Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Si me pierdo algún día
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Imagen: Roberto Lhotellerie

Si me pierdo algún día, si me pierdo…
si llamas y yo no te contesto,
si no sabes de mí,
si parece que me tragó la tierra,
no pienses que fue mi voluntad,
que me cansé de ti,
o que otro amor apareció en mi vida.
Si me pierdo algún día, si me pierdo…
será porque me abandonó la vida
y me acogió la muerte en su regazo.

No me busques en las pequeñas cosas
que te fui regalando en este tiempo.
No busques en las fotos, ni en las cartas
ni trates de escarbar en los recuerdos.

Estaré en la yema de tus dedos
En la esquina doblada de la página de ese libro viejo.
Estaré en el rincón oscuro de tu cuarto,
y en la letra de la canción que tarareas.
Estaré justo en la comisura de tus labios
o columpiándome de un rizo de tu pelo.
En los guantes de invierno, en tu mochila,
o dobladita y quieta en tu cartera
Me encontrarás dormida en el dulce cobijo de tu pecho
o en tu ombligo enroscada cual ovillo de lana

Si me pierdo algún día, si me pierdo…
No me busques, amor… que estoy contigo.


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Mi cibernovio
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Desde hace unos meses… tengo un cibernovio.

A mí es algo que no me atraía mucho, la verdad. Eso de decirse lindezas por correo electrónico o en la ventanita del Messenger no me pone. Lindezas o guarrerías, que de todo hay en la viña del señor, hay cada uno (o una) que se meten unos calentones… total ¿para qué? para acabar consolándose uno mismo, o con la pareja, que sin comerlo ni beberlo se encuentra apagando el fuego que encendió otra chispa. Para mí, donde esté el vivo y el directo, que se quite lo virtual.

Pero el caso es que a todas mis amigas les dio por eso de chatear, y se pusieron a ligar como locas. Y cada vez que nos reuníamos, dale que te pego con lo mismo: que si mi venezolano es un bombóm, que si el mío es canario y no veas las cosas que me dice, que si el argentino es un amor… y yo allí sin poder meter baza, sintiéndome poco menos que desterrada a la era troglodita. Y tú… Rocío ¿no tienes nada que contar? ¡Ay! hija que aburrida estás últimamente – me repetían una y otra vez.

Así que tuve que tomar una decisión drástica, y haciendo de tripas corazón entré en un chat de esos en los que siempre me negué a poner un pie (es un decir, claro). Me busqué un nick normalito, nada de “gatita mimosa” o “loba salvaje”, no, me bauticé como “Naufraga” y entré muy despacito, sin hacer apenas ruido. ¡Madre mía!, casi me da un espasmo: las conversaciones, no sé si llamar así a frases de tres o cuatro palabras como mucho, eran groseras, ordinarias con pretensiones de erotismo, e iban a tal velocidad que no sabías quien respondía a quien. Cuando me recuperé de la conmoción cerebral, dije un escueto “hola” y al momento, empezaron a abrirse ventanitas de privados que yo no sabía de dónde salían, con marinos dispuestos a subirme a su barco. Empezaba a marearme.
Respiré hondo e hice un rápido estudio de los nicks que me requerían descartando a los que presentaban una connotación claramente sexual del tipo: “pollón” “venquetelameto” “menudopaquete” “folladorincansable” y algunos más que ya no recuerdo.

Así fue como contacté con Germán que desbancó a los de las tres o cuatro ventanitas que se habían salvado del descarte, gracias a su buena retórica, algo cursi y espiritual, pero al menos no tenía faltas de ortografía y lo que aun era más sorprendente: escribía con todas las letras y no utilizaba la “k”… todo un hallazgo. Después de una agradable charla, intercambiamos nuestras direcciones de correo y dimos comienzo a una relación más íntima y formal.

La verdad es que me resultaba gratificante encontrar 2 ó 3 correos en el buzón deseándome un buen día y diciéndome cuánto me había echado de menos, lo especial que yo era y todas esas frases que no por tan conocidas dejan de emocionar.

Después de tres meses y diez días de comunicación continua funcionando todo a las mil maravillas, Germán tuvo la genial idea de conocernos en persona. Casi me da un patatús. Esgrimí todas las excusas imaginables, que no me sirvieron absolutamente para nada…anda que no es cabezón este hombre.

