Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Incógnitas
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De pequeña siempre me gustaron las matemáticas, me atraía la lógica de los números, su sencillez. No era cuestión de estudiar, sólo tenía que entender los razonamientos. Y los entendía. Vale, sí, el profesor estaba muy bien, pero eso es otra historia, estamos hablando de matemáticas, no de rollitos.

Disfrutaba con las ecuaciones. Era como un reto para mí hallar el planteamiento correcto para encontrar el valor de la X, la Y, y en las más enrevesadas, hasta la Z. Por cierto que siempre me pregunté el por qué de elegir estas letras y no otras entre tantas que tiene el abecedario. Supongo, y eso lo estoy pensando ahora que me vino a la cabeza, que cada letra tenía su cometido en esta asignatura, aunque o eran éstas, en las ecuaciones, o la A, la B, la C... en los conjuntos. Eso sí que era un rollo.

Entonces era fácil la vida, o es como yo la veo con mirada adulta.
Ahora, la vida está llena de incógnitas y me siento incapaz de despejarlas. Les doy vueltas y más vueltas, pero se me escapa aquella lógica que poseía entonces. Será que me hago mayor o que los problemas son mucho más complicados que simples ecuaciones, aunque sean compuestas. Las letritas de marras no tienen los valores que harían correcto el resultado. O puede ser que éste no me guste, precisamente por ser correcto. Y hago cálculos y más cálculos para encontrar el que me acomode.

Y ellas, las incógnitas, no ayudan nada. La X se abre de piernas tumbada a la bartola y se niega a poner nada de su parte. La Y clama al cielo con los brazos levantados esperando la ayuda divina, que nunca llega. Para tonterías está dios, suponiendo que esté en algún sitio. Y la Z se aleja zigzagueando y se convierte en S, porque dice que es más chic y más sexy.

Esta noche me enfadé y me hice con ellas una sopa de letras. Con un caldito de verduras resultaron deliciosas.
 
A la luz de la luna
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El aire frío de la madrugada acaricia mi rostro y me hace sentir bien. Necesito despejarme. He perdido la cuenta de los tragos que llevo encima, además de dos rayas de coca y la pastilla que me ha dado Raúl, que no sé de qué coño estaría hecha. He dejado la fiesta. Ya estaban todos colgados, bueno, como yo, pero después de follar con el desconocido que me han presentado, no lo soportaba más.

Mis tacones resuenan sobre el asfalto. Los tipos del camión de la basura me lanzan algunas lindezas del tipo "qué buena estás" o "ahora mismo te comía el coñito" o "mira que polla tengo aquí para ti". No me extraña, debo parecer una prostituta vestida de Versace. Camino sin rumbo por las calles desiertas, hasta que me doy cuenta que estoy frente al edificio donde está ubicado mi despacho. Me extraño de haber llegado aquí.

Uno de los agentes de seguridad está en la puerta: me la abre y me da las buenas noches. No se sorprende de verme, está acostumbrado a mi presencia a horas intempestivas debido a alguna urgencia imprevista. Aunque hoy, ni yo misma sé por qué he venido.

Subo en el ascensor y pulso el botón de la planta 25. Abro la puerta de mi despacho, entro, y directamente me dirijo al mueble bar. Me sirvo un gin-tónic y con el vaso en la mano salgo a la terraza. Me impresiona el silencio y la paz que se respira. Ayudándome de una silla, me siento en la barandilla con las piernas colgando en el vacío.

- ¿Estás bien ahí?- oigo que dice alguien a mi lado.
- ¡Joder! ¡qué susto!, ¿de dónde has salido?, casi me caigo de la impresión.
- Pensé que era eso lo que querías- responde.
- O sea que has venido a ver como me tiro, ¿te pone eso a ti?. Si quiero tirarme lo haré yo sola, y no porque un gilipollas me dé un susto de muerte. ¿Se puede saber quién eres tú y qué quieres?, ¿cómo has entrado aquí?.
- No soy nadie importante, y no quiero nada especial, me apetece conversar un poco contigo.
- Claro, pasabas por aquí y te has dicho: "Voy a charlar un rato con esta chalada". Pues yo no tengo ganas de conversación, he venido para estar sola, así que ya te estás largando con viento fresco antes que llame a seguridad.
- ¿Has visto qué preciosa está la luna?, está llena y se refleja en tu pelo.
- Lo que me faltaba, un poeta lunático. No, no me he fijado en la luna, es un simple satélite.
- ¿Te acuerdas de la última vez que contemplaste la luna, Nuria?
Me vuelvo hacía él. Es un hombre joven y atractivo. Su mirada me taladra y parece que lee en mi interior.
- ¿Quién eres tú?, ¿cómo sabes mi nombre?, ¿qué haces aquí?. En mi cabeza se agolpan las preguntas, pero él no me responde y sigue hablando.
- Recuerda, Nuria, eras feliz, muy feliz. La luna lucía espléndida y tú estabas enamorada.
- ¡Cállate, cabrón, cállate!.
Me tapo los oídos, pero su voz, como un fino taladro, ha penetrado en mi cerebro.

Claro que era feliz, sólo faltaba una semana para mi boda. Acababa de hacer el amor con Andrés, mi prometido, el hombre al que amaba con toda mi alma. Salimos a pasear, abrazados, y nos sentamos en el parque. La luna, un gran disco de plata, era testigo mudo de mi felicidad. Por fin mi sueño se iba a hacer realidad: tendría una familia, mi propia familia, la familia que nunca tuve. Al día siguiente, quise darle una sorpresa a Andrés y me presenté en su casa, sin avisar. Tenía llave, así que abrí la puerta con sigilo. Cuando me acercaba a la habitación, oí murmullos y pensé que era la televisión. Pero, al abrir la puerta, le encontré "dándole por el culo" a nuestro más íntimo amigo. Más íntimo de él que mío, claro. Durante unos segundos permanecí inmóvil sin poder apartar la vista de aquel espectáculo, el tiempo suficiente para que ellos descubrieran mi presencia. Salí de allí corriendo, y seguí sin parar hasta que las nauseas me hicieron vomitar. Cuando poco a poco mi respiración se fue normalizando, llamé a mi secretaria y le ordené cancelar todo lo referente a la boda. No le di explicaciones, sólo que me marchaba durante unos días. No lloré, me dediqué a coleccionar hombres y a acostarme con ellos sin sentir absolutamente nada. Regresé a mi vida y a mi trabajo.

Ahora la imagen que tanto me costó borrar de la mente, aparece de nuevo y todo gracias a este hijo de puta que no sé lo qué quiere de mí. Ahí está la luna, hermosa e imperturbable. La miro.
- La vida es hermosa, Nuria, como esa luna.
- Vete a la mierda y déjame en paz. ¡Qué sabrás tú de mi vida!
- Más de lo que crees ¿seguimos repasándola?
Doy un trago a mi vaso y le miro, temblando. Tengo miedo de él y al mismo tiempo me tranquiliza su presencia.
Se ha quedado callado. El aire frío me ha despejado completamente. Miro al vacío que me atrae como un imán. Estoy muy cansada, cansada de esta vida inútil: mi vida. Noto su mirada que me atrapa, me tiene allí pegada y yo quiero volar.

