PROMETEO PROLETARIO (I)
Quiero suponer desde estas líneas que estarán ustedes familiarizados con el mito de Prometeo. Ya saben: aquel individuo que, en osada rebelión contra el poder de los dioses, se atrevió a robar el fuego y apropiarse de él para llevarlo consigo prendido en luminosa antorcha. Como gran parte de las narraciones mitológicas clásicas que han llegado hasta nuestros días, la mencionada historia se presta a un sinnúmero de interpretaciones aplicables a nuestro arrastrar cotidiano, a nuestro imperceptible día a día. Si para los griegos que escucharon la leyenda en su origen significaba una cosa, para nosotros puede significar otra muy distinta.
Desde este Cable Canal Tasco yo me atrevo a identificar a Prometeo con la humanidad y el fuego, la antorcha, con el conocimiento, tanto en su acepción de sabiduría, la luz que ilumina nuestros pasos en la oscuridad de la ignorancia, como también de técnica por su propiedad de ingenio (pues ¿qué es la antorcha si no la imagen del primer ingenio ideado jamás por ser humano alguno?) Esta sencilla serie de interpretaciones atan y relacionan al mito con una nada desdeñable colección de textos, posteriores o no, entre los que se me ocurre mencionar, así, a bote pronto, El Árbol de la Ciencia del remarcable novelista vasco Pío Baroja, desde el que no es difícil trasladarse hacia escrituras bíblicas como el mismísimo Génesis.
Otra línea de conexiones nos llevaría, ineludiblemente, hasta la corriente literaria denominada romanticismo, donde nos toparíamos con los trabajos del matrimonio Shelley. Más concretamente, y en la poco leída novela Frankenstein, nos encontramos con una mirada distinta, y una interpretación lúcida, hacia el mito original. Si en su concepción primigenia Prometeo se rebelaba contra la tiranía absolutista de los dioses, ahora el monstruo creado por el genial doctor se rebela contra el ser humano. Ya no es un ente externo, un deus ex machina, el que oprime al pueblo sobre la base de un poder superior, un destino prefijado, o unas normas de adoración obligadas. Ahora el opresor no es otro que yo mismo, el hombre, la sociedad, que ha creado un nuevo ser desamparado y condenado a perecer en la oscuridad del desconocimiento. Un nuevo monstruo a nuestra merced, abandonado y del que no nos responsabilizamos.

Dentro de las múltiples ideas que surgen a la hora de releer el mito, destacan con luz propia, y disculpen el juego de palabras, las directamente relacionadas con el castigo o la condena. Prometeo, encadenado, sufre el ataque de un águila que devora su hígado tan sólo para que éste vuelva a crecer y pueda así volver a ser depredado. Otra vez. Y otra. Y otra más ad aeternum. La condena a la que se ve sometida la humanidad por haber osado adquirir el conocimiento, la sabiduría, la ciencia o la técnica, es el sufrimiento eterno y en carne viva. Con lo que vuelvo a hablarles del Génesis y de la famosa sentencia que vino a resolver el contencioso protagonizado por Adán, Eva, una serpiente y el fruto nacido del árbol del conocimiento. Sentencia que, recuerdo, nos condenaba a trabajar con gran fatiga durante todo el curso de nuestras vidas en la procura de algo tan básico como es el alimento. Si a esta evidente conexión entre mitos griegos y hebreos sumamos la vuelta de tuerca proporcionada por su posterior revisión en clave de romanticismo, ya mencionada en el párrafo anterior, y que venía a eliminar el factor divino de la ecuación, llegaremos fácilmente a la idea de que es el propio ser humano el que se condena a sí mismo, o a parte de su comunidad, al eterno proletariado, a la ignorancia nebulosa y a la carencia del conocimiento liberador a través de unas cadenas que no nos costará mucho identificar. Llamáranse ayer religión, pan y circo o llámense hoy televisión, automóvil, alta cosmética o directamente consumismo.
Pero estoy divagando...
(Gracias a Rafa Marín por recordarme estas y otras cosas a través de sus excelentes artículos en Crisei)
Desde este Cable Canal Tasco yo me atrevo a identificar a Prometeo con la humanidad y el fuego, la antorcha, con el conocimiento, tanto en su acepción de sabiduría, la luz que ilumina nuestros pasos en la oscuridad de la ignorancia, como también de técnica por su propiedad de ingenio (pues ¿qué es la antorcha si no la imagen del primer ingenio ideado jamás por ser humano alguno?) Esta sencilla serie de interpretaciones atan y relacionan al mito con una nada desdeñable colección de textos, posteriores o no, entre los que se me ocurre mencionar, así, a bote pronto, El Árbol de la Ciencia del remarcable novelista vasco Pío Baroja, desde el que no es difícil trasladarse hacia escrituras bíblicas como el mismísimo Génesis.
