Un día... como otro cualquiera

22:20 Horas del miércoles 30 de Noviembre.
Después de ocho agotadoras horas de trabajo burocrático contestando doscientas llamadas de teléfono, recogiendo veinticinco faxes, recibiendo diez o doce visitas, tecleando a toda máquina: facturas, cartas, nóminas, seguros sociales; aguantando al jefe, que gracias a "no se qué" se está comportando ultimamente ¿será que ha sido abuelo? lo cierto es que está encantador...
Después de una hora haciendo la compra, media hora de cola en la pollería para comprarles a los niños unas croquetas de pollo que les gustan, subiendo a casa cargada como una burra (y núnca mejor dicho), sin tiempo ni para tomar un miserable cafetito.
Después de atender a todos durante una hora, charlar un ratito con el marido que si no dice que no le hago ni puñetero caso, hacerle al niño un rótulo para lo que una (según dicen) está muy dotada, quitarme la ropa de calle y ponerme un poco cómoda, preparar la cena...
Después de todo eso y cientos de detalles más que ocuparían muchas páginas, cuando todos ya han cenado y en la cocina una servidora se dispone a preparar la comida de mañana:
- Mamá, porfa, hazme un copita de platano en rodajas con naranja exprimida, andaaaaaaaaaaaaaaa (ésta es la niña).
- Eso sabes hacerlo tú perfectamente (la Des)
- Es que tú lo haces mejor (pelotillera)
No sé si sabréis que yo corto los platanos en tirabuzones y exprimo las naranjas mientras realizo un salto mortal en caida libre... no te jode.
- Mamaaaaaaaaaaaaaa, que dice papá (que ya se ha ido a la cama) que, por favor, llenes la botella de agua (éste es el niño) (me cago en su padre).
Si es que me entran ganas de hacer una rifa y sortearlos a todos. Sí, hija, sí, a ti también que seguro que lees esto.
Todo no ha sido malo, no. Es final de mes, así que por lo menos he cobrado, y he recibido un regalo precioso de un querido amigo.
Hoy tenía en mi correo, habitualmente lleno de facturas, propagandas y extractos de banco en número rojos, una carta manuscrita en papel de colores y escrita con pluma. Un tesoro de esos que guardas de por vida y la lees mil veces. No es que diga nada importante, es que una carta escrita de puño y letras guarda la esencia de la persona que la escribió, que eligió el papel, deslizó su mano por él mientras enlazaba las palabras... Y si además, ese amigo es un admirado escritor, ya ni te cuento. Gracias, Pablo.
Pensaba terminar la historia del gimnasio pero con el día que he tenido, la líbido y el erotismo lo tengo por los suelos. No me lo tengáis en cuenta, mañana lo termino, palabra de Desordenada. Y perdonad si no contesto a vuestros comentarios, pero muchas veces no sé qué decir, los leo todos porque llegan directos a mi correo y a mi corazón. Gracias.
¿Os he dicho que éste es uno de los sitios donde más feliz me encuentro? ¿Y que vosotros, los que me leéis tenéis mucho que ver en ello? Pues ya está dicho, que lo sepáis.
Lo que yo quiero

Lo que yo quiero es correr desnuda por la otra cara de la luna, mientras tus besos me persiguen sin descanso y esconderme bajo una gran seta con el rostro encendido a esperar que me encuentres.
Lo que yo quiero es que juguemos a contar lunares... uno, dos, tres, cuatro, cinco...como lo topos de un vestido que tenía cuando era pequeña y cuando los números un día se terminen, inventar otros nuevos.
Lo que yo quiero es escapar contigo, tomar el primer tren que pase por mi puerta... piiiiiiiiiiii, piiiiiiiiiiiiii, hará para llamarme con su voz de pito algo cascada. Me tenderás la mano desde la escalerilla del vagón y marcharemos hacia ninguna parte.
Lo que yo quiero es deshacer la cama, saltar sobre el colchón cogidos de la mano hasta caer rendidos y abrazados para acabar dormidos en el suelo.
Lo que yo quiero es saltar los tejados, sentarme entre las tejas con los pies colgando y maullar como la gata gris de la vecina triste, mientras espero al gato de ojos verdes.
Lo que yo quiero es oír el silencio que se escucha cuando tu voz se apaga, para que cuando hables nuevamente me envuelva su serena melodía.
Lo que yo quiero es enredarme entre tus piernas como en un laberinto de la feria, dar vueltas y más vueltas sin querer escaparme, y escapando para volver a ellas.
Lo que yo quiero es abrigar tu cuerpo con el mío como una suave manta tejida con caricias que hice para ti en los largos días en que te esperaba.
Lo que yo quiero es pintar con sonrisas tu gorro y mi paraguas, y pasear bajo la fina lluvia por calles de ciudades solitarias.
Lo que yo quiero es llorar por no quererte tanto como quisiera, o por querer no quererte tanto, o porque tú me quieras, el caso es que las lágrimas resbalen por mi rostro y que tú las atrapes con tus labios.
Lo que yo quiero es ser para ti la hora del recreo, tu postre preferido, la espinita clavada, el desconsuelo, la calma, el deseo, el pensamiento que revolotea, la voz que te susurra y te impacienta, el sueño que soñaste ayer, y aquel que nunca llega, la habitación tranquila, y aquella noche en vela, las palabras calladas, la sonrisa, un dolor en el alma, alegría en el pecho, las ganas de vivir y de morir a veces, el gozo, la nostalgia...
Es poco, muy poco, lo que quiero.
No llores más, amor