- ¿Has vuelto alguna vez al mar, Nuria?- de nuevo, me sobresalta su voz.
- Cállate.
- ¿Y a tu casa?, ¿has vuelto a casa, Nuria?
- He dicho que te calles ¡Cállate!. ¿No ves que no quiero escucharte?, ¿qué pretendes?, ¿has venido a joderme la vida?. Déjame en paz.
- ¿A esto le llamas vida?, si estás pensando en acabar con ella, que más te da. No tienes vida, Nuria. Tú misma te la negaste aquel día ¿recuerdas?, el último día que viste el mar. Nuri, haz un esfuerzo... recuerda.
- No me llames Nuri, no lo hagas, nadie me llama así. No quiero, no quiero recordar. Te odio, te odio, eres un cabrón, hijo de puta, eres ...

Todo es inútil, ha conseguido otra vez su propósito. Mi mente está muy lejos de aquí: en aquella playa. Era mi cumpleaños y me sentía mayor, ya tenía ocho años. Papá había cogido el día libre y nos dio una sorpresa a mamá y a mí. Subida en aquellos hombros fuertes, sus hombros, era la reina del mundo. Desde aquella altura impresionante para mis ojos infantiles, me lanzaba de cabeza al agua, para abrazarme luego al cuello de mamá, que olía a mar. Ella me había despertado esa mañana, con besos suaves, acariciándome la espalda con su pelo. Yo hacía como que dormía para que ese roce no terminase nunca. Acababa de ducharse y su piel desprendía aroma de coco, el jabón que usaba siempre. Al anochecer, volvíamos a casa. Yo estaba feliz y agotada. Duerme, Nuri- me dijo mamá- duerme, enseguida llegaremos. Y estaba dormida, completamente dormida, cuando me sentí golpeada violentamente, el coche daba vueltas de campana y yo gritaba llamando a papá y a mamá.

- ¿Quién demonios eres?, después de tantos años, ¿por qué vienes a recordarme todo esto?- Mientras pregunto, me he bajado de la barandilla y estoy frente a él, mirándole a los ojos.
- Yo estaba allí, siempre he estado contigo, desde el día que naciste. Estaba impasible mirando como abandonabais vuestros cuerpos. Sí, Nuria, tú también deberías haber muerto en ese coche, pero te salvé la vida.
- ¿Por qué lo hiciste?, ¿por qué?, ¿no te das cuenta que yo deseaba morir?, ¿qué estoy intentándolo desde entonces?. Te odio, cerdo "metomentodo", ¿quién te mandó meter las narices en esto?.

Sin darme cuenta, estoy gritando y golpeándole con rabia. En este momento, deseo matarle. Él permanece quieto, aguantando mis golpes. Poco a poco, mis brazos y mis puños van perdiendo fuerza. Resbalo lentamente hasta que me quedo sentada en el suelo. Se sienta a mi lado.

- Mis órdenes eran de no hacer nada, los tres debíais morir, pero al pasar junto a mí, tu madre, no sé como, me vio. Me miró a los ojos y la oí susurrar: "Ella no, por favor, te lo suplico, ella no, sálvala". No sabía lo que hacer, nunca les había desobedecido y temía lo que pudiese ocurrir. Pero, antes de que fuera demasiado tarde, te cogí y te deposité nuevamente en tu cuerpo. Cuando llegó la ambulancia, llorabas. Desde aquel día no has vuelto a hacerlo y yo he seguido a tu lado.

Las lágrimas han empezado a brotar de mis ojos resecos. Discurren por las mejillas. Unas, se meten por la comisura de los labios y siento su sabor salado como el agua de aquel día en la playa. Otras, caen como gotas de lluvia sobre mi pecho. Tengo mucho frío y estoy temblando. Pienso en mi casa. Nunca volví, lo único que hago es firmar el cheque que mis abogados me presentan cada año para pagar a la vieja Jacinta, la casera. Tampoco la he visto más. Sin parientes próximos, mi destino fue un colegio interno donde me formé para seguir con los negocios de mi padre.

Su voz suave me murmura al oído: Duerme, Nuri, duerme, pronto estaremos en casa.

Me duelen los pies, estos puñeteros tacones me están matando. No sé como se me ocurre ponerme a andar a estas horas, con lo fácil que hubiera sido coger un taxi cuando salí de la fiesta. Me quito los zapatos y hago un esfuerzo por ubicarme. Creo que me he perdido. No, no estoy perdida, no sé cómo he llegado hasta aquí. Estoy parada delante de mi vieja casa. En el piso de abajo se enciende una luz y una pequeña rendija dorada se proyecta hasta mí cuando se abre la puerta. Vuelvo la cabeza al cielo y miro la luna, que contempla, impasible, a una niña vestida de Versace, con los ojos inundados de lágrimas y los zapatos de tacón en la mano.
Estoy cansada, muy cansada.
 
El reino de Sosiego
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El reino de “Sosiego”


Os voy a contar un cuento:

Érase una vez ... una princesa que vivía apaciblemente en un reino llamado “Sosiego”. Ella era relativamente feliz con su príncipe, sus principitos y los familiares y amigos que la rodeaban. Y digo relativamente, porque sé de lo que hablo, yo comparto la vida con la princesa en el papel de dama de compañía y salvaguarda de sus más íntimos secretos. Y digo relativamente, porque ella era todo lo feliz que podía ser, sobre todo cuando no se conoce otro modo de vida diferente y siempre se ha estado rodeada de las mismas personas, y más o menos en parecidas circunstancias.

La vida de la princesa transcurría sin demasiados hechos destacables: no había ninguna gran tragedia, ni tampoco grandes goces, todo estaba como hecho a la medida de la normalidad. Claro que a veces había pequeñas desavenencias y enfados, preocupaciones, enfermedades leves... pero todo eso solía solucionarse casi por si sólo sin cobrarse más que algunas noches de insomnio y poco más.

Ella dedicaba sus ratos libres a disfrutar de las cosas que le resultaban agradables: la música, el ejercicio físico, la lectura, las representaciones teatrales, la grata tertulia con amigos. Pequeñas cosas que le reportaban pequeños placeres. Todo era pequeño, pero su suma, daba un resultado considerablemente abultado.

La princesa, que cómo ya he dicho disfrutaba mucho con la lectura y acudía siempre que podía al cuenta-cuentos para que le relatase historias de países lejanos, se preguntaba a menudo ¿por qué ella nunca había sentido ese AMOR (con mayúsculas) sobre el que tanto había leído? Ella amaba a su príncipe, pero siempre había sido un amor tranquilo, quizá porque lo había conocido siendo casi niña y se había acostumbrado a él y a su cariño. El hombre que compartía su vida era cariñoso, dulce, atractivo, inteligente, y muy fogoso. Y ella empezó a quererlo por todas esas cosas, porque se sentía protegida a su lado, mimada, adorada.

Rebuscaba en su memoria queriendo encontrar algún rescoldo, alguna pista que le llevase a pensar que sí, que ella también se había sentido morir de amor por alguien. Quizá lo más parecido que puede recordar es el primer amor de adolescente, el primer chico que le gustó y que nunca olvidó, seguramente por ser el primero que despertaba en ella ese sentimiento. Por otro lado, había tenido algún que otro romance pasajero, que si bien habían sido excitantes en un principio, no pasaron de ser un ligero revoloteo de mariposas.

Y la princesa pensaba que moriría sin haber sentido la alegría y el dolor, porque todos decían que dolía, de ese gran AMOR desconocido.

