Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
Pensando......


Hoy en una conversación ha salido el tema de la "promiscuidad". A veces, he oido decir a alguien que no es promiscuo o promiscua, y yo nunca he sabido decir si lo soy o no. Porque, vamos a ver, si yo en toda mi vida sexual activa tengo, por poner un ejemplo, diez parejas sexuales ¿se puede considerar que soy promiscua? ¿y si tengo veinte?. ¿Quién cuantifica eso?. Según el Diccionario de la Real Academía: "Promiscuo es la persona que mantiene relaciones sexuales con otras varias, así como de su comportamiento, modo de vida, etc" No aclara si las relaciones sexuales con otras varias, se refiere a tener varias al mismo tiempo, o una después de otra. Así que sigo igual: sin saber quien es promiscuo y por qué.
Y es que estas cosas del sexo y los sentimientos son distintas para cada uno. El amor. Algunos creen que es eterno, otros que no existe, otros que es efimero. Yo creo que lo de eterno es demasiado, porque cuando uno se muere deja de sentir amor, igual que deja de respirar, comer, beber o follar. Está muerto. Yo pienso que puede durar mucho pero cambiando, acoplándose a las distintas circunstancias, a la convivencia de la pareja. Porque estoy hablando del amor de pareja, no el amor filial, ni el que se tiene a un amigo, ni el que sentimos por nuestro perro. No es lo mismo.
Pienso que hay tantas clases de amor de pareja como individuos existen en la tierra, porque cada uno lo siento de forma distinta. Nunca podré saber el amor que puede sentir mi pareja, porque es algo totalmente personal e intrasferible. Y también creo que la misma persona puede sentir un amor totalmente distinto hacía cada pareja sentimental que pueda tener.
Tampoco tengo muy clara la diferencia entre amar y querer. Hay gente que piensa que amar es más profundo que querer, que se puede querer a más de una persona, pero sólo se ama a una. Me parece una tontería, y que me perdonen los que no opinan como yo. Solo pienso como he dicho antes, que a cada pareja la queremos de forma distinta.
Luego está la pasión o el deseo. Tampoco creo a los que dicen que después de veinte años de convivencia desean a su pareja igual que el primer día, que son igual de apasionados. Pues no me entra en la cabeza. Vamos a ver, una pareja que se lleve fenomenal en la cama y se entienda, puede tener unas relaciones sexuales fantásticas y posiblemente más satisfactorias que al principio de su relación, porque conocen su cuerpo, sus puntos erógenos favoritos, sus reacciones. Pero no es la misma sensación de los primeros encuentros, cuando un beso es suficiente para elevarte como si te crecieran alas, cuando una mirada es capaz de despertar todos los sentidos, cuando una caricia puede llevarte directamente al orgasmo. Y es que pienso que cada momento, cada instante, cada sensación es irrepetible en nuestra vida. Y en el segundo siguiente, aquella ya no existe y es otra la que nos inunda.
Y es que las personas tenemos la suerte de padecer eso que llaman sentimientos y que, por lo menos yo, no soy capaz de describir.
Me limito a sentir.

UN BESO (FRANCISCO ALVAREZ HIDALGO)

Un beso de rodillas atrevidas,
de labios húmedos, voluptuosos,
mano impúdica, dedos temblorosos,
figuras lentamente desvestidas.

Beso requeridor de varias vidas
para agotar sus fondos amorosos,
desdeñador de afectos nebulosos
más huérfanos de espuelas que de bridas.

Beso que he fabricado en muchos años
en modos, longitudes y tamaños
que nadie fue capaz de merecer.

Traigo este beso para ti, absorvente,
encrespado, expansivo, irreverente,
porque sé que lo vas a responder.



 
Cena para tres


CENA PARA TRES

Una tenue luz ilumina el salón, la mesa está preparada para la cena. Ella, tras los cristales, observa la calle. Es domingo, y habitualmente salen a cenar, pero hoy él la ha llamado por teléfono hace unas horas, había ido al despacho a terminar un trabajo urgente:
-Silvia, llama al restaurante francés y pide la cena, hoy no vamos a salir.
-De acuerdo, como tú quieras, enseguida llamo.
-Pide para tres, tengo una sorpresa.
No quiso explicarle nada más, y ella tampoco le preguntó. Fuera debe hacer frío, las calles están desiertas. Oye las llaves en la puerta. Ya ha llegado. Se acerca a recibirlo.
-Hola cariño, que frío hace, te has puesto muy guapa. Mira, he traído a Luis a cenar con nosotros.
Luis es el dueño de la empresa donde trabaja Carlos, su marido. Es viudo desde hace cuatro años, su mujer murió joven, víctima de una cáncer. Desde entonces vive solo.
-Hola Luis, me alegra verte – le dice, mientras se acerca a él para besarlo.
-Hola Silvia, estás preciosa, espero que no te moleste que haya aceptado la invitación de tu marido.
-No, que va, es un placer que hayas venido.
Los besos de él, en las mejillas, se acercan peligrosamente a la comisura de los labios, algo habitual cuando la saluda.
Pasan al salón y Carlos sirve unas copas mientras ella, en la cocina, desempaqueta los platos preparados que han traído del restaurante. La cena está servida, y los tres se sientan a la mesa.
Conversan distraídamente, del trabajo, como siempre. Mientras, su marido no para de acariciarla por debajo de la mesa. Ella no acaba de comprender esa actitud, pero lo deja hacer, manteniéndose educadamente atenta a la charla.
Una vez acabada la cena, toman el café y se sientan en los sillones, frente a la chimenea. Luis no ha dejado de mirarla en toda la noche y ahora se ha acomodado a su lado. Carlos ha ido a la habitación y cuando vuelve se agacha ante la pequeña mesa de cristal y se prepara una raya de coca, con un gesto les ofrece. Los dos niegan con la cabeza. Ella, no sabe por qué, se siente algo mareada. Como si en su cabeza se hubiera formado una especia de niebla. El caso es que no ha bebido casi nada.
Su marido ha vuelto al dormitorio y la está llamando, se disculpa con Luis y acude a ver lo que quiere. Él la coge de la mano, y la hace entrar en la habitación. La atrae y comienza a besarla. Ella se resiste:
-¿Te has vuelto loco o qué? Luis está en el salón ¿no puedes esperar a que se vaya?
-Cállate –es la única respuesta que recibe.
Ella, sumisa como siempre, calla. Carlos la está desnudando mientras sigue besándola y acariciándola. Después le dice que se eche sobre la cama y sale de la habitación.
Acostada y desnuda se queda allí… esperando. Oye a los dos hombres hablar, aunque su conversación le llega entrecortada:
-Vamos, Luis, no seas… hazme caso, sé que te… ¿crees que no me he dado cuenta?
-Pero, ella… no, esto no está bien.
-Ella hace… además disfrutará. Te… ya lo verás.
Cierra los ojos, prefiere no escuchar y con esa neblina que le invade la mente, se siente bien. Ya no oye sus voces, ahora percibe los pasos de alguien que se acerca. Siente el peso de un cuerpo sobre la cama y unas manos que le acarician el rostro. No son las de su marido, lo sabe. Abre los ojos y se encuentra con la mirada de Luis. Él acerca la boca a su oído y su suave voz le llega en un susurro:
-Te quiero y te deseo, pero no voy a aceptar esto. Tú no tienes porque aguantarlo.
Ella mira hacia la puerta y ve a su marido que la observa. Lee en sus ojos y sabe que tiene que hacerlo. Alarga su mano hasta el rostro de Luis y lo atrae hacia ella. Busca su boca y le besa con deseo, mientras enreda el cuerpo de él con sus piernas. Carlos se ha ido. A salvo de su mirada, se deja llevar por las caricias del hombre que está con ella. Le desnuda y se entrega por completo a la pasión que crece por momentos entre ellos. No le importa gemir y gritar cuando le llega el orgasmo, sabe que su marido la está escuchando y eso lo hace todavía más placentero.
Se queda dormida. Cuando despierta, está sola en la cama. Se levanta, no hay nadie en la casa. Son las nueve de la mañana, Carlos ya se ha ido a la oficina. Se ducha y se dispone a desayunar cuando suena el timbre de la puerta. Es un chico con un ramo de tulipanes amarillos, seis tulipanes y una nota:
“ Lo siento, mi amor, he ganado la apuesta. Te mando un tulipán por cada uno de los años de felicidad que me has dado. Siempre tuyo” No lleva firma, pero a ella no le hace falta, sabe quien se lo manda.
Coge el teléfono y marca un número. Al otro lado, una secretaria eficiente y discreta no le pregunta nada, reconoce su voz. Mantiene una corta conversación con él, se muestra reacio a hacer lo que ella le pide, pero al final consiente. Se despide y cuelga.
En el dormitorio, se viste despacio. Luego coge dos maletas y empieza a guardar sus cosas en ellas. Llama a un taxi y mientas espera vuelve al salón y se dispone a escribir:
“ Gracias por el regalo de anoche, por una vez has sido un cornudo consciente de ello. Llevo seis años acostándome con Luis y nunca lo había disfrutado tanto, en mi propia cama y ante la mirada complacida de mi marido, que no ha dudado en venderme como a una puta de su propiedad, a cambio de un ascenso. Tu jodido trabajo, eso es lo único que tienes en la cabeza. Sí, cielo, me cansé de ser la esposa sumisa y obediente. Siempre atenta y complaciente con tus invitados, la anfitriona perfecta… hermosa, callada, educada, atenta. Pues bien, esta puta se va y no aguanta a más chulos que cobren por ella. Te dejo las llaves del apartamento y del coche, no las voy a necesitar. Tengo todo lo que deseo, un hombre que me quiere y todo lo que él puede ofrecerme. ¡Ah! Se me olvidaba, quiero darte una gran noticia, cariño… ¡estás despedido! Disfruta y sé feliz”
El taxi está esperando, coge sus maletas, da un último vistazo, sale y cierra la puerta.





 
Quédate tranquila, madre


QUÉDATE TRANQUILA, MADRE


Quédate tranquila, madre. Hoy me siento sosegada y serena. Me cansé del miedo y la angustia. Me cansé de luchar y de perder. No es sólo el dolor físico, madre, es el dolor del alma, el de la decepción, el de comprobar una y otra vez, que no puedo vencerla. Esto no es vida, madre.
Y es que esa dama cruel me atrapó en sus garras. Me engañó, madre. Primero sus manos son dulces, tiernas, repletas de caricias. Y cuando te das cuenta, se convierten en zarpas que se clavan en la carne, te desgarran y ya no puedes escapar. Algunos pueden... pero yo no, madre. Yo no puedo dejarla.
Quédate tranquila, madre. Ya no tendrás que encerrarte en tu cuarto, ni esconder las pocas cosas de valor que quedan en casa. No te quedarás dormida en el sofá esperando a que llegue. Ya no se te encogerá el corazón cuando suene el teléfono a altas horas de la madrugada. Yo estaré bien, madre.
No te culpes, bastante hiciste con que no me faltase nunca de nada. Pero, ya ves, yo no tuve bastante. Y ¿qué iba a hacer en este maldito barrio?. No, eso no es una excusa, fui yo quien dejó que una jeringuilla atrapase mis sueños. Y no era como la lámpara de Aladino, que frotas y sale el genio, y le pides tres deseos. Con uno ya me hubiese conformado. Pero no froté suficiente, madre.
Voy a salir esta noche, madre. Tengo una cita con ella, en el banco del parque, bajo el puente. Vendrá de blanco, radiante y pura. Estoy cansada. Me llevará con ella al país de la nada. Allí no hay jeringuillas, ni sudores, ni vómitos. Allí no hay nada. Me gusta esa palabra. No te asustes cuando te llamen, madre. Yo estaré bien, lo juro. Y tú también, que esto no es vida, madre.


 
Un día de playa


Pues sí, queridos blogers, acabo de llegar de pasar el día en la playa. Todavía tenía fiesta hoy, es que aqui en Valencia y en algunas comunidades más hacemos largas las Pascuas.
Y aproveché el día: me fuí a la playa, que está casi al ladito de casa. La playa de mi pueblo está ahora en plan de urbanización, está proyectado y ya en marcha un paseo marítimo a lo largo de 5 o 6 kilometros de playa, divididos en calas, separadas cada una de ellas por escolleras o espigones construidos a base de grandes rocas que van encajandose entre sí. Quedará bonita. Pero la cala a la que yo suelo ir, es como suelo decir: territorio de nadie. Perteneces al municipio vecino, pero la gente que suele disfrutar de ella somos los vecinos de mi pueblo, y de momento (cruzo los dedos) está fuera del plan de urbanización, aunque supongo que con los años también le llegará su San Martín.
El caso es que me encanta, es solitaria y tranquila, sin apartamentos, ni turistas. A veces, en plena tarde de Agosto estoy bañándome sola. tienes sitio de sobra para tumbarte al sol, sin tener que escuchar la conversación de tus vecinos de toalla. Los domingos de invierno por la mañana puedes ver a algunos jinetes con sus monturas cabalgando por la arena. Una preciosa estampa, os lo aseguro.
Hoy estaba preciosa, parecía más un lago que el Mar Mediterráneo. Sólo una pequeña ola final venía a romper suavemente en la arena. Había un poco de niebla hacía el horizonte por lo que se hacía dificil distinguirlo, ésto daba una sensación de irrealidad. Tenía un color de plata vieja tirando a verdosa, ya que el cielo no estaba totalmente despejado. Los rayos de sol que se filtraban entre las nubes, ponían reflejos brillantes y plateados como si las aguas estuviesen plagadas de estrellas marinas que enviasen su luz hacía la superficie.
Era un placer pasearse por la orilla, dejando que el agua bañase mis pies.
Se me ocurrió que el mar es comparable a la vida. A veces, se presenta como una fuerte marejada, que te hace luchar a brazo partido para que no te envuelva y te arrastre violentamente hacía el fondo. Si logras vencerla, terminas totalmente exhausta, pero con una sensación de orgullo por haberla vencido y con fuerzas renovadas. Otras veces, está en calma, como hoy. Y te parece incluso aburrida. No pasa nada, todo discurre con un suave vaivén que te adormece. En ocasiones, engaña. La miras y te parece que no hay peligro, soplan vientos tranquilos, pero cuando te sumerges en ella te das cuenta que fuertes corrientes intentan arrastrarte. Corrientes contrarias, unas tiran hacia un lado y otras hacia otro. Y tú no sabes hacía cual debes dejarte llevar, no sabes cual es la que te llevará a buen puerto. Unas veces, aciertas. Otras, no.
En fin, que me perdí en extraños pensamientos.
Luego, practicamos el tiro al bote de Coca-Cola, o a todo lo que pudiera ser "tirable". Estamos "picaos" mi hijo y yo a ver quien tiene mejor puntería con su carabina de perdigones. Su padre y él jugaron un pequeño partido con las raquetas. Reímos, comimos, bebimos, y por fín de vuelta a casa, rendidos pero contentos.
Y mañana, de nuevo al curro.
Os eché de menos, así que voy enseguida a darme una vueltecita por vuestras casas. Pa los que ya habéis empezado a trabajar, espero que hayáis tenido un buen día.
 