No llores más, amor, ya deja de llorar. Que tus lágrimas abren heridas en mi pecho, son como gotas de ácido que queman y agujerean mi piel. Sé que me quieres, lo sé, no me lo jures. Y yo te quiero a ti. Pero es del todo imposible que tú y yo nos entendamos ¿no te das cuenta, amor?. Empezamos a andar juntos el camino, pero en algún punto, no sé dónde, tu elegiste ir al norte y yo al sur. Y ahora andamos perdidos. Y yo no quiero desandar mis pasos, estoy bien aquí, al sol.
No llores más, amor. Duérmete aquí, tranquilo, recostado en mi pecho, y cuando te despiertes aquí seguiré yo. Estás cansado, sí, lo sé, cansado de luchar para intentar que sea como tú quieres verme. Y yo me canso, amor, de defenderme por seguir siendo así, como soy yo, con todos mis defectos, mis manías. No quiero ser una estúpida copia manipulada a tu antojo. No. Recuerdo un verso de un largo poema que me escribió un amigo: ...”llamarte por tu nombre, sin despedazarlo ni convertirlo en lo que deseo que seas, si no en lo que eres”... Así es como yo quiero que me quieran.
No llores más, amor. Ya sé que tú eres feliz con lo que tienes, tu trabajo, nuestra familia, yo. Y eso es bueno, yo diría que es maravilloso. Pero en mí, eso, a veces, se convierte en cadenas que envuelven mis tobillos, mis manos y mi cuello. Son de oro, sí, de oro macizo, pero aprietan y ahogan como una áspera soga imposible de desatar. Esas pequeñas o grandes diferencias que nos hacen discutir son como una gotera que se forma en el tejado, y un día nos damos cuenta que estamos inundados de agua. Entonces estalla la tormenta, y se nos hunde el techo y nos empapa una lluvia espesa de palabras hirientes y afiladas que, aunque queramos, ya no podremos olvidar. Y serán las armas elegidas para la próxima batalla.
No llores más, amor. Tú pareces saberlo todo siempre, lo que quieres, lo que te gusta y lo que no. Yo, sin embargo, siempre estoy dudosa, no sé dónde me encuentro, lo que busco, me mata esta inquietud. Pero la adoro, porque los años pasan, y se nos va la vida. Si pudieras entender que yo quiero vivirla a mi manera, sin hacer daño a nadie, que me dejen en paz. A veces siento enormes deseos de terminar con todo, de comenzar de nuevo en otro sitio, lejos, muy lejos de aquí. No temas, no, no voy a hacerlo, aún no encontré la llave que abra los candados de las cadenas que me atan aquí.
No llores más, amor. Sé lo que viene ahora. Empezarás besándome despacio, diciéndome “te quiero” una y mil veces. Me pedirás perdón. Quizá sea yo quien deba hacerlo, quizá soy yo la que no te merezco a tí. Me harás luego el amor, con la pasión de siempre. Y gozará mi cuerpo, mientras por dentro las lágrimas inundarán mi alma, por sentirse vendida y engañada. Pero no sé qué puedo hacer, estoy perdida. Esto no es una rendición, es sólo un “alto el fuego”, y nuestra lucha particular empezará de nuevo, mañana, en siete días o en un mes. Y yo no sé si acabará algún día, pero como en todas las guerras, no habrá un vencedor, ni un vencido. Sólo dos tontos seres, un hombre y una mujer, que no supieron encontrar el modo de vivir en paz.
Gracias a la lluvia (II)

Seguimos cada uno a lo nuestro, cuando en uno de los descansos entre series para estirar los músculos, se acercó a mí:
- Cristina, creo que haces un ligero giro de muñeca que le resta esfuerzo al bíceps que es de lo que se trata.
- ¿Tú crees? No me he dado cuenta.
- Ven, siéntate y te lo enseño.
Volví a tomar asiento en el borde del banco y él lo hizo a horcajadas detrás de mí. Cogí las mancuernas y empecé con el ejercicio alternando derecha, izquierda, derecha, izquierda... Miguel puso sus manos sobre las mías acompañando el movimiento de mis brazos.
Tenía su pecho pegado a mi espalda, y sus brazos tocando los míos, y yo estaba empezando a ponerme nerviosa. No era la primera vez que él, el monitor, o cualquier otro de los veteranos me echaban una mano para corregir alguna postura incorrecta al realizar un ejercicio, pero esta vez era distinto: estábamos solos en aquella enorme sala y entre nosotros había una atracción demasiado evidente. Hicimos así unas cuantas repeticiones y entonces él soltó mis manos para que yo siguiese haciendo sola los movimientos. Pero no se levantó, ni se separó de mí, si no que empezó a subir las yemas de los dedos por mi antebrazo, el brazo, los hombros... y mi piel empezó a reaccionar.
Me agaché y solté las mancuernas en el suelo. Nos mirábamos fijamente a través del espejo, mientras él seguía con sus caricias.
Entonces sentí sus labios sobre mi cuello.
Dejó por un momento uno de mis brazos y apartó el pelo que me caía sobre la nuca, para, a continuación, depositar pequeños besos de uno a otro hombro.
Se me cerraban los ojos y quería abandonarme al inmenso placer que estaba sintiendo pero me gustaba vernos así en el espejo. Yo me había movido un poco hacia él de tal modo que estábamos totalmente pegados, como si fuésemos montados en una moto.
Empezaba a sentir la dureza de su sexo detrás de mí. Miguel había pasado de los besos suaves a pasar su lengua por el cuello, por las orejas, mordiéndolas de vez en cuando. Permanecía con las manos posadas sobre sus piernas, cuando las cogí y las puse sobre mis pechos, dejando las mías sobre ellas y apretándolas suavemente.
La imagen reflejada en el espejo me excitó.
Estuvo así masajeándome por encima de la camiseta para luego buscar por debajo el contacto de la piel. Yo seguía mirando nuestra imagen y viendo como sus manos se movían bajo la tela, hasta que tiró de ella hacia arriba y dejó mis pechos al descubierto. Los pezones ya estaban duros y erectos, pero él siguió pellizcando, girando, amasando, mientras yo echaba la cabeza hacia atrás, sobre su hombro sin poder contener ya el deseo.
En ese momento, se separó un poco de mí y se despojó él también de su camiseta, para a continuación pegarse de nuevo a mi cuerpo, pero esta vez sin nada que se interpusiese entre nuestras pieles.
Nuestra respiración entrecortada y mis gemidos se hacían cada vez más patentes en el silencio de la sala, cuando Miguel metió su mano por la cintura de mi pantalón en busca de mi sexo que estaba ya completamente mojado. Cuando la yema de sus dedos me rozó el pubis algo parecido a una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo, instintivamente abrí un poco más las piernas.
Miré al espejo, era increíble lo que me provocaba nuestra imagen, el movimiento de su mano bajo mi pantalón. Giré un poco la cabeza buscando su boca, necesitaba besarle, que su lengua explorase entre mis labios, igual que los dedos lo hacían en mi sexo. Si seguía tocándome así iba a estallar de placer y no quería, necesitaba que parase un momento. Así que cogí su mano y la saqué de allí, acercándome sus dedos a la nariz y aspirando mi olor, para después lamerlos uno a uno mientras nuestros ojos se devoraban en el espejo.
Entonces él se puso en pie, haciendo visible la erección que adornaba sus pantalones, y que hacía un buen rato que yo estaba sintiendo, cuando su pene endurecido rozaba mi trasero...
Gracias a la lluvia (I)

