CSI GRAVE DANGER
El último proyecto escrito y dirigido por el popular autor cinematográfico Quentin Tarantino no se plasma en una película de larga duración, si no en un capítulo doble de la merecidamente exitosa serie televisiva CSI, Crime Scene Investigation, que viene a cerrar la emisión de su quinta temporada en antena. No es esta la primera vez que podemos ver la implicación del atrevido director con los más populares productos televisivos ya que anteriormente se había responsabilizado de firmar la dirección del último capítulo de la primera temporada de la sobresaliente Urgencias, titulado Maternidad, o de aparecer en diversos cameos durante el transcurso del laureado folletín de espionaje conocido como Alias. El remarcable cineasta norteamericano se había declarado acérrimo seguidor de la serie protagonizada por un equipo de investigadores científicos, forenses, criminólogos o criminalistas y policías científicos, ambientado en Las Vegas, lo cual movió al actor y productor ejecutivo William L. Petersen (Gil Grissom en la ficción) a contactar con el susodicho para proponerle una colaboración puntual.La insistencia del equipo técnico de la teleserie dió sus frutos, tras una primera intentona fallida por supuestas incompatibilidades de agenda, y el bueno de Quentin ha terminado por hacerse cargo de los capítulos numerados como 24 y 25 de la mencionada temporada. Con el título original de Grave Danger I y II, y manteniendo un completo control creativo sobre el producto, Mister Tarantino nos sirve en bandeja una historia intensa, dramática, angustiosa, adictiva, pero también, y simultáneamente, rica en matices y detalles que vienen a engrandecer el ya de por sí excelente currículum vitae del espectáculo de ficción ambientado en Las Vegas. El televidente encontrará una absorbente historia, regada con litros de sangre -marca de la casa- y casquería varia, momentos inolvidables de asfixia y terror, insectos cruelmente repugnantes, suspense inteligente al más puro estilo hitchcockiano, sorpresas y trampas argumentales para desviar la atención y generar expectativas luego defraudadas. Encontrará también la colaboración estelar del legendario Tony Curtis y, sobre todo, el sorprendente, por crudo y realista, por angustioso y conmovedor, registro que arranca la cámara del elenco de actores habituales de la serie y, más en concreto, del abrumador, sólido y convincente trabajo de George Eads en el papel de Nick Stokes, el guaperas y cachas del equipo, el buen chico de la pandilla, que, en esta ocasión, se las arregla él solito para poner los pelos de punta y causar más de una mala digestión y noche de insomnio al torturado espectador merced a una escalofriante interpretación.
Como ven, he tratado de evitar, en la medida de lo posible, el adelantar estractos argumentales del soberbio guión firmado por Mister Tarantino. Y esto es por dos motivos. En primer lugar considero que el recurrir a resumir la historia o contar la película a la hora de hablar de ella desde un punto de vista crítico es de comentarista flojo, escaso y torpe. O poco dotado para la labor, vamos. En segundo lugar, y creo que no ando demasiado desencaminado, pienso que uno de los puntos fuertes del trabajo audiovisual del bueno de Quentin es, precisamente, el guión. Tanto desde el punto de vista de su osadía argumental como desde la perspectiva del cuidado y llamativo desarrollo narrativo en el que incluyo, por supuesto, su excelente dominio de los diálogos o la adecuada y fresca selección musical de bandas sonoras.
EDWARD JAMES OLMOS
Algunos lo recordarán en la piel del intenso y taciturno Teniente Castillo que llenaba la pantalla cada vez que asomaba el picado jeto por la teleserie Corrupción en Miami (Miami Vice) Otros tendrán grabadas a fuego en el recuerdo sus escasas pero remarcables intervenciones como Gaff, Blade Runner ambicioso, amante de la papiroflexia y que, al final del célebre filme dirigido por Ridley Scott, se revelaba como el mejor compañero que hubiese podido desear el ambiguo antihéroe Rick Deckard. Pocos, muy pocos, o ninguno, serán los que conozcan su laureado trabajo a las órdenes de Ramón Menéndez en el drama, basado en hechos reales, Stand and Deliver, donde daba vida a un profesor de matemáticas de instituto de barrio marginal norteamericano, Jaime Escalante, y que le valió, entre otras cosas, una nominación al Oscar. Edward James Olmos, actor como la copa de un pino, anda enfrascado actualmente en la nueva versión, el remake, de aquella famosa serie televisiva espacial de nuestros años mozos denominada Galáctica. Sí, aquella que, en la estela del coyuntural éxito de La Guerra de las Galaxias, nos presentaba a unos androides malignos denominados Cylones y a Dirk Benedict –el Equipo A- disfrazado de piloto estelar. Por no mencionar a Lorne Green –Bonanza- en plan patriarca benévolo de las estrellas como el Comandante Adama. Papel precisamente este último reservado ahora para el actor hispanoamericano que viene a protagonizar estas líneas.Ahora que ya sabemos que el género al que se circunscriben estas producciones se denomina space opera, ahora que hemos vivido angustiados un 11 de septiembre y ahora que los productores norteamericanos nos han mostrado hasta donde puede llegar una serie televisiva como vehículo narrativo, no podemos ya volver la vista atrás para resucitar de forma ingenua y colorista un producto hortera y facilón como era aquella Galáctica original que, les refresco, nos hablaba del éxodo de la raza humana en busca del mítico planeta Tierra motivado por la destrucción masiva de las colonias interestelares llevada a cabo por los pérfidos Cylones. Con estos datos, con estos recuerdos, ya se imaginan ustedes que el producto alumbrado durante el reciente año 2003 y siguientes, primero en forma de miniserie, y luego de serie cortada por temporadas, poco tiene que ver con el aire camp del original y basa su fuerza en características opuestas a las que destilaba aquel. Es esta nueva versión una muestra de ciencia ficción sucia y dura más próxima a la herrumbre de Blade Runner y la frialdad facultativa de Gattaca que al colorido de las trilogías de George Lucas. El argumento, aún sobre la base del material original, afila hasta extremos insospechados su crudeza, la inmersión narrativa en el alma torturada y, en algunos casos, esquizofrénica, de los personajes. Por cada uno de los fotogramas de esta excelente puesta al día sobrevuela un aire de producto serio, adulto, bien escrito y todavía mejor ejecutado formalmente. Hasta el punto de respetar de forma escrupulosa los conocimientos astrofísicos vigentes a la hora de presentarnos impactantes y espectaculares escenas de agresión espacial.
