Pedazos de vida de una vieja puta (VII)

Ha oscurecido y mis viejos huesos se duelen con el relente. Me he sonreído recordando el dramático juramento inspirado en aquella mujer, su silueta recortándose impasible contra el cielo. ¿Quién le iba a decir a esa Esperanza niña, todas las historias que iba a vivir? ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue hace unos días cuando rezaba todas las noches para hacerme mayor a toda prisa, tenía que cumplir años pronto para poder salir de aquel pueblo. Me ahogaba allí, necesitaba respirar, vivir. Y luego, el tiempo pasó en un suspiro. Se hace corta la vida cuando una quiere comérsela y disfrutarla.
Irene ¡pobre Irene! O quizá no tan pobre, al fin y al cabo, consiguió vivir de un amor que sólo duró una noche, eso la mantuvo en la esperanza, haciéndola revivir una y otra vez aquel encuentro, amando al gitano Rafael hasta la muerte. Aquel hombre de carnes morenas se marchó igual que había llegado, y ella se quedó en su pueblo, con sus clases, con su rutina de siempre. De vez en cuando yo la veía pasar camino del caserón abandonado. Iba feliz, con la sonrisa colgada de la comisura de sus labios. Quizá se encontraba allí con el fantasma de Rafael. Creo que fue más feliz de lo que todos pensábamos. No llegó a conocer la rutina, el aburrimiento, los reproches, el desamor, que seguro habrían llegado a marchitar esa gran pasión.
He conocido a mujeres que siempre han sido “la otra”. Algunas habían sido putas anteriormente y tuvieron suerte de que un hombre se enamorase de ellas y no quisiera compartirlas. Otras se vieron envueltas en esa circunstancia. Todas se quejaban alguna vez de la situación en la que vivían por ser amantes, por no tener una vida normal con su pareja. No podían salir con sus hombres, ir al cine, a cenar. No presumían del estatus de tener un hombre sólo para ellas. ¡Qué tontas! yo siempre les decía lo mismo. No se daban cuenta de que ellas se llevaban la mejor parte, no padecían las incomodidades de la convivencia y cuando sus amantes iban a visitarlas, encontraban a unas mujeres bellas, relajadas, dispuestas para gozar. Y ellos acudían felices a la cita, sabedores de que iban a pasar los mejores momentos del día. Las otras, las esposas oficiales, eran las que lo tenían difícil. Bregar con los niños, trabajar en casa y algunas, fuera de ella, preparar comidas, llevar la economía, aguantar doce horas de trabajo diario. ¿Cómo iban a estar divinas y dispuestas para complacer a sus esposos?. Pero está visto que nadie está contento con lo que tiene.
Bueno, voy a lo que iba, que esta cabeza mía se va a veces por donde le parece, y no sé yo a cuento de qué venían todos estos pensamientos ¿de qué estaba yo hablando?... sí, claro de aquella noche de fiesta.
Volví corriendo a la plaza del pueblo con las imágenes recientes que acababa de presenciar bailando aún en mi memoria, cuando ya de lejos divisé a mi madre y supe que estaba buscándome. Al verme, vino hacía mí con expresión feroz. Yo me quedé parada dispuesta a esquivar como pudiese las bofetadas que esperaba recibir, porque aquellos eran otros tiempos y por menos de un “quítame allá esas pajas” te arreaban un sopapo, no como ahora que dicho sea de paso, mandan más los hijos que los padres. Bueno, bueno, dejemos eso, que ahora no viene a cuento. Me equivocaba, y esta vez mi madre no me zurró.
-¿Se puede saber dónde te has metido? Hace medía hora que te andamos buscando.
-No se enfade madre, fui un poco a pasear y ya de paso a ver si encontraba un sitio donde orinar. El bar está lleno de hombres y no iba a bajarme las bragas en mitad de la plaza.
-No seas descarada, que te arreo. Pues sí que te fuiste lejos, porque vienes toda acalorada.
-Me senté un poco y me pasó el tiempo sin darme cuenta. Ahora vine corriendo.
-Vamos, vamos a ver si viene tu padre, que ya es hora de ir a casa.
En ese momento, mi padre salía del bar con cara de pocos amigos. Ya no tenía esa expresión feliz que aun retenía en mis ojos cuando me fui de la plaza y ellos estaban bailando enlazados. Tenía la sensación de que algo había ocurrido en mi ausencia, pero ¿qué?.
Hicimos el camino de vuelta a casa en completo silencio, con paso rápido y perdidos cada uno en sus pensamientos. Cuando llegamos yo fui directa a mi habitación, estaba muy cansada por toda la excitación que había vivido esa noche. Caí rendida en la cama, pero cuando estaba a punto de coger el sueño, unas voces crispadas y amenazantes me sacaron de ese estado de modorra que te entra cuando empiezas a quedarte dormida. Eran mis padres, y estaban discutiendo...
(Continuará...)
Perdiendo la cabeza o un orgasmo divino

Perdiendo la cabeza o un orgasmo divino
He dormido de maravilla. Me hacía falta una buena siesta de sofá, sola, refrescada por la brisa que entra por el balcón y escuchando los suaves murmullos de la calle. Me desperezo ¡qué gusto da estirarse!.
¡Coño!, no puede ser ¿sigo durmiendo y tengo una pesadilla? Pues no estoy viendo mi cabeza ¿sentada? (no tiene culo no puede sentarse) encima de la silla, mirándome. Me entra la risa, y voy a restregarme los ojos a ver si desaparece esta visión ¡¡¡¡no tengo ojos!!!! ¡¡¡¡no tengo nada!!!! Hay un inmenso vacío encima de mis hombros. ¿Cómo es que veo? Y... ¿estoy pensando? No puede ser, el cerebro lo tiene ella. A lo mejor es que tengo otro escondido en algún sitio de mi cuerpo. Me palpo las tetas. No, siguen como siempre, ni más grandes ni más duras. No tengo ojos, pero la estoy viendo. Y sonríe, la muy... Tengo que preguntarle qué está ocurriendo, pero no tengo boca ¿cómo hago yo para hablarle?
-Puedes hablar, mejor dicho ... piensa, que yo te escucho.
Si tuviera cara sería la de una perfecta gilipolla, me ha leído el pensamiento.
Vale, Des, tranquilízate, tienes pensamientos así que intenta comunicarte con tu cabeza.
¿Qué está ocurriendo? ¿qué haces ahí? Ese no es tu sitio.
- Estoy harta de ti, voy a buscarme otro cuerpo. No me haces caso, vas a tu bola y pasas de lo que yo te diga, así que ya me cansé.
Pues mira qué bien, no te voy a echar de menos, no te creas, pero antes me buscas otra que te sustituya y a ser posible, un pelín más lucida y sensata.
¡¡¡¡¡Desordenada!!!!!
¡Joder! Qué susto ¿quién da esos gritos tan desaforados?. Mi cabeza con gesto aburrido, contesta:
-¿Qué quieres ahora?. Y llámame Des, es mucho más corto.
-Mira, Desordenada, y no me da la gana llamarte Des, paso porque tú hagas lo que se te antoja, desorganices tu vida, y hasta abandones tu cuerpo. Pero deja mi mundo tranquilo y no me lo descoloques.
-Tu mundo ¿tranquilo? ¿a esto le llamas tú tranquilo? Vamos, hombre, si es un verdadero caos. Un descontrol total, mientras tú te pasas la vida tocándote los “güevos”, suponiendo que tengas, claro.
-Desordenada, no quiero irritarme, métete en tus cosas y déjame hacer mi trabajo. No necesito tu ayuda ni tus consejos. Y devuélveme la pieza que me quitaste.
Estoy alucinando con esta discusión. Igual estoy siendo victima de una de esas bromitas de la tele. Pon cara sonriente, Des... si no tengo cara ¡coño!.
-Vale, dios, ahí tienes tu maldita pieza... de todas formas no sé yo si podrás terminar el puzzle... un poco complicado para ti.
-¿Por qué me llamas con minúsculas?
-Porque me da la gana, este cuento lo escribo yo y te llamo como quiero. Y lárgate que estoy hablando con mi cuerpo.
-Des ¿Se puede saber que estás haciendo?
Mi cabeza se ha quedado mirándome fijamente, sus ojos (o mis ojos) dirigidos a la mano que tengo entre las piernas.
Y yo que sé –pienso- tú sabrás que eres la que tienes el cerebro. Es que me “pone” un montón está conversación entre dios y tú, y además tiene una voz tan sensual y autoritaria, el tío, que no he podido remediarlo. Mientras pienso, sigo acariciando mi sexo y los dedos resbalan entre el flujo penetrando una y otra vez en mi vagina abierta.
Estoy imaginando algo realmente excitante, cuando oigo a mi cabeza... cabreada.
-No, guapa, de eso nada, ni lo sueñes.
Va, anda ¿qué te cuesta? ¿por qué te cabreas? Cuando estabas en el sitio que te corresponde, lo has pensado muchas veces. Pero claro, era imposible, este cuerpo por mucho que se doble no es tan flexible. Siempre lo has deseado, es sólo un momento, anda, por favor.
¡Eres una viciosa indecente! Truena la voz de dios (que por lo que se ve, también lee mis pensamientos). Y me provocan sus insultos y pienso ¿en qué ocupará su mano derecha?..
Cojo mi cabeza y en un momento, la tengo en el lugar que antes ocupaba mi mano. No se hace de rogar y mi lengua, ávida y golosa, se adentra en la humedad de mi sexo, a punto de estallar en el orgasmo más increíble de mi vida.
¡Ah! ¡diosssssssss! es maravilloso, pienso en pleno éxtasis.
¡¡¡A mí no me metas en eso!!! Grita otra vez con una voz que parece un terremoto ¡¡¡serás puta!!!.
Y ese último insulto es el detonante de un orgasmo divino que me hace perder la cabeza.
Como un volcán