“Yo no puedo estar así sin verte, tengo que escuchar tu risa y mirarte a los ojos” me decía cada mañana. Y yo: “¿y si en persona no te gusto? ¿y si no me gustas tú a mí?”. Y él: “No seas tonta, mujer, ya te he visto en foto”… Ja. ¿Cómo le digo yo ahora que la foto que le mandé no es mía? Si ya sabía yo que esto de lo virtual acabaría trayéndome sólo problemas. No, no es que yo sea mentirosa, que no lo soy, lo juro. Pero cuando Germán me pidió una foto, estaba tan ilusionado el hombre, tan enamorado, que me dio miedo que al verme se sintiera decepcionado. Y más, cuando me mandó una suya… qué guapo, qué figura, qué elegancia. Un tipo alto, delgado, moreno, sonrisa Profidén y ojos negros como la noche. No es que yo sea un callo de esos que no se pueden mirar, no, soy normalita, pero claro, ni parecida con la foto de la tía tipo Gina Lollobrigida que le mandé.

Total, que se ha puesto tan, pero tan pesado que se me han agotado todas las excusas creíbles y le he dicho que sí. Dentro de un rato me espera en el Café del Puerto y yo estoy hecha un flan. Anoche tanto darle vueltas y más vueltas a la cabeza, se me ocurrió una idea: como la foto que le envié no es mía, no me va a reconocer a primera vista, pero yo a él, sí. Me sentaré tranquilita en una mesa y esperaré a que llegue, observaré su forma de comportarse mientras me espera, y luego… veremos lo que decido.

Pasan cinco minutos de la hora acordada y no aparece por ninguna parte. Va a ser que a última hora se arrepintió. Tengo unos nervios. Si es que le tenía que haber dicho la verdad, pero estas cosas son así, una vez te enredas mintiendo ya no hay forma de parar. ¿Cómo iba yo a pensar que se le iba a ocurrir eso de conocernos?... con lo bien que estábamos como estábamos. Una vez que me decido a buscarme un cibernovio resulta que él quiere una relación tridimensional… tenía que haberle hecho caso a una amiga mía que tiene una máxima para esto de los cibernovios: “que sea feo, pobre, y viva lejos”, es la mejor forma de no acabar en problemas.

Pues aquí no viene nadie. Las horas que son, esto se está quedando medio vacío, sólo hay una mesa ocupada por una pareja adolescente, que por cierto no paran de meterse mano, dos mujeres cargadas de bolsa de las rebajas, un hombre rechonchete y algo calvo… y yo.

En fin, creo que voy a tener que irme.
- Perdone que la moleste ¿conoce algún hotel por aquí cerca? – es el calvo que se ha acercado a mi mesa.
- ¿Un hotel?... sí, en una plaza que hay al final de esta avenida, como dos manzanas más arriba, hay uno que no está mal.
- Es que no conozco la ciudad, pensaba pasar aquí sólo unas horas, pero se me ha hecho tarde y he decidido quedarme a dormir.
- Pues sí, hace usted bien, ya no son horas para ponerse a viajar.
- Disculpe ¿puedo invitarla a un café?... he visto que está sola…
- Ya me marchaba, pero… sí, le acepto ese café.
- Me llamo Germán, señorita…
- Rocío… ¿Germán?
- ¿Rocío?...

Moraleja: El mundo virtual es como un gran carnaval, a veces uno se disfraza de lo que no es, y otras, se quita el disfraz para mostrarse como es en realidad.

 
Dentro del armario
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Imagen: Janto Garrucho

Está sentado en el borde de la cama, desnudo, después de una ducha que pretendió ser relajante. Su pene rojo, hinchado, con la piel tirante, supone casi una molestia. Su mujer entra en la habitación y se arrodilla ante él al tiempo que le separa un poco las piernas. Él se deja hacer. Está hermosa así, con los labios en forma de corazón rodeándole el miembro excitado. La mira y se da cuenta que aquello empieza a perder consistencia. Cierra los ojos intentando concentrarse en las sensaciones que ella le provoca… es inútil. Deja vagar entonces su mirada a través del cristal de la ventana. En la calle el hijo de la Concha, la del tercero, ese muchacho de nalgas apretadas, fuma un cigarrillo apoyado en el capó del coche. Sus ojos se quedan extasiados en su boca, la boca que esa misma mañana mordió en el ascensor, la misma que ahora imagina rodeando su polla que ha vuelto a mostrarse en todo su esplendor.
Soy un puto cobarde – piensa - después de correrse entre las tetas de su esposa.
 