Hasta que un buen día, llegó al reino un personaje algo extraño y un tanto estrambótico, con verde mirada y hermosa sonrisa. Yo, que fui testigo, puedo decir que no pasaba desapercibido, no sólo por su apariencia física, sino también por su forma de ser y de expresarse. Tenía que pasar... y pasó. La princesa y él se encontraron y empezaron a conocerse.

Ella se sintió enseguida atraída por esa personalidad, e incluso algo envidiosa por la forma de vida de aquel hombre. Le gustaban sus firmes convicciones, el no dejarse llevar, como el resto de los mortales, por lo que se consideraba “normal” en todo el reino. Y eso la hacía pensar en su propia vida, en la inercia de las circunstancias, en que seguramente no era esa la forma en la que a ella le hubiera gustado vivir, pero ya era demasiado tarde para cambiarla, porque eso podría significar dolor y heridas difíciles de curar.

Se encontraban a menudo para hablar y él le contaba historias, anécdotas... daba igual. Ella se embebía de sus palabras porque siempre había sentido mucha curiosidad por cualquier cosa que le resultara interesante y porque escuchar su voz era como un bálsamos que la transportaba a otros lugares y otros mundos. Él era capaz de hacer pararse los relojes o que funcionasen a toda velocidad, dependiendo de si estaban juntos en que las horas a la princesa se le convertían en segundos; o cuando estaban separados, en que a ella los minutos se le hacían eternos. Así fue pasando un tiempo, y lo que empezó siendo una gran amistad y admiración, se convirtió para la princesa en algo mucho más íntimo. Ese hombre se convirtió en el centro de sus pensamientos, en su vía de escape. Él representaba o era capaz de hacerla sentir la alegría más exultante o la más horrible de las angustias. Él la hacía vivir con total intensidad. La princesa se preguntaba si eso era el AMOR, con mayúsculas. Estaba segura que no se trataba de una “atracción fatal” pues no había habido ninguna relación sexual entre ellos. No es que no la deseara, pero no era la parte más importante en esta relación.

Un fatídico día, el extraño visitante se exilió del reino, voluntariamente. Y la princesa empezó a entristecer. Ante los ojos de todos, ella seguía siendo la misma. En las mañanas cuando se levantaba, se sentaba ante su tocador y tapaba las huellas de las horas pasadas en vela. Se ponía tan guapa como podía. Y se pintaba una sonrisa. Seguía atendiendo sus obligaciones, y ocupándose de todo lo que requería de su atención. Incluso coqueteaba con algún hombre que no se resistía a piropearla. Pero todo lo hacía como una autómata, sin pararse siquiera a pensarlo. Hasta el deseo sexual se había apagado. Se sentía sin ganas para las relaciones carnales, no la excitaban igual las caricias, ni las lecturas que antes la provocaban. Estaba adormecida por dentro. Sólo se levanta como si renaciera, los días en que los sueños lo trajeron hasta ella, en los que camina por los pasillos de palacio como sonámbula, recreándose en su recuerdo.
Además de la tristeza, y la añoranza, la princesa se siente culpable de que él se haya marchado. Quizá nunca debió hacerle saber que lo que sentía por él era más que una amistad. Quizá él se marchó para que ella no alimentase ilusiones imposibles. Quizá él no sentía por ella nada más que un amigable cariño. Quizá... quizá...

Yo ya no sé qué hacer con ella. Intento distraerla, hacerla reír, embarcarla en nuevas ilusiones, en proyectos que sé que eran su sueño, pero tropiezo siempre con su indiferencia. Se deja llevar, sí, pero no le pone ganas, ni ilusión, ni nada.

A veces, la dejo que se desahogue llorando en soledad, intentando que nadie la moleste. Sé que las lágrimas calman su espíritu y esa ansiedad que se apodera de ella. Como esta mañana, cuando tuvo noticias de él. Hablaron largo rato, aunque a ella le parecieron escasos minutos. A veces, casi no atendía a lo que él le contaba, intentaba retener su voz para que el recuerdo persistiese durante más tiempo. Luego se despidió deprisa, antes de que las lágrimas rompieran el dique que las contenía. Y cuando por fin estuvo sola, las dejó desbordarse sin impedimentos, hasta que se le secaron los ojos.

Albergo alguna esperanza, hoy me confesó que no se arrepiente ni se arrepentirá jamás de haberle conocido, porque de otra forma no hubiera sentido nunca lo que no es capaz ni de describir. Que seguirá siendo la princesa a la que todos aman, pero que nada ni nadie le hará olvidar a ese extraño personaje que le regaló la vida. Y me ha dado un recado para que se lo haga llegar, así que tengo que salir corriendo en su busca. Como sé que a mi princesa no le importará he leído lo que pone en su pequeña nota:
“Te quiero, no te olvides de mí”



 
Cabeza, corazón y sexo
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Nunca sé si decir que te quiero o quedarme en silencio, esperando a que tú te decidas a dar el primer paso. Creyendo, mientras tanto, lo que quiera creer mi corazón, mi cabeza o mi sexo. Claro que cada uno puede pensar cosa distinta... ya se pondrán de acuerdo. Los dejo que conversen, que discutan, sin llegar a las manos, que eso no es de órganos educados y serios.

El corazón jamás razona, no, él se deja llevar por sus latidos. O por corazonadas, que no son más que golpes de intuición, o de esperanza, y a veces también de desaliento. Todo depende de su ritmo. Si danza alborotado al son de los tambores, como en esas películas antiguas con negros sudorosos bailando alrededor de cálidas hogueras, entonces, es que una mirada tuya, una sonrisa o sólo un gesto despertó su vena bailadora. Y la caja del pecho donde vive encerrado se le queda pequeña. Choca con paredes esponjosas y molestas costillas, en su afán por saltar más y más alto. El muy tonto... querrá salir volando. Otras veces, por el contrario, se ahoga en mar de lágrimas. Y me asusta. Si apoyas tu cabeza, aquí, en mi pecho, se oye un susurro apenas, como esas viejas máquinas que ya no tienen fuerza suficiente y a duras penas logran mantenerse en marcha. Y cuando le pregunto: “Vamos, corazón, dime ¿tú qué crees que siente?” Me mira apenado y lloroso levantando los hombros. Pues... menuda respuesta.

La cabeza, sí, ella se alza orgullosa y proclama que en esto del amor nadie puede quitarle la razón. Porque ella piensa y analiza. Desmenuza cada sensación que llega a su cerebro, como en una autopsia. Sólo que lo que disecciona no son cuerpos sin vida, cadáveres a los que ya no les importa lo que se haga con ellos. Ella, esta cabeza que se cree tan lista, con fino bisturí rasga miradas, que se convierten en masas deformes y sanguinolentas, que ya no miran nada. Y luego coge algún beso despistado, lo parte en dos, como un pescado, y pierde su dulzura y su inocencia, que se escapan mezcladas entre la sangre roja, salpicando su impoluta bata. Al final, tantas y tantas vueltas les da a las sensaciones que se quedan en nada, y ni ella misma se aclara. Y cuando le pregunto: “Vamos, cabeza, dime ¿tú que crees que siente?” Me mira con fría indiferencia, intentado disimular su desconcierto, y levanta los hombros. Pues... menuda respuesta.