Aquel sábado, al levantarme, comprendí que mis planes para esa mañana se habían ido al traste. Tenía previsto ir de compras, a ver si me levantaba un poco la moral, pues desde hacía unos días andaba algo deprimida. Y... estaba lloviendo a cántaros. No me seducía la idea de coger el coche y meterme en la carretera para acercarme a la ciudad, sin contar en caminar luego entre charcos, con bufanda, gorro y guantes, pues la lluvia iba acompañada de un frío polar. Podía ir a un centro comercial, pero no era eso lo que me apetecía. Yo había imaginado pasear tranquila por el centro de la ciudad, en una bonita mañana de invierno, sentarme a tomar café en alguna terraza y comprarme algún caprichito. Descartado. No habría compras.
Ya está, me dije, voy un rato al gimnasio. Tengo por costumbre acudir allí dos o tres veces por semana, pero ésta que terminaba, había sido especialmente agobiante en el trabajo y tuve que faltar algún día a mi cita deportiva. Pues bien, aprovecharía esta mañana lluviosa para hacer un poco de ejercicio.
Cuando llegué al gimnasio no había nadie más que el dueño. Nos saludamos, hablamos un poco del tiempo que se ve había asustado a los asiduos de los sábados y pasé al vestuario a cambiarme. Me puse un pantalón pirata y una camiseta de tirantes con otra encima de manga larga hasta que entrase en calor y me dirigí a la sala de musculación. Estaba vacía. Cogí mi hoja de rutina colgada en el tablón de corcho y empecé con mis ejercicios de calentamiento.
Al cabo de un rato ya me sobraba la camiseta que llevaba encima. En ese momento, llegó uno de los chicos con los que coincidía a menudo, nos saludamos y él fue también a cambiarse de ropa. Me gustaba ese hombre, era atractivo, con una preciosa sonrisa, y unos ojos con los que solía tropezarme en los espejos que recubrían las paredes. No era muy hablador, pero sentía a menudo sus miradas mientras nos entrenábamos. Cuando me di cuenta, apareció en la puerta. Se había puesto un pantalón corto y una camiseta también de manga corta. Tenía un bonito cuerpo, no demasiado musculoso, pues no era de los que estaban allí día y noche poniéndose como toros, y tampoco tomaba esas porquerías que se meten para hinchar los músculos.
Yo estaba sentada en el borde de uno de los bancos, justo delante del espejo, haciendo bíceps y él se situó en uno de los aparatos que quedaban detrás para ejercitar pectorales. Nos mirábamos a través del espejo y sonreíamos de vez en cuando. En ésas estábamos cuando por la puerta, asomó el dueño del gimnasio:
-Chicos, tengo que salir a hacer unas gestiones ¿no os importa quedaros solos?
-No, no te preocupes (contestamos al unísono).
-Será cosa de dos horitas más o menos. Os cierro la puerta, no vaya a ser que se cuele alguien. Si tocan el timbre, hacéis el favor de abrir, aunque no creo que hoy venga mucha gente.
-Vale, vete tranquilo- contestó Miguel- si Cristina tiene que irse, yo espero hasta que vuelvas.
Cristina soy yo, como habréis podido imaginar, y Miguel es el hombre atractivo con el que iba a quedarme sola...
(Prometo acabarlo mañana, no tengo tiempo hoy de escribirlo todo)
Maldades

Tengo que confesarlo: a veces soy muy mala. Sí, de verdad, es que claro esto de Internet es muy chungo, aquí cada uno se pinta como quiere y saca su lado más bonito y amable. Bueno, algunos, porque otros aprovechan el anonimato para dejar en libertad su lado oscuro. Pero una mayoría, no, somos “divinos de la muerte”.
Pues aquí, la Des, de vez en cuando saca a relucir su vena más sádica y cruel, sobre todo si se pone a tiro alguien que sé que va a aguantarme lo que se me antoje. Y es que los humanos somos así de bordes, o yo soy así de borde. Pero me consta que no soy la única.
El caso es que tengo un compañero de trabajo desde hace ya veinte años, que me adora. No exagero, lo juro. Es devoción lo que tiene ese hombre. Está siempre pendiente de mí, y dispuesto para hacer lo que yo le pida. Confieso que en ocasiones ha llegado a agobiarme tanta amabilidad. Y no, no es que haya intentado llevarme al huerto... bueno sí, intentar lo intentó, pero ya le dejé bien claro que no hay nada que hacer y desistió. Hasta para eso es buena persona, porque igual otro me hubiera hecho la vida imposible, pero él no, se contenta con que seamos amigos.
Y yo voy, y cuando me da por ahí, le hago la puñeta, que es cada dos o tres días. Con lo sensible que es que hasta cuando me llama por el teléfono interior para darme algún recado y le contestó con un “queeeee” así en tono displicente como queriendo decir : “¿qué quieres ahora?”, se le baja la moral a los pies. Luego, a veces, me doy cuenta y me disculpo. Los días malos, no, esos pienso: “anda, y que te den morcillas, pesado, que eres un pesado”.
Bueno, pues hoy, me he pasado un poco con él. Por las mañanas me entrega los albaranes de las entradas en fábrica, es él quien se encarga de comprobar que están en orden y de cuñarlos con la conformidad y la fecha de entrada. Entre los que me ha entregado hoy, había uno en que justamente había estampado el cuño encima de las medidas de los materiales. Claro, yo no veía nada de nada. Y me ha puesto de malhumor. Él lo ha hecho sin querer pero a mí me revientan esas cosas tontas que entorpecen el trabajo. Pero no lo he llamado y se lo he dicho. Me he puesto a echar pestes en voz alta y estaba allí el yerno del jefe que se lleva con mi compañero a matar, que no se tragan, vamos. Cabreada como estaba, le he dicho: “Dile a P. que la próxima vez se ponga el cuño donde él sabe, a ver si cree que soy adivina o tengo una bola de cristal”. Éste, ni corto ni perezoso, se lo ha dicho tal cual.
¿Creéis que P. se ha enfadado conmigo? Pues no, me ha pedido perdón porque no se ha dado cuenta y me ha dicho que la próxima vez se lo diga yo y no le mande al “chico de los recados”. Hubiera preferido que subiese a la oficina hecho un basilisco, me hubiera disculpado y ya está, porque el caso es que ya estaba arrepentida de mi arrebato, pero así es él. Y yo me aprovecho.
Tengo que controlar este pequeño diablo que asoma su taimada sonrisa de cuando en cuando, pero es que en el fondo me divierte. Voy a hacer penitencia, prometido.
Treinta días

