VIDEO KILLED THE RADIO STAR
Estúpida y sintetizada cancioncilla pop que, no me pregunten el motivo, vuelvo a escuchar con avidez en períodos distintos de mi vida. Y ya es extraño: mis gustos personales tienden más hacia el punk, la música alternativa o, últimamente, la música mal denominada “clásica”. Supongo que es una de esas perversiones secretas, escondidas, inconfesables, sin motivo ni relación aparente con nuestra personalidad y con las que más de uno tiene que cargar.
Video Killed The Radio Star fue escrita por Trevor Horn, Geoff Downes y Bruce Woolley para materializarse como el primer single del grupo de pop/rock Buggles y llegó a alcanzar el número uno de las listas británicas en 1979 (lo cual me importa un pimiento, pero es un dato histórico y ahí se queda) Más relevante aún me parece el hecho de que su vídeo clip, dirigido por Russell Mulcahy –Los Inmortales, ¿recuerdan?-, fuera el primero en ser emitido por la MTV cuando hizo su debut, el 1 de agosto de 1981 a las 12:00 AM. En mi opinión también debería haber sido el último, habidas cuentas del daño que ha contribuido a generalizar la mencionada cadena televisiva a las sensibles neuronas de nuestros opacos adolescentes. Además, todo lo que pudimos ver en décadas posteriores de desarrollo del arte vídeo clipero ya estaba allí: imaginería visual desatada pasando frente a nuestros ojos a velocidades de vértigo, miembros de un grupo musical practicando el play back y ejercitando poses exageradamente artificiales, una mujer vestida de hada y encerrada en un tubo de cristal... ¿Para qué forzar la máquina y volver a rodar el mismo clip un millón de veces sin nada nuevo que aportar al televidente? En fin, les confieso que no tengo fuerzas para responder a dicha pregunta.
Como conclusión a estas auto-inculpatorias líneas, comentarles que, de todas las lamentables versiones que ha sufrido el tema desde su nacimiento, quizá la más atractiva sea la perpretada por la banda all-girl japonesa Lolita Nº 18 y grabada en 1999 merced a unas guitarras rabiosas y vaginales que terminan de reorientarme hacia el punk cada vez que me da por volver a escucharla. Además, qué diablos, todos sabemos que Video Killed The Radio Star fue escrita para ser interpretada única y exclusivamente por japonesitas... ¿o no?
Video Killed The Radio Star fue escrita por Trevor Horn, Geoff Downes y Bruce Woolley para materializarse como el primer single del grupo de pop/rock Buggles y llegó a alcanzar el número uno de las listas británicas en 1979 (lo cual me importa un pimiento, pero es un dato histórico y ahí se queda) Más relevante aún me parece el hecho de que su vídeo clip, dirigido por Russell Mulcahy –Los Inmortales, ¿recuerdan?-, fuera el primero en ser emitido por la MTV cuando hizo su debut, el 1 de agosto de 1981 a las 12:00 AM. En mi opinión también debería haber sido el último, habidas cuentas del daño que ha contribuido a generalizar la mencionada cadena televisiva a las sensibles neuronas de nuestros opacos adolescentes. Además, todo lo que pudimos ver en décadas posteriores de desarrollo del arte vídeo clipero ya estaba allí: imaginería visual desatada pasando frente a nuestros ojos a velocidades de vértigo, miembros de un grupo musical practicando el play back y ejercitando poses exageradamente artificiales, una mujer vestida de hada y encerrada en un tubo de cristal... ¿Para qué forzar la máquina y volver a rodar el mismo clip un millón de veces sin nada nuevo que aportar al televidente? En fin, les confieso que no tengo fuerzas para responder a dicha pregunta.
Como conclusión a estas auto-inculpatorias líneas, comentarles que, de todas las lamentables versiones que ha sufrido el tema desde su nacimiento, quizá la más atractiva sea la perpretada por la banda all-girl japonesa Lolita Nº 18 y grabada en 1999 merced a unas guitarras rabiosas y vaginales que terminan de reorientarme hacia el punk cada vez que me da por volver a escucharla. Además, qué diablos, todos sabemos que Video Killed The Radio Star fue escrita para ser interpretada única y exclusivamente por japonesitas... ¿o no?
HISTORIAS IMAGINARIAS - 002

Los criminales dementes recluidos en el manicomio Arkham Asylum se han rebelado y tomado el control del establecimiento. A cambio de liberar a los rehenes que mantienen consigo exigen que Batman, el hombre que los ha capturado, la persona a la que más odian en esta vida, su némesis, se encierre con ellos en la mencionada institución.
