Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Te regalo


Esta mañana me desperté temprano. Me embargaba una sensación de plenitud, alegría, nostalgía... era una mezcla extraña que me hacía sentir bien. Me quedé un rato en la cama pensando, intentando recordar dónde estuve mientras dormía. Sí, acababa de llegar de un viaje en el medio de transporte más barato, seguro, rápido y confortable que existe: viajé a lomos de la imaginación onírica.
En algún momento, durante la noche, llegué al lado de tu cama. Tu cuerpo desnudo yacía tranquilo, abandonado a tus propios sueños. Deseé entrar en ellos, pero había tantas puertas cerradas que dejé la tarea para otro día, no sea que se me pasase el tiempo y sonase el despertador.
Me quedé quieta mirándote, no quería despertarte. Aparté con mucho cuidado un mechón de pelo que caía sobre tu rostro para poder observarte mejor: los párpados cerrados, las pestañas larguísimas, la boca entreabierta. Acerqué mi cuello a ella, para sentir tu aliento cálido. Acaricié con mucho cuidado el vello de tu pecho. Pensé en dejarte un regalo para que supieses que estuve allí, pero me dí cuenta que no llevaba nada, yo también estaba desnuda.
Te besé suavemente en los labios y pensé que este post sería mi regalo y este poema que encontré. Lo siento, no tengo nada más.
Otra cosa, antes de despedirme: tenías una erección. A saber lo que estarías soñando, la próxima vez abriré las puertas para ver. Soy muy curiosa.

TÚ DUERMES, YA LO SÉ... (JULIA PRILUTZKY)

Tú duermes, ya lo sé.
Te estoy velando.
No importa que estés lejos,
que no escuche
tu cadencia en la sombra;
no importa que no pueda
pasar mi mano sobre tu cabeza,
tus sienes y tus hombros.

Yo estoy velando, siempre.
No importa que no pueda acurrucarme
para que tú me envuelvas sin saberlo,
para que tú me abraces sin sentirlo,
para que me retengas
mientras yo tiemblo y digo simplemente
palabras que no escuchas.
Yo puedo estar tan lejos
pero sigo velando cuando duermes.



 
Deseo


Y Des se muerde las ganas, mientras siente como su cuerpo sufre las alteraciones del deseo. Lo mira, y se imagina saboreándolo lentamente, lamiéndolo con su lengua golosa. Quiere sentir como se deshace en su boca, inundándola con su sabor. Pero él es cruel ¿por qué le hace esto? Observa sus ojos, y su boca. ¡Maldito! ¡Cómo lo desea! Se desespera de dolor y rabia. Prefiere no mirarlo o no podrá resistir la tentación. Mientras él, tranquilamente, saborea el último BOMBÓN que había en la bandeja. ¡Maldito egoista!.

 
De principios y finales (Desenlace)


Y recuerdan. En el apartamento de Álvaro, ella vuelve a sentir sus suaves caricias, expertas y certeras, vuelve a percibir esos labios, esa boca ya olvidada, recorriendo su cuerpo, adueñándose de nuevo de sus recovecos, de su olor y sus jugos. Se siente recorrida por las corrientes de deseo, que como ríos desbocados confluyen en su centro vital, en el punto en que estalla el placer. La traspasa el amor que ese hombre siente por ella y le embarga la tristeza. No puede, no puede amarle.
Y está tendido a su lado, feliz, ignorante de los pensamientos que cruzan por la mente de Merche, que no ha podido dejar un momento de pensar en él, en el que no la abandona ni por un momento. Sintió miedo de pronunciar su nombre en el momento del orgasmo. Y calló. Se obligó a permanecer muda, jadeando, pero sin pronunciar palabra alguna. Se pregunta si es tanto lo que ella pide. No quiere promesas ni palabras de amor, sólo que le diga lo que siente, que le hable de sus miedos y de sus sueños. ¿Por qué le resulta tan difícil? Es, como cuando le haces a alguien un regalo, ilusionada, y el obsequiado lo abre, lo mira... y calla. Y el obsequiante se queda esperando expectante. Entonces, llegan las cavilaciones y como un detective analiza las pistas: un gesto, una sonrisa, una mueca. A veces, cuando se siente optimista, piensa que sí, que algo sentía por ella, que volverá a dar señales de vida, que la llamará. Otras, en los días grises, pierde toda esperanza y se maldice por capulla y gilipolla, y se pierde por negros túneles donde no luce el sol, mientras deja que la apatía se apodere de su alma.
Merche ha vuelto a casa, después de despedirse de Álvaro y quedar en llamarse. Enciende el ordenador y mira el correo: nada. Tampoco está conectado. Como un tonta vuelve a ojear el teléfono, con la liviana esperanza de no haberlo oído sonar. Se engaña, claro, y ella lo sabe.
Se queda sentada en la silla, con la vista fija en la pantalla, esperando quizá un milagro. Se acabó, piensa, voy a apagar este trasto y olvidarme de él. Le tiembla el pulso, pero está dispuesta a hacer. Y el corazón le da un vuelco cuando el cartelito le anuncia que acaba de conectarse. Al momento la ventana de conversación aparece con un “Hola”. Merche se queda mirando la palabra mágica y sabe que todo empezará de nuevo, mientras por centésima vez escucha una de sus canciones preferidas:

Ya estoy curado, anestesiado,
ya me he olvidado de ti...
Hoy me despido de tu ausencia, ya estoy en paz...
Ya no te espero, ya no te llamo, ya no me engaño.
Hoy te he borrado de mi paciencia,
hoy fui capaz...
Desde aquel día en que te fuiste,
yo no sabía que hacer de ti.
Ya están domados mis sentimientos.
mejor así...
Hoy me he burlado de la tristeza,
hoy me he librado de tu recuerdo,
ya no te extraño, ya me he arrancado,
ya estoy en paz...
Ya estoy curado, anestesiado,
ya me he olvidado.

Te espero siempre, mi amor,
cada hora, cada día, cada minuto que yo viva...
Te espero siempre, mi amor...
Te quiero... siempre, mi amor...
Se que un día... volverás...
No me olvido y te quiero...
Te quiero siempre, mi amor

“Hola”, responde. Y sabe que su vida, como la canción, es una total contradicción.
 
¿Estresada yo? Pero... ¿qué me estás contando?


Aqui, la Des, se las prometía muy felices con eso de terminar su jornada laboral a las de la tarde ¡qué ilusa!, no sabía ella lo que le esperaba. Son las 20,30 horas. Sí, he terminado mi jornada laboral a las 15 horas. Llego a casa, preparo la comida para mi hija y para mí, afortunadamente el niño come en el cole y "el contrario" está trabajando. Acabo de comer y salgo pitando a recoger al enano que termina a las 4 y media. Me encuentro con la sorpresa de que mañana tiene el "cumple" de un amigo y quieren comprarle entre todos un regalito. Vale, no me puedo escaquear, así que vamos de tiendas. A las cinco y media nos vamos "a toda pastilla" a casa, tiene que ponerse el traje de Karateka pues a las seis tiene gimnasio. Lo dejo allí y salgo pitando a hacer la compra... la nevera tiene unas sospechosas telarañas.
Lleno el carro a toda prisa. En la caja, una cola enorme, como siempre. Y para colmo, la clásica viejecita que solo lleva dos cositas y te pide que la dejes pasar. Total para irse a sentarse en un banco del parque a charlar. Yo que la miro con cara de pocos amigos, pero en mi mente aún siguen presentes las enseñanzas de antaño "hay que respetar a los mayores" y... "vale, pase usted" mientras miro el reloj de reojo. Salgo de allí y me piro a recoger al deportista al gimnasio. Vuelta a casa. Y cargada como una burra a subir la compra.
Una vez en casa, hay que poner cada cosa en su sitio. Odio eso. Cuando puedo me escaqueo y se lo paso a mi hija, pero ahora está por sacarse el carnet de conducir así que creo que anda por la autoescuela. Vale, lo haré yo, no tengo más remedio. Eso sí, al perro lo saca el enano, refunfuñando, pero lo saca.
¡Uf! ya está todo en su sitio. Pongo una lavadora: pero que guarros son en esta casa... siempre hay ropa sucia. El montón de ropa que hay para planchar, ni lo miro. Me niego hoy a tener una "affaire" con la plancha. Si quieren ir planchados, ya saben lo que les toca.
Y a preparar la cena, que en este momento se está haciendo. Y ¿mañana? ¿qué preparo para comer?. Estoy pensando que mañana, de la manera que tengo la agenda, no tengo tiempo de comer.
Terminaré a las tres y a las tres y diez tengo una reunión en el colegio del niño, y luego dentista para él y para mi suegra, que claro está, tendré que ir a casa a recogerla, y luego llevarlo a él al cumpleaños, y luego recogerlo, y ¿cuándo como?. Creo que me servirá para perder algunos kilillos.
Y al otro pobre no puedo encargarle nada, está trabajando tanto que casi no nos vemos. Como que ha puesto una foto en la entrada de casa para que no me olvide de él.
¡Ay! a veces envidio a la gente que vive en esos pueblecitos pequeños perdidos en la montaña.
Menos mal que me puedo meter aqui un rato y, aunque no os lo creais, me relajo un montón... ¡que se me quema la cena!.


 
De principios y finales (II)


Se mete bajo la ducha y deja que el agua se lleve por el desagüe las últimas huellas de sus caricias. Eso se imagina, eso es lo que quiere creer. Si pudiera desprenderse de su recuerdo tan fácilmente. Si pudiera abrir su corazón y rociarlo con gel de aroma de jazmín. Si pudiera, luego, apuntar en su centro el chorro de agua ardiente y acabar con cualquier sentimiento. Si pudiera...
Hoy quiere volver a estar guapa, tiene que recobrar su esencia, volver a vivir. Se maquilla despacio, intentando devolver a su rostro la alegría perdida por algún rincón olvidado, pinta de un rojo indecente sus labios carnosos. Abre el armario y elige un bonito vestido veraniego, lleno de grandes flores. Se sube en lo alto de sus sandalias preferidas, aún a costa de partirse la “crisma” en algún traspiés y sale a la calle.
La recibe una claridad cegadora, que hace que rebusque rápidamente en su bolso, las gafas de sol. Y echa a andar, tranquila y serena, respirando el aire ocioso de la ciudad en una mañana de sábado.
Mira, descarada, a la gente con la que se cruza, amparada tras sus gafas oscuras. Hace tiempo que no practica su juego preferido: observar las caras de los viandantes y adivinar su estado de ánimo. Últimamente siempre iba enfrascada en sus pensamientos, caminando como una autómata sin fijarse en nada. Ve una bonita terraza frente a la Alameda y se dirige hacia allí. Se sienta en una mesa dispuesta a disfrutar de un café bien frío.
Se entretiene observando a un anciano con buena planta que ojea el periódico, una joven mamá con dos niños pequeños que se pelean por su batido de chocolate, un grupo de jovencitas que ríen y charlan en voz alta, y cuya conversación le llega entrecortada por el ruido del tráfico de la ciudad, una pareja de enamorados que se come la boca como si sólo ellos habitasen el planeta. Instintivamente desvía su mirada, no quiere recordar.
Sus ojos se posan en un hombre que toma una cerveza en una mesa cercana. Su rostro le parece conocido y empieza a mirarle insistentemente. ¿De qué le conozco?- piensa. Sabe que jamás se equivoca, tiene muy buena memoria para las fisonomías, el problema es que muchas veces no logra asociarlas a las personas a las que pertenecen. Se da cuenta que él también la está mirando y empieza a esbozar una sonrisa. Él se está levantando de su asiento y se dirige hacia ella decidido. Entonces le reconoce.
-¡Merche! ¡cuánto tiempo sin verte! ¿cómo estás?.
-¡Álvaro! No te había reconocido. Lo siento, habrás pensado qué hacía mirándote con tanta insistencia.
Se besan en las mejillas. Álvaro es un antiguo amigo y amante. Tuvieron una relación no demasiado larga: él se enamoró, ella no. Así que, cuando las cosas empezaron a tomar visos de relación más estable, Merche salió corriendo. Durante algún tiempo, él insistió: la llamaba, quería verla; pero ella se negó de forma tajante.
Empiezan a hablar de viejos tiempos, de cómo les ha ido a cada uno la vida, de que estás muy delgada pero guapísima, de que tú también estás muy bien, de que ninguno de los dos se casó. Y mientras, Merche se pregunta ¿por qué se enamora siempre de quien no debe? ¿por qué no quiso a este hombre o a cualquier otro?. Y hace un repaso mental de su vida amorosa, mientras asiente y contesta a Álvaro, casi de forma automática. Piensa que ha tenido suerte con los hombres que la amaron, y ella se dejó querer, pero no se entregó, jamás se dio plenamente. Y la única vez que se enamora es de la persona equivocada. También tenía que tocarle a ella, y la vida se estaba cobrando ahora su precio. Sólo él, el que no puede olvidar, en una noche, borró de su mente todas las noches pasadas y futuras. Se hizo el dueño de su cuerpo y de su alma, y se siente impotente para echarlo de allí.
Álvaro está feliz por haberla encontrado, y ella decide que quizá es otra oportunidad que le brinda esta puta vida. En su interior, sabe que no es esa la solución, pero quiere sentirse amada, quiere saberse importante para alguien.
Deciden comer juntos y seguir recordando...

