CIUDAD CAPITAL
Es curiosa la percepción que suele aflorar en el ciudadano de provincias con respecto a la ciudad capital. Sorprende como las palabras que se dedican a la urbe que personifica y se encuentra en el centro del Estado carecen de moderación y suelen conformar párrafos o declaraciones que oscilan de forma más bien grosera entre extremos irreconciliables. Del blanco al negro. O del cero al diez. Sin escalas, sin matices, sin concesiones.
Unos cantan las alabanzas de la multitud de oportunidades laborales o culturales, de la estratégica ventaja geográfica, de la impresionante acumulación de capitales. Otros abominan del elevado precio de adquisición o alquiler del metro cuadrado de vivienda, de las horas perdidas entre desplazamientos, de la angustiosa sensación de vacío, soledad, morriña. Vaya por delante que no me considero capacitado ni mucho menos informado para emitir un juicio que desmienta o, al menos, amortigüe la vehemencia de tales estados de opinión. Pero acabo de pasar varios días en la ciudad capital, con motivo de solventar una serie de cuestiones de elevada importancia que atañen a mi futuro profesional, y puedo decir que no es tan fiero el león como lo pintan. Cierto es que, en mi caso, debo confesar que el hecho de haber contado con la inestimable, y nunca suficientemente bien ponderada, ayuda y guía de encantadoras personas, amigos, contribuyó a convertir lo que era un viaje serio y grave en una experiencia agradable, remarcable.
En el lado del haber puedo afirmar sin rubor alguno que el sistema de transporte urbano que circunda y atraviesa la gran ciudad central no sólo me parece eficiente y eficaz sino además razonablemente asequible. El hecho de tener las cuatro esquinas de la urbe al alcance de la mano bajo el imperio de un instrumento tan sencillo como el manejable metro-bus es una ventaja de considerables proporciones que bien podrían comenzar a estudiar las cabezas dirigentes de otras ciudades no tan grandes pero, paradójicamente, mucho peor comunicadas. Tampoco puedo olvidar, en la parte de la balanza adjudicada a la cuenta de signo positivo, la agradable y en otras partes olvidada o menospreciada cultura y tertulia de las terrazas al sol. En plena tarde de domingo, mientras en otras ciudades los vagos y obtusos hosteleros prefieren dormitar mirándose el ombligo, mis nunca lo suficientemente bien apreciados cicerones ejercieron la labor propia de los que merecen dicho apelativo mostrándome el lado brillante de la vida: bajo el sol, en agradable compañía, con una ronda de cerveza estratégicamente repartida a lo largo del círculo plateado de la mesa y compartiendo una excelente conversación que subía y bajaba y corría y se paraba y alcanzaba sus cúspides y también se dormía como la vida misma que insistía en remedar.
En el lado del debe tan sólo señalar las prisas, el poco tiempo, los compromisos, que me impidieron tanto disfrutar al máximo o incluso prolongar mi corta estancia en ciudad capital, como agradecer en su justa medida la inmejorable compañía y ayuda recibida en esta breve pero intensa visita. Sirvan estas líneas, por lo tanto, como sincera y afectuosa muestra de agradecimiento, como saludo, como abrazo, y como ejemplo de que los favores recibidos no se olvidan.
Unos cantan las alabanzas de la multitud de oportunidades laborales o culturales, de la estratégica ventaja geográfica, de la impresionante acumulación de capitales. Otros abominan del elevado precio de adquisición o alquiler del metro cuadrado de vivienda, de las horas perdidas entre desplazamientos, de la angustiosa sensación de vacío, soledad, morriña. Vaya por delante que no me considero capacitado ni mucho menos informado para emitir un juicio que desmienta o, al menos, amortigüe la vehemencia de tales estados de opinión. Pero acabo de pasar varios días en la ciudad capital, con motivo de solventar una serie de cuestiones de elevada importancia que atañen a mi futuro profesional, y puedo decir que no es tan fiero el león como lo pintan. Cierto es que, en mi caso, debo confesar que el hecho de haber contado con la inestimable, y nunca suficientemente bien ponderada, ayuda y guía de encantadoras personas, amigos, contribuyó a convertir lo que era un viaje serio y grave en una experiencia agradable, remarcable.
En el lado del haber puedo afirmar sin rubor alguno que el sistema de transporte urbano que circunda y atraviesa la gran ciudad central no sólo me parece eficiente y eficaz sino además razonablemente asequible. El hecho de tener las cuatro esquinas de la urbe al alcance de la mano bajo el imperio de un instrumento tan sencillo como el manejable metro-bus es una ventaja de considerables proporciones que bien podrían comenzar a estudiar las cabezas dirigentes de otras ciudades no tan grandes pero, paradójicamente, mucho peor comunicadas. Tampoco puedo olvidar, en la parte de la balanza adjudicada a la cuenta de signo positivo, la agradable y en otras partes olvidada o menospreciada cultura y tertulia de las terrazas al sol. En plena tarde de domingo, mientras en otras ciudades los vagos y obtusos hosteleros prefieren dormitar mirándose el ombligo, mis nunca lo suficientemente bien apreciados cicerones ejercieron la labor propia de los que merecen dicho apelativo mostrándome el lado brillante de la vida: bajo el sol, en agradable compañía, con una ronda de cerveza estratégicamente repartida a lo largo del círculo plateado de la mesa y compartiendo una excelente conversación que subía y bajaba y corría y se paraba y alcanzaba sus cúspides y también se dormía como la vida misma que insistía en remedar.
En el lado del debe tan sólo señalar las prisas, el poco tiempo, los compromisos, que me impidieron tanto disfrutar al máximo o incluso prolongar mi corta estancia en ciudad capital, como agradecer en su justa medida la inmejorable compañía y ayuda recibida en esta breve pero intensa visita. Sirvan estas líneas, por lo tanto, como sincera y afectuosa muestra de agradecimiento, como saludo, como abrazo, y como ejemplo de que los favores recibidos no se olvidan.
Comentario:
Habrá que volver en cuanto se presente la ocasión, claro, que ganas no me faltan, y, a poder ser, de una forma más relajada y menos sujeto a estresantes compromisos.
Comentario:
La verdad es que sus palabras me han hecho darme cuenta de que pertenezco al club de los eternos “quejicas de capital”. Y lo digo porque estamos tan acostumbrados a las ventajas y comodidades que la capital nos ofrece, que somos incapaces de valorarlas, a la vez que somos insoportablemente protestones y pesados con las mismas incomodidades que, paradójicamente, de darse en otros lugares, consideraríamos “típicas”, “exóticas”, mal necesario o parte del acervo del lugar en cuestión. Es una mezcla de complejo de nosequé y de remedo estúpido del tópico literario de la “alabanza de aldea y menosprecio de corte”.
En todo caso, muchas gracias por sus palabras y vuelva pronto, porque, créame, las conversaciones alrededor de la mesa plateada no son lo mismo sin usted.
Un abrazo
Comentario:
Pués ya sabes, a ver si vuelves por estos lares... Otro abrazo





