora que venga a retratar de forma tangencial los modos y costumbres de un determinado sector social en un lugar y una época muy concretos. Hate, la serie publicada a partir del año 1989 por la editorial norteamericana Fantagraphics, y que en España ha sido traducida como Odio, merced a una agradecida labor de edición, y reedición, de Ediciones La Cúpula, hace todo lo que se menciona en la anterior oración por la vía directa, sin retruécanos, sin alegorías, sin disfraces, sin ambivalencias ni dobles sentidos, sin más miramientos que el sosegado ir y venir de las páginas, de las viñetas, de la tinta y se constituye, así, en un documento sociológico de primer orden, en un retrato vivo y fiel de la condición humana.Encontré mi primer ejemplar de Odio, o me encontró él a mí, que estas cosas nunca se saben, a eso de los veinte años recién cumplidos. Me lo topé, les decía, y ya tiene delito la cosa, sin buscarlo, en el piso de un “colega”, en el espacio de su habitación, un sábado por la tarde, mientras dábamos cuenta de unas buenas “garimbas” y escuchábamos alguno de esos discos que se suelen escuchar cuando uno anda de vacaciones entre cursos universitarios, ya saben: T Rex, David Bowie, los Ramones, la Creedence... recuerdo que aquel día habíamos quedado con unas chavalas para irnos a "La Fiesta de los Botes" en la localidad gallega de Arzúa, que no deben ustedes de dejar de visitar, si es que, por ejemplo, les gusta el queso. Nosotros íbamos a lo nuestro, que en aquellos días, o noches, eran los conciertos ruidosos, sudorosos, las chupas de cuero y cremalleras, a festa rachada y los Sex Museum siempre, siempre, no me pregunten porqué, siempre los Sex Museum... Y ahí estaba, así se presentó, el bueno de Buddy Bradley, hablándome de tú a tú, de colega a colega, y cigarro tras cigarro, desde las páginas después mil veces releídas de un volumen uno con fecha de, ay, 1995, y con traducción y artículo introductorio, sí, de Hernán Migoya.
(De paso, y ya que estamos, déjenme que les comente que aquel “colega”, sospechosamente, cumplía todos los requisitos necesarios para representar el papel de uno de los personajes secundarios más característicos del mencionado tebeo, Apestoso, pero no le digan nada, por si las moscas...)
Ha pasado ya una década y el mundo ha girado y dado vueltas. Hace más o menos un mes, y en una de esas revisiones periódicas y placenteras que se da uno el lujo de realizar de vez en cuando sobre la totalidad del número de volúmenes de su biblioteca en permanente crecimiento, observé con una mezcla de tristeza y ansiedad que todavía no había adquirido, leído, releído y archivado en la estantería habilitada al efecto los dos últimos ejemplares, el 12 y el 13, de la edición en castellano de esta serie de la que estamos hablando, aquí y ahora, así que decidí hacerles un hueco en mi listado mensual, y habitual, de compras electrónicas. Y en esas estamos: recién devoradas, pero también degustadas, las últimas entregas del nada complaciente Odio de Peter Bagge, puedo decir que, salvando las distancias y a excepción de pequeños detalles coyunturales y sin importancia, la vida sigue siendo, después de todo, y tras las inevitables consecuencias y mutaciones que trae consigo el inexorable paso del tiempo, maldita sea, bastante parecida a una historieta protagonizada por Buddy Bradley (¡!)
UN SUEÑO (Y LAS BALADAS DE CHOPIN)
Las piernas se mueven, raudas; las sienes se clavan, fijas, allá en el horizonte, bisectriz y rosa, anaranjado. Y las losas de piedra milenaria crían musgo. Alrededor se extienden explanadas, vegetación y verde, espinaca. Arriba, en el cielo, el éter azul frío del alba, violeta, resplandece y llena. Es el norte, la humedad, la vida, la línea climática del estío, otoño. Y huele a hierba fresca, a preclaro, a campo. Al frente, en la distancia, un arco romano de piedra espera, tranquilo, sabio. No hay cuerpo, ni miembros, ni pies, ni piernas. Tan sólo una visera, transparente, suspendida, ceñuda, de color de brandy, cuando reposa, con suavidad, en el fondo de una copa, frente al fuego.
Y la velocidad endiablada...
... y observo mi silueta reflejada, en tiza blanquecina, sobre una oscura y gastada pizarra, en un amplio y pintoresco, antiguo callejón. La mirada es viva, curiosa; el cabello rubio, poco largo, descuidado, adolescente; y los rasgos aniñados, suaves, poco pronunciados. Decido que quiero dejarme ALAS, y así lo hago: brotan a mi espalda, como chorros, níveas, elegantes. Y se elevan. Por encima. Y hacia arriba. Las extiendo. Asciendo. Con los ojos clavados en el cielo, bisectriz, y deseo, ahora, que mis plumas sean fuego... y así es. Y giro. Despacio, tranquilo, sobre mí mismo. Sin bajar la vista. Siempre hacia arriba. Y observo el rastro ceniciento, ígneo, anaranjado, sedante Lucifer, que voy trazando mientras danzo, sobre el vacío azul celeste de mis sueños...
Y la velocidad endiablada...
