Condena

Imagen: Vientos de la vida (Adevor)
Hace unos meses le vi por primera vez. Era una mañana más y como todas, yo desayunaba en una pequeña cafetería mientras leía el periódico. Cuanto entró nos miramos un instante y al momento me enfrasqué nuevamente en mi lectura. Levantaba los ojos de cuando en cuando, y me encontraba con los suyos. Volvió al cabo de dos o tres semanas. Luego sólo pasaron unos días. Poco a poco los encuentros se sucedieron de forma más asidua hasta convertirse en algo cotidiano. Creo que viene allí a tomar su café sólo por verme.
Es un tipo corriente, bien parecido, alto, de complexión fuerte y manos grandes. Tiene una agradable sonrisa y una profunda mirada. Azul. Casi siempre viene acompañado de su hija, una niña de unos seis o siete años. Creo que es argentino, pero con una buena posición pues la niña lleva el uniforme de un colegio privado de la zona. Estos últimos días me he dado cuenta que le prodiga muchas carantoñas: caricias, besos… Y siempre lo hace mientras me mira fijamente. Alguna vez le acompaña su mujer. Es tan alta como él, mal formada, tiene unas piernas largas y un cuerpo recto, sin atisbo ninguno de alguna curva femenina. Es fea.
Los días en que ella le acompaña son los que más me divierten y me excitan. Le miro continuamente y él rehuye mi mirada, pero no siempre puede hacerlo. Cuando se encuentra con mis ojos se queda allí enganchado hasta el punto que, en varias ocasiones, su mujer se ha dado cuenta de que él estaba distraído y no la escuchaba. Entonces ella sigue la dirección de su mirada pero me encuentra siempre embebida en la lectura del periódico abierto ante mí, sobre la mesa.
Me he dado cuenta que me visto para él, eligiendo con cuidado la ropa más sexy, la que mejor me sienta.
Hoy era uno de esos días en que ella le acompañaba. Cuando me di cuenta que se dirigía al mostrador para pagar la cuenta, me he levantado al mismo tiempo y muy discretamente he deslizado en su mano una nota que escribí a toda prisa en una servilleta de papel. Se ha puesto tan nervioso que tartamudeaba sin poder contestar a la pregunta que en ese momento le dirigía la dueña del local.
La nota era escueta: “Si quieres condenarte, te espero en las puertas del infierno. Ésta es la dirección. Mañana a las diez de la noche. En punto.” La dirección del infierno es la de un pequeño hotel a las afueras de la ciudad.
He pasado el día pensando en él sin poder concentrarme en el trabajo. Camino deprisa hacia mi casa. Se que ella me estará esperando, ya se ha dado cuenta, lo lee en mis ojos antes de que ocurra. Estoy ansiosa por llegar, quiero ver la rabia en su rostro crispado, que se de cuenta que una vez más ha perdido la batalla contra el diablo, que volveré a hacerlo, volveré a pecar, a follar con un desconocido, que sepa que su ángel, su niñita, es una zorra, una perra caliente en busca de un macho que la cubra.
Me jodió la vida.
Y todo porque un pobre desgraciado la preñó de mí y se largó por pies. Y no me extraña. Concentró todo su odio hacia los hombres en hacer de mí “su niña”, santa, pura e inmaculada. Por las noches, en la cama, me tapaba la cabeza con las mantas para no ver los horribles cuadros colgados en las paredes de mi habitación. Toda la casa está inundada de pinturas de dioses vengativos, de infiernos repletos de almas pecadoras ardiendo eternamente, de mártires que preferían morir antes que caer en el pecado. Cuando crecí, deseaba que un demonio viniese a por mí, que poseyera mi cuerpo, mi alma, que quemase mi piel con su aliento abrasador. Yo gemía en sueños. Y era entonces cuando ella me hacía levantar y arrodillarme. Rezar, rezar, rezar, mientras el cuero de su cinturón mordía con furia mi carne. Fue mi carcelera y mi guardiana. Apartó de mi lado a todo aquel que me mostrase afecto: Laura, una niña dulce y tímida que quiso ser mi amiga, Josefina, la vieja maestra que intentó ayudarme. De todos me alejó. Yo era su niña y ella lo daba todo por mí. Yo era toda su vida y ella debía vigilar que no cayese en el pecado.
