Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Mi propósito
Vale, vale... me rindo. Anda todo el mundo, dale que te pego, con los propósitos para el nuevo año... qué cansinos. Y no sé para qué porque al final nadie cumple ninguno... yo tampoco, pero para que se callen aqui va el mío:

 
A los que pasan por el cajón...
A los que pasan por este Cajón Desastre, a los que se quedan, a los que les gusta leer, a los que no, a los silenciosos, a los que dejan su huella, a los que me quieren, a los que no tanto, a los que quiero, a los que leo, a los anónimos, a todos y cada uno de vosotros:

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Des.
 
Rompiendo cadenas
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No puedo soportar este maldito dolor. Es como si me clavasen miles de alfileres por todo el cuerpo. Me duele hasta respirar. Cualquier movimiento me deja sin aliento. Los calmantes casi no hacen efecto, pero no quiero que me administren fármacos más potentes, no quiero. Por eso callo, aprieto los dientes y ahogo mis quejidos. No quiero dormir, aun no, sólo necesito un poco más de tiempo.
Ya has llegado y es para mí tu primera visita. Entras sonriente, llevas enganchados a tu ropa jirones de la vida, ahí fuera. Y yo siento una rabia intensa. No quiero que me cuentes que viste a Fulanito, que se separó de su mujer y ahora hace vida de soltero, me manda recuerdos. O a Menganita que ha engordado y te manda muchos besos. ¿No te das cuenta? No quiero que el mundo siga su curso mientras yo estoy aquí atrapada en este despojo de lo que fue mi cuerpo. Nuestros sudores huelen diferente. El tuyo huele a humanidad, a prisa, a proyectos. El mío, sin embargo, huele a vacío, a enfermedad… si al menos oliera a muerte, sabría que está cerca, que pronto acabaría este tormento.

No te hablo, no pienso hacerlo, te lo juré ayer cuando imploré tu ayuda y te negaste. Resultaría tan fácil, te dije, lo tengo todo planeado. Nadie, nadie podría inculparte, todos creerían que se trataba de un infortunado accidente. Pero no, tú tenías que salir con esa mierda del amor, que tú me quieres y los chicos, los chicos también, que no podríais soportarlo. Eres un imbécil. Claro que me queréis ¿crees que no lo sé? Pero sería sólo un dolor puntual que pronto acabaría pasando y os quedaría luego mi recuerdo. Por supuesto que mis hijos me quieren, afortunadamente mi cerebro aun funciona perfectamente y no lo he olvidado, pero era mucho más fácil quererme antes. Era fácil querer a la mamá activa y atractiva, a la que siempre estaba disponible para escuchar, reír o llorar dependiendo de sus necesidades, la que se ponía a estudiar para poder así ayudarles, la que salía con ellos a pasear o a hacer locuras, la que se tintaba el pelo de un increíble rojo fuego, la mamá que envidiaban sus amigos porque les hacía sentirse como en casa cuando venían a estudiar. ¿Dónde están ahora esos amigos? Dímelo tú, anda, si te atreves. Ahora ya no resulta agradable venir aquí y si vienen a casa intentan no hacer ruido para que no me entere, y no tengan así la obligación de pasar a verme. ¿Crees que no me doy cuenta? Y eso que no me quejo e intento reír con ellos, pero no pueden ocultar sus miradas llenas de compasión, su pena. Y acaba por dolernos a todos, a mí y a ellos.

Y tú. Tú también me quieres. Lo sé. Pero odio los domingos en que estás aquí todo el día ocupándote de mí porque la enfermera que me cuida tiene el día libre. No me importa ser un guiñapo en manos de una extraña, para eso cobra al fin y al cabo, es su trabajo. Pero no soporto que seas tú quien tenga que bañarme. Eso estaba bien, muy bien, en nuestros juegos sexuales, cuando yo me convertía en una muñeca caprichosa y hacía que me bañases y me perfumases entre juegos. Pero ahora no, ahora me hace sentir como una mierda. Y me doy cuenta ¿sabes? de tus miradas furtivas al reloj, de tus esfuerzos por hablar de cualquier cosa, lo que sea. Y del gesto, mezcla de pena y asco, que no puedes reprimir cuando curas las llagas de mis nalgas, efecto de las horas que permanezco aquí sentada.
Me alegro de no haberte contado mi plan porque así no podrás impedirlo. Si esto dura mucho acabaréis odiándome. Y yo a vosotros. Lo sé, porque empiezo a sentirlo.

