LOS OLVIDADOS
Ayer por la noche televisaron el impactante film Los Olvidados, rodado en 1950 por Luis Buñuel, durante el transcurso de lo que vamos a llamar su etapa mexicana, y que ha sido recientemente declarado por la UNESCO como “Memoria del Mundo”. Tengo claro que no voy a descubrir yo ahora al insigne cineasta aragonés, ni la relación del mencionado filme con el neorrealismo italiano de otras cumbres cinematográficas como El Ladrón de Bicicletas, obra rodada por Vittorio De Sica en 1948. Tampoco creo que vaya a sorprender a nadie si le cuento alguna retorcida teoría sobre la simbiosis entre narrativa hispana y género picaresco, desde aquel anónimo Lazarillo de Tormes, al que esta obra remite en repetidas ocasiones, hasta la brillante, intensa e irrepetible trilogía novelística La Lucha por la Vida, compuesta por los títulos La Busca, Mala Hierba y Aurora Roja, y escrita entre los años que 1904 y 1905 por el sobresaliente -del verbo sobresalir- novelista vasco don Pío Baroja. Todo ello está, y estaría, muy bien. Pero es obvio, si no evidente, y cae de cajón para cualquiera que haya abierto un libro alguna vez en su vida o, siquiera, haya hojeado, u ojeado, las tristes páginas de la prensa diaria.Permítanme, en cambio, que comparta con ustedes un pensamiento fugaz, una de esas reflexiones casi subconscientes, instintivas e instantáneas, que jamás podrán encontrar recurriendo al Google: mientras disfrutaba de la excelente película más arriba mencionada, y de la que aquí trato, no he podido quitarme de la cabeza la obra del inquietante cineasta norteamericano conocido como David Lynch y, más concretamente, el film denominado El Hombre Elefante y fechado en 1980. Por ese blanco hiriente cortado a navaja sobre el oscuro negro del nitrato de celuloide, como si del negativo de una llama, de alambre arañando cera negra, de una cuchilla cortando lonchas de tinta opaca sobre el níveo folio, estuviésemos hablando; por esos niños crueles, sucios, y con boina, que habitan en las calles, en las ferias, en las estaciones, en los tranvías; por esa suave música que sobrevuela siempre dulcemente como un ángel a través de las más sórdidas imágenes; por la proliferación surrealista de escenas oníricas, recuerdos combinados con vanguardias simbolistas, nietas de la época; por el sonido repetido, incesante, obsesivo, de los tornos industriales y, sobre todo, por la extraña coincidencia de la difusa memoria que los protagonistas de ambos filmes, ambos monstruos, ambos caballeros, conservan sobre sus hermosas, bellas, etéreas y desaparecidas madres. Y por ese final que los hermana y que los iguala, a los dos, de nuevo, y tras haber descubierto a su particular musa, pero a uno en el cielo limpio y al otro en la sucia tierra.