Horas que no existen


Que me acabo de dar cuenta que le han robado una hora a mi noche, y yo no me había enterado, pero como estos ordenadores de ahora son tan inteligentes, miro el relojito de la esquina inferior derecha y ¡ale hop! pasan de las tres de la mañana. ¡Coño! ¿Qué ha pasao aqui? Pues eso, que por orden de los que más mandan ya no son las dos, que son las tres. Si lo pienso bien, tiene gracia la cosa. Por arte de magia desapareció una hora de mi vida, que pudiera ser que fuera la mejor. No es el caso, porque estaba entreteniéndome por aqui, llamando al sueño que, como siempre, se hace el remolón o el sordo, no sé, el caso es que no me hace ni puto caso.
Pero, imaginaros por un momento, que tengo las horas contadas para estar con alguien a quien estoy esperando años. Un amigo que viene del otro lado del mar, mi madre que hace mucho tiemo que no veo, no sé. Y de pronto, acortan mi felicidad una hora. Sí, porque sigo imaginando que esa persona se va mañana a las 7 de la mañana, inexoráblemente. Ya me han jodido.
Claro que también pudiera suceder todo lo contrario. Que esté con alguien a quien quiero perder de vista, o aburrida como una ostra... pues una hora menos de sufrimiento.
Si es que ya no mandamos ni de nuestro tiempo. Manda huevos.
Lo de la foto, no tiene nada que ver con las horas, pero pa no ser menos y hacer lo que me da la gana, la he puesto porque me gustaba.
Felices sueños.
 
Aneris se despide
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Me he apoderado durante un rato del rincón de Des, para terminar de contar mi historia y despedirme antes de comenzar una nueva vida.
Desde aquel primer día en que el hombre vino a mi roca, yo volvía allí cada tarde. Cuando empezaba a ponerse el sol y él no aparecía, regresaba a casa. La tristeza se iba apoderando de mi espíritu, ya nada me hacía reír. Dalila venía a buscarme para llevarme a recorrer las aguas sobre su lomo, como hacía antes, y al verme tan acongojada se alejaba llorando.
Al fin, una tarde, volví a oír sus pasos. Lo reconocí antes de que su sombra se proyectase en mi roca, y me escondí temiendo que los fuertes latidos de mi corazón me delatasen. Estaba más delgado y unas oscuras ojeras rodeaban sus ojos. Se quedó largo rato mirando al horizonte y luego empezó a quitarse la ropa que dobló cuidadosamente y depositó en el suelo. Yo, esperaba expectante. Entonces de un salto se zambulló en el mar y empezó a nadar con rapidez. Yo me sumergí también y le seguí a corta distancia. Él nadaba y nadaba como si deseara agotarse ¿dónde iba? ¿qué esperaba encontrar? Poco a poco, sus brazadas fueron perdiendo fuerza y ya estábamos lejos de la costa. Supe lo que pretendía y cuando me di cuenta estaba hundiéndose, dejándose atrapar por las frías aguas. Yo estaba confundida sin saber como reaccionar. Él quería morir, pero yo no podía dejar que lo hiciera. Al mismo tiempo me preguntaba: ¿qué derecho tenía yo a truncar su deseo? ¿qué derecho tenía a inmiscuirme en su vida o en su muerte? No tenía ninguno, pero en el fondo de mi corazón sabía que no podía quedarme de brazos cruzados sin hacer nada. No lo pensé más, cogí su cuerpo desvanecido, subí con él a la superficie y lo llevé hasta la roca. Lo deposité en el suelo y oprimí su pecho hasta que reaccionó tosiendo y escupiendo agua salada. No me escondí, seguí a su lado hasta que abrió los ojos.
Su mirada reflejó la rabia que sentía al saberse vivo, pude sentir su furia y su odio. Luego, esa expresión cambió hacia la sorpresa, cuando se dio cuenta de la cola que adornaba mi cuerpo. Sus ojos se abrieron como platos. Más tarde me contó que pensó que había muerto realmente y estaba en el fondo del mar.
- No te asustes, no estás sufriendo alucinaciones, soy una sirena. Lo siento, no podía dejarte morir.
Él no podía articular palabra. No podía creer lo que estaba viendo.
- No conozco los motivos que te llevaron a desear la muerte, pero si es eso lo que quieres no lo hagas aquí, por favor. Vete y no vuelvas más, déjame la esperanza de pensar que quizá seas feliz.
Cerró los ojos mientras yo acariciaba su rostro y sus cabellos. Y así permanecimos durante horas. Se hizo tan tarde que mi madre asustada por mi tardanza mandó a buscarme a los caballitos de mar, que se quedaron sorprendidos al verme. Me prometieron que no se lo contarían a nadie. Me despedí de él que me hizo la promesa de regresar al día siguiente.
Desde entonces, ha vuelto cada día a mi roca. Me contó su vida y yo la mía. No tienen comparación, claro. La mía es aburrida, no es vida. Somos inmortales y la mayoría de nosotras no conoce muchos de los sentimientos de los humanos. Por eso yo me siento tan confundida, porque no logro identificar lo que me pasa, pero es tan hermoso. ¿Cómo os lo podía explicar?. Bueno, creo que no hace falta porque vosotros podéis vivir todo eso.
La otra tarde, yo estaba tumbada en la roca, mientras él sentado a mi lado, leía en voz alta un libro precioso. He aprendido a descifrar algunas palabras, pero me gusta tanto escuchar su voz melodiosa, suave y masculina a un tiempo. Él dice que la mía es hermosa, pero ¡qué va!, cuando lee, yo cierro los ojos y su voz me transporta a otro mundo, penetra por mis oídos y me inunda toda. De pronto, se hizo el silencio y cuando abrí los ojos, me encontré con su rostro muy cerca del mío, tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Se me hizo un nudo en el estómago, sus ojos me miraban de una forma diferente como si quisieran llegar al fondo de mi alma ¿tendré yo eso que vosotros llamáis alma?. Y entonces posó sus labios sobre los míos y los fue abriendo lentamente, mientras su lengua buscaba la mía. Nunca probé tanta dulzura. Un suave escalofrío me recorría y la sangre se revolucionó en mis venas haciéndome sentir su calor. Sus manos acariciaron mis pechos y yo creí morir. Aquello que sentía iba a matarme. Quería parar el tiempo, que sus besos fueran eternos. No podía separarme de él. Un deseo empezó a abrirse paso en mi mente. Me aparté de él y le dije que tenía que marcharme, que no volvería durante unos días. Le hice jurar que al atardecer del quinto día vendría a la roca a esperarme.
Volví a casa y llorando sin parar le conté a mi madre lo que me ocurría y le confesé mi deseo de convertirme en mujer. Ella me entendió, había amado a un humano excepcional, pero en el último momento sintió miedo y eligió seguir siendo una sirena. Nunca lo olvidó y a veces, en la soledad del fondo marino, se arrepentía de su cobardía. Me acompañó a ver a Poseidón y a la Diosa madre de las sirenas que era la única que ostentaba el poder para poder hacer realidad mi sueño. Me dijo que lo pensase bien, jamás podría volver a ser sirena, pasarían los años por mí, perdería mi juventud y mi belleza, enfermaría y moriría como todos los humanos. No me importa, le dije, cambiaría mi inmortalidad por sentir durante sólo unas horas lo que ellos sienten. Y me concedió la humanidad.
Ayer se cumplía el quinto día. Me despedí de los míos entre llantos. Cabalgué por última vez a Dalila que como despedida me brindó sus mejores cabriolas y yo le prometí que jamás la olvidaría. Me acerqué a la playa y me acosté en la roca. La Madre me había dicho que debía recitar una pequeña oración para que se llevase a cabo la transformación. Y así lo hice. Un fuerte dolor se extendió por todo mi cuerpo como si fuese a explotar de un momento a otro. Algo como un rayo me recorrió y me desvanecí. Cuando desperté me sentí cansada y dolorida. Y al mirarme descubrí dos hermosas piernas, que casi no sabía utilizar, y en su confluencia una preciosa mata de vello rojizo. Estaba muy asustada. ¿Y si él no cumplía su juramento? ¿Y si se había olvidado de mí?
Al atardecer, unos pasos, esta vez apresurados, me sobresaltaron. Era él. Se acercó a mí despacio y sus ojos empezaron de nuevo a derramar lágrimas. Pero no eran de dolor como las que lloraba antes, porque sus ojos brillaban al mirarme. Me cogió entre sus brazos y yo rodeé su cuello con los míos. Ahora sí que sentía en verdad su cercanía. Los latidos de su corazón junto al mío eran un canto aún más bello que el de las sirenas. Entre besos nos alejamos de la playa, para estrenar una nueva vida. Mortal, sí, por eso es vida.

 
Confesión


CONFESIÓN

Confieso que a veces me miento a mi misma, para no saber lo que sé y me niego.
Confieso que no amo a Dios sobre todas las cosas, porque no le veo.
Confieso que tampoco amo a todos los prójimos como a mí misma.
Confieso que a algún prójimo si que puedo llegar a amarlo casi tanto, pero no estoy segura.
Confieso que muchas veces llevo los pies sucios por andar descalza y luego riño a mi hijo por hacer lo mismo.
Confieso que no soy un buen ejemplo.
Confieso que prometo no comer chocolate pero se hace dueño de mi voluntad.
Confieso que sé que debería dejar de fumar y que no lo intento.
Confieso que me hago la valiente pero tengo miedo.
Confieso que digo que tengo ganas de que mi hijo crezca, pero estoy mintiendo, en el fondo del alma quisiera que siempre fuese un niño pequeño.
Confieso que soy vanidosa, y quizá me disfrace de modesta.
Confieso que a veces no me siento dueña de mis pensamientos, tienen vida propia.
Confieso que a veces me puede la envidia.
Confieso que tengo deseos que no los confieso.
Confieso que por mi propio placer... escribo y a veces me olvido de los que me quieren.
Confieso que también la pereza se hace con mi espíritu y lo deja inerte.
Confieso que no creo que existan el cielo ni el infierno.
Confieso que si existieran no me importa mucho lo que venga luego de que yo me muera.
Confieso que sin una causa que lo justifique me ahoga la tristeza y empiezo a llorar como Magdalena.
Confieso, por cierto, que esa Magdalena me cae simpática.
Confieso que odio a ésos que tiran la primera piedra.
Confieso que a veces defiendo con uñas y dientes, como una leona, a los que más quiero.
Confieso que adoro algunas palabras y que las pronuncio despacio, gozando con ellas.
Confieso que añoro amigos y voces, presencias y besos.
Confieso que amo.
Confieso que quiero.






