Pedazos de vida de una vieja puta (II)
No te asustes, Esperanza ¿qué pensabas encontrar en tu reflejo? ¿el cuerpo que tenías con veinte o aun con cuarenta años? No, claro que no, y a fin de cuentas, tampoco es importante. Esta piel, ahora ajada, ha sido depositaria de miles de caricias. No, no son ellas las que la han dejado así: arrugada y fláccida. Es el tiempo que no perdona. Pero en cada recoveco de mi cuerpo marchito hay grabados retazos de vida: deseos, pasiones, desengaños, traiciones, celos, amores y desamores.
Ya están esos malditos vecinos dando gritos. ¡Qué buena compañera es, a veces, la soledad! Estoy vieja, lo sé, y gruñona, pero prefiero mil veces echar de menos que aguantar cada día una compañía no deseada. Y el perro... ¡cómo aulla!... alguna patada le habrán propinado al pobre animal. Mejor me olvido de ellos.
Mi madre me llamó Esperanza y siempre me pregunté el motivo. En aquella época lo lógico era seguir con la tradición familiar y bautizar a los hijos con el nombre de la madre, el padre, o alguno de los abuelos, pero según me contaron, ella se encabezonó en que así había de llamarme. No quiso oír una palabra de que me bautizasen con el nombre de Pilar, como ella. No la imagino llevándoles a todos la contraria, siendo que siempre la sentí obediente y sometida a la voluntad ajena. Ni sé qué esperaba de mí, si es que esperaba algo de alguien. No recuerdo haber tenido con ella ninguna conversación con algún atisbo de intimidad.
Casi ni hablaba. Vivía reconcentrada en sí misma y en la vida que le había tocado vivir. Cuando yo era pequeña, la observaba agazapada en cualquier rincón, esperando que me sorprendiese con alguna sonrisa escapada de aquellos labios fruncidos en un gesto de rabia contenida. Trabajaba de día y de noche, cuando yo me dormía ella seguía trajinando sin descanso y cuando despertaba al día siguiente, la encontraba enfrascada en sus quehaceres, siempre silenciosa. Yo me preguntaba en qué pensaba, y me quedaba mirándola fijamente, hasta que ella me sacaba de mi ensimismamiento: “¡Espabila! Que las cosas no se hacen solas”. Y yo salía corriendo a hacer lo primero que se me ocurría, avergonzada como si hubiese sido pillada haciendo algo que no debía.
Mi padre, Anselmo Morales, hombre hosco y taciturno, de manos grandes y encallecidas, perdía toda su rudeza frente al único amo y señor de todas las tierras del pueblo y colindantes, D. Hermenegildo de las Heras, cuando una o dos veces al mes venía a visitar sus propiedades. Entonces mi padre se lavaba el cuello y las orejas, se afeitaba la recia barba, haciéndose siempre algún que otro corte, en el que pegaba un trocito de papel de fumar para que dejase de sangrar. Luego, con las manos a la espalda, estrujando la boina de “mudar”, se posicionaba a la puerta de casa, nervioso y expectante, esperando la llegada del amo. Era como un ritual que nos anunciaba la llegada inminente del que, además de gobernar las tierras, mandaba sobre nuestras vidas que también le pertenecían, aunque yo entonces no podía imaginarlo.
Mi madre también se aseaba y pasaba horas en la cocina preparando algún buen puchero con el que agasajar a D. Hermenegildo, con una gallina del corral que se había sacrificado para la ocasión, o un conejo que mi padre había cazado en el monte. Ya entonces, yo no entendía que a un hombre que tenía todo lo que deseaba, le ofreciésemos lo que nosotros no podíamos comer sino era en ocasiones especiales. En mi inocencia, pensaba que tenía que ser justamente lo contrario, que él que estaba harto de la buena comida, nos regalase a nosotros, aunque fuesen las sobras. La vida me enseñó, pocos años más tarde, que casi nunca es justa, y si lo es alguna vez, es pura coincidencia.
(Continuará)
Ya están esos malditos vecinos dando gritos. ¡Qué buena compañera es, a veces, la soledad! Estoy vieja, lo sé, y gruñona, pero prefiero mil veces echar de menos que aguantar cada día una compañía no deseada. Y el perro... ¡cómo aulla!... alguna patada le habrán propinado al pobre animal. Mejor me olvido de ellos.
Mi madre me llamó Esperanza y siempre me pregunté el motivo. En aquella época lo lógico era seguir con la tradición familiar y bautizar a los hijos con el nombre de la madre, el padre, o alguno de los abuelos, pero según me contaron, ella se encabezonó en que así había de llamarme. No quiso oír una palabra de que me bautizasen con el nombre de Pilar, como ella. No la imagino llevándoles a todos la contraria, siendo que siempre la sentí obediente y sometida a la voluntad ajena. Ni sé qué esperaba de mí, si es que esperaba algo de alguien. No recuerdo haber tenido con ella ninguna conversación con algún atisbo de intimidad.
Casi ni hablaba. Vivía reconcentrada en sí misma y en la vida que le había tocado vivir. Cuando yo era pequeña, la observaba agazapada en cualquier rincón, esperando que me sorprendiese con alguna sonrisa escapada de aquellos labios fruncidos en un gesto de rabia contenida. Trabajaba de día y de noche, cuando yo me dormía ella seguía trajinando sin descanso y cuando despertaba al día siguiente, la encontraba enfrascada en sus quehaceres, siempre silenciosa. Yo me preguntaba en qué pensaba, y me quedaba mirándola fijamente, hasta que ella me sacaba de mi ensimismamiento: “¡Espabila! Que las cosas no se hacen solas”. Y yo salía corriendo a hacer lo primero que se me ocurría, avergonzada como si hubiese sido pillada haciendo algo que no debía.
Mi padre, Anselmo Morales, hombre hosco y taciturno, de manos grandes y encallecidas, perdía toda su rudeza frente al único amo y señor de todas las tierras del pueblo y colindantes, D. Hermenegildo de las Heras, cuando una o dos veces al mes venía a visitar sus propiedades. Entonces mi padre se lavaba el cuello y las orejas, se afeitaba la recia barba, haciéndose siempre algún que otro corte, en el que pegaba un trocito de papel de fumar para que dejase de sangrar. Luego, con las manos a la espalda, estrujando la boina de “mudar”, se posicionaba a la puerta de casa, nervioso y expectante, esperando la llegada del amo. Era como un ritual que nos anunciaba la llegada inminente del que, además de gobernar las tierras, mandaba sobre nuestras vidas que también le pertenecían, aunque yo entonces no podía imaginarlo.
Mi madre también se aseaba y pasaba horas en la cocina preparando algún buen puchero con el que agasajar a D. Hermenegildo, con una gallina del corral que se había sacrificado para la ocasión, o un conejo que mi padre había cazado en el monte. Ya entonces, yo no entendía que a un hombre que tenía todo lo que deseaba, le ofreciésemos lo que nosotros no podíamos comer sino era en ocasiones especiales. En mi inocencia, pensaba que tenía que ser justamente lo contrario, que él que estaba harto de la buena comida, nos regalase a nosotros, aunque fuesen las sobras. La vida me enseñó, pocos años más tarde, que casi nunca es justa, y si lo es alguna vez, es pura coincidencia.
(Continuará)
Besos... a vuestras respuestas

Estoy contenta, muy, muy contenta por vuestra acogida a la historia que estoy intentando escribir "Pedazos de la vida de una vieja puta". Ayer, en un "rapto de locura" de esos que me dan a veces, y sin venir a cuento, empezó a abrirse paso en mi mente este personaje y como me pasa siempre, me puse ante el ordenador y empecé a escribir. Tengo la impresión de que el relato será un poco largo, no de tres o cuatro capítulos como algunos de los que he escrito. No es una novela, porque me da un poco de miedo esa palabra, pero creo que esta vieja puta tiene muchas cosas que contar.
No quiero que sea un relato erótico, aunque puede tener alguna pincelada, sino más bien algo intimista, con un poco de humor y también de tristeza o de crudeza. No sé como me saldrá pero como siempre que algo empieza a rondarme en la cabeza, me paso el día escribiendo notas o guardándolas en la memoria para luego darles forma.
Sois los primeros que iréis leyendo la historia en el momento en que la escribo, asi que como podéis suponer admito sugerencias o que me señaléis los fallos que podáis observar en su desarrollo.
No puedo poner un capítulo todos los días, iré colgando según me vaya saliendo.
Quiero, de verdad, daros las gracias, por vuestro tiempo, por los ánimos que me dáis y por vuestro cariño.
Besos de esta "Desordenada" que nació como tal, el día que ALGUIEN le sugirió construir este nido donde sentirse libre.
Des... se lo debes. Lo sabes ¿verdad?
Pedazos de vida de una vieja puta (I)