Hay días que están llenos de horas que, si estuvieran escritas con tiza en la pizarra, las borraríamos de un plumazo. Son días en los que brilla el sol y la gente ríe a mi alrededor, y lo pasa bien, y es feliz. Pero a mí me envuelve una niebla gris y pegajosa. Y tengo frío.
Y es que hay cosas que, aunque me empeñe, no van a cambiar nunca. Aptitudes contrarias y enfrentadas que son inamovibles. Modos de ver la vida, de enfrentar los problemas, de afrontar los cambios, que cada uno percibe de distinta forma. Y así no se puede.
Porque en un momento dado, cuando ya me cansé de vestir de "pasota", de callar mi postura, de contar hasta 10 o hasta 100 si hace falta, para no "marear la perdiz", llega un día en que tengo la piel en carne viva, las terminaciones nerviosas vibrando como las cuerdas de un violín, la lava bullendo en mi interior como un volcán en erupción. Y estalla. Y se lo lleva todo por delante, abrasadora y destructiva.
Luego llega el silencio, el perdón y la calma. Nadie es culpable del daño ocasionado, pero en su interior cada uno piensa que es el otro. Y sí, hay amor, pero un amor que a veces se viste de rabia, saca sus mejores armas y tira a matar. Homicidio involuntario.
No, no es el amor que relatan los cuentos infantiles, ni el de las películas con final feliz. Y no hay perdices para la cena, en todo caso, pollo con patatas.
Pasó la noche mágica de San Juan y llegó el verano. Esta tarde, para alejarme un poco, o más bien encontrarme y conversar conmigo. Escucharme sin interferencias ni ruidos de otras voces, de otros sentimientos, acudí a mi cita con el mar. Siempre está ahí, inamovible, nada lo perturba ¡cómo lo envidio!. Se acopla, se amolda a los cambios climatológicos, a las mareas, a las lunas, pero su interior siempre es el mismo.
Me hizo bien sumergirme en sus aguas tranquilas y cálidas, y dejarme luego secar por un sol, que suavizó su intensidad para darme el abrazo justo, apretado y tierno, como a mí me gusta.
Estuve leyendo un libro de un amigo escritor Xabier González, y hay un fragmento, entre muchos, que me gustó especialmente y quisiera compartir con vosotros.
El libro se titula MUDAYYAN y significa "aquel al que han permitido quedarse". Aqui os lo dejo, luego pasaré a haceros una visita y como hoy va a ser noche de insomnio (me temo) intentaré escribir un rato. Espero que os guste.
"Hago balance mental. Saber lo que uno tiene es la mejor manera de conocer aquello de lo que carece".
Tengo letras guardadas que uso a veces y palabras de desánimo que no empleo. Tengo diez cigarrillos y unas monedas, una mirada triste y un viejo trozo de tiza para escribir frases, que nadie lee, en las paredes.
Tengo ante mi diez invitaciones recien impresas y "La cena de los idiotas" en versión original para verla cuando me apetezca; también tengo una baraja sin naipes marcados y un as en la manga que nunca uso.
Tengo la última encíclica de Pablo VI y un muro de piedras que piensan, empeñado en impedir el paso a las verdades y obsesionado con hacer sombra sobre las certezas.
Tengo el original de una carta escrita para mi mismo a la que falta el sello, cien sobres nuevos y una carpeta con los mensajes que no merecen respuesta.
Tengo lástima y pena, pero son mías y no comercio con ellas.
Tengo roto el corazón pero la mente entera, una sensibilidad a flor de piel que no me obnubila y unas neuronas que aún distinguen la verdad de lo que, sin ser mentira, jamás llega a ser cierto.
Tengo ganas de gritar, pero he decidido hacerlo en silencio para que mi grito no se confunda con otros gritos que desprecio.
Tengo manos y pies... una sartén por el mango y ese hálito de vida que no consigue robarme ni la muerte.
Tengo el oído sano para escuchar, aunque a veces se haga el sordo ante las sandeces.
Tengo, también, una mesa de mármol y dos flores secas; un lápiz de dos colores que siempre escribe en tonos de decencia.
Tengo ganas de despertarme en un futuro a estrenar, porque ni el pasado ni el presente satisfacen mis deseos.
Tengo un trocito de mí enterrado en cada tumba de inocente...
Y TÚ ¿QUÉ TIENES?
- Te tengo a tí... la canción "Un amor en agonía", que navega en silencio, y un beso suave en mis labios que te esperará siempre...
Tirar la toalla

Las palabras, a veces, son cuchillos afilados que rasgan el aire, veloces, imparables. Una vez son lanzadas ya no hay quien las detenga con su carga de rabia, de impotencia. Y se clavan. Tú te quedas, atónita y perpleja, mirando la herida abierta y sangrante por donde se escapa el alma, como un humo blanco que sale por la chimenea. Entonces, el odio se refleja en tus ojos y lanzas otra y otra, y otra más. Y tu mundo se convierte en un ir y venir de sinrazones, en filos punzantes que atraviesan, silbando como balas, la distancia que separa a ambos contendientes.
La memoria, vengativa, trae imágenes de daños que creías olvidades, de errores cometidos, que como en una moviola se repiten una y otra vez, como si el tiempo se hubiese detenido. Y nacen los reproches, que también son palabras como puños de hierro que te golpean el higado, eso sí, no dejan marcas ni huellas de su paso, como las torturas bien ensayadas.
Entonces tú, amante de la voz y las palabras, tú que mueres por ellas porque son tu vida, quieres volverte de pronto sorda y muda. Y ciega si es preciso. Vivir en completo silencio, en la total oscuridad. Pero te engañas porque ya están grabadas a sangre y fuego en tu memoria, para atacar cuando menos lo esperas.
Te queda la esperanza de que una de ellas te golpee tan fuerte que te haga caer tendida en la lona. Y entonces tiras la toalla.
Sin opción

Camina cansado y con desgana.
Acabó su jornada laboral y vuelve a casa soñando con descansar un rato: una ducha, dar un bocado y meterse en la cama.
De repente recuerda que tiene un huésped en casa y una sensación de fastidio se instala en su ánimo.
Se trata de una amiga de paso por su ciudad a la que él, siempre generoso, ofreció acomodo. Ahora casi que se arrepiente, pero ya está hecho.
Por si fuera poco, la metió en su habitación. No hubiera estado ni medio bien mandar a su invitada a dormir en el sofá. Tendrá que conformarse.
Un suspiro de resignación pone fin a sus meditaciones, mientras constata que ya llegó a su destino.
Abre la puerta despacio y encuentra la casa en penunbra, silenciosa ¿habrá salido? -se pregunta.
Al entrar, se fija en una hoja de papel con algo escrito. La lee con curiosidad: "Entra en la habitación, no subas las persianas y enciende el monitor del pc". Extrañado y con un poco de nerviosismo que ha empezado a consquillearle el estómago, se dispone a seguir las indicaciones.
En la cama, ella está acostada, cubierta apenas por la sábana y dormida. O eso le parece a él al observar su respiración rítimica y pausada. Presiona la tecla de encendido del monitor y sobre un fondo negro, aparecen unas letras grandes y rojas:
"Desnúdate y métete en la cama. No, no te pares a ducharte, ni a comer nada... acuéstate a mi lado. Despiértame despacio, llenando de caricias mis rincones. Quiero que tu mirada sea lo primero que descubran mis ojos al abrirse; tu respiración lo que perciban mis oidos; tu piel el primer contacto de la mía y tu boca el sabor tantas veces deseado. Aparta de mi cuerpo el manto de tristeza que me cubre. Desgárrala a zarpazos, a dentelladas si es preciso. No te quedes ahí, mirando como un bobo. Hazlo".
¡Vaya! con lo que me apetecía dormir -piensa algo consternado, mientras una tremenda erección se hace patente allá abajo, entre sus piernas.
(Lo siento, chicos, el verano me llegó romántico, pero eso pasa pronto, seguro. Un poco de paciencia)
MENSAJE CIFRADO (Jugando a espías)