A pesar del impresionante derroche imaginativo y técnico dedicado al apartado visual y sonoro bajo el título de “efectos especiales”, o como quiera que ahora se denomine dicha disciplina, soy de los que opinan que el punto fuerte de la teleserie está en la excelente interpretación del papel correspondiente al Comandante Adama, ejecutada con maestría por el mencionado Edward James Olmos. Lejos del aire de patriarca bíblico, sabio y bonachón, que trataba de transmitir el feísimo Lorne Greene durante los hoy en día infumables capítulos correspondientes a la serie original, el nuevo responsable de manejar el rumbo de la Estrella de Combate Galáctica, navío que se coloca a la cabeza del referido éxodo sideral, se nos presenta como un líder militar auténtico, de la vieja escuela, duro y batallador, carismático, inteligente y calculador, sí, pero propietario, también, de un corazón gigante que no le cabe en el pecho. Y es que el conocido actor hispano, en complicidad con los creadores y guionistas del remake, compone y pinta un personaje complejo, multifacético, profundo, vivo y dueño de una serie sucesiva de coherentes capas de personalidad que lo acercan de manera realista a lo que cabría esperar de una auténtica persona de carne y hueso. Dos de los aspectos más cuidados en este soberbio trabajo de caracterización son la modulación vocal, auténtica lección de cómo interpretar verbalmente merced a unas cuidadas inflexiones ejecutadas con convicción y claridad por la personalísima voz de Olmos, y la gestualización física, dramática, pausada pero poderosa, cargada de fuerza, justicia, templanza y sabiduría, tal y como corresponde a la figura del personaje que se trata de retratar.¿Qué que dónde he tenido yo la oportunidad de degustar esta auténtica joya televisiva? Ah, claro, me olvidaba: todavía no se ha comenzado a emitir en nuestro pobre país, España, así que he tenido que recurrir a otras fuentes como, sí, les aconsejo a ustedes que hagan. Podrán así disfrutar del mejor espectáculo de ciencia-ficción que se produce actualmente en impagable versión original y con trabajados subtítulos al castellano que alguien -¿un santo?- se ha molestado en realizar. Y es que cuando la montaña no va a Mahoma...
IFIGENIA Y TOSCA (I)
Ante todo: mucha calma. No soy yo el primero en sugerir, o quizá adivinar, una evidente línea de paralelismo entre la clásica, y lejana ya, tragedia griega, elevada cuna de nuestras letras, y la expresión o género musical culto que hemos venido en denominar con el apelativo de ópera (obra, en latín) En concreto, les recomiendo la lectura de El origen de la tragedia (1872) del conocido, leído, pero no comprendido, filósofo, poeta y filólogo alemán Friedrich Nietzsche donde, además de introducir algunos elementos del discurso que pasaría a desarrollar más adelante, como la suspuesta debilidad moral inducida por la eclosión del cristianismo en la civilización occidental, se nos habla de lo que pudo ser, en su nacimiento, la puesta en escena de una tragedia griega. De como se trataba no sólo de una pieza literaria o dramática sino más bien de un compendio de diversas disciplinas artísticas donde tenía cabida, sí, la poesía, el teatro, pero también la pintura, a través del cuidadosamente estudiado diseño de vestimentas y decorados; la arquitectura, si tenemos en cuenta las impresionantes construcciones que nos ha legado la cultura de la que estamos hablando y que, aún a día de hoy, continúan quitándonos el hipo, y donde venían a llevarse a cabo las representaciones periódicas de las piezas escritas por los tragediógrafos antiguos; y la música. Parece ser, y así lo describe Nietzsche, que las mencionadas tragedias griegas no fueron escritas tan sólo para ser representadas tal cual conocemos hoy en día la escenificación dramática sino también, y sobre todo, para ser cantadas. Conclusión lógica, por otra parte, para cualquier lector con ojos en la cara y que sea capaz de identificar la intervención del coro griego a través de las estrófas, antístrofas y épodos que subdividen las piezas escritas por Esquilo, Sófocles o Eurípides, entre otros, y que nos hablan, a todas luces, de una evidente estructura musical. Habría, por lo tanto, música en los teatros griegos. Y todo ello al servicio de una sola idea: el exorcismo, el éxtasis, la identificación, ... la catársis del público a traves del arte. De la obra. De la obra de arte. De la obra de arte completa. Del encuentro con esta idea a la mención de Richard Wagner o Ludwig Van Beethoven no necesitó el filósofo alemán realizar excesivos encajes de bolillos ni enrevesados juegos de palabras como no es necesario tampoco ser muy despierto para ver la influencia de la lógica musical en la concepción original de las tres divisiones clásicas de la obra narrativa (inicio, desarrollo y final) De ahí a decir que la música es la madre de absolutamente todas nuestras expresiones artísticas, incluyendo las de índole narrativo -¿cuál no lo es?- , de absolutamente todos nuestros medios expresivos, media un solo paso. Pero no soy yo el que ha de darlo.
