UN CHINO EN LA CORTE DEL PRESIDENTE BARTLET

Es una de las sensaciones más curiosas que he llegado a experimentar viendo la televisión: Yo- Yo Ma en El Ala Oeste de la Casa Blanca haciendo vibrar a Toby, Sam, Josh y el resto del personal con su interpretación de la Suite nº 1 para violoncelo de Johann Sebastian Bach.
Pero vayamos por partes.
The West Wing, conocida en nuestro país como El Ala Oeste de la Casa Blanca, es una serie televisiva que narra el día a día del Presidente de los Estados Unidos, un magnífico Joshia Bartlet interpretado por el gallego Martin Sheen, y su equipo de colaboradores en esto de la gestión política de la única potencia mundial con la que contamos actualmente. A pesar de que al sur de los Pirineos nunca hemos sido demasiado amigos de aproximaciones directas a la bandera americana, como demuestra el desprecio injusto que sienten algunos hacia los tebeos del Capitán América , vale la pena acercarse a esta producción y dejarse subyugar por su innegable calidad. Si nos libramos de prejuicios y demás complejos disfrutaremos no sólo de la alambicada labor profesional con la que cargan los protagonistas si no también de una caracterización exquisita y un jugoso entramado de relaciones personales. Muchos de los argumentos o sub-argumentos que dan vida al Ala Oeste clavan su filo en la descripción de la lucha vital contra la adversidad. Aquí no encontraremos macarras de pacotilla, triunfadores de-la-noche-al-día, niñatas descerebradas en busca de su principe azul. Aaron Sorkin, creador del producto, se ha preocupado de llenar nuestras pantallas con seres humanos reales. Con personas que han tenido que trabajar duro, muy duro, para llegar hasta donde han llegado y más aún para mantenerse.
Las suites para violoncelo de Johann Sebastian Bach configuran una de las experiencias más elevadas y absorventes que he tenido el placer de degustar. Muchos amigos de la denominada música clásica declaran sin reflejar la más mínima duda que una buena grabación de dichas piezas sería suficiente para sobrevivir en una isla desierta. Aunque fueron conocidas desde su creación, no se les concedió la importancia musical de que gozan hoy en día hasta que el maestro Pau Casals, nacido el 29 de diciembre de 1876, las fijó definitivamente en el nivel que les corresponde y que merecen despues de dedicarles diez años de estudio. Otros intérpretes destacados han sido y son Mstislav Rostropovich, Janos Starker, Pierre Fournier o, claro, el aludido en el título de este documento.
Yo- Yo Ma, hijo de emigrantes chinos en el París de 1955, comenzó a estudiar violoncelo a los cuatro años. Su concepto de la música, como medio de comunicación y vehículo para el intercambio de ideas a través de la diversidad cultural de nuestro planeta, le ha llevado a una contínua exploración de formulas musicales más allá de la tradición occidental. Sus interpretaciones, entre las que se encuentran las mencionadas suites, estimulan nuestra maltratada capacidad de imaginar.
Pues bien. Cojan todo esto, combínenlo sabiamente, y obtendrán una idea de lo que puede dar de sí el décimo capítulo de la segunda temporada de El Ala Oeste de la Casa Blanca.
Ni se acercarán.
SOY UN ELITISTA
Con motivo de la reciente apertura del Espacio Sins Entido, sito en la calle Válgame Dios, número 6, de la capital madrileña, y dedicado al tebeo de la minoría culta e inteligente, se ha abierto un curioso debate en el magnífico weblog La Cárcel de Papel, regentado por Álvaro Pons. Decirles, para abreviar, que a muchos les pareció mal el carácter discriminador y elitista de dicha iniciativa.
No quiero cargar las tintas en la polémica, pero les confieso que yo soy elitista. Jamás me verán con un best-seller en la mano, pero pueden preguntarme lo que quieran sobre Michel Eyquem de Montaigne, Charles Baudelaire o François de la Rochefoucald. Me produce una intensa sensación de rechazo el ver a una persona supuestamente inteligente leyendo libros con títulos como “Loca por las compras”, por poner un ejemplo. Desde que escucho ópera y música culta (mal denominada clásica) me rio bastante de la simplicidad aburrida de la música pop, rock y demás. Más aún, no puedo ver delante a quienes escuchan engendros pseudo-musicales tipo "Los 40 Principales" y me pongo de muy mal humor cuando veo la aceptación que tiene el Bisbal ese por ahí.
Tebeos la verdad es que leo de todo. Aunque también he notado, y noto, ya desde hace varios años, que me complacen más las lecturas etiquetadas como underground (Robert Crumb, Daniel Clowes, Peter Bagge y otros) o como BD, línea clara o europeo. Etiquetas con las que no estoy de acuerdo en absoluto, pero uso para explicarme y que suelen englobar historietas hechas con profesionalidad, dedicación y arte en no pocos casos. Lo cual no es muy común en otro tipo de cómic más comercial.