 
Desnudándome


Hoy me apeteció venir "en bolas", sólo me dejé una pequeña máscara. No por nada, es que me sienta bien. Bueno, bueno, quitaros las gafas de ver, que ni voy a poner esas fotos eróticas que tengo, ni encender la cámara oculta de mi cuarto. Sólo pensáis en lo mismo ¡hay que ver! No. Hoy quiero hablaros de cómo empecé a escribir y de la andadura que me trajo hasta aqui, al sitio que creo me estaba esperando aún antes de que alguien se le ocurriese la idea de las bitácoras. Sabéis algunas cosas de mí que he ido dejando caer en pequeñas dosis. Pero creo que de ésto que empezó como una pequeña afición hasta convertirse en una necesidad no he hablado núnca. Quizá porque lo considero algo muy íntimo. O yo que sé. Ya sábeis que el desorden que impera en mis neuronas me impide, muchas veces, razonar las sensaciones, entre otras cosas porque no suelen ser razonables.
Siempre fui una lectora empedernida, más que fumadora, con la ventaja de que los libros no hacen daño. Solo te pueden volver un poco majareta, pero eso no es peligroso.
Bien, allá por el verano del 2003, una tarde de sol y playa, no tuve otra ocurrencia que provista de cuaderno y lápiz, empezar a escribir recuerdos de niñez. Me costó el comienzo y ni sé por qué se me ocurrió, pero una vez profanado el blanco de la hoja, mi mente iba tan deprisa que la mano casi no podía seguirla. Continué esta tarea durante algunos días y plasmé en papel algunos años de mi infancia. Un día, en una charla casual con una amiga, me comentó que ella también escribía (escribe unos cuentos infantiles que son una maravilla) y me invitó a un grupo del que ella formaba parte.
En Septiembre de ese año solicité entrar en él. Allí encontré a gente estupenda que me acogió con los brazos abiertos y me animó a continuar. Yo pensaba que era incapaz de inventar historias, que sólo podría escribir vivencias o recuerdos. Pero puse en marcha la imaginación y empecé a inventar personajes que, algunos, nada tienen que ver conmigo, aunque siempre se van dejando trozos de piel en cada texto. Y siguieron animándome. Algunos solo me dieron eso: ánimos y cariño, que ya es bastante. Otros, además, me enseñaron mucho pues compartieron conmigo sus conocimientos. Escribí muchos relatos, cuentos, vivencias. Iré colgando aqui algunos, poco a poco. Sobre todo encontré buenos amigos, algunos excepcionales. Unos siguen allí, otros ya no están, pero todos ellos ocupan una parcela muy importante de mi vida. Yo, también sigo allí, aunque no dispongo de tanto tiempo, suelo pasar a leer a los que exponen.
No hace muchos meses, fuí invitada por otro grupo, también dedicado a la literatura. Éste, cerrado, me ha llevado a pensar, quizá, en otras metas. A no ver a los escritores como algo tan lejano e inalcanzable. También sigo ahí, intentando aprender un poco cada día. Tengo muy claro que soy una aficionada y, afortunadamente, mi vida profesional funciona bien, pero disfruto con algo que me gusta: escribir.
Y por fin, llegué aqui. Estaba pensando en crear una página web, pero no me gustaba mucho la idea. Entonces alguien muy especial para mí, especial no, yo diría que único, por creer en mí, por estar siempre a mi lado, por darme su opinión sincera y por muchas cosas más, me habló de los blogs. Y entré, y leí, y descubrí todo un mundo, rico en vivencias compartidas, en experiencias. Todo un mundo nuevo en literatura. Porque es literatura lo que leo en estos diarios de gentes anónimas, que escriben por puro placer... como yo.
Me decidí, y a pasitos cortos, inauguré mi casa. No dije nada a mis compañeros de los otros grupos. Quería que éste fuera un comienzo, deseaba hacerme un pequeño hueco en las visitas cotidianas de los blogeros, quería empezar desnuda como vine al mundo, para ir vistiéndome poco a poco, con palabras nuevas de personas nuevas. Y ahora, que tengo un hermoso traje confeccionado con trozos de otras vidas y de otras historias que siento cercanas, me lo quité por un rato, porque sí, porque me apetecía.
Este sitio pequeño, íntimo (a pesar de mostrarse a la vista de cualquiera que quiera posar en él sus ojos), es el lugar especial que todos tenemos, o deberíamos tener. El rincón bajo la mesa donde nos protegíamos en la niñez, la esquina soleada de la playa alejada de las miradas escrutadoras de los bañistas, la habitación de la adolescencia donde nos encerrábamos a soñar, la ventana a la que nos asomamos para compartir la vida de esos queridos desconocidos, el espejo que nos devuelve el reflejo más verdadero de nosotros mismos, la papelera donde van a parar las angustias que queremos olvidar, la calle solitaria donde gritar a pleno pulmón la rabia que a veces nos inunda.
Este sitio es el abrazo que me regalo cada día.
Y ahora, si me lo permitis, vuelvo a vestirme... o cogeré frío.
 
Noche sin sueño


Hoy no puedo dormir: no tengo sueño. Será porque me levanté un poco más tarde. No sé. Me puse a escribir y no se me ocurrió nada. Es una noche de esas que no sabes que hacer. En casa está todo en silencio... duermen. Y yo, aquí, dándole a la tecla. Hace un rato salí al balcón y me fumé un cigarro observando la calle solitaria y miré al cielo. Me pregunto cuánta gente en ese momento estaría haciendo lo mismo. Otros dormirán felices y hasta puede que sueñen: hermosas historias o terribles pesadillas.
Luego estuve buscando imágenes para mis post. Me gusta hacerlo, a veces un cuadro o una foto me inspiran. Las que me gustan las voy guardando y algunas páginas de pintores que voy descubriendo. Siempre me gustó la pintura.
Ahora, me gustaría estar en algún café acogedor dejando llegar la madrugada con una grata conversación. O pasear en silencio por las calles vacías de cualquier ciudad del mundo.
Hace tanto tiempo que no espero en la playa la salida del sol.
El caso es que tengo rondando una historia por la cabeza: un cuento, un relato, yo que sé. Pero siempre me pasa lo mismo, empieza con una frase o una imagen que juega al escondite. Cuando quiero atraparla... ya no está. Vale, me digo, déjala estar. Entonces, como para fastidiarme, se presenta otra vez. Y vuelve a largarse. Sé que al final se hará bien visible y cuando me siente ante el teclado, ya no seré yo la que escriba. Se apoderará de mí y me dictará frenética lo que se le ocurra. Y yo no podré hacer nada para evitarlo. Pero mientras tanto, juega conmigo. Se divierte, la muy ladina, casi puedo oirla reirse a carcajadas. Pues que se joda, no voy a pensar en ella, la enterraré en un rincón para que no tenga más remedio que salir. Mientras tanto, he visitado una página de poesías que me encanta y os voy a dejar uno que habla de eso, de escribir:

PALABRA ESCRITA (Francisco Alvarez Hidalgo)

Sólo te brindo mi palabra escrita
en la que íntimamente colaboras,
sin inflexión, en tintas incoloras,
aunque la mano con temblor la grita.

Cuando tu vista estática la admita
vestirá de rumores y de auroras,
como si obraran hadas soñadoras
fértil resurrección de flor marchita.

Te llegará tan claro mi mensaje,
como el más vivo, enfático lenguaje,
claro estallido de la primavera.

Y habrá noches de músicas calladas,
y luminosas, tersas alboradas
que yo contigo compartir quisiera.

 
Hija, hoy quiero contarte


Ya que recibí la visita de mi hija, por sorpresa, hoy quiero poner aqui una carta que le escribí un poco antes de su cumpleaños y no le entregué. Ahora, ya la ha leido.

HIJA, HOY QUIERO CONTARTE

Dentro de unos días, hará diecinueve años que viniste al mundo. Casi todo ha sido fácil contigo, tu gestación, tu nacimiento y nuestro entendimiento. Recuerdo el día que te soñé mientras tú descansabas plácidamente en mi vientre. Te vi tal como eras y hasta supe el nombre que tenía que ponerte, pienso que fuiste tú quien me lo susurró al oído. Te haces mayor y quiero que sepas como es tu madre. No soy esa mujer perfecta que tú crees, no, cariño. Y deseo decírtelo ahora, para no defraudarte más adelante.
Cuando estabas triste, te acunaba en mis brazos y te consolaba, pero al quedarme sola lloraba de rabia, de impotencia, al saber que no podré evitar los sufrimientos por los que habrás de pasar en la vida. Y serán muchos, hija. Como también serán muchas las alegrías. ¡Qué feliz soy cuando sonríes! Tus ojos, del color del cielo, brillan contentos y tu risa cantarina me inunda el corazón. ¡Ojalá pudiera hacer que fuera siempre así!
Tu madre, yo, es una mujer llena de contradicciones y miedos, insegura, egoísta a veces. He cometido muchos errores. Algunos, en este momento, serías incapaz de entenderlos o incluso perdonarlos, pero cuando tengas mi edad, los comprenderás, estoy segura.
Quiero pedirte perdón por mis arranques de mal humor que algunas veces he descargado contigo sin que tú tuvieses culpa. Días, en los que las preocupaciones, el desencanto, la incertidumbre, el desasosiego o la desidia, me hacían pasar por tu lado como si fueses invisible, sin verte, ni escucharte. ¿Ves como no soy perfecta? Sé que eso te dolía y te quedabas triste. Entonces, a veces, recapacitaba, me daba de bofetadas para espabilarme de esa fatiga y acudía corriendo a tu habitación intentando mostrar una sonrisa sólo para tus ojos. Pero no siempre fue así y por eso me disculpo. Por esos “no siempre” en los que fui egoísta y pensé solo en mí. Otras veces, me sentía agobiada, anulada como mujer, volcada por completo en mi papel de madre y eso me hacía rebelarme, buscar la soledad, desear tener tiempo para mí, sin interrupciones, sin escuchar cientos de veces al día la palabra mamá. Y me desesperaba, me enfadaba y soltaba algún grito a destiempo. Después me corroía el sentimiento de culpa.
Tienes toda una vida por delante, no la desperdicies, ese es el mejor consejo que puedo darte. Vive, con todas las consecuencias. Lucha por tus sueños, contra el mundo si es preciso. Algunos, o muchos, no podrán realizarse, pero no dejes que te pueda la desilusión y el desánimo. Toma tus propias decisiones, no permitas que las circunstancias o el miedo a lo que puedan pensar de ti, arruinen tu vida. Si te equivocas, si tropiezas y caes, vuelve a levantarte, empieza de nuevo. Cuida el pasado, vive el presente y sueña el futuro.
A pesar de todos mis errores y fracasos, sé que he hecho algo hermoso. Tú y tu hermano sois mi mejor aportación al mundo.
Tu madre, que hoy se levantó triste, apesadumbrada y se olvidó de todo con tu abrazo.
10 de noviembre de 2004.

 
Gustos y des-gustos


Me gustan los días soleados.
Me gusta saborear un café con hielo y rodaja de limón, sentada en una terraza, mientras observo a la gente ir de un lado a otro, como pequeñas hormigas laboriosas.
Me gusta escribir.
Me gustan los domingos de mañana, cuando mi hijo viene a despertarme y se acurruca en mis brazos como cuando estaba en mi vientre.
Me gusta oler su pelo y su piel que aún guardan el olor de los sueños.
Me gusta dormir desnuda.
Me gusta pasear por la playa en invierno y llenarme de su aroma.
Me gusta leer con los ojos de la imaginación y sentirme la heroina de la historia.
Me gusta amar, casi más que sentirme amada.
Me gusta el juego de la conquista amorosa.
Me gusta trasnochar.
Me gusta pasear por calles desiertas y pararme en los escaparates.
Me gustan los amigos que voy encontrando en el camino porque nuestra amistad es libre.
Me gusta perderme en letras anónimas, jugando a adivinar rostros y voces.
Me gusta hacer el amor aunque sea sin sexo, y el sexo aunque sea sin amor.
Me gustan las caricias sin sentido.
Me gustan las cerezas y las fresas sin nata.
Me gustan las camisetas de tirantes y los tacones de aguja.
Me gusta hablar con Juan.
Me gusta el silencio.
Me gustan las miradas complices.
Me gustan los besos: los que doy y los que recibo.
Me gusta mirar a los ojos de la persona con la que hablo.

No me gusta que me adoren, los dioses no existen.
No me gusta que escarben en mi bolso.
No me gustan los hombres que se creen importantes y babean por tocarme el culo.
No me gusta la nata.
No me gusta que me digan que no fume.
No me gustan las cucarachas ni las arañas.
No me gusta el ciber-sexo.
No me gustan los que gritan por costumbre.
No me gusta la pregunta "¿te ha gustado?". Si tiene que preguntar, ya debería saber la respuesta.
No me gusta ver películas en televisión.
No me gustan los que creen que tienen la verdad absoluta, cuando la única que tienen es la suya, que no es la mía.
No me gustan los hombres que marcan paquete.
No me gustan los libros de auto-ayuda. Si tengo que ayudarme yo misma ¿para qué quiero un libro?.
No me gusta tener que practicar sexo porque toca celebrar aniversario, fin de año o alguna otra tontería por el estilo.
No me gusta que alguien se crea mi dueño.
No me gusta que los hombres de mi casa no cambien el papel higiénico.
No me gusta planchar.
No me gusta que me engañen...por mi bien.
No me gustan los pelotas.
No me gusta estrechar manos blandas.
No me gusta juzgar ni que me juzguen.

Y ahora... no se me ocurren más pero seguro que hay miles, millones de gustos y des-gustos.






 
Una tregua


UNA TREGUA


No das tregua a mi mente, ni a mi cuerpo. Ni un minuto en la rutina de mi vida, dejas ya vacío de tu ausencia. Pensando en ti, meto los platos sucios en la lavadora, y la puerta de casa la confundo con la de mi armario, busco y rebusco las llaves de mi coche por el bolso, y me doy cuenta que las dejé en el horno.
Y si estoy sola y te pienso. No, no quiero pensarlo... pero es que no puedo dejar de hacerlo. Mi mano empieza sola a recorrer mi cuerpo, y él se engaña, y se excita. Las lentas caricias despiertan deseos, y todo él se abandona. Primero los hombros y el cuello, el vello se eriza... pensando en tus manos. Pero son las mías las que van bajando: recorren el pecho, los dedos encuentran los duros botones que forman su centro. Y allí se entretienen, amasan, pellizcan, hasta que la urgencia les dicta que sigan, que no se detengan. Ya van por el vientre. Y llegan al pubis, y acarician despacio su rizado vello. Se entreabren las piernas, y la mano sigue, ávida, buscando, abriendo los pliegues, las zonas ocultas que laten, calientes y húmedas. Los dedos penetran por profundo túnel que mana deseo.
Y grito tu nombre, lo grito en silencio, que nadie me escuche, lo entierro en mi mente. Y luego, el vacío. No abro los ojos, no quiero mirar. Porque aquí no hay nadie, porque entre mis piernas solo está mi mano, porque solo estás en mi pensamiento.
 