Obvio, por supuesto, la tarea de extenderme en la idea propugnada por el bueno de Friedrich, según la cual los alemanes modernos y su moderna cultura son herederos directos de los griegos antiguos y su antigua cultura. Y es que toda lectura de una obra filosófica ha de ser llevada a cabo desde un punto de vista desdeñoso que nos permita filtrar las ideas interesantes y válidas de las puras y simples tonterías.
(Continuará)
TÓLSTOI ES UN COÑAZO
Pues sí: un coñazo, oigan. He descubierto, tras haber sonreído y reído y disfrutado con Guerra y Paz como con pocas novelas anteriormente, que Tólstoi es un coñazo. Un tostón infumable, vamos. Porque sí, porque lo digo yo, que para eso soy el que teclea (o habla u opina)
Que a Bukowski no le gustaba Tólstoi ya lo sabíamos. Tampoco le gustaba Shakespeare. Pero es que entre chute y chute (y “tiro” por que me toca) no me imagino yo al yanki merendándose con las teorías intrahistóricas del bueno de Lev, o con las infinitas variaciones con las que el idioma ruso dota a la expresión circunstancial de sus nombres propios y apellidos, desarrolladas a lo largo de ochocientas y pico páginas. Algo fuerte para meterse entre resacas, supongo. Pero, al menos, el hombre tenía los cojones de decir, simplemente, que no le gustaba el insigne novelista ruso. Nunca dijo que fuese un coñazo. Y vaya si no hay diferencia.
Ahora resulta que, como adalides de la verdad universal que somos, sangraales con patas de tocino, todo aquello que no nos place es directamente una mierda. O un coñazo. Por ejemplo, Tólstoi. O Edgar Pierre Jacobs. O Beethoven, ya puestos. Con lo que le pesan las mochilas a los escolares y fíjese usted qué pronto hemos encontrado la solución: eliminar así, de golpe y porrazo todo aquello que no me da la gana de hacer el esfuerzo mínimo de experimentar. Porque ahí está el quid del asunto, el meollo de la cuestión: lo queremos todo hecho y, mejor aún, masticado. Nos hemos convertido en niños que se afeitan, piden teta y babean ante carísimas televisiones de alta tecnología.
Conversaba yo el otro día con un conocido al que tenía por inteligente o, como mínimo, sensato. Craso error. Lo cual se puso de manifiesto cuando, hablando sobre música, y tras mostrarse incapaz de dialogar sobre nada que no tuviese un chunda-chunda electrónico de por medio, a pesar de mi insistencia, terminó espetándome una frase como la que sigue: “Beethoven es típico”. O tópico. O predecible. O nosequé estúpido lugar común se le vino a la cabeza al hombre para mostrar nosequé tipo de complejo mental. Huelga decir que di la conversación por terminada. Y por el mismo tema del que les hablaba antes con el ejemplo de Tólstoi: me cuesta digerir la postura de quien pontifica sobre algo no sólo sin haberlo experimentado, si no, además, desde muchos, pero muchos, peldaños intelectuales por debajo de la cuestión. Porque este hombre, del divino Ludwig Van, habría escuchado, y con suerte, parte del Himno a la Alegría y las tres primeras notas de la 5ª Sinfonía (ya saben: ta-tá-ta-chaaaan)
Uno puede decir que no ha escuchado, que ha oído poco o, incluso, que no le gusta el famoso compositor alemán. Y quedar como un señor. Pero de ahí a despreciar algo tan imprescindible como es Beethoven (y de paso insultar sutilmente al interlocutor, ojo, por si no se habían dado cuenta) media un abismo. Y un abismo cultural, educativo, intelectual.
Ni más ni menos.