Y llegó él.
El hombre de mirada dulce y sonrisa tierna. El hombre al que entregué mi amor sin condiciones. No pude esconderme de ella mucho tiempo. Lo supo. Y fue saberlo y entregarse en cuerpo y alma a la tarea de alejarle de mí. Ese hombre me amaba. Luchó, luchó por nuestro amor desesperadamente. Y yo pensé que esta vez ganaría la batalla. No se cómo lo hizo, no se que artimañas utilizó, no se si le mató. Pero un buen día desapareció de mi vida, así, sin más. Se lo tragó la tierra.
Quise morir, quise morir mil veces. Y lo intenté unas cuantas. Pero ella estaba siempre ahí, vigilante, ella no iba a consentir que yo la abandonase. Luego pensé en huir. Hasta que un día supe lo que tenía que hacer.
Llego a casa y se que ella está esperándome. En la habitación medio en penumbra su sombra se alarga a la luz de las velas. Un dios furioso soltando llamaradas por la boca me mira colgado de un clavo en la pared. Mis ojos son de fuego. Está de pie, el rostro crispado, con su mano derecha aferra el látigo que pende lánguido hasta el suelo. Me desnudo despacio, gozando con cada prenda que dejo caer al suelo. Muestro desafiante mis pechos con los duros pezones apuntándola. Ella aprieta los dientes.
Me arrodillo y le ofrezco mi espalda.
El látigo restalla y me quema la piel. Un hondo gemido se me escapa y llena la habitación. Más fuerte, mamá, más fuerte, mátame, mátame a latigazos… los golpes se suceden… mañana, un demonio lamerá mis heridas y mi sexo, abrirá mis entrañas para inundarlas con su semen diabólico, gritaré de placer, seré su esclava, beberé de su leche caliente, seré su puta, su furcia, su ramera… mátame, mamá, mátame a golpes.
Empieza a desfallecer mientras jadea. Con voz ronca implora al dios de la pared: yo no quiero pecar, dios mío, no quiero, tengo que castigarla, es mi niña, díos mío.
Siento la sangre resbalar por mi espalda: mañana follaré con el demonio, mamá, y luego vendrá otro y otro y otro más. Río, cuando el látigo vuelve a caer sobre mi espalda, río cuando la veo en el suelo gozando los espasmos de su orgasmo.
Me levanto despacio. Mis ojos son de fuego.
Arderás eternamente en el infierno, mamá, te has corrido como una mala puta, y eso, eso es pecado, tu dios te está mirando, está enfadado… seguro. Ella se encoge en el suelo como un feto. No, mamá, no sirve arrepentirse, ni hacer penitencia, porque yo sé que volverás a hacerlo, lo harás siempre que a mí me plazca… esa es tu condena.
Mañana, no me esperes despierta, seguramente vendré tarde.
Pensamientos en espiral (Caligrama)

Cada día me resulta más frustrante y deprimente enfrentarme a la fría realidad del espejo. Cada día descubro una arruga que antes no existía, un colgajo de piel, un contorno que pierde su tersura. ¡Díos! Que triste es envejecer. Díos… si de verdad existe un creador, el tipo se lució de lo lindo, hay que ver que mente más retorcida, no le bastaba con el nacimiento y la muerte, que dicho sea de paso a mí no me preocupa demasiado, pero… también podíamos palmarla cuando nos toque aunque manteniéndonos con treinta y tantos, año arriba, año abajo. La treintena dicen que es la mejor época de la vida, yo creo que debe ser porque intentamos disfrutarla al máximo pensando que pronto llegan los cuarenta, y una vez metidos ahí, ya no hay quien le eche el freno a la decadencia. Sí, uno puede alargar esa “madurez” al máximo, con la cirugía, una buena alimentación, deporte, pero los años están ahí y tarde o temprano se echan encima.