Es recurso muy socorrido el decir que para gustos se pintan colores pero lo que ya no me trago tanto es lo de esgrimirlo a diestro y siniestro para esconder la pereza intelectual. Existe también el mal gusto, señores, y la falta total y absoluta de gusto.
No quiero cargar las tintas en la polémica, pero les confieso que yo soy elitista. Jamás me verán con un best-seller en la mano, pero pueden preguntarme lo que quieran sobre Michel Eyquem de Montaigne, Charles Baudelaire o François de la Rochefoucald. Me produce una intensa sensación de rechazo el ver a una persona supuestamente inteligente leyendo libros con títulos como “Loca por las compras”, por poner un ejemplo. Desde que escucho ópera y música culta (mal denominada clásica) me rio bastante de la simplicidad aburrida de la música pop, rock y demás. Más aún, no puedo ver delante a quienes escuchan engendros pseudo-musicales tipo "Los 40 Principales" y me pongo de muy mal humor cuando veo la aceptación que tiene el Bisbal ese por ahí.
Tebeos la verdad es que leo de todo. Aunque también he notado, y noto, ya desde hace varios años, que me complacen más las lecturas etiquetadas como underground (Robert Crumb, Daniel Clowes, Peter Bagge y otros) o como BD, línea clara o europeo. Etiquetas con las que no estoy de acuerdo en absoluto, pero uso para explicarme y que suelen englobar historietas hechas con profesionalidad, dedicación y arte en no pocos casos. Lo cual no es muy común en otro tipo de cómic más comercial.
Es recurso muy socorrido el decir que para gustos se pintan colores pero lo que ya no me trago tanto es lo de esgrimirlo a diestro y siniestro para esconder la pereza intelectual. Existe también el mal gusto, señores, y la falta total y absoluta de gusto.
OPINIONS LIKE ASSES...
Ya lo dijera, en su momento, el inefable Clint Eastwood, enfundado en la piel de ese gran personaje de ficción conocido como Harry el Sucio: las opiniones son como los culos; cada uno tiene el suyo y piensa que el de los demás apesta. Si es usted de los que piensa lo contrario, es decir que hay que respetar las opiniones de los demás sepa que no estoy de acuerdo en absoluto. Y me explico:
Entonces, si todo es tan claro, si todo es tan obvio ¿por qué este documento? Muy sencillo: observo incrédulo que una de las consecuencias de la mala educación que se ha inculcado a mi generación y posteriores es la máxima estúpida (sí, han leído bien) e irreflexiva de que hay que respetar la opinión de todo el mundo. Dicha memez suele ampliarse con el concepto, igualmente imbécil, de que todas las opiniones valen lo mismo. Pues no, oigan.
Por si no fuese suficiente con los ejemplos, aclaremos que esta nueva máxima borreguil proviene sin lugar a dudas de una confusión con el derecho a la libertad de expresión. Derecho este fundamental y que si hay que respetar y fomentar. Pero no confundamos el contenido con el contingente: usted puede expresar libremente su opinión pero, acogiéndome a la misma norma, yo también puedo considerar aquella como poco inteligente y decirlo bien alto. Y a la inversa, claro.
Por fortuna o por desgracia, los seres humanos somos distintos. Unos somos más altos y otros somos más bajos. Los hay gordos y también delgados. Y, para evitar herir demasiadas susceptibilidades, ya que hoy en día están muy sensibles, digamos que algunas personas sabemos mucho de algunos temas mientras que otras saben mucho de otros... pero no de forma necesariamente complementaria. Por lo tanto, y poniendo un ejemplo concreto, la opinión del Doctor Mariano Barbacid Montalbán, Titulado Superior de Investigación y Laboratorio, sobre el futuro de los estudios genéticos en tumores mediante oncochips es más válida que la suya. Y que la mía.
Siguiendo con el necesario listado de ejemplos obvios, les aseguro que yo nunca respetaría una hipotética opinión del jerarca Rudolph Hess sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por las Naciones Unidas en 1948. Es más, no sólo faltaría al respeto de su hipotética opinión, si no que hasta podría despreciar directamente a dicha persona sin por ello arriesgarme a perder ni un minuto de sueño nocturno. Espero que, hasta aquí, estén ustedes de acuerdo conmigo.
Entonces, si todo es tan claro, si todo es tan obvio ¿por qué este documento? Muy sencillo: observo incrédulo que una de las consecuencias de la mala educación que se ha inculcado a mi generación y posteriores es la máxima estúpida (sí, han leído bien) e irreflexiva de que hay que respetar la opinión de todo el mundo. Dicha memez suele ampliarse con el concepto, igualmente imbécil, de que todas las opiniones valen lo mismo. Pues no, oigan.
