TRAGEDIAS ATICAS Y TEBANAS

Habiéndome quedado sin lecturas frescas que disfrutar, me acerco a una de la más conocidas (¿reconocidas?) librerías de la ciudad en busca de algo que me apetecía desde hace algún tiempo: el tomo Obras Completas de Esquilo, Sófocles y Eurípides perteneciente a la Colección Biblioteca Avrea de Ediciones Cátedra. Lo cierto es que tengo bastantes de las tragedias contenidas en dicha publicación sueltas por la estantería, pero se me antoja el poseerlas reunidas en un bonito tocho y así, de paso, poder completar la lectura de aquellas que todavía no se habían arrimado a mis manos. La tragedia clásica griega, ya saben ustedes. La abuela indiscutible del dramaturgo occidental -llámese Shakespeare, Moliére o Calderón de la Barca- y, por lo tanto, de todas nuestras formas de enfrentarnos a la narración como arte escénica.
Me acerco, como he dicho, al mencionado establecimiento comercial y compruebo que no tienen este libro disponible. Muy educada y gravemente -marca de la casa- me dirijo a la encargada, la cual lleva en el mostrador desde que tengo uso de razón, y le pregunto por el mencionado artículo.
Pablo Lata: "¿Tienen el tomo de la Biblioteca Avrea dedicado a la tragedia griega?"
Encargada: “¿Quéseso?”
PL: “Sí. El de Ediciones Cátedra.”
E: “Ah, sí. Un momento...”
(teclea en el ordenador de pantalla anticuada con gesto profesional)
E: “Las Tragedias de Virgilio ¿no?”
PL: “No, no. Sófocles...”
E: “Ah, vale.”
(tras rebuscar en la estantería y en el ordenador)
E: “No nos queda, pero si me deja su nombre se lo traemos.”
PL: “Mmmm... Sí, la verdad es que me interesa especialmente”
(doy mis datos a la encargada, la cual los trapasa con bolígrafo bic gastado a un trocito minúsculo de papel blanco arrugado mientras el ordenador parece sonreírme con sorna)
E: “Le llamaremos en cuanto llegue, pero tardará unos diez días teniendo en cuenta que estamos en Semana Santa.”
PL: “Muy bien. Perfecto. Muchas gracias.”
E: “Gracias. Hasta luego”
PL: “Hasta luego.”
Al día siguiente, a la misma hora, recibo una llamada telefónica...
E: “Hola, buenos días. Usted nos dejó sus datos para que le trajéramos el libro de las Tragedias de Sófocles de la Biblioteca Aurea...”
PL: “Buenos días... Sí, sí... Efectivamente.”
E: “ Pero es que Cátedra sólo publicó las Tragedias de Virgilio. El otro no lo hay...”
PL: “¿?... Pues entonces... Nada, muchas gracias. Buenos días.”
E: “Buenos días”
Les confieso que me da un poco de vergüenza ajena escribir lo que sigue, pero ahí va. Virgilio era un poeta romano que compuso, por ejemplo, la Eneida, poesía épica con aires homéricos a mayor gloria del Imperio que le vió nacer. Pero no era uno de los autores responsables de las pocas tragedias griegas que nos han llegado intactas, obras tales como Edipo Rey o Electra por parte de Sófocles o Las Bacantes por parte de Eurípides. No existe punto de relación entre ellos ni ha lugar alguno a la confusión, error o desliz: ni por la fecha de su existencia, ni por el país de origen, ni por la lengua en que se expresaban, ni por el genero artístico que cultivaban. No se parecen ni en el puto nombre, joder.
Comprobar que el libro del que estoy hablando existe desde hace meses es tan fácil como revisar el programa de gestión de almacén que tengan instalado en el susodicho establecimiento comercial (he renunciado a denominarlo librería desde el segundo párrafo de este documento) o acceder durante diez segundos a la página web de Ediciones Cátedra. No voy a pedirle al responsable de un negocio, o al responsable de su atención al público, que recuerde todas las entradas y salidas de productos en un local concreto. Pero estamos hablando de Sófocles, de Virgilio, de Grecia, de Roma, de las pocas obras inmortales e imprescindibles que nos quedan de los que son nuestros padres. Y de una ambiciosa colección, recién nacida pero en curso, de una importantísima editorial.
Mañana preguntaré por La Divina Comedia y me darán un cuaderno con fotos de Charlot. Como si lo estuviese viendo.
POST DATA
Comentarles que, en plena sed febril de literatura, he visitado la otra librería. La que es más pequeña y menos comercial. La que da una sensación más de viejo. La que tiene menos luz y es más agradable.
Y, claro, allí estaba el libro. El último ejemplar que les quedada, esperándome. Él ya sabía como iba a acabar este artículo y me lo dijo en una de sus páginas:

