En boca cerrada...

Fotografía: Anoushka Fisz
A las 7 de la mañana sonó el despertador. Le pareció que no había pegado ojo en toda la noche: dos veces se levantó para atender al pequeñin, y luego los ronquidos, allí, pegados a la oreja no la dejaron dormir. Se sintió estafada. Respiró hondo.
Él ya se había marchado. Hizo la cama, recogió un poco la casa, preparó la comida de ese mediodía. Luego, despertó a los niños, preparó desayunos, les ayudó a vestirse y salió corriendo como alma que lleva el diablo para dejarlos en el colegio. Les vio desaparecer tras la verja y se dirigió a la cafetería a tomar un café rápido. Respiró hondo.
Trabajó toda la mañana, sin descanso. La manzana que pensaba comer como tentempié se quedó en el bolso… aguardando. No tuvo un momento para hincarle el diente, ni siquiera tenía hambre con todo el ajetreo de la oficina. Por fin, dieron las 2 de la tarde y se fue a casa. Respiró hondo.
Calentó la comida mientras él llegaba, puso la mesa, comió sin darse apenas tiempo de masticar, sin saborear los alimentos que engullía de forma mecánica con el pensamiento puesto en todas las cosas que le quedaban por hacer. La televisión y el ruido que hacían al comer era el único sonido del comedor. Recogió la mesa, sirvió el café y lo tomó de un trago mientras fumaba un cigarrillo. Lavó los platos. Cuando miró el reloj era ya la hora de volver al trabajo. Él también se marchaba. Le dio un beso fugaz en los labios. Se colgó el bolso y cerró tras sí la puerta. Respiró hondo.
La tarde no fue menos intensa que la mañana. Fue peor. Llamó su suegra para contarle todos los dolores que padecía. Ella escuchó toda aquella retahíla de quejas sin prestarle demasiada atención. Se quejaba del marido, su suegro, se le iba la cabeza, decía, ahora tenía manías, la llamaba puta a todas horas, no podía aguantarle más. Pensó ¿y qué cojones quiere esta mujer que haga yo?... se lo dijo. Es su marido, le contestó, no el mío, ni es mi padre, ni tengo nada que ver con todo eso. Cuénteselo a sus hijos, siguió diciéndole, mientras pensaba que aquellos dos (su marido era uno de ellos) no querían saber nada de aquel par de ancianos y menos cuando ya empezaban a chochear. Claro, que tampoco era de extrañar, dicen que se recoge lo que se siembra… Aún así, como siempre, acabó haciéndose cargo del problema y prometiendo llevarlo al loquero o a lo que fuese que necesitase. A la hora de salir… respiró hondo.
Llevó a los niños a clase de inglés, se reunió con la profesora, compró las cosas que hacían falta, pasó por la farmacia, fue a visitar a sus suegros, recogió otra vez a los niños y por fin, volvió a casa de nuevo. Eran las 8 y media de la tarde. Entró cargada con la compra, los niños peleándose. Les metió prisa, aun tenía que ayudarles en la ducha, repasar lo que habían hecho en el colegio, hacer la cena, poner una lavadora y planchar el montón de ropa de ayer. Respiró hondo.
Él ya había llegado del trabajo, estaba en el sofá tomando una cerveza. Volvió al beso fugaz en los labios, sin dejar de achuchar a los niños o acabarían acostándose a las tantas y mañana había que madrugar otra vez. Le escuchó decir: “Cariño, te veo muy alterada”. En su mente escuchó la frase otra vez como un eco, pero la sentía cargada de ironía, de burla… se fijó en el enorme cenicero de piedra, regalo de su suegra, rebosante de colillas que nadie más que ella vaciaba. Los niños gritaban jugando en la habitación. Lo cogió, lo levantó muy despacio, como sopesándolo. Él estaba absorto haciendo zaping. Le golpeó. Crac. Y sonó igual que cuando casca los huevos para la tortilla. Respiró hondo.
“Sí, cariño, estaba alterada, pero… ya no” respondió en voz baja. “¡Vaya! Se me ha olvidado comprar huevos”.