... y observo mi silueta reflejada, en tiza blanquecina, sobre una oscura y gastada pizarra, en un amplio y pintoresco, antiguo callejón. La mirada es viva, curiosa; el cabello rubio, poco largo, descuidado, adolescente; y los rasgos aniñados, suaves, poco pronunciados. Decido que quiero dejarme ALAS, y así lo hago: brotan a mi espalda, como chorros, níveas, elegantes. Y se elevan. Por encima. Y hacia arriba. Las extiendo. Asciendo. Con los ojos clavados en el cielo, bisectriz, y deseo, ahora, que mis plumas sean fuego... y así es. Y giro. Despacio, tranquilo, sobre mí mismo. Sin bajar la vista. Siempre hacia arriba. Y observo el rastro ceniciento, ígneo, anaranjado, sedante Lucifer, que voy trazando mientras danzo, sobre el vacío azul celeste de mis sueños...
THE AMAZING SPIDER-MAN
Introducción.
El término comic book se usa, entre los aficionados al tebeo, para definir una publicación de entre dieciocho y veinticuatro páginas encuadernadas en grapa. Suele ser el formato escogido para contener la serialización de títulos de larga trayectoria y de lectura rápida e intranscendente siendo el género estrella el de las aventuras de superhéroes. Mezcla de ciencia-ficción, serie negra, comedia adolescente o fantasía, dependiendo del título al que nos acerquemos, las historietas de héroes con habilidades más allá del común de la humanidad llevan publicándose en los EE. UU., su país de origen, desde el año 1938, fecha en la cual Clark Kent saltaba desde las páginas del primer número de la revista Action Comics, vestido de rojo y azul, y portando la égida dorada de Superman en el pecho.
Dentro de este género, o subgénero, de aventuras secuenciadas en viñetas, destacan, por su impacto, importancia y popularidad, las publicaciones de la DC Comics, siglas correspondientes al tebeo en el cual vió la luz el mito de Batman -Detective Comics- y las ediciones de la todopoderosa Marvel Comics, responsable de editar las andanzas de Spiderman, Hulk o la Patrulla-X, entre otros. Este último sello, tras dar la campanada con la creación de series como Fantastic Four (1961) o Amazing Spider-Man (1963) tuvo su época de esplendor y gloria entre los años 1965 y 1975, viviendo una añorada edad de oro, en la que vino a confirmar, ampliar y apuntalar la popularidad creciente de sus personajes bidimensionales y viñetas en cuatricromía gracias al trabajo de una serie de artistas de inmensa calidad y profesionalidad que vivían, por aquel entonces, un simultáneo período de bonanza creativa.
I.
Si hay una serie representativa del proceso evolutivo a que se han visto sometidos los tebeos publicados por la Marvel desde el inicio de su época dorada, ésta es la ya mencionada The Amazing Spider-Man. Su protagonista fue creado por el guionista Stan Lee y el dibujante Steve Ditko en el número 15 de la fenecida revista Amazing Fantasy, editado durante el verano de 1962. En contraposición a los brillantes y varoniles héroes de mandíbula cuadrada que abundaban por aquella época, Peter Parker no es más que un adolescente insignificante e introvertido que, mediante la picadura de una araña envenenada por radiación, pasa a adquirir asombrosas y bizarras habilidades sobrehumanas. Embriagado de la lógica sensación de poder y autosuficiencia que este extraño giro del destino le otorga, el joven superhéroe aprende por las malas a cargar con las responsabilidades que trae aparejadas la inusual circunstancia. Ante el singular éxito de la sugerente propuesta, la editora decidió concederle serie propia a partir del mes de marzo del año 1963 manteniendo como responsable artístico al equipo creativo original. Fueron 38 números brillantes, o 40 si contamos los especiales de periodicidad anual, con un Ditko en constante evolución que pasó de sentar las bases de la tira, en un primer momento, a componer relatos inolvidables como la trilogía del Planeador Maestro que, todavía hoy, sigue siendo aclamada como la mejor historia del superhéroe arácnido jamás contada y como posible o probable cima artística y temática de la serie y de la metáfora adolescente en que devino el encadenamiento sucesivo, artesano y expresivo de la viñeta ditkiana. A destacar, y dentro del mencionado tríptico, las páginas iniciales de la historia titulada, con preclaridad certera, "¡Capítulo Final!", publicada en el número 33 de la revista, las cuales constituyen un auténtico prodigio de sencillez y eficacia narrativa y una lección inolvidable de como usar el tebeo, la viñeta, la página, como medio de expresión artística para trasladar tensión, sentimiento y emoción al hipnotizado lector.
II.
El mes de julio de 1966, y por desavenencias creativas con el guionista Stan Lee, el insigne artista y creador Steve Ditko decide abandonar la serie dando por cerrado uno de los capítulos más recordados de la historia del comic book norteamericano siendo sustituido, a partir del número 39, por el dibujante John Romita. Este último, con una dilatada experiencia en el terreno de la comedia romántica a sus espaldas, da comienzo a una nueva etapa siguiendo primero los pasos marcados por su predecesor para pasar a mostrar, de forma paulatina pero firme, una enorme capacidad artística que dotaría al protagonista de la strip de sus rasgos gráficos más característicos y reconocibles. Bajo su lápiz claro, clásico y atractivo, The Amazing Spider-Man vivió un particular proceso de evolución, pasando a integrar temáticas de corte más o menos adulto -como, por ejemplo, las revueltas estudiantiles de finales de los sesenta- en una narración que iba derivando de forma más o menos tambaleante hacia la comedia de situación o melodrama adolescente.
