EL CIRCO POLÍTICO: PAYASOS EN LAS GRADAS
Tras el breve parón sufrido durante el mes de agosto en la redacción de notas personales más o menos coloristas a editar en este Cable Canal Tasco he tomado la decisión de ir dejando de lado de forma más o menos tajante y quizá sin vuelta atrás comentarios en la línea de temáticas relacionadas con política, ideologías de todo signo y demás cuestiones afines. El motivo es en realidad muy sencillo y es que, tras haber dado un par de vueltas por esto de la blogosfera hispana, haber participado un poco aquí y allí, haber opinado, pensado, razonado y, sobre todo, leído mucho, cada vez estoy más convencido de que ciertos temas y debates no van mucho más allá de aquella famosa discusión sobre el sexo de los ángeles que se planteó hace ya unos cuantos siglos en un lugar llamado Bizancio... Discusión, o distracción, de nefastas consecuencias. O eso me han contado.El problema, y grave, es que desde entonces no hemos avanzado ni un palmo. Seguimos rindiendo culto al circo romano representado actualmente a través de señales radiotelevisivas que pueden, y suelen, ablandar nuestro intelecto y rebajarlo a un nivel ínfimo a la vez que el trozo de pan que nos tira el nuevo Emperador llena nuestro estómago. Como en las antiguas construcciones de piedra y arena escogemos nuestro gladiador arbitrariamente y chillamos por él, aplaudimos sus trampas y zancadillas mientras abucheamos al contrario y exigimos su sacrificio de forma irreflexiva. Y no estoy hablando ahora de estadios de fútbol, no, si no de otros establecimientos, supuestamente más serios y graves, pero hoy vergonzosamente vociferantes, que se nos muestran con carácter previo en los telediarios a la hora de venir a llenar de paja nuestras vacías horas, minutos y segundos.
Hoy, en pleno siglo XXI, los seres humanos “racionales” somos más cerrados y cerrilmente partidistas que nunca, incapaces de ver lo que tenemos delante de nuestras narices, de juzgar con objetividad o, en caso contrario, de callar y escuchar a la opinión más autorizada. Somos cada vez más groseros, más parte del vulgo más vulgar, y además, exigimos cortesía y buena educación a cambio, a gritos. No somos capaces, por otro lado, de entender que ese señor sonriente, socarrón, y de corbata recién planchada, que sale por la tele, no es infalible ni le debemos nada si no que, más bien al contrario, nos debe mucho él a nosotros y que flaco favor le hacemos a la sociedad, a la inteligencia, al futuro y a nuestros hijos si decidimos reirle todos los chistes y gracietas, así, sin pensar, mecánicamente, por el mero hecho de que dice ser uno de los nuestros, alimentando así el monstruoso juego de la máquina electoral importado de los lastimosos shows norteamericanos (y es que ya lo decía mi abuelo: todo lo malo se pega) No comprendemos que él cobra por hacer el tonto delante de la cámara, y por mentir y actuar y fingir y gritar un discurso que le han redactado otros y por manejar unos gestos que aprendió hace cuatro días, en una clase especial para mentirosos pagada por nuestros impuestos. Y esto es lo más triste: al final es el payaso el que se ríe de los espectadores...
Y ya termino: cuando era chaval pensaba que eso de los partidismos, y de hablar miserias a espaldas del vecino por que era de tal o cual tendencia política, así, sin más, era una cosa mal aprendida por mal entendida y practicada, mientras se hurgaban o no la nariz, por algunos pocos niños malos, envidiosos, ignorantes, sucios y equivocados de aldeas remotas y profundas, sin cultura ni comunicación con el resto del mundo civilizado. Que decepción el crecer y ver, oír y leer a hombres y mujeres hechos y derechos comportarse peor que los mocosos fantásticos de mi imaginación infantil.





