EL RASTRO
Lo recuerdo con nitidez: cajas y estanterías llenas, repletas, a rebosar de tebeos, álbumes, libros y todo tipo de encuadernados repletos de polvo. Se entraba por una puerta amplia, con persiana metálica de las de antes, de las que levantaba el propietario del negocio a las ocho de la madrugada, recién desayunado, para ordenar un poco el local y las cuentas. Apenas uno daba un par de vacilantes pasos sobre el frío suelo de hormigón y baldosa se encontraba con aquella voluptuosa cantidad de papel impreso, de olor a humedad, cartón viejo y, rodeándolo todo, un misterioso halo de luz sucia pero, a la vez, aséptica y clara iluminando el gris verdoso de las paredes. Luego vendrían las incontables horas en pie, gastando la vista, y los dedos, en una búsqueda interminable de aquel oscuro objeto del deseo, de aquel ejemplar imaginado y soñado al que habías dedicado un hueco, ex profeso, de tu cajón, de tu armario, de tu estante. Acumulando imágenes de páginas, portadas, separadores en torbellino, unos detrás de otros, mientras el moquillo de algún coleccionista rompía circunstancialmente el silencio sagrado del lugar.
Recuerdo el fuego subiendo por el pecho hasta las mejillas y la sensación eufórica de triunfo que acompañaba el encontrarse con el ser amado, el ejemplar buscado, el reconocimiento mutuo de pertenencia en la cuasi penumbra alucinada de la saturación. En los bordes, siempre, aquellas pegatinas blancas con forma de minúscula bisagra, o de reducida metopa conmemorativa, en las que había sido garabateado, con trazos blandos y tinta azul de bic transparente, un viejo precio todavía en pesetas. Y tras el arcano ritual del pago, de la transacción, del trueque y del intercambio de miradas, humanas, brillantes, casi afiladas y despiertas, aunque miopes, con el encargado habitual, el regreso al hogar, a la habitación, a la morada, con el codiciado tesoro, tras haberlo rescatado con éxito de la más fabulosa cueva del dragón que sabio mago o hechicero alguno pudo haber imaginado jamás. Estoy convencido de que aquella estancia no era más que la superficie, una mínima parte, de un inmenso almacén de sabiduría a duro la unidad que se extendía hacia horizontes insondables tras aquella puerta de madera granate, de aceitoso y brillante barniz, que se adivinaba, se entreveía, allá a la derecha, al fondo, justo al lado de la estantería en la que Shakespeare nos contaba, una vez más, la historia de los Montesco y los Capuleto...
Recuerdo el fuego subiendo por el pecho hasta las mejillas y la sensación eufórica de triunfo que acompañaba el encontrarse con el ser amado, el ejemplar buscado, el reconocimiento mutuo de pertenencia en la cuasi penumbra alucinada de la saturación. En los bordes, siempre, aquellas pegatinas blancas con forma de minúscula bisagra, o de reducida metopa conmemorativa, en las que había sido garabateado, con trazos blandos y tinta azul de bic transparente, un viejo precio todavía en pesetas. Y tras el arcano ritual del pago, de la transacción, del trueque y del intercambio de miradas, humanas, brillantes, casi afiladas y despiertas, aunque miopes, con el encargado habitual, el regreso al hogar, a la habitación, a la morada, con el codiciado tesoro, tras haberlo rescatado con éxito de la más fabulosa cueva del dragón que sabio mago o hechicero alguno pudo haber imaginado jamás. Estoy convencido de que aquella estancia no era más que la superficie, una mínima parte, de un inmenso almacén de sabiduría a duro la unidad que se extendía hacia horizontes insondables tras aquella puerta de madera granate, de aceitoso y brillante barniz, que se adivinaba, se entreveía, allá a la derecha, al fondo, justo al lado de la estantería en la que Shakespeare nos contaba, una vez más, la historia de los Montesco y los Capuleto...