Mención aparte merece la brillante labor del dibujante Gil Kane, el cual, y a pesar de que no suele ser mencionado como autor titular de la serie, vino a suplir las cada vez más frecuentes ausencias del maestro Romita con un lápiz moderno, detallista y cuidado, con una composición de página rompedora e impactante, al menos en comparación con lo que se venía haciendo por lo común en la strip o en la propia editorial, y con una narrativa dinámica y refrescante que, a día de hoy, semeja haber sobrevivido y envejecido mucho mejor que la del resto de sus compañeros de línea. Es este un artista por el que tengo una debilidad especial, y no debo de ser el único, ya que durante el transcurso de los años felices y clásicos de The Amazing Spider-Man fue él, y no John Romita, el encargado de dar vida con sus impagables ilustraciones a las aventuras más recordadas de la saga de Peter Parker. Momentos de tragedia que, siguiendo la tónica habitual de la serie, no se limitaban a amargar las intervenciones públicas del enmascarado, si no que además tenían consecuencias, y graves, sobre el ámbito personal o privado de la vida del ya, con el transcurrir de los años, universitario héroe.
III.
Tras mantenerse durante la nada despreciable suma de 110 capítulos y 10 años firmando los argumentos de la tira, con una única y breve interrupción de cuatro notables entregas a cargo del por aquel entonces excelente guionista Roy Thomas, el legendario Stan Lee, co-creador de la práctica totalidad de las series que integraron el nacimiento y eclosión de lo que se ha dado a conocer como "Universo Marvel", acuciado y asfixiado como estaba por el incremento en progresión geométrica de sus responsabilidades como editor y mascarón de proa de la empresa, decide dejar el destino de Peter Parker en manos del recién llegado y novel escritor Gerry Conway. El relevo se produce a la altura del capítulo 111, todavía con lápices del anteriormente mencionado John Romita, y adquiere caracteres de proceso paulatino pues no es hasta pasados unos meses que la serie comienza a tomar nuevos rumbos y mostrar diferente personalidad completándose el cambio con la llegada del nuevo dibujante Ross Andru.
Es el trabajo realizado por el dúo formado por Conway y Andru, construido sobre la base de los hallazgos llevados a cabo por sus predecesores, recordado por muchos como el momento cúlmen de la serie o como representante de lo que se ha venido a denominar como el Spiderman “definitivo”. El guionista, seguidor pretérito de la strip, y que cuenta en aquellas fechas con la edad media del lector universitario al que se dirige, urde una trama compleja e inteligente que desarrolla a partir de diversos recursos narrativos tratados con indudable eficacia -como, por ejemplo, la adopción del punto de vista subjetivo con respecto al desarrollo temporal de la acción en el número 125- que se ven plasmados por los sorprendentemente efectivos lápices de un dibujante en forma que se amolda al género superheroico como el guante proverbial. A destacar, también, la introducción de personajes cómo el Castigador, un mercenario veterano de la guerra del Viet Nam, o la Tarántula, ex miembro de un grupo revolucionario sudamericano que pasa a convertirse en “soldado de fortuna” tras traicionar a la guerrilla como superhéroe al servicio del estado fascista contra el que en un principio se había rebelado. Son sin duda personajes estos de un tono decididamente más adulto de lo que se había visto hasta el momento, y que muy bien podrían venir a metaforizar realidades político-sociales de la época en contraposición a los más imaginativos y fantásticos caracteres presentados durante los primeros años de la serie. Es esta etapa de Amazing Spider-Man ejemplo perfecto de hasta donde puede llegar el subgénero superheroico en su recorrido hacia la edad adulta antes de sobrepasar el punto de no retorno y acabar perdiendo sus puntos de apoyo, sus características básicas.
La colaboración entre Gerry Conway y Ross Andru se cierra con un magnífico, impresionante e inolvidable broche de oro en forma de última página que, retrotrayéndonos en su esquema y simetría al epílogo realizado veintisiete capítulos antes, en el punto de partida de la saga, viene a dejarnos bien a las claras que es lo que nos han estado contado realmente los autores, y de que nos han estado hablando, por si algún lector despistado, que haberlos haylos, todavía no se había enterado: de la metáfora adolescente, de la persona que se es y de la persona que se querría ser, de la evolución, la madurez y del dolor del crecimiento, del cambio y de la final aceptación de uno mismo. Porque de eso trata, y no de otra cosa, el tebeo protagonizado por el Hombre Araña. Así lo entendió el mencionado guionista, y así lo entendí yo, como lector, en su momento, y es por ello por lo que su trabajo en la serie se me antoja como definitivo, como punto y aparte o, quizá, como punto y final.
Epílogo.