Que a Bukowski no le gustaba Tólstoi ya lo sabíamos. Tampoco le gustaba Shakespeare. Pero es que entre chute y chute (y “tiro” por que me toca) no me imagino yo al yanki merendándose con las teorías intrahistóricas del bueno de Lev, o con las infinitas variaciones con las que el idioma ruso dota a la expresión circunstancial de sus nombres propios y apellidos, desarrolladas a lo largo de ochocientas y pico páginas. Algo fuerte para meterse entre resacas, supongo. Pero, al menos, el hombre tenía los cojones de decir, simplemente, que no le gustaba el insigne novelista ruso. Nunca dijo que fuese un coñazo. Y vaya si no hay diferencia.
Ahora resulta que, como adalides de la verdad universal que somos, sangraales con patas de tocino, todo aquello que no nos place es directamente una mierda. O un coñazo. Por ejemplo, Tólstoi. O Edgar Pierre Jacobs. O Beethoven, ya puestos. Con lo que le pesan las mochilas a los escolares y fíjese usted qué pronto hemos encontrado la solución: eliminar así, de golpe y porrazo todo aquello que no me da la gana de hacer el esfuerzo mínimo de experimentar. Porque ahí está el quid del asunto, el meollo de la cuestión: lo queremos todo hecho y, mejor aún, masticado. Nos hemos convertido en niños que se afeitan, piden teta y babean ante carísimas televisiones de alta tecnología.
Conversaba yo el otro día con un conocido al que tenía por inteligente o, como mínimo, sensato. Craso error. Lo cual se puso de manifiesto cuando, hablando sobre música, y tras mostrarse incapaz de dialogar sobre nada que no tuviese un chunda-chunda electrónico de por medio, a pesar de mi insistencia, terminó espetándome una frase como la que sigue: “Beethoven es típico”. O tópico. O predecible. O nosequé estúpido lugar común se le vino a la cabeza al hombre para mostrar nosequé tipo de complejo mental. Huelga decir que di la conversación por terminada. Y por el mismo tema del que les hablaba antes con el ejemplo de Tólstoi: me cuesta digerir la postura de quien pontifica sobre algo no sólo sin haberlo experimentado, si no, además, desde muchos, pero muchos, peldaños intelectuales por debajo de la cuestión. Porque este hombre, del divino Ludwig Van, habría escuchado, y con suerte, parte del Himno a la Alegría y las tres primeras notas de la 5ª Sinfonía (ya saben: ta-tá-ta-chaaaan)
Uno puede decir que no ha escuchado, que ha oído poco o, incluso, que no le gusta el famoso compositor alemán. Y quedar como un señor. Pero de ahí a despreciar algo tan imprescindible como es Beethoven (y de paso insultar sutilmente al interlocutor, ojo, por si no se habían dado cuenta) media un abismo. Y un abismo cultural, educativo, intelectual.
Ni más ni menos.
PERO...
Llevo tres días seguidos preguntándome de dónde diablos sale el dinero en una ciudad como La Coruña. O de dónde lo saca la gente y cómo, claro, que viene a ser lo mismo. Y me explico: usted sale, en esta ciudad, y a las once de la mañana de un jueves, a realizar una gestión bancaria, por ejemplo, y se encuentra no ya las calles principales sino también las secundarias, y hasta las olvidadas, llenas de vida, de tránsito, de circulación automovilística. Pudiera ser que esta fuese, casualmente, la hora en la que todos han decidido salir de su oficina, tienda, mostrador, etc, ... para realizar la maldita gestión bancaria y así joderle a usted la mañanita entre colas, esperas e impaciencias varias. Pues no, ya que un rápido vistazo al rostro del conciudadano revela la relajación propia del paseante casual. Como si fuese sábado por la tarde, oigan.
Y como de tardes hablábamos, también puede uno salir un par de horas antes del despacho el miércoles, qué sé yo, para hacer una visita relámpago, y con vuelta, al taller mecánico donde tiene el Ford a revisar. La sorpresa, incluso estupefacción, promete ser aún mayor ya que podrá observarse como la playa, a finales del mes de septiembre, se encuentra llena hasta los topes y hasta el pobre footer (persona que hace footing, aclaro) tiene que abrirse paso a codazos en el superpoblado paseo marítimo para avanzar unos cuantos metros en su particular carrera contra el tiempo. Y conste que no pretendo, ni pienso, pararme demasiado en la cuestión del tráfico rodado, congestionado, embotellado, masificado, endiosado, reverenciado, odiado...
Lo lógico sería llegar a casa preocupado, con la mosca detrás de la oreja y la mítica gota de sudor en la frente mientras la mano se abalanza veloz hacia las páginas amarillas guardadas en el cajón de la cómoda, allí en el hall, entrada, o recibidor, para ver si es que, efectivamente, se encuentra uno pernoctando en una ciudad de gente ociosa, desempleada, de zombies julandrones sin oficio ni beneficio. Con pantalones piratas para él y pantalones elásticos para ella (agravantes cualificados, opino, para ambos) Pero no, y he aquí lo inquietante, resulta que en la hermosa ciudad de La Coruña –y alrededores- hay bancos y cajas de ahorro, agencias inmobiliarias, estudios de arquitectura, comercio, hostelería, escuelas, servicios públicos, uno de los puertos más importantes de Europa y ¡hasta una multinacional exitosa perteneciente al sector textil!
¿Alguien me lo explica?