Es imposible que ocupes mi lugar, que por unas horas te des cuenta de cómo me siento. Pero ¿no tienes bastante con mirarme? ¿no te bastan mis súplicas? Y luego te enfadaste porque ordené a la enfermera que echase a mi hermana. A esa monja hija de puta no se le ocurre otra cosa que venir a hablarme de esperanza, de dios que está en el cielo cuidando de sus criaturas. No me importa, no me importó nunca, que ella crea en esas tonterías, pero si antes no le consentí que viniese con sermones ¿por qué voy a consentirlo ahora? No sé si lo suyo es fe o gilipollez en estado puro. Dios… menudo cabrón. Si existe es un monstruo sádico y cruel. No se contenta con arrebatarnos la vida, que ya es suficiente. No, además nos roba la dignidad. Y cuando nos ve convertidos en gusanos inmundos, incapaces de cuidar de sí mismos, se recrea en nuestro dolor, hasta que un buen día se aburre y firma la sentencia.

Cuando ayer te marchaste de mi habitación le dije a la enfermera que me sentase ante el ordenador. Intenté escribir. Y sólo pude llorar. Mis dedos, que antes corrían veloces sobre el teclado, se han convertido en garras encorvadas que no puedo mover. No me importaría convertirme en un monstruo deforme si mis manos quedasen libres de esa maldición. Pero, claro, tú no lo entiendes. Nunca has entendido lo que para mí significa poder escribir. Que era un pedazo de vida que sólo a mí me pertenecía, mi ración de oxígeno, mi escape, el pañuelo que secaba mis lágrimas, o el dibujo de una sonrisa en mi rostro. No entiendes nada.

Pero ya queda poco tiempo, porque no hay dios que decida por mí. No lo hay, entérate bien. Y tú tampoco vas a hacerlo. No vas a tenerme aquí prisionera con la excusa del amor que me profesas. Vete a la mierda. Tú y el amor.

Hace un día precioso y cuando venga la enfermera le diré que me saque al jardín. No sé si tú le has dado instrucciones precisas para que me vigile, pero aun así, siempre fui más lista que tú y aun tengo la suficiente autoridad para hacerme obedecer. Dejará esta odiosa silla de ruedas en la que permanezco sentada una hora tras otra, cerca de la piscina, justo al principio de ese suave desnivel, bajo la palmera. Luego haré que vuelva a mi habitación a traerme un calmante. Sé que sentiré un dolor inmenso, casi insoportable, cuando quite el freno. Es mi último sacrificio, el pinchazo final. Pero no importa porque luego todo será extremadamente fácil. La silla se deslizará suavemente hacia la parte más profunda de la piscina. Una vez en el agua sólo tengo que respirar, dejar que mis pulmones se inunden de agua clorada, azul y fría. Aunque duela, nada es comparable con este tormento. Nada, puedes estar seguro.
Entonces, por fin… la libertad.

Y si no diera resultado, si algo fallase, lo intentaré una y otra vez, de cualquier forma posible, lo intentaré hasta mi último aliento.
No voy a morir encadenada. No voy a hacerlo.
 
Veinte razones
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Imagen: Javier Azurdia

Busco razones para no quererte.
Con tesón y paciencia, al fin encuentro…
un par de decenas.
El fino bisturí de mi consciencia
las disecciona una por una:
son sólidas y suenan convincentes.
Apareces.
Si serán canallas…
que en unos segundos ya están de tu parte
y así se convierten
en veinte razones por las que quererte.

 
Un cuento de Navidad: Añoranza
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Fotografía: Pablo Herrerias