Pedazos de vida de una vieja puta
Vieja puta, que no debe confundirse con puta vieja. No, no es lo mismo, aunque a veces también me llamen así, como los brutos de mis vecinos cuando golpeo la fina pared que separa nuestras viviendas para que dejen de gritar como energúmenos, un día sí y otro, también. Entonces les oigo contestar con voces agrias: ¿qué coño le pica a esta puta vieja?, lo de vieja lo dan por hecho, lo de puta es para ellos un insulto que añaden a la ya insultante vejez.
Soy vieja y fui puta. No sé si utilizar el pasado, o decir soy puta, porque seguramente nací ya así y así moriré: con alma de puta. Después, el cuerpo me acompañó. Sí, no voy a decir que no tuviera nada que ver la jodida vida que me tocó en suerte, pero hubiera podido defenderme limpiando las porquerías de los demás, o atendiendo a una ridícula señora de esas que se creen ricas porque se permiten el lujo de disponer de alguien a su servicio. Pero no me atraía mucho esa vida, y posiblemente hubiese sido puta igual, pero sin cobrar, así que por lo menos le saqué algún beneficio.
Eso sí, nunca tuve un chulo que viviese a mi costa. Mi cuerpo es mío, yo lo utilizo, yo me quedo con los beneficios, y el que quiera vivir de esto, que se ponga en la esquina a hacer la calle. Mi trabajo me costó, no se crean que no, siempre hay por ahí mucho espabilado que quiere vivir del trabajo ajeno. Y algunas tontas de mi profesión cometen el error de enamorarse de alguno de ellos, y así les va. No se dan cuenta que esos desgraciados no quieren ni a la madre que los parió. Bueno, a esa menos que a nadie porque muchas veces son tan putas como las que ellos explotan. Y ellos, no pueden perdonárselo.
Estoy sentada frente al espejo. Ese de cuerpo entero que me regaló D. Matías para que me mirase bien mientras él me quitaba la ropa. Treinta años tendrá por lo menos. Éste nunca miente, nunca, y mira que a veces yo se lo agradecería, por lo menos que disfrazase un poco la imagen que me devuelve el muy cabrón.
Me obligo a observar las arrugas de mi rostro, aun con cierta belleza. Pero qué va, ni comparación. Aquella piel luminosa, la nariz chata y perfecta, unos ojos como el cielo en primavera, que parecían mirar el mundo sin querer perderse ni un instante de la vida. ¿Y la boca? Ahora los labios están rodeados de pequeñas arrugas, se han hecho pequeños. No se parecen a aquellos carnosos, jugosos, apetecibles a todas las bocas. Aquellos que se doblaban en sonrisas juguetonas enseñando la blancura de los dientes. El pelo, grisáceo, antes de un negro puro que caía en ondas sobre mi espalda. A Julio ¿cómo era el apellido? ... esta memoria mía... sí, Julio Cifuentes, le gustaba que lo llevase recogido en un moño alto dejando mi nuca al descubierto, sólo por el mero placer de soltarlo suavemente y dejarlo caer en cascada ¡cómo se ponía el hombre, sólo con esto!.
Me pongo de pie y abro la bata que cubre mi cuerpo desnudo, hoy quiero la verdad espejo, hoy voy a hacer memoria de mi vida ...
(Continuará)
Recordando... una canción

A estas horas y después de intentar dormir un rato, cosa que me fue del todo imposible, sin muchas posibilidades de ir a la playa porque se puso el día nublado, y con un poco (o mucho) de pereza y nostálgia, andaba intentando escribir algo o estudiar (que es lo que debería hacer) y me encontré que mi hija tiene grabada una canción que me gustó mucho y que hacía tiempo que no escuchaba. Manolo Tena, que es quien la canta, siempre me resultó atractivo al oido, quizá por esa voz rota y sensual, no sé, el caso es que me encantó volverla a escuchar. Al mismo tiempo, me doy cuenta como algunas canciones que me gustaron a mí hace años, mi hija las escucha con agrado, como ésta o El gato que está triste y azul de Roberto Carlos. Creo que al fin, no son tan diferentes de como eramos nosotros cuando teníamos su edad. En este aspecto, a simple vista, me resulta más fácil identificarme con ella que con mi hijo, posiblemente porque ambas somos mujeres. Los chicos quieren parecen más duros y pasotas, pero en el fondo son unos románticos empedernidos (por lo menos el mío), y espero que siga siéndolo durante mucho tiempo, que siga dándole importancia a las pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena vivirla.
Os dejo la letra de la canción:
SANGRE ESPAÑOLA
(Manolo Tena & J. Vargas)
MANOLO TENA
Cuando no estás todo va mal
cuando no estás no hay nada,
cuando tu estás me siento libre
cuando tu estás es fácil ser ola en el mar.
Pasión gitana y sangre española
cuando estoy contigo a solas,
pasión gitana y sangre española
y el mundo en una caracola.
Cuando no estás quiero llorar
cuando no estás la pena
mi corazón encadena
cuando tu estás no se estar triste
cuando tu estás tus lazos son mi libertad.
Pasión gitana y sangre española
cuando estoy contigo a solas,
pasión gitana y sangre española
y el mundo en una caracola.
Cuando no estás pierdo el compás
siento los celos que arañan mi pecho,
cuando no estás quiero llorar
y se que este amor ya no tiene remedio.
Pasión gitana y sangre española
cuando estoy contigo a solas,
pasión gitana y sangre española
y el mundo en una caracola.
De un tiempo a esta parte

DE UN TIEMPO A ESTA PARTE (ALMUDENA GUZMAN)
De un tiempo
a esta parte
estoy prisionera
en un coche
de gritos y hielo
que circula
por carreteras oscuras
y en vertical
como catedrales,
deslumbrada
por las luces largas
de los que vienen
en sentido contrario
que sois todos.
Feliz fin de semana, corazones.
Una noche más

UNA NOCHE MÁS
Una noche más, acudo a tu encuentro. Me esperas impaciente entre las cuatro paredes de tu pequeño apartamento. Paseas arriba y abajo, mirando el reloj a cada instante. La llave en la cerradura. Ya llego, amor, no desesperes. Me cuesta tanto robarle unas horas a mi otra vida.
El abrazo es largo, está lleno de ausencias y duele. Mi piel reconoce tu tacto y se emociona. Un ligero temblor sube por mis piernas y me recorre entera. Las bocas desesperadas, se buscan. Se encuentran. El deseo se apodera de las lenguas, de los labios, de los dientes que mordisquean golosos. Tus manos rodean mi cintura, pegándome a tu cuerpo. Como en un juego de magia, nos despojamos de la ropa, sin que las bocas se separen. Tu ardes, yo me quemo.
Con una coreografía perfecta, nos poseemos. Ningún movimiento superfluo. Cada mirada, cada caricia, cada beso recibe la respuesta esperada. Tu boca en mi sexo. Tu sexo en mi boca. De nuevo las lenguas se encuentran. Se mezclan sabores, sudores, olores, fluidos. Las palabras huyeron, no hay sitio para ellas. Solo los gemidos, los gritos de placer, se hacen eco en la habitación. Ellas volverán más tarde, cuando se tranquilicen nuestros cuerpos y reposen satisfechos.
Estás en mí. Danzamos. El ritmo, suave, va ganando intensidad. Se vuelve rápido, potente. Te hundes en mi carne, que te atrapa y te succiona. Quiero seguir mirándote, guardar tu imagen en mi retina. Me invade el placer y los párpados se cierran. Mientras, de nuestras gargantas nace un grito que se ahoga con los besos.
¿Duermes?- me susurras al oído. Tu aliento me hace cosquillas y me eriza el vello de la nuca. No, no duermo- te respondo. Me acurruco, amoldándome a tu cuerpo. ¡Qué se pare el reloj, que se pare!- pienso. Como una niña cuando pide un deseo y cree que si pone todo su empeño acabará cumpliéndose. Tengo que irme- lo he dicho tan bajito que casi no me has oído. Pero lo intuyes, lo sabes. No te vayas, quédate conmigo- no quieres decirlo, pero las palabras escapan de tus labios. Y yo, deseo morir, allí mismo, en ese preciso instante.
Me visto lentamente. Y lloro. Lloramos. Yo, por mi cobardía y mis miedos. Tú, por la rabia y la impotencia de no ser capaz de retenerme. Los dos, por este amor adúltero, silencioso y secreto. Condenado a vivir en las sombras sin ver la luz del día. Un amor que, poco a poco, va ganando terreno al otro. Al que está hecho de costumbre y rutina, de manso cariño, de debes y haberes.
Te beso. Me abrazas. Escapo de ti. Salgo a la calle oscura y solitaria. Camino rápido con la cara mojada. No hay luna, ella también se esconde- pienso. En un banco, una pareja se besa. Los miro y no se dan cuenta, están en otro mundo, en su mundo. Durante un momento, estoy parada a su lado, sin verlos. Desando el camino recorrido. Vuelvo.
Otra vez ante tu puerta, noto tu respiración al otro lado. Tiemblo. Voy a acariciar la madera, segura de que a través de ella sentiré tu calor. Abres, me miras un instante y te haces a un lado. Un paso cambiará mi vida. Vuelvo la mirada atras, como en cámara lenta. Corto el hilo invisible que estira de mí. Entro y cierro la puerta. Y si se acaba el mundo ahí afuera...
Tiempo de cerezas