La verdadera historia de Romeo y Julieta (Final)

Pintura de Tiziano Vecellio
Mi querido Giovanni es su vivo retrato. Era un niño tímido y callado, intentando siempre pasar desapercibido, tenía una especial forma de mimetizarse con el entorno hasta conseguir que las miradas resbalasen sobre él sin verle. Seguramente desarrolló esa habilidad por el temor que Romeo le inspiraba. Éste, siempre que volvía a casa de una de sus campañas terminaba borracho como una cuba e instintivamente se dedicaba a burlarse del pequeño, supongo que, sin saberlo con certeza, algo en su interior le decía que aquel niño no era suyo. Le ponía en ridículo delante de todo el mundo con una crueldad enfermiza, sin darse cuenta que a los ojos de los testigos de esas escenas se convertía en un ser despreciable, que se aprovechaba de su autoridad como padre y como hombre, de la indefensión del chiquillo. Sólo Pietra se atrevía a enfrentarse a su padre abiertamente. Tenías que haberla visto, aun siendo una niña, con las mejillas encendidas, los ojos chispeantes, la barbilla estirada… conseguía enfadar tanto a Romeo que acababa olvidándose de Giovanni. Entonces ella sonreía sabiéndose vencedora y salvadora de su hermano a quien adoraba.
Fue a la muerte de Romeo, cuando Giovanni contaba apenas 15 años, que mi hijo se sintió liberado y se dedicó a lo que más le gustaba en el mundo: la música. Le busqué el mejor maestro y se convirtió con los años en uno de los más brillantes violinistas que jamás hayas escuchado. Sí, querida amiga, Romeo falleció hace ya muchos años víctima de una de esas enfermedades innombrables que debió transmitirle alguna prostituta de las que frecuentaba y que él a su vez me contagió a mí. Fueron meses en los que creí morir y a punto estuve de dejar este mundo. Una vez más, fue mi amiga Estela la que estuvo a mi lado cuidándome. Ella y la vieja de la que antes te hablé, que con su sabiduría consiguió librarme de aquella maldición, luchando por mi vida durante largos meses en los que yo me debatí entre fiebres y dolores terribles. Romeo no tuvo tanta suerte.
Al quedarme viuda me dediqué por completo a mis hijos y creo que fueron los años más tranquilos y felices que recuerdo. Ellos no echaban de menos a su padre ya que sólo lo veían unas cuantas veces al año y Romeo no había sido lo que se dice un padre modelo, sabía hacer hijos pero no criarlos. Y tampoco fue un buen esposo. Eran tiempos difíciles, lo sé, pero él era un niño malcriado y caprichoso que acababa derrochando lo que cobraba en vino y mujeres. Tras su muerte, Marcelo y yo seguimos encontrándonos a menudo y compartiendo momentos inolvidables. Él me habló de matrimonio temiendo que las malas lenguas pudiesen manchar mi reputación, pero después de mucho pensarlo decidí que allá las malas lenguas con sus habladurías. Por entonces yo era de las personas más apreciadas por toda la nobleza y los nuevos ricos artesanos que, poco a poco, habían ido ascendiendo en la escala social, y eso me otorgaba el poder de hacer cosas que aun estando mal vistas, nadie se atreve a poner en tela de juicio. Nuestro romance era una historia que todos conocían pero que nadie osaba criticar, y aun menos condenar. Mis hijos mayores crecieron y fundaron nuevas familias. Y Giovanni sentía tanta admiración y respeto por Marcelo que si llegó a imaginar lo que existía entre su verdadero padre y yo, jamás pronunció una palabra al respecto.
Ya ves, querida Annabella, ésta es la historia de mi vida que casi está a punto de terminar pues me quedan ya pocas fuerzas y ningún motivo para seguir en este mundo. He vivido mucho. He trabajado, sufrido, he gozado y conocido el amor. Traje al mundo a cuatro hijos que con mi ayuda han sabido salir adelante y hacer que me sienta orgullosa de ellos, poco más puedo hacer ya. Verás que el mensajero que te entregará esta carta es un hombre honorable y respetado en Verona, al que me presentaron por casualidad en casa de unos amigos, donde él, pariente lejano de éstos, se encontraba de visita. Cuando supe de dónde procedía un ligero cosquilleo me llegó al corazón y durante largo rato conversamos sobre Verona y sus gentes. No le dije quien era yo, pero no tuve que esforzarme mucho para que me contase con todo lujo de detalles la leyenda de Romeo y Julieta, los eternos amantes. Eso me hizo sonreír, porque escúchame bien, amiga mía, ningún amor soporta el paso de los años aun cuando los amantes sigan queriéndose, ninguno. El amor, ese sentimiento que nos inflama el corazón y hace que nuestra razón se nuble, es cambiante y caprichoso. Y tan, tan delicado, que todo le hace mella y lo va desgastando poco a poco. A veces, abandona el cuerpo de ese ser que tanto amábamos y éste se nos muestra entonces como alguien extraño por el que no somos capaces de sentir ningún afecto. Otras, se convierte en odio, en rencor, en fastidio, e incluso en asco. Y en ocasiones, se va transformando en una especie de cariño, costumbre o necesidad hacia el otro que es otra forma de seguir queriéndole. Pero nunca, nunca, el amor es igual al momento en que lo descubrimos en nuestro interior.