Hace ya un mes que mis rincones están llenos de tu ausencia. Y mis párpados, mis manos, mi piel, la comisura de mis labios, el jersey que guardo en el armario, mis pies, las caricias prohibidas, mis sudores, la taza de café y hasta mi alma.
Treinta días con sus treinta noches, con sus horas, minutos y segundos. Con el tictac absurdo del reloj sonando y resonando en mis paredes pintadas de verde y amarillo. Verde por la esperanza que siempre es un alivio, o un consuelo de tontos, vete tú a saber, pero está ahí y ayuda a engañarnos un poco. O no, sólo está ahí como recordatorio de que todo es posible. La esperanza y la fe, dos cosas algo absurdas, que en realidad no tienen lógica que pueda sustentarlas, pero son necesarias para poder levantarnos cada día. ¿Y amarillo?- preguntas. Porque sí, porque es como el sol y me calienta, cuando mi piel, desnuda de tu piel, se enfría.
Si fuera un mes y un día, sería una condena. Condenada a pensarte eternamente, y lo que aun es peor, a poner una X en cada día que pasa sin tenerte.
Un mes echándote de menos. Doliéndome. Vale, no vamos a ponernos trágicos en plan dramón venezolano, no me voy a morir. Algunos días, duele, y mucho. Esos días que pesan como el plomo, que parece que el cielo se te va a caer encima. Miras hacia arriba y piensas: aguanta un poco, pronto saldrá la luna y mañana amanece, como siempre, paciencia, un poco de paciencia. Otros, te voy a ser sincera, son llevaderos e incluso divertidos. Siempre hay alguien dispuesto a darte una alegría: un comentario, una carta, una sonrisa, una frase amable, e incluso un chiste, pueden hacerme sonreír. Y durante un breve instante...olvidarte.
Hace un mes y seguro que tú ni te enteraste. No es lo tuyo eso de las fechas. Pero no me lo digas, anda, calla por una vez, deja que crea que sí, que lo recuerdas ¿ves con qué poco puedo ser feliz?.
Esta mañana mirándome al espejo me he dado cuenta que me estaba vistiendo para ti... si seré tonta. Quizá espero que aparezcas cualquier día, que te traiga una ráfaga de viento, o que te teletransporte una nave marciana, o una bruja o un hada. No, no te rías, ya sabes como soy, o mejor dicho, como es esta cabeza mía que siempre anda pensando tonterías. Estuve un rato mirándome los labios, y decidí que son bonitos, y me gustan, pero todavía más cuando los besas tú.
Tan sólo treinta días. Dicho así parece que no es nada, pero a veces, te juro que diría que es una eternidad.
Por decir algo

He oído decir que las emociones pueden matar. A mí me está matando la ausencia de ellas. Los minutos, las horas, los días... todos son iguales, aburridos, monótonos. Estoy harta del latido acompasado y tranquilo de mi corazón, quiero que se desboque, que tenga que sujetarlo para que no se escape volando de mi pecho, que parezca un potro salvaje, un tambor que se escuche en medio mundo...
Creo que me quedé sin la capacidad para sorprenderme, irritarme, alegrarme, entristecerme, encelarme, emocionarme. Da igual las noticias que escuche en el televisor, que siempre son horribles, o estúpidas. Lo mismo me da ver una película de humor, de amor, o de guerra. Ninguna canción me hace tararear su estribillo, ni mover los pies con su ritmo, ni cantar a pleno pulmón.
No me apetece follar, y eso es malo. Ni me emociona leer, y eso es grave. Ni me motiva escribir, y eso es mortal de necesidad.
A lo mejor es que me he muerto y no me he dado cuenta. Quizá soy un alma en pena, aunque tampoco siento pena. Pero puedo ser un alma en pena... sin pena, que vaga por este mundo sin saber muy bien cuál es su sitio, ni encontrar el camino del más allá. De lo que sí estoy segura es de que no me mató ninguna emoción, o me habría dado cuenta. No, no es que dé por hecho que estoy muerta, porque creo yo que las almas no deben poder teclear, más que nada, porque no tienen dedos.
Y ¿qué puñetas sé yo si tienen dedos o no? si nunca me he encontrado con ninguna, en el caso de que existieran, claro. Al carajo con las almas, que me están liando, y ni ganas tengo de ponerme ahora a cavilar.
Con decir que no tengo más que decir, ya he dicho bastante.
Por decir algo.
Abrázame fuerte

No puedo dejar de mirarte un momento. No quiero. Quizá te incomode sentirte observado. Pero si parpadeo, si sólo un instante aparto mis ojos de ese rostro tuyo, acaso me pierda algún gesto, un mohín que dure un segundo y jamás se repita en el tiempo.
Estoy cansada. Me pesan los párpados, tengo mucho miedo. Miedo de dormirme y que al despertar no estés a mi lado. Y me entero, entonces, que todo fue un sueño. Abrázame fuerte. No dejes, amor, que me invada el sueño.
Hazme esas caricias que hacen que mi cuerpo arda de deseo. Esas que me llevan a gritar tu nombre. Me gusta tu nombre. ¿Viste que bien suena cuando lo pronuncio así, un poco ronco, saliendo de dentro? Así, entre gemidos... me gusta tu nombre.
Cuéntame una historia. Deja que me invada tu voz tan serena, mirarte la boca, los labios que bailan palabras que sólo tu inventas.
La luna está llena. Alguien me contó que cuando la miramos, en su rostro vemos reflejado nuestro estado de ánimo. Su boca sonríe. Y entorna los párpados, quizá es que tan lejos no puede ver bien a su amado. ¿Estará enamorada? Sí, leí una historia del amor entre ella y el sol, un amor imposible porque nunca se encuentran. Si un día se juntasen los dos en el cielo, arderían juntos en un fuego eterno.
Mis ojos se cierran, cógeme la mano, háblame al oído, no me dejes sola. Si caigo dormida, tomas esa llave que tengo escondida aquí, entre mis pechos, y abres con ella la puerta del sueño. Entra, quédate conmigo hasta que despierte. Si vieras que a ratos, una pesadilla quisiera colarse por una rendija, lléname de besos y se irá asustada a su mundo oscuro.
¿Te duermes también? Lo sé porque siento como se relaja el brazo que tienes sobre mi cintura. Me gusta su peso. El suave latido de tu corazón es como una nana que canta tu pecho. Aspiro tu aroma. Y ese calorcito que emana tu piel calienta mi cuerpo como el suave sol de un día de invierno.
Cerremos los ojos y vayamos juntos al mundo del sueño. Todo allí es posible. Todo. Apaga las luces. Deja que esta noche sea sólo la luna la que nos alumbre. Y cuando amanezca seremos testigos de un fugaz encuentro entre ella y su amado.
Abrázame fuerte. Duerme, vida, duerme.
Yo ya me he dormido. Da igual si es sueño.
HOTEL, DULCE HOTEL (Joaquin Sabina)