El reflejo (Final)


Quería que se diera la vuelta, deseaba que me penetrase, sentirme llena de su sexo, pero no lo hizo. Un movimiento, casi imperceptible de sus caderas, me dio a entender que quería que siguiese cabalgándole de esa forma. Y continué, abandonándome a esa sensación de ir montada sobre una ola, tal era el ritmo que él estaba haciéndome seguir con la parte baja de su cuerpo. Mis manos se apoyaban en su espalda y todo mi cuerpo era un vaivén frenético, mientras sentía como la tensión se iba acumulando en ese pequeño punto neurálgico, desde donde, en el momento del orgasmo, se expandía por cada poro de mi piel en una explosión de placer intenso. Caí desmadejada sobre su espalda.
Me quedé allí, con los ojos cerrados, sin pensar en nada. Al poco tiempo, él se movió y yo rodé sobre mi cuerpo, hasta quedarme acostada a su lado. Entonces, me miro, su cara a pocos centímetros de la mía. Pensé que aún no había probado su boca, esa que ahora tenía tan cerca y que me había dejado extasiada. Y me acerqué a ella, dejando que nuestros labios se rozasen, tanteándose, juntándose entreabiertos para separarse de nuevo. Y volví a ella, ahora buscando en su interior, enredando las lenguas, jugando al escondite entre sus dientes.
Su boca abandonó el calor de la mía para perderse por desconocidas sendas. Apresó con ella mis pezones, henchidos de deseo. Paseó la lengua, de puntillas por mi vientre, haciendo que mi cuerpo se arquease en una curva imposible. Y llegó a mi sexo, que esperaba ansioso sus caricias. Y de nuevo, me hice agua entre su labios, me diluí entre gritos y sollozos. Me penetró tierno y rotundo, hundiéndose en mi interior, vaciándose, convertido en río subterráneo en las entrañas de la tierra.
Me adormilé a su lado, y cuando desperté salí de allí sin hacer ruido. Estaba confusa y aturdida. A los pocos días, volví a aquella casa y la encontré vacía.
Desde entonces, vivo parada en los escaparates de la ciudad, mirando por encima de mi cabeza, buscando su reflejo.
 
Avanza tu oleaje (Francisco Alvarez Hidalgo)


AVANZA TU OLEAJE

No necesito más que la marea
de tus manos, llegada y retroceso,
y un rumor incesante como un beso
que no sabe morir y me espolea.

Ésta mi arena frágil te bordea
leve y frontal, sin el rigor y el peso
de la roca, que lleva en ella impreso
signo brutal de almena que bloquea.

Abierta me hallarás, granada rosa
siempre primaveral, ni temerosa
ni en veleidad, mas lúbrica y resuelta.

Alza el pecho y avanza tu oleaje,
lanzado galeón al abordaje,
que estoy por ti en mi desnudez envuelta.

Los Angeles, 7 de enero de 2005
Autor: FRANCISCO ALVAREZ HIDALGO


 
El reflejo (II)
Me encontré perdida en aquella casa desconocida. Di un vistazo a mi alrededor hasta que me fijé en una puerta entornada, y decidí ver que había tras ella. Me acerqué y empujé despacio: encima de la cama, acostado boca abajo y desnudo, estaba el hombre al que había seguido hasta allí. Parecía dormido, aunque yo supuse que no era así, porque hace un momento estaba a mi lado. Permanecí un rato, no sé cuánto exactamente, observando su cuerpo. Estaba bien formado: piernas largas y delgadas, pero no en exceso, que acababan en un bonito culo de prietas nalgas. A continuación su espalda se iba ensanchando a partir de la cintura hasta llegar a unos hombros no demasiado grandes. El pelo casi le tapaba la cara que se apoyaba de costado en la almohada con un brazo a cada lado.
Sin pararme a pensar en nada que no fuese aquel cuerpo que yacía relajado en la cama, y sin dejar de mirarlo, me desnudé despacio. Luego, me acosté sobre él, como si quisiera tapar su desnudez con la mía. Mis pechos se aplastaban contra su espalda y mi pubis se apretaba contra la franja, en forma de valle, en la que ésta termina y empieza el pequeño promontorio del culo. Me quemaba su calor, y enterraba mi nariz entre su pelo para aspirar su aroma. Él permanecía inmóvil, a excepción del pausado ritmo que le imprimía su respiración.
La proximidad de nuestras pieles empezó a hacer su efecto en mí que sentía como mi sexo comenzaba a humedecerse. Sin saber lo que hacía, incorporé un poco la parte de arriba de mi cuerpo y abrí las piernas, acoplándome a él. Deposité pequeños besos por su cuello, mordisqué sus orejas, lamí sus hombros y llené de caricias su espalda, mientras mi sexo se apretaba contra él en movimientos que iban ganando en intensidad. Mi respiración se volvía entrecortada y los gemidos se escapaban de la garganta, cuando metí la mano por debajo de su cuerpo buscando su pene, que encontré completamente excitado...

(Luego sigo, o mañana... que estamos de fiestas)

 
El reflejo


Tenía los pies doloridos. Durante horas vagué sin rumbo por la ciudad. No sabía dónde iba, ni tampoco me importaba, era como si pretendiese no llegar a ninguna parte. Me paré ante un escaparate, con el único fin de dar un pequeño descanso a mis pobres pies. Resbalaba mi mirada sobre aquella explosión de colores, señal inequívoca de que la primavera estaba a punto de instalarse, durante unos meses en nuestra vida y de que ya había llegado a las tiendas. Entonces, ví su reflejo tras el mío. Estaba tan cerca, que era casi imposible no sentir su aliento en mi nuca. Su cabeza sobresalía por encima de la mía, a pesar de mis tacones altos. Nuestros ojos se encontraron a través del cristal y él esbozó algo parecido a una sonrisa. Bajé la mirada, aquellos ojos escrutadores empezaban a hacerme sentir una extraña sensación. Pensé que seguiría su camino, pero no, continuaba allí, pegado a mí. Y ahora sí que era consciente del calor, de la energía que me transmitía su cuerpo: pequeñas ondas eléctricas que me provocaban una especie de suaves pinchazos excitantes. Me volví, queriendo enfrentarme a sus ojos, pero los míos no me obedecieron y se quedaron hechizados por una boca sensual que despertaba mi deseo.
Giró sobre sí mismo y echó a andar. Le seguí, como si una cuerda invisible me atase a él. Caminamos durante un tiempo, él delante, y yo, convertida en su sombra. LLegamos a una antigua edificación y penetramos en un portal oscuro con una ancha escalera en el centro. Ascendimos dos pisos y allí, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una llave que introdujo en la cerradura de la puerta que teníamos delante. Yo, esperaba en silencio. Abrió y se apartó a un lado para dejarme pasar.
"Esto es de locos" me decía al oído mi parte sensata.
"Cállate, y no digas tonterías. Quiero estar aqui" le contestaba yo.
"¿No tienes miedo?" volvía ella, intentando asustarme.
"No, y no me preguntes el motivo, no tengo miedo. Él no me hará ningún daño", no estaba dispuesta a dejarme convencer.
"Vale, luego no me vengas con quejas, ni compadeciéndote. Estás como una cabra". Erre que erre, no había forma de hacerla callar.
"Será una satisfacción para tí, el ya te lo dije, es tu frase preferida. ¡Cállate!".
Estaba tan abstraida con mi diálogo interior, que pensé que había hablado en voz alta. Sin darme cuenta, había entrado en una gran habitación, un poco desordenada pero acogedora. Miré a mi alrededor buscándole, pero había desaparecido...... (continúa mañana)
 
Flores, fuego y pólvora


Hoy, pasada la media noche, me apetece hablaros un poco de la história de las fallas, aunque sé que mucha gente no le encuentra significado sobre todo al hecho de destruislas cada año con el fuego.
Se tiene constancia que antiguamente para alumbrar nuestras costas se utilizaban unos recicpientes rellenos de brea que se llamaban alimares, que coinciden con la denominación que los sarracenos les daban a las fallas. Duraron hasta el siglo XVIII y se encendían encima de torreones y campanarios para hacer diferentes señales o comunicaciones. En la ciudad de Valencia era famosa la que se encendía encima de El Miguelete, que servía de guia a los marineros en la noche, y a la gente que trabajaba fuera de la ciudad, le anunciaba que era el momento de retirarse tras los muros de la misma.
En invierno cuando el día dura menos, los artesanos, preferentemente los carpinteros preparaban un artilugio de listones de madera, provisto de brazos, que se lamaba parot y que colocaban arrimado a la pared. De estos brazos colgaban crisoles para poder alumbrarse. Cuando llegaba la primavera que la luz del día era más duradera se deshacían de ellos quemándolos y aprovechaban para echar a la hoguera maderas y trastos que tenían amontonados en su taller. Y lo hacían la vispera de San José, su patrón. A un carpintero ingenioso se le ocurrió vestir el parot con ropas viejas y alguien del vecindario colgó un cartel denunciando un hecho "reprobable" del momento. Éste dicen que fue el inicio de las fallas.
Más tarde un bando municipal prohibió hacer estas fallas arrimadas a las paredes de las casas, y ordenó que debían ubicarse en los cruces de calles o plazas cercanas, lo que supuso un cambio importante en la estructura de la falla, que paso a tener la forma circular actual.
Se prohibieron y se intentó acabar con esta tradición, ya que pronto se convirtió en una forma de crítica y protesta. Había, sobre todo, dos estilos diferenciados: las de corte político (que no agradaba a las autoridades), y las de corte erótico (que no agradaban a las iglesia). Pero el pueblo llano se las arreglaba para "plantar" sus fallas, año tras año, hasta alcanzar el auge de fiesta internacional de nuestros días.
Josep Vicent Marqués dice: "Es el derroche del arte, el despilfarro de la belleza, el placer de divertir y prenderle fuego al pasatiempo, entre música y tracas. Al alba, sólo quedan las cenizas de los bufones, el eco de un pasodoble y el perfume de la polvora. La risa dura hasta el año que viene".
Solo se salva de la quema (cremá) el "ninot" indultat, elegido por un jurado clasificador, que pasa a forma parte del museo donde permanecen los que por su belleza, han merecido la "vida eterna"






 
Y llegará un día


Hace miles, millones de años, dos seres solitarios vagaban sin rumbo por el mundo. Ellos no lo sabían pero se buscaban pues desde su nacimiento estaban destinados a encontrarse. Eran distintos a todos sus congéneres y al mismo tiempo, diferentes entre sí. Y llegó el día en que se cruzaron sus caminos. Y se reconocieron. Ella supo que él era el que esperaba, y él comprendió que ella era a quien buscaba. No opusieron resistencia.
Su unión fue el principio de lo eterno. Estaba formada por la dosis exacta de todos los sentimientos. No era solo amor, era mucho más: era lo inexplicable, era sentir que ya no eres uno, ni tampoco dos; eres la fusión inseparable con otro ser.
Y la vida tuvo celos: quería acabar con eso. No, no podía existir esa unión total que daba al traste con los planes que ella tenía para los humanos. Ellos no aman así. Y acudió a pedir ayuda a su eterna enemiga: la muerte. No tenía otro remedio si quería terminar para siempre con aquello. Le prometió muchas vidas a cambio de su ayuda. Por primera vez, en la historia del mundo, se aliaron la vida y la muerte en un pacto secreto.
Pero, ellas no sabían que ese extraño sentimiento que él y ella sentían no tenía fin. Ellas no sabían que continuaría después de la muerte. Ellas no sabían que la matéria carece de importancia, y que la esencia buscaría otros cuerpos para continuar lo que tanto habían tardado en encontrar.
Durante siglos, fueron viviendo otras vidas, cada uno por separado. Algunas felices, otras desgraciadas. Vidas interesantes, anodinas, mártires, heróicas, cortas y longevas, pobres y ricas, plenas y vacías. Infinidad de vidas que seguían unas a otras como una cadena sin final. En todas ellas, encontraban que algo les faltaba, no conseguían la total felicidad. A veces, hermosos espejismos aparecían en ellas, que por un momento, conseguían engañarlos. Y se apoderaba de ellos la euforia, hasta que se daban cuenta que había sido un sueño.
Y llegará el día. Debe llegar el día en que vuelvan a encontrarse. Y, como la primera vez, no habrá señales del cielo, ni trompetas anunciándolo. No habrá nada, porque nada necesitan. Se encontrarán sus ojos que abrirán las compuertas de la memoria, para que ese sentimiento oculto e imperecedero los inunde como aquel día, en el principio de los tiempos.
 
Mini cosa


"MIRA QUÉ COSA TAN RARA:
PASÉ LA NOCHE CONTIGO
ESTANDO SOLO EN MI CAMA..."
(Manuel Alcántara)


Tengo unos días agobiados de trabajo, con mi jefe pegadito, aquí, a mi lado. Esta noche, entre otras cosas, pasaré por casa de mis blogers preferidos.
Des-ordenada, des-concentrada, des-esperada, des-equilibrada, y todos los "des" que vuestras imaginación sea capaz de imaginar.
 
