OPINIONS LIKE ASSES...
Ya lo dijera, en su momento, el inefable Clint Eastwood, enfundado en la piel de ese gran personaje de ficción conocido como Harry el Sucio: las opiniones son como los culos; cada uno tiene el suyo y piensa que el de los demás apesta. Si es usted de los que piensa lo contrario, es decir que hay que respetar las opiniones de los demás sepa que no estoy de acuerdo en absoluto. Y me explico:
Entonces, si todo es tan claro, si todo es tan obvio ¿por qué este documento? Muy sencillo: observo incrédulo que una de las consecuencias de la mala educación que se ha inculcado a mi generación y posteriores es la máxima estúpida (sí, han leído bien) e irreflexiva de que hay que respetar la opinión de todo el mundo. Dicha memez suele ampliarse con el concepto, igualmente imbécil, de que todas las opiniones valen lo mismo. Pues no, oigan.
Por si no fuese suficiente con los ejemplos, aclaremos que esta nueva máxima borreguil proviene sin lugar a dudas de una confusión con el derecho a la libertad de expresión. Derecho este fundamental y que si hay que respetar y fomentar. Pero no confundamos el contenido con el contingente: usted puede expresar libremente su opinión pero, acogiéndome a la misma norma, yo también puedo considerar aquella como poco inteligente y decirlo bien alto. Y a la inversa, claro.
Por fortuna o por desgracia, los seres humanos somos distintos. Unos somos más altos y otros somos más bajos. Los hay gordos y también delgados. Y, para evitar herir demasiadas susceptibilidades, ya que hoy en día están muy sensibles, digamos que algunas personas sabemos mucho de algunos temas mientras que otras saben mucho de otros... pero no de forma necesariamente complementaria. Por lo tanto, y poniendo un ejemplo concreto, la opinión del Doctor Mariano Barbacid Montalbán, Titulado Superior de Investigación y Laboratorio, sobre el futuro de los estudios genéticos en tumores mediante oncochips es más válida que la suya. Y que la mía.
Siguiendo con el necesario listado de ejemplos obvios, les aseguro que yo nunca respetaría una hipotética opinión del jerarca Rudolph Hess sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobada por las Naciones Unidas en 1948. Es más, no sólo faltaría al respeto de su hipotética opinión, si no que hasta podría despreciar directamente a dicha persona sin por ello arriesgarme a perder ni un minuto de sueño nocturno. Espero que, hasta aquí, estén ustedes de acuerdo conmigo.
Entonces, si todo es tan claro, si todo es tan obvio ¿por qué este documento? Muy sencillo: observo incrédulo que una de las consecuencias de la mala educación que se ha inculcado a mi generación y posteriores es la máxima estúpida (sí, han leído bien) e irreflexiva de que hay que respetar la opinión de todo el mundo. Dicha memez suele ampliarse con el concepto, igualmente imbécil, de que todas las opiniones valen lo mismo. Pues no, oigan.
Por si no fuese suficiente con los ejemplos, aclaremos que esta nueva máxima borreguil proviene sin lugar a dudas de una confusión con el derecho a la libertad de expresión. Derecho este fundamental y que si hay que respetar y fomentar. Pero no confundamos el contenido con el contingente: usted puede expresar libremente su opinión pero, acogiéndome a la misma norma, yo también puedo considerar aquella como poco inteligente y decirlo bien alto. Y a la inversa, claro.
Comentario:
Actitud que me ha costado mis buenas polémicas... Y que merece la pena.
Comentario:
Enhorabuena, martillo de relamidos biempensantes