Odio envejecer, y encima parece que a la gente le gusta recordártelo. Así que te encuentras con algunas que preguntan por los niños y después de los parabienes por lo bien que les va en el trabajo o los estudios o en el plano sentimental, sueltan aquello de: “¡ay! Hija, la vida ahora es para ellos, a nosotras ya no nos queda nada que hacer. Son ellos los que tienen las ilusiones, los proyectos…” y a mí se me queda cara de aterrada imbécil al visualizar mi negro y aburrido futuro. A veces sucede, como ayer por ejemplo, que tropecé en la piscina con una antigua conocida, una mujer que fue guapa y muy atractiva y que al despedirnos después de una breve conversación me dijo: “¡Qué triste es hacerse mayor ¿verdad?... qué triste! Pero claro, eso no lo puedes decir en voz alta porque te tachan de loca, como esas viejas actrices “jolivudenses” que se traumatizaban con el paso de los años. Y ahora ni eso les queda a las pobres, porque se ha puesto de moda que la vejez es hermosa, que puedes hacer infinidad de cosas, que puedes estar estupenda a los sesenta. Pues claro ¡no te jode! Yo estoy estupenda a los casi cincuenta (sobre todo si echo una miradita a mi alrededor) pero estaba mucho más estupenda a los treinta y cinco, ya lo creo que lo estaba.

Y no pasa nada si a uno le envejece el espíritu al mismo tiempo que el cuerpo, pero cuando no es así, te sientes un bicho raro y a veces un tanto ridícula, porque siempre hay almas caritativas que te recuerdan que esos pantalones no son para tu edad, o ese corte de pelo, o ese jersey extravagante, o ese par de botas que a ti te fascinan. Y cuando se te ocurre hablar en voz alta de una nueva ilusión, un proyecto que has ido dejando siempre olvidado y ahora quieres llevarlo a cabo, entonces muy ladinamente dejan caer que quizá ya no tenga sentido porque ¿de qué te sirve? Como si todo lo que hacemos en la vida tuviese que tener un propósito determinado, como si no se pudiera una embarcar rumbo a un sueño sólo por disfrutar, por ser dichosa.
Y ya no digo nada si osas enamorarte, ilusionarte como en los mejores tiempos. Porque ésa es otra: el corazón, o donde quiera que se fragüen los sentimientos, no sabe de años o lustros, le importa un bledo que tengas veinte años o sesenta, él late con la misma intensidad, incluso me atrevería a decir que a los sesenta lo hace con más fuerza porque sabe que quizá sea ésta la última oportunidad de volver a sentir de esa manera. Ni se te ocurra contárselo a alguien y menos aún a familiares, amigos y conocidos, porque ésos te lapidarán sin miramiento. Así que cuando te preguntan ¿cómo estás?, tú contestas: “muy bien, estoy muy bien” y en tu fuero interno piensas: “salvo que amo con locura a un hombre que no me corresponde, que pienso en él a todas horas, que me muero por mirar sus ojos, porque me acaricie, por besar su boca, que me echo a temblar cuando me habla y me derrito como un trozo de hielo en pleno mes de agosto… salvo por esas nimiedades y que tengo un horrible dolor de muelas… estoy bien, estoy perfectamente”. “Linda, vos estás todita enamorada” sentenció un argentino con el que coincidí en el tren y al que le solté toda esa retahíla precisamente porque no le conocía de nada. “Che… vos sós adivino o tenés una bola mágica”… nos reímos los dos a carcajadas.
Cada día me resulta más penoso el paso imparable del tiempo que ya no suma… resta. Y yo, siempre girando en espiral sobre mi misma, no acabo de encontrarme.
Teatro: El Tunel de Ernesto Sábato

EL TUNEL de Ernesto Sábato.