(Continúa)
 
Perdonadme... un inciso.


Tengo que felicitar a mi paisano Fernando, por su magnífica carrera de hoy, donde ha demostrado que es el perfecto rival para Mikel. Increible duelo que me ha hecho estar en tensión, y sentir la alegría de la victoria. Es que... me gustan las carreras.
¡¡¡Felicidades campeón!!!!
 
De principios y finales


DE PRINCIPIOS Y FINALES

Esta situación tiene que acabar- fue el primer pensamiento de Merche al despertar aquella mañana de principios de verano. Bueno, lo de despertar era un modo de hablar, porque realmente no había conseguido conciliar el sueño, como casi cada noche, desde hacía algún tiempo.
No llegaba a entender cómo podía mantenerse en pie y acudir al trabajo cada día. No dormía, y comía lo justo para no desmayarse, por lo que la ropa se le quedaba grande por momentos. No podía olvidarle, era del todo imposible. Durante el día, miles de detalles la llevaban a pensar en él, y por la noche, su mente no dejaba de imaginar situaciones en las que volvían a encontrarse.
Permanecía allí, postrada en la cama, sin fuerzas par levantarse y empezar un nuevo día. Evocaba, una y otra vez, aquella noche mágica en que hicieron el amor. Sólo una. Él había sido el amante más experto y el más cándido, al mismo tiempo. Pero no era esa la razón por la que su recuerdo no la abandonaba. No. Ya había tenido antes buenos amantes. Era algo inconcreto, que ella se negaba o no sabía nombrar. Era una especie de posesión, como si se le hubiera metido dentro y anduviera corriendo por la sangre, impregnando todas sus vísceras con una potente droga que la hacía padecer un terrible síndrome de abstinencia.
No hablaron de amor, ni de volverse a ver. No hablaron de seguir con esa extraña relación, ni tampoco de acabar con ella. Todo había quedado en el aire, sin promesas ni despedidas. ¿Y qué podía hacer ahora?.
Durante un tiempo, habían seguido hablando y escribiéndose de vez en cuando. Pero, sin ella conocer el motivo, él fue alejándose poco a poco. Sin explicaciones. No hubo ruptura, continuación, ni reinicio.
No podía echarle nada en cara porque, al fin y al cabo, nada se prometieron. Quizá, solo ella se había hecho ilusiones. Ilusiones sin consistencia, fruto de su deseo. Ilusiones que, como un castillo de naipes, cayeron desparramadas con una pequeña brisa que entró por su ventana.
Se mira en el espejo y casi se asusta de su propio aspecto. Sus ojos ya no tienen el brillo que los caracterizaba, ahora están hundidos y rodeados de negras ojeras. Están vacíos y muertos. En su desmejorado rostro, destaca la nariz afilada entre las hundidas mejillas. Se despoja de la bata que la cubre y continúa con su crítica mirada. Esta vez, está dispuesta a enfrentarse con su imagen. Siempre poseyó un bonito cuerpo, con curvas insinuantes, aunque no exageradas, que hacían la delicia de los hombres. Ahora, la delgadez había hecho mella en él: los pechos, que nunca fueron abundantes, aparecían colgantes y sin atractivo alguno; se le notaban las costillas; y sus piernas, que habían sido su orgullo, se veían delgadas en exceso.
Esta situación tiene que acabar- vuelve a pensar, y a falta de un consuelo mejor, se conforma con esta idea que parece fijarse en su mente por momentos...

(continúa)
 
Me digo a mí misma que no es bueno... pensar


Pues sí, me lo digo y lo repito "cienes de veces" como dice mi querido Wolffo, pero como soy tan rebelde, me desobedezco a mí misma y no me hago ni puto caso.
Y pienso, y me pregunto. Vale, vale, sé que dije que iba a cambiar las interrogaciones por las exclamaciones, y no arrepiento, quiero hacerlo, pero son tan sensuales con esa preciosa curva, y tan reiterativas que cualquiera les niega nada. Y, al final, vencida y derrotada, les abro las puertas de par en par.
Y empiezan a dispararme sin piedad: ¿qué es el amor? ¿no lo confundimos con otro u otros sentimientos? ¿por qué nos enamoramos de una persona determinada? ¿qué tiene de especial? ¿por qué se termina? ¿tiene un ciclo de vida? ¿cómo empieza? ¿por qué deseamos estar enamorados? .... creo que podría llenar páginas y páginas de preguntas sin repuestas.
He leido y escuchado muchas definiciones de la palabra "Amor" y creo que ninguna me convence, pienso que es una mezcla de sentimientos inexplicables y que no poseemos el vocabulario capaz de expresarlos.
Y además llega a nosotros sin ninguna expliación, la mayoría de las veces nos pilla por sorpresa. No decimos "vamos a enamorarnos", no, de repente nos damos cuenta que pensamos, respiramos y vivimos acompañados de otra persona, por ella o a causa de ella. Y si nos ponemos a analizar friamente la situación, encontramos que no es la más guapa, ni la más dulce, ni la más inteligente, ni la más apasionada, ni la más seductora.
Sí, vale, a nosotros nos parece todo eso y mucho más, pero no lo es. Así que, ¿qué clase polvitos mágicos nos echó para que caigamos rendidos a sus pies?... es un misterio. Por lo menos, lo es para mí. A veces, miramos desde fuera a nuestros amigos y pensamos ¿cómo habrá podido enamorarse de ese o de esa? y nos parece increible. Claro que, a los demás les pasará lo mismo con nosotros.
Y un día, de repente o poco a poco, se termina. Sin más, porque la mayoría de las veces no hay señales que auguren ese final. Y empezamos a echar de más a la persona que antes echábamos de menos, y nos molesta lo que antes nos enamoraba de ella.
Bueno, pensamos, al fin y al cabo ya estoy tranquila, porque eso de estar enamorada es un sin vivir... ¡ja! que te lo has creido. A la vuelta de la esquina vuelve el angelito gilipolla a dejarte herida de muerte y... otra vez a empezar.
Y estaba yo cavilando todas estas cosas, pensando: "Hay que ver que filosófica estoy hoy", cuando recibo un correo de mi querida amiga Tania ¡coño! yo no sé si es bruja esta mujer, pero me ha mandado un soneto que viene "al pelo" a mis elucubraciones (que me gusta esta palabra), así que me dije voy a aburrir un poco a la gente y colgar un post, pues eso: que aqui está. Y por supuesto, dejo el poema. Tengo que confesa que jamás había leido nada de esta autora, pero Tania es especialista en encontrar bellezas:

YO NO SÉ TODAVÍA CÓMO EXISTE (JULIA PRILUTZKY)

Yo no sé todavía cómo existe,
cómo ha venido a mí y está creciendo
la indócil llamarada que no enciendo
y esta emoción que tiembla y que persiste.

No sé si estar alegre o estar triste,
ya no entiendo la voz sino el acento,
ya no busco ni espero ni presiento:
apenas sé que estoy. Que está. Qué existe.

Pero cómo saber si es sólo un juego:
neblina, soledad, engaño, fuego.
¿Es un juego? Pues bien, hay que jugarlo

con una dulce complacencia esquiva
o una total entrega fugitiva.
¿Y si fuera el amor? Hay que aceptarlo.


 
Y cuando llegas a la cima....


Jamás pensé en escalar montañas, pero ya debería saber que en los sueños todo es posible, así que allí estaba yo, aferrada de pies y manos a una inmensa roca que parecía no tener fin.
Estaba desnuda y con cada movimiento mi cuerpo se adornaba con un nuevo arañazo. Las manos y los pies ensangrentados, parecían no pertenecerme pues no sentía ningún dolor, pero en mi ascensión iba dejando un reguero de huellas como las piedras blancas que Pulgarcito iba soltando en el cuento para hallar el camino de regreso. Mis "piedras" eran rojas y brillaban como pequeños rubies, mientras que otras formaban pequeños regueros que se escurrian y goteaban por las cortantes aristas a las que me agarraba.
Estaba rodeada de nubes grises que me impedían ver el camino recorrido y que me hacían sentir sensación de frío. En cambio, si miraba hacia arriba, aún sin ver la cima, se distinguía una claridad dorada y calida que me hacía desear llegar cuanto antes hasta ella. Tanta soledad me estremecía, hasta que una de las veces en que dirigí la mirada hacia lo alto, descubrí un grupo de extrañas aves, de enormes alas, que planeaban tranquilas. Más que un vuelo su movimiento se asemejaba a un baile con coreografía perfecta. Envidié sus alas y una absurda idea empezó a tomar forma en mi mente. ¿Y si intentaba volar?. En mi interior estaba convencida de que podría hacerlo y si no era así ¿qué podía perder? ¿precipitarme al vacío? De todas formas no sabía que era lo que buscaba en mi empeño por llegar a la cima. Aposenté los pies en una pequeña repisa que sobresalía en la gran roca, respiré hondo, abrí los brazos y salté intentando vencer la fuerza de la gravedad.
Y volé. Mi pecho henchido de una sensación inexplicable y mi cuerpo ligero como el aire se elevaba sin ningún esfuerzo. Una ligera brisa acariciaba mi cuerpo y lo abrazaba como un amante sensual y experto. Estaba acercándome a aquellas criaturas extrañas y sentí miedo ¿Qué haría si me atacaban?... eran enormes. Pero cuando casi estaba a su lado descubrí que sus cabezas eran humanas, bellos rostros sonrientes me daban la bienvenida.
Entonces me elevé por encima de ellas hasta descubrir la cima de la montaña. Era una gran planicie medio desierta, con algunos arbustos desperdigados al lado de un gran lago de aguas oscuras. Aleteé hasta posarme suavemente en la orilla. Despedía un olor extraño, no podría decir si era o no agradable, solo era eso: extraño para mí. Y de pronto, empezaron a emerger de sus aguas cantidades ingentes de ranas, sí ranas, de todos los colores imaginables, saltando por todas partes, mirándome con sus grandes ojos.
Y desperté.

No sé si alguna de ellas era un principe encantado, pero de algo estoy segura... no pensaba besarlas. ¡Faltaría más!.
 
Lejos de tí


A veces una se siente así:

LEJOS DE TI (Francisco Alvarez Hidalgo)

Desde la oscuridad de mi destierro,
lejos de ti, alzo la voz en grito,
sangrando sentimientos por escrito,
y estrangulada en soledad de hierro.

Sufrí tanto naufragio, tanto entierro,
ignorando cuál fuera mi delito,
que en este mundo angosto que ahora habito,
eres la tabla y vida a que me aferro.