Verano de altas temperaturas- la voz monótona que se
Escucha en la televisión del salón, repite por cuarta vez
Noticias tantas veces contadas
Que pierden su identidad de novedades.
Una brisa fresca y ligera penetra, como en un descuido,
Entre las rendijas de las persianas bajadas.
Mentalmente, repito lo que acabo de oir,
Intencionadamente, sólo para apartar otros
Pensamientos. Desnuda, tirada en el sofá,
Indolente, me dejo adormilar por el murmullo
Empalagoso del locutor de turno.
Logro borrar imágenes imposibles
Alejarlas, desterrarlas a algún lugar remoto:
Groenlandia, por ejemplo, a ver si se pierden y no vuelven más.
Oscilo entre el sueño y la vigilia.
No quiero perderme en las nieblas de la inconsciencia, ni
Inventar historias donde somos protagonistas.
Zumba una mosca que invade mi espacio
Atraida, en la oscuridad, por el olor humedo de mi
Piel brillante y las gotas de sudor
Ocioso que ruedan juguetonas
Recorriendo los senderos de mi cuerpo.
Curvas, rectas, agujeros, montañas,
Accidentes geográficos en espera del
Regocijo de unas manos
Inquietas, aladas y atrevidas.
Cojo el mando a distancia, esa voz me está
Impacientando, y yo no quiero salir de ésta, tu
Ausencia, dolorosa, pero tranquila y
Serena. Espero que algo ocurra
Irremediablemente.
Maldito teléfono ¿Quién será a estas horas?
Ahogo un gruñido animal que se hace
Gemido al escuchar tu ansiada voz.
Idiota. Me confundí.
Nuestra mente es capaz de inventar lo que
Añoramos, pensando... la muy tonta, en calmar el
Dolor que, insistente, nos machaca sin piedad.
Asocio palabras torpes y dispares,
Sin sentido, que se escriben en los sesos.
Como en un juego de mensajes
Ocultos, en películas de espias.
Nace la sonrisa, al darme cuenta,
Tontamente, que jugando a escribir bobadas
Incurrí en un error, trampa del subconsciente,
Gracioso él, que sin yo quererlo, me
Obliga a confesar y a cumplir mi penitencia.
Dedicado a....

Por alguna innegable coincidencia.
Porque no hay ninguna duda de que me encanta la autora del poema.
Por poner algo bonito después del relato con final fatal inmediatamente anterior a esto.
Porque estoy casi terminando el siguiente "pedazo de vida de la vieja puta".
Para felicitar un cumpleaños con un poco de retraso.
Porque espero que le guste.
Porque sí (esta razón es contundente y contra ella no hay recurso posible).
ULTIMÁTUM (ALMUDENA GUZMÁN)
¡Oh Juan!, ¿por qué sueñas siempre rosas?
Ya no nos caben en la habitación,
esto no puede seguir así:
Cada día te levantas con las sábanas llenas de rosas
y si por casualidad hacemos el amor
no se conforman con quedarse quietas de mañana, no:
danzan las gamberras al son de los exquisitos minués que trazan
tus dedos al vestirme.
Por eso me niego a que me pongas la camisa,
a que me anudes el pañuelo…,
dime, ¿qué vas a hacer con esa encina desdentada y la camelia negra
que se vieron contigo cuando terminastes de dar un paseo por el
campo?
Ayer nos sorprendió un aguacero precioso
y como yo no llevaba gorro y sí el pelo recién lavado,
convertistes la gotas en diminutos paraguas de nácar,
yo te agradezco la gentileza de tu magia
pero el campo necesita agua
y lo dejastes blanco, tan blanco,
que parecía leche cuajada.
Menos mal que luego caíste en la cuenta del error
y los paraguas volaron para dejar paso
a tres mil nubes que se posaron dulcemente
en los prados, en los cerros, en los sembrados
para dar alegría y pan al santo campesino
que se hizo arrugas de un metro de profundidad por reir tanto.
En fin, Juan, haces lo que quieres con la naturaleza
y a mí me irrita el no poder enfadarme nunca contigo
a pesar de tener motivos grandes y justificados.
Desde ahora te anuncio mi ultimátum:
una de dos, o renuncias a tu poder modificante
de niños que cambian pañales por barco,
de aceituna que, porque le da la gana, se transforma en ciruela los
domingos,
o nos mudamos a otra buhardilla
que tenga el suficiente espacio para meter allí todos los trastos…
¡Porque mira que eres pesado!
Porque mira que te quiero tanto, alquimista barato.
Si el destino viene de frente... cambia de carril

Era un hombre solitario. Nadie sabía muy bien si vivía feliz con su soledad o le venía impuesta, ya que él no dejaba que nadie se inmiscuyera en sus sentimientos. Nunca había querido comprometerse en una relación, disfrutaba conquistando, enamorando, y luego... perdía el interés por la persona que poco tiempo antes había ocupado todas sus energías. Así, fue dejando desperdigados por doquier: sentimientos heridos, rencores y desilusiones. No le importaba demasiado ni sentía remordimientos, sabía que siempre podía encontrar corazones a los que enamorar.
Aquella tarde, Tomás, se sentía inquieto, quizá por la falta de actividad sexual y de conquista en la que se debatía ultimamente. Echó una ojeada a su agenda y eligió al azar a una, de entre las tres o cuatro mujeres a las que tenía en su punto de mira. Cogió el móvil y marco un número. Una voz desconocida contestó al otro lado:
- Diga.
- Perdón, ¿Sara?.
- No, lo siento, te has equivocado.
- Eso me había parecido al escuchar tu voz, no me sonaba conocida. Perdona.
- Nada, tranquilo, estás perdonado.
María cortó la comunicación con un mohín de disgusto. "Número equivocado... mierda" dijo en voz alta. Por un momento al escuchar el sonido del móvil pensó que era Alfredo, ese cabrón ¡cómo lo odiaba!. Después de diez años de convivencia el muy hijo de puta le dice que se enamoró de otra mujer: "te quiero mucho, María, yo no lo busqué te lo juro, pero así son las cosas". Y ella se quedó echa una mierda, sin ganas de vivir. Llevaba una semana sin salir de casa, mintiendo en el trabajo. Depresión, diagnosticó el doctor. ¡Malditos hombres! todos eran iguales.
Tomás se quedó mirando el teléfono, y comprobó el número marcado. Efectivamente, se había equivocado en la última cifra. Esa voz dulce y sensual se le había metido en el cerebro. Volvió a mirar el número que había marcado por error y se dispuso a guardarlo en la agenda "¿cómo te llamaré? -pensó. Tecleó: DES-TINO, y se felicitó por la ocurrencia.
Al cabo de unos días, y sin haber podido olvidar la voz de la mujer, marcó el número de nuevo y desplegó todas sus dotes de conquistador.
María necesitaba que alguien la sacase de su apatía, y cuando recibió la llamada de aquel desconocido no lo pensó mucho y se dejó llevar por la agradable sensación de interesar a alguien.
Empezaron mandándose e-mails, hablando por teléfono, intercambiando fotografías. Descubrieron que vivían relativamente cerca, así que decidieron que había llegado el momento de conocerse.
Fue una tarde primavera y los dos se sintieron agusto juntos, como si hubiesen nacido el uno para el otro. Esa misma noche tuvieron un inolvidable encuentro sexual del que salieron exhaustos y satisfechos.
Tomás estaba confundido, jamás había sentido nada igual por otra mujer y por primera vez en su vida, no se aburría. Pensaba en ella a todas horas ansiando el momento para escuchar su voz o esperando verla. Se levantaba a las siete de la mañana para mirar el correo antes de acudir al trabajo, y así empaparse con sus palabras.
María sonreía satisfecha pensando en su venganza. Tomás iba a pagar todo el daño que le había causado Alfredo. Vale, igual eso no era justo, pero tampoco él era un santo. Le había contado todos los amoríos que había tenido y no pareció importarle el sufrimiento que causó a esas mujeres. Pues bien, ahora probaría de su propia medicina.
Esa mañana Tomás abrió el correo temblando de ilusión, esperaba que ella le confirmase la cita para esa noche. El día antes le había comprado un anillo para pedirle que se casara con él. Sí, tenía una carta. Empezó a leer y su rostro comenzó a quedarse pálido a la vez que le faltaba la respiración. María le decia que no sentía nada por él, se burlaba de un modo cruel de sus palabras, sus caricias, sus besos. Se mofaba de él como hombre y como amante haciéndole saber que fingía sus orgasmos, que le daba asco su cuerpo. No podía seguir leyendo. Desesperado marcó su número de teléfono y una voz metálica le contestó que el abonado había cambiado de número. Se vistió a toda prisa y salió de casa. Tenía que ser una broma cruel, no podía ser verdad. Ella le había dado una dirección, pero cuando llegó vió con horror que le había mentido, no era allí donde vivía. La buscó por todas partes, pero todo fue inútil.
Ha pasado un mes desde esa fatídica mañana. Tomás no sale de casa y no quiere ver a nadie. Se pasa los días frente al monitor de su pc, con el teléfono encima de la mesa... esperando. Los primeros días terminó con las reservas de alcohol y tabaco que tenía en casa, pero ni siquiera el "mono" de nicotina lo sacó de su letargo. Los ojos enrojecidos y resecos ya no lloran, y se ven rodeados de grandes ojeras oscuras. Sucio, sin afeitar, demacrado, sin comer apenas, deja pasar las horas esperando que suceda el milagro. Por su cabeza pasaron todos los pensamientos imaginables, hasta que hoy, al fin, una idea ha venido a ocupar por completo su mente.
Se levanta de la silla y con ella en la mano se dirige a la terraza de su apartamento. La acerca a la barandilla y sube. Empieza a amanecer y la ciudad comienza a desperezarse. Cierra los ojos y abre los brazos, imaginando por un momento que son dos enormes alas que brillan bañadas por las pimeras luces del sol.
Sonríe y echa a volar. Sabe que va a encontrarse con su DES-TINO.
El pan nuestro de cada día....
A veces, se convierte en un churrasco más duro que una piedra, que te rompes los dientes de un mordisco y más vale quedarse una sin comer.
Vamos, que hay días que acaba una a estas horas sin ganas de nada. A mediodia, llego a casa harta de la oficina, y los niños discutiendo como siempre. El pequeño es un desastre, pero un desastre exagerado. Que a ningún graciosillo se le ocurra decir que se parece a su madre ¡que me lo como! vale, yo soy algo desastre, pero es que éste me supera con creces. Su habitación es un cúmulo de cosas extrañas, de procedencia desconocida. ¿Y la ropa? No, no es ropa, es un "buruyo" enredao que no sabes si se trata de un pantalón o una camiseta. La mayor estaba sacándole la ropa que ya no le sirve y tenían una guerra. Ésta es todo lo contrario, el orden y la perfección habría que bautizarlos de nuevo y ponerles su nombre. Si este año le digo: "A, arregla el armario de los trastos, anda" y el verano que viene le pregunto: "A ¿dónde está la bolsa aquella de la playa que no la encuentro por ningún sitio?" me contesta: "En la parte de arriba del armario, la puerta de la derecha, al final, a la izquierda". Y no, no señores, no se lo ha apuntado ni nada... es que ella es así. Os podéis figurar las batallas que tienen ¿verdad?.
Después me fui a sufrir un rato, que una es así de sufridora y no lo puede evitar. Me tocaba dentista. ¿Hay algo más horroroso? que me perdone si me lee alguno, pero no lo puedo evitar. Tenía que "reconstruirme" una muela que se me había roto. ¡Joder! yo creo que más bien fue la obra de El Escorial. Tres pinchazos, tres, que me durmieron hasta el párpado, talmente parecía la mujer de la cara de corcho. ¡Uf! qué impresión más rara, parece que tengas la cara hincha como una bota. Y luego, venga a meter instrumentos, hierros, dedos... a punto he estado de arrancarle uno de un mordisco. Y el miedo que me da que con alguna de esas cosas que hacen ruido me corte un día media lengua ¡apañá me dejaba!. Y eso no es lo peor, noooooo, que va, lo peor es a la hora de pagar. ¿Hay algo más caro que un dentista?.
Buena llegué yo a casa, y a la noche, pelea por la televisión. Dos televisiones en casa, y el ordenador que tiene conector. El niño, que veía un rato "El Gran Prix" (ya empezó la jodienda del programita) y luego a dormir, pero quería que en el pc le grabase "Aqui no hay quien viva". La niña, en casa de su futura suegra cenando, que manda un mensajito al móvil para que le grabe "Los Serrano"... pa morirse.
Total, que entre unas y otras, no me quedaron ganas de ná... "na más que de morirme" como decía la famosa Doña Paca.
Paciencia, Des, mañana será otro día y esperamos que el pan sea tierno.
Os dejo dos poemas de mi admirada ALMUDENA GUZMAN.