Ya sólo me queda acudir al sexo. Y la verdad, no sé si fiarme mucho de él, es un poco animal. Es primitivo. Solo siente oleadas de deseo cuando te acercas, que enseguida convierte en humedades. Y claro, eso lo desordenada y lo trastoca de tal modo, que no creo que tenga mucho tiempo de fijarse en lo que sientes tú. Bastante ocupado está en hacer callar a la cabeza, que con su cantinela no para de darle la tabarra: “piensa bien lo que haces, que tú en cuanto te mojas, ya no hay quien te controle”. Y el corazón, por otro lado, anda incordiándolo también, porque late tan fuerte que cualquiera diría que una manada de caballos salvajes se desbocó en el pecho. Y el sexo se concentra en lo suyo y sólo piensa en dejar el deseo satisfecho, en llenar el vacío que siente allí, tan dentro, en saciarse de ti. Y ya, ni le pregunto ¿para qué? Me mirará con ojos que no saben de qué puñetas hablo. Y elevará los hombros. Pues... menuda respuesta.

Nuca sabré si decir que te quiero o quedarme en silencio.


 
Des-cubriendo
Hoy, post doble. O no, porque ya es mañana. Y es que no quería olvidarme de dos descubrimientos que vienen de la mano de Tania. Cómo me gustan las cosas que comparte conmigo.

Una es una frase, que es fiel reflejo de mi pensamiento, la puso García Márquez en boca de un personaje de su invención: Florentino Ariza:

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"EL CORAZÓN TIENE MÁS CUARTOS QUE UNA CASA DE PUTAS".


Y la segunda es un poema de Rosario Castellanos:

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AJEDREZ

Porque éramos amigos y a ratos, nos
amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.

Pusimos un tablero enfrente
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.

Henos aquí hace un siglo, sentados,
meditando encarnizadamente
como dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.

 
Aquellos tiempos (II)
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Cuando yo entré a trabajar en la empresa, aún era relativamente pequeña (la empresa, digo). Ya tenían algunos almacenes desperdigados por el país, pero cada uno se gestionaba por sus propios medios.

En aquel momento componíamos la administración diez o doce personas. La gerencia la componían Don A.LL., el dueño, y su hijo JM (no, no era JR). Luego había un apoderado el Sr. S. catalán, serio, al que todos teníamos un respeto fuera de lo normal. Le gustaba la perfecta organización y con sólo una mirada de él te echabas a temblar. Hacía unos meses que trabajaba yo allí, cuando me llamó un día a su despacho y me pidió un documento. Yo no lo encontré por ninguna parte y estaba segura de que a mí nadie me lo había entregado. Me metió un puro que salí del despacho llorando, dispuesta a largarme de allí a toda prisa. Me calmaron los compañeros y el adorable Sr. D. Al cabo de unos días, resultó que el dichoso papelito lo llevaba JM en la guantera del coche, porque dicho sea de paso, era un verdadero desastre para esas cosas. El Sr. S. el gruñón, que por cierto tenía cierto parecido con Jordi Pujol, no me llamó esta vez a su despacho, vino al mío, y delante de todos los compañeros me pidió disculpas. Desde aquel día nos entendíamos a la perfección y ya no me parecía el ogro que podía comerme de un bocado.

También recuerdo a otro Sr. S. pero éste era muy distinto. Se encargaba de la centralita de teléfonos, y también era muy mayor. Andaba por el pasillo a pasitos muy, muy cortos, que te daba la impresión que no iba a llegar a su destino. Había unas cuantas chicas más, todas algo mayores que yo, pues la pobre Des era la novata del grupo. En la sección comercial, la que se encargaba de las compras y ventas, estaba el jefe Sr. G. un hombre orondo y tranquilo, y la pareja más cachonda de toda la oficina: José María y Ximo. José María era vasco y se encargaba de las compras, y Ximo era valenciano, el abogado de la empresa. Ambos estaban solteros y ya tendrían sus veintimuchos. Todos los viernes se iban de juerga y el sábado (entonces el sábado era día laborable) venían los dos con un cachondeo tremendo. La mayoría de las veces llegaban al trabajo sin dormir, pues se habían pasado toda la noche de farra. El hijo del señor S., el de la centralita telefónica, era el cajero, además de ser el tío más guapo de la oficina, parecía un actor de cine, y los sábados tenía que pagar los salarios del personal de fábrica, que entonces se hacía con dinero efectivo. Muy pulcro él, colocaba los billetes en la mesa y las monedas ordenadas en torres perfectas. No había ningún sábado que José María o Ximo, en un descuido, no le destrozaran aquellas montañitas que tanto le habían costado colocar. Daba igual que se enfadase y les llamase todo lo que le venía a la boca, aquellos dos se lo pasaban por el forro.

Luego llego la revolución. Compraron un ordenador de esos gigantes de IBM que funcionaba con fichas perforadas y que necesitaba una habitación para él solo. Una habitación que siempre estaba helada, pues tenía que tener la temperatura adecuada para que aquello no se calentase en exceso. Y llegaron una nueva remesa de gente: programadores, analistas y chicas perforistas (así se les llamaba a las que se pasaban el día tecleando datos). Todos eran jóvenes y ahí empezamos a pasarlo bien. Al Sr. S. el de los pasitos de hormiga le jubilaron y se encargó de la centralita una chica simpática y dicharachera, Virginia, que daba mejor imagen de la empresa. A mí me encargaron dirigir y controlar la facturación de todos los almacenes, por lo que estaba en contacto directo con el departamento informático. Había tres chicos, dos analistas Vicente F., y Jose. Y un programador y jefe del departamento Vicente B. De los dos primeros cabe destacar a Jose, era el clásico macarra y ligón. Gustaba vestir en verano pantalones blancos y ajustados que dejaban entrever (y a veces algo más) su dotación masculina, cuando te daba un beso en la mejilla, siempre se acercaba peligrosamente a la boca. Era un ligón en potencia. No sé cuántos rollos llevaba a un tiempo, que además solían llamarlo por teléfono al trabajo. Un día la telefonista al recibir una llamada de una mujer preguntando por él, créyó reconocer la voz del otro lado de la línea: "Un momento, por favor, Yolanda, te paso enseguida". Y resultó que... no era Yolanda, era Cristina. El follón que le montó la susodicha a Jose fue sonado, ya que la tal Cristina era su novia formal (y no sé por qué digo formal).

Yo me llevaba maravillosamente bien con el programador Vicente B., era un motero algo extravagante (y es que siempre me llevé bien con los hombres extravagantes). Lucía barbita algo rala y bigote, y un cabello alborotado de cierta longitud, de un rubio oscuro. Sus ojos verde-azulados eran impresionantes. Era de un estatura media y muy delgado. Me embobaba con él sólo escuchándole. Un día alguien quiso gastarle una pequeña broma que casi nos cuesta un disgusto. No me acuerdo a quien se le ocurrió la idea, el caso es que encontraron un pájaro, un pequeño gorrión muerto en el poyo de la ventana y lo metieron en el cajón de la mesa de Vicente. Llegamos por la tarde, después de comer, y fuimos a su despacho para seguir con el trabajo que hacíamos en conjunto. Yo le decía cómo quería los diferentes informes de facturación y el hacía el programa correspondiente. Abrió el cajón para sacar un cigarro y allí estaba el pajarito. Se puso pálido y empezó a ahogarse. Le faltaba la respiración y yo le miraba sin saber qué hacer. Como pude me lo llevé de allí sin saber cual era el motivo de su repentino ataque. Resultó que tenía una tremenda fobia a los animales con plumas, y más si estaban muertos.