Y como de tardes hablábamos, también puede uno salir un par de horas antes del despacho el miércoles, qué sé yo, para hacer una visita relámpago, y con vuelta, al taller mecánico donde tiene el Ford a revisar. La sorpresa, incluso estupefacción, promete ser aún mayor ya que podrá observarse como la playa, a finales del mes de septiembre, se encuentra llena hasta los topes y hasta el pobre footer (persona que hace footing, aclaro) tiene que abrirse paso a codazos en el superpoblado paseo marítimo para avanzar unos cuantos metros en su particular carrera contra el tiempo. Y conste que no pretendo, ni pienso, pararme demasiado en la cuestión del tráfico rodado, congestionado, embotellado, masificado, endiosado, reverenciado, odiado...
Lo lógico sería llegar a casa preocupado, con la mosca detrás de la oreja y la mítica gota de sudor en la frente mientras la mano se abalanza veloz hacia las páginas amarillas guardadas en el cajón de la cómoda, allí en el hall, entrada, o recibidor, para ver si es que, efectivamente, se encuentra uno pernoctando en una ciudad de gente ociosa, desempleada, de zombies julandrones sin oficio ni beneficio. Con pantalones piratas para él y pantalones elásticos para ella (agravantes cualificados, opino, para ambos) Pero no, y he aquí lo inquietante, resulta que en la hermosa ciudad de La Coruña –y alrededores- hay bancos y cajas de ahorro, agencias inmobiliarias, estudios de arquitectura, comercio, hostelería, escuelas, servicios públicos, uno de los puertos más importantes de Europa y ¡hasta una multinacional exitosa perteneciente al sector textil!
¿Alguien me lo explica?
ICI MÊME

Pues sí: que toca ahora reseñar, y subrayar, que, en el mes de octubre del año 2005, y de las manos de Norma Editorial, se reedita la excelente novela gráfica, o álbum, Ici Même, que fue publicada por primera vez en nuestro país, y ya hace unos tropecientos años, por la extinta e inencontrable editorial Laertes. “Aquí Mismo”, si me permiten ustedes el lujo de traducir el título que nadie ha traducido. O que yo no he visto traducir, claro. Obra escrita por monsieur Jean Claude Forest, célebre, él, y por la creación de un icono como ha sido, y es, Barbarella, e ilustrada por uno de los pocos, poquísimos, genios indiscutibles que ha dado el género de la historieta a la historia del arte: Jacques Tardi.
Como la suerte de reseña rápida de la que tratan estas líneas no puedo evitar advertirles que sí. Que en Ici Même encontrarán arte. Y literatura. Y evasión. Y diversión, claro. Y podrán guardar el tomo al lado de Cien Años de Soledad. O mejor aún: de Pedro Páramo. Con la única salvedad de que releerán ustedes la colaboración entre Forest y Tardi bastante más a menudo que la obra de los representantes del realismo mágico sudamericano.
¿No me creen?
Hagan la prueba.
Y luego...
Luego persigan los álbumes con la firma de Jacques Tardi.
No les quedará más remedio.
Y digo yo: ¿qué tendrán los franceses que no tengamos nosotros, maldita sea, y al menos desde el Siglo de Oro a esta parte? ¿Será, no sé, la mantequilla? ¿El Burdeos? ¿O quizá....?
Como la suerte de reseña rápida de la que tratan estas líneas no puedo evitar advertirles que sí. Que en Ici Même encontrarán arte. Y literatura. Y evasión. Y diversión, claro. Y podrán guardar el tomo al lado de Cien Años de Soledad. O mejor aún: de Pedro Páramo. Con la única salvedad de que releerán ustedes la colaboración entre Forest y Tardi bastante más a menudo que la obra de los representantes del realismo mágico sudamericano.
¿No me creen?
Hagan la prueba.
Y luego...
Luego persigan los álbumes con la firma de Jacques Tardi.
No les quedará más remedio.
Y digo yo: ¿qué tendrán los franceses que no tengamos nosotros, maldita sea, y al menos desde el Siglo de Oro a esta parte? ¿Será, no sé, la mantequilla? ¿El Burdeos? ¿O quizá....?
LA SANIDAD, EL DÉFICIT Y LOS VAMPIROS
El reciente anuncio por parte de varios Ministros del Gobierno socialista de la propuesta de incrementar el nivel de imposición indirecta sobre los cuatro productos o servicios estrella de la polémica fiscal por parte de las administraciones autonómicas para aflojar el desencuentro entre ingreso y gasto público en el sector sanitario ha dejado en evidencia dos verdades: a) la sanidad pública acarrea el peso de un grave y peligroso déficit y b) hay que paliar, disminuir, eliminar dicha asimetría presupuestaria en la medida de lo posible. Como viene siendo habitual cada vez que un Consejo de Ministros o Comisión Delegada se encuentra con un problema a solucionar, la receta a aplicar se viste o disfraza de tintes punitivos, sancionadores o, en este caso, impositivos, asimétricos, injustos y de difícil defensa desde el punto de vista de quien se dice socialista por cuanto viene a posar su pesada carga sobre la espalda del ciudadano de a pie cada vez más cercano al proletario industrial de finales del siglo XIX y más alejado del feliz pequeño-burgués habitante de un ya perdido para siempre Estado del Bienestar.
