Al final del camino

Más de tres años en este apacible cajón no son ninguna tontería. Cincuenta y dos mil visitas, tampoco. Pero, ultimamente, esto no funciona: hace semanas que se hace dificil acceder aqui. Mi paciencia tiene un límite.
Creo que ha llegado el momento de buscar otro rincón, de empezar de nuevo. Mañana cumplo cincuenta y un años y ¿qué mejor regalo de cumpleaños que estrenar casa nueva?.
Me da pena dejar el "Cajón Desastre", pero al mismo tiempo siento un cosquilleo en el estómago, el despertar de una nueva ilusión. Y, creedme, que es algo que me hace mucha falta.
Así que, a partir de este momento, me mudo. Si queréis encontrarme estaré EN EL PATIO DE ATRÁS, donde seréis bien recibidos.
Gracias a todos por el cariño con que habéis tratado siempre este rincón.
Os espero.
Historias del día a día (El nuevo)

No me gusta el nuevo, no, no me gusta…
Joaquín no puede evitar un mohín de disgusto ante tal pensamiento.
- ¿Qué te pasa? – le pregunta su mujer, que hace rato le observa de reojo. Le conoce demasiado bien y sabe que algo le ronda por la cabeza.
- ¿A mí? ¿Qué quieres que me pase? – contesta él disimulando.
- Nada, nada, eso es lo que quiero, que no te pase nada, pero andas haciendo caras raras. Mira, por ahí entra Rafael, hazle un sitio, anda, que están todas las mesas ocupadas.
- ¡Lo qué me faltaba! – contesta él, entre dientes.
- No se qué te ocurre con ese hombre, es educado y amable, mejor que muchos de los que andan por aquí y a ti parece que hasta te molesta verle.
Mientras, a Rafael le han hecho hueco en una mesa ocupada por cuatro mujeres que juegan una partida de cartas.
- ¡Hala! mejor, a ver si lo aburren esas viejas brujas y se va a dar un paseito.
- Pero mira qué eres, cada día estás más insoportable, eres un viejo gruñón.
- Sí, claro, es mejor el nuevo ese, haciéndose el elegante, total porque lleva ese viejo pañuelo anudado al cuello en plan señorito, y se pone la americana para venir a cenar… ¡tonterías! Me apuesto lo que sea a que no tiene dónde caerse muerto.
- Pero ¡qué sabrás tú lo que tiene o lo que no! ¿desde cuando te preocupas de las vidas ajenas? Pues sí, mira, yo creo que es elegante, se le da un aire a ese cantante ¡ay! ¿cómo se llamaba? esta cabeza mía cada vez va peor… sí, hombre, ese… Gardel, Carlos Gardel.
- ¡Qué mas quisiera! Anda, anda, no me hagas reír… ¡qué tonterías dices, Pepita!
- Bueno, mira, está visto que contigo no se puede hablar, cuando se te mete una manía entre ceja y ceja, no hay nada que hacer. Yo me voy a acostar que no me encuentro demasiado bien, creo que he cogido frío en el paseo de esta mañana ¿te quedas tú un rato más?
- No, no, me voy contigo, aquí hay poco que ver.
Joaquín coge del brazo a Pepita que anda apoyada en su bastón y después de dar las buenas noches se dirigen a su habitación. Ella se ha puesto el camisón y se sienta sobre la cama mientras su marido, en el sofá, parece sumergido en la lectura de un libro.
- Pepita ¿te gusta el nuevo?
- ¡Jajajajaja! Pero ¿qué dices ahora? ¿qué significa eso de si me gusta?
- Pues eso, si te gusta como hombre.
- ¡Ay! Joaquín ¿qué cosas tienes?
- Aún no me has contestado.
- Ya te lo he dicho antes, me parece un hombre educado y simpático. Y sí, todavía está de buen ver. Va siempre arreglado y limpio, no se abandona como otros. Bueno, ya ves que las tiene a todas medio bobas con sus galanterías. Esas cosas nos gustan a las mujeres, aunque ya no seamos jóvenes, Joaquín, y parece que a algunos hombres se os olvida y al mismo tiempo que cumplís años os vais volviendo más y más bruscos, parece que andéis enfadados con la vida. La vejez no tiene remedio, Joaquín, no vale la pena andar amargado por ahí, echando de menos lo que ya no podremos recuperar.
- O sea, que él es un tío cojonudo y yo soy un gruñón antipático.
- ¡Hala, hala! exagerao, eso es lo que eres, un exagerao.
Él, enfurruñado, finge concentrarse en la lectura.
- ¿Sabes lo que echo de menos? – le dice la mujer desde la cama.
- ¿El sexo? – contesta él, rapidamente.
