Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Elucubraciones en noche de insomnio


(Imagen encontrada en el blog de mi querido amigo Iván)

“Líbranos, Señor, de encontrarnos con el amor de nuestra vida”

Versión particular de la Oración de Cristina Peri Rosi: “Líbranos, Señor, de encontrarnos años después con nuestros grandes amores”


Es hermoso enamorarse, sí, las mejores épocas de mi vida han sido cuando he estado enamorada, o al menos cuando creía estarlo, porque eso del amor es engañoso. Pero bien fuera realidad o fantasía, el caso es que son épocas de felicidad y dolor a un tiempo, de sentirte guapa, alegre, fuerte, segura, o todo lo contrario, de las consabidas mariposas en el estómago, del deseo. Épocas de pasión en las que un beso es como una descarga eléctrica en la boca. Y lo mejor de todo, lo mejor, es que eso se termina, va bajando de intensidad como una pila que se va gastando poco a poco hasta que “plop”… se acabó. Siete años dicen los expertos, esos que se dedican a hacer estadísticas de todo, que dura el amor, aproximadamente.
Claro que no todo acaba ahí, donde hubo amor quedan residuos. Queda cariño, amistad, conocimiento mutuo, respeto, costumbre, tranquilidad… quedan hijos, familia, amigos, casa o hipoteca. Y estas cosas, a veces, atan más que el puro amor.
¡Ay! Pero lo malo, lo realmente aterrador es cuando te encuentras con el amor de tu vida. Ése que sabes (porque lo sabes nada más verle) que no le olvidarás jamás, porque se impregna en tu piel y, poco a poco, contamina tus órganos vitales, de tal forma, que no hay modo de librarte de él, hasta la muerte.
Aún cuando yo identifique el amor de mi vida con un hombre, lo hago desde mi posición de mujer heterosexual, pero naturalmente cada uno puede ponerle el género que guste… para el caso, es lo mismo.
Desde el mismo momento en que le reconoces, tu vida empieza a girar en torno a él, a lo que piensa, lo que siente, lo que le gusta o le disgusta, no puedes pensar en nadie más. Todo lo que te rodea se transforma de pronto en algo secundario. Sí, claro que sigues haciendo casi lo de siempre, como si tal cosa, pero tu cabeza no está donde debería estar, que va. Te cuelgas y no hay reseteo que lo arregle.
Por alguna extraña coincidencia, el amor de tu vida, suele ir ligado en muchas ocasiones a un amor imposible: él no te quiere, está casado, vive a cientos de kilómetros, es cura, pobre, homosexual, etc. Lo que me hace pensar que quizá esa imposibilidad sea una de las razones principales para que un amor que se supone con fecha de caducidad se convierta en interminable.
Tu vida se convierte entonces en un continuo echar de menos, te duele su ausencia, imaginas a todas horas qué estará haciendo él. Deseas que sufra como tú, que se pase las noches en vela pensándote, que te añore. Y a veces, consigues convencerte de que es así, y logras dormir un rato embargada por la ternura, ya que ese pensamiento, esa certeza que tú misma has inventado, te ha devuelto la fe en la persona amada.
Tu primer pensamiento al levantarte es para él, y luego pasas el día atareada, entretenida en un sin fin de ocupaciones, algunas inventadas sólo porque sí, porque el corazón bien merece un descanso. Aunque sabes bien que su sombra siempre es alargada y está ahí, escondida en un rincón, esperando el momento oportuno para ocupar tus pensamientos. Así que, sin proponértelo, cualquier cosa te trae su recuerdo: la camisa que planchas es la misma que te pusiste el día que le viste por primera vez, esa canción que suena en la radio es la que escuchasteis juntos aquella tarde, desde la estantería te hace guiños el libro que él te regaló, la voz que te llega desde la calle te recordó por un momento la suya. Y así un día, y otro, y otro…
Dicen que hoy en día la comunicación hace estas cosas más llevaderas. Sí, claro, por si no fuese suficiente llevarle en la cabeza, se te pasan las horas pegada a la pantalla del ordenador conectada al Messenger, esperando que aparezca el maldito muñeco que te anuncia que está en línea, o miras el correo una y otra vez por ver si te mandó una carta, un pequeño mensaje que diga que te quiere, aunque sea mentira. Y el teléfono móvil, del que no te separas en todo el santo día, lo sacas del bolso una y otra vez por si sonó y no lo oíste, incluso le das algún que otro meneo para asegurarte que funciona. O te quedas mirando la pantalla fijamente, esperando el milagro. Y te tientan las ganas de agarrarlo y tirarlo por la ventana, escuchar el estampido contra el suelo, pero no lo haces, porque sabes que un segundo después andarías desesperada en busca de otro nuevo.
Claro que, todo eso lo olvidas en el mismo momento en que escuchas su voz o con un poco de suerte consigues encontrarte con él. Entonces a tus pies les crecen alas y no puedes borrar la sonrisa de la boca. Le abrazas, le besas, le acaricias, le hueles, le miras fijamente, todo el rato. Apuras los minutos, los segundos que pasas junto a él. Y cuando llega el momento de la despedida, que siempre es demasiado pronto, te consuelas pensando que pasarás un tiempo recordando cada una de las palabras pronunciadas, el momento en que te atrajo hacia él para besarte, esa mirada que te dijo tantas cosas, su boca recorriendo tu piel y sus manos haciendo travesuras.
El amor de nuestra vida es así, generoso y tirano, bondadoso y malvado.
Y es para siempre, como su nombre indica.