Director: Daniel Veronese
Actores: Héctor Alterio, Rosa Manteiga, Paco Casares y Pilar Bayona.
Aún estoy impresionada por la calidad de esta obra de teatro basada en la novela de Ernesto Sábato.
Su protagonista, el pintor Juan Pablo Castel, quiere dejar testimonio del crimen que cometió en la persona de María Iribarne, la única mujer que le comprendió y con la que vivió una historia de amor y odio que acabó en tragedia. Juan Pablo Castel (Héctor Alterio) se presenta ante el público dispuesto a contar lo que ocurrió y parece convencido de que lo que hizo era quizá irremediable. Para que podamos entender y revivir su historia hace una reconstrucción de los hechos utilizando actores que encarnan a las personas que, de un modo u otro, intervinieron en los acontecimientos: María Iribarne (Rosa Manteiga), Allende y Hunter (ambos interpretados por Paco Casares) y la Criada y Mimi Allende (interpretados por Pilar Bayona).
Sin desmerecer el mágnifico trabajo del elenco de actores, no puedo dejar de hablar sobre Héctor Alterio, al que encontré sencillamente magnífico. Siempre me ha gustado este hombre, es uno de los actores a los que yo califico como "caliente". A ver si me explico. Hay actores que hacen muy bien su trabajo e interpretan su papel de forma perfecta, pero los actores "calientes" son para mí los que te hacen llegar las emociones de la historia que están representando de manera muy diversa: son los ojos, las distintas expresiones de su rostro, los matices de la voz, el modo en que aprietan los puños o dan grandes zancadas por el escenario, los gritos, los susurros, las indecisiones, los silencios, o la forma en que permanecen inmóviles.
En esta obra, el señor Alterio, pasa en cuestión de segundos de la duda a la seguridad y viceversa, del sarcasmo a la tragedia, de la desesperación a la ternura, y te hace vibrar con él, te hace sentir lo que el protagonista debió sentir en esos momentos.
Inmenso, magnífico, increible... Hector Alterio.
Sobran las repuestas

Está sentada en el viejo sillón de cuero heredado de su padre, sin poder apartar la mirada del cuerpo que yace desnudo en la cama. La luz del amanecer se filtra por las rendijas de la persiana e ilumina la oscura piel dibujando en ella pequeñas líneas paralelas de luz. Le gusta el contraste de ese cuerpo negro con la blancura de las sábanas. Un escalofrío la estremece y busca un viejo jersey de lana, tan largo que le sirve de vestido. Hace frío.
Todos los días, después de hacer el amor, se sienta a mirarle. Hace una semana que le trajo a casa. Le encontró una noche, cuando volvía de tomar unas copas con amigos, enroscado en un rincón del portal. Había empezado a nevar y ella entró a toda prisa deseando llegar a casa y meterse en la cama al calor de las mantas. Pensó que estaba muerto y le dio un suave puntapié para cerciorarse. Ante esa situación, lo lógico es que hubiese salido corriendo a avisar a la policía, pero el alcohol ingerido la dotó de la dosis de valor necesaria. El hombre abrió los ojos, y a ella le parecieron demasiados blancos, parecían dos grandes canicas incrustadas en la negrura de su piel.
Aún no sabe porqué lo hizo, pero le ayudó a levantarse y le condujo hasta su casa. Él estaba agotado, a punto del desmayo, y le supuso un gran esfuerzo caminar hasta allí. A duras penas pudo llegar hasta la cama y se desplomó como un muñeco roto. Le dejó descansar un rato y luego le hizo tomar una sopa caliente que acababa de preparar. El hombre la tomó a pequeños sorbos y volvió a caer vencido por el sueño. La mujer se sentó en el sillón y velo su sueño durante toda la noche.
A la mañana siguiente llamó al trabajo disculpándose por su ausencia. Argumentó que había pillado una fuerte gripe y necesitaría unos días para recuperarse, de momento pasaría el día en la cama.