Cómo le gustaría pasear por las calles iluminadas, abarrotadas de gente. Pararse delante de los escaparates de los grandes almacenes repletos de objetos inútiles, de ropas hechas en serie, diseñadas para un ejército uniforme y aburrido. Quisiera cerrar los ojos y encontrarse segura en casa de mamá, soportando las continuas indirectas de sus cuñadas sobre ese futuro incierto que pesa sobre ella, sin un hombre que la cuide, siempre de flor en flor; la mirada resignada de su madre preguntándose qué ha hecho para merecer una hija tan rara, o la desaprobación silenciosa del padre por su forma estrafalaria de vestir, tan en contraste con los bonitos vestidos y zapatos de tacón alto que lucen las mujeres de la familia. Desea con todas sus fuerzas volver a ver esos odiosos y odiados papá noel encaramándose a los balcones…
Hoy debe ser Nochebuena. Es difícil distinguir el paso de los días, allí encerrada, aunque ha aprendido a relacionar los lejanos sonidos que le llegan de fuera con el día o la noche. Y las visitas diarias del hombre.
Sí, es Nochebuena, está segura. Lo supo cuando él mojó su polla en cava antes de hacérsela tragar. Lo supo cuando después de follarla le dejó en el suelo un plato con trozos de turrón. Ese turrón que saborea despacio mientras recuerda otras Navidades, otras odiosas Navidades… ojalá volvieran.

 
Umbral
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Hace unos días recibí un e-mail invitándome al estreno, en el Salón de actos de la Casa de Cultura de Puerto de Sagunto, de una nueva obra de la Compañía Hongaresa de Teatro... Umbral, galardonada con el Premio Marqués Bradomín. Ante todo, doy desde aqui las gracias por la invitación, pues de otro modo quizá no me hubiese enterado. Vivo bastante cerca del Puerto de Sagunto, por lo que ayer por la noche asistí a la representación.
Es una obra dirigida por Markus Spröstom, con Paco Zarzoso (autor de la obra) y Lola López como únicos actores. Dos únicos actores que en cinco historias distintas interpretan diversos personajes, a veces juntos y otras con brillantes monólogos. Siempre me han parecido dificiles los monólogos, ese encontrarse sólo en el escenario ante un público que espera expectante lo que el actor va a contarle, sin el apoyo del compañero que le de pie, o que le saque del aprieto. Sí, pienso que es todo un reto.
La obra tiene momentos chispeantes de humor, aun cuando las historias que nos cuentan no dejan de ser tristes, no porque sean tragedias o estén llenas de desgracias, si no por lo que tienen de normalidad, porque es lo que muchos sentimos en nuestra vida diaria.
La primera de ellas nos presenta a un hombre que se siente invisible ante la sociedad ¿cuántos de nosotros no nos hemos sentido así alguna vez? y nos cuenta lo que esa sensación representa en su vida. Al mismo tiempo nos muestra lo fácil que puede resultar dar un giro total a la percepción que se tiene de uno mismo.
La siguiente historia nos muestra a una mujer obsesionada por una ruptura, un abandono, el inmenso vacío que siente al ser sustituida por otra mujer. Su vida gira en torno al teléfono, que permanece mudo mientras ella espera una llamada que nunca llega.
A continuación asistimos a una conversación telefónica entre un hombre y una mujer, vecinos en la misma finca de pisos, desconocidos a pesar de la poca distancia que les separa. El motivo que da pie a la charla es un apagón, ella tiene miedo a la oscuridad, al silencio. Y eso la hace buscar compañía. Cuando se hace la luz... todo vuelve a la "normalidad" como si nada hubiese sucedido.
Vemos luego como una mujer se imagina toda una historia apasionada con un desconocido con el que cruza una mirada mientras ambos esperan (uno a cada lado de la calle) a que el semáforo cambie de rojo a verde. Es algo así como el cuento de la lechera. Me gustaron mucho los contínuos "saltos" que da la protagonista entre la imaginación y la realidad.
Y por último, un hombre que regenta un matadero, enamorado de una de sus empleadas que ha decidido cambiar de trabajo. Durante el tiempo en que la espera en su despacho ensaya una y otra vez todo lo que quisiera decirle para hacerla cambiar de opinión. Pero, en el momento de la verdad, cuando la tiene delante, no sólo la deja irse sin confesarle su amor, si no que hasta le da una carta de recomendación para su nuevo trabajo.
¿El punto coincidente en todas las historias? Yo creo que el título lo dice todo "Umbral". Es ese momento en que podemos tomar una decisión que cambiaría nuestra vida. En muy pocas ocasiones nos atrevemos a cruzar el umbral (por cierto, es una palabra que me encanta) y elegimos continuar en este lado, el lado conocido, en el que con mayor o menor fortuna nos movemos.
Disfruté con la representación: un modesto y sencillo escenario, buena música acorde con lo que en él se contaba, y un par de actores a los que se les notaba que se sentían a gusto allá arriba y que fueron capaces de transmitir y conectar con el público.