Arkham Asylum, publicada en 1989, tuvo el honor de ser la primera novela gráfica en tapa dura protagonizada por el Hombre Murciélago, Batman. La industria norteamericana de historietas comerciales de consumo rápido se encontraba en un momento convulso en el que veían la luz obras experimentales con un tono y una temática más adultos de lo usual hasta entonces. Los viejos superhéroes, simples y bonachones, comenzaron a teñirse con matices oscuros y realistas.
Los lectores de la época ya habíamos tenido una agradable muestra de madurez temática en los trabajos de autores como Alan Moore o Frank Miller, famosos por obras hoy míticas como La Cosa del Pantano o Watchmen el primero y Daredevil o Batman Dark Knight el segundo. También habíamos tenido el placer de conocer los territorios de la experimentación artística de las manos de uno de los pocos genios indiscutibles que ha dado la historieta en las últimas décadas: Bill Sienkiewicz. Pero nada de todo esto podía habernos preparado para la explosión y el impacto que supuso Arkham Asylum.
Editada el mismo año en que saltó a las pantallas el primer filme de Tim Burton sobre Batman, llegó a rumorearse que algunas de sus páginas habrían sido censuradas por la DC Comics para ampliar su nicho de mercado potencial. Lo cierto es que resulta difícil imaginar que clase de aberraciones enfermizas pudieran considerarse excesivas en comparación a lo que finalmente vio la luz. Y es que sin profundizar demasiado en la lectura podemos encontrar alusiones a la homosexualidad del Hombre Murciélago y su compañero, Robin, hechas por El Joker mientras palmea el culo del primero; mención abierta y sin tapujos de desviaciones sexuales tales como violaciones, mutilaciones o pedofilia; exhibición en primerísimo plano de conductas sádicas y masoquistas, ...
Cabe destacar el impactante descubrimiento que supuso el artista Dave Mckean en el apartado gráfico. Una simple aproximación a la novela ya nos advierte de su oscuridad, de su alto contenido en sangre y de su marcado carácter experimental. Una vez nos vemos inmersos en su lectura, el dibujante nos atrapa, nos secuestra, haciendo gala de una variedad de técnicas que demuestra dominar con virtuosismo: un lápiz furioso aquí, unas acuarelas obsesivamente detalladas allá, un collage industrial que mezcla desde fotografías hasta tornillos... Todo ello al servicio de un talento inmenso que sobresale por encima, que nos habla ya desde el boceto, y que termina por abofetearnos con la fuerza de su expresión plástica.
En el apartado literario nos encontramos con un Grant Morrison desatado, pletórico de ideas que tanto saltan a la mente del lector en un primerísimo plano como quedan enterradas en los fondos, semiocultas, como claves secretas que iría desarrollando con el paso de los años en una sucesión de obras que todavía continúa en marcha. Es quizá en Arkham Asylum donde el brillante escritor escocés comienza a forjar su estrella y a dejarnos entrever alguno de los conceptos que pueblan su febril imaginación: el escarabajo como símbolo de renacimiento, personajes con fuertes pulsiones sexuales y autodestructivas -el eros y el thanatos freudianos, nada menos- el tarot como explicación de la maquinaria de la vida, el significado de las leyendas mitológicas y su traslación al terreno de la psicología, la exploración de religiones y prácticas olvidadas o minoritarias como la nigromancia y el vudú, la omnipresente sombra de Aleister Crowley, ... Todo ello sin olvidar que la premisa inicial de su trabajo con el Hombre Murciélago es no sólo sugerir que el personaje ha de ser por fuerza un enfermo mental, sino afirmarlo rotundamente. Tanto a través de sus actos como de sus palabras, y cito: “Temo que cuando cruce la entrada del Asilo... cuando entre en Arkham y las puertas se cierren tras de mí... sea como estar en casa.”
A destacar las últimas páginas del libro, donde Morrison y McKean, en una impresionista sucesión de instantáneas que combinan de forma esquizofrénica escritura automática, poesía, vanguardismo plástico y psicología, nos presentan a los habitantes del siniestro edificio entre los que incluyen, claro, al no menos siniestro Batman. Y todo ello a modo de epílogo y cierre, de apoteosis final grabada en fuego. Especial atención merece el apartado dedicado al Doctor Destino, por su innegable relación con los relatos de fantasía onírica que estaba desarrollando por aquellas fechas otro autor, Neil Gaiman, en la serie de culto Sandman.