Luego él despertó.
Intentó, entonces, entablar conversación, preguntarle quien era y qué hacía allí, pero él no la entendía y se expresaba en un idioma que ella jamás había escuchado. Sólo pudo entender, a base de señas que le recordaron a la película de Tarzán cuando conoce a Jane, que se llamaba Malek. Le preparó un buen desayuno y le llevó al aseo, explicándole como pudo que podía ducharse y ella le lavaría la ropa. Malek asintió y al poco rato se escuchaba el ruido del agua cayendo en la bañera.
Se quedó pensativa.
Debía haberse vuelto loca ¿cómo podía meter a un desconocido en casa? Nadie sabía que estaba allí, así que fácilmente podía robarle y largarse, no sin antes asesinarla o hacerle cualquier barbaridad inimaginable. Pero, inexplicablemente, no sentía miedo.
El chasquido de la puerta del baño al abrirse la sacó de sus pensamientos.
El hombre dio unos pasos hacia ella y se quedó quieto mirándola. Iba apenas tapado con la toalla y su piel brillaba allí donde se le posaba la luz. Los gruesos labios parecían llamarla silenciosamente. Por un momento se vio acercándose a él y despojándole de aquel jirón de tela que le cubría. Y lo hizo.
No sabe de dónde sacó el valor para ello, quizá se veía como su benefactora y eso le proporcionaba un cierto poder sobre él.
Le llevó hacia la cama y se dedicó a acariciar aquel cuerpo perfecto. Malek, que en un primer momento permanecía inmóvil sin atreverse a tocarla, empezó a reaccionar. Tenía hambre de sexo y muy pronto se hizo visible su excitación. Rodaron abrazos por la cama, buscándose las bocas, lamiéndose la piel y dejándose llevar por el deseo mutuo. A ella le gustó el efecto visual de las manos del hombre sobre sus pechos, como manchas oscuras en su piel blanca. No esperaba ternura y lo sintió tierno. Bebió de su sexo abierto hasta hacerla desfallecer de placer. La penetró despacio sin dejar de mirarse en sus ojos. Cuando sintió los espasmos de su orgasmo, la abrazó con fuerza contra él. Después, colocó el miembro hinchado entre sus pechos y se dejó vaciar entre gemidos.
Recuerda que la sorprendió el blanco semen y sonríe. Por alguna extraña razón casi esperaba ver brotar una especie de chocolate o café con leche de aquel oscuro pene, como la pregunta con trampa que le hacía su padre cuando era niña: “si una oveja da leche blanca… ¿de qué color es la leche de una oveja negra?”.
Ya se ha hecho de día y Malek se remueve en la cama.
Ella le mira pensativa. Se pregunta cómo fue que llegó allí. Cuando le encontró no llevaba ningún documento, nada que pudiese probar que ese hombre existía. Sí, supone que será un inmigrante, y sabe que llegan cientos cada día. Pero es pleno invierno y no están en la costa, ni en una gran urbe, aquello sólo es una ciudad de provincias, en una zona donde aun resulta extraño encontrarse con extranjeros. Sí, algunos hay, pero ya están instalados hace años y nadie repara en ellos. Ahora, no sabe qué va a hacer con él. Tiene que volver al trabajo, ya ha pasado toda una semana sin aparecer por allí. También tuvo que darle una excusa a su madre para no ir a visitarla el domingo. No tiene ni idea de por donde empezar, ni lo que quiere hacer él. A menudo, cuando yacen abrazados en la cama o en el suelo, él empieza a hablar quedamente. Ella imagina que le cuenta cosas de su vida, de su país…pero no puede entenderle. Aun así, le gusta la cadencia de su voz, y a veces se queda dormida escuchándole.
Malek ha vuelto a acomodarse y su cuerpo sobre la cama evoca un gran signo de interrogación. Es el interrogante de su pasado. Se levanta despacio y se acuesta frente a él tomando la postura contraria a la del hombre… cerrando la pregunta, esperando quizá encontrar la respuesta.