Entonces también llegaron los días en que nos quedábamos a trabajar de noche....... pero eso lo cuento mañana.

Feliz fin de semana.

 
Aquellos tiempos
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Hoy había quedado para tomar café con una vieja amiga. Como ya os dije, tengo pocas, pero especiales. A Luisa la conozco hace treinta años, fuimos compañeras de trabajo durante los diez primeros, y luego, aunque nuestra vida laboral tomó distintos rumbos hemos seguido manteniendo nuestra amistad. Vivimos cerca, ella está en el pueblo de al lado, así que nos vemos de vez en cuando para tomar algo o para irnos a cenar las dos, mano a mano. Ya hemos planeado una cenita para la semana que viene. Luisa es hija única y soltera. Es tranquila, reposada, en todos estos años jamás la he visto alterarse, ni levantar la voz, ni enfadarse. Y mira que yo era dificil de soportar, con ese genio endemoniado que tenía, que afortunadamente se ha ido calmando con la edad, aunque de vez en cuando aun colea.
Casi siempre que nos juntamos, después de hablar de nuestro presente, vienen a nuestros recuerdos aquellos años en el trabajo.

Mi vida laboral se compone de dos únicas empresas: en la que trabajo en ese momento, y la anterior. Ésta pertenecía a un gran grupo de empresas metalúrgicas con almacenes en toda España. Yo trabajaba en la central que está en mi pueblo. Empecé allí recien cumplidos los dieciseis años. Allí llevábamos toda la administración de las distintas filiales, por lo que éramos cincuenta administrativos incluyendo a los jefes. La mayoría de la plantilla se componía de gente muy joven, por lo que trabajábamos y nos divertíamos mucho haciéndolo. Era rara la semana en la que no montaramos alguna fiesta: el cumpleaños de menganito y salíamos a tomar una copa, el santo de fulanita y salíamos a tomar otra, que uno se casaba, teníamos una comida o una cena, que la mitad nos íbamos de vacaciones, había que celebrar una despedida.... y así hasta el infinito y más allá.

Afortunadamente, yo tenía unos padres bastante permisivos en ese aspecto, siempre han confiado en mi criterio, así que no tenía ningún problema para salir por las noches. Algún problemilla empezó a ponerme el chico con el que empecé a salir, hoy mi marido, pero nunca he sido yo mujer a la que le corten las alas, así que despues de algunas broncas, tuvo que hacerse a la idea. Además, yo nunca le insinué siquiera que dejase él de salir con sus amigos ¿por qué iba a hacerlo yo? Siempre he creido que un matrimonio no es una cadena perpétua y que cada uno debe seguir manteniendo sus amistades. Está bien que mi marido comozca a mis compañeros de trabajo, pero si organizamos una comida o una cena, somos nosotros los que debemos disfrutarla, las parejas respectivas suelen aburrirse al no estar en su ambiente. Y lo mismo con los de él. Son parcelas privadas y ninguno debe inmiscuirse en la del otro.

Había un señor, que entonces a mí me parecía un viejito y tendría unos cincuenta y tantos años, que era el que había empezado de contable en la pequeña empresa con el dueño, antes de convertirse en lo que fue despues. Era un hombre adorable, metódico hasta el extremo. El señor D. parecía Don Quijote (os estábais preguntando que tenía que ver la imagen con lo que estoy contando), igual de alto y desgarbado. Él se ocupaba de la contabilidad en las propiedades personales del dueño, y aún lo hacía "a mano" en los antiguos libros contables. Usaba uno de esos lápices que son azules por un lado, y rojos por el lado opuesto. Y siempre, siempre escribía con lápiz. Decía que para borrar bien algo escrito con lápiz había que borrarlo treinta y siete veces, ni una más ni una menos. Andaba siempre ensimismado. A veces, cuando terminábamos el trabajo, nos quedábamos en un bar que había enfrente de la oficina, sólo para verle salir. Cerraba la puerta con llave y se dirigía hacía su viejo seiscientos. A mitad de camino, volvía sobre sus pasos y comprobaba que la puerta estaba bien cerrada. Y así, hasta tres o cuatro veces. Hacíamos apuestas a ver en cuantas ocasiones retrocedía. Tenía una paciencia tremenda para enseñar a los nuevos, y nunca le oi decir un taco, sus palabras más fuertes eran: "cáspita" "mecáchis" "recaray"... Sabía muchísimo sobre cualquier cosa. Y es que el hombre se empapaba de todo lo que les pudiera interesar a cualquiera de sus dos hijos. Por ejemplo, supongamos que a uno de ellos le gustaba la espeleología, pues allí tienes al señor D. leyendo todo lo que caía en sus manos sobre este tema. Que al otro le daba por tocar el xilófono, pues el señor D. a leer, no solo sobre ese instrumento en particular, sino sobre todo lo que tuviera que ver con la música. No me extraña que anduviera siempre ensimismado, creo que en aquella cabecita tan pequeña no podía caber tanta información. Adorable señor D., no sé si aún vivirá, hace muchos años que no sé de él.

Yo empecé mi andadura profesional como auxiliar del señor D., pero como era la única en toda la administración que poseía el título de périto taquígrafo, y no sólo lo poseía, sino que, modestia aparte, era muy buena (aún lo soy, pero menos) con la escritura de signos, me convertí en la secretaria de toda la dirección. Cuando un jefe quería dictar una carta, allá iba Des. Así tuve que tragarme muchas reuniones con los directivos de otras empresas, de almacenes, con abogados, etc., hasta altas horas de la noche, escribiendo garabatos a toda prisa, mientras ellos hablaban, hablaban, y hablaban, para luego traducirlas y hacer los informes en limpio. Eso también me sirvió para saber moverme entre esa clase de gente y quitarme la timidez. Al principio, cuando me llamaban a la sala de reuniones, abría la puerta y me encontraba con diez o doce pares de ojos mirándome, el rubor me llegaba hasta la raíz del pelo. Y no veas, cuando el que me dictaba perdía el hilo de lo que estaba diciendo y yo, en voz alta, y otra vez con todos los ojos puestos en mí, tenía que leer parte de lo que llevaba escrito hasta el momento. Al poco tiempo, me acostumbré. Uno, porque a muchos ya los conocía. Y porque fui tomando confianza en mi misma y en mi capacidad para hacer bien el trabajo.

¡Uf! no lo hago más largo, mañana sigo contando...
 
Des-orientada
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Este año me está costando mucho adaptarme al ritmo de trabajo después del verano. No sé qué me pasa. No es que me muera por trabajar pero siempre me gustó mi profesión y me sentía cómoda en la oficina. Pero ahora... se me hacen los días larguísimos, parece que el reloj se hubiera parado y esta semana se me antoja eterna.

Me agobio. No, no me agobia el mucho trabajo. Habitualmente eso me suele dar vitalidad. Ahora me aburre hacer siempre lo mismo. No tengo ganas de hablar y me paso todo el día colgada del teléfono, con unos deseos inmensos de estamparlo contra la pared. El jefe no está por allí, pero no sé qué es peor porque me llama cada cinco minutos. Muchas veces, ni siquiera recuerda para qué me ha llamado ¡manda narices!. Digo yo si no sería más normal cuando pasa de buena mañana por el despacho comentar todo lo comentable. Pues no, acaba de salir por la puerta y ya está sonando el teléfono. Si fuera mi amante no me llamaría tanto, seguro.