A modo de conclusión, señalar que, con el paso de los años, este impactante libro ha ido perdiendo parte del apoyo que en su momento se le brindó tanto a nivel de crítica como de público. Algunos opinan que fue una obra sobrevalorada en su momento. No estoy de acuerdo: Arkham Asylum constituye una pieza fundamental para el estudio del trabajo posterior de su guionista y para la comprensión global del arte de Dave McKean y su difusión entre el gran público. También creo que es un trabajo irrepetible e inimitable, consecuencia de unas circunstancias coyunturales muy concretas y máxima expresión del acercamiento del comic-book norteamericano a temáticas adultas y experimentales. Me atrevo a asegurar que nunca se había llegado tan lejos en un tebeo del género superheroico más popular y que nunca se volverán a alcanzar esos extremos. Al menos no de forma tan contundente y creíble.
Arkham Asylum, publicada en 1989, tuvo el honor de ser la primera novela gráfica en tapa dura protagonizada por el Hombre Murciélago, Batman. La industria norteamericana de historietas comerciales de consumo rápido se encontraba en un momento convulso en el que veían la luz obras experimentales con un tono y una temática más adultos de lo usual hasta entonces. Los viejos superhéroes, simples y bonachones, comenzaron a teñirse con matices oscuros y realistas.
Los lectores de la época ya habíamos tenido una agradable muestra de madurez temática en los trabajos de autores como Alan Moore o Frank Miller, famosos por obras hoy míticas como La Cosa del Pantano o Watchmen el primero y Daredevil o Batman Dark Knight el segundo. También habíamos tenido el placer de conocer los territorios de la experimentación artística de las manos de uno de los pocos genios indiscutibles que ha dado la historieta en las últimas décadas: Bill Sienkiewicz. Pero nada de todo esto podía habernos preparado para la explosión y el impacto que supuso Arkham Asylum.
Editada el mismo año en que saltó a las pantallas el primer filme de Tim Burton sobre Batman, llegó a rumorearse que algunas de sus páginas habrían sido censuradas por la DC Comics para ampliar su nicho de mercado potencial. Lo cierto es que resulta difícil imaginar que clase de aberraciones enfermizas pudieran considerarse excesivas en comparación a lo que finalmente vio la luz. Y es que sin profundizar demasiado en la lectura podemos encontrar alusiones a la homosexualidad del Hombre Murciélago y su compañero, Robin, hechas por El Joker mientras palmea el culo del primero; mención abierta y sin tapujos de desviaciones sexuales tales como violaciones, mutilaciones o pedofilia; exhibición en primerísimo plano de conductas sádicas y masoquistas, ...
Cabe destacar el impactante descubrimiento que supuso el artista Dave Mckean en el apartado gráfico. Una simple aproximación a la novela ya nos advierte de su oscuridad, de su alto contenido en sangre y de su marcado carácter experimental. Una vez nos vemos inmersos en su lectura, el dibujante nos atrapa, nos secuestra, haciendo gala de una variedad de técnicas que demuestra dominar con virtuosismo: un lápiz furioso aquí, unas acuarelas obsesivamente detalladas allá, un collage industrial que mezcla desde fotografías hasta tornillos... Todo ello al servicio de un talento inmenso que sobresale por encima, que nos habla ya desde el boceto, y que termina por abofetearnos con la fuerza de su expresión plástica.
En el apartado literario nos encontramos con un Grant Morrison desatado, pletórico de ideas que tanto saltan a la mente del lector en un primerísimo plano como quedan enterradas en los fondos, semiocultas, como claves secretas que iría desarrollando con el paso de los años en una sucesión de obras que todavía continúa en marcha. Es quizá en Arkham Asylum donde el brillante escritor escocés comienza a forjar su estrella y a dejarnos entrever alguno de los conceptos que pueblan su febril imaginación: el escarabajo como símbolo de renacimiento, personajes con fuertes pulsiones sexuales y autodestructivas -el eros y el thanatos freudianos, nada menos- el tarot como explicación de la maquinaria de la vida, el significado de las leyendas mitológicas y su traslación al terreno de la psicología, la exploración de religiones y prácticas olvidadas o minoritarias como la nigromancia y el vudú, la omnipresente sombra de Aleister Crowley, ... Todo ello sin olvidar que la premisa inicial de su trabajo con el Hombre Murciélago es no sólo sugerir que el personaje ha de ser por fuerza un enfermo mental, sino afirmarlo rotundamente. Tanto a través de sus actos como de sus palabras, y cito: “Temo que cuando cruce la entrada del Asilo... cuando entre en Arkham y las puertas se cierren tras de mí... sea como estar en casa.”A destacar las últimas páginas del libro, donde Morrison y McKean, en una impresionista sucesión de instantáneas que combinan de forma esquizofrénica escritura automática, poesía, vanguardismo plástico y psicología, nos presentan a los habitantes del siniestro edificio entre los que incluyen, claro, al no menos siniestro Batman. Y todo ello a modo de epílogo y cierre, de apoteosis final grabada en fuego. Especial atención merece el apartado dedicado al Doctor Destino, por su innegable relación con los relatos de fantasía onírica que estaba desarrollando por aquellas fechas otro autor, Neil Gaiman, en la serie de culto Sandman.