LA VENTANA ME REMITE A SU COCHE...
La ventana me remite a su coche,
el coche al beso,
el beso a la oreja que anda siempre perdiendo pendientes,
la oreja a la boca,
la boca a las medias porque las rompe,
las medias al...
-¿Tienes un bolígrafo de más?
-Toma, y a ver si dejas de pedirme cosas,
que contigo al lado no hay quien coja un apunte,
Mari Carmen.

SEÑOR, AHORA QUE MI PIEL Y LA SUYA...
Señor,
ahora que mi piel y la suya
-después de las sábanas-
han formado un nuevo «collage» en el agua,
no es el mejor momento para hablarle,
desde luego,
pero aprovechando que estoy arriba
y usted debajo,
quisiera decirle
-casi no me atrevo con sus ojos-
que no puedo más,
que voy a pararme.
-Era el placer como una de esas muñecas rusas que se abren
y aparece otra,
y otra...-
Bona nit amics.
Vamos, que hay días que acaba una a estas horas sin ganas de nada. A mediodia, llego a casa harta de la oficina, y los niños discutiendo como siempre. El pequeño es un desastre, pero un desastre exagerado. Que a ningún graciosillo se le ocurra decir que se parece a su madre ¡que me lo como! vale, yo soy algo desastre, pero es que éste me supera con creces. Su habitación es un cúmulo de cosas extrañas, de procedencia desconocida. ¿Y la ropa? No, no es ropa, es un "buruyo" enredao que no sabes si se trata de un pantalón o una camiseta. La mayor estaba sacándole la ropa que ya no le sirve y tenían una guerra. Ésta es todo lo contrario, el orden y la perfección habría que bautizarlos de nuevo y ponerles su nombre. Si este año le digo: "A, arregla el armario de los trastos, anda" y el verano que viene le pregunto: "A ¿dónde está la bolsa aquella de la playa que no la encuentro por ningún sitio?" me contesta: "En la parte de arriba del armario, la puerta de la derecha, al final, a la izquierda". Y no, no señores, no se lo ha apuntado ni nada... es que ella es así. Os podéis figurar las batallas que tienen ¿verdad?.
Después me fui a sufrir un rato, que una es así de sufridora y no lo puede evitar. Me tocaba dentista. ¿Hay algo más horroroso? que me perdone si me lee alguno, pero no lo puedo evitar. Tenía que "reconstruirme" una muela que se me había roto. ¡Joder! yo creo que más bien fue la obra de El Escorial. Tres pinchazos, tres, que me durmieron hasta el párpado, talmente parecía la mujer de la cara de corcho. ¡Uf! qué impresión más rara, parece que tengas la cara hincha como una bota. Y luego, venga a meter instrumentos, hierros, dedos... a punto he estado de arrancarle uno de un mordisco. Y el miedo que me da que con alguna de esas cosas que hacen ruido me corte un día media lengua ¡apañá me dejaba!. Y eso no es lo peor, noooooo, que va, lo peor es a la hora de pagar. ¿Hay algo más caro que un dentista?.
Buena llegué yo a casa, y a la noche, pelea por la televisión. Dos televisiones en casa, y el ordenador que tiene conector. El niño, que veía un rato "El Gran Prix" (ya empezó la jodienda del programita) y luego a dormir, pero quería que en el pc le grabase "Aqui no hay quien viva". La niña, en casa de su futura suegra cenando, que manda un mensajito al móvil para que le grabe "Los Serrano"... pa morirse.
Total, que entre unas y otras, no me quedaron ganas de ná... "na más que de morirme" como decía la famosa Doña Paca.
Paciencia, Des, mañana será otro día y esperamos que el pan sea tierno.
Os dejo dos poemas de mi admirada ALMUDENA GUZMAN.

LA VENTANA ME REMITE A SU COCHE...
La ventana me remite a su coche,
el coche al beso,
el beso a la oreja que anda siempre perdiendo pendientes,
la oreja a la boca,
la boca a las medias porque las rompe,
las medias al...
-¿Tienes un bolígrafo de más?
-Toma, y a ver si dejas de pedirme cosas,
que contigo al lado no hay quien coja un apunte,
Mari Carmen.