Así fue como conocí nuestra historia y supe también que aun vivías en Verona. Sentí entonces la necesidad de escribirte y contarte la verdad sobre mi vida. Perdóname por este atrevimiento después de tanto tiempo, pero vaya en mi defensa que en todos estos años pensé mucho en ti y eché de menos aquellas tardes de confidencias en el jardín de mi casa. Es mi deseo que hayas sido feliz y que Dios te guarde muchos años.
Tu amiga siempre, a pesar del tiempo y la distancia.
Julieta.
La verdadera historia de Romeo y Julieta (III)

Y al cabo de nueve meses nació mi primogénita, Rosanna, una niña preciosa de ojos azules, piel morena y vivaracha, que muy pronto se ganó el cariño y la simpatía de todo el condado. Poseía una dulzura innata que hacía que te sintieras bien sólo mirándola, su rostro y su expresión eran todo bondad. Me propuse educarla como a una verdadera dama pero preparándola, al mismo tiempo, para saber enfrentarse a los reveses de la vida, y a decidir su futuro por sí misma. Tuvo muchos pretendientes y acabó casándose con un rico comerciante del que se enamoró perdidamente. Tres nietos me ha dado ya.
Después de ese primer parto vinieron otros tres:
Valentino, el vivo retrato de su padre, fue el segundo. Eligió también el camino de las armas y no le fue mal escalando posiciones en el seno del ejército hasta convertirse en la mano derecha del conde en materia de defensa. Así fue como logró casarse con la heredera de una de las familias de más abolengo de la ciudad y, aunque salió mujeriego y amante de todos los placeres, siempre fue discreto, buen esposo y padre.
Al poco tiempo nació Pietra, morena, de penetrantes ojos oscuros y un carácter del demonio. No sé a quien salió esta hija mía y aunque me dio muchos disgustos, no puedo dejar de sentirme orgullosa de ella. Era bien pequeña y ya se peleaba con su hermano sin darse jamás por vencida. Es tozuda, perseverante, inteligente e indómita. Ya supondrás que con un carácter así no le fuese fácil encontrar marido y tampoco ella parecía tener prisa por desposarse. Pero cuando ya todos pensábamos que se iba a quedar soltera y Romeo trataba, sin ninguna fortuna, de convencerla para que aceptase como esposo a un artesano herrero muy apreciado, apareció un viudo ya maduro, primo del conde, que se instaló en la ciudad para hacerse cargo de algunas de las propiedades de su pariente. Este noble tenía dos hijos pequeños y buscaba a una mujer instruida y con carácter que se ocupase de ellos. Pietra, sin decir ni una palabra a nadie, se presentó en la mansión para ofrecer sus servicios. No tardaron ni un año en casarse y mi hija se convirtió en la mejor esposa que puedas imaginar… realmente, el amor hace milagros.
Y por último vino al mundo Giovanni.
Giovanni no es hijo de Romeo, es el fruto de un amor apasionado con un pintor de la corte llamado Marcelo. No te escandalices, querida amiga, ya ves que yo no siento ningún pudor en contártelo, ya que enamorarme de ese hombre fue lo mejor que me deparó la vida. En aquel tiempo, poco o nada quedaba ya del gran amor que Romeo y yo nos profesábamos. Él era un desconocido que venía a casa muy de tarde en tarde, un hombre tosco que había perdido sus buenas maneras, acostumbrado como estaba a tratar tan sólo con rudos soldados, caballos y prostitutas. No sé si en este orden. Por el contrario, yo vivía rodeada de personas elegantes y cultas. Trabajaba, trabajé mucho todo ese tiempo, y formé junto con Estela un pequeño taller en el que empleábamos a algunas muchachas que apuntaban maneras y destreza en el arte del bordado. Y así, podíamos dedicar parte de nuestro tiempo a hacer vida social, siendo ya recibidas y consideradas como iguales por las familias más influyentes. Acudíamos al teatro, a la ópera, y a las reuniones y tertulias privadas en las que se hablaba sobre arte y cultura.