A modo de conclusión, señalar que, con el paso de los años, este impactante libro ha ido perdiendo parte del apoyo que en su momento se le brindó tanto a nivel de crítica como de público. Algunos opinan que fue una obra sobrevalorada en su momento. No estoy de acuerdo: Arkham Asylum constituye una pieza fundamental para el estudio del trabajo posterior de su guionista y para la comprensión global del arte de Dave McKean y su difusión entre el gran público. También creo que es un trabajo irrepetible e inimitable, consecuencia de unas circunstancias coyunturales muy concretas y máxima expresión del acercamiento del comic-book norteamericano a temáticas adultas y experimentales. Me atrevo a asegurar que nunca se había llegado tan lejos en un tebeo del género superheroico más popular y que nunca se volverán a alcanzar esos extremos. Al menos no de forma tan contundente y creíble.
LOS INVISIBLES

Rescato para ustedes esta perturbadora ilustración anónima fechada en 1810, Les Invisibles in TÍte-a-TÍte. Se supone que es una caricatura de como algunas prendas de moda en aquella época producían el sospechoso efecto de ocultar el rostro de las personas. Prendas tales como gorros, para las damas, o sombreros y cuellos altos, para los caballeros. De hecho, la palabra invisible se usa en Francia para designar a la capota, tocado femenino ceñido a la cabeza y sujeto con cintas por debajo de la barbilla.
La imágen ha sido escaneada por Bob Whitworth y tienen ustedes más información en Prints George. Puede que para algunos tenga valor histórico y que, en su momento, fuese incluso cómica. Pero a mí se me antoja bastante surrealista e incluso terrorífica. También dicen que el mal está en el ojo de quien mira...
La imágen ha sido escaneada por Bob Whitworth y tienen ustedes más información en Prints George. Puede que para algunos tenga valor histórico y que, en su momento, fuese incluso cómica. Pero a mí se me antoja bastante surrealista e incluso terrorífica. También dicen que el mal está en el ojo de quien mira...
MACARRONES AL WHISKY
Pretendo exponer en estas líneas una relajante propuesta para matar esas estúpidas tardes de sábado en las que uno no tiene ni repajolera idea de lo que hacer para pasar el tiempo. Advierto previamente que el único ingrediente indispensable son dos o tres colegas. No menos, porque acabarían aburriéndose, mirándose con cara extraña y arqueo de cejas, pensando cosas como “éste es gilipollas” y decidiendo, en su fuero interno, no repetir la experiencia. Tampoco más, ya que se arriesgarían a convertir la velada en una juerga loca y etílica, sin posibilidad de marcha atrás, de la que se recordarían aún pasados tres o cuatro días.
El primer paso ha de darse en el momento justo en el que usted decida levantarse de la cama. Siempre y cuando dicho momento sea, al menos, un par de horas antes de la llegada de los colegas a su hogar, en respuesta a la invitación que usted habrá realizado días antes. Una vez despierto, y mientras se calienta el café, coja usted esa botella de whisky que sobró de la noche anterior y sirva un vaso hasta colmarlo. Resista la tentación de ingerirlo tal cual e introduzca en el dorado líquido tres dientes de ajo previamente pelados y cortados en rodajas. Deje la estrambótica mezcla olvidada en la cocina y dedíquese usted a otros menesteres.

Pues bien: ha pasado el tiempo y queda media hora para que su casa se convierta en lugar de regocijo y esparcimiento. Vuelva entonces a la cocina y saque 150 gramos de bacon cortado en lonchas del frigorífico. Ponga a calentar una fina capa de aceite de oliva en la sartén mientras, en otro fogón, estratégicamente colocado, comienza usted a hervir los macarrones. Si necesita que le explique como tiene que hacer esto último, mejor será que olvide este artículo y llame a una pizzería. En caso contrario, ya puede echar el bacon, el beicon, la panceta, o el más castizo tocino, en la sartén. Pero ¡ojo! no espere a que se fría: déjele medio minuto para que coja algo de color y entonces, y sólo entonces, vierta encima el whisky a través de un colador con el que separará los ajos. Y apártese con rapidez, oiga, no vaya a ser que las risas acaben en lloros.
