DIGAN LO QUE DIGAN
He tenido la ocasión de comprobar, de forma reciente, como esta manía, tan de nuestra edulcorada pero ligera sociedad actual, de etiquetar, prejuzgar, clasificar y asignar un rol simplista a todo y a todos está alcanzando, ya, extremos harto indignantes. He leído, escuchado y vivido en mis propias carnes la rabia ante el encasillamiento sufrido por parte del otro o de los otros. Encasillamiento, insisto, que tiende a ver las cosas en blanco y negro, dando siempre calificaciones, notas o puntuaciones extremas a actitudes, frases u opiniones que, en realidad, carecen de la más mínima relevancia y no son más que expresión de la transitoriedad y mutabilidad del ser humano en lo que a sus pensamientos revelados se refiere.
He oído, he leído, he visto y percibido, por ejemplo, como se tachaba de fascistas a personas que realmente eran de izquierdas. He sido testigo de cómo se trataba de borracho, en el colmo del pijerío más absoluto, a una persona por el mero hecho de estar yéndose de cañas con sus colegas un viernes por la noche. He escuchado a un hombre adulto confesarme que las mujeres despreciaban sus palabras sin más motivo que el poseer éste un rostro poco agraciado. He presenciado, en fin, la vergonzosa actitud de quienes pretendían bobas a personas inteligentes, agudas y perspicaces por no querer escucharlas o no poder entenderlas. Dentro de esta nueva actitud de conmigo o contra mí nos encanta pensar que los demás son tontos o que el mundo se divide, única y exclusivamente, en amigos e hijos de puta.
La parte más fea de este ansia por prejuzgar al otro, por clasificarlo y etiquetarlo como de los nuestros o de los contrarios es el hecho incontestable de que da igual lo que uno haga. Da igual que uno se muestre afable o frío, serio o alegre, temperamental o tolerante. Parece que todavía existen personas que deciden que el prójimo es bueno o es malo con un golpe de vista. Una frase superficial o poco pensada expresada en el descanso matutino del café puede servir como excusa para que a usted lo juzguen, condenen y ejecuten sin más. Sin vuelta de hoja. No son pocas las ocasiones en las que no queda más opción que la crispación o el desprecio ante el desprecio ajeno.
Todavía no nos hemos dado cuenta de que cada persona es, no ya un mundo, si no muchos mundos, y que la evidencia científica nos dice que nadie está en posesión de la verdad absoluta. Nos empeñamos, por otro lado, en no escuchar y en descalificar al otro antes de que despegue los labios. Y lo hacemos no sobre la base de una frase o comportamiento más o menos afortunado, si no por la mera razón de que es el contrario. El enemigo, por malo o por tonto, siempre el enemigo. Nos gusta cerrarnos en torno a nosotros mismos, en torno a nuestras irracionalidades y en torno a nuestra manías: nos negamos el derecho y el placer de escuchar a los que se antojan distintos, de conceder un momento de respiro, de tranquilidad, al otro. Y de sorprendernos comprendiéndolo. Nada humano me es ajeno ¿recuerdan?
Decía Séneca que es imposible llevarse bien con todo el mundo pero que, sin embargo, resulta de lo más sencillo el no llevarse mal con nadie. Siempre he admirado las enseñanzas del maestro, pero esta es una de las que más me cuesta digerir. Cierto que puede resultar sencillo, en ocasiones, ignorar y olvidar al ser rastrero, despreciable y ruin. Pero ¿qué hacer cuando este ataca directamente y sin piedad? ¿Qué hacer cuando ensucia el nombre propio? ¿Cómo no gritar cuando nos pisan el callo? ¿Cómo no escoger, llegado el caso, el parecer mala persona, e hijo de puta, antes que bobo o imbécil? Porque estas ocasiones, no tengan la más mínima duda, se presentan en la vida y, como decía una letra de música tradicional asturiana “Si canto dicen que canto, si lloro que tengo pena, la gente murmuradora va a hablar de cualquier manera.” Y, llegado el momento de enfrentarse a prejuicios, desprecios, mentiras e injusticias, yo, personalmente, prefiero morder que ladrar.
Salir por la puerta principal de este teatro que es la vida.
Y con la cabeza muy alta.
He oído, he leído, he visto y percibido, por ejemplo, como se tachaba de fascistas a personas que realmente eran de izquierdas. He sido testigo de cómo se trataba de borracho, en el colmo del pijerío más absoluto, a una persona por el mero hecho de estar yéndose de cañas con sus colegas un viernes por la noche. He escuchado a un hombre adulto confesarme que las mujeres despreciaban sus palabras sin más motivo que el poseer éste un rostro poco agraciado. He presenciado, en fin, la vergonzosa actitud de quienes pretendían bobas a personas inteligentes, agudas y perspicaces por no querer escucharlas o no poder entenderlas. Dentro de esta nueva actitud de conmigo o contra mí nos encanta pensar que los demás son tontos o que el mundo se divide, única y exclusivamente, en amigos e hijos de puta.
La parte más fea de este ansia por prejuzgar al otro, por clasificarlo y etiquetarlo como de los nuestros o de los contrarios es el hecho incontestable de que da igual lo que uno haga. Da igual que uno se muestre afable o frío, serio o alegre, temperamental o tolerante. Parece que todavía existen personas que deciden que el prójimo es bueno o es malo con un golpe de vista. Una frase superficial o poco pensada expresada en el descanso matutino del café puede servir como excusa para que a usted lo juzguen, condenen y ejecuten sin más. Sin vuelta de hoja. No son pocas las ocasiones en las que no queda más opción que la crispación o el desprecio ante el desprecio ajeno.
Todavía no nos hemos dado cuenta de que cada persona es, no ya un mundo, si no muchos mundos, y que la evidencia científica nos dice que nadie está en posesión de la verdad absoluta. Nos empeñamos, por otro lado, en no escuchar y en descalificar al otro antes de que despegue los labios. Y lo hacemos no sobre la base de una frase o comportamiento más o menos afortunado, si no por la mera razón de que es el contrario. El enemigo, por malo o por tonto, siempre el enemigo. Nos gusta cerrarnos en torno a nosotros mismos, en torno a nuestras irracionalidades y en torno a nuestra manías: nos negamos el derecho y el placer de escuchar a los que se antojan distintos, de conceder un momento de respiro, de tranquilidad, al otro. Y de sorprendernos comprendiéndolo. Nada humano me es ajeno ¿recuerdan?
Decía Séneca que es imposible llevarse bien con todo el mundo pero que, sin embargo, resulta de lo más sencillo el no llevarse mal con nadie. Siempre he admirado las enseñanzas del maestro, pero esta es una de las que más me cuesta digerir. Cierto que puede resultar sencillo, en ocasiones, ignorar y olvidar al ser rastrero, despreciable y ruin. Pero ¿qué hacer cuando este ataca directamente y sin piedad? ¿Qué hacer cuando ensucia el nombre propio? ¿Cómo no gritar cuando nos pisan el callo? ¿Cómo no escoger, llegado el caso, el parecer mala persona, e hijo de puta, antes que bobo o imbécil? Porque estas ocasiones, no tengan la más mínima duda, se presentan en la vida y, como decía una letra de música tradicional asturiana “Si canto dicen que canto, si lloro que tengo pena, la gente murmuradora va a hablar de cualquier manera.” Y, llegado el momento de enfrentarse a prejuicios, desprecios, mentiras e injusticias, yo, personalmente, prefiero morder que ladrar.
Salir por la puerta principal de este teatro que es la vida.
Y con la cabeza muy alta.
UN REGALO - 002
Realizé estas ilustraciones a principios de los años noventa, en un período en que me encontraba enormemente influenciado por el gran artista norteamericano Bill Sienzkiewicz, y tenía pensado formasen parte de un relato de tintes fantásticos titulado "Combustión Espontánea".
En principio, y antes de embarcarme en el proyecto, me había tomado la libertad de realizar estos bocetos como meros apuntes de ambientación y caracterización.
En principio, y antes de embarcarme en el proyecto, me había tomado la libertad de realizar estos bocetos como meros apuntes de ambientación y caracterización.