Por si no fuese suficiente con los ejemplos, aclaremos que esta nueva máxima borreguil proviene sin lugar a dudas de una confusión con el derecho a la libertad de expresión. Derecho este fundamental y que si hay que respetar y fomentar. Pero no confundamos el contenido con el contingente: usted puede expresar libremente su opinión pero, acogiéndome a la misma norma, yo también puedo considerar aquella como poco inteligente y decirlo bien alto. Y a la inversa, claro.
SOY UN CERDO MACHISTA, FASCISTA Y ESPAÑOL
(o guía turística de España para el visitante extranjero)
Vengo observando, en estos tiempos de corrección política, y de forma generalizada en conversaciones, debates, discusiones, una tendencia preocupante que apunta hacia la crispación. Ante la absoluta carencia de criterio propio y argumentos que contraponer, una gran parte de la ciudadanía recurre a las descalificaciones personales, siguiendo así el maldito canon impuesto por la estúpida televisión. Cuando alguien expresa una duda o rebate nuestras palabras con inteligencia y no somos capaces de explicarnos racionalmente, recurrimos a lo más sencillo: el insulto. Así nos evitamos la molestia de tener que pensar, emulando la cómoda unilateralidad y simpleza plana de la caja tonta.
Algunas de las palabras favoritas en los primeros puestos del ránking de los contertulios simplones son las siguientes: machista, fascista, español. Palabras que se aplican indiscriminadamente con ánimo de ofender, cortar la conversación, y salir airosos de una confrontación que se nos había puesto complicada. Palabras que, ampliando de forma sorprendente su campo de acción concreto y real, han pasado a significar “cualquier cosa o persona que no esté de acuerdo conmigo o que no me guste porque me ha llevado la contraria”. Curioso. Y más curioso aún es el hecho de que quien usa y abusa de estas armas –que las carga el diablo, recuerden– suele ser aquel que a priori se muestra más comprometido y concienciado con posturas supuesta y ciegamente liberales. El destinatario o víctima de tales improperios, calumnias, insultos puede ser cualquiera. Así que mucho ojo: sepan ustedes que están en el punto de mira.
Para paliar un poco la gravedad de esta situación, en el caso de que se vean implicados en ella como acusados, sin comerlo ni beberlo, voy a proponer una serie de reflexiones. Vayamos por partes:
Ya para concluir, le recuerdo a usted que vivimos en un país libre. Siéntase libre de decir y hacer lo que le venga en gana y reírse en la cara de quien le censure. Que nadie, ni siquiera la nauseabunda fauna televisiva, le diga lo que tiene que pensar. Y compartamos un secreto: cuando todo el mundo opine o parezca opinar lo mismo, SOSPECHE.
Vengo observando, en estos tiempos de corrección política, y de forma generalizada en conversaciones, debates, discusiones, una tendencia preocupante que apunta hacia la crispación. Ante la absoluta carencia de criterio propio y argumentos que contraponer, una gran parte de la ciudadanía recurre a las descalificaciones personales, siguiendo así el maldito canon impuesto por la estúpida televisión. Cuando alguien expresa una duda o rebate nuestras palabras con inteligencia y no somos capaces de explicarnos racionalmente, recurrimos a lo más sencillo: el insulto. Así nos evitamos la molestia de tener que pensar, emulando la cómoda unilateralidad y simpleza plana de la caja tonta.Algunas de las palabras favoritas en los primeros puestos del ránking de los contertulios simplones son las siguientes: machista, fascista, español. Palabras que se aplican indiscriminadamente con ánimo de ofender, cortar la conversación, y salir airosos de una confrontación que se nos había puesto complicada. Palabras que, ampliando de forma sorprendente su campo de acción concreto y real, han pasado a significar “cualquier cosa o persona que no esté de acuerdo conmigo o que no me guste porque me ha llevado la contraria”. Curioso. Y más curioso aún es el hecho de que quien usa y abusa de estas armas –que las carga el diablo, recuerden– suele ser aquel que a priori se muestra más comprometido y concienciado con posturas supuesta y ciegamente liberales. El destinatario o víctima de tales improperios, calumnias, insultos puede ser cualquiera. Así que mucho ojo: sepan ustedes que están en el punto de mira.
Para paliar un poco la gravedad de esta situación, en el caso de que se vean implicados en ella como acusados, sin comerlo ni beberlo, voy a proponer una serie de reflexiones. Vayamos por partes:
- Según el Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E., machismo es “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”. Y, según el mismo texto mencionado, prepotente es “más poderoso que otros, o muy poderoso” o “que abusa de su poder o hace alarde de él”. En otras palabras, machismo es discriminar a una persona de forma negativa por su condición de mujer. Por ejemplo, no contratándola para un puesto de ingeniería industrial aún siendo más apta que muchos hombres.