Posesión
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Quiero ser tu dueña, tu única hembra, tu sueño, tu angustia, tus noches en vela.
Quiero ser la fruta que colme tus ansias, el festín que sacie tus ganas de guerra.
Quiero ser el peso que aplaste tu cuerpo contra el frío suelo, las marcas grabadas en tu piel de seda.
Quiero ser el nudo que aprieta tu cuello, que te ata a la cama, que te tiene preso.
Quiero que me sueñes y cuando despiertes me eches de menos.
Quiero que me busques, quiero que me llames.
Quiero que maldigas mil veces mi ausencia, que grites, blasfemes, que te desesperes.
Quiero ser el puño que oprime tu pecho, la sal de tus lágrimas, el cruel veneno que inunde tus venas.
Quiero ser la llave que abre la puerta tras la que se esconde tu íntimo deseo.
Quiero ser saudade para tu alma en pena, el reloj que marque las horas amargas en que no eres mío.
Quiero, quiero, quiero…

Noto cierta angustia en tu rostro serio, mohín de disgusto, quizá algo de miedo… no temas amor, tú ya me conoces. Y es que cuando escribo se me va la olla y me arden las venas. Mil ideas locas giran que te giran a la rueda rueda, corriendo, bailando, gritan, se pelean. Intento atraparlas, las cojo del pelo queriendo inculcarles un poco de orden… ¡callaros! ¡silencio! Y siempre terminan haciéndose dueñas de mis emociones.

No hagas ningún caso, sólo… exageraba.