Pedí dos camas con ventanas al mar,
mejor que salgas sola del ascensor,
conozco un chino cerca para cenar,
inventa un nombre falso y déjalo en recepción,
le he dicho al camarero que nos suba champán,
un siglo y tres minutos, ¿cuándo vas a llegar?
Prepararé un canuto bien cargado en tu honor,
la llave está en la puerta, cuarto setenta y dos.
Hotel, dulce hotel,
hogar, triste hogar,
estatuas de sal,
habitación con vistas a tu piel.
Tal vez se deje seducir el azar,
abriga más cuando es furtivo el amor,
con seis ducados arrugados y un par
de botas medio rotas se camina mejor;
te besaré la nuca mientras miras saltar
las olas entre las farolas del malecón,
ponte el liguero que por reyes te regalé,
ven a la cama, nos persigue el amanecer.
Hotel, dulce hotel,
hogar, triste hogar,
estatuas de sal,
habitación con vistas a tu piel.
Tú sabes que en el purgatorio no hay
amor doméstico con muebles de skay,
no es que no quiera, es que no quiero querer,
echarle leña al fuego del hogar y el deber,
la llama que me quema cada vez que te veo
me dice que es absurdo programar el deseo,
al cabo de unos años estaríamos los dos
adultos y aburridos frente al televisor.
Hotel, dulce hotel,
hogar, triste hogar,
estatuas de sal,
habitación con vistas a tu piel.
Maldita interrupción

Maldita interrupción
Esta noche me apetece escribir una carta de amor, no sé si tendrá algo que ver la lluvia que durante todo el día repiqueteó en los cristales, o que el cielo estuvo totalmente gris, plomizo, cargado de agua. Pensé en ti. Aunque en eso nada tiene que ver la meteorología.
Ya casi nadie escribe cartas de amor ¿te das cuenta? Está pasado de moda, eso debe ser. No es que ahora no se enamoren, no, es que se mandan un sms con un TQM. Confieso que a mí no me dice nada eso: te cu eme. No me irás a decir que no es mucho más bonito leer un “te quiero”. Vamos, esas dos palabras tan tontas y hay que ver como alegran el alma. Ni te paras a pensar si es verdad o mentira.
Tengo susurrándome al oído la preciosa voz de Carla Bruni cantándome “Quelqu’un m’a dit”... cómo me gusta esa canción. Todos los idiomas son hermosos para decir “te quiero”: “i love you”, “je t’aime”, “ti amo”, “eu te amo”, “ich liebe dich”, “t’estime”, “et vull”... y todos los demás que, por desgracia, no conozco: en ruso, vasco, gallego, griego, chino, polaco, esquimal...
Mira que es extraño el amor. Imprevisible, arrollador, loco, caprichoso, cruel... indispensable, porque yo no me imagino a un ser humano que jamás se haya enamorado. No, no debe existir nadie así en el mundo, estoy por asegurarlo. Si fuera así creo que no sería humano.
Y llega un tiempo en que uno ya se siente mayor y piensa que no es tiempo ya, que eso es cosa de juventud. Pero mira por dónde que el amor no piensa lo mismo, y se presenta repentinamente, unas veces, y otras, poco a poco, por pequeñas grietas del corazón, hasta que te das cuenta que todos tus pensamientos giran alrededor de esa persona que te hace reír y llorar, del que no hace nada era un perfecto desconocido.
Yo comparo al amor con el niño de la vecina. Sí, ese que la muy cara dura nos deja un ratito porque ella tiene que ir a hacer unos recados “no te preocupes, él se portará bien”, te dice, y en cuanto cierra la puerta, el angelito te pone la casa patas arriba. Y tu corres a poner a buen recaudo las figuritas chinas regalo de la suegra, o aquel jarrón de la tía Enriqueta. Cuando te das cuenta estás sentada en una silla del salón jugando al tren chuchú con el enano que ríe a carcajadas y que acaba por contagiarte. Luego, cuando vuelve a su casa, tienes una sensación de vacío, y la nostalgia se apodera de ti mientras vas colocando las sillas en su sitio intentando volver a la normalidad.
¿Qué sientes cuando estás con la persona amada? A mí me da la sensación de que todo lo hago en cámara lenta, mientras que por el contrario, el tiempo corre veloz y te parece que sólo pasó una hora, cuando en realidad fueron ya tres o cuatro. Como cuando viajas en avión, miras por la ventanilla y te parece que no te mueves del sitio, que flotas entre nubes de algodón. Y no, en realidad vas a una velocidad endiablada, aunque la magnitud del espacio abierto te haga pensar lo contrario.
Está frío el cristal de mi ventana y me parece ver tu imagen reflejada en la oscuridad de la noche. Es hermosa esta noche. Me siento bien, relajada y tranquila. Divago, pienso tonterías, sueño... “y de noche, y de noche, por no sentirte solo... recordarás el sabor de mis besos”. Por una vez, dejo vagar mi mente sin rumbo fijo, como cuando paseas sin tener un destino determinado, sólo por el placer de caminar.
En realidad, creo que todo esto no era más que una excusa para decirte...
En busca del hombre perdido (Cuarta Parte)