SEÑOR, AHORA QUE MI PIEL Y LA SUYA...
Señor,
ahora que mi piel y la suya
-después de las sábanas-
han formado un nuevo «collage» en el agua,
no es el mejor momento para hablarle,
desde luego,
pero aprovechando que estoy arriba
y usted debajo,
quisiera decirle
-casi no me atrevo con sus ojos-
que no puedo más,
que voy a pararme.
-Era el placer como una de esas muñecas rusas que se abren
y aparece otra,
y otra...-
Bona nit amics.
Pedazos de vida de una vieja puta (VI)

En la pista de baile las parejas seguían evolucionando al ritmo del acordeón de Quico, y entre ellas, Irene y Rafael, a los que yo no quitaba ojo. El brazo musculoso y moreno de Rafael rodeaba, suavemente pero con firmeza, la cintura de la mujer. Ella apoyaba suavemente una mano en el hombro de él y la otra estirada, como convenían las antiguas normas del baile. Yo los observaba sentada en una silla, un poco retirada de la plaza, esperando. No sabía que era lo que esperaba, pero estaba segura de que esa noche era especial y algo estaba por suceder. Poco a poco, la pareja sin dejar de bailar fue separándose del resto de los danzantes. Luego se soltaron y se fueron alejando de la plaza, paseando. Mi madre me había dicho que no me moviese de los alrededores, pero yo quería saber a dónde iban. Así que busqué con la mirada a mis padres y los vi bailando. Parecía que, por una vez, estaban disfrutando y seguramente yo volvería antes de que se diesen cuenta de mi ausencia. Me levanté de la silla, pero antes de marcharme me fijé en una figura silenciosa que apoyada en una farola no dejaba de observar a mi madre. Era D. Hermenegildo y no me gustó su mirada. Tenía que marcharme si no quería que Irene y Rafael se me despistasen, pero no pude evitar que un extraño desasosiego me inundase.
La pareja iba acelerando el paso a medida que se alejaban del centro del pueblo y yo les seguía a una distancia prudencial para no ser descubierta. Dejaron las casas atrás y pensé que quizá se dirigían al descampado donde estaban los carromatos del circo, hasta que me di cuenta que cogían el camino que llevaba directamente al caserón abandonado. Era ésta una gran casa antigua con una historia extraña. Al parecer el dueño era un vecino del pueblo que en su juventud había emigrado a América. Allí debió hacer fortuna y volvió ya casado y con un hijo adolescente. Trajo también con él a un muchacho negro que todos decían que era su esclavo. Mandó construir aquella gran mansión y se hizo llamar Barón, aunque nadie sabe de dónde sacó el título. El caso es que al cabo de los años, una calurosa noche de verano, se declaró un gran incendio que arrasó por completo una pequeña casita donde vivía el criado negro, a quien todos llamaban Toby.
Cuentan las malas lenguas que el Barón iba a visitar de vez en cuando a Toby para desahogar sus instintos sexuales, y esa noche se encontró con la sorpresa de ver al negrito sodomizando a un muchacho que lo recibía complacido y que resultó ser su propio hijo. Loco de rabia y de celos, el Barón esperó unas horas y prendió fuego a la casa, pensando en acabar con la vida de quien lo había traicionado. No contó con que su hijo había vuelto donde el negro para preparar su huida juntos. Cuando aparecieron los cadáveres de los dos muchachos, el Barón y su esposa, que después de la tragedia había perdido la razón, desaparecieron del pueblo y jamás volvieron.
Desde entonces, la casa permaneció abandonada y pocos eran los que se atrevían a merodear por allí. Pero a Irene y Rafael parecía no importarles esta historia, porque los vi empujar el portón y perderse en la oscuridad de la casa. Muerta de miedo y sin hacer ruido entré tras ellos. Un olor a humedad y polvo acumulado inundó mi nariz, cuando la luz de un candelabro iluminó una amplia habitación que debía ser el antiguo salón de la casa. Me agazapé en un rincón y me dispuse a ver qué ocurría.
Rafael acariciaba suavemente el rostro de Irene, cuyos ojos brillaban en la oscuridad. Como en cámara lenta, fue despojándola de la ropa que caía perezosa al suelo. Sin dejar de acariciarla, y con ayuda de la mujer, se desprendió él de la suya. Era una visión extraordinaria la de aquellos cuerpos desnudos iluminados por la tenue luz de las velas. La blancura del cuerpo de la mujer contrastaba brutalmente con la piel morena del gitano. Parecía que sus manos al acariciar aquellos pechos níveos pudieran mancharlos. Escondida y completamente inmóvil, oía sus respiraciones, ronca y fuerte la de él, con suaves gemidos la de ella. Se acariciaban, se besaban por todas partes, se abrazaban, las lenguas dibujaban senderos de saliva por sus cuerpos, era una danza antigua que yo descubría por primera vez. Había espiado a mis padres alguna vez follando, pero no, no era lo mismo. Mi madre aguantaba resignada las acometidas de aquel hombre rudo que sólo deseaba saciar su instinto, su mirada era de hastío, de conformidad, de cordero. Irene resplandecía, las mejillas enrojecidas, los ojos brillantes, la boca ansiosa y de labios inflamados. No era lo mismo.
No quise seguir mirando, seguramente era muy tarde y mi madre estaría buscándome. Salí a la oscuridad de la noche mientras sentía una humedad en mi sexo que me mojaba las bragas. Y, acordándome de la heroína de “Lo que el viento se llevó” juré como ella, que jamás ningún hombre me utilizaría para su propio placer, juré que gozaría como Irene lo estaba haciendo en ese momento. Y no pasó mucho tiempo para que me convirtiese en Esperanza, la puta.
(Continuará)
Tocata y fuga de palabras sin sentido

Pereza. No quiero escribir. Angustia. Enredo pensamientos dispares. Se encuentran, se trenzan, pelean, se dicen adiós. Palabras volando. Intento atraparlas. Suelto por el aire hojas en blanco. Las letras se acercan despacio, no se fían, no quieren acercarse al papel inmaculado. Lo rozan, se ríen y siguen volando dispersas a mi alrededor. Da igual, no me apetece cazarlas. Pero ellas siguen y siguen, revoloteando como moscas. ¡Malditas! Os voy a cortar las alas, lo juro. Enciendo el ordenador y el brillo de la pantalla las deslumbra. Sois mías, pienso. Se van acercando como una nube negra y forman una frase: “Y ME CUESTA ACEPTAR QUE NO VAS A VENIR”. Tengo el tiempo justo de leerla y ya no está, vuelven con otra: “Y YO NO LO SABÍA”, y otra: “SIN TI NO SOY NADA”. ¡Callaros, idiotas! ¿qué estáis escribiendo?. Hablo sola. Nadie puede escucharme, las palabras son sordas. Pongo la radio. Quiero que se vayan, quizá la música las eche de aquí. Se mezclan con las notas: “NECESITO MEDICINAS, UN PAR DE DOSIS DE BESOS ANTES DE CADA COMIDA”. Graciosas, ellas. Me entra la risa. Les gusta. “HACE TIEMPO QUE TE VENGO NECESITANDO”. Me cruzo de brazos y levanto los hombros. Desaliento. Me rindo. Hoy no me hacéis ni puto caso. Vale. Cuchichean. No tienen voz, pero cuchichean. Oigo su murmullo. Y vuelven a la pantalla. “SIEMPRE, ES EL TIEMPO QUE ME QUEDA”. Asiento, en silencio. “Y TUS OJOS ME MIRARON”. Me estoy empezando a enfadar, esto no tiene ninguna gracia. “Y SI TIENES QUE MARCHARTE, LLÉVAME EN UNA MALETA, YO PROMETO NO PESARTE, TÚ PROCURA NO PERDERLA”. Nadie se tiene que marchar, porque nadie ha venido. Se equivocan, no saben lo que dicen. “DIME QUE HAGA LAS MALETAS, Y YO LO HARÉ”. Tampoco voy a ninguna parte. “Y MI VOZ TE ARROPARÁ, Y EN TUS SÁBANAS, MI ALIENTO”. Apago el monitor y ellas salen disparadas, se plantan delante de mis ojos. No necesitan soporte alguno, se revuelven, cogen sitio y se quedan allí flotando en el aire. “NADIE PIENSA EN TI COMO LO HAGO YO, AUNQUE TE DE LO MISMO”. Ya, están copiando las canciones que suenan en la radio. Eso es trampa, tramposas. No tenéis imaginación. No me hacen caso. “NO VAS A VOLVER, TE CONOZCO BIEN, YA BUSCARÉ QUE HACER CONMIGO”. ¡Basta ya! Cierro fuerte los ojos, muy fuerte, tanto que me duelen. Todo está negro, hasta que aparecen ellas brillando en la oscuridad, colgadas del pensamiento. “ME SIGUE RONDANDO LA SOMBRA DE TI”.Apago la radio, en un nuevo intento de que desaparezcan. “TODOS Y CADA MOMENTO QUE HASTA HOY LLEVABA DENTRO NO LOS QUIERO JUNTO A MÍ, SE LOS REGALO AL OLVIDO”. Vale, estoy de acuerdo, os olvido, me olvidáis. No tengo ganas de escribir lo que os dé la gana a vosotras, yo soy la que mando, yo soy la que os invento, sin mí no sois nada. Se carcajean con grititos agudos, como adolescentes, toman aire. “¿QUÉ HAGO AHORA CONTIGO? AHORA QUE ERES LA LUNA, LOS PERROS, LAS NOCHES, TODOS LOS AMIGOS”. Ya no sé qué hacer. Y... de repente... silencio, la blancura del papel, la pantalla vacía... han desaparecido. Respiro tranquila. Me siento de nuevo ante el teclado dispuesta a inventarlas, yo sola, sin su ayuda, sin que escriban más tonterías y... ahora que las necesito... no quieren volver.
Pedazos de vida de una vieja puta (V)