No hace falta que les diga, claro, que pinchando sobre cada imagen tienen acceso a distintos tamaños de reproducción.
UN REGALO - 001
Aquí les dejo, si tienen a bien recibirlo, un retrato que realizé del bueno de Sid Vicious allá por mis años mozos. Verán que he borrado la dedicatoria de la esquina superior izquierda, pero permitan que mantenga ese pequeño detalle en secreto.
Pueden pinchar sobre la imágen, si quieren verla ampliada, y después seleccionar la opción "All Sizes":

Pueden pinchar sobre la imágen, si quieren verla ampliada, y después seleccionar la opción "All Sizes":

INTERNET
Escucho Scotland the Brave mientras leo una entrevista con el Dalai Lama en la que se declara "medio marxista". Me cae bien este fulano. Mientras tanto, mi programa de intercambio de archivos está descargando libros descatalogados y series de televisión de los años setenta.
Entro en el cuaderno de bitácora de Javier Armentia y aprendo un poco más de astrofísica para luego sumergirme en una tienda electrónica donde compro el primer volumen del delicioso e incisivo Snoopy y Carlitos de Charles M. Schulz.
Paro el reproductor musical y, tras introducir el primer CD de la ópera Tosca en el lector, tecleo en el buscador la dirección de Kareol para conseguir el libreto bilingüe. Mientras tanto, descargo la Ley Orgánica 1/2004 del 28 de diciembre y me pregunto a qué espera el Gobierno para introducir el concepto de voto electrónico en nuestras vidas.
Mientras reviso el e-mail de forma rutinaria, me vienen a la mente los nombres o apodos de muchos de los comentaristas que he conocido en algunos de los weblogs que frecuento. Y sonrío.
Internet es la ostia.
Entro en el cuaderno de bitácora de Javier Armentia y aprendo un poco más de astrofísica para luego sumergirme en una tienda electrónica donde compro el primer volumen del delicioso e incisivo Snoopy y Carlitos de Charles M. Schulz.
Paro el reproductor musical y, tras introducir el primer CD de la ópera Tosca en el lector, tecleo en el buscador la dirección de Kareol para conseguir el libreto bilingüe. Mientras tanto, descargo la Ley Orgánica 1/2004 del 28 de diciembre y me pregunto a qué espera el Gobierno para introducir el concepto de voto electrónico en nuestras vidas.
Mientras reviso el e-mail de forma rutinaria, me vienen a la mente los nombres o apodos de muchos de los comentaristas que he conocido en algunos de los weblogs que frecuento. Y sonrío.
Internet es la ostia.