Y luego me fui a por la Barbie, dispuesta a asesinarla con premeditación y alevosía....
Pues sí, a la pobre Barbie la puse como hoja de perejil. Tanto, que me dio hasta un poco de pena, porque la pobre no abría la boca mientras yo no paraba de “despotricar” sobre la poca eficacia de las mal llamadas “agencias matrimoniales” y sobre todo de ésta en la que ella era la cabeza visible. Si al final tendré que ir a parar a las nuevas tecnologías, a meterme en un chat de esos, o a un buscador de parejas, que te mandan los avisos a tu correo electrónico y eliges desde casa. En fin, que la vi tan apenada que decidí darle alguna oportunidad más.
La última fue con un “yogurin” que podía ser mi hijo. Dale tiempo, Pepita, me dije, hay jovencitos que son muy maduros, y además ahora muchas famosas se enrollan con hombres más jóvenes que ellas y no pasa nada. La verdad es que a mí no me ponía nada, porque aparte de verle como a un niño, no era mi tipo. El chaval era así como muy “pijo”, arregladito, repeinado. No, definitivamente, no me gustaba nada, pero decidí pasar un rato con él de charla, pensando que igual es que le daba morbo eso de tener un cita con una mujer madura. He oído decir que eso pasa, aunque si soy sincera, a mí no me ha pasado nunca.
El chico tenía una conversación fluida, eso es cierto, y parecía muy interesado en mí, en mis sentimientos, en mis motivos para buscar pareja. Preguntaba y preguntaba, y a mí eso, empezaba a mosquearme. Y me mosqueé del todo cuando sacó una pequeña libretita y empezó a tomar notas. En definitiva, resultó que estaba haciendo un estudio sobre las mujeres solteras y maduras, que van camino de la menopausia. Lo mandé a hacerle el estudio a su señora madre.
Y no sé por qué hoy acudo a otra cita. Dudo entre si me he vuelto idiota, tengo más moral que el alcoyano, o mi desesperación es mayor de lo que imaginaba. Mira, como he salido con tiempo voy a entrar a tomarme un copa de algo fuerte, a ver si así veo las cosas de otra color. ¡Coño! Pues ¿no es aquella la Barbie? ¡madre mía! que mala cara tiene. Voy a sentarme con ella, a ver si me entero de lo que le pasa.
- Caray, hija, no te asustes que no voy a pegarte.
- Perdona, Pepita, pero es que últimamente con el genio ese que te gastas, no me fío mucho, y ... hoy tenías otra cita ¿verdad? ¿ya has ido?.
- Pues no, monina, iba de camino, pero he decido entrar a darme ánimos con un lingotazo.
- Menos mal, iba a llamarte ahora por teléfono. El tipo con el que has quedado, que nos ha tomado el pelo. Es un médico, guapísimo, educado, inteligente, deportista...
- ¿Y? ¿qué problema hay? Ese es el hombre que me interesa.
- Que es gay, Pepita, homosexual. Que le ha entrado el remordimiento y me ha llamado para contármelo. Quería encontrar una novia para hacer feliz a su querida mamá, pero en el último momento ha decidido salir del armario.
- O sea, que me quería para hacer el paripé delante de la familia ¿no?.
- Si, hija, sí, y con ese hasta yo me había hecho ilusiones.
- ¿Tu?... por cierto, ¿cómo te llamas?
- Mari Puri.
- ¡Jajajajajajaja! ¡ay! perdona, perdona, Mari Puri, pero es que no te va nada el nombre. Con esas tetas, ese culo, esos morros... nadie se imagina que te llames Mari Puri.
- Pues imagínate si digo Purificación.
- Que decía yo... que tu no puedes tener esos problemas con los hombres, con el cuerpazo que tienes.
- Si yo te contara, Pepita. Si es que ya no quedan hombres de los de verdad, hija, ahora solo quieren un buen polvo, una aventurilla de vez en cuando, y nada de compromisos, ni pareja estables, ni ná de ná. Ya ves con la de hombres que pasan por la agencia, y no hay manera de encontrar algo que valga la pena.
- Pues sí que me estás dando ánimos. Casi va a tener razón mi madre y mejor me quedo como estoy, y me dejo de tonterías. ¡Vaya par de dos que nos hemos juntado!
- Oye... ¿tienes algo que hacer?
- Pues no, Pepita, después del recadito que me has dado, estoy intentando decidirme si me tiro al río, me emborracho, o me voy a Cuenca a visitar las casas colgantes... yo que sé.
- Te invito a mi casa a cenar y ver una película ¿hace?
- Hummmmmm... es otra opción, a esta copa te invito yo.
Después de todo, parece que la Mari Puri me está empezando a caer bien. Yo que pensaba que era de plástico o algo así, y resulta que no, mira por donde, si es que no se puede juzgar por las apariencias, pero siempre caemos en el mismo error. Menos mal que se me ha ocurrido entrar aquí, porque el móvil me lo había dejado en casa y Mari Puri no hubiese podido darme el recado. Y lo que me faltaba era que me hubiesen dado plantón, entonces sí que mi moral andaría arrastrándose por el suelo como los gusanos. ¡Ay, Mari Puri! Es que no puedo evitar reírme cada vez que me acuerdo del nombrecito. Que no, que no es que piense que es un nombre feo, pues como Pepita más o menos, pero es que a esta mujer no le pega ni con cola. Esto de los nombres también es complicado, se hacen verdaderos crímenes con los chiquillos, porque claro cuando nacemos todos somos iguales o muy parecidos al menos, pero luego crecemos y ahí es cuando deberíamos poder elegir como queremos que nos llamen. Ya, ya sé que ahora se puede cambiar, pero cuando todo el mundo te conoce por Pepita, vas tú y dices que quieres que te llamen... Salomé, pongamos por caso. Y no te hace nadie ni puto caso. Ya se me ha ido otra vez la olla.
Me voy con la Mari Puri, ya os contaré otro día...
Y encima... llueve

Sí, ya lo sé, hay sequía y el agua hace muchísima falta, pero es que aqui o se pasa todo el puñetero año sin caer ni una gota o está una semana lloviendo sin parar. Y no veas la de ropa que se amontona en mi casa, acaba pareciendo un campamento con pantalones, jerseys y todo lo demás secándose por todas partes.
Si todo hubiese ido bien, estaría preparando las maletas para ir a pasar el fin de semana en Barcelona con Inés y Tania. Eso, si todo hubiese ido bien, pero las cosas se complican cuando menos falta hace: maldita suerte. No puedo ir.
Porque voy agobiada de trabajo, el sábado me toca currar, y es del todo imposible que pueda pedir la mañana libre. Después de casi un mes con el ordenador de la oficina estropeado (por fin me han puesto uno nuevo), los papeles se apoderaron de mi mesa y me está costando sangre, sudor y lágrimas hacerme con ellos.
Porque la dichosa Hacienda (que dicen que es de todos) me ha dejado más pelá que el culo de un mono. No, no es que yo gane mucho, es que a los trabajadores nos tienen bien cogidos. Cuanto más dinero tienes, más puedes desgravar, inventir, y trampear. Total que con el segundo plazo de la renta se me ha llevado el sueldo del mes. Y es que no sé si soy una manirrota, pero cada vez me cuesta más llegar a fin de mes. La cesta de la compra está por las nubes y te piden los euros como si fuesen rosquillas. Con decir que el otro día llevé una falta de mi hija a la tintorería. Digo falda por decir algo, un palmo de ante no era más. Bajita de la cadera y minifalda, ya os podéis imaginar. Y me han pedido por limpiarla (agarraros a la silla) 36 €uros. Si vale más la limpieza que la falda. Me dice la tía que el ante necesita un tratamiento especial. ¡Joder! y tan especial. Y así... todo.
Porque está mi hija pendiente para operar de las cuatro muelas del juicio. Sí, las cuatro. Y no pude hacer planes porque pensaba que sería este fin de semana, ahora se lo han retrasado. ¡Qué lástima de hija tan juiciosa! Igual es quitarle las muelas y empezar ella a hacer locuras.
En fin, y por el puñetero niño que no deja a su madre ni a sol, ni a sombra, y por "el contrario" que no se fía de que me vaya sola a Barcelona (no sé si es que no soy de fiar). Así que tengo una cita salvajemente sexual con LA PLANCHA y el montón de ropa que me espera. Lo mío con la plancha es una relación amor-odio. Yo la odio, por supuesto, pero ella sin embargo, me adora. Lo que hace conmigo no lo hace con nadie (son todos unos vagos y a ninguno le da por planchar). Yo la insulto y ella se pone cada vez más caliente y suelta unos chorros de vapor que para que os cuento. Me está mirando sonriente, relamiéndose ya de gozo... ¡qué asco!.
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Y tu... ¿sigues ahí?
Hoy no pienso decirte cuánto te echo de menos. No pienso decirte cuánto añoro tus caricias y tus besos. Y el aroma de tu piel, y tu voz, y tus silencios. Hoy no pienso decirte que te sueño cada noche y que siento tu respiración aqui a mi lado. Y tus brazos rodeando mi cintura. No, hoy no pienso decirte nada de eso.
Hoy, quizá te mienta un poco. Y te diga que casi no me acuerdo de tu nombre, que se borra tu sonrisa, que no logro recordar el color de tus ojos. Sí, quizá te mienta. Porque sí, porque no estoy de humor, porque estoy triste, por decir algo... y porque llueve.
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Escucho a Luz Casal. Me gusta esta mujer y me apetece poner esta canción: LO ERES TODO
Cada vez que veo tu fotografía
descubro algo nuevo
que antes no veía
y me hace sentir lo que nunca creí.
Siempre te he mirado indiferente,
eras tan solo un amigo
y de repente lo eres todo, todo para mí,
mi principio y mi fín.
Mi norte y mi guía, mi perdición,
mi acierto y mi suerte, mi equivocación,
eres mi muerte y mi resurrección,
eres mi aliento y mi agonía
de noche y de día,
te lo pido por favor,
que me des tu compañía
de noche y de día... lo eres todo.
Dame tu alegría, tu buen humor,
dame tu melancolía,
tu pena y dolor,
dame tu aroma, dame tu sabor
dame tu mundo interior,
dame tu sonrisa y tu calor,
dame la muerte y la vida,
tu frío y tu ardor,
dame tu calma, dame tu furor,
dame tu oculto rencor.
Por decir algo.
El juguete

