UN SUEÑO (Y LAS BALADAS DE CHOPIN)
Las piernas se mueven, raudas; las sienes se clavan, fijas, allá en el horizonte, bisectriz y rosa, anaranjado. Y las losas de piedra milenaria crían musgo. Alrededor se extienden explanadas, vegetación y verde, espinaca. Arriba, en el cielo, el éter azul frío del alba, violeta, resplandece y llena. Es el norte, la humedad, la vida, la línea climática del estío, otoño. Y huele a hierba fresca, a preclaro, a campo. Al frente, en la distancia, un arco romano de piedra espera, tranquilo, sabio. No hay cuerpo, ni miembros, ni pies, ni piernas. Tan sólo una visera, transparente, suspendida, ceñuda, de color de brandy, cuando reposa, con suavidad, en el fondo de una copa, frente al fuego.
Y la velocidad endiablada...
... y observo mi silueta reflejada, en tiza blanquecina, sobre una oscura y gastada pizarra, en un amplio y pintoresco, antiguo callejón. La mirada es viva, curiosa; el cabello rubio, poco largo, descuidado, adolescente; y los rasgos aniñados, suaves, poco pronunciados. Decido que quiero dejarme ALAS, y así lo hago: brotan a mi espalda, como chorros, níveas, elegantes. Y se elevan. Por encima. Y hacia arriba. Las extiendo. Asciendo. Con los ojos clavados en el cielo, bisectriz, y deseo, ahora, que mis plumas sean fuego... y así es. Y giro. Despacio, tranquilo, sobre mí mismo. Sin bajar la vista. Siempre hacia arriba. Y observo el rastro ceniciento, ígneo, anaranjado, sedante Lucifer, que voy trazando mientras danzo, sobre el vacío azul celeste de mis sueños...
Y la velocidad endiablada...
... y observo mi silueta reflejada, en tiza blanquecina, sobre una oscura y gastada pizarra, en un amplio y pintoresco, antiguo callejón. La mirada es viva, curiosa; el cabello rubio, poco largo, descuidado, adolescente; y los rasgos aniñados, suaves, poco pronunciados. Decido que quiero dejarme ALAS, y así lo hago: brotan a mi espalda, como chorros, níveas, elegantes. Y se elevan. Por encima. Y hacia arriba. Las extiendo. Asciendo. Con los ojos clavados en el cielo, bisectriz, y deseo, ahora, que mis plumas sean fuego... y así es. Y giro. Despacio, tranquilo, sobre mí mismo. Sin bajar la vista. Siempre hacia arriba. Y observo el rastro ceniciento, ígneo, anaranjado, sedante Lucifer, que voy trazando mientras danzo, sobre el vacío azul celeste de mis sueños...