Cierto es que, con el transcurso de los años, y con la supervivencia de la strip, más su transformación paulatina en rentable franquicia económica, lo cual derivó en la multiplicación inmisericorde de series dedicadas al personaje o derivados, pudo verse, y todavía puede hacerse, no lo dudo, a autores de talento narrando alguna que otra correcta sucesión de historietas con Peter Parker como atribulado protagonista. Sucedió en la década de los ochenta con el equipo artístico formado por el guionista Roger Stern y el dibujante John Romita Jr, hijo, sí, del antiguo baluarte gráfico del tebeo. Sucedió, de nuevo, cuando el injustamente olvidado Jean Marc deMatteis nos contó "La Última Cacería de Kraven" y me dicen por ahí que un tal Joe Michael Straczynski, guionista televisivo en cuyo currículo destaca con letras de oro la creación y desarrollo de una de las mejores novelas catódicas de ciencia ficción jamás vistas, Babilón 5, ha conseguido últimamente levantar un poco la moral del lector, al menos durante sus primeras entregas al frente de la serie.
Pero, desde mi subjetiva apreciación, la historia de Spiderman se cerró con la marcha de Gerry Conway en el capítulo 149, y con fecha de portada de octubre de 1975: el personaje no tiene más que contarnos y su discurso ya ha sido pronunciado. A partir de ahí sólo caben la repetición y/o la degradación, la adulteración del producto, del mensaje original. Incluso los buenos momentos mencionados en el párrafo anterior no dejan de ser más que retornos ocasionales al personaje, revisitaciones puntuales que sólo se entienden en clave de nostalgia, y que palidecen inevitablemente ante los logros artísticos y las cumbres narrativas alcanzadas durante los primeros ciento cincuenta números de la serie The Amazing Spider-Man.
El término comic book se usa, entre los aficionados al tebeo, para definir una publicación de entre dieciocho y veinticuatro páginas encuadernadas en grapa. Suele ser el formato escogido para contener la serialización de títulos de larga trayectoria y de lectura rápida e intranscendente siendo el género estrella el de las aventuras de superhéroes. Mezcla de ciencia-ficción, serie negra, comedia adolescente o fantasía, dependiendo del título al que nos acerquemos, las historietas de héroes con habilidades más allá del común de la humanidad llevan publicándose en los EE. UU., su país de origen, desde el año 1938, fecha en la cual Clark Kent saltaba desde las páginas del primer número de la revista Action Comics, vestido de rojo y azul, y portando la égida dorada de Superman en el pecho.
Dentro de este género, o subgénero, de aventuras secuenciadas en viñetas, destacan, por su impacto, importancia y popularidad, las publicaciones de la DC Comics, siglas correspondientes al tebeo en el cual vió la luz el mito de Batman -Detective Comics- y las ediciones de la todopoderosa Marvel Comics, responsable de editar las andanzas de Spiderman, Hulk o la Patrulla-X, entre otros. Este último sello, tras dar la campanada con la creación de series como Fantastic Four (1961) o Amazing Spider-Man (1963) tuvo su época de esplendor y gloria entre los años 1965 y 1975, viviendo una añorada edad de oro, en la que vino a confirmar, ampliar y apuntalar la popularidad creciente de sus personajes bidimensionales y viñetas en cuatricromía gracias al trabajo de una serie de artistas de inmensa calidad y profesionalidad que vivían, por aquel entonces, un simultáneo período de bonanza creativa.
I.
Si hay una serie representativa del proceso evolutivo a que se han visto sometidos los tebeos publicados por la Marvel desde el inicio de su época dorada, ésta es la ya mencionada The Amazing Spider-Man. Su protagonista fue creado por el guionista Stan Lee y el dibujante Steve Ditko en el número 15 de la fenecida revista Amazing Fantasy, editado durante el verano de 1962. En contraposición a los brillantes y varoniles héroes de mandíbula cuadrada que abundaban por aquella época, Peter Parker no es más que un adolescente insignificante e introvertido que, mediante la picadura de una araña envenenada por radiación, pasa a adquirir asombrosas y bizarras habilidades sobrehumanas. Embriagado de la lógica sensación de poder y autosuficiencia que este extraño giro del destino le otorga, el joven superhéroe aprende por las malas a cargar con las responsabilidades que trae aparejadas la inusual circunstancia. Ante el singular éxito de la sugerente propuesta, la editora decidió concederle serie propia a partir del mes de marzo del año 1963 manteniendo como responsable artístico al equipo creativo original. Fueron 38 números brillantes, o 40 si contamos los especiales de periodicidad anual, con un Ditko en constante evolución que pasó de sentar las bases de la tira, en un primer momento, a componer relatos inolvidables como la trilogía del Planeador Maestro que, todavía hoy, sigue siendo aclamada como la mejor historia del superhéroe arácnido jamás contada y como posible o probable cima artística y temática de la serie y de la metáfora adolescente en que devino el encadenamiento sucesivo, artesano y expresivo de la viñeta ditkiana. A destacar, y dentro del mencionado tríptico, las páginas iniciales de la historia titulada, con preclaridad certera, "¡Capítulo Final!", publicada en el número 33 de la revista, las cuales constituyen un auténtico prodigio de sencillez y eficacia narrativa y una lección inolvidable de como usar el tebeo, la viñeta, la página, como medio de expresión artística para trasladar tensión, sentimiento y emoción al hipnotizado lector. II.
