Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Tenia trece años y estaba enamorada.
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Tenía trece años y estaba enamorada, locamente enamorada. Lo había olvidado.

Esta mañana me desperté temprano, demasiado para un domingo. No se si por culpa del insomnio o por ese extraño sueño que tuve justo antes de abrir los ojos. Siempre sueño historias tan surrealistas que no se de qué me sorprendo.
Decidí que antes de ir a desayunar saldría a pasear un rato con la perra. La calle estaba desierta y tranquila. Me fui con ella a un campo cercano para que corriese un rato y se desfogase de estar todo el día en el piso. En algún momento se metió bajo un naranjo y empezó a escarbar, la llamé y vino hacia mí llevando algo entre los dientes. Cuando conseguí que lo soltase vi que se trataba de una pequeña figurita tallada en piedra de unos cinco centímetros aproximadamente. Parecía una especie de ángel o de hada. Pensé que podría ser algún amuleto perteneciente a cualquiera de los inmigrantes que deambulan por esta zona. La guardé en el bolsillo pensando que quizá hoy era mi día de suerte. Una extraña sensación de algo parecido a la felicidad me cosquilleó el estómago.
Cuando entré en la cafetería le vi.
Estaba solo. Leía atentamente un periódico abierto sobre la mesa. Ni siquiera lo pensé: me dirigí hacia allí y, sin pedir permiso, me senté a su lado, al tiempo que apretaba con fuerza la piedra en mi bolsillo. Él me miró apenas un momento - ¿un café? – preguntó. Asentí.

Tenía trece años y estaba enamorada, recordé de repente.

Sus ojos, rodeados ahora de pequeñas arrugas, tenían la misma profundidad de entonces. ¿Por qué no se extrañaba de mi presencia allí, a su lado? Apenas nos saludábamos cuando alguna vez coincidíamos, incluso intentábamos no mirarnos. Pero esta mañana todo era distinto, algo me empujaba a comportarme de esa forma que parecía que él encontraba del todo normal. No hablábamos, sólo nuestras miradas se cruzaban de tanto en tanto, como queriendo asegurarnos de que el otro seguía allí.
Cuando terminé mi café eché una ojeada al reloj y me levanté dispuesta a marcharme. Él cerró su periódico, dejó unas monedas sobre la mesa y salió tras de mí. Llegamos hasta mi coche, subimos y arranqué sin saber hacia dónde ir. Mientras conducía me sentía desazonada y tranquila, alternativamente. Él parecía sereno, aunque cuando le miraba de reojo podía percibir cierto temblor en la comisura de sus labios.

Tenía trece años y lo hubiese dado todo porque me besara.

Camino de la montaña, llegamos a una zona apartada y solitaria. Metí el coche bajo las ramas de un viejo árbol y apagué el motor. Imposible reprimir un intenso suspiro de alivio, como quien termina una engorrosa tarea y se siente profundamente satisfecho y tranquilo. Salimos del coche.
Y de pronto me encontré entre sus brazos que me apretaban fuerte, con mi nariz hundida en su cuello y un nudo en la garganta que amenazaba con hacerme llorar. Me besaba una y otra vez por toda la cara: las mejillas, los párpados, la nariz, la barbilla, la boca. Me quemaba su boca. Mi cuerpo ardía. Estaba segura de que mis piernas temblorosas acabarían por no poder sostenerme. Sus manos se perdieron bajo el jersey y sentí como mis pechos crecían con su contacto. Me apreté contra la dureza de su sexo, de puntillas, buscando el acople perfecto con el mío, palpitante. La ausencia de palabras, nuestras respiraciones entrecortadas, los gemidos, la premura del deseo mutuo, el peligro de que alguien nos sorprendiese en aquel paraje solitario, hacían que cada gesto, cada caricia, multiplicase por mil su efecto. Sentía mi sexo inflamado y húmedo. Me desprendí de los pantalones y al momento le tenía ante mí, arrodillado, con la boca metida entre mis piernas, provocando oleadas de placer que mojaban su rostro. Le cogí del pelo echándole hacia atrás. Se levantó al tiempo que se desabrochaba el pantalón. Me penetró con fuerza, de pie, abrazados. Lo hicimos como quien quiere en un momento resarcirse de todos esos años deseándonos, como quien salda una deuda postergada durante largo tiempo, como quien piensa que va a morir al día siguiente.
Después de vestirnos nos besamos largamente, con dulzura. Paré cerca de la cafetería, nos miramos por última vez y se apeó del coche. Recordé la pequeña figura que llevaba en el bolsillo. Parecía palpitar. La saqué del bolsillo y la metí en la guantera.