Ya entra el sol por la ventana de tu habitación cuando empiezas a desperezarte. Aun tardarás un rato en salir de la cama. Lo sé. Porque te observo cada día. Me gusta ver tu cuerpo desnudo surgir de entre las sábanas. Bostezas, te rascas un poco entre las piernas, estiras los brazos y te enfundas esos viejos pantalones que usas para andar por casa. Mientras tanto, yo permanezco inmóvil, esperando a que te fijes en mí, a que te apetezca hacerme algunos mimos. Sí, ya sé que últimamente estás algo apático, perezoso, desganado. No temas, esperaré, tampoco tengo ningún otro sitio adonde ir.
Has salido de mi campo de visión, pero escucho tus pasos y adivino tus movimientos. Vas al baño. Me duermo un rato. No sé cuánto tiempo ha pasado cuando siento en mí tu mirada. Me avergüenzo un poco, estoy sucia y con la ropa llena de polvo. Me coges y me depositas suavemente sobre tu cama que aun guarda tu olor.
Empiezas a desnudarme lentamente ¡cuidado! No me dobles así el brazo, me haces daño. Anda, lava esa ropa está que da asco, huele a humedad... ¡qué bien me siento así, desnuda! Me metes en el baño. Coges un poco de gel y empiezas a enjabonarme muy despacio. Tus dedos me acarician levemente y yo quiero seguir así eternamente. Me viene a la mente esa canción: “dicen que tienes veneno en la piel, y es que estás hecha de plástico fino, dicen que tienes un tacto divino, y el que te toca se queda con él....”
Quisiera que sintieras mi deseo, pero no tengo pezones que se yergan altaneros, ni sexo que segregue excitantes jugos. A ti parece no importarte, y pasas una y otra vez tus dedos por entre mis piernas, y yo deseo que se queden ahí por siempre. Cuando crees que estoy suficientemente limpia, me enjuagas y me secas con cuidado, apretándome contra tu pecho.
Ya sobre tu cama, empiezas a vestirme y yo sé que cuando termines volveré a mi rincón de siempre hasta que te fijes nuevamente en mí. Pero antes de que eso ocurra, deslizaré a tu oído un “te quiero”. Y tú te quedarás un momento pensativo mirándome fijamente sin saber si fue el murmullo del viento o te volviste loco de repente. Y yo sonreiré por dentro sin que ningún movimiento me delate.
Es lo que tiene ser una muñeca.
Las zapatillas de María (Final)