 
Invisible
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Estoy segura, al fin me he dado cuenta: yo siempre seré yo… no hay vuelta de hoja.
Si supieras cuántas veces me he preguntado que es eso tan especial que tiene ella para que tú andes así de enamorado, cuántas veces deseé ser como ella. Algunas noches al acostarme rogaba a… a algo, sin saber muy bien a quien, que en la mañana cuando me encontrase contigo me dirigieses esa mirada que a ella le dedicas. Ni que decir tiene que jamás se cumplieron mis deseos. Por eso empecé a bombardearte a preguntas sobre sus gustos, su carácter… y tú hablabas y hablabas sin parar de cómo te gustaba su sonrisa, su forma de caminar, sus más que esporádicos ataques de furia que tenían, decías, un punto morboso y excitante.
Me moría de celos, sí, me sentía morir por dentro, pero seguía y seguía haciéndote hablar… me gusta tanto el sonido de tu voz.
Recuerdo aquel día en que decidí ponerme unas gotas de su perfume, lo había comprado con tanta ilusión. Arrugaste la nariz con la expresión de: ¿a qué coño hueles? Caí entonces en la cuenta que el aroma que ella desprendía, con el mismo, exactamente el mismo perfume, en mí se convertía en un olor dulzón y pegajoso.
También probé con su rouge de labios, te volvía loco su boca así pintada. Esa mañana me puse un bonito vestido escotado y sexy, del estilo a los que ella usa. Y me pinté los labios con el rojo pasión número 623… lo tenía bien anotado. Ni yo misma me reconocía acostumbrada a mis viejos pantalones desgastados. Me temblaban las piernas encaramada en aquellos empinados tacones, pero llevaba la cabeza erguida, contoneándome… ¡coño! Quería que por una vez, una sola vez en tu vida, te dieras cuenta de que era una mujer y no sólo tu amiga, tu amiga del alma… tu amiga. De camino, algunos hombres me miraban y silbaban. Eso me animaba. Yo no tenía su elegancia, ni su extrema delgadez, pensaba, pero mi cuerpo no estaba mal del todo.
Pero no, yo creo que apenas me miraste. Un poco, sí, un poco, con expresión extraña, quizá pensando: ¿Dónde irá así vestida? O quizá… parece una puta de rotonda en busca de clientes, porque era eso, exactamente eso lo que parecía. Tú estabas preocupado: ella estaba muy rara, querías contarme con todo lujo de detalles qué era lo que te hacía pensar así. Te escuché con toda la paciencia que fui capaz de reunir, con toda mi ternura amontonada en años, te consolé quitándole importancia a tus preocupaciones, mientras mis ojos ardían conteniendo las lágrimas que amenazaban salir como un torrente arruinando así dos horas de arduo trabajo ante el espejo.
Cuando logré tranquilizarte salí corriendo hacia el lavabo farfullando una disculpa… no me acuerdo, para llorar, y llorar, y llorar hasta no poder más. Luego me escabullí por la puerta de atrás, después de hablar con nuestro jefe alegando una repentina indisposición, que no era nada, mañana estaría bien… seguro.
Esa noche salí con dos amigas. No quería hacerlo. Mi única intención era quedarme en casa, metida en cama, repitiéndome una y mil veces cuánta imbecilidad cabía en mi cabeza y en mi alma, hasta cuándo iba a seguir así: comparándome, sintiéndome un hombro para tus desdichas, un oído atento siempre a tus palabras, hasta cuando iba a seguir siendo una sombra de mujer, un sucedáneo, porqué quería convertirme en una burda copia. Tampoco pensaba ir a ese garito donde os encontré una vez bailando, pegados, cuerpo a cuerpo, enganchados los ojos, abrazados. Aquella vez ni siquiera supiste que al lado de la pista, en una mesa, estaba yo sentada. Sólo tenías ojos para ella. Recuerdo que tu mano acariciaba su melena lacia, brillante, bien cuidada.
Pero eso fue otra noche ya lejana. Ésta, la noche que te cuento, tú no estabas. Te habías quedado terminando un informe urgente, eso me dijo Marta. Tendríamos que haberlo hecho juntos pero te dejé sólo cuando salí corriendo en la mañana. Ella sí, ella estaba bailando, bailando con un tipo con pinta de macarra que la apretaba tanto que parecía a punto de ahogarla. Sus manos, unas manos horribles, grandes, con las uñas de luto, agarraban con ansía su trasero, embutido en unos pantalones ajustados. Me dio asco. Pero ella parecía feliz, se divertía, sus ojos chispeaban de lujuria, se le veían las ganas. Estuvieron un rato comiéndose la boca, yo pensé que seguro que al tipo le olía mal el aliento, tenía pinta de eso. Y volví a sentir asco. Luego… salieron abrazados.
Fue entonces cuando me di cuenta que yo soy yo, la que te ama. Ya no la envidio, ni deseo parecerme a ella. Me siento bien así… queriéndote, escuchando las cosas que me cuentas, secándote las lágrimas, riendo con tus chistes, compartiendo secretos.
Quizá algún día te des cuenta que soy una mujer, quizá algún día tu mirada no me traspase como a un ente invisible, quizá algún día me veas... me descubras.