El mes de julio de 1966, y por desavenencias creativas con el guionista Stan Lee, el insigne artista y creador Steve Ditko decide abandonar la serie dando por cerrado uno de los capítulos más recordados de la historia del comic book norteamericano siendo sustituido, a partir del número 39, por el dibujante John Romita. Este último, con una dilatada experiencia en el terreno de la comedia romántica a sus espaldas, da comienzo a una nueva etapa siguiendo primero los pasos marcados por su predecesor para pasar a mostrar, de forma paulatina pero firme, una enorme capacidad artística que dotaría al protagonista de la strip de sus rasgos gráficos más característicos y reconocibles. Bajo su lápiz claro, clásico y atractivo, The Amazing Spider-Man vivió un particular proceso de evolución, pasando a integrar temáticas de corte más o menos adulto -como, por ejemplo, las revueltas estudiantiles de finales de los sesenta- en una narración que iba derivando de forma más o menos tambaleante hacia la comedia de situación o melodrama adolescente.
Mención aparte merece la brillante labor del dibujante Gil Kane, el cual, y a pesar de que no suele ser mencionado como autor titular de la serie, vino a suplir las cada vez más frecuentes ausencias del maestro Romita con un lápiz moderno, detallista y cuidado, con una composición de página rompedora e impactante, al menos en comparación con lo que se venía haciendo por lo común en la strip o en la propia editorial, y con una narrativa dinámica y refrescante que, a día de hoy, semeja haber sobrevivido y envejecido mucho mejor que la del resto de sus compañeros de línea. Es este un artista por el que tengo una debilidad especial, y no debo de ser el único, ya que durante el transcurso de los años felices y clásicos de The Amazing Spider-Man fue él, y no John Romita, el encargado de dar vida con sus impagables ilustraciones a las aventuras más recordadas de la saga de Peter Parker. Momentos de tragedia que, siguiendo la tónica habitual de la serie, no se limitaban a amargar las intervenciones públicas del enmascarado, si no que además tenían consecuencias, y graves, sobre el ámbito personal o privado de la vida del ya, con el transcurrir de los años, universitario héroe.
III.
Tras mantenerse durante la nada despreciable suma de 110 capítulos y 10 años firmando los argumentos de la tira, con una única y breve interrupción de cuatro notables entregas a cargo del por aquel entonces excelente guionista Roy Thomas, el legendario Stan Lee, co-creador de la práctica totalidad de las series que integraron el nacimiento y eclosión de lo que se ha dado a conocer como "Universo Marvel", acuciado y asfixiado como estaba por el incremento en progresión geométrica de sus responsabilidades como editor y mascarón de proa de la empresa, decide dejar el destino de Peter Parker en manos del recién llegado y novel escritor Gerry Conway. El relevo se produce a la altura del capítulo 111, todavía con lápices del anteriormente mencionado John Romita, y adquiere caracteres de proceso paulatino pues no es hasta pasados unos meses que la serie comienza a tomar nuevos rumbos y mostrar diferente personalidad completándose el cambio con la llegada del nuevo dibujante Ross Andru.
Es el trabajo realizado por el dúo formado por Conway y Andru, construido sobre la base de los hallazgos llevados a cabo por sus predecesores, recordado por muchos como el momento cúlmen de la serie o como representante de lo que se ha venido a denominar como el Spiderman “definitivo”. El guionista, seguidor pretérito de la strip, y que cuenta en aquellas fechas con la edad media del lector universitario al que se dirige, urde una trama compleja e inteligente que desarrolla a partir de diversos recursos narrativos tratados con indudable eficacia -como, por ejemplo, la adopción del punto de vista subjetivo con respecto al desarrollo temporal de la acción en el número 125- que se ven plasmados por los sorprendentemente efectivos lápices de un dibujante en forma que se amolda al género superheroico como el guante proverbial. A destacar, también, la introducción de personajes cómo el Castigador, un mercenario veterano de la guerra del Viet Nam, o la Tarántula, ex miembro de un grupo revolucionario sudamericano que pasa a convertirse en “soldado de fortuna” tras traicionar a la guerrilla como superhéroe al servicio del estado fascista contra el que en un principio se había rebelado. Son sin duda personajes estos de un tono decididamente más adulto de lo que se había visto hasta el momento, y que muy bien podrían venir a metaforizar realidades político-sociales de la época en contraposición a los más imaginativos y fantásticos caracteres presentados durante los primeros años de la serie. Es esta etapa de Amazing Spider-Man ejemplo perfecto de hasta donde puede llegar el subgénero superheroico en su recorrido hacia la edad adulta antes de sobrepasar el punto de no retorno y acabar perdiendo sus puntos de apoyo, sus características básicas.