Mientras el tocino absorbe el dorado líquido más rápido que un treintañero sin novia, saque ese bote de tomate natural pelado, a punto de caducar, que todos los solteros guardamos en una esquina de la nevera y ábralo, viértalo, aplástelo con saña y échelo en la sartén. Dos pasos hacia atrás, respiración, y dos pasos hacia delante. Remueva bien la mezcla con cuchara de palo mientras echa la sal, si es que no lo ha hecho antes, y, si quiere, algo de pimienta negra. Si no quiere, haga de tripas corazón, y échesela igual: no me sea afeminado.
Mientras realiza con precisión estas operaciones, los invitados habrán ido acercándose a su hogar, donde no habrán tardado en sentarse y servirse un poco del whisky sobrante que usted, como quien no quiere la cosa, habrá dejado en la mesa bien visible y en compañía de tres o cuatro vasos. Cuando el volumen de la conversación supere al de sus propios pensamientos, cuele los macarrones, lávelos, sírvalos en una fuente y écheles encima el contenido de la sartén, porque ahora viene el paso más importante: el orégano u origanum vulgare ¿Qué es un plato de pasta con tomate sin orégano? Pues una mierda pinchada en un palo, con todos los respetos. Así que coja la preciada especia y riegue la fuente contenedora abundantemente y con furia si ello fuese necesario. No se asuste ni tenga miedo: el mundo es de los valientes.

Una vez realizado todo esto ya puede servir la mesa. Sorprenderá y agradará a sus visitas al pedirles que durante el acto de deglución no se beba otra cosa que Jack Daniels, ya que no es aconsejable mezclar (saque partido de esta leyenda sin fundamento que recorre tristemente nuestros bares) y, sobre todo, al sacar del congelador esa fresquita tarta al whisky que todos sospechaban iba usted a proponer como postre previo a una elevada consumición de chupitos ad aeternum. Para acompañar esta alegre y festiva experiencia culinaria aconsejo el visionado de “La Carrera de la Muerte del Año 2000”, película de ciencia-ficción cutre y canalla dirigida por Paul Bartel en 1975 y protagonizada, entre otros, por David Carradine y Sylvester Stallone, en la cúspide de sus respectivas carreras, en los papeles de Frankenstein y Ametralladora Joe Viterbo respectivamente.
Las quejas de los vecinos están aseguradas.
El primer paso ha de darse en el momento justo en el que usted decida levantarse de la cama. Siempre y cuando dicho momento sea, al menos, un par de horas antes de la llegada de los colegas a su hogar, en respuesta a la invitación que usted habrá realizado días antes. Una vez despierto, y mientras se calienta el café, coja usted esa botella de whisky que sobró de la noche anterior y sirva un vaso hasta colmarlo. Resista la tentación de ingerirlo tal cual e introduzca en el dorado líquido tres dientes de ajo previamente pelados y cortados en rodajas. Deje la estrambótica mezcla olvidada en la cocina y dedíquese usted a otros menesteres.

Pues bien: ha pasado el tiempo y queda media hora para que su casa se convierta en lugar de regocijo y esparcimiento. Vuelva entonces a la cocina y saque 150 gramos de bacon cortado en lonchas del frigorífico. Ponga a calentar una fina capa de aceite de oliva en la sartén mientras, en otro fogón, estratégicamente colocado, comienza usted a hervir los macarrones. Si necesita que le explique como tiene que hacer esto último, mejor será que olvide este artículo y llame a una pizzería. En caso contrario, ya puede echar el bacon, el beicon, la panceta, o el más castizo tocino, en la sartén. Pero ¡ojo! no espere a que se fría: déjele medio minuto para que coja algo de color y entonces, y sólo entonces, vierta encima el whisky a través de un colador con el que separará los ajos. Y apártese con rapidez, oiga, no vaya a ser que las risas acaben en lloros.
Mientras el tocino absorbe el dorado líquido más rápido que un treintañero sin novia, saque ese bote de tomate natural pelado, a punto de caducar, que todos los solteros guardamos en una esquina de la nevera y ábralo, viértalo, aplástelo con saña y échelo en la sartén. Dos pasos hacia atrás, respiración, y dos pasos hacia delante. Remueva bien la mezcla con cuchara de palo mientras echa la sal, si es que no lo ha hecho antes, y, si quiere, algo de pimienta negra. Si no quiere, haga de tripas corazón, y échesela igual: no me sea afeminado.