Al dormirse la luz sobre mi lecho,
duermes conmigo, pero no te estrecho,
cuerpo ausente, recuerdo enamorado.

Eres arduo dolor, profuso gozo,
mansa sonrisa, trémulo sollozo,
tan lejano de mí, tan a mi lado.

Felices Sueños.
 
Que bueno... que bueno


¿Que por qué pongo una foto de Pau de Jarabe de Palo? Pues porque traigo una canción que una buena amiga me mandó ayer. Traigo la letra y os animo a escucharla... es preciosa. Y además, como siempre pasa con mis amigas, saben lo que me apetece escuchar en el momento exacto. Este grupo es uno de mis preferidos, desde la primera canción que les escuché: "La flaca". Y Pau es uno de mis tipos preferidos de hombre, no me preguntéis ¿por qué?... ni puñetera idea.
Estos días estoy rara, hasta yo misma me doy cuenta. Paso de la euforia a la tristeza en apenas unos minutos. Siempre que tengo una época en la que las cosas me salen bien y estoy feliz, no puedo dejar de preguntarme ¿hasta cuándo?. Y es que soy tonta, siempre ando haciéndome preguntas y dando vueltas a las cosas, ¡con lo fácil que debe ser disfrutar sin más!. Pues no, yo me empeño en complicarlo todo. Y me canso de la danza de los signos de interrogación que bailan en mi cabeza y que casi siempre se quedan sin respuesta. Voy a cambiarlos: estiraré su curva maldita y los convertiré en exclamaciones. Son más divertidas y menos estresantes.
En fin, que pongo la canción y espero que os guste. Gracias Lia.

QUE BUENO... QUE BUENO (Jarabe de Palo)

Te quiero
aunque ahora no viene a cuento
aunque no te lo demuestro
te quiero.
Te quiero
aunque parezca que me olvide
aunque creas que no es cierto
eso es lo que siento.

Me gusta
pensar que me gustas
saber que te quiero
qué bueno, qué bueno.
Me gusta
ser el dueño de tus celos
despertarme y darme cuenta
de lo mucho que te quiero.

Quererte
quererte no es bastante
quererte es no entenderte
y que te siga queriendo.
Quererte
quererte es acordarme
quererte es merecerte
más de lo que te merezco.

Me gusta
pensar que me gustas
saber que te quiero
qué bueno, qué bueno.
Me gusta
ser el dueño de tus celos
despertarme y darme cuenta
de lo mucho que te quiero.

Te tengo, te pierdo
te agarro, te suelto.
Te vas y te espero
te busco, te encuentro.

Te acercas, me alejo
te escucho, te cuento
te compro, te vendo
te odio, te quiero.

Te dejas, me dejo
me besas, te muerdo.
Te lamo, te huelo,
qué bueno, qué bueno.
Te pido, te ofrezco
(te amo, te miento)
te abrazo, te aprieto
me duermo, te sueño
qué bueno, qué bueno.

Te quiero
y lo que más echo de menos
es que no te quiera más
de lo mucho que te quiero.
Te echo de menos
tu retrato en la pared
una cartita en el correo
para decirte que te quiero.

Qué bueno, qué bueno...

 
Y sucedió que.................


Y sucedió que mi corazón cambió su vestido rojo de diario, por un traje de fiesta y quedó así de bonito.
Llegó el esperado jueves y él, el jueves, ignorante de lo que iba a suceder despertó como un jueves cualquiera dispuesto a cargar con la rutina de siempre. Aún así, eligió un vestido hecho de ilusión, incertidumbre y dudas. Y esperó. Pasó la mañana razonablemente tranquilo y llegó la tarde. Y con ella, el primer encuentro entre dos desconocidos. No hubo decepción, y el jueves se quitó de encima la duda y la incertidumbre, y las cambió por alegría, amistad, amor, deseo y mariposas que ya no dejaron de aletear. Luego, las emociones se hicieron dueñas de la noche. Ahora no había sorpresas, al encuentro se unían personas ya conocidas y queridas. Entonces, el jueves, para sentir el calor del sol que ya se había despedido, agregó a su ropa, abrazos y besos, nostalgías y recuerdos de otros días vividos.
Y llegó el viernes, vestido de miradas. Las mías no querían separarse de aquellos ojos que las atrapaban. Apareció por allí la tristeza de una despedida, el primero en llegar también era el que antes tenía que marcharse. Y también llegaron la duda y el temor de no saber interpretar adecuadamente lo que esos ojos me decían. Los silencios se apoderaban, a veces, del tiempo. Maldito tiempo que corría presuroso sin hacer caso de mis ruegos: "Unas horas más, por favor, sólo unas horas". No, había que despedirse. Más silencio, los pensamientos que se enredaban, mis manos que desean el contacto. No tengo ganas de decirle adiós, pero he de hacerlo. Entonces... el abrazo. Su cuerpo junto al mío, mi corazón dando brincos, su respiración, la mía. No, no quiero que se vaya. Besos suaves, dulces que me transportan a otro mundo. El deseo, cruel, que me atormenta. La lluvia arrecia y nos despedimos. Las lágrimas pugnan por salir y confundirse con las gotas de agua que caen de las nubes.
Vuelvo a reunirme con los demás, a las charlas y las risas.
La noche del viernes otros nuevos se agregan a la reunión y vestimos camaradería, con algo de formalidad.
Nuevamente, el sábado aparecen nuevas sorpresas. Día de paseos, charlas, fotos. Y la noche se viste de fiesta. Se trata de aprovechar los últimos momentos. Hay buenas vibraciones, algún coqueteo sorpresa, más risas, copas, y la despedida.
Han sido unos días imposibles de olvidar. Ninguna de las personas conocidas me ha decepcionado. Los que no despertaban en mí ningún sentimiento, han pasado a tener un sitio en mi corazón, y a los que ya quería, los quiero más todavía. Porque no solo los acepto con sus manías o sus rarezas, sino que los quiero con ellas. Esas cosas son las que nos hacen personas, nuestras imperfecciones y sin ellas no seríamos nada.
Me emociona recordar ciertos momentos y me hacen llorar, como ahora que escribo.
Estoy cansada física y emocionalmente.
Fisicamente porque han sido unos cuantos días de trasnochar, dormir muy poco, y no parar ni un momento.
Y emocionalmente porque han sido tantos los sentimientos que mi cuerpo se sentía ya incapaz de albergarlos a todos y cada uno de ellos.
Gracias por estos días maravillosos sobre todo, a Tania y su esposo, Inés, Miguel Angel, Gloria, Elena, Matilde, Modesto y su pareja, Antonio.
Gracias a Juan.
Y mis queridos blogeros... os eché de menos.

 
Sentada en la bañera
Estoy algo liada estos días, así que os dejo un relato que escribí hace algún tiempo y que a mí, particularmente, me gusta mucho.



Sentada en la bañera

Sentada en la bañera, el agua cae sobre mi cuerpo magullado y las lágrimas resbalan por mi rostro, suavemente. Por fin puedo llorar y descargarme de la rabia, de la impotencia que siento. Ya dejé de castigarme la piel y la mente, pero sé que las heridas tardarán en curar.

¿Por qué a mí? ¿Por qué tuve que cruzarme en su camino? No tengo respuestas y ya no las busco. Estaba en el sitio y el momento equivocado. Él había salido de caza y yo fui su presa, un pequeño animal confiado y asustado al que era fácil someter.

Aquel día, aún no hace una semana, me levanté feliz, como casi siempre, dispuesta a empezar un nuevo día, un poco ajetreado, sí; me esperaba mucho trabajo, pero eso no me preocupaba, sabía que podía sacarlo adelante.

¡Vaya!, el coche no arrancaba, esto no lo había previsto. Mi marido pudo acercarme a la oficina y desde allí llamé al taller. A él le dije que volvería en el metro.

Cuando me apeé, era completamente de noche. Salí del subterráneo y me dirigí a casa. Iba pensativa, con miles de cosas en la cabeza, casi sin fijarme en nada. Por aquella calle no se veía un alma, hacía frío. Es una zona un poco apartada, pero nos gustaba por su tranquilidad.

De pronto, un brazo me rodea el cuello con fuerza, mientras una mano me tapa la boca. Su cuerpo me lleva hacía un portal vacío y me mete dentro con un brutal empujón. Estoy completamente paralizada, mi mente aún no logra asimilar lo que me está pasando. Cuando aparta su mano. me atrevo a articular unas palabras:

- Toma mi bolso, hay poco dinero, pero están las tarjetas de crédito, coge lo que quieras.

Su puño se estrella contra mi rostro, y siento el ruido de mi labio cuando se rompe, y el sabor dulzón de la sangre. Durante unos segundos creo que voy a perder el conocimiento, pero él no me deja, coge mi cara con su mano y busca mi boca, besándola con ansiedad, lamiendo la sangre, metiendo su lengua a la fuerza. Mientras, su cuerpo me aplasta contra la pared, no me deja respirar. Deja mis labios por un momento pero sin soltarme, obligándome a que le mire, mientras escucho su voz:

- No quiero tu dinero, zorra, quédatelo. Enseguida sabrás lo que quiero y vas a disfrutar con esto, ya lo verás.

Estoy aterrada y asqueada, no me atrevo a moverme. No sé qué hacer y opto por quedarme quieta y no pensar, quiero cerrar los ojos y no ser consciente de lo que se propone hacer, quiero salir volando de mi cuerpo y dejarlo allí tirado a merced de este loco. Deseo que acabe pronto esta pesadilla y poder irme a casa. Debo haber cerrado los ojos, porque me grita que los abra, que lo mire. Y lo miro.

De un tirón desabrocha mi blusa y empieza a manosearme los pechos, para después empezar a lamer y morder los pezones; me hace daño, noto sus dientes cómo se clavan en la carne; se me escapa un grito de dolor que, se ahoga en mi garganta cuando levanta su puño para descargarlo otra vez sobre mí. Mi mirada implorante le frena. Solo me dice:

- No vuelvas a gritar o te partiré la cara.

Me quedo muda, estoy temblando de miedo y de asco, solo deseo que termine, que acabe cuanto antes. Sus manos están por debajo de mi falda, por un momento pienso que llevo ropa interior demasiado sexy, pero es igual, aunque llevase la faja de mi abuela ... nada lo hará desistir. Me quita el tanga y se abre la bragueta del pantalón. Sus ojos están fijos en mí, amenazantes, pero no voy a moverme, tengo demasiado miedo. Siento como su sexo me penetra, con brusquedad, empujando una y otra vez, mientras sigue mordiéndome la boca, los pechos: ¡Dios mío!, que acabe pronto, suplico en silencio.

Espero ansiosamente que se corra de una vez, pero no, todavía no está satisfecho. Se separa de mi y me coge del pelo tirando hacia abajo hasta que me arrodillo ante él. Me obliga a abrir la boca e introduce su sexo. Tengo nauseas, voy a vomitar, pero si lo hago es capaz de matarme. Estoy como zoombi, parezco una muñeca hinchable con la boca abierta, es él quien se mueve mientras me sujeta con fuerza la cabeza, hasta que por fin ......termina.

Tengo su semen en la boca, no quiero tragar, quiero escupirlo, pero no me suelta la cabeza. Nunca he sentido tanto asco. Cuando por fin, me libera, empiezo a toser y a escupir, me dan arcadas y me retengo. Ya está vestido, me coge otra vez del pelo y me hace mirarle, mientras vuelve a besarme con furia: otra vez no, por favor, no podré soportarlo.

Pero no, ya está satisfecho, me suelta y con una sonrisa burlona me dice que lo he hecho muy bien. Se va.

No sé cuanto tiempo estuve allí, acurrucada, sin saber qué hacer. Quería llorar, gritar, pero no podía. Me arreglé la ropa como pude y llamé por teléfono a mi marido. Vino a por mí, no me atrevía a mirarle, sólo quería que me abrazase, sin preguntas.

