YO FUI BUDDY BRADLEY (¡!)
Pues sí. Como lo leen, y como reza el título: yo fui Buddy Bradley. O, al menos, uno de sus bulliciosos, veinteañeros y alocados “colegas”. El caso es que el ácido y desternillante tebeo dedicado a narrar las vicisitudes cotidianas de dicho personaje, persona, estereotipo o abstracción, creado y magistralmente desarrollado por el superdotado autor de historieta norteamericano Peter Bagge, no funciona, tal y como se concede a otras series, como profunda y curiosa metáfora que venga a retratar de forma tangencial los modos y costumbres de un determinado sector social en un lugar y una época muy concretos. Hate, la serie publicada a partir del año 1989 por la editorial norteamericana Fantagraphics, y que en España ha sido traducida como Odio, merced a una agradecida labor de edición, y reedición, de Ediciones La Cúpula, hace todo lo que se menciona en la anterior oración por la vía directa, sin retruécanos, sin alegorías, sin disfraces, sin ambivalencias ni dobles sentidos, sin más miramientos que el sosegado ir y venir de las páginas, de las viñetas, de la tinta y se constituye, así, en un documento sociológico de primer orden, en un retrato vivo y fiel de la condición humana.Encontré mi primer ejemplar de Odio, o me encontró él a mí, que estas cosas nunca se saben, a eso de los veinte años recién cumplidos. Me lo topé, les decía, y ya tiene delito la cosa, sin buscarlo, en el piso de un “colega”, en el espacio de su habitación, un sábado por la tarde, mientras dábamos cuenta de unas buenas “garimbas” y escuchábamos alguno de esos discos que se suelen escuchar cuando uno anda de vacaciones entre cursos universitarios, ya saben: T Rex, David Bowie, los Ramones, la Creedence... recuerdo que aquel día habíamos quedado con unas chavalas para irnos a "La Fiesta de los Botes" en la localidad gallega de Arzúa, que no deben ustedes de dejar de visitar, si es que, por ejemplo, les gusta el queso. Nosotros íbamos a lo nuestro, que en aquellos días, o noches, eran los conciertos ruidosos, sudorosos, las chupas de cuero y cremalleras, a festa rachada y los Sex Museum siempre, siempre, no me pregunten porqué, siempre los Sex Museum... Y ahí estaba, así se presentó, el bueno de Buddy Bradley, hablándome de tú a tú, de colega a colega, y cigarro tras cigarro, desde las páginas después mil veces releídas de un volumen uno con fecha de, ay, 1995, y con traducción y artículo introductorio, sí, de Hernán Migoya.
(De paso, y ya que estamos, déjenme que les comente que aquel “colega”, sospechosamente, cumplía todos los requisitos necesarios para representar el papel de uno de los personajes secundarios más característicos del mencionado tebeo, Apestoso, pero no le digan nada, por si las moscas...)
Ha pasado ya una década y el mundo ha girado y dado vueltas. Hace más o menos un mes, y en una de esas revisiones periódicas y placenteras que se da uno el lujo de realizar de vez en cuando sobre la totalidad del número de volúmenes de su biblioteca en permanente crecimiento, observé con una mezcla de tristeza y ansiedad que todavía no había adquirido, leído, releído y archivado en la estantería habilitada al efecto los dos últimos ejemplares, el 12 y el 13, de la edición en castellano de esta serie de la que estamos hablando, aquí y ahora, así que decidí hacerles un hueco en mi listado mensual, y habitual, de compras electrónicas. Y en esas estamos: recién devoradas, pero también degustadas, las últimas entregas del nada complaciente Odio de Peter Bagge, puedo decir que, salvando las distancias y a excepción de pequeños detalles coyunturales y sin importancia, la vida sigue siendo, después de todo, y tras las inevitables consecuencias y mutaciones que trae consigo el inexorable paso del tiempo, maldita sea, bastante parecida a una historieta protagonizada por Buddy Bradley (¡!)