 
Desayuno con el diablo
Esta mañana el diablo me invitó a café. En serio, no estoy bromeando. No penséis que va por ahí vestido de rojo o negro, con cuernos en la frente y un largo rabo… de eso nada, eso son cosas de las pelis que ya nadie se cree.
Esta mañana, estaba yo tranquilamente ojeando el periódico mientras saboreaba un humeante café, cuando una voz masculina me hizo levantar la cabeza: “¿Puedo sentarme?” No suelo desayunar con desconocidos pero me pareció que éste era diferente y me limite a señalar con un gesto la silla vecina. Mientras se sentaba aproveché para echarle un vistazo, no sabría decir con exactitud la edad que tendría, aparentaba entre treinta y cuarenta años, a veces más, como si su rostro cambiase según sus expresiones. Iba vestido con un tejano Lois desgastado y una camiseta Dolce & Gabanna. Cabello corto y de un corriente color castaño, salpicado por alguna que otra cana.
Acababan de servirle su café cuando le escuché decir: “Felicidades… hoy es tu cumpleaños ¿o debería decir lo siento?” No me preguntéis por qué no me pareció extraño que un perfecto desconocido conociese ese detalle, me estaba dando cuenta que sus ojos reflejaban una inmensa sabiduría, como si fuese conocedor del pasado, presente y futuro del mundo entero. Eso, o que se había fijado en la tarta que acababa de comprar en la pastelería y que reposaba en la silla vecina. Levanté los hombros en un gesto de : así son las cosas ¿qué puedo hacer?
“Te propongo un trato. No pongas esa cara de incredulidad. Soy ése mismo que estás pensando” Es verdad que en el momento que escuché las primeras palabras de esa frase, durante una fracción de segundo pensé en el diablo, el muy cabrón debió leerme el pensamiento. “Te escucho” respondí. “Puedo hacer que te quedes con la mitad de la edad que tienes, veinticinco años… ¿qué te parece? No te prometo la eternidad, eso al final sería muy jodido para ti, tenemos antecedentes muy desgraciados. Morirás cuando te llegue la hora, puede ser dentro de cinco años o de treinta, pero hasta entonces tendrás el mismo aspecto que si tuvieras veinticinco, nada de enfermedades, arrugas… nada. ¡Ah! Puedo prometerte también un muerte rápida, limpia, sin demasiadas molestias”
Ja, aquello podía ser interesante, me imagino a mis amigas pensando que me he puesto en manos de un cirujano de esos de estética, o quitándole los admiradores a mi hija, porque la verdad es que es deprimente pasar de levantar miradas de admiración a que te conviertas en una “señora” invisible al lado de semejante preciosidad… sí, señor, podría ser interesante. Y ¿qué quieres a cambio? – le espeté de sopetón - ¿mi alma?.
Se echó a reír con ganas, el tío. “¿Para qué quiero yo tu alma, ni la de nadie? No, te quito veinticinco años a cambio de tus recuerdos. A ver, entiéndeme, seguirás sabiendo cómo te llamas, quien eres y todo eso, pero no tendrás recuerdos: buenos o malos, todos desaparecerán”. Vaya, me quedé sin palabras… pensando. “Tómate un tiempo – me dijo- pero no demasiado, hoy estoy bastante ocupado” Y dio un sorbo a su café desentendiéndose de mí.
Era una atractiva propuesta, es listo este diablo, pensé.
Andaba cavilando, cuando el aroma del café se transformó de pronto en un olor delicioso a lentejas con chorizo y morcilla, como las que me hacía mi tía Amada, y después éste fue sustituido por un intenso aroma a galletas de manteca y castañas asadas de las que hacía mi madre en la estufa de leña. Empezaron de pronto a pasar ante mí miles y miles de recuerdos: la frescura de la hierba cuando rodaba sobre ella por la pradera, el dulzor de las cerezas que llenaban mi boca sentada a horcajadas en la rama del árbol, el rostro arrugado de mi abuela, el corazón saltando en el pecho cuando aquel chico que me gustaba me miró con una sonrisa, el primer beso, cuando me senté al volante del coche por primera vez, en la moto abrazada a mi entonces novio, los inocentes juegos en la playa, el sol calentándome la piel, aquella noche en que estrené mi amor, los ojos de mi madre el día de mi boda, los rostros de mis hijos recién paridos, su primera sonrisa, las largas caminatas con mi padre, las multitudinarias excursiones familiares, los secretos compartidos con mis mejores amigas, aquel abrazo bajo la fina lluvia, el llanto cuando mi hermana enfermó gravemente, la preocupación por la operación de mamá, la impotencia que sentí cuando mi pequeño bebé y yo enfermamos de varicela, la muerte de papá… miles y miles de recuerdos, alegres y tristes, algunos sorprendentes y casi olvidados, me inundaron mientras yo rumiaba aquella proposición. Esos recuerdos eran los regalos que más celosamente guardaba de mis cincuenta años de vida. Los objetos son valiosos, sí, a veces más por su valor sentimental que material, pero ¿cuánto vale una sonrisa, una palabra, un beso, un abrazo, una mirada? ¿cuánto vale una canción?...
El diablo acabó de tomar su café y me miró esperando una respuesta. Te invito – le dije- para compensarte por tu tiempo perdido. “¿Eso quiere decir que no aceptas el trato?” Asentí con un gesto. “Bueno, seguro que te arrepientes” dijo mientras se levantaba de su asiento. Espera, una última pregunta: ¿para qué quieres tú mis recuerdos? “Ese es mi secreto, quizá algún día te lo cuente, a lo mejor vuelvo cuando cumplas sesenta” Vale – le respondí – pero esa vez serás tú quien me invite.
Me guiñó un ojo con descaro y se largó.