TÓLSTOI ES UN COÑAZO
Pues sí: un coñazo, oigan. He descubierto, tras haber sonreído y reído y disfrutado con Guerra y Paz como con pocas novelas anteriormente, que Tólstoi es un coñazo. Un tostón infumable, vamos. Porque sí, porque lo digo yo, que para eso soy el que teclea (o habla u opina)
Que a Bukowski no le gustaba Tólstoi ya lo sabíamos. Tampoco le gustaba Shakespeare. Pero es que entre chute y chute (y “tiro” por que me toca) no me imagino yo al yanki merendándose con las teorías intrahistóricas del bueno de Lev, o con las infinitas variaciones con las que el idioma ruso dota a la expresión circunstancial de sus nombres propios y apellidos, desarrolladas a lo largo de ochocientas y pico páginas. Algo fuerte para meterse entre resacas, supongo. Pero, al menos, el hombre tenía los cojones de decir, simplemente, que no le gustaba el insigne novelista ruso. Nunca dijo que fuese un coñazo. Y vaya si no hay diferencia.
Ahora resulta que, como adalides de la verdad universal que somos, sangraales con patas de tocino, todo aquello que no nos place es directamente una mierda. O un coñazo. Por ejemplo, Tólstoi. O Edgar Pierre Jacobs. O Beethoven, ya puestos. Con lo que le pesan las mochilas a los escolares y fíjese usted qué pronto hemos encontrado la solución: eliminar así, de golpe y porrazo todo aquello que no me da la gana de hacer el esfuerzo mínimo de experimentar. Porque ahí está el quid del asunto, el meollo de la cuestión: lo queremos todo hecho y, mejor aún, masticado. Nos hemos convertido en niños que se afeitan, piden teta y babean ante carísimas televisiones de alta tecnología.
Conversaba yo el otro día con un conocido al que tenía por inteligente o, como mínimo, sensato. Craso error. Lo cual se puso de manifiesto cuando, hablando sobre música, y tras mostrarse incapaz de dialogar sobre nada que no tuviese un chunda-chunda electrónico de por medio, a pesar de mi insistencia, terminó espetándome una frase como la que sigue: “Beethoven es típico”. O tópico. O predecible. O nosequé estúpido lugar común se le vino a la cabeza al hombre para mostrar nosequé tipo de complejo mental. Huelga decir que di la conversación por terminada. Y por el mismo tema del que les hablaba antes con el ejemplo de Tólstoi: me cuesta digerir la postura de quien pontifica sobre algo no sólo sin haberlo experimentado, si no, además, desde muchos, pero muchos, peldaños intelectuales por debajo de la cuestión. Porque este hombre, del divino Ludwig Van, habría escuchado, y con suerte, parte del Himno a la Alegría y las tres primeras notas de la 5ª Sinfonía (ya saben: ta-tá-ta-chaaaan)
Uno puede decir que no ha escuchado, que ha oído poco o, incluso, que no le gusta el famoso compositor alemán. Y quedar como un señor. Pero de ahí a despreciar algo tan imprescindible como es Beethoven (y de paso insultar sutilmente al interlocutor, ojo, por si no se habían dado cuenta) media un abismo. Y un abismo cultural, educativo, intelectual.
Ni más ni menos.
Que a Bukowski no le gustaba Tólstoi ya lo sabíamos. Tampoco le gustaba Shakespeare. Pero es que entre chute y chute (y “tiro” por que me toca) no me imagino yo al yanki merendándose con las teorías intrahistóricas del bueno de Lev, o con las infinitas variaciones con las que el idioma ruso dota a la expresión circunstancial de sus nombres propios y apellidos, desarrolladas a lo largo de ochocientas y pico páginas. Algo fuerte para meterse entre resacas, supongo. Pero, al menos, el hombre tenía los cojones de decir, simplemente, que no le gustaba el insigne novelista ruso. Nunca dijo que fuese un coñazo. Y vaya si no hay diferencia.
Ahora resulta que, como adalides de la verdad universal que somos, sangraales con patas de tocino, todo aquello que no nos place es directamente una mierda. O un coñazo. Por ejemplo, Tólstoi. O Edgar Pierre Jacobs. O Beethoven, ya puestos. Con lo que le pesan las mochilas a los escolares y fíjese usted qué pronto hemos encontrado la solución: eliminar así, de golpe y porrazo todo aquello que no me da la gana de hacer el esfuerzo mínimo de experimentar. Porque ahí está el quid del asunto, el meollo de la cuestión: lo queremos todo hecho y, mejor aún, masticado. Nos hemos convertido en niños que se afeitan, piden teta y babean ante carísimas televisiones de alta tecnología.
Conversaba yo el otro día con un conocido al que tenía por inteligente o, como mínimo, sensato. Craso error. Lo cual se puso de manifiesto cuando, hablando sobre música, y tras mostrarse incapaz de dialogar sobre nada que no tuviese un chunda-chunda electrónico de por medio, a pesar de mi insistencia, terminó espetándome una frase como la que sigue: “Beethoven es típico”. O tópico. O predecible. O nosequé estúpido lugar común se le vino a la cabeza al hombre para mostrar nosequé tipo de complejo mental. Huelga decir que di la conversación por terminada. Y por el mismo tema del que les hablaba antes con el ejemplo de Tólstoi: me cuesta digerir la postura de quien pontifica sobre algo no sólo sin haberlo experimentado, si no, además, desde muchos, pero muchos, peldaños intelectuales por debajo de la cuestión. Porque este hombre, del divino Ludwig Van, habría escuchado, y con suerte, parte del Himno a la Alegría y las tres primeras notas de la 5ª Sinfonía (ya saben: ta-tá-ta-chaaaan)
Uno puede decir que no ha escuchado, que ha oído poco o, incluso, que no le gusta el famoso compositor alemán. Y quedar como un señor. Pero de ahí a despreciar algo tan imprescindible como es Beethoven (y de paso insultar sutilmente al interlocutor, ojo, por si no se habían dado cuenta) media un abismo. Y un abismo cultural, educativo, intelectual.
Ni más ni menos.