Iba a dar comienzo la función, y bajo la carpa de aquel pequeño circo, llena a rebosar, rostros expectantes esperábamos con sonrisas nerviosas, a que apareciesen aquellos artistas que, durante unas horas, nos harían olvidar nuestras carencias y penurias cotidianas. Yo, con mi raquítico vestido, estaba sentada entre mis padres, mirando a todos lados para no perderme detalle de todo lo que allí iba a suceder. Las filas de sillas delanteras estaban ocupadas por las autoridades y personalidades más relevantes del pueblo, los vip que se dice ahora: el señor alcalde, el médico (aunque sólo venía al pueblo dos o tres días por semana), el farmacéutico (que vendía de todo en su botica), D. Hermenegildo de las Heras, el párroco y por último, la señorita Irene. Cada uno de ellos tenía a su lado a su pareja respectiva, el que la tenía, claro.
Se escuchó un redoble de tambores y todos nos removimos inquietos y guardamos un respetuoso silencio. Uno tras otro, fueron saliendo a la pista, entre aplausos enfervorizados, los modestos artistas que hicieron la delicia de los espectadores. Los ojos como platos, los cuerpos en tensión, las bocas abiertas siempre dispuestas para un “¡Oh! admirativo, o un pequeño grito sobresaltado ante el temor de una simulada caída de la trapecista, los hombres sin quitarles los ojos de encima a aquellas señoritas descocadas en el vestir que lucían unas hermosas piernas, formadas por las largas horas de ensayos. Y como apoteósico final la actuación estelar de Rafael “el lanzador de cuchillos”.
Salió a la pista ataviado con un pantalón como los que habíamos visto en las películas que llevaban los piratas, abombachados y embutidos en unas lustrosas botas negras, una camisa blanca que dejaba al descubierto un pecho fuerte y moreno, un ancho cinturón que ceñía su cintura, y un pañuelo en la cabeza que resaltaba la belleza de su rostro. Le acompañaba una joven, que resultó ser su hermana, y que haría de centro de la diana donde Rafael debería clavar sus puñales. Empezó con algunos números que la gente aplaudió con fervor y cuando ya todo estaba dispuesto para su última demostración, seguramente para darle mayor expectación, anunció que necesitaba a alguien del público para ayudarle. Diciendo esto, se dirigió directamente hacía la primera fila y alargó su mano hacía Irene, cuyo rostro enrojeció de tal modo que parecía a punto de estallar. Ella cogió la mano que Rafael le ofrecía pero se mostraba remisa a abandonar su silla, hasta que la muchedumbre estalló en aplausos y no tuvo más remedio que levantarse. Yo, desde mi sitio, observaba su expresión, que variaba entre el pánico y el gozo, y la envidiaba. Deseaba poder estar en su lugar, pero con aquel ridículo vestido, me hubiese muerto de vergüenza si a Rafael se le hubiese ocurrido elegirme a mí.
Él, la colocó suavemente en el lugar donde debía permanecer totalmente inmóvil, y se alejó unos metros. Por dos o tres veces, volvió hacia ella, haciendo que se moviese un poco. Y cada vez que rozaba sus brazos para posicionarla, Irene cerraba los ojos y a mí me parecía ver que se estremecía. Por fin pareció que Rafael se sintió satisfecho, y ensayó varias veces con el cuchillo sin lanzarlo, hasta que el brillo del metal atravesó la pista y fue a clavarse al lado derecho del cuerpo de Irene, junto a su brazo. Así, uno tras otro, fue lanzando sus armas hasta siluetear por completo la figura de la maestra. Ella, cada vez que uno de ellos salía disparado de la mano de Rafael, contenía la respiración para luego soltar el aire con un pequeño gemido. Parecía que en lugar de aquel trozo de metal era el hombre el que se clavaba en ella que lo recibía temerosa y ansiosa a un tiempo. Cuando terminó su número y la gente aplaudía a rabiar, él volvió a ofrecerle su mano y durante unos minutos interminables permanecieron unidos, comunicándose en un lenguaje que sólo ellos entendían: el del deseo y la pasión desbordados.
Terminada la función, volvimos cada uno a nuestras casas para dar cuenta de una cena también algo especial, por tratarse del día de fiesta mayor, y salimos de nuevo hasta la plaza del pueblo donde, de un momento a otro, empezaría el baile. Cuando llegamos allí ya había comenzado la música y algunos bailarines daban sus primeros pasos al son de un pasodoble. Yo fui en busca de la gente de mi edad, que hacía sus pinitos imitando a los mayores. En aquellos tiempos había algo que siempre me llamaba la atención, y era que las mujeres solas bailaban entre sí, sin embargo, los hombres nunca lo hacían, si no tenían pareja se limitaban a observar a los otros que giraban enlazados al ritmo de la música. Irene permanecía sentada en una de las sillas dispuestas en corro, frente a la pequeña orquesta que amenizaba el baile. Al cabo de un rato, apareció Rafael, que sin dudarlo se dirigió hacia ella invitándola a bailar. Ella aceptó, enrojeciendo otra vez hasta la raíz del pelo y sabiendo que sería el cotilleo de todos los vecinos al día siguiente. Pero creo que ya en ese momento no le importaba nada que no fuera danzar entre los brazos de aquel hombre.
(Continuará)
GAME OVER

GAME OVER
¿Sería posible que por una vez, sólo una vez en mi vida y en la tuya, me permitieras mostrarte cuánto te quiero? Di ¿sería posible?. No, no me mires, no quiero que me mires, a decir verdad, estoy harta de que me mires. Lo que yo quiero es que me hables, que me digas algo: que no o que sí, pero algo coherente. No tengo ninguna bola mágica ¿sabes? Aún no aprendí a descifrar silencios. Algunos los entiendo, pero solo algunos, los muy obvios, los otros... se me escapan.
Si fuera posible abrirme por dentro, como una res en el matadero. Pero que no vieses sangre, vísceras, músculos y huesos. No. Tendrías que mirar con los ojos que descubren los pensamientos, los anhelos, los sentimientos y los deseos. No sé donde están exactamente, no te puedo ayudar en eso. Pero ¿qué estoy diciendo? No quieres que te ayude, no te interesan, es más, pasas olímpicamente de eso.
Vale, si no quieres sentimientos, vamos al sexo. Tampoco te interesa, lo leo en tus ojos ¿ves? Eso lo entendí sólo con mirarte. Oye, pues tampoco creo yo que sea tan poco apetecible, conozco a más de uno que se daría con un canto en los dientes por oír esta misma propuesta. No, si yo hago como Melendi “voy sobrada en el amor”. Y una mierda. En el que no me interesa voy sobrada. ¿No estaba hablando de sexo? Se me va la bola, lo siento.
También podría cambiar de táctica, en vez de estar aquí rogando como una idiota (nunca creí que hiciese esto) podría atacar, acoso y derribo, creo que se llama. Ahora mismo, que estás ahí sentado tomando tu café tranquilamente, como si esto no fuese contigo. Podría cogerte por la camiseta y asaltar tu boca de improviso, al tiempo que me siento a horcajadas en tus piernas. ¿Qué estamos en un sitio público? Pues... ¿qué quieres que te diga? Me importa un bledo. Pero no, estoy diciendo tonterías, no voy a hacerlo. Me pierde el sentido del ridículo, me pierde. Y el miedo.
Me miras, te levantas con cara de fastidio y te adivino el pensamiento, esta vez sí, lo adivino: Pero ¿qué dice esta loca?. Y te vas murmurando apenas entre dientes: Ya me harté, se acabó el juego.
Pedazos de vida de una vieja puta (IV)