 
Celuloide


- Dime con quien estás follando ¡zorra! Dímelo o te mato aquí mismo.
La voz del hombre era apenas una especie de silbido amenazante, mientras deslizaba el cañón de su pistola en la entrepierna de la mujer. Ella, por toda respuesta, le escupió en la cara al tiempo que le dedicaba una mirada cargada de desprecio.
El estampido resonó en la habitación.
- ¡Corten! ¡corten! Perfecta, ha quedado perfecta… quiero ese primer plano de la mirada de Carmen ¿me has oído Germán? Será la carta de presentación de la película. Habéis estado geniales. Carmen, Antonio… buen trabajo.
- Somos profesionales – respondió Antonio, mirando fijamente a su pareja de reparto que aún seguía sobre la cama esperando que alguien limpiase todo aquel estropicio de efectos especiales, mientras él, como en un descuido, acariciaba su cuerpo desnudo con la punta del arma.
Carmen pensó que el contacto con el frío metal era la causa de su repentino estremecimiento, hasta el instante en que sus ojos se cruzaron con los de Antonio.


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En el ring
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Está harta de sus cambios de humor, de sus manías, de sus estúpidas “gracias”. Está harta de que tome como excusa cualquier jilipollez para montar un numerito, para poner por encima de cualquier opinión la suya, porque sólo él tiene razones que los demás no entienden, sólo él, independientemente de si sabe o no de qué está hablando. A ella le recuerda aquello que escuchó alguna vez: “habló Blas, punto redondo”. Está harta de que le cuestione cualquier acción u omisión voluntaria, da igual que se trate de que cambió la marca de galletas, o que se fue media hora antes de lo acostumbrado a tomar un café, o que se cortó el pelo, o que aparcó el coche precisamente en esa esquina, o que comieron quince minutos más tarde de lo acostumbrado, o que le dio al niño media hora más de asueto. Da igual. Cualquier excusa es buena para llamar la atención, para cuestionar lo desacertado del asunto. Y lo peor es que es ella la que siempre tiene que tomar decisiones, la que soluciona los problemas, la que agarra el toro por los cuernos si hace falta, porque él, ante una situación difícil se pierde, no encuentra la salida, pero eso sí dónde no pone huevos, pone la puntilla.
Ella, a veces, hace oídos sordos a la provocación, se calla, está harta de tontas discusiones, pero un día, y otro, y otro día… es como una gotera cayéndole justo en la cabeza. Una gotera que agujerea lentamente el cuero cabelludo hasta que penetra, de pronto, en su cerebro. Entonces grita, estalla, se cabrea, y lo suelta todo de corrido, casi sin respirar. Es inútil. Él jamás escucha. Siempre tiene razón, y no comprende a qué viene ese enfado, esa explosión de ira. Y cómo no, viene aquello de: “¿te va a venir la regla?” o “¿eso es la menopausia?” o “¿te has levantado con el pie izquierdo?” o “es que tú no estás bien”... egocéntrico, estúpido ignorante…
Al poco rato, él ya se ha olvidado. Al fin y al cabo, no ha sido para tanto, un enfado bobo y sin sentido. Nada, total, sólo a ella le han jodido el día, un día que amaneció radiante, que comenzó con risas, se ha teñido de gris, se volvió amargo. Luego vienen las bromas, las caricias, las pamplinas… es sexo lo que quiere, él siempre piensa que eso arregla las cosas. Se equivoca. En ocasiones ella le rechaza, aún cuando después tiene que aguantar su mala cara una semana entera. Está harta, se cansa… y va a la cama. Y el orgasmo le sabe a traición consigo misma.
Vendrán después días de vino y rosas, hasta el próximo asalto. Ese asalto en el que puede que él se quede sólo peleando, porque ella se negó a seguir en el ring. Y el muy imbécil alzará los brazos en señal de victoria, sin enterarse que si ganó fue por abandono.

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