Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
¡Maldita sea!
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Puedo, perfectamente, olvidarme de ti. Ahora. Ya. En este mismo instante.
Puedo chasquear los dedos y hacer que desaparezcas de mi vida como si de un truco de magia se tratase.
Puedo aborrecer de ahora en adelante: tu sonrisa, tus besos, tus caricias; hastiarme de tu voz, del color de tus ojos, del sabor de tu piel, de tus silencios.
Puedo tenerte desnudo, aquí, a mis pies, sin desearte.
Puedo empezar de nuevo como si nunca, jamás, te hubiese conocido.
Hasta puedo volver a enamorarme.
Podría decirte todo esto, y más, si no fuera por el puto suero de la verdad que acaban de inyectarme… ¡maldita sea!
 
Porque estoy en mi mejor momento
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Ésta es mi bicicleta, la primera bicicleta que he tenido en mi vida, que ya casi llega al medio siglo. Algunos pensarán ¿cómo es posible?, pues tampoco yo lo sé, pero es cierto.
Bueno, supongo que eran otros tiempos. En mi casa no sobraba el dinero precisamente, había que apañarse con el salario de mi padre, obrero metalúrgico y estirarlo lo suficiente para vivir cinco personas. Entonces no había tarjetas de crédito y a mis padres no les gustaba que les fiasen nada. Si había que comprar algo se ahorraba hasta tener el dinero suficiente para pagarlo.
Eso sí, las tres fuimos a "colegio de pago" cuando en las escuelas públicas de la época se ocupaban más de cantar el cara al sol todas las mañanas, del mes de María, de enseñar a bordar mantelitos a las chicas y gimnasia a los chicos, que de la educación. Mi padre prefería invertir en ella antes que en otras cosas menos indispensables. Y siempre le estaré agradecida por el sacrificio que hizo para que pudieramos ver cumplidos nuestros objetivos.
Quizá también influyó el que éramos tres chicas en casa y ninguna pidió una bici para Reyes.
El caso es que se me pasó la época de la bicicleta y con el paso de los años me avergonzaba decir que no sabía "montar en bici". Mis hijos, sí, ellos tuvieron sus bicicletas y aprendieron enseguida. Yo disfrutaba viéndoles y al mismo tiempo sentía envidia porque sabía que me había perdido algo bonito.
Hace unos años, con una bici pequeña de mi hijo y gracias a su insisténcia me decidí a aprender. Tuve que aguantar sus risas cuando iba haciendo "eses" por los caminos incapaz de guardar el equilibrio, pero no eran burlas, todo lo contrario, me divertí muchísimo con aquello... como una cría.
Ahora, hace unos días, me compré una bici... sólo para mí. Y el domingo por fin pude estrenarla. Aún pierdo de vez en cuando el equilibrio y acabé molida de la fuerza con la que me agarro al manillar, pero ya no siento vergüenza, ni me importa que me vean o que se partan el culo de risa al ver la cara de susto que debo poner cuando la bicicleta se empeña en ir "a su bola"... ¿a que es bonita?.
Voy a colgar un video de publicidad de un coche que me gusta mucho y tiene algo que ver con lo que acabo de contar.

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Añoranza (microcuento "a dos manos")
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Imagen: Elina Brotherus

La desordenada escribió:

Hace exactamente dos meses, diecinueve días, tres horas, veintitrés minutos y diecisiete segundos que te vengo echando de menos... dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno...

Kluzkl escribió:

Le diría el flemático, apático, abúlico, glacial, frígido, reloj de pulsera a una muñeca -su muñeca, desde la postergada soledad de un cajón.

Des.
 
Teatro: Dies Viscuts
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Compañía: Mutis pel fòrum
Actores: Enric Esteve, Sergio Caballero y Solc Martínez

Primero, hablaré un poco de los actores de esta obra. Sergio Caballero es conocido sobre todo por su participación en un programa de squets humorísticos de la televisión autonómica valenciana Canal 9 "Autoindefinits" que para mí es uno de los mejores que he visto, junto con Camera Café. A Solc Martínez creo que es la primera vez que la veo actuar, también trabaja en Canal 9 en la serie "Negocis de Familia". Enric Esteve es un antiguo compañero de trabajo y viejo amigo.
Cuando éramos preadolescentes no simpatizábamos mucho él y yo, podríamos decir que no simpatizábamos nada, hasta el punto que una vez... llegamos a las manos. Pero por esas cosas del destino, al cabo de cierto tiempo, él entró a formar parte del personal en la oficina en la que yo trabajaba. Cuando apareció allí pensé: ¿Tengo que ver todos los días a este gilipollas? (espero que no lea esto), pero resultó que nos entendimos bien y acabó siendo un verdadero placer trabajar a su lado. Era un chico divertido, gran comunicador y casi siempre sonriente y de buen humor. Ya se le veían maneras para ese dificil mundo de la farándula.
"Dies viscuts" es un drama en toda regla, en el que como en la vida, nadie es del todo malo, ni del todo bueno, nadie es culpable o inocente. Es la historia de dos hermanos totalmente distintos en cuanto a carácter y modo de vida. El mayor pasa la suya trabajando de sol a sol en su barca para que el menor pueda llegar a ser médico. Cuando éste vuelve a casa con su título bajo el brazo y parece que todo está bien, el destino hace que se enamore de la mujer de su hermano... y ya no cuento más.
Quiero destacar la belleza del decorado: el interior de una casa de pescadores, lleno de detalles de la época en que se desarrolla la historia, la música de los entreactos, los efectos especiales del ruido del mar, las gaviotas, una tormenta... la iluminación.
Y merece mi más sincera admiración el trabajo de la protagonista femenina que encarna a la mujer del pescador y que es... ciega. En la hora y media que dura la representación está totalmente imbuida en su papel... me pareció excepcional.
Sólo hubo algo que no me gustó: el público. O mejor diría su comportamiento. Tardaron mucho tiempo en guardar silencio cuando apagaron las luces y aprovechaban los entreactos para empezar a murmurar. Sin contar que algunos (bastantes) reían cuando la historia no tenía nada de risible. No sé dónde estaba la gracia. Estoy acostumbrada a acudir a teatros donde, en el momento en que bajan la intensidad de la luz, los espectadores se quedan mudos y es tal el silencio que se puede oir el aleteo de una mosca. Eché de menos ese comportamiento.
Desde aqui mi más sincera enhorabuena al elenco de actores y todo mi cariño para Enric, al que le deseo "mucha mierda" para éste y todos sus otros proyectos futuros.
 