Digo canalla desvergonzado porque esos fueron los adjetivos, y algunos más, con los que la gente del pueblo, bautizó a Rafael, el primer y único hombre en la vida de Irene. Pero ellos no vieron brillar los ojos de Irene aquella noche, no escucharon a su corazón bombeando sangre y correr presurosa por los ríos de su cuerpo, hasta entonces aletargado, no percibieron el cimbreo de su cintura, la crecida de sus pechos, la luz que iluminaba su rostro, aún después de que la luna abandonase el cielo. No, ellos no estaban allí.
Eran las fiestas del pueblo, las únicas del año en honor a la Virgen. Y en esos días todos estábamos muy excitados. Habían empezado a llegar los integrantes de un pequeño circo, con sus carromatos multicolores llenos de personajes extraños y exóticos para nuestra vida hecha de costumbres y rutina. Según contaban los más ancianos hacía muchos años que no se veían por allí titiriteros como ellos les llamaban. Luego, habría verbena al aire libre, para refrescar los calores de aquel mes de Agosto, amenizada por los hijos de Manuela: Quico y Ramón, uno con su eterna acordeón y el otro con una batería que había adquirido recientemente.
Los niños, libres de la obligación de ir a la escuela, hacíamos todo lo deprisa que podíamos los recados y las tareas que nos mandaban en casa y salíamos disparados, como almas que lleva el diablo, hasta el descampado donde se había instalado el circo. Y allí nos pasábamos las horas muertas viendo el ir y venir de aquellas gentes, imaginando una vida llena de aventuras por países lejanos y soñando con escapar de la monotonía y volver algún día al pueblo con fama y riqueza. Sus trajes baratos llenos de plumas y lentejuelas, brillaban para nosotros como si se tratase de ricos vestidos. Había trapecistas, payasos, malabaristas, equilibristas, jinetes que hacían cabriolas montados en sus caballos, y un lanzador de cuchillos: Rafael.
Rafael era un gitano de piel morena y ojos color aceituna. Su rostro de rasgos varoniles estaba adornado por una nariz algo aguileña, y una boca de labios carnosos que se abrían en deslumbrante sonrisa. Cabello negro y ondulado con largas patillas recortadas que acrecentaban su belleza. Yo, aun siendo una niña, el día que lo vi salir de su carromato con una camiseta interior que dejaba al descubierto sus brazos fuertes y un torso que parecía esculpido en piedra, me quedé sin respiración y no podía dejar de mirarle, por lo que luego tuve que aguantar las burlas de toda aquella caterva de chiquillos que parecía que aun no llegaban a emocionarse por la belleza de un cuerpo como aquel.
Aquel domingo por la tarde el circo abría su carpa para ofrecernos su primera actuación. Todo el pueblo acudió a tan importante evento. En casa, mi padre se puso su mejor traje, el único que poseía el pobre. Mi madre lucía espléndida con un vestido de flores que tenía guardado en el fondo del armario, se pintó los labios, y por primera vez la sentí ilusionada y casi podría decir que era feliz, hasta el punto que en su boca se dibujaba algo parecido a una sonrisa. A mí me pusieron el vestido de los días señalados. Yo estaba a punto de cumplir los once años y mis piernas habían empezado a crecer desmesuradamente, así que cuando me miré en el espejo de luna del dormitorio de mi madre parecía talmente una cigüeña desgarbada. Cuando estaba observando la imagen que aquel espejo me devolvía, entró mi madre en la habitación. Yo intenté un atisbo de sonrisa, no quería estropear su alegría, y cuando miré en el fondo de sus ojos descubrí una profunda tristeza. Me apresuré a quitarle importancia “Vamos, madre, que llegaremos tarde al circo”. Ella asintió en silencio y salió detrás de mí. Algunos años más tarde, comprendí que la tristeza de mi madre se debía a que en ese mismo momento se dió cuenta que Esperanza, la niña, empezaba a dejar paso a otra Esperanza que, muy pronto, acabaría alejándose de ella.
(continuará)
Vendiéndome..... premios 20 minutos
Que me da un poco de vergüenza esto, pero me apunté a los premios de 20 minutos y me han mandado esto, así que si queréis votar aqui lo tenéis. Lo hagáis o no, gracias por vuestras visitas y vuestros comentarios.
Besos.
Besos.
Des... cubriéndome
Bueno, estoy de nuevo por aqui, después de concederme un fin de semana para mí, que ya me hacía falta. Me tenía un poco abandonada y cuando pasa eso me des...pisto y me des...controlo.
Para empezar, el viernes me regalé un cambio de imagen, que ya me estaba aburriendo verme siempre igual (fui a la pelu, vamos).

No, no os asustéis, no he llegado a tanto. Es sólo un ejemplo, una imagen que encontré por ahí y me hizo gracia. Me gusta mirarme en el espejo y no reconocerme, es como volver a inventarme, empezar de nuevo, y suele ser el momento en que empiezo algunas cosas donde las dejé aparcadas. Yo me entiendo. Me ha venido a la cabeza la primera vez que decidí cambiar por completo mi aspecto. Yo tengo el cabello liso, más bien tieso como un clavo, tanto que cuando lo llevo muy corto no me hace falta gomina ni nada de eso para que se quede como las puas de un puercoespin, en serio, no exagero. Bueno, pues un verano estando en Gijón, hace ya 20 años por lo menos, yo llevaba una melena lisa, y se me ocurrió hacerme la permanente, llenar mi cabeza de rizos. Lo hice, y por cierto que me quedaba muy bien.
El caso es que por la noche fuimos a cenar a un restaurante, yo llevaba un conjunto que me había hecho mi madre, que además de ser la madre más chula que se pueda tener, solía hacernos ella misma la ropa, lo que nos daba la oportunidad de diseñar nuestros propios modelitos. Pues bien, llevaba una falda "campesina" en un precioso estampado, con una blusa a juego, así tipo ibizenco, y con un ancho cinturón en la cadera, algo que ahora está muy de moda... si es que todo vuelve, hasta los trapitos. Cuando entramos en el restaurante, me di cuenta que un poco alejada había una chica que me estaba mirando, me fijé en ella y pensé "no puede ser, esa tía lleva el mismo conjunto que yo", tardé varios segundos en darme cuenta que era yo misma reflejada en un espejo. Me entró un ataque de risa y los que venían conmigo me miraban como si estuviese loca, y lo confirmaron cuando les conté lo que me había pasado.
Bueno, pues me encanta esa sensación de no reconocerme, o cuando la gente que me conoce, duda en saludarme porque no está muy segura si soy yo.
El sábado me fui a la playa ¡qué ganas tenía de tumbarme al sol!

Allí acostada, sintiendo la caricia del sol en mi piel, y el rumor del mar, dejé que todo el barullo de pensamientos que suele inundar mi mente, se des-enredase y ellos (los pensamientos) fueran colocándose en el lugar que les corresponde. Es algo casi mágico lo que me pasa, cierro los ojos y parece que los siento fluyendo, tropezando unos con otros, cediéndose el paso, algunos desaparecen o se quedan "en cuarentena" hasta que les toque el turno, los quito de ahí con un "ahora no puedo atenderte", los hay que se crecen y se vuelven importantes, y otros que en un momento me lo parecieron, dejan de serlo y se quedan replegados a un segundo término. Como en una parrilla de salida de una carrera, solo uno consigue la "pool position" el resto tiene que conformarse con el lugar que les tocó en suerte, aunque también se van adelantando unos a otros buscando ser los primeros en llegar a la meta y hacerse con el podium de mi atención.
El mar es magia, es ese lugar donde puedo recapacitar, pensar, descansar. Ya empiezo a disfrutarlo cuando dejo las sandalias a la orilla y me quedo de pie... mirándolo

Me hacía falta, necesitaba un respiro, distanciarme de algunas cosas. Del blog, de escribir, de meterme en la piel de mis personajes, de meterme en la de los vuestros, y de alguna otra cosa que me inunda y me ocupa por entero. Me sentó bien el fin de semana, y mañana es lunes, un lunes nuevo, porque yo me siento nueva, aunque siga siendo la misma Des de siempre.
Y me apetece dejar un poema de Josefa Parra, a la que descubrí hace algún tiempo y es una de mis poetas (poetisa) preferida:
ALCOBA CERRADA
Por detrás de la puerta,
guardado por cerrojos de silencio y de agua,
esperando, desnudo, tu cuerpo. Tibiamente,
mansamente desnudo, hermoso hasta el dolor.
No entraré a descubrirte.
No violaré el santuario de tu carne entreabierta.
Demasiado peligro para sólo una vida,
demasiado pecado para tan sólo un alma.
De "Alcoba del agua" 2002
Nos vemos el lunes.
Para empezar, el viernes me regalé un cambio de imagen, que ya me estaba aburriendo verme siempre igual (fui a la pelu, vamos).

No, no os asustéis, no he llegado a tanto. Es sólo un ejemplo, una imagen que encontré por ahí y me hizo gracia. Me gusta mirarme en el espejo y no reconocerme, es como volver a inventarme, empezar de nuevo, y suele ser el momento en que empiezo algunas cosas donde las dejé aparcadas. Yo me entiendo. Me ha venido a la cabeza la primera vez que decidí cambiar por completo mi aspecto. Yo tengo el cabello liso, más bien tieso como un clavo, tanto que cuando lo llevo muy corto no me hace falta gomina ni nada de eso para que se quede como las puas de un puercoespin, en serio, no exagero. Bueno, pues un verano estando en Gijón, hace ya 20 años por lo menos, yo llevaba una melena lisa, y se me ocurrió hacerme la permanente, llenar mi cabeza de rizos. Lo hice, y por cierto que me quedaba muy bien.
El caso es que por la noche fuimos a cenar a un restaurante, yo llevaba un conjunto que me había hecho mi madre, que además de ser la madre más chula que se pueda tener, solía hacernos ella misma la ropa, lo que nos daba la oportunidad de diseñar nuestros propios modelitos. Pues bien, llevaba una falda "campesina" en un precioso estampado, con una blusa a juego, así tipo ibizenco, y con un ancho cinturón en la cadera, algo que ahora está muy de moda... si es que todo vuelve, hasta los trapitos. Cuando entramos en el restaurante, me di cuenta que un poco alejada había una chica que me estaba mirando, me fijé en ella y pensé "no puede ser, esa tía lleva el mismo conjunto que yo", tardé varios segundos en darme cuenta que era yo misma reflejada en un espejo. Me entró un ataque de risa y los que venían conmigo me miraban como si estuviese loca, y lo confirmaron cuando les conté lo que me había pasado.
Bueno, pues me encanta esa sensación de no reconocerme, o cuando la gente que me conoce, duda en saludarme porque no está muy segura si soy yo.
El sábado me fui a la playa ¡qué ganas tenía de tumbarme al sol!