La colaboración entre Gerry Conway y Ross Andru se cierra con un magnífico, impresionante e inolvidable broche de oro en forma de última página que, retrotrayéndonos en su esquema y simetría al epílogo realizado veintisiete capítulos antes, en el punto de partida de la saga, viene a dejarnos bien a las claras que es lo que nos han estado contado realmente los autores, y de que nos han estado hablando, por si algún lector despistado, que haberlos haylos, todavía no se había enterado: de la metáfora adolescente, de la persona que se es y de la persona que se querría ser, de la evolución, la madurez y del dolor del crecimiento, del cambio y de la final aceptación de uno mismo. Porque de eso trata, y no de otra cosa, el tebeo protagonizado por el Hombre Araña. Así lo entendió el mencionado guionista, y así lo entendí yo, como lector, en su momento, y es por ello por lo que su trabajo en la serie se me antoja como definitivo, como punto y aparte o, quizá, como punto y final.
Epílogo.
Cierto es que, con el transcurso de los años, y con la supervivencia de la strip, más su transformación paulatina en rentable franquicia económica, lo cual derivó en la multiplicación inmisericorde de series dedicadas al personaje o derivados, pudo verse, y todavía puede hacerse, no lo dudo, a autores de talento narrando alguna que otra correcta sucesión de historietas con Peter Parker como atribulado protagonista. Sucedió en la década de los ochenta con el equipo artístico formado por el guionista Roger Stern y el dibujante John Romita Jr, hijo, sí, del antiguo baluarte gráfico del tebeo. Sucedió, de nuevo, cuando el injustamente olvidado Jean Marc deMatteis nos contó "La Última Cacería de Kraven" y me dicen por ahí que un tal Joe Michael Straczynski, guionista televisivo en cuyo currículo destaca con letras de oro la creación y desarrollo de una de las mejores novelas catódicas de ciencia ficción jamás vistas, Babilón 5, ha conseguido últimamente levantar un poco la moral del lector, al menos durante sus primeras entregas al frente de la serie.
Pero, desde mi subjetiva apreciación, la historia de Spiderman se cerró con la marcha de Gerry Conway en el capítulo 149, y con fecha de portada de octubre de 1975: el personaje no tiene más que contarnos y su discurso ya ha sido pronunciado. A partir de ahí sólo caben la repetición y/o la degradación, la adulteración del producto, del mensaje original. Incluso los buenos momentos mencionados en el párrafo anterior no dejan de ser más que retornos ocasionales al personaje, revisitaciones puntuales que sólo se entienden en clave de nostalgia, y que palidecen inevitablemente ante los logros artísticos y las cumbres narrativas alcanzadas durante los primeros ciento cincuenta números de la serie The Amazing Spider-Man.
EL CIRCO POLÍTICO: PAYASOS EN LAS GRADAS
Tras el breve parón sufrido durante el mes de agosto en la redacción de notas personales más o menos coloristas a editar en este Cable Canal Tasco he tomado la decisión de ir dejando de lado de forma más o menos tajante y quizá sin vuelta atrás comentarios en la línea de temáticas relacionadas con política, ideologías de todo signo y demás cuestiones afines. El motivo es en realidad muy sencillo y es que, tras haber dado un par de vueltas por esto de la blogosfera hispana, haber participado un poco aquí y allí, haber opinado, pensado, razonado y, sobre todo, leído mucho, cada vez estoy más convencido de que ciertos temas y debates no van mucho más allá de aquella famosa discusión sobre el sexo de los ángeles que se planteó hace ya unos cuantos siglos en un lugar llamado Bizancio... Discusión, o distracción, de nefastas consecuencias. O eso me han contado.El problema, y grave, es que desde entonces no hemos avanzado ni un palmo. Seguimos rindiendo culto al circo romano representado actualmente a través de señales radiotelevisivas que pueden, y suelen, ablandar nuestro intelecto y rebajarlo a un nivel ínfimo a la vez que el trozo de pan que nos tira el nuevo Emperador llena nuestro estómago. Como en las antiguas construcciones de piedra y arena escogemos nuestro gladiador arbitrariamente y chillamos por él, aplaudimos sus trampas y zancadillas mientras abucheamos al contrario y exigimos su sacrificio de forma irreflexiva. Y no estoy hablando ahora de estadios de fútbol, no, si no de otros establecimientos, supuestamente más serios y graves, pero hoy vergonzosamente vociferantes, que se nos muestran con carácter previo en los telediarios a la hora de venir a llenar de paja nuestras vacías horas, minutos y segundos.
Hoy, en pleno siglo XXI, los seres humanos “racionales” somos más cerrados y cerrilmente partidistas que nunca, incapaces de ver lo que tenemos delante de nuestras narices, de juzgar con objetividad o, en caso contrario, de callar y escuchar a la opinión más autorizada. Somos cada vez más groseros, más parte del vulgo más vulgar, y además, exigimos cortesía y buena educación a cambio, a gritos. No somos capaces, por otro lado, de entender que ese señor sonriente, socarrón, y de corbata recién planchada, que sale por la tele, no es infalible ni le debemos nada si no que, más bien al contrario, nos debe mucho él a nosotros y que flaco favor le hacemos a la sociedad, a la inteligencia, al futuro y a nuestros hijos si decidimos reirle todos los chistes y gracietas, así, sin pensar, mecánicamente, por el mero hecho de que dice ser uno de los nuestros, alimentando así el monstruoso juego de la máquina electoral importado de los lastimosos shows norteamericanos (y es que ya lo decía mi abuelo: todo lo malo se pega) No comprendemos que él cobra por hacer el tonto delante de la cámara, y por mentir y actuar y fingir y gritar un discurso que le han redactado otros y por manejar unos gestos que aprendió hace cuatro días, en una clase especial para mentirosos pagada por nuestros impuestos. Y esto es lo más triste: al final es el payaso el que se ríe de los espectadores...