Mientras realiza con precisión estas operaciones, los invitados habrán ido acercándose a su hogar, donde no habrán tardado en sentarse y servirse un poco del whisky sobrante que usted, como quien no quiere la cosa, habrá dejado en la mesa bien visible y en compañía de tres o cuatro vasos. Cuando el volumen de la conversación supere al de sus propios pensamientos, cuele los macarrones, lávelos, sírvalos en una fuente y écheles encima el contenido de la sartén, porque ahora viene el paso más importante: el orégano u origanum vulgare ¿Qué es un plato de pasta con tomate sin orégano? Pues una mierda pinchada en un palo, con todos los respetos. Así que coja la preciada especia y riegue la fuente contenedora abundantemente y con furia si ello fuese necesario. No se asuste ni tenga miedo: el mundo es de los valientes.

Una vez realizado todo esto ya puede servir la mesa. Sorprenderá y agradará a sus visitas al pedirles que durante el acto de deglución no se beba otra cosa que Jack Daniels, ya que no es aconsejable mezclar (saque partido de esta leyenda sin fundamento que recorre tristemente nuestros bares) y, sobre todo, al sacar del congelador esa fresquita tarta al whisky que todos sospechaban iba usted a proponer como postre previo a una elevada consumición de chupitos ad aeternum. Para acompañar esta alegre y festiva experiencia culinaria aconsejo el visionado de “La Carrera de la Muerte del Año 2000”, película de ciencia-ficción cutre y canalla dirigida por Paul Bartel en 1975 y protagonizada, entre otros, por David Carradine y Sylvester Stallone, en la cúspide de sus respectivas carreras, en los papeles de Frankenstein y Ametralladora Joe Viterbo respectivamente.
Las quejas de los vecinos están aseguradas.

ESCRITURA AUTOMATICA - ZNS
Nuestras peores pesadillas se han hecho realidad. Y ni siquiera nos hemos dado cuenta: el Gran Hermano ha calculado bien sus movimientos y entre sus tácticas opiáceas está la de colocarnos una venda en los ojos para que no sepamos quien nos está sedando.
Aquel invento revolucionario del siglo XX que trajo una nueva era a la humanidad, a la sociedad de la información, se ha revelado como Satanás, el Diablo, nuestro particular Anticristo. Ahora los ciudadanos del planeta Tierra rinden culto a una nueva religión blasfema, a un becerro de oro tecnológico que nubla nuestra razón y convierte todo lo que toca en vil metal y todo lo que dice en dogma inapelable.
Lo que en un principio no se antojaba más que un medio de comunicación, una inofensiva escapada al mundo del ocio y la solución perfecta al problema de la obsolescencia informativa ha acabado por convertirse en nuestra razón de vivir, en nuestro alimento, en nuestra bebida, en nuestro maná y en nuestra sangre electrónica.
La mano invisible que rige nuestros destinos ha tomado buena nota y no ha dudado en hacerse con el control de las ondas intangibles, desde las que nos lanza discursos, arengas, sus verdades. Trabaje, consuma, vote, haga lo que yo quiero que usted haga, diga lo que yo quiero que usted diga, piense lo que yo quiero que usted piense. Sea un número, sea la base de la pirámide que yo monto, en la que yo reino.
Yo soy el número uno.
La humanidad camina ciega, guiada con guante de hierro por su dueño, carente de personalidad propia. Con opiniones programadas, emociones manipuladas, sentimientos dictados. Cásese, tenga hijos. Y sueñe con la mujer del prójimo.
Hay que respetar la opinión de los demás: excepto cuando yo lo diga.
Somos bloques de hormigón moldeados por la mano invisible, enchufados a una pantalla- oráculo que nos revela la verdad sagrada, la palabra de los Dioses. Apolo y Atenea han muerto: ¡viva la nueva religión!
Vivimos vidas que no son nuestras y derramamos nuestras pasiones en una caja de cristal, plástico y metal. Somos castas prostitutas, cobardes aventureros, obesos atletas y roncos tenores en la cúspide de su momento de gloria.
Ciegos, sedados, programados...
Aquel invento revolucionario del siglo XX que trajo una nueva era a la humanidad, a la sociedad de la información, se ha revelado como Satanás, el Diablo, nuestro particular Anticristo. Ahora los ciudadanos del planeta Tierra rinden culto a una nueva religión blasfema, a un becerro de oro tecnológico que nubla nuestra razón y convierte todo lo que toca en vil metal y todo lo que dice en dogma inapelable.