Convendría analizar las causas, motivos y orígenes de la susodicha situación deficitaria para actuar eficazmente en lugar de venir ahora a tapar la hemorragia con el ya cansino parche de carga fiscal, que amenaza con traer más problemas, discordia y crispación que soluciones reales. Por mucho que sonría la excelentísima Fernández de la Vega desde lo alto de su culo empinado y obscenamente bronceado por las llamas del verano o por mucho que trate de acojonar el Ministro Jordi Sevilla mediante torpes amenazas veladas que vienen a subrayar el falso carácter voluntario de las medidas propuestas.
Los motivos reales, concretos y palpables que vienen a confluir en lo que vamos a entender como incremento del coste generado por la sanidad pública son los siguientes: el inapelable envejecimiento de la población española, merced a una desastrosa y generalizada situación laboral y económica que nos empeñamos en no querer ver, cegados como estamos por los supuestos y mediáticos crecimientos de la economía nacional; el innegable aunque insuficiente incremento de la renta per capita que viene a derivar en un lógico aumento de la demanda; el elevado y progresivo coste de la investigación y tecnología médica, la cual, además, está sujeta a un período de rotación o maduración muy breve; la evidente explosión demográfica causada por el fenómeno de la inmigración, tan de actualidad cuando se trata de mostrar lo solidarios que somos pero tan olvidado a la hora de pedir que se pague lo que se debe, oiga, que yo no cotizo a la Seguridad Social para que venga el amigo Mustafá a quitarme el empleo sobre la base de unas prestaciones que no ha contribuido a sostener.
Hasta ahí, los motivos que vienen a engrosar el incremento de los costes sanitarios vivido recientemente en nuestro país, en nuestras autonomías. Pero el hecho de que exista un evidente e innegable aumento de costes no tiene porque venir a dar como resultado un balance final desequilibrado o la existencia necesaria de un galopante déficit. Tomemos como ejemplo a la Consellería de Sanidad y Servicio Gallego de Salud, también llamada Sergas -ya que de autonomías estamos hablando- durante el período de ejercicios económicos comprendidos entre 1996 y 2002. Según datos analizados y estudiados por el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de La Coruña Xaquín Álvarez Corbacho, en un reciente artículo periodístico publicado en La Voz de Galicia del 6 de septiembre de 2005, con el título de Precisiones sanitarias y bajo el amparo de la sección LÍNEA ABIERTA, podríamos articular las siguientes partidas en la gestión administrativa del citado órgano:
Queda, por lo tanto, desvelada y despejada la incógnita que explica el desencuentro entre gasto e ingreso, el incremento asimétrico e ineficiente de los costes, en la figura del gasto farmacéutico. Gasto que tan sólo puede aumentar merced a dos vías, claramente identificables: el aumento en la cantidad demandada y el aumento en el precio ofertado (¿exigido?) como sabe cualquier economista de medio pelo. El crecimiento del número de pensionistas, y del número de recetas por pensionista, analizado en este caso, muestra con transparencia como puede ser considerado responsable de apenas un porcentaje total del 10% del incremento global del susodicho gasto farmacéutico. Es por lo tanto evidente que resta un 90% de responsabilidad, ni más ni menos, adjudicable al incremento de los precios sostenido de forma descaradamente unilateral por parte de la industria farmacéutica. Y digo descaradamente porque, citando al señor Álvarez Corbacho, la experiencia comparada viene a demostrar que tan sólo un 7% de los nuevos fármacos justifican un precio mayor por sus mejoras terapéuticas con respecto a los medicamentos que sustituyen.
Queda entonces claro que ya hemos terminado de identificar el problema y se llama Neoliberalismo, Liberalismo, Libertad de Mercado, Industria Farmacéutica, Capitalismo, etc, ... El cacique del siglo XXI ya no se mueve en el ámbito de cutres alcaldías de pueblo, aldea, botijo y barragana, sino que ha medrado y le ha crecido corbata para adaptarse a los despachos de cristal, hierro y aglomerado de la gran industria, del nuevo vampiro tecnológico y financiero que ahora, sí, ya está claro, ha llegado a la tierra prometida para alimentarse de nuestra sangre, para traernos la perdición y el caos, para rendirnos y bajarnos la cabeza ahora que, por fin, tras más de un siglo de esclavismo patrocinado, comenzábamos a levantarla.
Convendría analizar las causas, motivos y orígenes de la susodicha situación deficitaria para actuar eficazmente en lugar de venir ahora a tapar la hemorragia con el ya cansino parche de carga fiscal, que amenaza con traer más problemas, discordia y crispación que soluciones reales. Por mucho que sonría la excelentísima Fernández de la Vega desde lo alto de su culo empinado y obscenamente bronceado por las llamas del verano o por mucho que trate de acojonar el Ministro Jordi Sevilla mediante torpes amenazas veladas que vienen a subrayar el falso carácter voluntario de las medidas propuestas.