Pero todavía me esperaba el martirio de la denuncia, del reconocimiento médico, el miedo a haber contraído alguna enfermedad, volver a revivir otra vez todo aquello. Fueron amables, no puedo negarlo; me obligué a pensar en él, en cómo era. Un hombre joven, bien vestido, bien parecido, moreno, alto, ojos oscuros, nada fuera de lo normal: podía ser cualquiera. Quizás un perfecto marido y padre de familia. Su olor todavía lo llevaba impregnando en mi piel, usaba un perfume caro, no era ningún vagabundo, no quería dinero, sólo violarme.

Durante esos días sólo quise estar sola, me martirizaba pensando “¿por qué?”, incluso pasó por mi mente culparme de lo ocurrido, por mi manera de andar o de vestir, pero no........ ese cabrón hijo de puta, no se iba a salir con la suya. Él era una bestia, una mala bestia que disfrutaba con eso y yo no tenía ninguna culpa de que existiera gente así en el mundo. Aunque yo hubiera ido desnuda por la calle o fuera una prostituta, nadie tenía derecho a humillarme de esa forma, a utilizar mi cuerpo a la fuerza para su placer.

Hoy puedo llorar, soltar esta rabia que llevo dentro y hacer que se diluya en lágrimas. No sé cuando podré volver a hacer el amor con mi marido. Un acto tan bello y especial se ha convertido para mí en una pesadilla. Él es comprensivo y juntos lo superaremos, pero nos queda mucho camino por delante y sé que nunca será lo mismo. Siempre me acechará su sombra y su recuerdo. ¡Ojalá se pudra para siempre en el maldito infierno!


 
Final de día
Hoy he tenido un día bastante ajetreado, y eso que he empezado mi jornada de horario de verano ¡qué ganas tenía!. Sí, chicos, sí, desde hoy hasta Septiembre (sin contar las vacaciones, claro) termino de trabajar a las tres de la tarde... hasta el día siguiente. Después de pasar todo el invierno con jornada partida, acabando a las tantas, estoy dando saltos de alegría. Pero hoy por ser el primer día, tenía un montón de cosas que hacer por la tarde, cosas que uno va dejando por falta de tiempo.
Además tengo dentro tantos sentimientos distintos por el encuentro que se aproxima. Estoy feliz, nerviosa, ilusionada... el corazón va a toda máquina y parece que se vaya a salir del pecho. Tengo tantas ganas de ver ojos, miradas, sonrisas, gestos; de escuchar voces y risas; de sentir pieles, abrazos y besos; o de entender silencios. Deseo la proximidad, el calor, la cercanía. ¡Uf! no sé si me entendéis. Sí, seguro que sí, vosotros me comprendéis.
Bueno, como sabéis que me encanta descubrir poetas desconocidos para mí. Y mi amiga Tania también lo sabe, cuando encuentra algo que sabe que me puede gustar me lo envía ¿cómo no la voy a querer?. Y yo, lo comparto con todos vosotros.
Este poema es en catalán, para mí un idioma precioso, hasta el punto que algunas palabras me gustan más que en castellano, así que lo voy a poner en las dos lenguas. Espero que lo disfrutéis como yo.



FINAL DE DÍA (JOAN MARGARIT) Catalán

Ara que només ets
un pètal dins de l'ambre del no-res,
ha d'haver-hi algun lloc on estar junts,
mès junts que mai. Potser en aquest reducte
dels poemes. Doncs, què són
si no poden salvar-te de l'oblit?
Per si t'acostes a llegir-los, deixo
de nit el llibre obert damunt la teula.


FINAL DE DÍA (JOAN MARGARIT) Traducción al castellano

Ahora que sólo eres
un pétalo en el ámbar de la nada,
ha de existir algún lugar donde estar juntos,
más juntos que nunca. Quizá en este reducto
de los poemas. Pues, ¿qué son
si no pueden salvarte del olvido?
Por si te acercas a leerlos, dejo
de noche el libro abierto sobre la mesa.

Felices sueños, amigos míos.
 
El viaje


EL VIAJE

Sueño:

Voy conduciendo por una larga carretera, bajo un sol ardiente. Delante de mí, el asfalto aparece brillante como si un lago lo hubiese inundado con sus aguas de plata. Hace calor y llevo las ventanillas del coche bajadas. Todo está desierto, sin árboles, casas, coches... En la radio suena una canción: “Camarero más tequila que caliente mi barriga, que hoy le quiero yo dar caña... a ese guardián de mi alma... los ángeles también bailan, los ángeles también bailan...”. A lo lejos me parece distinguir una silueta. Sí, me voy acercando: bajo un árbol solitario hay alguien sentado en una ¿piedra?. Disminuyo la velocidad. Voy a pasar de largo, pero no sé por qué motivo, freno y paro un más adelante. Miro por el espejo retrovisor y le veo levantarse despacio, y con paso tranquilo dirigirse hacia el coche. Es un hombre y no va muy bien vestido. Luce barba de unos cuantos días y piel bronceada. En su oreja izquierda brilla un extraño pendiente. ¿Por qué estoy allí esperando?. Abre la puerta de mi derecha y entra.
Me vuelvo a mirarlo y me encuentro con unos ojos de un azul imposible: son casi azul eléctrico de película de ciencia ficción. Me ha dejado como hipnotizado y tengo que hacer verdaderos esfuerzos para apartarme de esa mirada.
- ¿Dónde vas?- le pregunto.
Levanta los hombros y yo le imito. Bien, viajaremos sin destino, tampoco yo sé a donde voy. Pongo la primera y salgo a la carretera de nuevo.
Vamos en silencio, solo se escucha la radio que repite, una y otra vez, la misma canción: “bajo la ventana, subo a Camarón... y a golpe de... volante yo, volando voy”.
Con las ventanas abiertas y el aire que se cuela por ellas, mi falda de amplio vuelo baila al ritmo de la música. Me siento bien en su compañía. Entonces, siento su mano acariciando mi pierna. Es tan suave que podría confundirse con el leve roce del viento. Yo, sigo atenta a la carretera. Las caricias van ascendiendo por el muslo, aunque no puedo ver la mano, tapada por la tela de mi falda. Abro un poco las piernas, y la mano aprovecha para colarse por su parte interna. Me estoy excitando.
Y sueño que pienso que estoy loca: me está metiendo mano un desconocido que acabo de subir en mi coche. Y sueño que pienso que no me importa. Separo un poco más las piernas y él mete los dedos por debajo de mis bragas. Se me cierran los ojos, mientras noto como sigue acariciando mi sexo inundado de jugos. Y sueño que pienso que nunca unas caricias tan livianas tuvieron ese efecto en mí. No, no puedo seguir conduciendo. Busco desesperadamente un lugar donde salir de la carretera. Ahí delante. Freno y paro el coche. Le miro y me fijo en su pendiente. Es una extraña figura que no reconozco. Me olvido de él y busco su boca, mientras, ahora sí, me entrego a sus caricias.

Sueño:

Ya no estamos en el coche. Estoy encima de una superficie hecha de diminutas bolitas que con nuestro movimiento... van... explotando. Parece eso que se utiliza para envolver objetos frágiles. Tengo las piernas levantadas y su cabeza entre ellas. Siento su boca caliente y su lengua lamiendo mi sexo, a veces, pequeños soplidos hacen temblar mi clítoris. Su pelo acaricia mis muslos y noto algo que me roza la pierna derecha y me produce una sensación de quemadura, dolorosa pero placentera. No puedo esperar más, le cojo la cara para que la saque de entre mis piernas. Sube hacía mí y me vuelvo a quedar hipnotizada frente a sus ojos. Me besa haciéndome sentir mi sabor en su boca, mientras me penetra suavemente. No sé cuando nos despojamos de la ropa, pero estamos desnudos. Entra en mí muy despacio, acoplándose perfectamente a mis formas, un ritmo lento, como de mar tranquilo. Es extraño, diferente a cualquier otro hombre. No golpea insistente su pelvis contra la mía, intentando traspasarme. No. Su pene se retira de mi interior casi totalmente y vuelve a entrar con una calma desesperante y maravillosa a un tiempo, su calor me quema por dentro. En el momento del orgasmo, consigo abrir los ojos y su expresión de gozo me perturba.

Despierto.

Me levanto de la cama con la sensación intensa de haber vivido una realidad. Aún siento el roce de su piel y su boca. Mi sexo palpita. Me doy una ducha y me preparo para ir al trabajo sin lograr quitarme el maldito sueño de la cabeza. Bueno, no tengo tiempo de pensar más en ello. Subo al coche y al ponerlo en marcha, algo que brilla en el suelo llama mi atención: un pendiente con dos brillantes azul eléctrico que se acopla perfectamente con la marca que esta mañana descubrí en el interior de mi muslo.
Al cogerlo, noto su calor como si tuviese vida propia... me deshago de los míos, y lo coloco en mi oreja. Me miro en el espejo del coche y me sorprende el azul imposible de mis ojos, mientras en mis labios se dibuja una inquietante sonrisa.




 
Tarde de domingo


En esta tranquila tarde de domingo, intento convertir mis pensamientos en palabras escritas. Enfrente dos ventanas: la que me enseña la realidad que palpita fuera de esta habitación, la tarde soleada, espléndida, los árboles agitándose al ritmo de un viento frío, demasiado para estas fechas; la otra, virtual, la que me une a un mundo lejano y cercano a la vez, a seres que viven su realidad en alguna parte de nuestro complicado planeta, y que sin embargo sé que están ahí, casi al lado. Me pregunto si, como en algunas películas de fenómenos paranormales, podría traspasar esa ventana y tocarlos. La casa está en silencio: los niños (sigo llamando niña a mi hija, aunque ya no lo sea) han salido a disfrutar de las pocas horas que quedan de asueto antes de que llegue el fatídico lunes con su carga de obligaciones, "mi contrario y complemento" duerme plácidamente, roncando de vez en cuando, la perezosa siesta del domingo.
Anoche, salimos a cenar, solos, sin hijos ni amigos. Echo de menos esos ratos de intimidad, sin prisas. Los hijos todo lo trastocan, y es que son tan absorventes y posesivos. Deliciosos, entrañables, sí, pero a veces... insufribles. Nos hacía falta charlar y lo hicimos. Dentro de cuatro días, el jueves, empieza un encuentro con algunos de los amigos más queridos para mí de la red. En ese tema casi nunca estamos de acuerdo, él no entiende este mundo de internet, y yo lo comprendo porque antes de formar parte de ésto, yo tampoco lo entendía. Era totalmente escéptica a esta clase de amistad. Hasta que tuve la suerte de conocer a dos importantes mujeres que me han aportado más que cualquier amiga que haya podido tener en mi vida. Y a un hombre, Juan, cuya amistad es todo un tesoro para mí.
Y anoche, necesitaba hacerle partícipe de todo esto, hacerle comprender lo que yo siento, la alegría inmensa de poder compartir unas horas o unos días con personas que significan mucho para mí. Quería que no se sintiese excluido, ni celoso. Explicarle la clase de amistad que nos une y por qué los quiero tanto. Creo que lo conseguí, que vió como brillaban mis ojos hablándole de cada uno de ellos. Siento que pudo palpar mi felicidad, y que él también se sintió feliz al hacerlo. Y le quiero, por no poner jamás obstáculos ni cortapisas a mis sueños.
Estoy leyendo un libro "La vieja sirena" de José Luis Sampedro (recomendación de Juan). No os voy a hablar de él porque hay que leerlo para comprender. Hoy mientras desayunaba y leía un rato, me he encontrado con unos versos bellísimos que me ha apetecido traeros aquí:

Si nunca despertaste en sobresalto
febril, precipitándote hacia el lado
vacío de tu lecho, tanteándolo
con manos que se obstinan vagamente
contra impacable ausencia.

Si no sentiste entonces a la muerte
desgarrándote en vida y agrandando
el vacío en tus venas inflamado,
el vano apartamiento de tus muslos,
el ansia de tu sexo.