Pero machismo también es, a mi entender, la discriminación positiva. Esto es, contratar a una persona por su condición de mujer aún siendo menos apta para el hipotético puesto de trabajo. O preferir que en los servicios telefónicos nos atienda una mujer por las razones (oscuras razones, debo añadir) que a bien tuviéramos en consideración. O el hecho de tratar con especial educación y cortesía al bello sexo. Esto, señoras y señores, también es machismo. Y muy feo, por otra parte. Tanto más feo cuanto más aceptado por todas aquellas personas que luchan (y con mi apoyo) contra las discriminaciones de las que hablo en el párrafo anterior. No juguemos con las cartas marcadas, por favor.
No es machismo el que a usted no le guste que su mujer haga top-less. No es machismo el que a usted le parezca que su novia viste de forma atrevida (estos dos ejemplos son otra cosa, quizá peor, pero no machismo) No es machismo el describir hechos evidentes aunque delaten defectos achacables por norma general al sexo femenino. No es machismo el llevarle la contraria a una mujer si se hace de forma razonada. Y por supuesto que no es, de ninguna manera, machismo el defender que todos somos iguales ante la Ley (Artº 14 de la Constitución Española, para feministas desmemoriadas) por mucho que algunos se empeñen en decir lo contrario. - Siguiendo con las definiciones proporcionadas por el Diccionario, y dejando a Benito Mussolini aparte, un fascista puede ser una persona “excesivamente autoritaria”. Es evidente que dicha definición tiene mucho, muchísimo que matizar. Es decir: ¿cuándo es una persona excesivamente autoritaria? Si queremos hacer caso al susodicho Diccionario podremos encontrar una pista en alguno de los significados atribuidos a la palabra autoritario siendo “que ejerce el poder sin limitaciones”.
Por limitaciones entiendo yo que se refiere a las debidas a la ética, moral, educación, política, ley. O sea, que si una persona le espeta que “esto se hace así porque yo lo digo” sepa usted que se encuentra ante un fascista. Si, para más INRI, esta persona recurre a tácticas no racionales para conseguir sus metas, tales como descalificaciones personales, violencia de cualquier tipo (incluyendo la popular y aceptada agresión pasiva), amenazas, coacciones, chantajes, etc... lo mejor es que vaya pensando en reservarle un gran póster del Duce para entregarle en su fiesta onomástica.
Un ejemplo de fascismo sutil lo adelanto ya en el párrafo precedente y es el de la agresión pasiva. Esto es, atacar a otra persona por medio de la omisión, del lassez faire. Cuando alguien se molesta con usted y, en lugar de decírselo bien a las claras, juega a hacerle complot de cualquier tipo podemos decir que se encuentra ante un tipo de fascismo especialmente repugnante por lo bajo y por lo ruín. Yo aconsejo HUIR de este tipo de personas ya que suelen estar aceptadas por la sociedad actual, que premia al pasivo y castiga al activo, así que poco podemos hacer para enfrentarlas sin quedar como un energúmeno ante nuestros familiares, amigos, compañeros, conocidos.
Por último, aclarar que si usted está defendiendo racional y educadamente un punto de vista, sea cual sea, no es un fascista. A no ser, claro, que estemos hablando del ya mencionado régimen político de Benito Mussolini. En cualquier otro caso, fascista es, ni más ni menos, que quien le llama a usted fascista. Paradójico ¿no? - Grave insulto que pesa hoy sobre nuestras conciencias es el de “español”. Nadie quiere ser natural de España. Somos gallegos, vascos, catalanes, andaluces, etc... y al ritmo de “español el que no bote” saltamos todos juntos en los estadios de fútbol. Les confieso que me siento ya sin fuerzas para abordar el tema, pero hay algo que está clarísimo: si alguien se atreve a llamarle “español”, sepa usted que se encuentra ante un nacionalista. Mi consejo es que no intente razonar con él, ni escucharle, ni mirarle siquiera. Salga corriendo del lugar en que se encuentre y escuche algo de música clásica para relajarse. También vale morder cojines o rachar guías telefónicas. Lo que sea con tal de olvidarnos del tema.
Ya para concluir, le recuerdo a usted que vivimos en un país libre. Siéntase libre de decir y hacer lo que le venga en gana y reírse en la cara de quien le censure. Que nadie, ni siquiera la nauseabunda fauna televisiva, le diga lo que tiene que pensar. Y compartamos un secreto: cuando todo el mundo opine o parezca opinar lo mismo, SOSPECHE.