Hoy me han regalado una caja de cerezas, me vuelven loca. ¿No son bonitas? además, de que están riquísimas, claro. Pero es que están tan brillantes, de un color rojo oscuro, que hasta daba pena comerlas, aunque yo estuve picoteando toda la mañana. Y por si fuera poco, me abrieron la puerta de los recuerdos. Hace unos días, le estaba contando a alguien lo ladinos que son los recuerdos. Alguien, a quien le cuento cosas sin sentido, cuando se me ocurren, no me explico cómo me aguanta. Bueno, más que contar se lo escribía, porque no sé si lo he dicho, me gustan las cartas y disfruto escribiendo. Y le decía que, a veces, cuando menos lo esperamos, una tontería nos hace recordar buenos o malos momentos. Y parece que nos volvemos a revivirlo todo. En este caso fueron las cerezas.
Casi toda mi niñez y parte de la adolescencia, pasaba los veranos en Asturias. Sobre todo me gustaba un pequeño pueblo minero perdido en la montaña donde tenía tíos, primos y demás familia. En aquellos tiempos, estoy hablando de los años sesenta y tantos, no se podía llegar allí en coche. También es verdad que no eran muchos los que disponían de él. El autobús te dejaba en la carretera, y tenías que subir al pueblo por senderos en el monte, con árboles inmensos a cada lado que casi no dejaban pasar la luz del sol. Se tardaba una hora en llegar, más o menos, pero a mí el camino se me hacía corto. Por cualquier parte te encontrabas con manantiales de agua donde poder saciar la sed.
Bien, pues en este pueblo comí kilos y kilos de cerezas. Había cerezos en las orillas de los caminos, al lado de las casas, en las praderías, por todas partes. Había de todo por todas partes: vacas sueltas, cerdos paseándose tranquilamente, grandes lagartos tomando el sol.
Pues bien, una tarde en que como siempre salíamos todos los niños que había en el pueblo (no seríamos más de una docena), a explorar rincones, bañarnos en el lavadero, cazar renacuajos y todas esas cosas que solo se hacen en esas pequeñas aldeas, nos encontramos un cerezo cargadito a la orilla del camino. Ni cortos, ni perezosos, nos subimos unos cuantos a una pared de piedra para dar buena cuenta de la fruta. Los más mayores subimos al árbol, los pequeños cogían las más bajitas encaramados en la pared.
Mi hermana pequeña, en tamaño y edad (en tamaño no ha aumentado mucho, leerá esto y me matará jejejeje), que era y es más lista que el hambre, todo hay que decirlo, se asustó al pasar unas vacas por el camino y, según ella, lanzarle una mala mirada, perdió el equilibrio y cayó rodando por la pradera. Aquello tenía una inclinación que la pobre parecía una pelota dando volteretas. El problema es que al acabarse el prado había una buena altura hasta el camino de abajo. Yo, me tiré a correr para alcanzarla y mi primo, al que le quedó el nombre de "Correcaminos" dió toda la vuelta para esperarla en el camino de abajo. Yo creo que no corría... volaba. Afortunadamente, pude agarrarla por una pierna y frenar un poco la velocidad a la que bajaba. ¡Joder! qué susto nos metió, pero eso no consiguió hacernos desistir de seguir hartándonos de cerezas.
Cuando he llegado a casa, mi hija, que se muere por ellas ¿sabéis lo que ha hecho? ¿tirarse a comer unas cuantas? Nooooooooo, que va, un día de éstos hablaré de las manías de mi hija (sin que se entere), ha cogido un recipiente y se ha puesto a lavarlas y quitarles el rabo... a todas. Las ha dejado listas para comer, y no les quita el hueso porque no puede. Si es que no sé a quien ha salido esta niña, que es el orden en persona, el orden no, el ORDEN, en mayúsculas. Bueno, sí, se parece a mi hermana ¡qué plastas! Y es que, claro, la pobre ha ido a dar con la madre más desordenada que existe y menudas broncas que me mete. Pero esa es otra historia...
Os mandaría unas pocas, pero hasta que no inventan el traslado de la matería en forma de kb, pues como que no. Todo llegará, seguro. ¿Os imagináis? que quiero darle una colleja a Wolffo, por ejemplo, bueno vale, un mimito... mejor, pues allá va; que me apetece una copa del Sunset de Dock... a saborear se ha dicho. Sí, Coco, vale un beso para tí, allá va volando. Ya podemos compartir imágenes y voz, así que falta el olor, sabor y tacto. Si eso llegara a inventarse... no quiero ni pensar en lo que se quedaría la vida social.
¡Qué pensamientos más raros se me ocurren hoy! No me hagáis caso, ya sabéis que soy un perfecto desorden.
Notas de sueños y realidades (Final)

Supongo que me quedé dormida y soñé que acababa mi café frío en aquel rincón de la cafetería. Salía y me dirigía a clase. Allí me encontré con los compañeros de siempre: la chica que formula tontas preguntas y a todos se nos escapa la risa; el de barba y melena con turbante, de ojos almendrados; el de músculos de gimnasio que se sienta a mi lado y aunque no lo parezca, es inteligente; la que nos enseña todos los días el color de sus bragas que le asoman por encima del pantalón, y que me hace pensar que debe tener un arco iris en el cajón de su armario por la cantidad de colores que luce; el tímido que no puede evitar sonrojarse si tiene que hablar; el estudioso que siempre sabe la respuesta correcta; la que protesta por todo: porque hace calor, porque somos pocos, porque somos muchos, por los apuntes; y el profesor que siempre repite ¿lo veis? ¿de acuerdo? ¿lo tenéis claro? , pero hoy anda un poco despistado perdido en el trozo de pierna que deja al descubierto mi falda con raja.
Siento una presencia a mi lado, y abro los ojos sin saber muy bien dónde me encuentro, si en clase o sentada en el banco circular. No estoy sentada, estoy con la cabeza apoyada en su regazo, mientras mete los dedos entre mi pelo rascándome suavemente ¿cómo sabrá que es una de las caricias que más me gustan? Increíblemente, se me ha pasado todo el miedo, estoy tranquila y relajada, pienso que no me pueden pasar más cosas extrañas. Sólo me asustan sus ojos, así que me obligo a no mirarlos.
- ¿Estás bien, Des?
- Sí, muy bien ¿quién eres?
- Nadie, sólo soy un sueño. Todo esto es del mundo de los sueños, la plaza, el banco donde estamos sentados, esa luna que nos ilumina. Todo.
- ¿Y lo que he soñado?
- Eso es la realidad. El sueño sólo vive mientras tú lo estás imaginando, luego desaparece, se esfuma. Tú eres la única que lo experimentas, que lo sientes real. Aunque lo cuentes o lo escribas, nadie puede vivirlo como tú. La realidad es lo que perdura, es tu vida.
- ¿Para qué sirven los sueños si no se pueden hacer realidad?
- Sí se pueden hacer realidad, Des.
- No, la mayoría de los sueños no se pueden hacer realidad, porque ella nos ata a las personas que la comparten con nosotros, a nuestros deberes, a las circunstancias. A veces, me siento perdida, no sé si debo luchar por conseguir un sueño o quedarme mirando como se desvanece.
- Es fácil, Des. Cuando desees algo con toda tu alma, coge papel y lápiz. Escribe lo que perderías luchando por ese sueño y lo que ganarías si lo consigues. Y luego piensas en cuál de las dos te importan más. La decisión es tuya. Si a pesar de todo quieres luchar por él, no lo pienses, y hazlo con todas tus fuerzas. Quizá te equivoques. O no. Esa es la belleza de la realidad.
Estás cansada y tenemos que irnos o perderás el tren de vuelta a casa ¿aun me tienes miedo?
- No, me gustas. Tus ojos ya no son tan oscuros y profundos como agujeros negros, ahora me reflejo en ellos.
- Claro, soy tu sueño, no tu pesadilla. Des...
- ¿Qué?
- No me olvides y suéñame de vez en cuando, me gusta estar contigo.
- Así será, te lo prometo.
Los ruidos de la estación me aturden durante un momento, ahí está mi tren. Echo a correr... no quiero perderlo.
TE EXPLICO LA DIFERENCIA (JOSEFA PARRA)
Puedo pasar la vida
contando los exactos lunares de tu vientre,
siguiendo en el espejo tu mirada, ahuyentando
tus fantasmas; si quieres, siéndome un poco tú.
Puedo pasar la vida.
Pero vivir, amor, es mucho más que eso;
es crecer y dormir y envejecer contigo,
reñir y bromear, y no vernos a veces,
o vernos como extraños alguna madrugada.
Es la recia costumbre que de pronto fulgura
con una hermosa lumbre de pasión y demencia.
Antes de dormir....