Los motivos reales, concretos y palpables que vienen a confluir en lo que vamos a entender como incremento del coste generado por la sanidad pública son los siguientes: el inapelable envejecimiento de la población española, merced a una desastrosa y generalizada situación laboral y económica que nos empeñamos en no querer ver, cegados como estamos por los supuestos y mediáticos crecimientos de la economía nacional; el innegable aunque insuficiente incremento de la renta per capita que viene a derivar en un lógico aumento de la demanda; el elevado y progresivo coste de la investigación y tecnología médica, la cual, además, está sujeta a un período de rotación o maduración muy breve; la evidente explosión demográfica causada por el fenómeno de la inmigración, tan de actualidad cuando se trata de mostrar lo solidarios que somos pero tan olvidado a la hora de pedir que se pague lo que se debe, oiga, que yo no cotizo a la Seguridad Social para que venga el amigo Mustafá a quitarme el empleo sobre la base de unas prestaciones que no ha contribuido a sostener.
Hasta ahí, los motivos que vienen a engrosar el incremento de los costes sanitarios vivido recientemente en nuestro país, en nuestras autonomías. Pero el hecho de que exista un evidente e innegable aumento de costes no tiene porque venir a dar como resultado un balance final desequilibrado o la existencia necesaria de un galopante déficit. Tomemos como ejemplo a la Consellería de Sanidad y Servicio Gallego de Salud, también llamada Sergas -ya que de autonomías estamos hablando- durante el período de ejercicios económicos comprendidos entre 1996 y 2002. Según datos analizados y estudiados por el catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de La Coruña Xaquín Álvarez Corbacho, en un reciente artículo periodístico publicado en La Voz de Galicia del 6 de septiembre de 2005, con el título de Precisiones sanitarias y bajo el amparo de la sección LÍNEA ABIERTA, podríamos articular las siguientes partidas en la gestión administrativa del citado órgano:
- Gasto corriente (97% del total)
- Gasto de personal que, en el período referido, crece de 100 a 130.
- Gasto farmacéutico (hospitalario y extrahospitalario) que crece de 100 a 187.
- Resto del gasto corriente que aumenta de 100 a 156.
- Gasto de personal que, en el período referido, crece de 100 a 130.
- Los ingresos totales del presupuesto crecen de 100 a 143 mientras que los gastos lo hacen de 100 a 148. En otras palabras, y como acertadamente concluye el mencionado catedrático, si el gasto farmacéutico hubiese aumentado de forma equivalente al incremento anual del PIB (entre el 6 y el 7%) no estaríamos hablando ahora de este tema, de este déficit, de esta asimetría entre ingresos y gastos.
Queda, por lo tanto, desvelada y despejada la incógnita que explica el desencuentro entre gasto e ingreso, el incremento asimétrico e ineficiente de los costes, en la figura del gasto farmacéutico. Gasto que tan sólo puede aumentar merced a dos vías, claramente identificables: el aumento en la cantidad demandada y el aumento en el precio ofertado (¿exigido?) como sabe cualquier economista de medio pelo. El crecimiento del número de pensionistas, y del número de recetas por pensionista, analizado en este caso, muestra con transparencia como puede ser considerado responsable de apenas un porcentaje total del 10% del incremento global del susodicho gasto farmacéutico. Es por lo tanto evidente que resta un 90% de responsabilidad, ni más ni menos, adjudicable al incremento de los precios sostenido de forma descaradamente unilateral por parte de la industria farmacéutica. Y digo descaradamente porque, citando al señor Álvarez Corbacho, la experiencia comparada viene a demostrar que tan sólo un 7% de los nuevos fármacos justifican un precio mayor por sus mejoras terapéuticas con respecto a los medicamentos que sustituyen.
Queda entonces claro que ya hemos terminado de identificar el problema y se llama Neoliberalismo, Liberalismo, Libertad de Mercado, Industria Farmacéutica, Capitalismo, etc, ... El cacique del siglo XXI ya no se mueve en el ámbito de cutres alcaldías de pueblo, aldea, botijo y barragana, sino que ha medrado y le ha crecido corbata para adaptarse a los despachos de cristal, hierro y aglomerado de la gran industria, del nuevo vampiro tecnológico y financiero que ahora, sí, ya está claro, ha llegado a la tierra prometida para alimentarse de nuestra sangre, para traernos la perdición y el caos, para rendirnos y bajarnos la cabeza ahora que, por fin, tras más de un siglo de esclavismo patrocinado, comenzábamos a levantarla.
CIUDAD CAPITAL
Es curiosa la percepción que suele aflorar en el ciudadano de provincias con respecto a la ciudad capital. Sorprende como las palabras que se dedican a la urbe que personifica y se encuentra en el centro del Estado carecen de moderación y suelen conformar párrafos o declaraciones que oscilan de forma más bien grosera entre extremos irreconciliables. Del blanco al negro. O del cero al diez. Sin escalas, sin matices, sin concesiones.