Era una calurosa mañana de otoño y las mariposas en el estómago de Alejandra no dejaban de revolotear inquietas. Respiraba hondo e intentaba tranquilizarse, pero todo era en vano. Llegaba tarde a su encuentro con Manuel y su corazón latía alocado mientras se dirigía al lugar donde había quedado en esperarlo. Siempre con prisas, siempre el tiempo escurriéndosele entre los dedos, si pudiera parar los relojes... Allí estaba. Lo vio subiendo la escalera, cuando ella se disponía a bajarla. Todo a su alrededor desapareció, sólo aquel hombre le importaba. Se dieron dos suaves besos en las mejillas, y Alejandra pensó que era muy poco para el deseo de ese encuentro. Pero así era Manuel, o eso creía ella al menos, él mismo afirmaba que no le gustaba el contacto físico y a ella no le quedaba más que respetarlo. Quizá con otro hombre, Alejandra se hubiese echado en sus brazos, sabiendo de antemano la reacción que este hecho desencadenaría, pero con Manuel nunca estaba segura de nada. Temía asustarlo, ponerlo a la defensiva. Ni ella misma sabía por qué se sentía tan confundida.
Se alejaron de allí caminando y charlando tranquilamente. Manuel le dijo que estaba más guapa que la última vez que se habían visto y ella se sintió bella por el simple hecho de oírlo de sus labios. Entraron en una cafetería a tomar algo fresco y como siempre empezaron a hablar. Manuel era un gran conversador... sabía tantas historias. Y Alejandra le escuchaba embelesada, hipnotizada por aquellos labios que se movían sin cesar. Se miraban a los ojos, tan intensamente a veces, que uno de los dos bajaba la mirada, y al momento volvían a encontrarse. Ella sentía nuevamente aquellos nervios que la dominaban y le pareció percibir cierto temblor en las manos de Manuel, que exteriormente mostraba, como era habitual en él, una calma y una tranquilidad que a Alejandra, a veces, la desquiciaba.
Todo cambió cuando llegaron a la habitación del hotel que habían reservado. Estaban los dos de pie, sin saber muy bien qué hacer, cuando Manuel la atrajo hacía él y la besó en la boca. Cuánto tiempo había deseado aquellos labios, cuántas veces había soñado con sus besos. Y ahora estaba allí, abrazándola. Alejandra sentía el calor de aquella piel, pegada a la suya, el sabor de su boca... y el deseo haciéndose el dueño de su cuerpo.
Ahora, después de tantos años, Alejandra aún no ha podido olvidar aquella primera vez. Durante todas las horas que pasaron en aquella habitación, todo un día y una noche, estuvieron acariciándose. Ni un momento se separaron sus pieles. Las bocas se buscaban anhelantes. No comieron, ni durmieron. Era como si el mundo hubiese dejado de girar, como si todo a su alrededor se hubiese detenido. Manuel le descubrió nuevas caricias, otras formas de placer. Era tan distinto a cualquier hombre que Alejandra se sentía confusa, había perdido la seguridad que solía mostrar en la cama, era como una jovencita que acabase de descubrir la sexualidad. Estaban desnudos y abrazados en la cama, en el suelo, en el sillón de la habitación, asomados a la ventana mientras contemplaban la ciudad. Alejandra sentía que ese era el lugar donde quería estar: entre sus brazos, apoyada en su pecho, era como si ese hueco estuviese hecho a su medida. Su cuerpo se acoplaba a él por completo. No quería salir de allí. Por primera vez se dio cuenta que él era el hombre que siempre había buscado, quizá de forma inconsciente.
Las zapatillas, recuerda Alejandra. Ella llevaba unas iguales a las de su nieta esa primera vez con Manuel. A él le gustaban mucho. Aquel día, jugó con ellas durante horas. Se las desataba despacio con la boca, llenándole las piernas y los pies de besos y caricias. Y se las volvía a poner, para quitárselas de nuevo. Las manos de Manuel eran especiales, y su piel, y su tacto. Eran suaves, muy suaves, pero sabía imprimirles la fuerza cuando era necesario. A veces, con las palmas, la oprimía por encima del pubis, de tal forma que parecía que estuviese masajeándole directamente el sexo. Alejandra quiso hacerle a él lo mismo, pero no podía apretar lo suficiente. Así que Manuel se tendió en el suelo y le pidió que subiese de pie sobre la parte baja de su estómago. Ella sentía miedo de hacerle daño, pero él insistió. Estaban al lado de la ventana, y Alejandra se apoyó en ella para colocarse sobre él. Llevaba puestas las zapatillas y atendiendo a los deseos de Manuel empezó a moverse como si anduviese, por lo que imprimía a sus pies la presión suficiente para excitarle, como él había hecho antes con sus manos. Y Alejandra se excitó también, con su cuerpo desnudo pegado al frío cristal de la ventana, mirándole desde arriba, viendo su expresión... le amó. Suavemente, le dijo que le gustaba verle así, y él le contestó que también a él, que parecía una diosa vista desde allá abajo. Nunca olvidó ese momento.
Perdió la cuenta de los orgasmos que la hacían gritar de placer, no sabía si eran muchos o se trataba de uno sólo... interminable. Mientras Manuel, no dejaba un rincón de su piel, ni orificio de su cuerpo donde no se posasen sus labios o no penetrase su lengua. Vertió lágrimas de felicidad, de puro placer. Era la primera vez que lloraba mientras le hacían el amor. Las horas pasaban rápidas y se agotaba el tiempo. Alejandra quería estirarlo, necesitaba aprender la forma de hacer feliz a Manuel como él la había hecho feliz a ella. Tenía miedo de que se sintiese defraudado.
Y además él nunca habla de sus sentimientos hacia ella, nunca. No como ella que le vienen las palabras a la boca y tiene que dejarlas salir porque si no fuese así acabarían ahogándola. Ella siempre dice lo que siente, no puede ser de otra manera, aunque haga el ridículo. Las palabras le duelen en el pecho, y piensa que quizá si hoy no las dice, mañana será tarde. Así que aquel día Alejandra le dijo te quiero muchas veces, y no le importó que él no pronunciase esas palabras. Pero las caricias que él le prodigaba no le sabían a puro deseo, no, para nada. No quería pensar en esas cosas, quedaba poco tiempo y el momento de la despedida empezaba a doler antes de tiempo.
Cuando salieron de la habitación, Alejandra sintió miedo. Miedo a que él volviese a mostrarse frío y distante. Pero esta vez no fue así, caminaron abrazados, parándose a besarse de tanto en tanto. Mientras tomaron un café él le cogió la mano, y permanecieron así hasta que se levantaron de la mesa. Y tuvieron que decirse adiós. Un adiós rápido, que él no se diese cuenta de las lágrimas que empezaban a asomar a los ojos de Alejandra. Lágrimas que empañaron su mirada en el camino de vuelta a casa.
Alejandra sabe que todo lo que cuente o escriba sobre ese hombre no puede expresar lo que sintió esa primera vez. No encuentra las palabras que transmitan adecuadamente toda esa intensidad que vivió a su lado. Mira al cielo y en silencio, da gracias a los hados o el destino, o lo que sea, que puso a Manuel en su camino, mientras siente como unos brazos rodean por detrás su cintura. Sonríe. Y llora.
Un poema
Estoy bastante liada estos días, y con pocas ganas de escribir... todo hay que decirlo. Espero animarme un poco este fin de semana y terminar (o continuar, al menos) algunas de las historias que tengo a medias. Pero no quería dejar pasar muchos días sin dejaros un saludo y mandaros un "puñadito" de besos. Y este poema.

AHUYENTEMOS EL TIEMPO, AMOR (Gioconda Belli)
Ahuyentemos el tiempo, amor,
que ya no exista;
esos minutos largos que desfilan pesados
cuando no estás conmigo
y estás en todas partes
sin estar pero estando.
Me dolés en el cuerpo,
me acariciás el pelo
y no estás
y estás cerca
te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés
me hace sentirme a veces
como una leona herida
me retuerzo
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás
allí
tan cerca.
Buen fin de semana a todos.

AHUYENTEMOS EL TIEMPO, AMOR (Gioconda Belli)
Ahuyentemos el tiempo, amor,
que ya no exista;
esos minutos largos que desfilan pesados
cuando no estás conmigo
y estás en todas partes
sin estar pero estando.
Me dolés en el cuerpo,
me acariciás el pelo
y no estás
y estás cerca
te siento levantarte
desde el aire llenarme
pero estoy sola, amor,
y este estarte viendo
sin que estés
me hace sentirme a veces
como una leona herida
me retuerzo
doy vueltas
te busco
y no estás
y estás
allí
tan cerca.
Buen fin de semana a todos.