Y ya termino: cuando era chaval pensaba que eso de los partidismos, y de hablar miserias a espaldas del vecino por que era de tal o cual tendencia política, así, sin más, era una cosa mal aprendida por mal entendida y practicada, mientras se hurgaban o no la nariz, por algunos pocos niños malos, envidiosos, ignorantes, sucios y equivocados de aldeas remotas y profundas, sin cultura ni comunicación con el resto del mundo civilizado. Que decepción el crecer y ver, oír y leer a hombres y mujeres hechos y derechos comportarse peor que los mocosos fantásticos de mi imaginación infantil.
EL RASTRO
Lo recuerdo con nitidez: cajas y estanterías llenas, repletas, a rebosar de tebeos, álbumes, libros y todo tipo de encuadernados repletos de polvo. Se entraba por una puerta amplia, con persiana metálica de las de antes, de las que levantaba el propietario del negocio a las ocho de la madrugada, recién desayunado, para ordenar un poco el local y las cuentas. Apenas uno daba un par de vacilantes pasos sobre el frío suelo de hormigón y baldosa se encontraba con aquella voluptuosa cantidad de papel impreso, de olor a humedad, cartón viejo y, rodeándolo todo, un misterioso halo de luz sucia pero, a la vez, aséptica y clara iluminando el gris verdoso de las paredes. Luego vendrían las incontables horas en pie, gastando la vista, y los dedos, en una búsqueda interminable de aquel oscuro objeto del deseo, de aquel ejemplar imaginado y soñado al que habías dedicado un hueco, ex profeso, de tu cajón, de tu armario, de tu estante. Acumulando imágenes de páginas, portadas, separadores en torbellino, unos detrás de otros, mientras el moquillo de algún coleccionista rompía circunstancialmente el silencio sagrado del lugar.
Recuerdo el fuego subiendo por el pecho hasta las mejillas y la sensación eufórica de triunfo que acompañaba el encontrarse con el ser amado, el ejemplar buscado, el reconocimiento mutuo de pertenencia en la cuasi penumbra alucinada de la saturación. En los bordes, siempre, aquellas pegatinas blancas con forma de minúscula bisagra, o de reducida metopa conmemorativa, en las que había sido garabateado, con trazos blandos y tinta azul de bic transparente, un viejo precio todavía en pesetas. Y tras el arcano ritual del pago, de la transacción, del trueque y del intercambio de miradas, humanas, brillantes, casi afiladas y despiertas, aunque miopes, con el encargado habitual, el regreso al hogar, a la habitación, a la morada, con el codiciado tesoro, tras haberlo rescatado con éxito de la más fabulosa cueva del dragón que sabio mago o hechicero alguno pudo haber imaginado jamás. Estoy convencido de que aquella estancia no era más que la superficie, una mínima parte, de un inmenso almacén de sabiduría a duro la unidad que se extendía hacia horizontes insondables tras aquella puerta de madera granate, de aceitoso y brillante barniz, que se adivinaba, se entreveía, allá a la derecha, al fondo, justo al lado de la estantería en la que Shakespeare nos contaba, una vez más, la historia de los Montesco y los Capuleto...
Recuerdo el fuego subiendo por el pecho hasta las mejillas y la sensación eufórica de triunfo que acompañaba el encontrarse con el ser amado, el ejemplar buscado, el reconocimiento mutuo de pertenencia en la cuasi penumbra alucinada de la saturación. En los bordes, siempre, aquellas pegatinas blancas con forma de minúscula bisagra, o de reducida metopa conmemorativa, en las que había sido garabateado, con trazos blandos y tinta azul de bic transparente, un viejo precio todavía en pesetas. Y tras el arcano ritual del pago, de la transacción, del trueque y del intercambio de miradas, humanas, brillantes, casi afiladas y despiertas, aunque miopes, con el encargado habitual, el regreso al hogar, a la habitación, a la morada, con el codiciado tesoro, tras haberlo rescatado con éxito de la más fabulosa cueva del dragón que sabio mago o hechicero alguno pudo haber imaginado jamás. Estoy convencido de que aquella estancia no era más que la superficie, una mínima parte, de un inmenso almacén de sabiduría a duro la unidad que se extendía hacia horizontes insondables tras aquella puerta de madera granate, de aceitoso y brillante barniz, que se adivinaba, se entreveía, allá a la derecha, al fondo, justo al lado de la estantería en la que Shakespeare nos contaba, una vez más, la historia de los Montesco y los Capuleto...