Tenía trece años y estaba enamorada.

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De vez en cuando... la vida
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Imagen Simón Fernández.

Esta tarde retomé la vieja costumbre de salir con la bicicleta después de comer. Hacía meses que no disponía del tiempo suficiente, en realidad, no disponía de tiempo para casi nada. Hasta este pequeño cajón del desastre lo he tenido algo abandonado. Ni siquiera me apetecía escribir aqui el motivo de esta ausencia. Quizá hoy es el momento.
A mediados de Octubre, un viernes por la noche, recibí la mala noticia de que la madre de mi marido (en adelante, mi suegra) acababa de sufrir una caída. Salí corriendo hacia su casa, a dos manzanas escasas de la mía, y efectivamente me encontré con ella sentada en el suelo. Tenía la cadera rota. A partir de ese momento, mi vida sufrió un giro radical.
Ella, con ochenta años, en el hospital. Y mi suegro, ochenta y tres, y con un derrame cerebral ya a sus espaldas, en casa. Fueron tres o cuatro semanas de auténtica locura. Días en los que se me olvidaba comer o dormir en mi afán por estar en todas partes, como Dios. ¿Cómo se hace para cuidar a dos ancianos con gran dependencia, sin dejar desatentidos a mi propia familia, mi casa y mi trabajo? Sí, tenía a mi marido y a mis hijos ayudando en lo posible, pero para mi desgracia soy de esas personas que prefiere hacer las cosas antes que mandarlas, y que siente que no puede desfallecer porque el bienestar de los suyos depende de ella.
Tuve que recurrir al fin a buscar la ayuda de una persona contratada para atenderles, una vez que mi suegra volvió a casa. Y encontrar a la adecuada tampoco fue cosa fácil. No es agradable, lo sé, ocuparse de un par de ancianos con todos los problemas que su edad conlleva: incontinencia, sordera, costumbres anticuadas, poca higiene, racanería.
De repente me encontré con dos niños grandes que casi no comían por no gastar, que escatimaban agua y calefacción, que pasaban la semana sin cambiarse de ropa por no utilizar la lavadora. Unas costumbres, en fin, que más bien parecían del tiempo de la posguerra. Eso sí que casi acaba con mis fuerzas: pasarme el día intentando convencerles de cómo tenían que hacer las cosas, organizando su casa, tirando cosas viejas, comprando otras nuevas que a ellos les parecían supérfluas, obligándoles a ducharse diariamente... discutiendo, discutiendo, discutiendo.
Después de casi tres meses he conseguido que se acostumbren a esta nueva situación, que estén bien alimentados, limpios, y con todos los cuidados que necesitan. Tienen a diario una mujer que les cuida, limpia y cocina. Y todas las noches, mi marido y yo vamos a acostarles. También tenemos los fines de semana ocupados en su cuidado, pero al menos ya empiezo a estar tranquila.
No dispongo del tiempo libre del que antes disfrutaba pero, poco a poco, voy buscando algún hueco para hacer aquello que me gusta.
Entre todo este desbarajuste, se murió mi perro, un husky siberiano blanco que llevaba ya doce años con nosotros (un abrazo, Spook, allá donde te encuentres), pero pronto mis hijos, que no pueden vivir sin perro, encontraron un sustituto. En uno de los albergues para perros abandonados encontramos una preciosa perrita que responde al nombre de Chica y es así de guapa:

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Así que este año no pedí nada a Papá Noel, ni a los Reyes Magos. No por favor, no se vayan a equivocar y me aguarde alguna que otra sorpresita.
La vida, a veces, nos espera al doblar la esquina y nos atraca. Y no nos queda otra que darle cualquier cosa que nos pida.