Felicidades, mi niña
Enhorabuena por esa beca de investigación que tanto deseabas... ya es tuya. Sé que la aprovecharás al máximo porque es lo que más te apasiona y... ¡qué coño!... te la mereces. No te me pierdas entre cadenas de ADN y bichitos diminutos de esos que sólo se pueden ver con microscopio y haz el favor... desinféctate bien antes de entrar en casa. Estoy orgullosa de tí, ya lo sabes, pero no está de más que te lo diga. Disfruta, este es tu tiempo. Te quiero.


La Azotea

Fotografía: Delacroix & Dellfina
No había otro momento para subir a tender la ropa que un domingo a las nueve de la mañana. Llego a casa después de una noche de juerga y ahí está mi madre, esperándome. Que le duele la espalda, dice, y no puede con el cacharro de la ropa. Vale, vale, no tengo ganas de oír el sermón, mejor cojo la dichosa ropa y me largo dejándola con la palabra en la boca. Al abrir la puerta de la azotea se me pasa el malhumor, hace un día espléndido. Hay un tipo asomado a la azotea contigua, con los codos apoyados en la pared y mirando en dirección al mar. Me pongo a la faena, en cuanto termine voy a meterme en la cama y no me levanto hasta las siete de la tarde… por lo menos. El hombre se ha dado la vuelta y me está mirando. No sé cuánto tiempo lleva haciéndolo pero caigo en la cuenta que al agacharme dejo a la vista la mitad del culo con el tirachinas del tanga verde pistacho que llevo puesto. Sigo tendiendo la ropa, pero no puedo evitar mirarle de vez en cuando. Está empalmado el cabrón, menudo bulto tiene entre las piernas. Debe tener alrededor de cincuenta años pero no está mal. Será uno de esos polacos o rumanos que tienen alquilado un piso en el edificio de al lado. Le miro un rato y él se acaricia la entrepierna como en un descuido. Le saco la lengua y me voy.
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He pasado toda la semana pensando en el hombre de la azotea. Mi madre se ha quedado parada cuando he subido a tender la ropa sin que ella me dijese nada. Me doy cuenta que estoy ansiosa por encontrarle. Está ahí otra vez, pero hoy no me da la espalda, creo que me esperaba. Empiezo a colgar la ropa en las cuerdas echándole una ojeada de vez en cuando. Llevo falda, una falda bien corta. Tardo más de la cuenta en colocar todas las prendas, creo que nunca lo hice con tanto cuidado. Y no quiero irme todavía. Me siento en el pequeño escalón que sobresale de la pared que rodea la azotea, a unos centímetros del suelo. Él no quita ojo de mis piernas. Dejo resbalar por los hombros los tirantes de la camiseta. Sé hacerlo como si pareciese algo casual. El derecho va cayendo hasta dejar media teta a la vista. Meto la mano y la acaricio hasta sacarla fuera. El tipo se ha acercado hasta la pared que está justo enfrente de donde estoy sentada. Se está sacando la polla, lo sé, aunque no pueda verla. Mis pezones se han puesto duros y mi coño está más que mojado. Me amaso las tetas ya sin disimulo y pellizco los pezones mientras él se pajea. Me voy sin esperar a que se corra.