Otros tiempos


Se acercan las fiestas de Pascua, y mi hija, 19 añitos, lleva ya algún tiempo con febril actividad organizando sus vacaciones. Hoy, me ha dicho que se va con toda la pandilla a una casa que han alquilado en la costa, en otra costa. Bueno, eso me ha hecho pensar lo diferentes que eran mis vacaciones de Pascua.
Vivo en un pueblo, muy cerca de la capital de provincia, de 16.000 habitantes, más o menos. Eso ahora, claro, porque cuando yo vine a vivr aqui, muy pequeñaja, era un pueblo pequeñito, eminentemente agrícola. Entonces, una gran mayoría de la gente que lo habitaba eran agricultores, en su mayoría propietarios de sus tierras, en mayor en menor tamaño. De carácter burgués, muy católico, mujeres de misa diaria, comprensión corta y lengua larga.
Esto ha ido cambiando, con el paso del tiempo y porque no les ha quedado otro remedio. Instalaron alguna que otra industria y a ella vinieron a trabajar gentes de otras tierras: andaluces, manchegos, extremeños y algunos asturianos. Ahora, cuando paseas por sus calles, se pueden ver: chilenos, peruanos, colombianos, venezolanos, rumanos, polacos, rusos, marroquís, sub-africanos, chinos, sin olvidar a los árabes del mundo del petróleo que habitan en las dos urbanizaciones que tiene el municipio.
Así que, ha cambiado mi pueblo, claro que ha cambiado. Lo que más me admira es la transformación de los viudos y viudas jubilados, que por otra parte han sido los más propensos a darle a la lengua a la hora de criticar al prójimo. Mi madre, viuda desde hace unos años, me cotillea. Antes, cuando alguien enviudaba, sobre todo la mujer (para que nos vamos a engañar) se quedaba en casa, vestida de luto, para los restos. Ahora, no, salen de viaje un mes sí, y otro también. Los fines de semana tienen baile en un salón privado, reservado por el ayuntamiento para ellos, y allí se cambian las parejas como las chocolatinas. Fulanito que es viudo de menganita, se juntó con sotanita, pero se han enfadado y ahora se ha ido a vivir con zutanita. Y eso es contínuo. Hacen bien, no lo critico, pa cuatro días que vivimos más vale disfrutarlos, pero .... quien te ha visto y quien te ve.
Bueno, a lo que iba, que ya me enrollé. En mi tiempos, teniendo unos añitos menos que mi hija, la Pascua era la época en que, por fín, podíamos juntarnos los chicos con las chicas (y ahora habría que meter esa canción de los Bravos que seguro que Dock recuerda). Los meses anteriores, todo eran nervios y conjeturas, para que la pandilla que nos gustaba nos pidiera ir juntos en Pascua, porque las chicas teníamos que esperar a que ellos nos lo pidieran.
El día de Pascua nos ibamos todos juntos de excursión a la montaña, cargados como burros con todos los bártulos para hacer allí la comida. También es verdad que había mucha montaña donde elegir, mientras que ahora, todo son chalets que disfrutan unos cuantos. Ibamos andando, por supuesto. Y algunos, con suerte, su padre les prestaba el caballo (casi en todas las casas había uno para trabajar en el campo), con su carro. En el monte, se hacía una paella, si había algúna marisabidilla que tuviese alguna idea de hacerla, o una buena torrada de carne. Porque sí, se hacía fuego en el monte, cosa ahora del todo impensable. Y, fijaos, que núnca jamás, oí que se incendiara el monte. A pesar de ser adolescentes, casi críos, recuerdo que teníamos sumo cuidado en apagar el fuego y recoger las basuras. Así que, ahora, no sé si es que son más descuidados o lo de los incendios no tiene nada que ver con imprudencias de los usuarios del monte.
Al caer la tarde, bajábamos todos en pandilla, jugando y cantando, y nos reuníamos en la plaza Mayor del pueblo a saltar a la comba. Sí, sí, no os riais... a saltar a la comba. No faltaban las clásicas canciones de Pascua:
"Un día de Pásqua,
un xiquet plorava,
perque el caxirulo, no li s'anvolava,
la tarara sí, la tarara no,
la tarara mare, que la balle yo".
Que viene a decir algo así como: Un día de Pascua, un niño lloraba, porque el cometa no le volaba, la tarara sí, la tarara no, la tarara madre que la bailo yo.
Los niños le dábamos al "caxirulo" connotaciones eróticas, diciendo en la canción "no se le empinaba". ¡Qué ingenuos y que infantiles eramos! Y luego, nos comíamos "la mona", una especie de coca con un huevo "duro" (cocido) en el centro. Era costumbre, romper el huevo en la frente de alguien: "Açi em pica, açi em cou, i açi t'esclafe l'ou" (Aqui me pica, aqui me escuece, y aqui te esclafo el huevo). ¡¡¡Qué tiempo!!! si es que nos entretenían con cualquier cosa.
Y ahora, se van a la costa, a una casa alquilada, como potentados. Algunos trabajan en fin de semana y tienen dinero para estas cosas, como mi hija (es una hormiguita ahorradora), o de la paga semanal, pero a otros se lo pagan los pobres papás.
Y sobre todo, cuando se van, una pregunta no se nos puede olvidar: ¿llevas preservativos?", porque dicen que más vale prevenir.
Y no, no es que yo soy muy mayor, es que los tiempos cambian muy deprisa.
 
Jueves


No, no me equivoqué de día. Estoy desordenada, pero aún tengo agenda que me dice que hoy es martes, 15 de marzo. Que casi estamos en primavera, pero la verdad, es que no se nota nada. Mi Mediterráneo anda tan desordenado como yo, y no hay forma que salga el sol. Hace un día nublado y gris. Y yo, tampoco tengo tiempo para mucho.
Pero, parece que cuando estoy un poco deprimida o acongojada, me encuentro por estos mundos alguna "perlita" que me alegra el ánimo. Robé unos pocos minutos a mi quehacer diarío (que hoy os puedo asegurar que se pasa de la raya) y os dejo este poema de Manuel Alcántara, poeta malagueño, de 1928. Me gustó, sobre todo, por lo que significa para mí. No trabajeis mucho.

ESTE JUEVES


Este jueves depende de tu boca.
Debes cuidarlo igual que un parque a un niño,
como cuida el otoño cada hoja
y le procura el aire necesario
para que se reúna con las otras.


Mira este jueves. No lo sabe. Míralo
acercarse a nosotros entre sombras.
y ocupar la ciudad como un ejército
que no pensara nunca en su derrota.
Será jueves en todo. Está de paso
pero quiere vivir de luces propias.
Entrará en la oficina de mañana,
a mediodía contará sus horas
y se quedará al norte de las cartas
que desde que se escriben son remotas.
Mira cómo se acerca hasta nosotros:
viste de azul y herencias sigilosas,
establece su número y su luna
¡el tiempo siendo jueves en las cosas!


Cuídalo tú que puedes, no le dejes
que tal día haga un año en la memoria.
Mira cómo se acerca a la ventana
sin saber que depende de tu boca.


Para pasar un día con nosotros
ha salido este jueves de sus sombras.
 
Perdiendo los sentidos


PERDIENDO LOS SENTIDOS

Estoy notando que, poco a poco, voy perdiendo partes de mi cuerpo. Y con ellas, se van también mis sentidos.
Los primeros cobardes que me abandonaron fueron los ojos. Un día, sin más, desperté sin ellos. Todo era oscuridad y no podía encontrarlos. Los llamé a gritos, pero se hicieron los sordos... los muy ladinos. ¿Cómo iba a buscarlos?, ¿con qué ojos busco mis ojos?. Volví a gritar, histérica... pero nada. Entonces, me di cuenta de que, la ultima vez que los tenía, perseguían tu imagen, corrían tras de ti para no perderte. Se habían quedado contigo para siempre. Y me senté a llorar sin lágrimas.
Al poco tiempo, un día que escuché tu voz, cuando llegó el momento en que dijiste “adiós”, llegó el silencio. Vi como salían volando mis orejas, formando juntas la imagen de unas alas. Las perseguí durante un rato, pero no fui capaz de alcanzarlas. Y me quedé sin voces y sin música. Ya no pude escuchar ningún gemido, ni palabras de amor. Nada, solo silencio. Y me senté a oír sin sonidos.
Y la cosa no terminaba así, no. No podía ver, ni oír, pero podía hablar, y mi voz aún seguía dando forma a mis pensamientos, decía lo que sentía. Hasta que decidió abandonarme, la muy perra, es la que más echo de menos. Ella no se escapó, no, me dijo descarada que se iba contigo, que no tenía palabras para nadie más, que me dejaba. Le rogué y supliqué, pero todo fue en vano. Me dio la espalda y se marchó hablando sola. Y me senté a conversar sin palabras.
Lo que vino después no tiene nombre, eso fue una puñalada trapera, no me lo esperaba. Yo, confiaba tanto en él, ¿cómo no iba a hacerlo si por él vivía? Me traicionó, el maldito corazón, me traicionó. ¡Cómo dolió su marcha! De un golpe certero abrió la cárcel de mi pecho, y sin mirar atrás ni sentir hacía mí un poco de cariño, se alejó brincando, como un niño pequeño. Miré, acongojada, el vacío que dejó su ausencia. Y me senté a vivir sin su latido.
Me quedan aún algunas cosas, muy pocas, y no sé por cuánto tiempo. Todavía puedo percibir aromas: la nariz no me abandonó por ti, quizá porque no tuvo oportunidad de olerte y sigue siéndome fiel. Tengo las manos, que perciben suavidades y asperezas, que sienten el frío y el calor, que escriben, aunque no vean las palabras. Mis manos transmiten lo que les dictan mis pensamientos. Éstos, van y vienen. A veces, no los encuentro y sé que están contigo. Me armo de paciencia y espero un rato hasta que vuelvan. De momento, siempre vuelven, remoloneando, pero vuelven. El día que no lo hagan, tendré que darme por vencida.
Entonces, seré sombra.


 
Otra gota de erotismo
Para mis amigos: Capi, que me ha dicho que le encanta que las mujeres hablemos de sexo; Lola, que se le nota que es erótica y encantadora; Wolffo, que me parece no le gusta el sexo puro y duro, pero sí el erotismo y el buen humor; Dock, que se le sube la temperatura... y todos los que pasen por aqui, con nombre o sin él.
Como hoy no tengo muchas ganas de escribir, y ando un poco aburrida y malhumorada, he rescatado un texto que escribí hace algún tiempo. Un amigo me propuso escribir algo sobre el tema y casí fue un pequeño reto. Estrujé lo que pude las neuronas que se dejaron (las listas, huyeron al galope), y me salió esto. Espero que lo disfruteis.



¿Aceptamos pollo como animal erótico?


El eminente profesor D. Fulgencio Buendía, catedrático de Simbología Animalística en la Universidad de Ciencias de la Naturaleza de la Universidad Privada de Ohio, pronunció una interesante conferencia sobre diferentes animales como elementos eróticos para los humanos.
Entre todos los especimenes animales vivos, el profesor destacaba sobre todo, algunos de los más conocidos, casi todos ellos dentro de la categoría de “animales domésticos”. Puso como ejemplos:
El caballo: la estampa de este bello ejemplar es claramente erótica: las fuertes y musculosas ancas, el largo cuello, su contoneo al andar, la suavidad de su piel y su enorme atributo masculino. Todos nos hemos extasiado contemplando el galope de un caballo en libertad: las crines y la cola al viento. Y qué belleza cuando es cabalgado por una bella mujer, moviéndose ambos al mismo ritmo; de ahí, el término “cabalgar” para designar la postura coital en la que la hembra está encima del macho. Nada más erótico para los amantes de la zoofilia que la imagen de una mujer penetrada por la gran verga de un macho equino.
El toro: La bravura, el coraje, el desafío a la muerte, la nobleza, todos estos atributos adornan a este animal de fuerte estampa. Destaca su gran cuello, la cabeza adornada de esas dos temibles astas, su fuerza al embestir y como no, sus grandes testículos colgantes.
El gato: La familia de los felinos tiene un gran componente erótico: el tigre, la pantera, la gata. Todas estas denominaciones tienen un significado especial en el lenguaje del erotismo: “Es como un tigre en la cama”, “hace el amor como una pantera”, “parece una gata en celo” etc.etc. También su figura, los ojos de colores a veces casi imposibles, su andar “felino” y la suavidad de su piel están tocados con la gracia de Eros.
La serpiente: Aunque algunos la teman o le tengan fobia, no se puede negar que es un animal muy sensual. Su “andar” sinuoso, su piel llena de maravillosos dibujos. Hasta su modo de sacar la lengua para depositar el letal veneno, es puro erotismo.
Y yo, me pregunto: ¿y el pollo?, ¿no creen que es erótico?. Pongan en marcha su imaginación: la forma de caminar como si fuera un bailarín de ballet, de puntillas; el porte erguido, sacando pecho. ¿Se han fijado que cuando come no agacha el cuerpo?. Se limita a doblar su bonito cuello hasta tocar el suelo, con el cuerpo siempre estirado. Las plumas, ¡oh! las plumas, ¿hay alguna suavidad comparable? Y algo muy importante, su erotismo no termina cuando es sacrificado.
Una vez cocinado, y no voy a entrar aquí en la variedad de menús que se pueden preparar con este animal exquisito, porque la lista sería demasiado extensa. Repito, una vez cocinado: su piel dorada, sus muslos tiernos y apetitosos, sus pechugas sin una pizca de grasa, recomendadas en todas las dietas bajas en calorías. Cuánto erotismo refleja la imagen de un humano con un precioso muslo en las manos dispuesto a darle un bocado. Porque esta es otra razón que aumenta su sensualidad: comérselo con las manos, para chuparse luego los dedos con deleite.
Claro, que ustedes dirán que no puedo ser imparcial. ¿Cómo no va a gustarle el pollo a una pollita como yo?