Si no rompió tu voz ese gemido
que acuchilla la turbia madrugada...
es que en tu corazón no ardía la hoguera
que llamamos amor.

En ella me consumo y es mi grito
tu nombre: a ti me abro en carne viva.
Mi piel muere en espera de la tuya,
mi sexo late con ansiosa boca
de pez en la agonía.

Y al no llegar tus labios con su bálsamo
ni el fuego sosegante de tu lengua
mi mano se fatiga inútilmente
en estéril caricia,
porque tan sólo tu tienes las alas
para el vuelo que mata y da la vida,
para llegar, Diótima, contigo...


 
Sigo recordando....


No pienso seguir ningún orden establecido, voy a ir hablando de cada uno, según me vayan viniendo a la memoria porque cada cual es importante por lo que me aportó, por compartir conmigo un trocito de su vida. Algunos, duraron más que otros en el tiempo, otros fueron más intensos, con unos me sentía identificada, otros me servían de apoyo o me aconsejaban, unos me divertían, otros vertían en mí sus penas o yo en ellos, unos buscaban sexo, otros enamorarse, los más compañía.
R... Un vasco de lo más sano que se pueda encontrar. Informático, casado, de cuarenta y tantos años.Nada de sexo, ni de enamoramiento, pura amistad. Hablábamos de cualquier tema, a veces su mujer estaba con él mientras chateábamos y en alguna ocasión conversé con ella. Una magnífica pareja.
V... de Valencia, economista, casado, con ganas de aventuras. Muy tierno, nos llegamos a tomar verdadero cariño y aún intercambiamos correos de vez en cuando y nos contamos como nos va la vida. Él dice que jamás me olvidará, yo a él tampoco.
J... de Mallorca, constructor, casado, melancólico y triste, le hacía mucha falta alguien con quien hablar. Muy tímido. Nos unía el amor por el mar, él solía salir a pescar en un pequeño barco y pasaba el fin de semana en una pequeña casita que tenía en la playa. Los lunes, me contaba lo que había hecho, casi siempre iba solo.
F... de Gerona (creo recordar), era un hombre un poco mayor, ya había cumplido los cincuenta, separado, capitán de barco. Sí, en serio, había recorrido medio mundo. Ya estaba jubilado por culpa de un accidente, pero de vez en cuando lo contrataban en yates privados para hacer algún viaje. Escribía. Tengo muchos relatos escritos por él y algún poema, al final os dejaré un pequeño trozo de uno que me envió, no os lo pongo todo porque es muy largo. Firmaba como Alí. No sé que pasó con él, de pronto desapareció y le eché mucho de menos. Él también me animó a escribir.
J... granaino, trabajaba también en un barco de esos de limpieza de las playas, me hacía reir. Fue el único que no mintió al decir que se parecía al Clooney, tenía su sonrisa y además, habíamos nacido el mismo día, así que eramos muy parecidos. Eramos confidentes. Le encantaba enamorarse y lo cogía tan fuerte. Era puro fuego, como buen Aries.
P... de Madrid, separado, subteniente del ejercito del aire, muy, muy atractivo, también había cumplido los cincuenta pero no los aparentaba. El hombre más morboso con el que me he tropezado. Tenía una voz atrayente, hablé por teléfono alguna vez con él. Creo que no duró mucho esta relación pero fue muy intensa. Fue él quien quiso que dejásemos de hablar y de escribirnos, dijo que me estaba convirtiendo en una obsesión para él, que le dolía la ausencia y pienso que no mentía. Alguna vez, lloró mientras hablábamos. Así que fui yo la que desaparecí.
J... de Valencia, un golfo simpático, treinta y dos años, con un cuerpo "danone" y unos ojazos negros de impresión, dueño de una tienda. A él le conozco en persona y voy de vez en cuando a su tienda o hablamos por teléfono y nos contamos nuestras cosas. Todas las mujeres le gustan. En un principio pensé que la diferencia de edad entre nosotros podría influir, pero no, nos entendemos de maravilla y nos alegra charlar un rato o tomar juntos un café. Nuestro encuentro fue gracioso porque ni siquiera nos habíamos enviado ninguna foto, pero como insistía para conocernos, me presenté un día en su tienda. Me reconoció por la voz y pasamos una tarde inolvidable. Es un cielo.
P... de Barcelona, casado, representante. Venía a Valencia, de vez en cuando. Viajaba mucho y se encontraba solo. En los hoteles se conectaba al messenger, porque en casa no lo dejaba su mujer, aunque de vez en cuando se escapaba un ratito diciendo que estaba haciendo cosas del trabajo. Era muy buen conversador y no nos aburríamos. Sincero y buena persona. También seguimos en contacto, de tarde en tarde.
R... griego, aunque residente en Valencia, treinta y tantos años y casado, trabajaba en un laboratorio químico. Era un hombre muy dulce pero algo extraño, con un relación de pareja algo complicada o por lo menos yo no la entendía demasiado. En realidad, pienso que estaba necesitado de sexo, que practicaba poco, vamos.
Hubo más de muy corta duración, o de esas personas que a la segunda conversación te das cuenta que no te aporta nada interesante y te olvidas de ellos. Sólo falta uno importante:
W... (y no eres tú Wolffo), de Venezuela, separado, de mi edad. Pero su historia es muy larga y todavía no me siento con ganas de contarla, supongo que lo haré algún día... no sé cuando.
Os dejo una pequeña parte del poema prometido, yo casi diría que es prosa poética, pero él lo escribió así:

¿Sabes? (Autor: ALI)

Yo lo que quiero es... enamorarte despacio,
más lentamente que lo que tarda una tarde
en marchitarse cuando se va hacia el ocaso.
Convertirme en la orilla que separe
tu mañana de mi noche, y acariciarte
como acaricia el mar a la playa,
el diamante a su broche.
Quiero desgarrar tu ropa con mis manos
en la luna llena más peligrosa.
Convertirme un día en lobo
y sentirte loba a mi lado.
Y ser luego ave que vuela junto a ti.
Ser mágico para ti, a causa de ti.
Yo quiero confundir mi alma en tu alma
y desvelarte secretos máximos
que apenas nadie sabe.
Llamarte por tu nombre, sin despedazarlo
ni convertirlo en lo que deseo que seas
(como hacen todos)
si no en lo que eres.

A todos ellos... gracias.
 
Mis contactos


Bueno, sigo con lo que estaba contando. La mayoría de las personas que he "conocido" a través de la red, fue mediante esos mensajes que iba recibiendo desde mi perfil, ya que como he dicho nunca he entrado en esos chats generales llenos de gente. Normalmente los agregaba al messenger o no, un poco por intuición o bien mirando su perfil, aunque ésto es de poco fiar porque ya sabemos cuánto se miente en esos perfiles. Luego, hay otros que ya fui conociendo el alguno de los grupos de literatura de los que formo parte. Pero a esos no los cuento, porque ya había un conocimiento previo.
Casualmente (o no), sólo recibí invitaciones para contactar de tres mujeres, de una ya he hablado, es ahora mi mejor amiga. Otra, también se convirtió en una muy buena amiga aunque tengo menos contacto, y la tercera una chica francesa con la que hace tiempo que no hablo, la verdad es que la pobre sabía por poco de español y aunque yo tengo media idea de francés, era dificil entenderse.
El resto: eran hombres.
Hubo tres con los que solo me relacionaba mediante correos. Me encantan las cartas, ya sean electrónicas o convencionales, porque puedes expresarte muchísimo mejor que en las conversaciones del mess.
J... de Madrid: Vivía a caballo entre Madrid, Barcelona y Valencia, era un empresario algo mayor, 56 años, pero un excelente conversador, sus correos eran portadores de magia, estuvimos bastante tiempo carteándonos. Tenia que venir a Valencia y quiso conocerme, y estaba dispuesta, pero no me gustó nada que me citase en su hotel y sus últimos correos ya empezaban a mostrar sus verdaderos deseos: llevarme al catre. Y la verdad, no estaba yo por la labor, fisicamente no me gustaba nada, así que le dije que no. Y ahí empezó a decaer la relación.
T... de Perú: Era un militar del ejercito peruano de la marina, 44 años, separado. Muy dulce y cariñoso. Pienso que buscaba eso, cariño y alguien a quien contarle sus cosas. Me hacía gracia que me llamase "mami" que no quería decir mamá, es un término cariñoso que utilizan. Todos los días, sin falta, recibía un correo suyo. No era muy buen escritor, pero lo suplía con su amabilidad. Creo que le serví de apoyo hasta que encontró pareja, entonces fuimos espaciando los correos hasta que desapareció.
R... de Italia: El hombre más apasionado que he conocido, vitualmente hablando. Un publicista, de 38 años, casado y muy atractivo. Hablaba bien el español porque había estudiado varios años en Barcelona, aun así aprendí algunas palabras en italiano. Me gustaba que me llamase "il mio picolo amore". También me escribía todos los días. Estuvimos un tiempo inventándonos entre los dos la historia de un encuentro. Uno escribía un trozo en un correo, y el otro continuaba. ¡Uf! esas cartas echaban humo, pues la historia era altamente erótica. Tuvo un problema, había escrito uno de esos correos y lo guardó en un disco, lo pilló su mujer y me mandó una carta explicándolo y despidiéndose. Lo sentí era agradable recibir sus correos y divertido inventar historias.
Los demás ya fueron todos contactos de messenger, con alguna carta esporádica, pero son tantos y tengo tantos recuerdos, que se hace el post un poco largo. Si no os aburre, sigo mañana.
 
Ciber limpieza


Estuve haciendo limpieza de los muchos contactos que tengo en el messenger y con los que hace mucho tiempo que no hablo, y me vino a la memoria mis primeros tiempos en Internet. Jamás entré en un chat público, me pone nerviosa hablar (si se puede llamar así) con tanta gente a la vez. Cuando empecé con esto del interné, lo primero fue hacerme una cuenta de correo, naturalmente, y cree un perfil. Prometo, sin cruzar los dedos, que todo lo que puse en él es rigurosamente cierto, no tiene ninguna connotación que pueda llevar o suscitar erotismo, a no ser una pequeña mención a una deseada cita con George Clooney, lo que sirvió para los consabidos mensajitos graciosos: "Hola, soy el Cloonney, y te invito a cenar" o "Hola, no soy George, pero me parezco mucho" Ja,ja, como si fuera tan fácil eso de parecerse a semejante guaperas. Y hago esta anotación porque nunca he podido explicarme el motivo de que haya recibido tantos correos a través de ese medio. Ahora tengo puesta una foto, muy normalita, nada sexy, aunque estoy pensando en quitarla.
Bueno, el caso es que al poco tiempo empecé a recibir correos enviados desde el perfil, en los que los remitentes por supuesto no saben mi cuenta de correo, y tienes la libertad de contestar o no. De esta forma conocí a una de mis mejores amigas hoy en día, más o menos de mi edad, dicharachera, imaginativa, y lo más importante que siempre está cuando la buscas. También tuvo algo que ver que ambas teníamos más o menos las mismas preferencias en ciertos campos, la literatura sobre todo, y nos llevó a seguir juntas en este mundo de la red.
Y como con ella, empecé a ir añadiendo contactos. Me enganché, me enganché muchísimo a chatear, supongo que a muchos os ha pasado. Se me hacían las tantas conversando. No sé, era un mundo nuevo para mí. Había noches que tenía 4 ó 5 ventanas abiertas a un tiempo, porque si me saludaban me parecía de mal gusto no contestar. Eso sí, casi siempre (con algunas excepciones) esperaba a que me saludasen, no sé, tenía miedo molestar. ¿Y el jaleo que me armaba al principio? Era tal la profusión de datos de cada uno, que me parecía que sería incapaz de retenerlos, pero a todo se acostumbra uno y al cabo de poco tiempo sabía los detalles y pormenores de cada uno. O mejor dicho, la que cada uno te quiere contar, porque esa es otra, yo era muy ingenua y contaba siempre la verdad (aún lo sigo haciendo). Para ser franca, creo que tampoco me han engañado mucho, quizá tuve suerte con la gente que se dirigía a mí. Aunque sí constaté algo: una pregunta habitual en los hombres era "¿tu marido sabe que chateas?" y a mí siempre me dejaba igual de sorprendida, "Pues sí, claro que lo sabe". Y algunas broncas tuve por ese motivo, no por el hecho de chatear que aunque él nunca entendió eso porque no toca ni quiere tocar un ordenador y es muy dificil de comprender para el que no ha entrado en este mundo, sí se enfadaba por la cantidad de horas que dejaba de estar con él o que le robaba al sueño. Pero es que la mayoría de los hombres lo hacían a escondidas de sus mujeres o aprovechando las horas de trabajo, excepto los divorciados o viudos, que esos no tenían a nadie a quien dar cuentas.
Ahora, bueno, hace ya algún tiempo he perdido todo interés, me aburre muchísimo responder a las mismas preguntas de siempre. Es un mundo extraño éste del chat. Pienso que la gran mayoría de la gente lo que quiere es poder hablar con alguien, con alguien extraño al que poder contarle lo que se nos antoje sin temer que nos juzgue. Es más fácil desnudarse ante un desconocido y más con la ayuda del anonimato que antes los que conviven con nosotros. Otros buscan sexo y aventuras por puro aburrimiento en su vida matrimonial donde la rutina ha hecho nido. La mayoría de las veces no se llega a nada físico, pero se buscan las sensaciones que nos produce esa especie de enamoramiento: los nervios, la espera, la excitación, las mariposas, las pulsaciones. Eso que hace tiempo que no sentimos. Todo esto me ha traido buenos recuerdos, la mayoría, porque los malos (si hubo alguno) son otra experiencia más para aprender. Son muchas las personas que he "conocido" a través del querido "mess", pero esa será la historia para el próximo post.
 