Y lo dificil que es hacer buena cara a las visitas y pintar una sonrisa, cuando estás deseando acabar y la cabeza quiere volar hacía otras latitudes. A veces, ni siquiera escucho, sólo veo una boca parlante y asiento, asiento, asiento, una y mil veces. Como una autómata. Cualquier día diré sí, cuando deba decir no, y viceversa.

Y además no tengo paciencia, lo noto. Me exaspero si tengo que explicar las cosas más de una vez, o responder a una pregunta tonta. Disimulo, pero creo que se nota en la mirada. Mis ojos siempre hablaron por mí, y ahora temo que lo hagan demasiado. Así que bajo la mirada. Hoy le pegué una grandísima bronca a mi compañero. Con razón, eso sí, pero nunca lo había hecho. A pesar de mi genio maldito, en el trabajo suelo controlarme y más con este pobre que me adora.

O necesito un cambio urgente. O me estoy volviendo una horrible vieja histérica y gruñona. O es el síndrome ese postvacacional o como se llame. O ¿será la menopausia de la que tanto hablan?. Que no, ¡leñe! que aun soy muy joven. Tiene que ser un virus de esos extraños que pululan por este aire contaminado.

A ver si mañana encuentro unas pilas de esas superenergéticas y me las coloco.

Menudo invierno me espera.
 
Queriéndote
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Cuando el desánimo, sonriente, penetra en mi alma pretendiendo ganar la batalla, te pienso en secreto. Cuando la soledad, descarada, se desliza por mis venas, queriendo inundarme, te llamo en silencio. Cuando la tristeza, altiva, se instala en mis ojos pensando cegarme, te imagino en sueños. Cuando la añoranza, alegre, se acomoda en mis manos deseando quedarse, te evoco en lamentos. Cuando el llanto, silente, se cuela en mi boca sintiendo que es suya, te beso en el aire. Cuando el deseo, fogoso, se adentra en mi cuerpo anhelando caricias, te grito en suspiros. Y entonces, me odio, me aborrezco, me detesto, me lastimo, me hiero, me golpeo, me insulto... Y luego, me mimo, me consuelo, me conforto, me abrazo, me acaricio, me gozo, me quiero. Y lo intento, lo ensayo, lo pruebo... y te olvido, un tiempo.

Pero... mañana. Mañana volveré a lo mismo, como un día que se repite, una, y otra, y otra vez. Como la película aprendida de memoria que me duele y no puedo dejar de ver. Como un día en el calendario perpetuo de mi rutina. Como una enfermedad recurrente que no tiene cura. Como un vicio dañino que mina mi cuerpo. Como un lunar que crece y no puedo extirpar. Como una serpiente que me brinda su abrazo mortal.

Mañana, temblaré, pensando que tengo que quererte de nuevo. Y en mi lúcida estupidez, desearé que ocurra para poder seguir viviendo.

Queriéndote.

 
Mis almas
Mis almas... así es como yo llamo a mis dos mejores amigas, a mis verdaderas amigas. Creo que nunca he hablado de ellas, o si lo he hecho, ha sido así como de pasada, pero ya va siendo hora de que les dedique un post completo. Es muy poco para todo lo que ellas se merecen, pero junto con mi cariño incondicional, es lo único que tengo.
Las encontré en Internet, o me encontraron ellas a mí. Pero eso no importa, el caso es que nuestros caminos se cruzaron, por suerte para mí. Somos totalmente distintas y al mismo tiempo, nos parecemos mucho. Coincidimos en nuestra forma de ver el mundo, de vivir la vida, en muchos conceptos básicos. Y lo más importante es que hay un respeto absoluto hacía el modo de actuar y los sentimientos de cada una. Nadie sabe más de mi yo interior que ellas dos. Nadie.
Desde que nos "conocimos" hace ya más de dos años, hemos estado juntas fisicamente en dos ocasiones inolvidables. El resto del tiempo nos comunicamos mayormente vía correo electrónico. Todos los días los e-mails van y vienen constantemente. Cuando una de nosotras escribe un correo lo hace a las otras dos a un tiempo, y cada una contesta también a las otras dos. No sé qué haría si me faltasen.
Inés es bruja. Sí, de esas que echan las cartas y además... acierta. Es vitalidad en estado puro, dicharachera, toda bondad, se preocupa por todo el mundo y siempre está dispuesta a ayudar. Es juguetona y provocadora. Es una niña en el cuerpo de una mujer. Es capaz de conducir doscientos kilómetros para tomar un café conmigo si siente que la necesito. Escribe cuentos infantiles y humorísticos. Un día de esos en que la tristeza amenace con inundar este espacio, le pediré uno prestado para colgarlo en un post. Os aseguro que es como si el sol se abriese paso a través de las nubes inundándolo todo con su luz.
Y la quiero.
Tania es sabia. Con esa sabiduría pausada que no se hace de notar, reflexiva y serena. Es fuego por dentro, ternura y sensibilidad. Inteligencia. Escribe cuentos y poemas. Sus cuentos son historias de la vida, llenos de aromas y colores. Es capaz de hacerte oler el aroma de "sorpresa", o el de "la espera", o el de "la busqueda". Es capaz de inventarse frases así: "miró de soslayo, como si tuviera una travesura colgada de las pestañas" o "desde hacía mucho tiempo, los ángeles había huido del lecho donde ella acostaba sus fantasías". ¿No es genial?.
Y la quiero.
Las quiero con el querer que nace no sé donde, pero que está tan hondo y es tan inmenso que jamás se agota. LLoro con sus penas y río con sus alegrías. Nuestros corazones bailan al mismo ritmo. Y no exagero. Lo juro.
Conocen tan bien mi estado de ánimo, y yo el de ellas, que es como si estuviesemos frente a frente. Y como ejemplo, querría dejar aqui un soneto que Tania escribió ayer domingo. Es... perfecto.

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DOMINGO (TANIA ALEGRIA)


Este domingo sabe a muerte antigua.
La tarde se ha perdido en un atajo,
no estás aquí y una memoria ambigua
vacila en ademanes de espantajo.

Este domingo suena a perro herido
y duele como zarpas en la escara.
Tu ausencia sin adios es un gemido.
(¡Si al menos ese viento se callara!)

La sin-razón no es crítica ni encomio:
tú andas en puntillas por la nada
y este domingo huele a manicomio.

Este domingo sufre de añoranza.
Anda una enfermedad desharrapada
asesinando andrajos de esperanza.


 
El final del verano...
El final del verano llegó
y tú partiras. Yo no sé hasta cuando
este amor recordarás.
Pero sé que entre mis brazos
yo te tuve ayer, y eso sí que nunca,
nunca yo... olvidaré.....