 
Aguas Negras


AGUAS NEGRAS

Tengo frío, mucho frío. Casi no siento mi cuerpo. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? La boca reseca, ya no encuentra saliva. Hace horas que no bebo. El estómago hambriento ya no me duele, sólo siento un vacío como si tuviese pegadas las tripas. La mujer que yace a mi lado se remueve, con su bebé apretado contra el pecho. Intento percibir la respiración del pequeño, pero no lo consigo. Quizá esté muerto y ella no se ha dado cuenta. ¡Cuánto silencio! Ya no se escuchan murmullos, ni quejidos. Nada. Todo está negro y helado. Tengo miedo. Debe ser de noche, pero no estoy seguro: he perdido la noción de los días. Han abierto la puerta. ¿Estaremos llegando a nuestro destino? Quieren que salgamos fuera, pero nos cuesta levantarnos. Las piernas no me responden: están anquilosadas. Tengo que hacer un esfuerzo. Pronto estaré bien, a salvo. El bebé ha empezado a llorar y eso me tranquiliza: no está muerto. Empezamos a salir lentamente, apretujados unos con otros. Voces alteradas, gritos, empujones. ¿Qué está ocurriendo? Es noche cerrada: todo está oscuro. Me están empujando. No, no me voy a tirar al agua. Dicen que estamos cerca de la playa, que aquí se termina el viaje. Oigo chapoteos. El llanto del bebé se eleva por encima de nosotros. Miro hacia abajo y no veo nada. Una oscuridad profunda lo inunda todo. Gritos de socorro, súplicas, lloros, lamentos. Voces ásperas que ordenan y amenazan. Estoy al borde del abismo y tengo miedo. Un fuerte golpe en la espalda me hace perder el equilibrio y caigo al mar que, con sus fauces abiertas, espera para tragarme. Tengo miedo. ¡Señor, ayúdame!.




 
La cita


Hoy, tenía una cita pendiente con el pasado. Ese que quería colarse, de rondón, en mi presente. Un presente que, en este momento, no cambio por nada ni nadie. Pero tenía que acudir.
Tenía miedo a encontrarte cambiado, desgastado por el paso de los años. A tu edad, dos o tres años se notan mucho. Pero no, que va, eres de esos hombres a los que el tiempo les va dejando una patina de "antigüedad en perfecto estado" y siguen igual de atractivos, o más. Cuando llegué, estabas en el medio de un corrillo de gente, acaparando todas las miradas. Tienes esa gracia especial que conquistas igual a las mujeres que a los hombres. Las mujeres te desean, se sienten halagadas contigo. Y los hombres, te dan su amistad. No, no te envidian. No sé cómo lo haces. Nos acercamos a tí, para saludarte y felicitarte por la nueva exposición, y noté tus ojos, observándome.
Ya no recordaba la tibieza de tus manos, siempre tienes la temperatura exacta, ni muy fría, ni demasiado calientes. Cogiste las mías, y me acercaste a tí, para abrazarme. Volví a impregnarme de tu aroma, casi olvidado. Luego, me soltaste para saludar a mis acompañantes, pero sin separarte ya de mi lado.
Me dí cuenta que sonaba una música: Luz Casal, el disco que más me gusta. "Comprenderás en un solo momento, qué significa un año de amor......." ¡cabrón! . No podía dejar de mirarte, te veía mover los labios y casi no escuchaba lo que decías. Pero, me daba cuenta, que no sentía ya esa urgente necesidad de antes, que tenía que hacer esfuerzos tremendos para no colgarme de tu cuello, y comerte la boca a besos. No, ahora sentía calidez en mi pecho ¡joder! estoy llorando. No, no son lágrimas de angustia como cuando dejamos de vernos. Son lágrimas, quizá de agradecimiento a la vida, por haber podido compartir contigo momentos inolvidables.
Te siento nostálgico, y también tus pinturas. Éstas, no tienen esa luz intensa de las de otro tiempo. Me gustan.
Con la disculpa de enseñarme un cuadro, nos apartamos del grupo que habíamos formado y que conversaba tranquilamente. Era hermoso, un paisaje otoñal, lleno de dorados, marrones y rojos. ¿Te acuerdas cuando en alguna exposición nos escapábamos, sólo para darnos un beso? Me lo has dicho bajito, sin apartar la mirada del cuadro y señalando algo con el dedo, como si estuvieses explicándome algún detalle. Claro, claro que me acuerdo, Miguel, he pensado. Mi corazón, entonces, se desbocaba y algunas veces, tuve miedo de que se parase de repente o de que alguien me lo notase. Entonces, sentía las mejillas ardientes, los ojos brillantes y una euforia me recorría entera.
He cogido tu mano, la que tenías levantada hacia el cuadro, y te he hecho mirarme. En ese momento no me importaba si alguien podía estar observándonos. "Miguel, no te olvidaré nunca y el tiempo que pasamos juntos nadie podrá borrarlo de mi mente. Tú, no me olvides tampoco, pero déjame en un rinconcito, pequeño y bien escondido. Sácame de allí, solo cuando quieras llenarte el corazón de magia y recordar".
Me has mirado con cierta tristeza.Ya no somos los mismos, Miguel, ni es el mismo momento. Es otro tiempo y otras circunstancias.
Se me han llenado los ojos de lágrimas y he salido de allí, con la disculpa de fumarme un cigarro. Te he visto dirigirte al grupo, sin quitar la vista de la puerta. Después de tranquilizarme un poco, me he reunido con vosotros, y argumentado que ya era tarde, nos hemos despedido. He vuelto a besarte y abrazarte. Me has dado las gracias, y en tu forma de decirlo, sé que no te referías al hecho de haber ido a la exposición. Tus "gracias" abarcaban mucho más que todo eso.
"Cuídate mucho, pintor, cuídate"
 
Antes de dormir


No me apetece, hoy, escribir mucho. He tenido un final de día algo extraño y fastidioso, mañana os lo cuento. Me he entretenido leyendo por ahí y antes de irme a dormir (a ver si tengo suerte y... sueño) voy a colgar algo bonito. Un poema de Alfonsina Storni, otra poetisa que me gusta mucho. Espero lo disfruteis.

VIDA

Mis nervios están locos, en las venas
la sangre hierve, líquido de fuego
salta de mis labios donde finge luego
la alegría de todas las verbenas.

Tengo deseos de reír; las penas,
que de domar a voluntad no alego,
hoy conmigo no juegan y yo juego
con la tristeza azul de que están llenas.

El mundo late; toda su armonía
la siento tan vibrante que hago mía
cuanto escancio en su trova de hechicera.

¡Es que abrí la ventana hace un momento
y en las alas finísimas del viento
me ha traído su sol la primavera!




 
Quiero... soñar contigo


Quiero soñar contigo y no sé como hacerlo. Intento concentrarme en traer a mi mente tu imagen antes de dormir. Pero luego, me inundan otras distintas, todas, menos tú. Sí, podría hacerlo despierta, pero no quiero, eso sería una fantasía y no me gusta. Deseo la sensación que tengo al despertar en ese punto exacto en que no puedo discernir si lo que viví fue realidad o sueño.
Yo, quiero soñar tus manos. Las quiero suaves, como brisa que acaricia mi cuerpo. Y, también, fuertes, como un torbellino que desgarre mi piel y me envuelva en su vórtice de locura, que dejen marcadas tus huellas.
Yo, quiero soñar tu voz. Palabras tiernas y dulces, vestidas de algodón y tul, como las que se susurran al oído de un niño para atraer al sueño. Y, también, duras, obscenas, cargadas de pasión y de deseo, como las que con voz ronca se gritan a las putas en la sucia habitación de un club de carretera.
Yo quiero soñar con tus ojos. Quiero sentirlos recorrer mi cuerpo, intentando fijar en sus pupilas cada arruga, cada lunar, cada recoveco. Con ojos que se cierran, sin quererlo, ante la llegada inesperada del placer intenso.
Yo, quiero soñar con besos. Ligeros y húmedos. De esa humedad de lluvia fresca en primavera, como minúsculas gotas que nunca sabes donde van a mojarte. Y también, provocadores, repletos de pasión, de esos que, a veces, les nacen dientes, y muerden. Y, curiosos, que se pierden por rincones imposibles, para volver a mi boca nuevamente, trayendo otro aroma, otro gusto.
Yo, quiero soñar con olores y sabores, con salivas, sudores, fluidos y esperma, con lamentos, gemidos y gritos.
Y despertar con la piel erizada, los labios ardientes, los pezones erguidos y palpitante sexo. Y soñar que no ha sido un sueño.
¿Es pedir demasiado? Solo quiero... un sueño.
 
¿Qué voy a hacer contigo?

"Por favor, acude. No quiero que tu imagen se diluya en el recuerdo". Con esta escueta nota, apareces en mi vida nuevamente, después de ... no sé cuantos años. Porque la última vez que nos vimos casi no cuenta, en aquella boda, rodeados de gente. Como ahora, no sé que pretendes viéndome de nuevo. Antes, decías que te dolía verme, porque luego te morías de ausencia. Yo, no te entendía, porque disfrutaba cada minuto a tu lado y atesoraba esos momentos para luego recordarlos con dulzura. Recreaba cada palabra, cada mirada, cada risa, cada beso.
¿Qué quieres ahora? Sé que no te amo, ni te amé. Hubo algún momento en que pensé que sí, pero ya sabes, que los sentimientos, a veces, se confunden. No, no era amor, era una fuerza extraña que me unía a tí, era... como si tu cuerpo fuera una gran ventosa que me succionaba y me atrapaba, me pegaba a tu piel y cuando tú no estabas me sentía en carne viva. Incluso a veces, te odiaba. Odiaba tu excesiva formalidad, tus manías, tu rutina, que yo trastocaba, solo por el placer de enojarte, de verte perder esa seguridad que me sacaba de quicio, por saberte perdido sin tu estudiada agenda.
Me imagino cuánto te ha costado escribir esa nota. Te veo rompiendola una y otra vez, hasta quedar medianamente satisfecho. Aún así, me parece demasiado larga, tú nunca fuiste hombre de palabras. Lo tuyo es la imagen, los colores, las formas. Quizá por eso hacíamos tan buena pareja. Yo hablaba por los codos y tú, pintabas. Muchas veces, sabía que no me escuchabas, pero cuando callaba, tu querías que siguiera hablando, mi voz te calmaba, te acompañaba. Otras, yo me ponía a leer mientras tu trabajabas ensimismado, entonces me decías: "lee en voz alta" . Me gustaba observarte mientras pintabas.
Tengo miedo. Pero tengo que plantarle cara, tú sabes que nunca huí ante nada, eso no va conmigo. Tendré que enfrentame a tu mirada, esa que me hipnotizaba y quizá aún lo haga, a tu sonrisa, que me conquistaba. Después, tu voz al saludarme, apagará todos los rumores y no oiré a nadie más. Y tu abrazo, un abrazo formal, que solo yo notaré distinto en la suave presión de tus manos en mi espalda. Sentiré tus labios rozando mis mejillas... y no pasará nada. Lo sé, porque no puede ser de otra manera, porque no voy a volver a los días vacíos, a las lágrimas, a esperar tus llamadas.
No, no pasará nada. Pasaré la prueba triunfante y quedarás en mi memoria como un hombre que, en un tiempo ya lejano, me brindó sensaciones jamás imaginadas. Pero, ya eres pasado, y no te quiero en mi presente. Conformate con permanecer en mis recuerdos.
Y no, no pasará nada.
 
Modos y maneras... de amar


Para atenuar la rabia o el "mal sabor de boca" de la historia anterior, he querido traer un hermosísimo regalo que me han hecho. Y como ese regalo trata de una forma de amar, pues quería hablar un poco de eso.
Yo, muchas veces, no sé poner nombre a lo que siento, pero sé perfectamente cuando alguien se me mete muy adentro. Tan adentro que, aunque quiera, no puedo deshacerme de él. Da igual que se aleje, que el sentimiento no sea recíproco, que me dé perfecta cuenta de todos sus defectos, sus manías o sus vicios... da igual. Y tengo miedo, porque entrego tanto de mí misma, pongo "tanta carne al fuego", que puedo salir mal parada. Y duele, joder, si duele. Pero, al mismo tiempo, es una sensación tan intensa, que no podría vivir sin ella.
Por esto, mi querida amiga TANIA, una de las mujeres a las que más quiero y admiro, me prestó este soneto "recién parido", porque me conoce muy bien, y cuando lo leí, me ví reflejada en él. Aqui os lo dejo para vuestro disfrute, espero que os guste tanto como a mí.

Cuando amo voy de manos desatadas
El alma despojada de temores
El pecho abierto ensangrentando albores
Y con esta insensatez desaforada

Voy con el cuerpo pronto a los sudores
Los muslos listos para la contienda
El corazón que no conoce rienda
Los ojos desvestidos de pudores

Cuando amo voy con todo lo que importe
Las venas disponibles para el corte
Del cuchillazo que el amor no evita

Voy con la boca en forma de respuesta
Y la osadía de querer expuesta
Voy como quien se muere y resucita.

GRACIAS TANIA.
 