"Y el perro alado de Zeus, entonces, águila sangrienta, reducirá tu cuerpo, impetuosa, a enorme harapo, huesped no invitado, que te irá devorando todo el día, y con tu negro hígado un banquete celebrará": Prometeo Encadenado de Esquilo, versos 1022 a 1025 (Grabado de A. Diepenbeeck, inspirado en La teogonía, de Hesíodo)
Señores, les dejo. Tengo una cita inaplazable con la lectura...
Me acerco, como he dicho, al mencionado establecimiento comercial y compruebo que no tienen este libro disponible. Muy educada y gravemente -marca de la casa- me dirijo a la encargada, la cual lleva en el mostrador desde que tengo uso de razón, y le pregunto por el mencionado artículo.
Pablo Lata: "¿Tienen el tomo de la Biblioteca Avrea dedicado a la tragedia griega?"
Encargada: “¿Quéseso?”
PL: “Sí. El de Ediciones Cátedra.”
E: “Ah, sí. Un momento...”
(teclea en el ordenador de pantalla anticuada con gesto profesional)
E: “Las Tragedias de Virgilio ¿no?”
PL: “No, no. Sófocles...”
E: “Ah, vale.”
(tras rebuscar en la estantería y en el ordenador)
E: “No nos queda, pero si me deja su nombre se lo traemos.”
PL: “Mmmm... Sí, la verdad es que me interesa especialmente”
(doy mis datos a la encargada, la cual los trapasa con bolígrafo bic gastado a un trocito minúsculo de papel blanco arrugado mientras el ordenador parece sonreírme con sorna)
E: “Le llamaremos en cuanto llegue, pero tardará unos diez días teniendo en cuenta que estamos en Semana Santa.”
PL: “Muy bien. Perfecto. Muchas gracias.”
E: “Gracias. Hasta luego”
PL: “Hasta luego.”
Al día siguiente, a la misma hora, recibo una llamada telefónica...
E: “Hola, buenos días. Usted nos dejó sus datos para que le trajéramos el libro de las Tragedias de Sófocles de la Biblioteca Aurea...”
PL: “Buenos días... Sí, sí... Efectivamente.”
E: “ Pero es que Cátedra sólo publicó las Tragedias de Virgilio. El otro no lo hay...”
PL: “¿?... Pues entonces... Nada, muchas gracias. Buenos días.”
E: “Buenos días”
Les confieso que me da un poco de vergüenza ajena escribir lo que sigue, pero ahí va. Virgilio era un poeta romano que compuso, por ejemplo, la Eneida, poesía épica con aires homéricos a mayor gloria del Imperio que le vió nacer. Pero no era uno de los autores responsables de las pocas tragedias griegas que nos han llegado intactas, obras tales como Edipo Rey o Electra por parte de Sófocles o Las Bacantes por parte de Eurípides. No existe punto de relación entre ellos ni ha lugar alguno a la confusión, error o desliz: ni por la fecha de su existencia, ni por el país de origen, ni por la lengua en que se expresaban, ni por el genero artístico que cultivaban. No se parecen ni en el puto nombre, joder.
Comprobar que el libro del que estoy hablando existe desde hace meses es tan fácil como revisar el programa de gestión de almacén que tengan instalado en el susodicho establecimiento comercial (he renunciado a denominarlo librería desde el segundo párrafo de este documento) o acceder durante diez segundos a la página web de Ediciones Cátedra. No voy a pedirle al responsable de un negocio, o al responsable de su atención al público, que recuerde todas las entradas y salidas de productos en un local concreto. Pero estamos hablando de Sófocles, de Virgilio, de Grecia, de Roma, de las pocas obras inmortales e imprescindibles que nos quedan de los que son nuestros padres. Y de una ambiciosa colección, recién nacida pero en curso, de una importantísima editorial.
Mañana preguntaré por La Divina Comedia y me darán un cuaderno con fotos de Charlot. Como si lo estuviese viendo.
POST DATA
Comentarles que, en plena sed febril de literatura, he visitado la otra librería. La que es más pequeña y menos comercial. La que da una sensación más de viejo. La que tiene menos luz y es más agradable.
Y, claro, allí estaba el libro. El último ejemplar que les quedada, esperándome. Él ya sabía como iba a acabar este artículo y me lo dijo en una de sus páginas:

"Y el perro alado de Zeus, entonces, águila sangrienta, reducirá tu cuerpo, impetuosa, a enorme harapo, huesped no invitado, que te irá devorando todo el día, y con tu negro hígado un banquete celebrará": Prometeo Encadenado de Esquilo, versos 1022 a 1025 (Grabado de A. Diepenbeeck, inspirado en La teogonía, de Hesíodo)
Señores, les dejo. Tengo una cita inaplazable con la lectura...