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Siempre que el verano termina me acuerdo de esta canción. Y eso no hace más que recordarme... que soy muy mayor.
Después de leer a mi querido CAPITÁN, que por fin ha vuelto, casi que me dieron ganas de no escribir este post, porque con el suyo de Septiembre... no hay color. Pero bueno, me apetece contaros un poco lo que significa para mi el verano y su final.
En verano casi siempre suelen ocurrirme cosas importantes, buenas y malas, pero que marcan de algún modo mi vida. Así que, desde hace tiempo el año para mí termina cuando acaba el verano y empieza en Septiembre. Y no en la fecha que termina el año natural: el 31 de diciembre.
Empieza el trabajo duro, la jornada interminable, llena de timbres por todas partes, visitas, reuniones.... se acabó el "paseo" unas horitas por la oficina. Empieza el "cole". Por fin volvió mi madre de sus larguísimas vacaciones. Menos mal, porque no sé que haría sin ella, que se encarga del "enano" durante todo el año escolar en que nuestros horarios son del todo incompatibles.
He sufrido un mal final de verano, triste y lleno de dudas. Pero toca reponerse, porque yo soy así y no puede ser de otra forma. Al final, siempre logro encontrar el lado positivo de mis experiencias. Es una suerte, lo sé. O una lucha intensa para no meterme en un callejón sin salida. Un quedarme siempre con lo bueno y desterrar lo que me duele.
Creo que empezaré de nuevo a acudir al gimnasio, este último año no he tenido demasiado tiempo y lo dejé a un lado. Me apetece volver a "sudar la camiseta" y cargarme de energía. Si a la vida se le ocurre "tocarme las narices" quiero estar preparada para lanzarle un buen gancho de izquierdas y tumbarla patas arriba.

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Mañana prometo colgar una historia. He estado vaga, vaga, vaguísima, y no he terminado ninguna del montón que tengo empezadas. Y es que, a veces, no se puede...
Voy a dar una vuelta por vuestras casas. En algunas ya he estado y me he llevado una gran alegría al leeros de nuevo. Sigo haciendo mi recorrido... Feliz Septiembre.
 
Os cuento...
Antes de acostarme he querido pasar un momento por aqui. Estoy algo "disipada", por varias razones. Creo que necesito un respiro, no estoy con demasiados ánimos para escribir y además son fiestas en mi pueblo.
No me gusta demasiado el bullicio de las fiestas, pero a veces, viene bien. Es una forma de mantenerse distraida. Acabo de llegar de asistir a la actuación de "El Sueño de Morfeo". Debo confesar que no he prestado demasiada atención, quizá lo mejor de una noche así es encontrarte con amigos que hace tiempo que no ves. Esta vida ajetreada nos hace abandonar un poco las amistades. Mañana viene a cantar "La Unión"... estos me gustan más, seguramente porque son más de mi época.
Mi hijo se vistió de pirata para la cabalgata de disfraces y estaba así de guapo:

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Él sí que está disfrutando como un "enano" y eso me gusta. Me alegra verlo feliz y llegar rendido a casa.

Gracias por seguir pasando por aqui. Espero que el lunes todo vuelva a la normalidad y proseguir con mi rutina habitual.

Y ahora cambio de tema.

Querido visitante anónimo gracias por tu comentario en mi post anterior. Es un verdadero placer leer a alguien con tanta fluidez en el lenguaje y con tu maestría en el arte de la retórica.
Sí, tienes razón, esa historia está escrita con bastante mala leche, en ese momento "odiaba" a ese amigo silencioso que parecía haberse olvidado de mí. Mi intención era herirle. Sabía que iba a leerlo. Y es que soy egoista, muy egoista, y a veces bastante cruel. Jamás he dicho lo contrario.
Pienso que, posiblemente, tú al leer mi post has caido exactamente en lo mismo que a mí me echas en cara, te has quedado en las apariencias. Y como muy bien dices, éstas a veces, engañan.
La mujer mosca seguramente pensó que era menos doloroso para ella convencerse que su amigo silencioso estaba tranquilo conversando agradablemente, que no, como muy bien dices ocultando un drama, o dos, o más. La mujer escondió tras un post, pretendidamente humorístico, toda la angustia que sentía. Y la vistió de desprecio e indiferencia. Ella pretendía hacerle ver a ese amigo que necesitaba de su presencia.
Quizá se equivocó. O no.
Quizá no supo hacer llegar el mensaje que necesitaba lanzar al espacio cibernético, a falta de otros medios para exponer sus sentimientos. O sí.
Sea como sea, no suelo arrepentime de lo que hago. Soy así de impulsiva y a estas alturas de mi vida es dificil que cambie. Tampoco sé si quiero hacerlo.
Tu comentario me ha servido para reflexionar y te lo agradezco.
Y aunque quizá no sirva de mucho, quisiera dedicaros a tí y a él un hermoso soneto, que sé que le gustan.
Gracias a ambos.

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ESTE SABOR DE LÁGRIMAS (JULIA PRILUTZKY)

Gris y más gris. No estás, y yo estoy triste
de una tristeza apenas explicable
con palabras, y de una imperturbable
soledad, que por ti nace y existe.

Siempre de gris, mi corazón se viste:
polvo y humo, ceniza abominable,
y la envolvente bruma irrenunciable
que estaba ayer. Y hoy. Y que persiste.

Gris a mí alrededor. Contra mi mano
la nube espesa se va abriendo en vano
porque el fuego que soy, no está encendido

y hay niebla en lo que miro y lo que toco.
Ah, yo no sé... Tal vez te odio un poco
porque está gris, y llueve, y no has venido

FELIZ FIN DE SEMANA. Nos vemos el lunes.
 
Fly Woman
Os dejo unos días. En mi ausencia portaros bien, o no, mejor portaros lo peor posible, pero eso sí... no me olvidéis. Mientras, si quereis, podeis leer toda clase de historias en Archivos, o pinchar en mis enlaces favoritos, que aunque no están todos los que son, os aseguro que merece la pena leerlos. Vuelvo pronto.
Os quiero.

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Últimamente he descubierto que tengo un superpoder. No, no te rías Susi, que es verdad, te lo juro. Sí, como la superwoman, la mujer invisible y todas esas heroínas del cómic. ¡Joder! Susi no te rías. Mira, si vas a seguir así no te lo cuento. Bueno sí, te lo cuento, porque es que tengo que decírselo a alguien. Mi poder no es tan espectacular como los que tienen todas esas, no, incluso podría resultar algo molesto, pero oye, poco a poco estoy aprendiendo a sacarle partido. Vale, vale, te lo digo de una vez, pero tienes que prometerme que no te vas a "escojonar" ¿prometido?. Verás, pues resulta que me concentro y me reconcentro y me convierto en... MOSCA.

¿Lo ves? si ya sabía yo que no ibas a cumplir tu promesa. Claro, chica, yo habría preferido una mariposa, o un lindo pajarillo, e incluso una abejita libadora, más que nada por poder clavarle el aguijón a alguno, pero bueno hija, lo de mosca no está mal. Siempre me sentó muy bien el negro.

Oye, no sabes en la de sitios que te puedes colar, no te digo más, que anteayer estuve admirando a mi idolatrado Clooney. ¡Muérete, muérete de envidia! Sí, está por aquí de visita. En cuanto me enteré allá que me fui revoloteando. Mira que cansa eso de volar con estas alas tan chiquititas, pero me lo tomé con paciencia. El caso es que en un descuido, me colé en su habitación. ¡Joder! Susi que está bueno este tío. Hasta me permití posarme suavemente en... ya sabes dónde. Allí estaba segura de que no iba a intentar matarme dándose un manotazo. Porque eso sí, hay que andarse con cuidado, hay que ver la manía de los humanos de ir matando moscas, a diestro y siniestro. Yo también lo hacía, ya lo sé, pero ahora las dejo volar libres no vaya a ser que, sin querer, cometa un asesinato.