Allí acostada, sintiendo la caricia del sol en mi piel, y el rumor del mar, dejé que todo el barullo de pensamientos que suele inundar mi mente, se des-enredase y ellos (los pensamientos) fueran colocándose en el lugar que les corresponde. Es algo casi mágico lo que me pasa, cierro los ojos y parece que los siento fluyendo, tropezando unos con otros, cediéndose el paso, algunos desaparecen o se quedan "en cuarentena" hasta que les toque el turno, los quito de ahí con un "ahora no puedo atenderte", los hay que se crecen y se vuelven importantes, y otros que en un momento me lo parecieron, dejan de serlo y se quedan replegados a un segundo término. Como en una parrilla de salida de una carrera, solo uno consigue la "pool position" el resto tiene que conformarse con el lugar que les tocó en suerte, aunque también se van adelantando unos a otros buscando ser los primeros en llegar a la meta y hacerse con el podium de mi atención.
El mar es magia, es ese lugar donde puedo recapacitar, pensar, descansar. Ya empiezo a disfrutarlo cuando dejo las sandalias a la orilla y me quedo de pie... mirándolo

Me hacía falta, necesitaba un respiro, distanciarme de algunas cosas. Del blog, de escribir, de meterme en la piel de mis personajes, de meterme en la de los vuestros, y de alguna otra cosa que me inunda y me ocupa por entero. Me sentó bien el fin de semana, y mañana es lunes, un lunes nuevo, porque yo me siento nueva, aunque siga siendo la misma Des de siempre.
Y me apetece dejar un poema de Josefa Parra, a la que descubrí hace algún tiempo y es una de mis poetas (poetisa) preferida:
ALCOBA CERRADA
Por detrás de la puerta,
guardado por cerrojos de silencio y de agua,
esperando, desnudo, tu cuerpo. Tibiamente,
mansamente desnudo, hermoso hasta el dolor.
No entraré a descubrirte.
No violaré el santuario de tu carne entreabierta.
Demasiado peligro para sólo una vida,
demasiado pecado para tan sólo un alma.
De "Alcoba del agua" 2002
Nos vemos el lunes.
Pedazos de la vida de una vieja puta (III)

Mi manía de espiar a los adultos sin que ellos se diesen cuenta, me llevó a más de una desilusión, porque a veces es mejor no ver, no enterarse de lo que pasa a tu alrededor, no hacer preguntas. Y yo, por desgracia, hacía justamente lo contrario. Sobre todo observaba, porque a las preguntas, cuando por fin hacía acopio del valor necesario para formularlas, solían contestarme con un “cállate, niña, tú a lo tuyo, y deja a los mayores tranquilos”. Eso en el mejor de los casos, lo más habitual era recibir una bofetada por respuesta o una mirada que me hacía salir huyendo a toda prisa no fuera que se arrepintiesen y me llegase el sopapo.
Yo era una niña solitaria, sin más compañía que la de mis padres, Pilar y Anselmo, con los que apenas podía hablar. En casa se utilizaban las palabras justas y necesarias para la convivencia. Ni una más. Y a veces ni eso, porque parecía que ellos se leían el pensamiento o era la rutina, la costumbre y no les hacía falta hablar. Mi padre miraba a mi madre, y ella ya sabía que tenía que ponerle la cena, o poner el agua al fuego para calentarla y que se lavase, o mandarme a mi cualquier recado para que me fuese de allí. Cuando pasaba eso, mi padre miraba a mi madre de otra forma. Era como si, de vez en cuando, se hiciese visible ante sus ojos y dejase de ser un mueble que está ahí, lo utilizamos, pero no echamos cuenta de él. No tuve hermanos y por mucho tiempo pensé que yo había debido ser una extraña coincidencia, sobre todo cuando todos los críos del pueblo solían pertenecer a familias numerosas y veía a las demás mujeres siempre cargadas con algún “churumbel” en el costado. Tampoco es que tuviese demasiada relación con los vecinos, ya que vivíamos en una pequeña casa a las afueras del pueblo, rodeada por las tierras de D. Hermenegildo. Pero fui unos cuantos años a la escuela, donde acudíamos unos catorce o quince críos de todas las edades para que Dª Irene nos enseñase lo poco que necesitábamos aprender para defendernos. No se esforzaba mucho la pobre, pues sabía que en cuanto podíamos servir para trabajar en el campo, en las tareas de casa, o haciendo de criada para alguna de las señoras que gozaban de mejor posición económica, tanto en el pueblo como fuera de él, dejábamos de acudir a la escuela.
Dª Irene, la señorita Irene porque era soltera, fue durante esos primeros años una de las mujeres que yo admiraba. No era muy agraciada, pero tenía una bonita sonrisa y sobre todo una paciencia a prueba de bomba para lidiar con nosotros y con nuestros padres, que eran aún peores. A mí me parecía la mujer más sabia del mundo con todas esas historias que nos contaba sobre reyes que se pasaban los años guerreando para conquistar países lejanos, o santos que habían muerto martirizados a manos de los salvajes sin bautizar, o poetas que escribían a amores ardientes y casi siempre acababan suicidándose o morían tísicos. Se me hacía imposible que supiera todos los ríos de España, las montañas, los cabos y los golfos. Y sobre todo que no se equivocase con las conjugaciones de los verbos, y supiese hacer operaciones de cabeza, y no con los dedos como yo había visto que hacían los mayores que conocía.
Pero la pobre Dª Irene fue víctima del amor. Ella, que nunca había conocido un hombre, se vio deslumbrada por un canalla desvergonzado del que se enamoró apasionadamente.
(Continuará)
Dedicado...

Hoy he tenido el día bastante complicado. Eran las ocho de la noche cuando llegaba a casa, así que hasta hace un momento no he podido ponerme a leer vuestros comentarios y contestar. Por supuesto, tampoco he podido escribir, aunque os puedo asegurar que mi cabeza anda llena de la historia de Esperanza, pero debo poner las ideas en orden y seguir un hilo que vaya desenmarañando las circunstancias que rodearon su vida.
No esperaba tan buena acogida, y sinceramente creo que sois muy amables con vuestras palabras que me animan muchísimo.
Permitidme que este pequeño post se lo dedique a alguien del que no suelo hablar mucho, y casi siempre que lo hago es cuando estoy enfadada con él, como una forma de protesta o desahogo. Pero él se merece mucho más.
Él es el dueño de la boca que se viste de fiesta y me ronda en las noches de luna.
Él es el que aguanta todos mis desórdenes, locuras y cambios de humor. Mi contrario. El que comparte conmigo la cama, los hijos, las preocupaciones, las tareas de casa, las alegrías y los gastos (que son muchos). Él es capaz de:
Llenarme la casa de rosas silvestres un día cualquiera y en cualquier momento.
Esperarme en la cama durante horas, mientras yo le estoy diciendo: cinco minutos que ya termino y sigo tecleando como loca en el ordenador.
Hacer de padre y madre mientras yo llego a las once de la noche a casa después de clase y recibirme con la cena hecha y un beso de ánimo.
Pasarse una hora haciéndome un masaje en la espalda y en los hombros para descargarme de las tensiones.
"Acosarme" en cualquier rincón de casa, aprovechando que los niños andan entretenidos, como si tuviesemos quince años.
Llenarme de caricias cuando llega, despues de horas de trabajo nocturno y yo duermo tranquila en la cama.
No, no es perfecto, tiene muchos, muchos defectos... como yo, pero hoy me apetecía decirle gracias, por la cantidad de horas que ultimamente no podemos pasar juntos porque trabaja mucho y nuestros horarios se hacen incompatibles. Un día de estos, vamos a tener que conocernos de nuevo.
GRACIAS
(A. Guijarro / Augusto Algueró)
Gracias por haberte conocido, por haberme sonreído
Por mirarme, por hablarme.
Gracias, por haberte amado tanto, por tu risa y por tu llanto
Y por todas tus palabras de amor.
Tengo que darte las gracias por estar cerca de mí
Y por las miles de cosas que yo siento junto a ti.
Gracias, por haberte conocido, porque nunca me has mentido
Porque siempre me has querido amor.
Tengo que darte las gracias por estar cerca de mí
Y por las miles de cosas que yo siento junto a ti.
Gracias, por haberte conocido, porque nunca me has mentido
Por quererme, por besarme, por hacerme tan feliz.