Tememos al amor


Tememos al amor, nos horroriza. No trae nada bueno. Nunca. Nada. Suele ir acompañado por la angustia, los celos, la pasión, la incertidumbre. Las dudas, la ansiedad, el desasosiego son su tarjeta de presentación. Luego vienen las vanas ilusiones, ficticias alegrías, los sueños que jamás, jamás se cumplen. Tememos al amor, nos horroriza, así que cerramos puertas y ventanas, alzamos barricadas y nos atrincheramos armados hasta los dientes para que no nos gane la batalla. Ponemos como escudo nuestra cómoda rutina, nos resguardamos detrás de lo sabido, de la tranquilidad aburrida y cotidiana. No dejarlo pasar... es la consigna. Pero el amor es listo, escurridizo. Y se nos cuela riendo divertido. Burlando nuestra torpe vigilancia encuentra una pequeña brecha, diminuta. Y por ahí penetra y se hace fuerte y grande. Y nosotros, patéticos idiotas, nos rendimos a sus pies y lo adoramos. Entonces lo cuidamos como a un niño, lo mimamos con palabras dulces, poemas, promesas eternas... tonterías. Lo encerramos para que no nos abandone, queremos tenerlo siempre, hasta la muerte. Como un alimento que caduca lo guardamos envuelto en la nevera, no sea que se estropee. Y el amor se aburre, se hace gordo y pesado. Se vuelve cruel, antipático y apático. Y la estrecha rendija por la que se coló, se va agrandando. Ponemos parches, clavamos maderas y cartones. Pero el amor empieza a enfurecerse, quiere salir de allí a toda costa. Y como un vendaval nos azota y nos destroza hasta verse libre de nuevo. No aprendemos nunca, no aprendemos. El amor hay que usarlo cada día, como esos zapatos viejos con los que pateamos las calles tan a gusto. Hay que sacudirlo, despertarlo bien temprano, hacerle un desayuno con deseos, pasiones, enfados, reencuentros. Dar un portazo y salir volando para que nos tenga que seguir corriendo. Jugar al escondite, provocarlo, mantenerlo en tensión, siempre pendiente. Y así se quedará con nosotros para siempre porque no encontrará un lugar más divertido. No sé por qué hablo en plural, será que así me siento acompañada en mis divagaciones matutinas.
 
Des y sus cosas.


Vamos a ver, chicos y chicas, queridos bloggers, os cuento el por qué de su final.
Es una historia con un final que puede ser algo complicado, el que elgí queda abierto a la imaginación o preferencia de cada lector, a saber:
- Puede ser que "se le paró el corazón" sea literalmente eso, que se le paró el corazón, que sé murió de la impresión, vaya.
- Puede ser que sea en sentido figurado, con lo que podrían pasar varias cosas:
a) que no abriese la puerta.
b) que abriese la puerta y después del reencuentro no pasase absolutamente nada, y fueran buenos amigos o el recuerdo de aquella relación los inhibiera hasta el punto de no dejarles ni siquiera eso.
c) que abriese la puerta y revivieran nuevamente su aventura, con lo que también hay varias posibilidades:
c.1) que se quedasen totalmente desilusionados, porque tengamos en cuenta que han pasado muchísimos años.
c.2) que les gustase la aventura y se vieran de vez en cuando para echar un polvo.
c.3) que el amor triunfase sobre todas las cosas y fueran felices y comieran perdices.
Sinceramente, esta última me parece la más romántica, pero la menos real.
Soy de la opinión que "nunca segundas partes fueron buenas", y que cada relación y cada situación por la que atravesamos en todos los aspectos de nuestra vida, tienen su sitio en el espacio y en el tiempo.
Los enamoramientos o las relaciones que he tenido en mi vida, fueron buenas o malas en su momento, en éste, en el presente, no tienen razón de ser.
Hay excepciones, vale, no digo que no, a veces volvemos a reencontrarnos con alguien del pasado y retomamos una historia que había quedado interrumpida, pero seguro que ya no es la misma, porque nosotros no somos los mismos. Llevamos a cuestas los avatares que hemos ido sufriendo en esos años de separación, otras relaciones, otros sentimientos y eso nos va transformando. La nueva relación con esa persona reencontrada puede ser mejor o peor, pero jamás será la misma.
Por eso termino la historia con este final que me parece el más adecuado, luego cada uno puede imaginar el que le apetezca de acuerdo con su visión de la vida.
Y es que también tenéis que pensar un poquito... no os lo voy a dar todo hecho... jolines.
Y, si no os importa, a ver ¿cómo acabarías vosotros la historia?... mojaros el culete, corazones.
 
Encuentro (Final)


Rosa, con su mano en el sexo, se ha corrido, mientras recordaba. Hacía tiempo que eso no le ocurría. Está nerviosa y tiene miedo. Como entonces. Le dijo que se marchase, que la dejase sola. Y él lo hizo, no sin antes decirle en voz muy baja que la amaba. Al día siguiente, no se atrevía a entrar en clase. Y cuando por fin, lo hizo, no quería mirarlo. Estaba segura que los demás lo notarían. Se obligó a comportarse como si nada hubiese ocurrido, pero cada vez que se encontraba con sus ojos, sentía que no podía dejar de pensar en él, que si no se alejaba, volvería a ocurrir. Paradójicamente, no tenía remordimientos con respecto a su pareja. Y eso todavía la enfurecía más consigo misma. Se decía que no tenía disculpa, que no merecía ningún respeto. Se despreciaba. Así pasó una semana, huyendo de él, procurando no quedarse a solas, intentando ocupar todo su tiempo y sus pensamientos. Un día, llegó al colegio y le dieron la terrible noticia. Los padres de Alfonso habían muerto en un accidente ferroviario. Acudió al entierro y lo vio de lejos. No quiso acercarse a él, temiendo que sus sentimientos la traicionasen. Luego él se marchó con unos familiares y nunca lo volvió a ver... hasta hoy.

Se ha terminado la copa y piensa que debe darse una ducha. Hacía tanto tiempo que no pensaba en ella de esa forma. Alfonso recuerda que cuando terminaron, quería abrazarla, besarla, decirle cuanto la amaba. Pero ella no lo dejó, le pidió que se marchase, quería estar sola. Y él la obedeció. No durmió en toda la noche. Cada vez que lo recordaba se volvía a excitar. Deseaba que llegase la mañana para volverla a ver. Cuando Rosa entró en clase, él buscaba sus ojos, pero ella no quería mirarlo. Alguna vez, sus ojos se tropezaban y entonces leía en ellos sus pensamientos. Después, la tragedia llegó a su vida. El duro golpe de la muerte de sus padres cambió totalmente su destino. La vio en el cementerio, hubiera querido echarse en sus brazos, que ella lo consolase de tanto sufrimiento. No necesitaba a nadie más. Pero no lo hizo. Después, empezó una nueva vida y nunca la volvió a ver... hasta hoy.

Alfonso sale de casa. Camina pensativo, casi sin darse cuenta por donde va. Pero sus pasos, como si conociesen sus deseos, lo llevan exactamente al sitio donde quiere llegar. Alarga la mano y pulsa el timbre.

Rosa se mira en el espejo de su habitación. Se le ha corrido el maquillaje y los labios se han despintado. De repente, se encuentra vieja y cansada. Se sienta despacio a los pies de la cama, cuando el sonido del timbre retumba en el silencio de la casa. Se le para el corazón.

The end.
 
Encuentro (III)


Rosa se remueve inquieta. Recuerda que el curso estaba llegando a su fin, faltaban solo dos meses para las vacaciones de verano y estaba satisfecha de cómo había transcurrido. Se había quedado muy tarde corrigiendo los trabajos que le habían presentado los alumnos. El conserje le avisó que se marchaba, pero a ella le quedaba media hora escasa de trabajo, así que le dijo que se fuese tranquilo, cerraría bien la puerta al salir. Se enfrascó en la tarea. Cuando al cabo de un rato, levantó la vista, Alfonso estaba apoyado en la puerta. Le dio un susto de muerte, no sabía cuanto tiempo llevaba allí, observándola. Le dirigió una mirada interrogativa, porque no le salían las palabras, se habían quedado atascadas en la garganta. Él se acercaba despacio y ella estaba paralizada ¿qué le estaba pasando?. Cuando se dio cuenta lo tenía arrodillado delante, con la cabeza suavemente apoyada en su regazo. Le acarició el pelo y al sentir su contacto pensó que no le importaría que el tiempo eternizase ese momento. No sabe a ciencia cierta que pasó entonces, se encontró buscando su boca con desesperación. Alfonso se había puesto en pie. Sus labios y su lengua le recorrían el cuello, le mordían el lóbulo de la oreja, y sus manos se adentraban por el escote de su blusa. Ansiosas y algo torpes luchaban por desabrochar los botones que se le resistían. Lo hizo ella mientras él se quitaba la camiseta. Se abrazó a aquel torso aún algo inmaduro pero de espaldas anchas y fuertes. Se deshizo del sostén y él se hizo el dueño de sus pechos. Los acariciaba, los apretaba fuerte entre sus manos metiendo la cara en el hueco que los separaba. Después iba de uno a otro lamiendo, mordiendo, sujetando los duros pezones entre los labios. Luego sus manos se perdían bajo la falda apretando las nalgas, acercándola más a su cuerpo. Sentía su miembro endurecido clavándose en la ingle y el flujo que segregaba su vagina, humedeciendo y empapando sus bragas. ¿Qué estaba haciendo? Era su alumno, casi un niño, se había vuelto loca. Tenía que acabar aquello, tenía que acabar...