He tenido un día bastante ajetreado, como la mayoría, pero no sé por qué algunos se notan más que otros. Tengo demasiadas cosas que hacer y poco tiempo. Y la verdad, es que no encuentro solución para eso. Si sabéis alguna fórmula para hacer que las horas tengan más de sesenta minutos, no os la guardéis para vosotros solos, y compatidla, no me seáis rácanos.
Bueno, el caso es que no pude terminar el relato, ni pasarme por vuestros blogs a ver que contáis de nuevo. Aún me queda un ratito antes de irme a dormir a ver si puedo visitaros a unos cuantos. No, no es por quedar bien, es que parece que me falta algo si no me doy una vuelta por aqui. Y es que somos animales de costumbres. Un día de estos tengo que hacer una lista con mis adicciones y seguro que me sale un post kilométrico. Algunas no debería tenerlas, pero así son ellas (las adicciones) unas buenas y otras no tanto.
Estoy escuchando a la Oreja De Van Gogh, y me encanta esta canción. Me apetece dejaros la letra que seguro que la mayoría ya la conocéis.
DESEOS DE COSAS IMPOSIBLES
Igual que el mosquito más tonto de la manada
yo sigo tu luz aunque me lleve a morir,
te sigo como les siguen los puntos finales
a todas las frases suicidas que buscan su fin.
Igual que el poeta que decide trabajar en un banco
sería posible que yo en el peor de los casos
le hiciera una llave de judo a mi pobre corazón
haciendo que firme llorando esta declaración:
Me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón.
Pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré tan sólo a tí.
Igual que el mendigo cree que el cine es un escaparate,
igual que una flor resignada decora un despacho elegante,
prometo llamarle amor mío al primero que no me haga daño
y reir será un lujo que olvide cuando te haya olvidado.
Pero igual que se espera como esperan en la Plaza de Mayo
procuro encender en secreto una vela no sea que por si acaso
un golpe de suerte algún día quiera que te vuelva a ver
reduciendo estas palabras a un trozo de papel.
Me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré tan sólo
me callo porque es más cómodo engañarse.
Me callo porque ha ganado la razón al corazón,
pero pase lo que pase,
y aunque otro me acompañe,
en silencio te querré,
en silencio te amaré,
en silencio pensaré tan solo en tí.
PD. Lo del mosquito me encanta.
Felices sueños.
Veladamente

VELADAMENTE... (ALMUDENA GUZMÁN)
Veladamente,
descorriendo pestillos,
ha llegado hasta mi cuarto
una pantera translúcida con la piel de diamante
que me morderá la nuca cuando menos lo espere.
Es el deseo.
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No, esta noche no me vas a pillar desprevenida, he visto tu sombra y tus colmillos afilados brillando en la oscuridad. Hoy, no te vas a hacer el dueño de mi cuerpo, no voy a sentir mi piel ardiendo deseando sus caricias. No, esta noche, no. ¡Maldito deseo! no dejaré que claves tus dientes en mí. Estoy cansada. No quiero sueños y falsas ilusiones. No te quiero ¿me oyes?... ¡lárgate!.
Hoy prefiero dormir un sueño blanco, no quiero despertarme entre sudores y ansiedades. Soñaré con una playa de fina arena, de aguas transparentes y frías que acaricien mi cuerpo y ericen mi piel. Luego dejaré que el sol me caliente con su mirada, mientras el rumor de las olas me transporta a un mundo de soledades.
No te acerques con esa mirada felina y esa boca repleta de besos. Me meteré bajo las sábanas y no podrás encontrarme. No quiero mirarte. Déjame hoy en paz, por favor, déjame descansar.
Vuelve mañana.
Notas de sueños y realidades (II)

El de profundos ojos me volvió a coger de la mano caminando decidido hacia el muro. Una idea danzó por mi mente, y la deseché. No, no es posible que piense en atravesarlo, me estoy volviendo loca. Y empecé a reírme, histérica. Intenté soltar su mano, pero parecía que se había fundido con la suya y era imposible despegarla. Me recordó al pegamento de contacto que si te cae una gota, se te va la piel detrás. ¡Qué tonterías pienso en un momento así! Nos dirigíamos hacia el muro a toda velocidad y cerré los ojos. Sentí una inmensa fuerza que atravesaba todo mi cuerpo y que me oponía resistencia, mientras otra, la que estiraba de mí, me obligaba a avanzar. De pronto, mis músculos volvieron a relajarse y abrí los ojos. Estaba en una calle totalmente recta y muy larga con paredes a ambos lados que no dejaban ver lo que había detrás de ellas. Efectivamente, el grueso muro quedaba a mi espalda. No le di vueltas a lo sucedido, ya nada tenía sentido. A lo lejos se divisaba un espacio grande, como una plaza.
Ni siquiera me miró, siguió estirando de mí para que continuase andando. Me dolían los pies y empezaba a cansarme de esta extraña excursión. Toda yo me revelaba, pero inexplicablemente, no protesté y seguí caminando. Por fin, llegamos a una especie de plaza redonda en la que desembocaban otras calles idénticas a la que nos había traído hasta allí, conté siete. En el centro de la plaza, había un banco también de forma circular y en lo alto una luna totalmente redonda que lo iluminaba por completo. Jamás había visto algo así, ni sabía dónde me hallaba. Él me cogió en brazos y me metió en el circulo que formaba el banco, después me miró durante un rato, se dio media vuelta y se marchó, mientras por primera vez escuché su voz diciéndome: “espera aquí”. Al poco tiempo había desaparecido de mi vista.
Y me quedé allí, de pie, como un “pasmarote”, sin saber qué hacer. Tenía miedo a sentarme porque no sabía hacia cuál de las calles tenía que mirar, ya que algunas quedaban a mi espalda. Estuve un rato pensando qué hacer y ante el temblor de piernas que empezaba a sentir amenazando caer desplomada, decidí jugar a la gallina ciega: cerré los ojos, di algunas vueltas, y fui caminando hacia atrás hasta que el asiento del banco rozó el hueco de mis rodillas, entonces me senté decidida a esperar. De una forma o de otra, alguna vez tiene que hacerse de día –pensé- aunque no era un pensamiento muy lógico después de todo lo que había pasado, pero con algo tenía que animarme....
(Continuará)
Hoy me apetece...

Iba a continuar con el relato que estaba escribiendo, pero vais a tener que esperar, hoy no tengo ganas, mejor dicho: ahora no tengo ganas, quizá a la noche.
Hoy estoy nostálgica y llena de añoranza, me apetece hablaros de dos hombres a los que admiro profundamente. No, no tiene nada que ver con relaciones sentimentales, es una admiración como personas y sobre todo como ESCRITORES, así con mayúsculas. No son famosos, de los que han escrito libros ni nada por el estilo, pero sus palabras me han llenado de emoción, me han hecho sentirme viva, vibrar con sus historias. Tampoco es ninguno de los blogers que leo (eso creo, al menos), aunque también muchos de éstos despiertan en mí especiales sentimientos.
Lo mejor será que hable de cada uno de ellos por separado.
Uno ha sido compañero de un foro de literatura, el primer foro en el que empecé a escribir. Entramos casi al mismo tiempo y fuimos siguiendo, uno al otro, la evolución en nuestra forma de narrar. Aprendí mucho de él, con sus comentarios a mis cuentos, con sus correos llenos de cariño y de consejos, con sus regalos de libros que bajaba de la red y que pensaba que podrían gustarme. Y tenía razón nunca se equivocó. La primera vez que me dedicó uno de sus cuentos (para mí, pequeñas obras de arte) lloré de emoción, no podía creerlo, leí la dedicatoria un montón de veces. Y sí, era para mí. Luego vinieron más. Su forma de escribir es especial. En mi opinión, que por supuesto es muy subjetiva, habrá gente incluso que no le agrade, tiene una narrativa tranquila, sencilla, sin aspavientos, sin frases altisonantes. Cuando lees alguno de sus relatos te da la impresión, al principio, que se trata de una historia corriente, pero cuando te vas adentrando en el texto, te das cuenta que tienen un trasfondo importante, que sin adornos ni artificios está contando algo que te mueve las entrañas. Y cuando acabas, confirmas que las palabras se quedaron atascadas en la garganta y que un nudo se formó en tu pecho. Un día, tuvo que marcharse, se despidió y dejé de saber de él. Y le echo de menos, añoro entrar en el grupo y no encontrarle y sueño con que algún día vuelva a ver su nombre firmando alguna de esas maravillosas historias. No le conocí en persona, ni creo que llegue a conocerle, pero siento que conozco mucho de su interior, porque sin querer, cuando escribimos vamos dejando girones de nosotros mismos que afloran cuando alguien nos lee en profundidad, sin resbalar la mirada por las letras.
Espero que vuelva algún día porque yo le estaré aguardando.
El otro, ni siquiera imagina que existo. Lo encontré un día por casualidad, que aburrida, andaba navegando por distintos grupos de la red. Me llamó la atención su nombre y empecé a leer lo que escribía. Creo que pasé más de una semana en la que no hacía otra cosa, cada vez que conectaba internet, que leer con avidez sus historias. Desde entonces, es raro el día que no entro en su grupo a leerle. Tiene un modo de escribir desgarrador, fuerte e indecente, a veces. Otras, se viste de ternura, pero siempre con pasión, con garra, como si las palabras que vuelva en el papel salieran del fondo de su alma. Y es así, supongo. Con sus relatos, me ha hecho llorar, reir, sentir rabia, frustración, miedo, asco y empaparme de deseo. Siento como el corazón se acelera o se encoge. Posee una capacidad descriptiva que hace que visualices perfectamente lo que te está contando, no ves las palabras escritas, ves lo que él quiere que veas.
Ahora, sé que está pasando por una dura experiencia y desde aqui quiero desearle toda la suerte del mundo para superarla.
Posiblemente, ninguno de los dos lea ésto. O sí, porque a veces, este mundo es un pañuelo, como el otro, el de ahí fuera. Pero siento que se lo debo porque me han hecho pasar momentos increibe. Y sentir, como no lo han conseguido escritores celebres con sus afamadas novelas.
Gracias a los dos.
Notas de sueños y realidades