- ¡Jajajajaja! hoy estás chistoso, no, verás…
- ¿Chistoso? A mí aún me apetece, de vez en cuando…
- Echo de menos que me cantes como antes ¿te acuerdas? Me encantaba aquella canción del Titi ¿cómo era? aquella del muñeco de fallas ¿por qué no me la cantas ahora? anda, Joaqui, un trocito sólo… anda…
- ¿Me vas a dejar que te toque luego las tetas?
- ¡Serás descarado!... bueno, ya veremos.
- No, ya veremos, no, que luego no me dejas.
- Anda, canta y no te hagas de rogar.
“Oyéndote bebía la locura
del fuego de tus piropos
y yo no comprendía
que me estabas matando poquito a poco”
-Ven, ven, siéntate aquí a mi lado
“Como a un muñeco de falla
me quemaste, me quemaste
y al despuntar la mañana
me dejaste, me dejaste.
Y Valencia vio mi pena,
pedir por tus pecaos
y a la Virgen santa y buena
de los Desamparaos.
Me olvidaste, me olvidaste
y aunque mi pena se vaya
me quemaste, me quemaste,
como a un muñeco de falla”
- Qué bien cantas, Joaqui.
- Va, tonta, ahora ya casi no tengo voz... ¿me vas a dejar…?
- Pues, oye, Rafael también canta muy bien.
Joaquín se levanta de la cama como un resorte.
- Y tú ¿cómo lo sabes?
- Pues porque lo oí cantar ¡no te digo!... el otro día, no se, el lunes me parece que fue, sí el lunes ¿te acuerdas que fuiste con Antonio a la visita médica? Nos cantó una canción a Isabelita y a mí.
- Le va a cantar a su padre… ¿será cabrón?
- Pero, Joaqui, no te pongas así, no seas tonto ¿qué querías? ¿qué me marchase para no escucharlo?
- Se va a enterar ese, se va a enterar…
- Joaquín, Joaquín ¿dónde vas ahora?...
El hombre sale de la habitación. ¿Qué se habrá creído ese desgraciado? A su mujer sólo le canta él, pues sí señor, si ya sabía que el nuevo iba a traer problemas. Pero ahora mismo va a poner las cosas claras, sí señor, se lo va a dejar bien clarito. Ni se le ocurra acercarse a su Pepita, ni se le ocurra… faltaría más.
Se para ante la puerta de la habitación de Rafael. Carraspea. Saca pecho. Estira sus cansados huesos intentando ponerse bien tieso. Golpea con los nudillos y espera un poco, sin recibir respuesta. Gira el pomo y la puerta se abre. Joaquín entra despacio intentando no hacer ruido. La habitación está vacía. Sobre la cama, pulcramente doblado, un pijama de hombre. Y a su lado, preparado para usar, un pañal para adultos.
Joaquín está ensimismado mirándolo cuando Rafael entra por la puerta.
- Perdón - dice el recién llegado - ¿me estabas buscando?
Joaquín vacila un instante.
- Sí, sí, pensaba que ya estabas aquí, lo siento, la puerta estaba abierta.
- No pasa nada, hombre ¿querías algo?
- Verás, yo venía… venía a decirte… que se me ha ocurrido algo. Me han dicho que cantas muy bien, y yo no lo hago mal del todo. He pensado que podíamos organizar un karaoke una tarde de éstas ¿qué te parece si se lo proponemos a la monitora?
Rafael no sale de su asombro. Tenía la impresión de que no le caía bien a aquel hombre que siempre le miraba con el ceño fruncido y mirada aviesa.
- Bueno, yo… no se, sí, puede ser una buena idea, pero ¿se atreverán los otros a cantar?
- Claro, hombre, ya verás, empezamos nosotros para romper el hielo y seguro que nos salen espontáneos por todas partes. No se hable más, mañana empezamos a organizarlo. Me voy a dormir, buenas noches.
- Buenas noches, qué descanses.
Joaquín cierra la puerta tras él y sonríe satisfecho.
Al fin y al cabo no es más que otro pobre viejo con problemas de incontinencia, piensa. Y hablando de incontinencia, tengo que cambiarme el dichoso pañal o Pepita me tirará de la cama de una patada diciendo que huelo a perro meao… ¡qué mujer!
- Pepita, Pepita ¿no te habrás dormido? Me dijiste que podría tocarte las tetas… ¡Pepita! No te hagas la dormida que no me lo creo… ¡Pepita!
¡¡¡Extra!!! Anuncio especial

¡Extra, extra! ¡Primicia mundial! ¡Extra, extra! ¡Noticia!
Este periódico se ha hecho eco de una noticia que va a conmocionar a medio mundo y que cambiará la vida de muchas personas. Y en nuestro afán de mantener informada a esta maravillosa y gran audiencia, la hacemos pública, sintiéndonos muy honrados al haber sido elegidos entre un nutrido número de medios de comunicación que pugnaban por erigirse en portavoz de tan importante evento.