Alfonso piensa en aquel día. Estuvo estudiando en la biblioteca hasta muy tarde. Ya salía para irse a casa cuando oyó al conserje hablar con alguien. Esperó a que él se marchase y se acercó lentamente a la puerta entreabierta. Allí estaba Rosa, su profesora, enfrascada en la tarea. Se quedó inmóvil en la puerta, mirándola. Llevaba allí un rato, cuando ella levantó la mirada. Se había asustado, pensaba que estaba sola. No dijo nada y él se fue acercando poco a poco. No sabía lo que hacía, seguía sus impulsos. Recuerda que sintió su mano acariciándole el pelo y esa boca, tanto tiempo deseada, se juntaba con la suya, las lenguas se enredaban y notaba como su sexo crecía y crecía. Esa piel suave, quemaba, olía a mujer, a deseo y él no podía dejar de acariciarla. Cuando vio sus pechos, pensó que iba a estallar de deseo, no iba a poder aguantarlo. Había soñado con ella tantas noches, se había masturbado pensándola y ahora estaba lamiendo sus pezones, grandes y excitados. Quería apretarla contra él, fundir los dos cuerpos en uno solo. Sentía su pene latiendo, le dolían los testículos de tanta excitación. Debía tranquilizarse. ¿Qué pensamiento acababa de pasar por su cabeza? Ella lo estaba mirando asustada, se ha puesto rígida, en sus ojos se reflejaba la duda y la desesperación. Entonces, volvió a besarla despacio, buscando la complicidad de su boca...

En la cama, casi sin darse cuenta, Rosa ha empezado a acariciarse despacio. Sus recuerdos, a pesar del tiempo transcurrido son tan nítidos, que le parecen estar viviéndolo de nuevo. Su boca tranquilizándola, sus manos acariciándole el pelo. Y ella volviendo a despegar sus pies del suelo, olvidándose que él podía ser su hijo y era su alumno, solo sintió el calor de su cuerpo abrazándola y el deseo acuciante que la hacía temblar. Él la sentó suavemente en la mesa y metiendo las manos bajo la falda la despojó de la ropa interior. Recostó la espalda y se abandonó a las caricias. Primero sintió su boca que con pequeños besos en los muslos iba recorriendo el camino hacía su sexo. Ella abrió las piernas. Un aliento cálido la inundó, seguido de una lengua que exploraba y recorría cada centímetro de su húmeda entrepierna. No quería abandonarse al placer del orgasmo que iba a estallar de un momento a otro, deseaba sentirlo dentro, fundirse con él en ese torbellino de deseo del que no podía ni quería escapar. Él apartó su boca y Rosa se acomodó para recibirlo. Notó como la penetraba, con la urgencia de quien no puede aguantar más. Cruzó las piernas tras su espalda acompasando el ritmo que se hacía cada vez más rápido, hasta la última y larga embestida en que se sintió inundada, al mismo tiempo que una descarga de placer la recorría.

El temor había desaparecido de su mirada, y Alfonso volvió a abrazarla. Recuerda como la apoyó en la mesa del despacho y la maravillosa sensación que sintió al probar su sabor. Ella tenía el sexo rebosante de flujo, el clítoris hinchado, y él no podía dejar de lamer. Pero se dio cuenta que no podía aguantar más. Quería penetrarla, poseerla, sentir el calor que emanaba de su sexo. Deseaba sentir su pene rodeado de esa carne tibia y húmeda. Se desabrochó los pantalones y dejó en libertad su miembro erecto. Ella se acomodó y abrió las piernas. Deseaba hacerlo despacio, ir entrando poco a poco, pero no pudo. La penetró con fuerza, mientras ella lo rodeaba con las piernas. Así, entre gemidos y gritos de placer, llegaron ambos al orgasmo. Sintió las contracciones vaginales, mientras su semen salía con fuerza, llenándola.

(Continúa)
 
Calma gris


¡Preciosa camiseta!, estoy pensando en hacerme una igual. Hoy, amaneció el día gris, no hay manera de que la primavera se instale definitivamente y yo estoy perezosa y apática, tanto que no me he quitado el pijama en todo el día. ¡Joder! ni siquiera me acuerdo si me lavé la cara. Hoy, todo es calma a mi alrededor. Escucho la radio: Antonio Orozco, Manolo García, Luz Casal... ahora Bebe, me gusta esta mujer. Parece poca cosa, pero tiene una fuerza tremenda. La música y escribir me evade hacia otro mundos, algunas letras de canciones son poesía pura, auténticas historias contadas con cuatro palabras.
Tengo la impresión de qué he soñado con algo de cuando era niña, pero no recuerdo qué ha sido. De repente, mientras desayunaba me ha venido a la memoria un niño que conocí un verano en la tierra donde nací, a orillas del Cantábrico. Pero el caso es que no sé si ha sido a raiz del sueño o no tiene nada que ver con eso. No digo que mi cabeza es un caos total.
El asunto es que yo creo que tendría como diez años o algo así. Estábamos mi hermana pequeña y yo en casa de unos tíos, porque solíamos pasar allí todo el verano, con la abuela, y mis padres iban en Agosto para disfrutar de su mes de vacaciones y traernos de vuelta. Un día, en unos columpios del parque cercano, entonces aún con esa edad íbamos al parque, apareció un niño diferente a los demás. Era del circo que había instalado en la ciudad. Llevaba el pelo un poco largo para la época, una incipiente melena rubia, enfundado en pantalones vaqueros y sobre todo recuerdo que llevaba un cinturón hecho con monedas de "dos reales". La gente joven no conoce esta moneda, no se acuerdan casi de la pesetas, cómo se van a acordar de ésta. Bueno, pues era una moneda que llevaba un agujero en el centro y su valor era de 50 centimos. Aquel cinturón le daba un aire de rebelde, tipo James Dean. A mí me parecía muy maduro. Percibía en él la sabiduria del que ha recorrido mundo y se ha criado casi en la calle, sabedor de cosas que para los demás niños corrientes eran impensables. Y eso que en aquel momento, mi hermana y yo, eramos las que acaparábamos la atención de los niños del lugar, por nuestro estatus de "forasteras de vacaciones". Pero, fue llegar él y se ganó al personal. Y él, que se daba perfecta cuenta, parecía un pavo real enseñando su cola, prodigando miradas displicentes como el protagonista de una película.
Me enamoré de él, con el amor que se puede sentir a los diez años claro, y todos los días me pasaba las tardes en aquel parque viéndole hacer malabarismos en los columpios, porque además sabía hacer unas volteretas y cabriolas tremendas, que arrancaban los aplausos de sus admiradores y sobre todo del grupo femenino. Hasta que su circo se marchó de la ciudad y hasta hoy que volvió a vivir en mi memoria. ¿Será que me estoy haciendo mayor?.
Me doy cuenta que casi siempre me he sentido atraida por hombres así, no, no me refiero a los que trabajan en el circo, sino a esa clase de hombres especiales por algún motivo. A veces, incluso rechazados en parte por los demás. No sé si es por su originalidad, por parecer diferentes ante el adocenamiento generalizado, por destacar, por no dejarse engullir por la mediocridad. Debe ser mi destino.
Tengo que quitarme esta pereza de encima... mañana.
 
¿Desahogo?


Es tarde, pero esta noche no puedo dormir. Pensaba que iba a ser un fin de semana tranquilo, pero cuando más felices me las prometía... ¡zas!, puñetazo al hígado ¡puta vida!. Me jodieron la cena, la noche y no sé cuántas cosas más. Si lo pienso friamente, deberían apañarse ellos solitos: son adultos y tendrían que saber dialogar. Pero el problema está en que no puedo quedarme a un lado, apartarme de su camino y que les den. No puedo, porque uno es la mitad de mi vida y la otra, hija de ambos, mi otra mitad. ¿Por qué les cuesta tanto entenderse? Yo también discutía con mi padre, como cualquier joven, o mi padre conmigo, que para el caso es lo mismo, pero jamás dejamos de hablarnos o de darnos un beso de buenas noches. Con él aprendí a defender mis puntos de vista pero mirando los de los demás. ¿Tan dificil es eso? Pues, en este caso, parece que sí. No hay entendimiento posible, es un diálogo de sordos. Peor, porque los sordos tienen el lenguaje de los signos y éstos se cruzan de brazos, mientras yo alucino ante tanto despropósito. Me desespero.
Y ante la rabia y la impotencia que me invaden, después de llorar ríos enteros de lágrimas inútiles, me refugio en lo que me salva: volcar en palabras los pensamientos, a veces incongruentes, que se agolpan en mi cabeza. Escribir para dejar de sentir.
Y es que los dos quieren que me ponga de su lado y eso me destroza, me rompe por dentro. Después del combate dialéctico entre ambos, la golpeada y malherida soy yo. Ellos vuelven a su quehacer diario, pero sin reflexionar, sin perdones ni concesiones. Y yo me quedo exhausta y dolorida, llena de heridas que cierran en falso, y no cicatrizan. No, ya se encargan ellos de volverlas a abrir por un "quítame allá esas pajas".
El caso es que, por separado, los dos son maravillosos. No tengo queja ninguna. Y sé que luego se arrepienten, pero callan. Son incapaces de pedir perdón ¡maldito orgullo! que no les deja ver más allá de sus narices. El orgullo, a veces, está bien, pero siempre que no te ciegue, cuando se apodera de la razón, estás perdido.
Y dicen que me quieren, los dos. Y sé que es verdad, lo sé. Pero cuando se quiere a alguien no se le hace daño, aunque sea sin querer. ¿Es tanto lo que pido? Que dejen de mirarse el ombligo, de pensar, ambos, que tienen la razón absoluta, y que hagan un esfuerzo. ¿No lo merezco?.
Me duele la cabeza pero eso se cura con una aspirina. El problema es el dolor de corazón, busqué en el botiquín pero no encontré medicina alguna que sirva para eso.
Buscaré mañana en la farmacia de guardia: diez gotas de calma, dos cápsulas de comprensión, una pastilla de olvido, dos cucharadas de dura sinceridad (para decirles cuatro cosas cuando la calma haga su efecto) y una docena de tiritas mágicas cura todo. Las inyecciones de amor no me hacen falta o se me subirá, peligrosamente, el nivel permitido.
O igual cambio de idea, y les obsequio con sendos supositorios de aceite de ricino... para que sepan lo que es sufrir.
 
Encuentro (II)


No puede soportar la angustia que por momentos se va apoderando de ella, quiere evitar mirar a ese hombre, sentado en su banco del parque, pero sus ojos se desvían hacia él, una y otra vez. Rosa cierra el libro que estaba intentado leer y se levanta. Le tiemblan las piernas. Hace un último esfuerzo para controlar su nerviosismo y con paso decidido se dirige a la puerta de salida. Siente sus ojos clavados en la espalda y no puede evitar un ligero temblor. Quedan atrás sus planes de disfrutar de ese bonito día, comer en alguna terraza cerca del mar. Quiere volver a casa, refugiarse entre sus paredes tan familiares y acogedoras. Está tan ensimismada en sus pensamientos que no se da cuenta que ha llegado. Abre la puerta y entra. Cierra tras ella y respira aliviada. Deja el bolso y el libro encima de la mesa y se dirige a la cocina a prepararse alguna cosa que la tranquilice. Con una taza de infusión entre las manos, se sienta en su antigua mecedora. Cierra los ojos.

Alfonso la ve levantarse y la sigue con la mirada. Ahora está seguro, es ella. Ha cambiado, claro, han pasado casi veinte años, pero sigue siendo la misma mujer que conoció. Por un momento piensa en abordarla cuando se da cuenta que se marcha, pero no se atreve. Aún no, es demasiado pronto. Ahora va a vivir en la misma ciudad y seguro que ella sigue en su casa de siempre, si no es así, la buscará. Es una ciudad pequeña y él tiene tiempo, mucho tiempo. También está nervioso. La ha recordado tantas veces en todos estos años. Al principio soñaba con ella cada día de forma obsesiva. Buscaba algún indicio, algún parecido, en cada mujer con la que se relacionaba. Luego, poco a poco, su recuerdo se hizo menos insistente, menos doloroso. Dicen que la distancia es el olvido. No, jamás se olvida, pero no araña tanto las entrañas. La evocación se hace dulce y ya no se forma un nudo en el pecho, que te ahoga y no te deja respirar. Y ya no deseas morir. Solo te recreas con los recuerdos. Enfrascado en sus pensamientos, se levanta y se dirige a casa.