Notas de sueños y realidades
Tenía tiempo de sobra antes de empezar la clase y entré en el bar de costumbre a tomar un café. Me senté en la mesa del fondo, en el rincón al lado de la ventana, desde donde me gusta observar a la gente que pasa, con prisa o sin ella. La camarera, una preciosa cubana con una larga melena que sobrepasa la línea de la cintura, me sirvió un café frío como acostumbro a tomar, y yo me puse a dar un vistazo al tema que me tocaba hoy.
Llevaba así un rato cuando alcé la vista. En una mesa frente a mí, se había sentado un hombre joven que me miraba. Durante un momento yo también le miré a los ojos, pero rápidamente aparte la vista, mientras me recorría un escalofrío. Sus ojos eran de una negro absoluto, como si estuviesen hechos de oscuridad. Me recordó los tan llevados y traídos agujeros negros que todo lo engullen. Volví a mirarlo y sentí miedo de aquella profundidad que parecía no tener fondo.
Él permanecía impasible sin apartar sus escalofriantes ojos de mí, y yo intentaba concentrarme en las hojas llenas de letras que tenía delante y que parecía habían tomado vida propia y saltaban despavoridas, quizá contagiadas de mi miedo. En ese momento, se levantó de la mesa y con un gesto me indicó que le siguiera. Está loco si piensa que voy a hacerle caso - pensaba yo- mientras como una autómata cogía mis libros y salía tras él.
Fuera, los coches pasaban a toda velocidad, pero eso no pareció preocuparle. Me cogió de la mano y de un fuerte tirón me bajó de la acera. Estoy muerta –pensé- esperando ser atropellada de un momento a otro. Pero, milagrosamente, el tráfico pasaba por nuestro lado sin rozarnos. Seguimos caminando durante horas, atravesando calles y avenidas, dejando atrás las luces y el bullicio y adentrándonos en callejones por donde yo nunca había transitado. No me preguntaba dónde me llevaba, simplemente... le seguía.
Llegó un momento en que se acabaron las casas, los árboles, las farolas... no había nada, era como si caminásemos por un desierto de asfalto. No podía más, se me doblaban las piernas, andábamos a un ritmo infernal y me llevaba casi a rastras. Entonces, un muro gigantesco apareció ante nosotros cerrándonos el paso... ¿de dónde había salido? Quizá estaba allí y en la oscuridad que nos rodeaba, yo no había podido verlo.
Nos quedamos parados ante él, mientras yo deseaba poder tirarme en el suelo a descansar...
(Continuará)
ME LEVANTO DEL AGUA DE LA NOCHE... (RENATA DURÁN)
Me levanto del agua de la noche
deseosa de ti.
Despedazada.
Y más.........

No puedo evitarlo, me gusta como escribe esta mujer.
ALMUDENA GUZMAN
ESTO YA VA MEJOR...
Esto ya va mejor.
Ya no le tengo miedo.
Y me complace que usted,
como quien no quiere la cosa,
haya fijado el barniz de sus ojos en mis piernas
HOY ERA LA ÚLTIMA TARDE...
Hoy era la última tarde.
Usted no paraba de hablar
-lo hubiese matado-
y a mí me ardían las uñas cuando nos despedimos
en la parada del autobús.
Ni un sólo beso.
USTED SE HA IDO...
Usted se ha ido. Pero tampoco conviene dramatizar
las cosas.
Cuando salgo a la calle,
aún me quedan muchas tapas risueñas en el tacón,
y mis medias de malla consiguen reducir la cintura
de la tristeza
si su ausencia va silenciándome en una resaca
de escarcha.
O sea, que no estoy tan mal.
Porque yo podré ser de vez en cuando un eclipse. Pero
nunca
un eclipse sin sangre de luz.
Historia de una relación (Final)

Esta mañana tenía que pasar por el Hospital General, su médico la había citado para concretar el día en que le efectuaría una pequeña operación sin importancia, pero precisa. Le había ido dando largas y ahora ya no podían aplazarla más. Se había levantado de mal humor, tenía un montón de cosas que hacer y aquella estúpida operación la iba a tener tres o cuatro días fuera de la circulación ¡Cómo odiaba los hospitales!. No le des más vueltas –se dijo- cuanto antes lo hagas, mejor.
Así que sobre las diez de la mañana dejó su despacho y se dirigió a la consulta. Llegaba tarde, como siempre, y la cabeza ocupada en todas las gestiones que tenía que hacer cuando saliese de allí. El Hospital era un gran edificio, lleno de salas de consultas de las distintas especialidades de medicina, llenas éstas a su vez de enfermos ¡qué deprimente!. Se dirigió a Cirugía, con el móvil pegado a la oreja dándole las últimas instrucciones a su compañero. Cuando llegó a la pequeña sala de espera, se sentó en uno de los asientos libres, sin prestar atención a nada más que a la conversación que mantenía.
Cuando terminó, apagó el móvil, haciendo caso a los avisos colgados por las paredes y mientras extraía de su cartera unos papeles para revisar, se permitió dar un vistazo a la gente que había a su alrededor. Por suerte, no eran muchos. Mentalmente hizo el cálculo del tiempo que tendría que esperar, una hora quizá, bueno... no era mucho. Iba a volver a sus papeles, pero lo pensó mejor, intentaría relajarse un poco. No quería aceptarlo pero esa operación la ponía nerviosa. Se puso a observar: a su lado izquierdo se sentaba una pareja de ancianos, pequeños los dos, como encogidos, muy juntitos. Sintió ternura por ellos, seguramente uno de los dos sería el enfermo y el otro lo acompañaba. A su derecha, otra pareja, de su edad más o menos, en sus caras se veía el aburrimiento, posiblemente no llegarían a parecerse nunca a los dos viejecitos, o sí ¿quién sabe?. Enfrente un niño, casi adolescente, acompañado por la que debía ser su madre, una mujer todavía joven de aspecto descuidado. Y un poco separado de ellos, un hombre, delgado, un poco mayor que ella, tocado con una gorra que ocultaba su cabeza sin pelo. Estaba leyendo un libro, con la cabeza baja por lo que no podía verle bien la cara, medio tapada por la visera.
No apartaba la vista de ese hombre, algo en él le resultaba familiar y no lograba saber que era. Continuaba mirándolo, cuando él como si lo intuyera, levantó la vista y ella se encontró de frente con unos ojos verdes cuya imagen llevaba guardada en lo más recóndito de su memoria. Creyó que se le paraba el corazón, intentaba mirar hacia otro lado, pero no podía, sentía que estaba atrapada por aquellos ojos. Supo que la había reconocido cuando le vio sonreír con esa forma suya tan especial. Ella luchaba por mantenerse imperturbable y logró al fin desprenderse de su mirada. Puso toda su atención en los papeles que tenía en su regazo, aunque sentía que era observada.
Salió la enfermera y la oyó llamar al próximo paciente:
-Miguel Bellver, pase, por favor.
Él se levantó, no sin antes dedicarle una última mirada, y se dirigió a la consulta. Respiró aliviada, la cabeza le daba vueltas, este encuentro era lo último que esperaba ¡joder! ¿por qué le pasaba esto ahora? Debía estar enfermo, estaba muy delgado, desmejorado. Pero seguía conservando ese fuego en la mirada, esa sonrisa que le había traspasado el alma. Al cabo de un momento, se abrió la puerta y lo vio aparecer. Al mismo tiempo, ella deseaba desaparecer, se hubiera metido debajo de la silla si hubiera podido. Miguel se dirigía directamente hacia ella. No, por favor, no lo hagas –pensó- creyendo que iba a saludarla, o preguntarle ¿cómo estás? y todas esas cosas. Pero él le habló al oído, tan bajito que apenas pudo oírlo: “estás todavía más guapa de lo que recordaba”, al tiempo que dejaba caer en su falda un papel doblado. Y salió de la sala sin mirar atrás.
Guardó el papel en su bolso sin abrirlo y esperó su turno. En realidad ya no estaba allí, su pensamiento vagaba muy lejos, a muchos años de distancia.
Y ahora, sentada en su sillón, mira aquel papel. Una dirección: calle Santa Clara, número 7. Debe ser la casa donde vive y es una alusiva invitación para que vaya, pero no sabe que hacer. Han pasado muchos años, pero lo quiso tanto, más que eso, fue al único que amó entre todos los hombres que habían pasado por su vida. Ahora que ha vuelto a encontrarlo tiene que pedirle una explicación, el motivo por el que desapareció de la noche a la mañana. Sí, lo ha decidido, irá a su encuentro.
Son las seis de la tarde y se dirige en su coche a la dirección que aparece en la nota: una bonita zona de “torres” antiguas, de veraneo, rehabilitadas. Algunas están enclavadas en sitios preciosos desde donde se ve el mar. La carretera está llena de curvas, conduce despacio. Al salir de una curva ve una gran verja de hierro con el número 7 en la parte superior. Está abierta y da paso a una avenida flanqueada por árboles, al final de la cual está la casa. Cuando enfila la avenida, se sobresalta, hay dos coches de policía y una ambulancia parados delante de la puerta. Está tentada en dar la vuelta y marcharse, pero continúa. Deja el coche ante una pequeña puerta lateral, se apea, y se dirige hacía los agentes. Se identifica como periodista y antigua amiga de Miguel Bellver y pregunta que ha pasado, venía a hacerle una visita, después de habérselo encontrado esa misma mañana. El policía le dice que lo halló la mujer que se ocupa de la casa, acostado en la cama, desangrado. Se había cortado las venas. En ese momento, dos enfermeros sacan una camilla con un cuerpo tapado por completo. Está a punto de desmayarse, todos a su alrededor se está difuminando, la voz del policía le llega lejana. Hace un esfuerzo por concentrarse, le está preguntando si se encuentra bien, dice que sí, que ha sido la impresión, no esperaba encontrarse con esto, que si puede servirles de ayuda está a su disposición. Él se lo agradece y dice que no saben si tiene familia, sino quizá tengan que llamarla ya que ella lo conocía. Le estrecha la mano.
Se aleja en dirección al coche, sin darse cuenta de lo que hace, como una autómata. La pequeña puerta se abre y una mujer gruesa, con el pelo blanco, le hace señas para que entre. Sin saber a que viene aquello, la sigue al interior de la casa. Encima de una gran mesa de madera, en el centro de la estancia, hay un paquete grande y un pequeño sobre. La mujer le dice que son para ella, se pregunta mentalmente como lo sabe, pero no tiene fuerzas para hacerlo en voz alta. Abre el paquete, en él hay un cuadro, se reconoce, es una joven de pelo rubio y corto, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, la expresión transfigurada por el goce que está experimentando en ese momento que fue captada por la mano del artista. Luego, coge el sobre, lo observa sin atreverse a abrirlo. Tiene que hacerlo, acabar de una vez con todo esto, lee:
“Esta imagen me ha acompañado durante toda mi vida. Te la devuelvo, es tuya, yo no podré mirarte más. No me atreví a amarte. Era tan hermoso que temía que la vida, la rutina, lo echase todo a perder. Ahora, no vale la pena volver a empezar, aunque tuviera alguna posibilidad de hacerlo. Tengo miedo de que me quieras todavía y también de que me odies. Siempre he sabido de ti, he seguido tus pasos, en la distancia, sin que tú lo supieras. Desde que volví a Barcelona, deseaba llamarte, verte sólo una vez. Hoy, mi deseo se ha cumplido. No tengo nada más que hacer aquí. He dudado, durante un momento, si al fin vendrías, y he decidido que sí, vendrás, estoy seguro. Haz lo que quieras con el cuadro, consérvalo o quémalo. Es mi regalo de despedida” Miguel.
Se sienta en una antigua mecedora al lado de la mesa, llora, mientras la noche va inundando de sombras la habitación.
* Si acaso al otro lado de la vida
otra vez, por azar, nos encontramos,
¿se reconocerán nuestras miradas
o seremos tan sólo un par de extraños?
De todos modos te amaré lo mismo.
Juntos. O separados.*
* ALLA (MEIRA DELMAR)
Una pausa en el relato