Lo que en un principio no se antojaba más que un medio de comunicación, una inofensiva escapada al mundo del ocio y la solución perfecta al problema de la obsolescencia informativa ha acabado por convertirse en nuestra razón de vivir, en nuestro alimento, en nuestra bebida, en nuestro maná y en nuestra sangre electrónica.
La mano invisible que rige nuestros destinos ha tomado buena nota y no ha dudado en hacerse con el control de las ondas intangibles, desde las que nos lanza discursos, arengas, sus verdades. Trabaje, consuma, vote, haga lo que yo quiero que usted haga, diga lo que yo quiero que usted diga, piense lo que yo quiero que usted piense. Sea un número, sea la base de la pirámide que yo monto, en la que yo reino.
La humanidad camina ciega, guiada con guante de hierro por su dueño, carente de personalidad propia. Con opiniones programadas, emociones manipuladas, sentimientos dictados. Cásese, tenga hijos. Y sueñe con la mujer del prójimo.
Hay que respetar la opinión de los demás: excepto cuando yo lo diga.
Somos bloques de hormigón moldeados por la mano invisible, enchufados a una pantalla- oráculo que nos revela la verdad sagrada, la palabra de los Dioses. Apolo y Atenea han muerto: ¡viva la nueva religión!
Vivimos vidas que no son nuestras y derramamos nuestras pasiones en una caja de cristal, plástico y metal. Somos castas prostitutas, cobardes aventureros, obesos atletas y roncos tenores en la cúspide de su momento de gloria.
Ciegos, sedados, programados...
"Y yo me pare sobre la arena del mar, y vi una bestia subir del mar, que tenia siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cuernos diez diademas, y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia".- Apocalipsis 13:1, 2.
HISTORIAS IMAGINARIAS - 001

Una de mis aficiones favoritas allá por los años de la adolescencia, y mantenida hasta el fin de mis días universitarios, era la lectura devoradora de historietas norteamericanas de superhéroes. Con el paso de los años fui perdiendo algo, llámenlo suspensión de la incredulidad si quieren, que hizo que dejase de disfrutar dicho tipo de tebeos de forma generalizada.
Entre mis guionistas predilectos en dicho terreno, y en aquellos tiempos, se contaba el escocés Grant Morrison. No quiero marearles con excesivos datos biográficos así que baste decir que el autor, nacido en Glasgow durante 1960, destacó en el semanario inglés 2000 AD creando la serie Zenith, donde nos presentaba a una estrella de rock reconvertida a superhéroe en lucha contra una invasión alienígena extra-dimensional. Fue dicha historieta, entre otras, la que llamó la atención de la editorial americana DC Comics, famosa por cobijar entre sus publicaciones a personajes de la talla de Superman, Batman o Wonder Woman. Dicha empresa se encontraba sumergida durante mediados y finales de la década de los ochenta en un proceso de renovación, bastante progresista, de su exitosa línea de publicaciones superheroicas. Una de las tácticas con las que se pretendía llevar a buen puerto dicho proceso era la caza y captura de escritores ingleses, a los que se concedía la suposición de poseer superiores habilidades literarias en comparación con sus colegas estadounidenses, para elevar el prestigio de sus colecciones de tebeos.
El primer encargo del señor Morrison, una vez a bordo de la máquinaria industrial de la DC, fue la revitalización de un oscuro personaje secundario perteneciente al insondable fondo de armario de la mencionada editorial: Animal Man. Desde las veinticuatro páginas mensuales del tebeo y durante un total de 26 capítulos, los lectores asistimos, anonadados, a un estrambótico experimento metalingüístico donde a menudo veíamos cuestionada la noción misma de ficción y que concluyó con un memorable encuentro del personaje con su escritor en la última entrega de la historia. Los aficionados españoles al género todavía recordamos con admiración aquel brillante tebeo publicado por Ediciones Zinco hace más de una década y ahora de nuevo disponible gracias a la reedición de Norma Editorial.

El segundo trabajo asumido por el escocés, desde el punto de vista cronológico, y durante su desembarco en la patria de McDonald's, fue la continuación de la serie mensual dedicada a La Patrulla Condenada, o Doom Patrol en el original, que se podría definir como una agrupación de auténticos freakies superheroicos que venían como anillo al dedo a la extravagante imaginación del guionista. Nunca las páginas de un tebeo vieron tal acumulación de creatividad extraña y enfermiza, donde tan pronto se daba pié a técnicas de escritura libre como se pasaba a interrogar al lector sobre la relación entre cuerpo y mente. Todo ello aderezado con un torrente incontenible de argumentos, personajes y situaciones verdaderamente surrealistas entre los que destacaba, siempre bajo mi punto de vista particular, Danny la Calle, una avenida viviente, travestí y con superpoderes.