Unos cantan las alabanzas de la multitud de oportunidades laborales o culturales, de la estratégica ventaja geográfica, de la impresionante acumulación de capitales. Otros abominan del elevado precio de adquisición o alquiler del metro cuadrado de vivienda, de las horas perdidas entre desplazamientos, de la angustiosa sensación de vacío, soledad, morriña. Vaya por delante que no me considero capacitado ni mucho menos informado para emitir un juicio que desmienta o, al menos, amortigüe la vehemencia de tales estados de opinión. Pero acabo de pasar varios días en la ciudad capital, con motivo de solventar una serie de cuestiones de elevada importancia que atañen a mi futuro profesional, y puedo decir que no es tan fiero el león como lo pintan. Cierto es que, en mi caso, debo confesar que el hecho de haber contado con la inestimable, y nunca suficientemente bien ponderada, ayuda y guía de encantadoras personas, amigos, contribuyó a convertir lo que era un viaje serio y grave en una experiencia agradable, remarcable.
En el lado del haber puedo afirmar sin rubor alguno que el sistema de transporte urbano que circunda y atraviesa la gran ciudad central no sólo me parece eficiente y eficaz sino además razonablemente asequible. El hecho de tener las cuatro esquinas de la urbe al alcance de la mano bajo el imperio de un instrumento tan sencillo como el manejable metro-bus es una ventaja de considerables proporciones que bien podrían comenzar a estudiar las cabezas dirigentes de otras ciudades no tan grandes pero, paradójicamente, mucho peor comunicadas. Tampoco puedo olvidar, en la parte de la balanza adjudicada a la cuenta de signo positivo, la agradable y en otras partes olvidada o menospreciada cultura y tertulia de las terrazas al sol. En plena tarde de domingo, mientras en otras ciudades los vagos y obtusos hosteleros prefieren dormitar mirándose el ombligo, mis nunca lo suficientemente bien apreciados cicerones ejercieron la labor propia de los que merecen dicho apelativo mostrándome el lado brillante de la vida: bajo el sol, en agradable compañía, con una ronda de cerveza estratégicamente repartida a lo largo del círculo plateado de la mesa y compartiendo una excelente conversación que subía y bajaba y corría y se paraba y alcanzaba sus cúspides y también se dormía como la vida misma que insistía en remedar.
En el lado del debe tan sólo señalar las prisas, el poco tiempo, los compromisos, que me impidieron tanto disfrutar al máximo o incluso prolongar mi corta estancia en ciudad capital, como agradecer en su justa medida la inmejorable compañía y ayuda recibida en esta breve pero intensa visita. Sirvan estas líneas, por lo tanto, como sincera y afectuosa muestra de agradecimiento, como saludo, como abrazo, y como ejemplo de que los favores recibidos no se olvidan.
Unos cantan las alabanzas de la multitud de oportunidades laborales o culturales, de la estratégica ventaja geográfica, de la impresionante acumulación de capitales. Otros abominan del elevado precio de adquisición o alquiler del metro cuadrado de vivienda, de las horas perdidas entre desplazamientos, de la angustiosa sensación de vacío, soledad, morriña. Vaya por delante que no me considero capacitado ni mucho menos informado para emitir un juicio que desmienta o, al menos, amortigüe la vehemencia de tales estados de opinión. Pero acabo de pasar varios días en la ciudad capital, con motivo de solventar una serie de cuestiones de elevada importancia que atañen a mi futuro profesional, y puedo decir que no es tan fiero el león como lo pintan. Cierto es que, en mi caso, debo confesar que el hecho de haber contado con la inestimable, y nunca suficientemente bien ponderada, ayuda y guía de encantadoras personas, amigos, contribuyó a convertir lo que era un viaje serio y grave en una experiencia agradable, remarcable.
En el lado del haber puedo afirmar sin rubor alguno que el sistema de transporte urbano que circunda y atraviesa la gran ciudad central no sólo me parece eficiente y eficaz sino además razonablemente asequible. El hecho de tener las cuatro esquinas de la urbe al alcance de la mano bajo el imperio de un instrumento tan sencillo como el manejable metro-bus es una ventaja de considerables proporciones que bien podrían comenzar a estudiar las cabezas dirigentes de otras ciudades no tan grandes pero, paradójicamente, mucho peor comunicadas. Tampoco puedo olvidar, en la parte de la balanza adjudicada a la cuenta de signo positivo, la agradable y en otras partes olvidada o menospreciada cultura y tertulia de las terrazas al sol. En plena tarde de domingo, mientras en otras ciudades los vagos y obtusos hosteleros prefieren dormitar mirándose el ombligo, mis nunca lo suficientemente bien apreciados cicerones ejercieron la labor propia de los que merecen dicho apelativo mostrándome el lado brillante de la vida: bajo el sol, en agradable compañía, con una ronda de cerveza estratégicamente repartida a lo largo del círculo plateado de la mesa y compartiendo una excelente conversación que subía y bajaba y corría y se paraba y alcanzaba sus cúspides y también se dormía como la vida misma que insistía en remedar.
En el lado del debe tan sólo señalar las prisas, el poco tiempo, los compromisos, que me impidieron tanto disfrutar al máximo o incluso prolongar mi corta estancia en ciudad capital, como agradecer en su justa medida la inmejorable compañía y ayuda recibida en esta breve pero intensa visita. Sirvan estas líneas, por lo tanto, como sincera y afectuosa muestra de agradecimiento, como saludo, como abrazo, y como ejemplo de que los favores recibidos no se olvidan.