ALMUDENA GUZMÁN
USTED SE ME ESCAPA...
Usted se me escapa en los pasillos como
un discóbolo impregnado de aceite.
Pero todo lo que habla es una mano enguantada
por mis medias.
(Desnuda, froto su voz contra las caderas de la sábana
para no dormirme tan triste.)
SEÑOR, LAS HORAS DESNUDAS...
Señor,
las horas desnudas,
como limones al trasluz,
se exprimen en mi muñeca
de una manera desesperadamente cobarde:
estoy, para variar y por no quedarme en casa,
con alguien que me aburre los besos.
SI TODO ESTO CAMBIASE...
Si todo esto cambiase,
si me dijera usted, de pronto, que me ama,
yo ni me detendría para hacer la maleta.
Huiría luchando contra el miedo a la costumbre
de su cuerpo.
Felices Sueños.
Historia de una relación (V)

Aquel fin de semana habían ido a la playa, y se habían divertido mucho. Hicieron el amor en el agua, alejados de la orilla, entre risas y gritos. Llegaron a casa el domingo por la noche, dichosos y agotados. Se despidieron con un beso y fueron cada uno a su apartamento. Ella tenía un examen al día siguiente y debía levantarse temprano. Cuando volvió de la Universidad lo primero que hizo fue ir a casa de Miguel. Abrió la puerta y al instante tuvo una sensación extraña, el apartamento estaba silencioso y en completo orden. Le llamó:
-Miguel, Miguel ¿estás ahí?
No obtuvo respuesta. En el salón todo estaba recogido, ningún vaso o copa en la cocina. Temblorosa y sin dejar de llamarlo, se acercó a la habitación. También vacía, la cama estaba hecha y ni una prenda de ropa por el suelo. Tengo que tranquilizarme –pensó- habrá salido y volverá enseguida, seguro. Pero una voz interior le decía que algo pasaba. Abrió los armarios y los encontró medio vacíos. Salió corriendo de allí hacia el estudio, los ojos llenos de lágrimas, temiendo lo peor. Nada, no había nada, todo había desaparecido. Fue bajando poco a poco, hasta quedarse sentada en el suelo, contra la pared, sin saber que hacer. La mente confusa, las ideas se atropellaba en su cabeza ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no le había dicho que se iba? Estuvo allí, llorando durante mucho tiempo, hasta que se tranquilizó un poco y se convenció de que algo urgente le tenía que haber hecho salir corriendo, seguro que la llamaría o le escribiría una carta. Esperaría.
Y esperó, durante días, que se transformaron en semanas. Habían terminado las clases, sus compañeras volvieron a casa y ella seguía vagando por el apartamento como un fantasma. A veces se pasaba el día en el de Miguel, sentada en el sofá, esperando. Casi no comía, dormía cuando la vencía el cansancio. Si seguía así se iba a volver loca. No sabía donde buscarlo, en el tiempo en que habían estado juntos jamás le habló de su familia o de sus amigos. Se dio cuenta de que era un perfecto desconocido para ella. Solo sabía que se llamaba Miguel, que era pintor y que le amaba. Ahora se había esfumado y lo peor de todo, es que no sabía el motivo.
Sus padres vinieron a buscarla y se asustaron al ver su aspecto, no era la misma, había entrado en una profunda depresión de la que le iba a costar mucho salir. Pasó el peor verano de su vida, a pesar de todo el cariño de las personas que la rodeaban, ella sentía un profundo vacío que no sabía como llenar. Recibió tratamiento médico, pero por más preguntas que le hicieron a nadie le contó lo que le pasaba, lo que había vivido esos últimos meses.
Empezaban las clases, su familia quería que se tomase un año de descanso, no había prisa. Pero ella se negó, iría a Barcelona y continuaría con sus estudios, les aseguró que se encontraba bien y que no se preocupasen por ella, ya había pasado todo. Cuando llegó al apartamento, escuchó ruidos en el de Miguel y el corazón le dio un vuelco ¿habría vuelto? Se encaminó hacia la puerta, todavía guardaba la llave, pero prefirió llamar al timbre. Una mujer abrió, ella casi se desmaya. Cuando iba a preguntarle quien era, un niño de dos o tres años salió corriendo, seguido de cerca por un hombre joven. Entonces les dijo que vivía en la puerta de al lado y había pensado que todavía estaba el antiguo inquilino. Ellos le dijeron que no sabían nada, se habían mudado allí hacía dos semanas. Se despidió de ellos y volvió a su casa.
Cuando llegó fue directamente al cuarto de baño y tiró la llave al retrete, a continuación estiró de la cadena y se juró no pensar más en él, le olvidaría.
Y para conseguirlo empezó a coleccionar hombres como si fuesen sellos. Se acostaba con todo aquel que, inconscientemente, le recordaba en algo a Miguel. Uno se parecía en la sonrisa, otro tenía los ojos verdes, el tono de voz de aquel se lo recordaba. Las manos, la boca, la forma de andar, el pelo, cualquier pequeño gesto, daba igual. Luego, cuando llegaba a casa, después de estar con cualquiera de ellos, lloraba de desesperación, de rabia. Siguió así durante un tiempo, hasta que se dio cuenta que de esa forma no iba a lograr olvidarlo y entonces empezó a odiarlo. Fue almacenándolo, poco a poco, recordando una y otra vez lo que la había hecho sufrir, dejándola sin despedirse, sin una explicación.
Convencida ya de que le odiaba profundamente, se volcó de nuevo en sus estudios. Salía de vez en cuando con algún amigo cuando tenía necesidad de sexo, pero sin implicarse emocionalmente, disfrutando solo del goce físico, nada más. Los años pasaron rápido, acabó su carrera y empezó a hacer pequeños trabajos en periódicos modestos. Trabajó duro hasta que consiguió ir abriéndose camino en su profesión. Entonces fue cuando conoció al que sería su marido, pensó que el matrimonio podía funcionar pero se equivocó. Al poco tiempo se dio cuenta de su error y se divorciaron amistosamente.
Ahora la asaltaban de nuevo todas esas emociones olvidadas ¿por qué el destino le jugaba esta mala pasada? Le había costado tanto olvidarlo. Y ahora, en un día cualquiera, sin ningún signo evidente que la avisara del peligro, se sentía nuevamente como aquella jovencita abandonada.
Todo había empezado esta mañana…
(Continuará)
Historia de una relación (IV)