“La archifamosa cuentista conocida por Desordenada, atendiendo a la incesante petición de sus fieles seguidores que ante las puertas de su Cajón Desastre corean a voz en grito aquello de ¡¡Queremos un libro tuyo!! (dicen las malas lenguas que algunos cambian el “libro” por “hijo” pero es un rumor que no ha sido confirmado), ha decidido por fin editar su primer libro de relatos eróticos. Veintinueve relatos, veintinueve, que harán las delicias de hombres y mujeres, y algún que otro ser sin clasificar. Veintinueve relatos recopilados bajo el enigmático título de "Humedad Relativa" (clickad, clickad ahí mismo en Humedad y no os arrepentiréis). Un libro creado y diseñado por ella misma con la importante colaboración de algunos de sus admirados y conocidos amigos y escritores”.
Podéis entrar a mirar… debéis entrar a mirar, y ya de paso os hacéis con un ejemplar, o ¿por qué no? con media docena de ellos… es el regalo perfecto que os hará quedar bien con el afortunado o afortunada que reciba tan interesante y atrevido obsequio.
Y no estaría de más que hicieseis por ahí un poco de publicidad.
(Ahora voy a ver si cobro los irrisorios honorarios que la Desordenada ha prometido pagarme por cubrir el evento… si no fuera porque estoy sin curro…)

Pájaro herido

Cuando el Pecas entró por la puerta del bar del polígono, el viejo reloj en forma de bote de cerveza marcaba las diez y media. Cuatro parroquianos de gesto taciturno y cansado ocupaban una sola de las mesas diseminadas por el local. El recién llegado se arrimó a la barra y saludó al camarero que se dispuso a servirle una caña de cerveza.
Siempre llegaba el primero a la cita de los viernes. Los tres amigos que esperaba solían hacerlo juntos. Parecen críos, pensaba Pecas, van a buscarse unos a otros como cuando íbamos al instituto. En realidad sentía cierta nostalgia de aquellos años en el barrio, siempre inseparables, hasta que a su viejo le dio por comprar un piso en la quinta puñeta.
En ese momento llegan bromeando y dándose empujones: el Poli, el Chinto y el Caniche. Ya era hora, cabronazos – es el saludo que les dedica el Pecas. Picarán un poco y saldrán por ahí a dar una vuelta. Sopló el poniente todo el día y aún persiste la sensación de calor, y eso que todavía no llegó la primavera. Esta noche, al Pecas, el cuerpo le pide guerra, después de toda la semana puteado en la fábrica por el nuevo encargado, un comemierdas sobrino del jefe que no sabe dónde tiene la mano derecha.
Pasadas las doce salen del bar, bien comidos y mejor bebidos. Se quedan un momento parados a pocos metros de la puerta esperando que el Pecas decida hacia donde se dirigen. Él, que ya lo tiene bien pensado, se hace un rato el interesante disfrutando del poder que ejerce sobre ellos. Echa a andar, y los otros se colocan rápidamente a su lado formando una perfecta fila de cuatro.
El nuevo parque, a esas horas, parece vacío y envuelto en el silencio. Atraviesan la gran verja de hierro y se adentran por el camino, haciendo crujir la gravilla bajo el peso de sus botas. Avanzan sin prisa, guiados por la tenue luz de las farolas diseminadas en puntos estratégicos.
Sentados en un banco, una pareja de adolescentes se magrea. Aislados del mundo, centran toda su atención en las bocas, las manos, el deseo. Cuando quieren darse cuenta los tienen a dos pasos. Los cuatro amigos disimulan, hacen como que no los vieron y pasan por su lado, dos a un lado del banco, dos al otro. La pareja permanece inmóvil, el deseo ha dado paso, en no más de un segundo, a la inquietud y al miedo. Ya respiran aliviados cuando dos pares de brazos les sujetan. La chica intenta gritar pero la mano es más rápida que ella y la enmudece. Él forcejea, y un puño americano le rompe la nariz de un solo golpe.
El Pecas enciende un cigarrillo y les contempla. Esperaba encontrar algo más divertido que propinar unos golpes a esos desgraciados, pero tampoco está mal para hacer boca. Los muchachos esperan que haga algo con la chica, tendría que follársela pero no le apetece. Le obligará a hacerle una mamada, no puede echar a perder la fama que tanto le costó crearse. Se desabrocha la bragueta y le hace una seña al Poli para que la obligue a arrodillarse. Mira al chaval que llora sin ningún tipo de pudor y piensa que es a él a quien le gustaría dar por el culo. Le imagina comiéndole la verga mientras por la nariz la sangre le gotea. Ahora ya se le puso dura. Abre la boca, zorra – y se la mete de lleno en la garganta.