Lo pasé muy bien, Susi, y cumplí mi sueño de ver bien de cerca a George. Después de disfrutar un rato de sus encantos y más contenta que unas castañuelas, decidí ir a visitar a un amigo del que hace tiempo que no sé nada. Estaba preocupada, oye, ya sabes como soy yo que le cojo cariño a "to quisqui", que ya me lo decía mi madre: "Nena, ese corazón tuyo, te va a dar mas de un disgusto" pero yo, ni caso, para eso están las madres, para no hacerles caso.

Vale, chica, que impaciente eres. Como te iba diciendo fui a hacerle una visita, de mosca, claro. Y mira tú por donde que me lo encuentro con muy buen aspecto y de cháchara con una amiga, desplegando sus artes de conquista. Iba a dar media vuelta y largarme aleteando, y de paso dejarle alguna cagadita de recuerdo, pero la curiosidad me pudo y me quedé un rato a cotillear. Oye, y escucha lo que te digo, a veces cuando pasa eso, sería mejor taparse los oídos y así seguro que nos ahorrábamos disgustos. Mira que yo pensaba que el pobrecito igual estaba enfermo o que sé yo, pues no, él estaba tan campante y yo, triste y compungida...

El muy imbécil... ¿crees que tenía alguna pizca de preocupación por mí? No, hija, no. Me dieron ganas, si yo no hubiera sido una mosca, de apretarle los cojones hasta que se sintiera realmente mal. Como no tenía manos, me entretuve un buen rato dándole el coñazo, que el gilipolla ya no sabía hacía donde manotear, y le dejé la casa llena de cagadas por todas partes... ¡qué lástima no haber sido vaca!.

De vuelta a casa, iba yo pensando en ello, algo triste y cabizbaja, tan distraída que no me metí en la boca de un señor que hablaba sin parar por su móvil, de puro milagro. Y mira, Susi, dejé de sentirme herida por su falta de consideración hacía mí y sentí lástima de él, de mi amigo ¿sabes? Llegué a la conclusión de que, quien no es capaz de dar el valor que corresponde a los sentimientos de los demás, no merece nada, ni el aleteo de una mosca.

Otro día sigo contándote, pienso visitar a un antiguo amante que se las daba de echar dos polvos diarios. Te apuesto lo que quieras, a que si le toca uno a la semana ya se puede dar con un canto en los dientes.

Bueno, guapa, nos vemos.

 
Félix
Para inaugurar el mes de Septiembre, os dejo una historia que escribí hace algún tiempo, en la que el protagonista es un hombre. Espero que os guste.

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Hace unas horas intenté matarla, deseaba acabar con ella para siempre. Cuando apretaba su cuello con mis manos, veía su rostro tornarse morado, la garganta haciendo esfuerzos para que entrase el aire en los pulmones, los ojos mirándome desorbitados. Entonces, percibí su terror: tenía miedo a morir, me temía a mí. Y la solté.
Me horroricé, sentí asco por lo que había estado a punto de hacer, no quería convertirme en una bestia por su culpa. No, esto tenía que terminar. La pesadilla duraba demasiado.

Salí de la casa, la herida de mi cabeza latía sin cesar y no dejaba de sangrar. Me la había hecho ella al golpearme con la botella. Dirigí mis pasos hacia el hospital más cercano, debía verme un médico y seguramente necesitaría algunos puntos de sutura.

Pero esta vez no mentiría, no me inventaría accidentes o golpes fortuitos, le diría la verdad al doctor.

Ya me han curado y han hecho los informes pertinentes, así que ahora estoy en una pequeña salita esperando a una persona experta en estos temas. Ya ha llegado: es una mujer. Creo que será más fácil, para mí, hablar con ella que si lo hiciera con un hombre. Temo las burlas, las miradas de “no me lo puedo creer” o de “¿cómo un hombre puede aguantar eso?”. Empezamos a hablar y esto me tranquiliza, hace que me confíe, y voy deshilando la historia de mi vida.

Conocí a mi mujer cuando yo tenía 24 años y ella 22, era una bella mujer, con carácter. Me enamoré nada más verla. A mi madre no le gustaba. Nos casamos al poco tiempo, yo tenía un buen trabajo y no veía el momento de compartir mi vida con ella. Al principio, todo iba bien y éramos felices. Pero, poco a poco, fue mostrando su carácter dominante: le molestaba que tomase una cerveza con los compañeros de trabajo y me montaba una escena cuando llegaba a casa, así que dejé de hacerlo. No tenía ganas de ir a ver a mis padres y fui espaciando cada vez más las visitas. Empezó a invadir también mi única parcela: mi trabajo; le parecía que no tenía ambición, que debía pedir aumento de sueldo e intentar escalar puestos por todos los medios. Sin darme cuenta, fui quedándome solo: sin amigos, sin contacto con mi familia, sólo la tenía a ella.

Entonces nació nuestro primer hijo, Fernando. Eso supuso un respiro para mí, ella estaba ocupada con el pequeño y dejó por un tiempo de machacarme. Y a los dos años tuvimos al segundo, Enrique. Pensé que ese mal vivir, la pesadilla de esos años, había pasado ya y que ahora seríamos felices de nuevo. Yo la seguía amando y disculpaba su comportamiento. Pensaba que quizás tenía razón, que era culpa mía, que debía estar más pendiente de ella, complacerla … ¡qué equivocado estaba!

Según iban creciendo los niños, ella iba tornándose más y más exigente y autoritaria: descargaba en mí sus frustraciones, su rabia y su ira. Y lo peor es que no sé por qué, nunca conocí el motivo, me volvía loco pensando qué era lo que hacía mal.

Las cosas cada vez iban peor, me trataba mal delante de los niños, me humillaba, me insultaba, me hacía sentirme un guiñapo, un trapo sucio y arrugado que no servía para nada. Y llegó el día en que por primera vez, me golpeó y yo lo consentí, callé y se lo oculté a todos. Desde entonces, -¿cuántos años hace ya?-, mi vida ha sido un infierno.

Pensé en abandonarla, pero, ¿y mis hijos? No quería perderme su infancia. Si me separaba de ella, tendría que irme, verlos cada quince días. Camila me hubiera hecho la vida imposible. Si yo me iba, ¿con quién iba a descargar su rabia y sus frustraciones? Probablemente, con los niños. No podía consentirlo. Éramos tan felices los tres cuando ella no estaba. Esos ratos en que se ausentaba y nos quedábamos solos, los disfrutábamos al máximo. Y ¿qué pensaría mi familia, conocidos y compañeros de trabajo? Sería el hazmerreír de todos: un pelele, un calzonazos.

Esta mujer me está mirando y, por primera vez, me atrevo a hacerlo yo, cara a cara. Me encuentro con unos ojos llenos de comprensión, y respiro aliviado. Pregunta cuál es el motivo por el que he tomado por fin esta decisión: hoy, en plena discusión, ya ni me acuerdo de qué discutíamos, cualquier excusa es buena para ella, ha llegado mi hijo Enrique y por primera vez ha intentado defenderme –no puedo contener las lágrimas al recordarlo- entonces, ella se ha lanzado contra él con rabia y también por primera vez, yo me he sentido furioso. Quería matarla, deseaba acabar con ella para siempre.

Y de pronto, me he visto más ruin y despreciable de lo que ella me ha hecho sentir todos estos años. He mirado por un momento a mi hijo, tirado en el suelo, sus ojos suplicantes, temerosos, y la presión de mis manos ha ido cediendo poco a poco. Y supe lo que tenía que hacer.