Rosa se tumba en la cama, quiere dormir, apagar esos recuerdos que se empeñan en salir a la superficie. Y se ve, se ve a sí misma, hace... veinte años. Estaba pletórica de felicidad, acababa de conseguir su plaza en aquel renombrado colegio. Por fin, a los cuarenta y seis años y después de mucho esfuerzo conseguía lo que llevaba ansiando muchos años. Casada, con dos hijos y trabajando en las plazas que le iban saliendo, no había sido fácil sacar tiempo para preparar las oposiciones. Pero había valido la pena. Solo existía un inconveniente, había tenido que trasladarse sola con los niños, su marido no podía hacerlo hasta el curso siguiente. Él era médico en el Hospital Provincial y todavía no había podido conseguir el traslado. Pero no estaba lejos, se verían todos los fines de semana, siempre que él no tuviese guardia. Había conseguido una hermosa casa, de momento alquilada. Aquel día, el primero de clase, entró en el aula muerta de miedo. Casi no había dormido. Pero cuando se encontró frente a sus alumnos volvió a sentirse segura de sí misma y de su capacidad para enseñar. Se presentó y les pidió que hiciesen lo mismo, para así ir conociéndose mutuamente. Alfonso Sanjuan era un adolescente como tantos otros, con granos en la cara y grasa en el pelo. No hubo nada especial en ese primer contacto, era un estudiante más entre los veinticuatro que asistían a clase, serio, responsable, de nivel medio tirando a alto. Pero algo empezaba a nacer entre ellos. Cada vez que Rosa le dirigía la mirada, lo encontraba observándola. No sabía que veía en sus ojos, pero la inquietaban. Parecía que penetraban en su interior y como un oso hormiguero extraía todos sus pensamientos.

Cuando Alfonso llega a casa, no tiene hambre. Se siente preso de una excitación que hacía tiempo no experimentaba. Se sirve una copa, necesita ordenar sus pensamientos. Sale a la terraza y no puede evitar pensar en ella. Estará en casa. ¿Qué pensará? ¿Le asaltaran los mismos recuerdos? El primer día que la vio entrar en clase, se le paró el corazón, literalmente. Parecía segura y confiada, pero él se dio cuenta que su voz temblaba ligeramente. Era la mujer más hermosa que había visto nunca, o eso le pareció a él. No podía dejar de mirarla y se interesaba por todo lo que tuviera relación con ella. Supo que estaba casada, era madre de dos hijos y que su marido no vivía con ella, de momento, pero venía siempre que podía. Averiguó sus gustos musicales, cual era su color favorito, sus aficiones. El más mínimo detalle que significase algo para esa mujer, era importante para él. Sus pensamientos no tenían un momento de descanso, estaban ocupados por su voz, su mirada, su sonrisa, su gesto inconsciente y repetitivo de colocar las manos cruzadas bajo la barbilla, cada vez que se quedaba pensativa.

(Continúa...)
 
Encuentro (I)

ENCUENTRO

Son las nueve de la mañana cuando Rosa se levanta de la cama. No madruga demasiado, ya que no tiene ninguna obligación. A veces está despierta pero le gusta acurrucarse en el calor de las mantas y esperar a que se haga la hora de empezar el día. Tiene sesenta y cinco años y vive sola, desde que falleció su marido hace diez años. Los dos hijos habidos de su matrimonio están casados y viven lejos, así que los ve en las vacaciones de verano o navidad. Ejerció de profesora de latín hasta que se jubiló y desde entonces lleva una vida tranquila y rutinaria.
Se coloca el batín encima del pijama y se asoma a la ventana. Parece que hoy hará un buen día, eso la hace sonreír. Desayuna y se dispone a su arreglo personal. Siempre ha sido coqueta y le gusta salir a la calle perfectamente arreglada. Es una mujer delgada, de mediana estatura, con el cabello muy corto y tintado en un color caoba, por aquello de tapar las canas. Mientras está frente al espejo se da cuenta que siente un desasosiego, un nerviosismo al que no está acostumbrada, y piensa que hoy parece un día extraño. Como el día que murió su marido, también se encontraba igual, es como si tuviera un sexto sentido para percibir las desgracias o las sorpresas. Da un manotazo al aire, como si espantase una mosca o esos pensamientos aciagos, y se pinta los labios. Tiene dicho que cuando muera alguien deberá pintarle los labios o no descansará en paz.

Alfonso ha salido de casa temprano, está ansioso por recorrer de nuevo las calles de su ciudad. Después de tantos años de trabajo en Londres, por fin ha conseguido el traslado. Hace dos días que volvió a casa y quiere aprovechar al máximo el tiempo que le queda antes de incorporarse a su nuevo puesto. Primero irá caminando hasta el puerto, quiere entrar en la Lonja del pescado y ver todo aquel marisco recién sacado del mar, aspirar su olor y marearse con el bullicio de las subastas.
Tiene treinta y seis años y trabaja para una importante multinacional. Quedó huérfano muy joven, sus padres perdieron la vida en un accidente ferroviario y tampoco tenía hermanos, así que se acostumbró pronto a vivir solo. Sigue soltero. Ha estado tan ocupado trabajando que no ha tenido tiempo de enamorarse o a lo mejor no ha encontrado a la mujer capaz de hacerle sentir amor.
Hace un hermoso día, ayer la fuerte lluvia le impidió salir a pasear, pero hoy no piensa volver a casa hasta que se haga de noche.

Al salir a la calle, Rosa se dirige directamente a su cafetería favorita, acude allí desde hace… ni se acuerda ya del tiempo que hace que diariamente se toma allí su primer café solo del día. Fermín, el dueño, la saluda sonriente y le tiende el periódico de la mañana. Ella se sienta a la mesa y se dispone a enterarse de las últimas noticias. Cuando termina su café sale a la calle y piensa que hoy comerá en cualquier sitio, de todas forma iba a comer sola, así que disfrutará de tan bonito día. Luego se encamina hacia la biblioteca, tiene que devolver algunos libros y cogerá otros. Hace años que dejó de comprarlos, no sabía donde meterlos en su pequeña casa, y se acostumbró a tomarlos prestados.
-Hola Susi, buenos días- dice Rosa al penetrar en la biblioteca.
-Buenos días, doña Rosa, está muy guapa hoy- le contesta ella sonriente.
-Muchas gracias, hija, da gusto que a una la saluden así de buena mañana. Vengo a traerte estos libros y a ver que me aconsejas para llevarme.
-Mire los que hay encima de esa mesa, los acabo de recibir, a ver si le gusta alguno.
Susi, es una antigua alumna de Rosa, era una chica seria y estudiosa. Lástima que tuvo que dejar pronto los estudios, porque tenía madera. Después tuvo suerte y consiguió el empleo de bibliotecaria. Rosa da un vistazo a los libros expuestos y elige dos. Se despide de Susi y sale de nuevo a la calle. Iré al parque, piensa, mientras dirige sus pasos hacía allá. Al entrar por la gran puerta que da paso al parque de la ciudad, se encamina directamente a su banco preferido, pero al acercarse comprueba que hay alguien sentado en él. Es un hombre joven. ¡Vaya! Se siente contrariada, pero rápidamente olvida esta pequeña molestia y elige el que está enfrente.
Se sienta y abre uno de los libros, pero no logra quitarse una inquietud extraña. No puede concentrarse en la lectura y de vez en cuando, disimuladamente, levanta su vista hacía el hombre sentado en su banco. Tiene la impresión de que lo conoce o le recuerda a alguien.

Después de pasear por el puerto, Alfonso sintió un súbito deseo de acercarse hasta el parque. Hacía tantos años que no entraba allí. Se dirigió directamente al gran estanque donde los majestuosos cisnes nadaban placidamente. Le gustaba observar como hundían sus largos cuellos en el agua, pareciendo por un momento cuerpos descabezados, para sacarlos luego con una elegancia incomparable. Luego se tumbó bajo uno de los árboles milenarios que poblaban el parque. Allí, sobre la hierba y mirando al cielo, la copa se veía altísima. Por entre sus hojas se colaban los rayos del sol, haciéndole parpadear. Había sido feliz allí tantas tardes. Cansado de yacer bajo el árbol fue a sentarse en uno de los bancos que había alrededor del estanque. Se puso a ojear el periódico que había comprado al salir de casa. Al cabo de un momento divisó a una mujer que se acercaba con paso decidido hacia él. Luego, ella pareció confundida y después de dirigirle una leve mirada fue a sentarse en el banco situado frente a él. El corazón le dio un vuelco, no, no podía ser. Era una verdadera casualidad que el primer día que había salido a reencontrase con su ciudad también la encontrase a ella. Pero su modo de andar, su figura… sí habían pasado muchos años, pero casi podía asegurar que no se equivocaba. Ella levantaba de vez en cuando su mirada del libro ¿le habría reconocido?....

(Continúa)

 
¿¿¿...???
Que... estaba yo pensando y preguntándome a mí misma...



¿Por qué quiero tanto a Juan?
 
Toi gande


Sí, toy un poco más "gande" que ayer, y menos que mañana (eso espero). Hoy, tengo un año más. No, no os pienso decir cuantos... ¡¡¡cotillas!!! Eso sí, podeis pasar, escoger vuestro sitio preferido y serviros. En la mesa hay un gran pastel y la nevera está llenita. Estáis en vuestra casa. Un deseo: que dentro de un año siga contando con el placer de vuestras letras.
Un abrazo y un beso.
Des.
 
Sin palabras



SIN PALABRAS


Me desperté llorando y aún dormías. Permanecí inmóvil admirando tu cuerpo sereno y tranquilo, no quería despertarte. Acerqué mis manos a tu rostro, sin tocarlo, dibujando en el aire una caricia. Y recordé a Sabina: “Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres, y desnudos al amanecer nos encontró la luna...”. No sabía el motivo de mi llanto y dejaba que las cálidas lágrimas se deslizasen por mis mejillas.
-No te engañes, sabes muy bien por qué estás llorando.
-Me extrañaba que no asomaras la cabeza. ¿Qué sabrás tú?.
-No digas tonterías, yo sé hasta que lo que te escondes a ti misma.
-Me libraré de ti algún día.
-Sí, cuando mueras moriremos las dos.
Me tapo los oídos, no quiero oírme. Me centro en tu respiración acompasada. Tus labios entreabiertos me recuerdan los besos que dejaste esparcidos por mi cuerpo, como pequeñas gotas de caricias. Una noche de amor inolvidable: las pieles encendidas, las manos que se pierden por rincones ocultos, los sexos palpitantes, los cuerpos enlazados en un baile de ritmo ascendente, la llegada a la cima, hasta caer rendidos por un placer incontrolable, casi éxtasis divino.
-Sí todo eso es muy bonito, pero no te lo dijo.
-Ya estamos otra vez, cállate ¿quieres?.
-¿Sabes lo que te pasa? Estás enamorada. No lo tenías pensado, pero ocurrió y estás perdida.
-...
-No me contestes, no hace falta. ¡Estás enamorada!¡estás enamorada!.
-Estate quieta y déjate de bailar a mi alrededor, pareces una cría.
-No te dijo “te quiero” eso es lo que te pasa.
-Yo tampoco lo dije.
-Porque tenías miedo, miedo a que él lo dijera sin sentirlo, por no herirte. Eres cobarde.
Y tiene razón, seguro que la tiene. Más de mil veces, la maldita palabra se posó en mis labios y a punto estuvo de escaparse, pero no la dejé, la tapé entre gemidos, se perdió entre los “ayes” del placer, con tu nombre pronunciado entre gritos.
Te miro y me encuentro con tus ojos. Y en su fondo encuentro la respuesta. Me abrazas y te abrazo, y allí, en el hueco de tu pecho la vocecita que nunca me abandona, me susurra burlona: “Palabras... ¿quién las necesita?.