Le duele recordar esa época de su vida, un tiempo en el que gozó y sufrió a partes iguales. Nunca habló de esa historia con nadie, la arrinconó en su memoria y cerró puertas y ventanas. Ahora, todas esas sensaciones salían en tropel, empujándose unas a otras para llegar al exterior. Se prepara una copa, hace años que no bebe, pero hoy lo necesita, enciende un cigarrillo y de su bolso saca un papel doblado. No, no lo lee, todavía no está preparada, tiene que recordarlo todo como si de un exorcismo se tratase, para poder tomar una decisión.
Después de esa primera cena, pasaban juntos todo el tiempo libre de que disponían. Hablaban durante horas, posaba para él, que llenaba lienzos y lienzos con su imagen o hacían el amor. La pintó de todas las formas imaginables, sobre todo le gustaba plasmar las expresiones de su rostro. Un día, después de hacer el amor, él colocó una manta en el suelo y le dijo que se echase desnuda. Quería pintarla mientras ella se masturbaba, esto la pilló por sorpresa y se mostró reticente. Él le decía que pensase en el día que lo hizo en la ducha mientras la miraba desde la ventana, si se iba a sentir mejor que cerrase los ojos e imaginase que estaba sola. Así lo hizo, cerró los ojos y empezó a acariciarse despacio empezando por los hombros, el cuello, los brazos. Ensalivaba los dedos y acariciaba los pezones, rodeándolos, apretándolos, hasta endurecerlos. Después bajaba por el vientre rozando el pubis suavemente para, poco a poco, acercar la mano al sexo. Se acariciaba rozando apenas el clítoris con su mano derecha, mientras la otra seguía ocupada en los pechos. Abrió los ojos y lo miró, él estaba pintándola entusiasmado. Volvió a cerrar los ojos y continuó acariciándose, cada vez más excitada. Su sexo estaba lubricado, de él emanaban los jugos provocados por el deseo, ya no podía parar y se dio cuenta que no se sentía cohibida, al contrario, le gustaba que Miguel la mirase. Las caricias se hacían más intensas y los dedos entraban y salían de su vagina, con mayor rapidez. Los gemidos se hicieron más fuertes, hasta convertirse en un grito de placer cuando, en crecientes oleadas, le sobrevino el orgasmo. Cuando abrió los ojos, relajada, él había parado de pintar. Estaba mirándola, se despojó de los pantalones, única prenda que portaba y se acercó a la manta donde ella estaba tumbada. La besó en la boca, a continuación le dio la vuelta, acostándola boca abajo, subió sus caderas y la penetró con urgencia, con fuertes embestidas que hicieron que se corriera de inmediato. Nunca le enseñó el cuadro que había pintado.
Miguel disfrutaba con el sexo y se sentía fuertemente atraído por ella. Tenía una mezcla de inocencia y sensualidad que lo volvía loco, no podía evitar excitarse solo con mirarla. Sus gestos, su sonrisa, su forma de andar, de hablar, todo en ella desprendía erotismo y lo mejor de todo es que era algo natural, ella ni se daba cuenta.
Hacían el amor a cualquier hora y en cualquier lugar. A veces él se pasaba horas y horas acariciándola, excitándola al máximo, sin descanso. Ella terminaba agotada y dichosa después de disfrutar de los sucesivos orgasmos que le provocaba. Otras veces, lo hacían con urgencia, sin quitarse la ropa, con el deseo a flor de piel, como si fuera la última vez.
Cuando ella volvía de la Universidad, iba corriendo a su casa, abría la puerta con la llave que él le había dado y lo buscaba, desesperada por echarse en sus brazos. Solía encontrarlo en su estudio, pintando. Después, mientras Miguel seguía con su trabajo, ella se ponía a estudiar, concentrados cada uno en sus quehaceres y mirándose a cada poco, como para asegurarse que el otro seguía allí.
A veces, una vez terminadas sus obligaciones, salían a pasear o de compras. Un día fueron a unos grandes almacenes, ella quería comprarse un bikini, hacía ya buen tiempo y habían planeado ir a la playa el fin de semana. Se metieron en un probador con algunos modelos que le gustaban. Nada más despojarse de su ropa, Miguel empezó a acariciarla, ella le dejó hacer hasta que sintió que se estaban excitando demasiado y entre risas le dijo que parase. Pero él, con la sonrisa burlona que asomaba a sus labios cada vez que se le ocurría una travesura, se bajó la cremallera del pantalón, sacando su pene totalmente empalmado. La atrajo hacia sí, frotándole el clítoris con él, sin penetrarla, haciéndola desearlo cada vez más. Follaron allí, de pie, aguantando los gemidos, tapándose la boca con los besos para que no les oyeran, sin demasiado éxito, porque cuando salieron las miradas que les dedicaron las dependientas lo decían todo.
Cuando estaba sola en su apartamento y pensaba en él, no podía dejar de sentir un poco de miedo. Se daba cuenta de que aparte del deseo, en su interior estaba creciendo otro sentimiento que no entendía. No sabía si se estaba enamorando o empezaba a depender psicológicamente de él, en cualquier caso, las dos cosas la asustaban. Y al mismo tiempo, notaba que en el terreno sexual, se estaba conociendo cada vez más. Las relaciones esporádicas que había tenido hasta entonces habían sido con jóvenes de su edad, y la verdad, habían dejado mucho que desear. Él estaba haciendo salir al exterior toda su sexualidad dormida. Se atrevía a tomar ella la iniciativa y empezaba a provocarlo, cosa que pocas mujeres hacían en esa época. Y él se hacía de rogar como si no entendiera lo que ella quería, para hacerla desinhibirse cada vez más de todos los convencionalismos.
(Continuará)... como ya os podéis imaginar.
Historia de una relación (III)