Agradecimiento final (III)

Y dejé de hacerle preguntas a ese dios, ciego y sordo, en minúscula e inexistente. Me volví callada, casi muda. No lloraba, ni reía. Mis esfuerzos se concentraban en estudiar y en amanecer un día más sin haber pasado por su despacho. Sí, querido maestro, usted ocupaba todos mis pensamientos, era el miedo, el asco, la vergüenza, la culpa, todo en una sola imagen: la suya. Y aprendí que aquella era mi carga, que nadie iba a ayudarme, yo sola tenía que soportarla, aprender a vivir con ella, hasta que algún día usted dejase de considerarme su pequeña.
Y volví a aquel despacho y a sentarme en aquella silla, la silla de mi tortura. Durante años tuve la misma pesadilla, volvía a revivir, una y otra vez, el día que, generosamente, decidió usted darme su lección magistral.
"Hola, pequeña mía. Ven aqui y siéntate. Te has portado bien ¿verdad? Las monjas están muy contentas contigo" Se había puesto detrás de mí, de pie, y no podía verle la cara. Solo escuchaba su voz y sentía sus manos acariciándome el cuello y metiéndose por el escote de mi blusa. Aprisionaba mis pechos, estrujándolos, y me hacía daño. "Quítate las bragas, tú ya sabes hacerlo sola. Levántate la falda y métete los dedos, bien adentro. Quiero verlo ¡vamos! ¿a qué esperas? Estás siempre muda y hoy quiero oirte gemir. Seguro que lo haces cuando estás sola". Yo permanecía muda, porque ya iba aprendiendo a negar lo que me estaba pasando, era... como si fuera otra niña la que estaba allí, yo estaba en mi cama, acurrucada, durmiendo y esto no era más que una pesadilla.
"¡Acuéstate! ¡En el suelo" Ya no había mi pequeña, ni mi niña, ni zorrita, siquiera. Era una orden tajante. "Abre las piernas, y no se te ocurra gritar. Esto es lo que hacen los hombres con las niñas malas como tú, las niñas que huelen como tú" Y sentí que me quemaba por dentro, que aquello me iba a partir en dos y que moriría allí mismo. Estaba encima de mí, empujando, echándome su aliento a la cara. Y mi pecho se llenaba de rabia, de asco, quería matarle, arañarle, morderle... pero no podía, no podía moverme. Estaba inmóvil, apretando los dientes para no gritar, para no aullar de dolor y de angustia. Y por fin, terminó. Sacó su sexo de entre mis piernas y "eyaculó" (ahora ya sé que se llamá así), a mi lado.
Luego se puso en pie, mientras se limpiaba con un pañuelo que sacó del bolsillo de la sotana. "Levántate y vistete. No hace falta que te diga lo que ya sabes: ni una palabra. Ahora ¡vete!".
Durante un tiempo me hacía llamar una o dos veces por semana. Un día, dejó de hacerlo. Y yo, respiré tranquila, aunque sabía que alguien había ocupado la silla de su despacho. Inconscientemente o no, no lo sé, intentaba averiguar quien era ahora la víctima, rebuscaba en los ojos de las nuevas, en su mirada baja, pero luego, lo olvidé, lo enterré en lo más hondo de mi memoria.
Hoy, me he enterado que usted se moría, que el gran hombre, generoso, humanitario, el que tanto hizo por los niños, el padre Anselmo, está a punto de ir a sentarse a la vera de nuestro señor. Y vine a verle. A traerle mi carta. Y como sé que no puede leerla, se la he leído yo, porque soy su mejor alumna, la más obediente. No, no ponga esa cara de terror, poco puedo hacerle ahora. No le voy a desear que se vaya al infierno, porque no creo en él.
¿Sabe? Me han dejado entrar porque he mentido, sí, he dicho que era una sobrina lejana. Y me he enterado que en cuanto me vaya, vendrá el obispo y un alto cargo del vaticano. Hasta dicen por ahí, algo de beatificarlo. Desde luego piensan hacerle un entierro con todos los honores, el último descanso para un santo.
Seguramente, padre, se me va a olvidar esta carta, aqui, encima de la mesilla. Y, mire que casualidad, el sobre va dirigido al señor obispo. Y además, durante estos años, me he hecho con interesantes documentos y confesiones de otras "malas chicas como yo, de esas que olemos a zorrita". Estudié, padre, estudié y trabajé muy duro. Posiblemente no le hagan nada ya, porque no le queda vida, la muerte está esperándole dentrás de la puerta, pero olvídese de los honores y la gloria. Lo enterraran a escondidas, se silenciará su muerte, callarán los medios de comunicación. Y al cabo de muy poco tiempo, saldrá a la venta un libro contando una historia espeluznante de niñas ultrajadas y violadas. Y se acabó su colegio y el trabajo de toda su vida. Me voy, padre, personas importantes esperan fuera. No se muera, todavía.
Descanse en paz y que dios lo tenga en su gloria.
 
Agradecimiento final (II)


"Ven pequeña, siéntate aqui"-me dijo al entrar a su despacho, mientras señalaba una silla, en un rincón. Obedecí. "Ya he visto que te comportas muy bien, eres obediente, sigue así y verás que todo irá sobre ruedas". Se arrodilló delante de mí y, descuidadamente, me arregló los calcetines. Yo no quería que hiciera eso ¿por qué fingía cariño? Deje en paz mis calcetines, quería gritarle, pero... no tenía voz, me había abandonado. Sus manos fueron subiendo por mis piernas, metiéndose por debajo de la falda. Cuando las sentí abriendo mis muslos, las apreté instintivamente: "No, Padre, por favor" -me asusté al oir mi voz temblorosa, yo no quería decirlo, no quería que se enfadase. "Vamos, vamos, ¿qué es esto? ¿has olvidado lo que te dije? ¿quieres que llegue a oídos de tu madre tu mal comportamiento?" No, no, por favor ¿por qué mete a mi madre en esto?, pensé aterrorizada. "Te lo voy a decir otra vez, ya ves que soy muy paciente contigo. ¿Ves esa caja de mi mesa? Dentro tengo algún dinero y, a lo mejor, puedo notar que alguien me ha robado. No quisiera pensar que has sido tú. No tendría más remedio que expulsarte. Lo entientes ¿verdad?¡Contesta! ¿Lo entiendes?" Me tomó fuertemente de la barbilla, obligándome a mirarle. Frenéticamente dije "Sí" con la cabeza. Sí, sí, lo entendía, lo entendía.
"Bien, así me gusta. Volvamos al principio. Espera, deja que te quite las bragas". Y volvió al principio.. Mi cerebro se cerró herméticamente para dejar de pensar, y mis piernas se abrieron. Y mientras sus dedos hurgaban y me penetraban, salí de mi cuerpo y, desde la puerta, contemplé angustiada a una niña sentada en el borde de la silla, con las bragas en los tobillos.
Luego, sacó su mano de mi interior y me acercó los dedos a la nariz. "Huele, vamos, huele. Es olor de niña mala ¿te das cuenta? Hueles a zorrita. Y yo tengo que hacer que seas buena, por tu bien"" Y me acercó los dedos a mi boca, empujó entre mis labios hasta obligarme a abrirlos. Su voz ronca se me clavaba en la mente. "Chúpalos, con la lengua, pásales la lengua, así, así, como un caramelo. Deja, deja que los meta y los saque, así, así...". Yo, no quería mirarlo, pero estaba allí, arodillado delante de mí, respirando fuerte, gimiendo y murmurando. Cogió mi mano y me obligó a tocarme: "Mete los dedos, acariciate. No te hagas la inocente, seguro que lo haces cuando estás sola. Dime como lo haces ¿así? ¿te metes los dedos así? más, más adentro. Es pecado, eso ¿lo sabes, zorrita? Pero yo te guardaré el secreto. Contéstame ¿te gusta cuando lo haces?". Yo, negaba con la cabeza. No podía admitir que sí, que alguna vez lo hacía y que nunca lo había dicho en el confesionario porque decían que era pecado. Todas lo hacíamos, en el dormitorio alguna noche, oía los gemidos de otras camas.
"Bueno, no tengas miedo, no pasa nada, tranquila, yo te quiero y te cuido, eres mi pequeña, mi alumna obediente y aplicada". Se puso en pie y, entre los pliegues de la sotana, como la primera vez, volvió a enseñarme su sexo, que parecía a punto de estallar. Pero, no tomó mi mano, lo acercó a mi rostro al mismo tiempo que, sus manos rodeaban mi cabeza. "Sabes lo que tienes que hacer ¿verdad? lo mismo que hiciste antes con tus dedos. Pásale la lengua, así, empieza por la punta y sigue hacia abajo. Así, mi pequeña, abre ahora bien la boca, ábrela más. Pronto aprenderás a hacerlo muy bien, mi niña". El estómago intentaba salir por la boca, no podía respirar, iba a ahogarme y morir allí mismo.
El timbre del teléfono le hizo dar un respingo y sacar aquello, rápidamente de mi boca, salpicándome la cara y el uniforme con aquel líquido lechoso. Y vomité. Contestó al teléfono, mirándome con rabia y cuando colgó y vino hacía mí, me acurruqué en la silla cerrando los ojos. "No te voy a pegar, no. Vas a limpiar todo esto ¡enseguida! tengo una visita. Luego te lavas y te vas a la habitación. Yo sé que eres lista, pequeña, y no te voy a hacer daño. Solo quiero enseñarte a que seas buena y obediente. Vamos, ahora haz lo que te he dicho, ya seguiremos con esta conversación. Y... súbete las bragas".
Ahora sabía que no se iba a olvidar de mí, facilmente. Sabía que no iba a poder dormir, ni mirar a los ojos a mis compañeras, no podía contárselo a nadie. Todos me culparían a mí, usted tenía razón, sí, entonces pensé que tenía razón, yo era una niña mala, una "zorrita" como me llamaba. Yo hacía cosas malas, a solas. Y olía, olía mucho. Pensé que si usted me había elegido a mí era porque se leía en mi cara que era mala, porque yo nunca había confesado nada. Y todos se darían cuenta. No tenía esperanza: obedecerle y ser una niña buena o quizá... morir. ¿Dónde estaba Dios? ¿Por qué no me perdonaba? ¿Me estaba castigando? Estas preguntas siguieron atormentándome durante muchos, muchos años.... (continúa)
 
Agradecimiento final


Querido, bondadoso y nunca olvidado profesor:

Permíta a esta humilde alumna, agradecer su infinita bondad por las lecciones y conocimientos que usted me brindó, hace ya algunos años. No conozco mejor forma de hacerlo que con la palabra escrita, sus enseñanzas se merecen mucho más, pero tenga la seguridad que están bien guardadas en mi memoría.
Recuerdo perfectamente el día en que, a punto de acabar la cena en el comedor del colegio, me dieron el aviso de que usted quería verme en su despacho. Se me hizo imposible tomar el postre, pues sentía un puño apretándome el estómago. Cuando recibimos el permiso para levantarnos de la mesa, me dirigí, pensativa, a su encuentro. Golpeé la puerta, suavemente, con los nudillos, y la abrí. Permanecí de pie en medio de la habitación, mientras usted terminaba con sus quehaceres. Bajé los ojos y esperé, sin poder controlar los temblores que se apoderaban de mí, tal era el respeto que me causaba. Se acercó a mí, tranquilizándome: "No estés nerviosa, chiquilla, deja de temblar. Estoy repasando las becas para el próximo año y quería hablar contigo". Mientras hablaba, lo sentía revolotear a mi alrededor, acariciándome la cabeza, de vez en cuando. "Bueno, tus notas son excelentes, solo tienes que comportarte bien y seguro que la tienes concedida. Sabes que es la única forma de que puedas seguir estudiando" Seguir estudiando, seguir estudiando.... esas palabras rebotaban como un eco en mi cabeza. Las manos, bajaban de la cabeza a los hombros, a los brazos. Todavía escucho el ruido, casi imperceptible, de los botones de mi blusa... mientras usted los desabrochaba. Yo, parecía una hoja movida por el viento, temblando. Los dedos sudorosos magreando mis pechos adolescentes, casi inexistentes... aún los siento. "Así, así tienes que comportarte, eres una buena chica, muy buena chica. Sigue así y no tendras problemas. Te enseñaré muchas cosas". La voz se tornaba ronca. La boca lamía y chupaba mis pezones. Y yo, cerraba los ojos, queriendo salir de allí. Su mano cogió la mía y la metió entre los negros ropajes sacerdotales. Y me llevó suavemente, pero con autoridad, a rodear con ella, su sexo duro y caliente. Me enseñó guiando mi mano, el movimiento preciso. "Así, así, lo haces muy bien, arriba y abajo, arriba y abajo. ¿Ves que caliente está? Abre los ojos, abre los ojos y mira. Vamos, se obediente" Y un liquido viscoso empezó a gotear entre mis dedos.
Después, limpio delicadamente mi mano ¿se acuerda? mientras murmuraba: "Te has portado muy bien, ahora recuerda que no debes hablar de esto con nadie. Ya sabes lo que está en juego. Puedes irte" Lo que está en juego... lo que está en juego...
Esa noche no pude dormir, ni la siguiente, ni la otra. Poco a poco, me tranquilicé, pensaba que solo había sido una vez, que no me iba a llamar nunca más a su despacho. Empezaba a ser yo de nuevo, a confiar, cuando recibí el segundo aviso............. (continúa)
 
ANERIS (Coleteando)