Otra línea de conexiones nos llevaría, ineludiblemente, hasta la corriente literaria denominada romanticismo, donde nos toparíamos con los trabajos del matrimonio Shelley. Más concretamente, y en la poco leída novela Frankenstein, nos encontramos con una mirada distinta, y una interpretación lúcida, hacia el mito original. Si en su concepción primigenia Prometeo se rebelaba contra la tiranía absolutista de los dioses, ahora el monstruo creado por el genial doctor se rebela contra el ser humano. Ya no es un ente externo, un deus ex machina, el que oprime al pueblo sobre la base de un poder superior, un destino prefijado, o unas normas de adoración obligadas. Ahora el opresor no es otro que yo mismo, el hombre, la sociedad, que ha creado un nuevo ser desamparado y condenado a perecer en la oscuridad del desconocimiento. Un nuevo monstruo a nuestra merced, abandonado y del que no nos responsabilizamos.

Dentro de las múltiples ideas que surgen a la hora de releer el mito, destacan con luz propia, y disculpen el juego de palabras, las directamente relacionadas con el castigo o la condena. Prometeo, encadenado, sufre el ataque de un águila que devora su hígado tan sólo para que éste vuelva a crecer y pueda así volver a ser depredado. Otra vez. Y otra. Y otra más ad aeternum. La condena a la que se ve sometida la humanidad por haber osado adquirir el conocimiento, la sabiduría, la ciencia o la técnica, es el sufrimiento eterno y en carne viva. Con lo que vuelvo a hablarles del Génesis y de la famosa sentencia que vino a resolver el contencioso protagonizado por Adán, Eva, una serpiente y el fruto nacido del árbol del conocimiento. Sentencia que, recuerdo, nos condenaba a trabajar con gran fatiga durante todo el curso de nuestras vidas en la procura de algo tan básico como es el alimento. Si a esta evidente conexión entre mitos griegos y hebreos sumamos la vuelta de tuerca proporcionada por su posterior revisión en clave de romanticismo, ya mencionada en el párrafo anterior, y que venía a eliminar el factor divino de la ecuación, llegaremos fácilmente a la idea de que es el propio ser humano el que se condena a sí mismo, o a parte de su comunidad, al eterno proletariado, a la ignorancia nebulosa y a la carencia del conocimiento liberador a través de unas cadenas que no nos costará mucho identificar. Llamáranse ayer religión, pan y circo o llámense hoy televisión, automóvil, alta cosmética o directamente consumismo.
Pero estoy divagando...
(Gracias a Rafa Marín por recordarme estas y otras cosas a través de sus excelentes artículos en Crisei)
Comentario:
Condenado a repetir una y otra vez su condena: esa acción inexplicable, sin sentido y carente de utilidad alguna. El viejo Sísifo también valdría para divagar durante unas cuantas líneas sobre el borrego neo-capitalista.
Lo que más me llama la atención de todo este estado de las cosas es la sarta de sandeces que tengo que oir de los componentes del rebaño para justificar su adhesión a conductas predeterminadas (a mí todo esto del botellón, por ejemplo, me recuerda poderosamente a Pavlov y sus mascotas) Toda esa sucesión de pseudo-argumentos sospechosamente similares, cual dictados por un ente superior, que se dedican a ensalzar la individualidad del "yo hago lo que me da la gana" insertada, paradójicamente, en la más siniestra programación automática de masas. Habrá que volver a leer a Aldous Huxley.
Es tan triste que me hace reir.
Lo que más me llama la atención de todo este estado de las cosas es la sarta de sandeces que tengo que oir de los componentes del rebaño para justificar su adhesión a conductas predeterminadas (a mí todo esto del botellón, por ejemplo, me recuerda poderosamente a Pavlov y sus mascotas) Toda esa sucesión de pseudo-argumentos sospechosamente similares, cual dictados por un ente superior, que se dedican a ensalzar la individualidad del "yo hago lo que me da la gana" insertada, paradójicamente, en la más siniestra programación automática de masas. Habrá que volver a leer a Aldous Huxley.
Es tan triste que me hace reir.
Comentario:
"...unas cadenas que no nos costará mucho identificar. Llamáranse ayer religión, pan y circo o llámense hoy televisión, automóvil, alta cosmética o directamente consumismo".
Ése es exactamente el ambiente: el neocapitalismo impide pensar y ser.