La Juani
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Tenía un problema la Juani… no sabía decir NO.

Era sólo una niña cuando la sorprendió su madre con aquel vecinito de ojos almendrados y cabello rizado a lo David Bisbal. Jugaban a los médicos. El niño, angelito, quería ver la rajita de la Juani y ella, claro, no supo decir no. Le daba tanta pena con la carita triste y los ojos bajos y la voz cariñosa diciendo “por favor” que se bajó las bragas de flores amarillas y le dejó mirar. Aquello le costó una bronca tremenda, dos semanas sin tele y la firme promesa de no volver jamás a jugar a los médicos.
Algo más crecidita no supo decir no al padre del vecino, el de ojos almendrados, que llamó un día a su puerta para pedir prestada una taza de arroz. Fue una casualidad que ella estuviese sola y que saliera a abrir muy ligera de ropa… hacía tanto calor. Tan pronto la vio el hombre empezó a babear y algo se le movía bajo su pantalón. ¡Ay! Juani que me muero- balbuceaba el señor- no me dejes así, me mata este dolor. La Juani suspiró. Y con mano paciente ayudó a aquel bendito a quitarse ese peso que llevaba en los huevos, mientras él le metía el dedo en la rajita. Se fue el hombre contento y se olvidó el arroz.
Luego vino aquel chico que le pidió salir con ojos de carnero, tan tímido, tan bueno… y aunque a la pobre Juani no le gustaba mucho pues andaba loquita tras de otro jovenzuelo, no supo decir no… le daba tanta pena. Y al pasar de los días, las semanas, los meses, ya le tenía cariño, así que cuando un día le dijo de ser novios, ella dijo que sí.
Mientras tanto la Juani seguía con su problema, sin saber decir no.
Cuando un hombre cualquiera se acercaba hasta ella pidiéndole un favor, se sentía incapaz de dejarle sufriendo. Fue eso lo que pasó con aquel compañero que un día la pilló en un pequeño cuarto donde la Juani fue a por unos papeles que el jefe le pidió. Era un tipo asqueroso de manos sudorosas y allí entre estanterías le arrimaba el paquete mientras manoseaba a la pobre infeliz. Me vuelves loco, Juani, le decía sofocado, pasándole la lengua por la oreja y la nuca, mientras con una mano le sujetaba el culo y con la otra intentaba estrujarle un pezón. La Juani, resignada, se arrodilló ante él y cerrando los ojos dejó que le llenara la boca con aquello que al menos no sudaba. Juani odiaba el sudor.
Otro día fue el jefe el que pidió a la Juani que se quedase un rato pues tenía que ayudarle con un trabajo extra. Y la enculó allí mismo, encima de la mesa. ¡Ay! Juani qué trasero que tienes, vida mía, me lo comía a “bocaos”. Y aquellos trabajitos se fueron repitiendo, a veces por delante, a veces por detrás.
No, la Juani no era golfa, lo suyo era un problema, no saber decir no.
Se dejaba llevar. Y eso es lo que pasó cuando al cabo del tiempo su novio le propuso llevarla ante el altar. A punto, a punto estuvo ella de decirle que no. Pero pensó que entonces le iba a hacer sufrir… tenía tanta ilusión. Y con él se casó.
Aún de vez en cuando no podía evitar el dar felicidad a algún pobre varón que apelaba llorando a su gran corazón. Y aunque sabía la Juani que no era su corazón lo que les atraía, que su único deseo era echar un buen polvo, no podía soportar el verles arrastrarse patéticos, llorosos, con ojos de carnero… se dejaba llevar.
Pero he aquí que un buen día Juani se enamoró. De verdad, de la buena. Su corazón brincaba, los ojos chispeantes despedían más luz que una calle adornada en día de navidad. Y lo mejor de todo era que el tipo aquel por quien bebía los vientos, no buscaba meterle su cosa entre las piernas, ni siquiera que ella le hiciese algún favor. Aquello era increíble. Ese hombre no rogaba, no intentaba engañarla con frases rimbombantes, ni promesas de amores que acababan tan pronto se vaciaban en ella. No le pedía nada. Le abría, sin embargo, un mundo de ilusiones, de esperanza, de risas. La escuchaba paciente, la entendía, la animaba.
La Juani se plantó ante el espejo una mañana, pintó sus labios del color del fuego, y tomó aire. No- dijo con voz suave- y luego repitió de nuevo, no. Más fuerte pensó, y volvió a decir: no, no y no.
Pensó entonces la Juani cuánta vida perdida por no haber encontrado hace un montón de años un hombre como aquel del que se enamoró, pero por otro lado aún podía agradecer al destino quizá, el haberle traído hasta su corazón. Pensó también la Juani que tal vez su problema de que no decir que no se debía quizá a ese afán que sentía por encontrar a alguien que llenase su vida, que la hiciese feliz.
Hace un tiempo que Juani aprendió a decir no, lo hace sonriendo, de forma cariñosa, pero es un no rotundo que no admite más réplica, duda o discusión.