¿A qué estoy guapa? Me lo hizo un artista, reciclando cosas que encontró en el mar. Lo de las piernas, se lo inventó, sigo teniendo mi preciosa cola de colores, pero, ya sabeis como son los genios. ¡Ah! y a diferencia de lo que creéis los humanos, no llevamos nada tapando nuestros senos, a veces, nos gusta adornarlos con flores o conchas, pero casi todo el tiempo vamos desnudas.
Bueno, os estaba contando que hace unos meses... cambió mi vida. Una tarde, estaba yo en mi sitio de costumbre, gozando de la tibieza del sol, cuando escuché ruido de pisadas. Nosotras, las sirenas, tenemos los sentidos muy desarrollados. Si dentro del agua, oímos perfectamente, imaginaros cuando salimos: cualquier pequeño sonido es captado por nuestro sistema auditivo.
Inmediatamente me deslicé por la roca y me hundí en el agua, atisbando desde allí. Primero, vi una sombra que se acercaba, y al momento, apareció su dueño. Era un hombre alto y delgado, tocado con una gorra para proyectaba una sombra sobre su rostro. Caminaba cabizbajo, seguramente perdido en sus pensamientos. Se acercó hasta mi roca, y después de permanecer un rato de pie, mirando hacia el horizonte, se sentó. Yo, estaba agazapada, dentro del agua observándolo. Temía que viese mi reflejo, porque estaba allí, justo debajo de él, pero estaba tan ensimismado que no miro hacía mí. Cuando se sentó, yo aproveché para cambiar de posición, y me coloqué al lado de la roca. Desde allí, sacaba la cabeza de vez en cuando para verlo mejor. Estaba triste, muy triste y lloraba. Lloraba un llanto suave y silencioso, del que tiene asumido su destino. Hay llantos crispados de rabia, otros dolorosos. Hay llantos alegres y dichosos, nostálgicos, emotivos. El suyo era manso y él no hacía nada por contenerlo. Dejaba fluir sus lágrimas que parecía no tener fin. Seguramente, tampoco sabréis, que nuestras lágrimas son dulces, no saladas como las vuestras. Pero dulces de dulces, no como el agua que llamáis dulce y, en realidad, no sabe a nada. Supongo que la llamáis así para distinguirla del agua salada del mar. Pue no, nuestras lágrimas saben dulce, pero no sabría explicar su sabor porque no hay nada en vuestro mundo comparable. A veces, lloramos solo por puro placer de beber esas gotas divinas que escapan por nuestros ojos.
Yo, seguía allí, sin poder apartar de él mi mirada y, poco a poco, iba sintiendo una congoja en el pecho que jamás habia sentido. Casi me sentía avergonzada por ser testigo de su aflicción y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no salir del agua, abrazarlo y besar sus ojos para que dejasen de manar lágrimas. Al mismo tiempo, la rabia y la envidia hacia la mujer, (porque seguro que era una mujer, la que lo hacía sufrir de ese modo), empezaban a inundarme. Poseidón siempre anda diciendo que mi padre depositó muchos sentimientos humanos en la simiente que me hizo nacer. Claro, lo habeis adivinado, mi padre era humano. No existen los "sirenos" así que todas las sirenas somos medio humanas, pero en la mayoría de nosotras impera el carácter marino. Solo en raras excepciones, en las que el hombre es también un ser excepcional, sus virtudes y debilidades dejan una impronta imborrable en sus hijas o en alguna de ellas. Y así creo que era mi padre... único. No recuerdo mucho de él, porque desapareció siendo yo muy pequeña. Jamás se supo que pasó, él amaba a mi madre y fue el único hombre con el que sintió placer. Antes que mi padre llegase, mi madre había tenido otros apareamientos de los que nacieron mis hermanas, pero después de conocerle a él, jamás quiso tener contacto con otro humano. Por eso, soy la pequeña y por eso Poseidón siempre anda espiándome. No sé de qué tiene miedo.
Ya empezaba a caer la noche, cuando el hombre que lloraba se levantó y se alejó de allí andando. Me invadió una sensación de vacío que no había sentido antes y pensé que jamás lo volvería a ver. Me sumergí en el agua y volví a casa... pensando en él.
 
Espera un poco, guapa, que ahora me toca a mí
Me he colado, porque si dejo a Aneris ponerse a hablar... lo tengo claro, y oye, que a mí también me hace falta desahogarme de vez en cuando. Luego, que siga ella contando su historia.
Ayer, tuve un "horribilus day" como diría la reina madre. Mi jefe estuvo todo el santo día dándome la coña. No, no es que me mande trabajo, ni nada de eso, es que él no tenía mucho que hacer y entonces, como se aburre, se pone de charreta. Es peor que las ostras de Aneris, en serio, hasta dolor de cabeza se me pone. Y encima, no me puedo escaquear un ratito para escribir o para hacer una visita a mis blogs preferidos que los tengo abandonados. Pero, en cuanto acabe, voy pallá. Oye, y no penseis que cuando no está, no trabajo. Que soy una chica muy eficiente. Pasa, que aprovecho alguna pausa para tomar un cafetito o para relajarme, que a una también le hace falta.
Pues, por si hubiera tenido poco, ocho horas de aguante en el trabajo, me llama mi contrario por teléfono: "Cariño, que hay que llevar a mi madre al dentista, que he pensado que me quedo yo con el nano, hago la cena... y la llevas tú" ¿Será cabronazo? Como él no la aguanta, ¡hala! que la aguante la gilipolla de la nuera.
En serio, no tengo nada contra las suegras, pero contra la mía... SÍ. Es de esas mujeres de misa diaria, no tengo nada contra eso, pero es que le encanta cotillear... pero con mala leche, con deciros que no se habla con nadie del vecindario. Si es que no hay quien la aguante. Y luego, más comodona, no la he visto. Pesa, no sé cuanto pesa, pero tiene un culo como una mesa camilla. Lo prometo, no exagero. Dice que le duelen mucho las rodillas y no puede caminar. ¡No me extraña! En vez de quitarse unos kilitos y pasear todos los días, no, se está mejor en el sofá cara a la televisión, atiborrándose. Hace unos años, tuve que plantarme, la señora quería que los nietos fueran a visitarla todos los días. Ella vive a escasos 300 metros de mi casa. ¡Coño! ven tú paseándote que no tienes nada que hacer en todo el día. Y aprovecha la menor oportunidad para quejarse y que vayas a hacer las cosas por ella.
Hace unos años, la operaron de la vejiga, que se le había desprendido un poco, ná, un día estuvo en el hospital. Cuando llegamos a casa, me dice que el médico le ha dicho que tiene que estar 40 días de reposo, que lo ponía en la carta de alta, que a ver como lo arreglábamos. ¿40 días? pensé yo, no puede ser, si ahora te operan y enseguida quieren que hagas vida normal. Cojo la carta y sí que ponía lo de los 40 días "40 DIAS DE ABSTINENCIA SEXUAL". Me entró la risa y, aunque suelo mantener la calma, no pude aguantarme: "Señora mía, aqui dice que no folle en 40 días, no que no friegue, así que, de reposo, nada de nada". Otra vez, por una rotura de clavícula estuvo un mes sin hacer nada. Y la tonta de la nuera (tiene otra, pero esa pasa), llevándole todos los días la comida y la cena. Mi suegro se tiene el cielo ganado, el pobre. Así que ahora, que tanto se quejaba de las piernas le dije que se buscase una chacha, que tiene dinero para pagarla y no se lo va a llevar a la tumba. Total, que como es tan comodona hay que hacer de taxista y como se ve que debo llevar el cartelito de LIBRE. Mi contrario, me las pagará, ésta se la apunto en la lista negra: tres horas aguantando los cotilleos, entierros, divorcios y demás noticias importantísimas. No sé como lo hace para enterarse, no sale de casa pero... lo sabe todo. Al final, solo veía una boca moviéndose sin parar y yo asintiendo mecánicamente como un robot.
¡Qué cruz!
 
ANERIS (ya de vuelta)


¡Qué mal genio tiene este dios! Antes de contar para qué me buscaba Poseidón con tanta prisa, voy a explicaros como hacemos las sirenas para procrearnos con ayuda de los hombres, porque me parece que no tenéis ni idea. Claro ¿cómo la vais a tener si no os lo cuentan?
Nosotras, tenemos dos pequeñas ranuras entre las escamas de nuestra cola. Están muy escondidas y nadie puede verlas. Una, es para la procreación y hacemos que se abra por propia voluntad. Cuando una sirena se aparea con un humano, con el único fin de tener descendencia, el pobre termina todo arañado, pues nuestras escamas le hieren la piel, aunque a algunos parece que les gusta ¿harán lo mismo las mujeres?. Por el contrario, si el hombre hace que la sirena sienta deseo hacia él, es la otra ranura la que se abre, sin que nosotras podamos hacer nada. Ésta, además de dar vida a otra ser, les proporciona a ambos un placer inmenso. Al mismo tiempo segrega una especie de aceite oloroso que hace que las escamas se tornen suaves como la piel de un bebé humano. Pero, esto es muy dificil de conseguir, pues los hombre no siempre son capaces de provocar en nosotras esa sensación. Si el hombre de mis sueños es capaz de hacer eso, ya os diré cómo lo consigue, porque es un secreto que no nos es revelado.
Bueno, ahora espero que lo hayáis entendido. Y vamos con lo que os estaba contando.
Pues, que el dios de todos los mares, está muy enfadado, porque le ha desaparecido una "botella con mensaje" de su colección. No, no sospechaba de mí, pero, ultímamente, cuando se pone de mal humor, se empeña en recordarme que aun no tengo descendencia, que ya es hora de que me decida, que soy muy exigente para elegir a un humano. ¡Uf! he puesto cara de "sirenita dulce" y he aguantado el chaparrón como he podido.
¡Jaja! si supiera que he sido yo quien le ha robado su querida botella. Me encantan vuestros mensajes, con esos signos tan bonitos que forman palabras maravillosas. Sí, nosotros también escribimos, pero nuestros signos son feos y elementales. Intenté aprender a descifrar vuestra escritura, pero OTRA COSA MÁS QUE ESTÁ PROHIBIDA.
Un marinero que copuló con mi hermana, me enseñó algunas letras. Él no era como los demás que atraemos: leía libros. Y me contó que hay historias increibles en esos libros: de amor, de aventuras, de guerras, de caballeros, de soledad, de alegría, de tristezas, de añoranzas ¡cómo deseé en ese momento ser humana!. Cuando Poseidón se enteró que intentaba enseñarme a leer "la torpe escritura humanoide" como él la llamó, lo desterró a los mares del Norte. Y mi pobre hermana se quedó sin el único hombre que había conseguido que se abriese su ranura del deseo. Pero, antes de irse, me enseñó un poema que nunca olvidaré y que creo que escribió un tal Neruda:

Sabrás que no te amo y que te amo
puesto que de dos modos es la vida,
la palabra es un ala del silencio,
el fuego tiene una mitad de frío.
Yo te amo para comenzar a amarte,
para recomenzar el infinito
y para no dejar de amarte nunca:
por eso no te amo todavía.
Te amo y no te amo como si tuviera
en mis manos las llaves de la dicha
y un incierto destino desdichado.
Mi amor tiene dos vidas para amarte.
Por eso te amo cuando no te amo
y por eso te amo cuando te amo.

En venganza por no dejarme aprender a escribir, le robo las cosas que me gustan de sus colecciones. Y los guardo en un escondite, imposible de encontrar: en la cueva del Capitán Medusa. Nadie se atreve a ir por allí porque todos le tienen miedo, menos yo. Y es que no lo conocen bien. A él le gustan los cantos de sirena, pero nadie le canta porque dicen "que no tiene oído" ¿qué sabrán ellas?. Hace ya mucho tiempo, estaba yo de charla con las ostras, que no es que sean aburridas, es que te aburren de tanto que cotorrean; cuando ví flotando al Capitan, estaba triste y cansado y se dejaba llevar por las olas, hacía la orilla de la playa donde moriría sin remedio. Me lancé a por él y lo arrastré al fondo, allí, me senté entre los corales y empecé a cantarle bajito (entre otras cosas porque no quería que nadie me escuchase, siempre he dicho que no sé cantar). Entonces, él empezó a moverse al compás de mi voz, y eran sus movimientos tan dulces y armoniosos que parecía un bailarín de ballet. Desde aquel día, él guarda mis tesoros en su cueva y yo le canto sin que nadie se entere.
Pero, mi vida cambió hace unos meses........shhhhhhhhhhh, ¡cuidado! que pasa por ahí el pez chivato con la oreja puesta a ver si se entera de algo. Luego, os sigo contando.




 
ANERIS

Tengo que contárselo a alguien, estoy tan emocionada, es todo tan nuevo para mí: estoy enamorada. Sí, creo yo que tiene que ser eso que llaman amor, porque nunca antes sentí lo mismo.
Cuando él no está, mis ojos dejan de brillar, como si una niebla gris los cubriese. En el estómago, siento... siento un vacío, la sensación de hambre, pero no puedo comer, no puedo. Cuando lo intento una compuerta me cierra la garganta y se forma un nudo en mi pecho imposible de deshacer. Y no puedo dormir, pero si acaso lo consigo, me invaden los sueños: hermosos sueños imposibles que se desvanecen como nubes de algodón cuando despierto.
Y cuando él llega, ¡oh! no sé como explicar lo que me ocurre. Me transformo: mi cuerpo se vuelve ligero como el viento, todo él sonríe preso de un nerviosismo que no puedo controlar. Es... como cuando subo a lomos de Dalila y ella, empieza a hacer cabriolas, y tengo que controlar mi corazón para que no salga disparado hasta las nubes.
Con toda esta excitación se me olvidó presentarme: me llamo Aneris y soy una sirena. Sí, en serio, las sirenas existimos. No somos seres de fábula. Pero, claro, como ningún humano ha podido volver después de vernos, para contarlo, nos hemos convertido en una leyenda. Algunos, han conseguido atisbarnos en un descuido, cuando salimos a tomar un poco el sol, pero si se les ocurre hablar de ello, los tomáis por locos.
Hasta hace unos meses, mi vida transcurría tranquila, aburrida diría yo. Me dedicaba a pasear por el fondo marino, cabalgar a Dalila, mi ballena, buscar estrellas para adornar mi pelo y poco más. No me gusta cantar, como a mis hermanas, para cazar humanos. Sí, esa es nuestra forma de procrearnos. Los hombres, una vez han cumplido con su cometido, se quedan a las órdenes de Poseidón, que siempre está necesitado de esclavos para buscar los tesoros de los barcos que naufragan: le encantan las colecciones, en realidad, es como un niño. Pero, a mí, no me gustan esos marineros rudos, tostados por el sol y musculosos.
Casi todos los días, al atardecer, salgo a respirar vuestro aire. Tengo un sitio secreto: una roca oculta de las miradas indiscretas. Allí, puedo recostarme, mirando al cielo, cuando el sol ya no puede quemar mi cola. Es muy delicada y no puedo tenerla mucho tiempo fuera del agua. Pero, durante esos minutos en que la saco a la superficie, parece como si estuviera formada por diminutas piedras preciosas, de todos los colores imaginables. Ahora, sería capaz de cambiarla por un par de piernas... aunque estuviesen torcidas.
Luego vuelvo... los delfines me están llamando a gritos, creo que Poseidón quiere verme.