Masa somos. Aquí no hay quien se pare a pensar sobre el cúmulo de necesidades alimentadas en él artificialmente y que no podrá satisfacer, o que una vez satisfechas generarán nueva insatisfacción y así sucesivamente. Cual rata enjaulada, el homo sapiens sapiens da vueltas y revueltas hasta adquirir el status de consumidor acorde con su posición social: jugar en el casino, practicar caros deportes de riesgo, emborracharse con permiso del calendario y a veces (en valiente acto de rebeldía) sin él, euforizarse por decreto, leer los best sellers, oler a la más anunciada colonia, regalar el disco número uno de ventas… mientras la tele suple el silencio de cada uno y el de todos, hablando por los codos con su cháchara taquitoscópica, canto de sirena que nos convierte en cerdos. Todo ello es hacerle el juego a la industria de la diversión, cuyos efectos son, entre otros, adocenamiento, vulgaridad, chabacanería, plebeyez… lo que previera Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas". Lejos de aquel Ingenioso Hidalgo que perdió la razón por pasar los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio leyendo libros, ahora tenemos que esperar a que los poderes fácticos nos den cuerda para que, cual marionetas, reproduzcamos las fraseologías al uso, las consignas al uso, la moral al uso… que conforman la peor lacra de finales del siglo xx y principios del xxi: la del pensamiento único, la del único pensamiento, la de lo políticamente correcto, la de las Cofradías de qué Dirán y la Santísima Opinión... Resultado: nuestro pensamiento abdica…
En semejante contexto nos tornamos incapaces de considerar los nexos del mundo, no podemos descodificar los tópicos, carecemos de paladar para la individualidad, la pausa, el silencio, la recreación dialogante con el libro leído. Por contra, el telefilm, los estereotipos, las frases hechas, etc. son los sustitutivos que para nuestro pasto suministran coortes de managers dedicados a alumbrar fórmulas hipnóticas y a atiborrarnos de fraseología con que lavarnos el cerebro para mejor volver a contaminarlo. Queda así la realidad desrealizada, reducida a apariencia donde cada cual es ya un ser anónimo (Heidegger) o un ser arrojado por ahí (Sartre), espíritu de podredumbre expresado por Rimbaud en su célebre “dejadme en paz de historia! ¡me cago en la poesía!”
El Prometeo de la mitología griega veía claramente castigada su altivez. El Prometeo de la mitolgía capitalista, sin embargo, es celebrado jubilosamente como expresión de voluntad de poder en una sociedad ignorante que no cae en la cuenta de que, abandonado a sí mismo, el altivo Prometeo deviene impotente Sísifo.
Ése es exactamente el ambiente: el neocapitalismo impide pensar y ser.
Masa somos. Aquí no hay quien se pare a pensar sobre el cúmulo de necesidades alimentadas en él artificialmente y que no podrá satisfacer, o que una vez satisfechas generarán nueva insatisfacción y así sucesivamente. Cual rata enjaulada, el homo sapiens sapiens da vueltas y revueltas hasta adquirir el status de consumidor acorde con su posición social: jugar en el casino, practicar caros deportes de riesgo, emborracharse con permiso del calendario y a veces (en valiente acto de rebeldía) sin él, euforizarse por decreto, leer los best sellers, oler a la más anunciada colonia, regalar el disco número uno de ventas… mientras la tele suple el silencio de cada uno y el de todos, hablando por los codos con su cháchara taquitoscópica, canto de sirena que nos convierte en cerdos. Todo ello es hacerle el juego a la industria de la diversión, cuyos efectos son, entre otros, adocenamiento, vulgaridad, chabacanería, plebeyez… lo que previera Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas". Lejos de aquel Ingenioso Hidalgo que perdió la razón por pasar los días de claro en claro y las noches de turbio en turbio leyendo libros, ahora tenemos que esperar a que los poderes fácticos nos den cuerda para que, cual marionetas, reproduzcamos las fraseologías al uso, las consignas al uso, la moral al uso… que conforman la peor lacra de finales del siglo xx y principios del xxi: la del pensamiento único, la del único pensamiento, la de lo políticamente correcto, la de las Cofradías de qué Dirán y la Santísima Opinión... Resultado: nuestro pensamiento abdica…
En semejante contexto nos tornamos incapaces de considerar los nexos del mundo, no podemos descodificar los tópicos, carecemos de paladar para la individualidad, la pausa, el silencio, la recreación dialogante con el libro leído. Por contra, el telefilm, los estereotipos, las frases hechas, etc. son los sustitutivos que para nuestro pasto suministran coortes de managers dedicados a alumbrar fórmulas hipnóticas y a atiborrarnos de fraseología con que lavarnos el cerebro para mejor volver a contaminarlo. Queda así la realidad desrealizada, reducida a apariencia donde cada cual es ya un ser anónimo (Heidegger) o un ser arrojado por ahí (Sartre), espíritu de podredumbre expresado por Rimbaud en su célebre “dejadme en paz de historia! ¡me cago en la poesía!”
El Prometeo de la mitología griega veía claramente castigada su altivez. El Prometeo de la mitolgía capitalista, sin embargo, es celebrado jubilosamente como expresión de voluntad de poder en una sociedad ignorante que no cae en la cuenta de que, abandonado a sí mismo, el altivo Prometeo deviene impotente Sísifo.