Fue en una de estas tertulias cuando me presentaron a Marcelo. Me quedé tan impresionada que temblaba como una hoja, empecé a tartamudear y mi rostro se tornó rojo como la grana. Cómo nos reíamos, pasados los años, al recordar ese momento. Me enamoré, Annabella, me enamoré como una criatura. Él hacía brincar mi corazón con sólo mirarme. Fuimos amantes hasta su muerte, hace ahora tres años y… le echo tanto de menos que desde entonces he perdido las ganas de vivir…
(continuará)
La verdadera historia de Romeo y Julieta (II)

(Picasso)
Nos instalamos en una casa que pudimos conseguir gracias a la influencia de un personaje que trapicheaba e intercambiaba favores con los miembros del ejército del condado. Romeo era buen soldado y con su natural atractivo no tardó en contar con un buen número de amigos siempre dispuestos a echarnos una mano. Afortunadamente, en todo eso tiempo Dios quiso que no me quedase preñada, seguramente debido a las dificultades del viaje, los nervios o la mala y escasa alimentación a la que me vi sometida. Pero una vez que parecía que nuestra vida se encarrilaba, mi querido esposo ansiaba tener descendientes, cosa que a la que yo aun no estaba dispuesta.
Como sabes, cuando vivía en Verona, era de sobra conocida mi habilidad en el bordado y en la confección de hermosos tapices, así que decidí que podía ganarme un buen dinero con algo que hacía bien y con lo que además disfrutaba. En un primer momento no le conté a Romeo mis proyectos, porque me barruntaba que no aprobaría la idea, pero como se pasaba la mayor parte del tiempo luchando por la región pensé que a cosa hecha ya nada tendría que decir. Conseguí que me presentasen a una mujer que era realmente prodigiosa en estos trabajos artesanales y que no daba abasto con los encargos de las grandes familias de la ciudad. Se la rifaban. Y sus bordados, ajuares, lencería, y tapices alcanzaban precios muy sugestivos que le permitían vivir como una gran dama.
Estela, que así se llamaba, se quedó sorprendida cuando le enseñé unas enaguas que yo misma había bordado en pocos días utilizando un lino que había conseguido a muy buen precio. Inmediatamente le propuse trabajar para ella durante un mes a prueba, completamente gratis. Podía hacerme los encargos que quisiera para así comprobar mi pericia con la aguja. Y fue de ese modo como me convertí en poco tiempo en su más fiel colaboradora y amiga. Fue también ella quien me aconsejó visitar a una vieja que procuraba remedios para no quedarse preñada, entre otros muchos.
Cuando Romeo se enteró de lo que hacía mientras él estaba ausente puso el grito en el cielo, pero al ver la gran bolsa de monedas que yo tenía bien guardada en el arcón del dormitorio dejó de protestar. Era más de lo que él cobraba guerreando. Y también había que tener en cuenta que gracias a mi trabajo teníamos entrada en las casas más nobles del contorno. Yo vestía como una dama y ya tenía dos sirvientes. Y muy pronto nos trasladaríamos a una casa más grande y mejor que aquella en la que vivíamos. Mis manos estaban suaves y yo había vuelto a tener el aspecto que tenía cuando nos conocimos en Verona.
Lo que no le gustó nada fue descubrir aquellas hierbas que yo tomaba como remedio para la preñez. Él, tan dulce y algo pusilánime, se puso como loco. De aquella me ató a la cama y se pasó siete días y siete noches, que era el permiso del que disponía, poseyéndome una y otra vez. Descansábamos solo para comer, beber y hacer nuestras necesidades. Y luego volvía de nuevo a cabalgarme. Acabé dolorida y con una tremenda escocedura entre las piernas que me impedía andar con normalidad cuando por fin me dejó salir del lecho. Consiguió lo que quería ya que al poco tiempo descubrí que esta vez estaba preñada. Para entonces también a mí empezaba a ilusionarme, tenía un futuro asegurado y podía seguir con mi trabajo hasta que llegase la hora del parto, ya que no me suponía ningún esfuerzo que pudiese perjudicar la buena marcha del embarazo.
(continuará)
La verdadera historia de Romeo y Julieta

Mi muy apreciada y querida Annabella:
Cuando recibas esta carta seguramente creerás que un fantasma ya casi olvidado ha vuelto del más allá a visitarte, y posiblemente estés en lo cierto, ya que quizá para entonces habré muerto. Pero ahora es una anciana mujer la que te escribe, una pobre vieja que hace muchos años que dejó de existir para todos los que me conocíais.
El mensajero con el que te hago llegar esta misiva me ha asegurado que aún vives en Verona y que, a pesar de los achaques propios de la edad, estás en pleno uso de tus facultades mentales. Espero que continúes así para cuando él te la entregue. Una vez la hayas leído dejo en tus manos lo que quieras hacer con ella. Ningún interés especial me mueve a contarte mi verdadera historia, si no es el desahogarme y morir por fin en paz cuando Dios quiera. Y el que siempre te consideré mi mejor amiga, ésa a la que se le cuentan todos sus secretos, aunque éste no pude referírtelo cuando me hubiese gustado hacerlo.