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Anoche, follando en el coche con Jaime, pensé en el polaco. Me enteré de que es polaco en el bar de Poli, ayer, mientras tomaba una coca-cola. Los hombres todo lo cotorrean y luego hablan de las mujeres. Pensé que era él quien me follaba en el suelo de la azotea. Jaime alucinaba viendo lo cachonda que estaba, y es que el pobrecito no da para mucho, si no me doy prisa con él me quedo a dos velas, debe padecer eyaculación precoz o algo así. Mucho “madelman” pero poco aguante. Subo las escaleras de dos en dos. No llevo bragas. Ya está apoyado en la pared mirando hacia mí. Me obligo a ir despacio, muy despacio, agachándome con cuidado para que sólo pueda ver mis muslos. Nada más. Cuando termino vuelvo a sentarme en el mismo sitio. Le miro un rato y abro las piernas. Abre los ojos y la boca al ver mi coño abierto en todo su esplendor. Subo la falda un poco más y empiezo a acariciarme, metiéndome los dedos bien adentro. Puedo escuchar los ronquidos de su garganta mientras su mano se mueve rápida. Saco los dedos de mi coño empapado y los lamo. Me los meto en la boca. Ha dejado de pajearse y mira por encima de la pequeña pared hacia abajo, por el hueco que separa su azotea de la mía. En un momento se ha encaramado a la cornisa. Tiene la polla tiesa fuera de los pantalones. Hace un movimiento de vaivén con el cuerpo y salta. En esos pocos segundos me he corrido. Está delante de mí, mirándome. Abro las piernas y él se lanza a comerme el coño. Me excita pensar que puede entrar alguien en cualquier momento. Y vuelvo a correrme en su boca. Echo su cabeza hacia atrás cogiéndole del pelo, y él se pone de pie. Antes de meterme la polla en la boca le digo: “llámame puta” “¿puta?” “sí, puta, puta, llámeme puta” Puta, puta, puta… repite sin parar mientras me llena la boca. “Si mañana vuelves a saltar… me follas” le digo ayudándome con señas. Y le dejo goteando semen.
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No sé cuántas veces me he masturbado pensando en el jodido polaco. En el momento en que saltó para venir a comerme el coño. Quiero que salte otra vez, dejaré que me folle sólo por eso, que me la meta por el culo, que me haga lo que quiera. Mi madre no está en casa, creo que hoy le tocaba la abuela. No sé si debería tender hoy, ha estado llovisqueando un poco y el hombre del tiempo dijo que iba a llover. Qué sabrá el hombre del tiempo, si está saliendo el sol otra vez. Cojo el cesto con la ropa y las pinzas. Es verdad, el suelo de la azotea aun está un poco mojado, pero en cuanto el sol empiece a calentar… Está esperándome. Dejo el montón de ropa en el suelo y voy hacie él. Hace intención de subir la pierna para pasar, pero le digo que no, que espere. Quiero que se le ponga dura y se la saque. Me apoyo en la pared frente a él, separados tan sólo por la distancia que hay entre los dos edificios y dejo al aire las tetas. Se las enseño para que las vea de cerca. “¿Te gustan?” Afirma con la cabeza. “Me las vas a chupar y a morder… mira, mira” Y las estrujo, las amaso, mientras los pezones crecen y se empinan. Me toco el coño empapado y él se saca la polla. “Ven, salta, déjame que mire como saltas. Y dime puta, dime puta mientras lo haces”. “Puta, puta…” y se balancea. “Mas fuerte, dilo más fuerte” Me ha mirado un segundo y eso ha debido distraerle. “Puta…” y sus ojos se abren sorprendidos al darse cuenta que no hace pie. “Putaaaaaa….” O quizá estaba mojada la cornisa. Paf.
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“Menudo lío se ha armado ahí abajo” dice mi madre entrando en casa. “¿Qué ha pasado?” “Seguro que estabas durmiendo, hija, nunca te enteras de nada. Uno de esos polacos que al parecer se ha caído de la azotea. O se ha tirado, vete tú a saber. Aunque dicen sus amigos que andaba muy contento últimamente. Los vecinos dicen que a lo mejor quería cruzar a nuestra azotea para entrar luego a robar a cualquier casa. Y tampoco me extraña, de esta gente no te puedes fiar. ¿No habrás subido a tender la ropa?” “¿No has oído que va a llover, mamá? Y hoy que no estabas para darme la tabarra…” Se me cierran los ojos, estoy rendida. Me he corrido tres veces recordando los ojos asombrados del polaco… menuda sorpresa se llevarían al verle con la polla fuera.