El trabajo realizado por Morrison durante los años en que estuvo al frente de la serie dedicada a La Patrulla Condenada hizo que esta, sin ningún lugar a dudas, pasara a convertirse en el cómic de culto por excelencia. Más aún si tenemos en cuenta que gran parte de su material continúa tristemente inédito en España y que los lectores hambrientos de experiencias perturbadoras hemos tenido que hacernos con la edición original en inglés.
(continuará)
Entre mis guionistas predilectos en dicho terreno, y en aquellos tiempos, se contaba el escocés Grant Morrison. No quiero marearles con excesivos datos biográficos así que baste decir que el autor, nacido en Glasgow durante 1960, destacó en el semanario inglés 2000 AD creando la serie Zenith, donde nos presentaba a una estrella de rock reconvertida a superhéroe en lucha contra una invasión alienígena extra-dimensional. Fue dicha historieta, entre otras, la que llamó la atención de la editorial americana DC Comics, famosa por cobijar entre sus publicaciones a personajes de la talla de Superman, Batman o Wonder Woman. Dicha empresa se encontraba sumergida durante mediados y finales de la década de los ochenta en un proceso de renovación, bastante progresista, de su exitosa línea de publicaciones superheroicas. Una de las tácticas con las que se pretendía llevar a buen puerto dicho proceso era la caza y captura de escritores ingleses, a los que se concedía la suposición de poseer superiores habilidades literarias en comparación con sus colegas estadounidenses, para elevar el prestigio de sus colecciones de tebeos.
El primer encargo del señor Morrison, una vez a bordo de la máquinaria industrial de la DC, fue la revitalización de un oscuro personaje secundario perteneciente al insondable fondo de armario de la mencionada editorial: Animal Man. Desde las veinticuatro páginas mensuales del tebeo y durante un total de 26 capítulos, los lectores asistimos, anonadados, a un estrambótico experimento metalingüístico donde a menudo veíamos cuestionada la noción misma de ficción y que concluyó con un memorable encuentro del personaje con su escritor en la última entrega de la historia. Los aficionados españoles al género todavía recordamos con admiración aquel brillante tebeo publicado por Ediciones Zinco hace más de una década y ahora de nuevo disponible gracias a la reedición de Norma Editorial.

El segundo trabajo asumido por el escocés, desde el punto de vista cronológico, y durante su desembarco en la patria de McDonald's, fue la continuación de la serie mensual dedicada a La Patrulla Condenada, o Doom Patrol en el original, que se podría definir como una agrupación de auténticos freakies superheroicos que venían como anillo al dedo a la extravagante imaginación del guionista. Nunca las páginas de un tebeo vieron tal acumulación de creatividad extraña y enfermiza, donde tan pronto se daba pié a técnicas de escritura libre como se pasaba a interrogar al lector sobre la relación entre cuerpo y mente. Todo ello aderezado con un torrente incontenible de argumentos, personajes y situaciones verdaderamente surrealistas entre los que destacaba, siempre bajo mi punto de vista particular, Danny la Calle, una avenida viviente, travestí y con superpoderes.
El trabajo realizado por Morrison durante los años en que estuvo al frente de la serie dedicada a La Patrulla Condenada hizo que esta, sin ningún lugar a dudas, pasara a convertirse en el cómic de culto por excelencia. Más aún si tenemos en cuenta que gran parte de su material continúa tristemente inédito en España y que los lectores hambrientos de experiencias perturbadoras hemos tenido que hacernos con la edición original en inglés.
(continuará)
EN LA TASCA
Allí nos encontraremos todos, tarde o temprano, si es que no lo hemos hecho ya: en la tasca. Y ese es el título escogido por el insigne Jarri para poner sobre pantalla algunas de las piezas de prosa más turbadoras que se puedan imaginar. Su uso del verbo claro para describir la suciedad se antoja como una mezcla extraña y atractiva de sangre y gasolina, cerveza y cuero gastado.
Si son ustedes personas amigas de pensar tras leer, si no se conforman con el vacío sin sentido al que actualmente nos condenan desde todos los medios, dense un paseo por la tasca. Sus maltratadas neuronas se lo agradecerán y yo les aseguro a ustedes que no saldrán indemnes de la visita...
Si son ustedes personas amigas de pensar tras leer, si no se conforman con el vacío sin sentido al que actualmente nos condenan desde todos los medios, dense un paseo por la tasca. Sus maltratadas neuronas se lo agradecerán y yo les aseguro a ustedes que no saldrán indemnes de la visita...