Cerrad la puta boca, hostias- susurra el Pecas al tiempo que su dedo índice les manda guardar silencio. Delante de ellos, sobre un banco, en un escondido rincón entre las grandes jaulas de los pájaros y la caseta del guarda, hay alguien durmiendo. Se acercan con pasos sigilosos y no tardan en reconocer al hombre que yace bajo la manta. Es un joven hippie que a veces hace de mimo a la entrada del parque, y otras vende pequeños colgantes que él mismo fabrica, de esos con el nombre de uno hecho de alambre.
A éste sí le tengo ganas, piensa el Pecas, pero ganas de las otras. Lo ha observado muchas veces, con aquella sonrisa angelical, los ojos grandes y azules, la melena oscura y lacia cayéndole por encima de los hombros, qué ganas de follárselo. Y el puto hippie parecía adivinarlo y le miraba fijamente mientras se mantenía inmóvil disfrazado de estatua.
Les ordena otra vez con gestos que guarden silencio y prepara el enorme bate de béisbol que esconde dentro de la cazadora. El primer golpe se lo dará en la cara para borrarle de una vez esa puta sonrisa, ya no será la misma con unos cuantos dientes rotos. A una señal del Pecas, sus compinches le propinan al hombre un empujón que le hace caer al suelo. Concentra toda su fuerza en la madera y golpea. La sangre le salpica. El hombre abre los ojos aterrado sin saber qué sucede cuando una lluvia de puñetazos y patadas le caen encima. Se dobla sobre sí mismo protegiendo el estómago y sus partes, y otro golpe de bate le sume en una oscuridad profunda. El gorro de colores se va tiñendo en rojo poco a poco.
Los cuatro en formación retoman el camino de regreso. El Pecas distingue entre las sombras un pequeño bulto en el suelo. Se agacha y lo recoge con cuidado: es un pájaro herido. Abre la cremallera de la cazadora y suavemente lo coloca en el bolsillo interior. A ver si aguanta hasta que llegue a casa, piensa. Intentará curarle el ala rota, aunque tenga que escuchar al viejo una vez más: “mariconadas”.
La función de las tres

Imagen Leopoldo Pomés
En el viejo reloj de la iglesia sonaron tres campanadas cuando aparcó el coche ante la puerta de su casa.
Respiró hondo al tiempo que giraba el espejo retrovisor interior para mirarse. Aún se podía adivinar por el brillo y el enrojecimiento de sus ojos que había estado llorando. Ni ella misma puede entender claramente el motivo de su llanto, pero cuando enfiló la autopista después de despedirse de él, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. No hizo nada por detenerlas, las dejó caer mansamente aliviando la angustia que le oprimía el pecho.
Cuánto quería a ese hombre.
Le desbordaba esa explosiva mezcla de sentimientos cuando estaba a su lado. Él nunca llegaría a darse cuenta de lo que se desataba con su sola presencia, de que el recuerdo del tiempo que pasaban juntos llenaba todos los momentos de su ausencia.
Y el deseo.
No se cansaba nunca de sus besos. Su cercanía, su mirada o un leve roce de sus manos conseguían humedecerla al instante. No podía evitarlo. Se obligaba a veces, cuando estaban juntos, a pensar en otra cosa, a no prestar atención a sus ojos, a los labios que se movían incansables hablando de mil cosas, a no mirar sus manos… Pero se encontraba de pronto, buscando con avidez su boca o abrazándose a él como a una tabla de salvación en mitad del océano.
Se arregló un poco. Intentó no pensar en nada. Debía relajarse, salir del coche y dirigirse a casa. Tenía la impresión de llevar sus besos enganchados a la boca y sus caricias tatuadas en la piel con tinta permanente. Debía ensayar un gesto cansado, el que tendría que mostrar después de una cena de trabajo que se alarga demasiado. Con un poco de suerte los encontraría a todos dormidos.
En la oscuridad de la noche, le pareció que todo su cuerpo brillaba, que transparentaba los sentimientos que bullían en su interior. Se vio a sí misma como un árbol de navidad con todas las luces encendidas.
En un momento debería salir a escena y hacer gala de todas sus dotes de actriz consagrada en el arte de fingir.
Metió la llave en la cerradura con tanta suavidad como fue capaz. No encendió la luz, podía manejarse a oscuras perfectamente. Se desnudaría en silencio y se metería en la cama. Mañana ya no le pedirían cuentas por su tardanza.
¡¡¡ Sorpresa, sorpresa!!! Las luces de la casa la cegaron y el corazón pareció querer salir disparado del pecho. Ante su incrédula mirada fueron apareciendo rostros de familiares y amigos, al tiempo que un guirigay de voces desafinadas intentaban cantar al unísono: “Cumpleaaaaaaaaños feeeeeeeliz, cumpleaaaaaaaaaños feeeeeeeeeeliz…”
No tuvo que actuar. Se quedó pálida y se desplomó en el suelo.