LOS OLVIDADOS
Ayer por la noche televisaron el impactante film Los Olvidados, rodado en 1950 por Luis Buñuel, durante el transcurso de lo que vamos a llamar su etapa mexicana, y que ha sido recientemente declarado por la UNESCO como “Memoria del Mundo”. Tengo claro que no voy a descubrir yo ahora al insigne cineasta aragonés, ni la relación del mencionado filme con el neorrealismo italiano de otras cumbres cinematográficas como El Ladrón de Bicicletas, obra rodada por Vittorio De Sica en 1948. Tampoco creo que vaya a sorprender a nadie si le cuento alguna retorcida teoría sobre la simbiosis entre narrativa hispana y género picaresco, desde aquel anónimo Lazarillo de Tormes, al que esta obra remite en repetidas ocasiones, hasta la brillante, intensa e irrepetible trilogía novelística La Lucha por la Vida, compuesta por los títulos La Busca, Mala Hierba y Aurora Roja, y escrita entre los años que 1904 y 1905 por el sobresaliente -del verbo sobresalir- novelista vasco don Pío Baroja. Todo ello está, y estaría, muy bien. Pero es obvio, si no evidente, y cae de cajón para cualquiera que haya abierto un libro alguna vez en su vida o, siquiera, haya hojeado, u ojeado, las tristes páginas de la prensa diaria.Permítanme, en cambio, que comparta con ustedes un pensamiento fugaz, una de esas reflexiones casi subconscientes, instintivas e instantáneas, que jamás podrán encontrar recurriendo al Google: mientras disfrutaba de la excelente película más arriba mencionada, y de la que aquí trato, no he podido quitarme de la cabeza la obra del inquietante cineasta norteamericano conocido como David Lynch y, más concretamente, el film denominado El Hombre Elefante y fechado en 1980. Por ese blanco hiriente cortado a navaja sobre el oscuro negro del nitrato de celuloide, como si del negativo de una llama, de alambre arañando cera negra, de una cuchilla cortando lonchas de tinta opaca sobre el níveo folio, estuviésemos hablando; por esos niños crueles, sucios, y con boina, que habitan en las calles, en las ferias, en las estaciones, en los tranvías; por esa suave música que sobrevuela siempre dulcemente como un ángel a través de las más sórdidas imágenes; por la proliferación surrealista de escenas oníricas, recuerdos combinados con vanguardias simbolistas, nietas de la época; por el sonido repetido, incesante, obsesivo, de los tornos industriales y, sobre todo, por la extraña coincidencia de la difusa memoria que los protagonistas de ambos filmes, ambos monstruos, ambos caballeros, conservan sobre sus hermosas, bellas, etéreas y desaparecidas madres. Y por ese final que los hermana y que los iguala, a los dos, de nuevo, y tras haber descubierto a su particular musa, pero a uno en el cielo limpio y al otro en la sucia tierra.
AYANTE
Desde que desapareció del acervo cultural español el concepto de servicio militar obligatorio, desde que llegaron hasta nuestro entendimiento construcciones verbales como anti-belicismo o palabras como pacifismo... La idea de un Ejército, de una Armada, de un soldado... Se antojan pensamientos un poco alienígenas, extraños, ajenos, fuera de nuestro campo de acción personal, de nuestro espacio vital, de nuestro conocimiento. Se trata de un tema que compete a otros, del que otros hablan y sobre el que otros deciden.
Pero no siempre fue así y, aún hoy, sigue habiendo personas implicadas en el complicado juego de la guerra. Seres humanos que, a veces, se vieron, o se ven, desplazados, arrancados, destinados a servir en un país extranjero formando parte de una acción bélica, fuerza invasora, de apoyo o de ayuda humanitaria. Aunque hayamos extraviado esta idea discriminando lo militar de lo civil, separándolo y diferenciándolo, todavía quedan hijos asustados, sufriendo noches de insomnio, sudor, morriña y miedo. Su primera noche en territorio hostil... y sucesivas.
Quiero compartir estas breves líneas de intimidad con ustedes, porque las he sentido, porque me han llegado al alma, porque se escribieron hace ya veintiséis siglos... como si se hubiesen escrito ayer:
Pero no siempre fue así y, aún hoy, sigue habiendo personas implicadas en el complicado juego de la guerra. Seres humanos que, a veces, se vieron, o se ven, desplazados, arrancados, destinados a servir en un país extranjero formando parte de una acción bélica, fuerza invasora, de apoyo o de ayuda humanitaria. Aunque hayamos extraviado esta idea discriminando lo militar de lo civil, separándolo y diferenciándolo, todavía quedan hijos asustados, sufriendo noches de insomnio, sudor, morriña y miedo. Su primera noche en territorio hostil... y sucesivas.
Quiero compartir estas breves líneas de intimidad con ustedes, porque las he sentido, porque me han llegado al alma, porque se escribieron hace ya veintiséis siglos... como si se hubiesen escrito ayer:
Ayante, de Sófocles, versos 596 a 606.
- ¡Oh renombrada Salamina,
tú vives feliz allá en la lejanía, azotada por el mar,
radiante siempre para todos!
En cambio yo, desgraciado de mí, ha transcurrido mucho tiempo,
Tanto que he perdido la cuenta de los meses,
Desde que paso continuamente las noches
Soportando la estancia en las praderas próximas al monte Ida,
Consumido por el curso del tiempo, albergando el triste presentimiento
De que terminaré todavía en cualquier momento en el abominable y sombrío- Hades.