Olvida todo lo que te contaron sobre mi muerte y la de Romeo. Toda esa leyenda que corrió por Verona no fue más que una pantomima de mis queridos padres que no podían soportar la afrenta de que se supiese que su única hija se había entregado y fugado con el hombre que ya por nacimiento y más tarde por los hechos que se desarrollaron se convirtió en su peor enemigo. Limpia tu corazón y tu mente de todas esas patrañas y estarás entonces dispuesta para escuchar y aceptar la verdadera historia de mi vida.
Aquella noche, Romeo y yo nos encontramos en el cementerio. Teníamos ya todo preparado para escapar a otro país donde él tenía algunos parientes lejanos que, según creía, estarían dispuestos a ayudarnos. No te puedes imaginar lo difícil que resultó el viaje. Durante algunos días hasta que estuvimos lejos de Verona, viajábamos de noche y durante el día nos escondíamos en cabañas medio abandonadas en parajes solitarios. Llevábamos algunas provisiones de las que nos alimentamos hasta que ya no nos quedó ni un pedazo de pan que llevarnos a la boca. Luego empezamos a gastar el poco dinero de que disponíamos hasta que la bolsa quedó igualmente vacía.
Para entonces llevábamos varias semanas de viaje atravesando territorios en continuas guerras o pequeñas escaramuzas entre nobles que se disputaban sus tierras. A veces debíamos permanecer varios días escondidos por miedo a vernos envueltos en alguna refriega. Fueron horas terribles, muerta de miedo, sucia, con el cuerpo dolorido y magullado por el tiempo que pasaba montada a caballo, con el estómago vacío y una inmensa añoranza por las comodidades que había dejado en mi casa.
En ese momento, ya empecé a darme cuenta que mi querido Romeo tenía poca empenta para enfrentarse con las dificultades que nos iba a acarrear la vida que ambos habíamos escogido. No era buen cazador ni sabía ningún oficio que pudiese servirnos para ganar algún dinero o en caso de apuro canjear trabajo por comida y alojamiento. Sólo sabía luchar con su espada y menos mal que se dejó guiar por mi consejo y no la vendió a cambio de comida como era su deseo. Así que viendo que estábamos lo suficientemente lejos de nuestra tierra, le obligué a ponerse a las órdenes de un conde que parecía poseer un gran ejército, al menos hasta que pudiésemos seguir nuestro viaje hasta el país en el que habitaban sus parientes…
(continuará)
Santificarás las fiestas

“Podéis ir en paz” salmodió el sacerdote dando por finalizada la Santa Misa.
“Demos gracias a Dios” responde ella a la vez que unas decenas más de fieles, que acto seguido se dirigen a la salida.
Es una soleada mañana de domingo y la mujer camina tranquila y sonriente hacia su casa. Vienen los chicos a comer y ha dejado cocinándose un sabroso estofado, a fuego lento.
Un fuerte golpe en mitad de la espalda casi la hace caer, pero unas manos como garras la sujetan y la apoyan contra la pared. Un cuchillo ensangrentado se alza contra ella empuñado por el hombre que la mantuvo aterrorizada media vida. Casi no puede creerlo, después de tantos años él ha vuelto. La afilada hoja se clava en su carne una vez tras otra, y ella la ve venir como en cámara lenta y siente como rasga los tejidos y le parte el corazón.
Mientras cae al suelo en un charco de sangre, un pensamiento se abre paso a través de la niebla que ha empezado a envolver su cerebro: “si alguien no apaga la cocina… se quemará el estofado.
Sacrificio
La Espera

Se me comen las moscas.
La luz del sol, o de la luna, queda presa
en la mugre que se agolpa en los cristales.
La comida se pudre en la cocina.
No tengo cigarrillos,
sólo me queda uno de esos cigarros enormes que escondías.
Huelo a vómito rancio,
a orines y a sudor.
En el tocador, el perfume Chanel nº 5
me hace un guiño burlón,
se siente a salvo en su bonito frasco de diseño.
Un mes hace ya que te marchaste.
Un mes, dos días y tres horas y cuarto.
No te muevas, dijiste besándome en la boca,
ahora vuelvo.
Por mis piernas aún se deslizaban
tibias gotas de semen.
Hoy, ayer, hace unas horas... no recuerdo,
creí oir ruido de pisadas,
y la esperanza, me apuñaló con saña
cuando asomaron su hocico por la puerta
un par de ratas.
Me estoy secando, amor, como tu semen,
como las hojas del geranio.
Pero ya ves, estoy aqui, quieta,
esperando,
porque al marchar dijiste que volvías.