Dejó el bolso que colgaba de su hombro, encima de un sillón y se dio media vuelta, quedando los dos frente a frente. Él la cogió de la mano y la condujo hacia la cocina, diciéndole que allí tomarían una copa de vino mientras terminaba de preparar la cena. Le ofreció asiento en una silla y preparó el vino. Se sentó a su lado y mientras la miraba, le contó que se llamaba Miguel, estaba soltero, tenía veintiocho años y era pintor. Había estado ausente unos días preparando una exposición en una ciudad cercana. Así siguieron su conversación sin apartar la mirada uno del otro. Ella solo tenía deseos de besarlo y sentir su abrazo.
Él se había levantado de la silla para mirar el asado que estaba en el horno, y cuando volvió a la mesa se quedó apoyado en ella con las piernas un poco abiertas. Entonces le tendió la mano, invitándola a levantarse. Cuando estuvo de pie frente a él, la rodeó por la cintura y la atrajo hacía sí, en el hueco que había entre sus piernas. Ella pasó los brazos alrededor de su cuello y se apretó contra su cuerpo. Sus bocas se encontraron, se rozaban apenas una y otra vez, para ir abriéndose poco a poco, buscando la humedad de su interior, entrelazaron las lenguas ávidas por encontrarse, se besaban como si les fuera la vida en ello. Mientras sus manos, por debajo del vestido acariciaban las apretadas nalgas, atrayéndola cada vez más hacía él. Ella notaba como su sexo se diluía, se volvía líquido, el clítoris crecía, se inflamaba de deseo. Se separó un poco de él y acaricio su miembro por encima de los pantalones, lo notó duro y caliente. Se disponía a bajar la cremallera, cuando él cogió su mano y la detuvo. ¿No prefieres cenar antes? Ella por toda respuesta, buscó su boca con avidez. No, la cena podía esperar.
La llevó a la habitación, ella iba como hipnotizada por su mirada. Empezó a acariciarle el rostro suavemente, a besarla, le lamía las orejas, el cuello, los hombros, pero no dejaba que ella se moviese, le decía al oído “quieta, déjame que te haga gozar” y seguía con las caricias, tan despacio que ella pensaba que no podía aguantar tanto deseo. Bajó los tirantes del vestido, que resbaló por su cuerpo hasta caer al suelo. Ahora le acariciaba los pechos, pellizcaba los pezones, los lamía pasando la lengua por todo su contorno para luego aprisionarlos entre los labios, succionándolos. Ella sentía esa boca caliente que la hacía gemir de placer, retorcerse de deseo.
Dejó por un momento sus pechos y le acarició el sexo suavemente, por encima de las braguitas. De pie, sintiendo su boca besándola apasionadamente, con aquella mano acariciándola, ejerciendo la presión justa, se le doblaban las piernas. La empujó suavemente para que se tendiera en la cama y antes de que se diera cuenta la había despojado de las bragas y las sandalias. Empezó nuevamente con las caricias, volvió donde se había quedado y fue bajando poco a poco por su vientre, sin dejar ni un milímetro de su piel sin besar. Entonces sintió su boca húmeda en los dedos de los pies, iba chupándolos uno a uno, era una sensación increíble, nadie le había hecho esas caricias antes. De vez en cuando él levantaba la vista hacia ella y la miraba, le gustaba ver el deseo reflejado en su rostro, oír sus gemidos. Y seguía subiendo por sus piernas, la parte interna del muslo, abriéndolas suavemente. Sentía el sexo totalmente empapado, abierto, alzaba el pubis deseando su contacto, su caricia y él se demoraba. Por fin, sintió la caricia de sus dedos sobre el clítoris, un roce apenas, pero con la excitación que sentía la hacía temblar de pies a cabeza. Luego la caricia se hacía cada vez más insistente, volvía a parar, introducía los dedos profundamente en su interior, la estaba llevando al borde de la locura. Abrió los ojos y se encontró con los de él, mirándola fijamente. Sin apartar de ella la vista fue bajando la cabeza hasta meter la boca entre sus piernas. Lamía cada rincón, masajeaba con la lengua, succionaba el clítoris con los labios, apretándolo. Ella no podía resistir más, quería gritarle que parase, que la penetrase, quería sentirlo dentro, pero él seguía disfrutando de aquel sexo palpitante hasta que sintió las contracciones que producían las oleadas de placer que la estaban inundando, el orgasmo que recorría todo su cuerpo transportándola por un momento al éxtasis total.
Luego, se tumbó a su lado y empezó a besarla suavemente los ojos, la frente, la nariz, la boca, susurrándole al oído, como si le estuviera cantando bajito, muy bajito. Todavía estaba vestido, así que ella se arrodilló en la cama y empezó a desabrocharle la camisa, tan lentamente como lo había hecho él antes, acariciaba su pecho fuerte, jugaba con el suave vello que lo cubría, lamía los pezones y los mordisqueaba suavemente. De vez en cuando levantaba la vista hacia él y siempre se encontraba con sus ojos, la retaba con la mirada. Siguió descendiendo por su cuerpo poco a poco, bajó la cremallera de los pantalones y el pequeño slip, del que su sexo pugnaba por salir. Ella se sentía mojada otra vez, volvía a desearlo con locura. Entonces acercó la boca a aquel miembro erecto que parecía a punto de estallar, pasó la lengua suavemente desde la base, rodeándolo, notando cada vena, hasta llegar a la cabeza hinchada y roja, con la que se entretuvo jugueteando. Después fue introduciéndolo en la boca, rozándolo con los dientes, apretando sus labios mientras lo rodeaba con la lengua.
Supo que él no iba a aguantar más cuando cogió su cabeza entre las manos y la empujó despacio para que se apartara. Entonces ella se sentó encima, rodeando su cintura con las piernas, y acogiendo aquel miembro ardiente en su interior. No podían dejar de mirarse, sus cuerpos jadeantes moviéndose a un mismo ritmo, hasta que los gemidos se convirtieron en gritos de placer cuando él se derramó en su interior y ella estalló en un intenso orgasmo como nunca había sentido.
Después de permanecer un rato quietos en la cama, se ducharon y se sentaron a la mesa. Estuvieron hablando durante horas mientras cenaban y luego sentados en el sofá. Después, él le enseñó el estudio que utilizaba para pintar sus cuadros y le propuso que posara, quería pintarla, necesitaba plasmar su cuerpo y sobre todo la expresión de su rostro en la tela. Ninguno de los dos quería dar fin a aquella velada, pero ella tenía que volver a su apartamento, así que se despidieron hasta el día siguiente.
Cuando volvió a su piso, tenía la impresión de que había comenzado una relación distinta a todas las que había tenido hasta entonces. Sentía una atracción muy fuerte hacia él que en cierto modo la asustaba un poco y no se equivocaba, iba a vivir a su lado experiencias difíciles de olvidar.
(Continuará)
Historia de una relación (II)

Cuando volvieron sus compañeras de piso, no les habló del episodio de la ducha, temía que juzgaran mal su forma de comportarse. En los días siguientes miraba continuamente a las ventanas de enfrente, pero permanecían cerradas. Calculó que correspondían al piso que quedaba al final del rellano y en una ocasión se acercó sigilosamente y acercó el oído a la puerta, pero parecía que no había nadie en la casa. A ver si iba a resultar que era un fantasma o que todo había sido un sueño.
Una mañana salía del apartamento a toda velocidad, se le había hecho tarde, como siempre, si no se daba prisa no llegaría a la primera clase. Hurgaba en su bolso, tan ensimismada que no se dio cuenta que el ascensor se había parado en el rellano y se abría la puerta. Cuando levantó la vista del bolso, se quedó paralizada, allí estaba él mirándola con aquellos ojos verdes y una sonrisa burlona en los labios. Se fijó en que era bastante más alto que ella y llevaba una pequeña bolsa de viaje colgada del hombro. Las piernas le temblaban y no sabía que hacer. Iba a escabullirse y largarse a toda prisa, cuando él se acercó y le susurró al oído: “Te espero a las ocho, para cenar, ponte guapa” y sin volver la vista atrás se dirigió hacia su puerta.
Estuvo nerviosa todo el día, no daba pie con bola. Deseaba volver a casa y al mismo tiempo quería que el tiempo se congelase. ¿Qué iba a hacer? Le gustaba y le excitaba la ida de encontrarse con él a solas, pero ¿y si era un loco depravado? No, no quería ni pensarlo. Después de darle vueltas y más vueltas decidió acudir a la cita pero se lo diría a sus compañeras de piso, si le pasaba algo que supieran por lo menos con quien había estado. Cuando llegaron a casa y se dispusieron a comer les contó que se había encontrado con el vecino y era un viejo conocido de su ciudad, la había invitado a cenar en su casa, así que no se preocupasen si llegaba tarde. No les dijo ni una palabra sobre lo que había ocurrido entre ellos.
Por la tarde, se duchó –esta vez con la ventana cerrada- se maquilló un poco, y eligió un vestido de tirantes rojo que le sentaba como un guante y resaltaba su cabello, rubio y muy corto. Tenía un sugerente escote por lo que no podía llevar sujetador y maldita la falta que le hacía, sus turgentes pechos no necesitaban sujeción alguna, y eligió una diminutas braguitas de encaje. Completaban su atuendo unas bonitas sandalias de tacón alto que hacían que sus piernas pareciesen aún más largas y torneadas.
Se dirigía a su casa intentando dejar de temblar, notaba la ansiedad que recorría su cuerpo, no podía evitarlo y no quería que él se diera cuenta. Tocó el timbre y al momento se abrió la puerta ¡Dios! Que ojos y que sonrisa tenía ese hombre, la desarmaban. Se hizo a un lado y con un ademán la invitó a pasar. Tenía la mesa preparada y de la cocina emanaba un delicioso olor a carne asada y especies, caminaba delante de él y notaba su mirada clavada en la espalda.
(Continuará)
Historia de una relación
Este es un relato que tengo escrito de hace tiempo, pero mientras estoy con otra historia que me lleva bastante ocupada, os lo dejo. Espero lo disfrutéis.

Historia de una relación
Es una mujer en plena madurez, a ella no le gusta esta expresión, se imagina como una fruta a punto de caer del árbol, casi prefiere que le llamen cuarentona. Nunca ha sido guapa, aunque posee un atractivo difícil de explicar. Quizás sean sus ojos que hablan cuando miran, o su boca carnosa y sensual, el caso es que tiene éxito entre los hombres. Viste impecablemente, tanto si tiene que ir a una fiesta como si va de camping con los amigos y siempre confiere a su atuendo, por muy sencillo que este sea, una dosis de feminidad y erotismo. Trabaja como redactora en un periódico barcelonés y ha hecho alguna incursión en el medio televisivo con cierto éxito. Divorciada, se casó una vez y su matrimonio solo duró seis meses, así que no volvió a intentarlo. Es feliz con la vida que lleva, quizás durante algún tiempo pensó en ser madre, pero estaba tan ocupada con su profesión que lo fue dejando de lado, y ahora ya ha perdido su instinto por la maternidad.
Está en casa, sentada en su sillón favorito, pensando en como una tonta casualidad puede hacernos retroceder treinta años atrás y hacernos revivir sensaciones guardadas en lo más hondo y profundo de nuestro ser.
Acababa de cumplir diecinueve años y por fin había convencido a sus padres para que la dejasen trasladarse a la Universidad de Barcelona. En su pequeña ciudad no podía estudiar periodismo que era lo que ella deseaba. Pertenecía a una familia de clase media-alta así que no tenían problemas económicos, pero no les hacía demasiada gracia dejarla ir sola a una gran ciudad. Le dieron la aprobación y la acompañaron a buscar un apartamento para alojarse mientras cursaba sus estudios.
Encontraron uno precioso en una buena zona, en el que se instaló en cuanto comenzó el curso. Al poco tiempo consiguió compartirlo con dos compañeras de clase, ya que era demasiado grande para ella sola y así resultaba mucho más divertido. Estaba contenta e ilusionada, lejos de sus padres, que siempre le habían dado una educación bastante rígida, se sentía adulta y libre. Además le gustaban las clases, sabía que había nacido para periodista, siempre lo había deseado.
Estaban en épocas de exámenes, casi a punto de terminar el curso, y aquel día había sido agotador. Hacía ya bastante calor y no había parado en toda la mañana de ir de un lado a otro, quería terminar un trabajo que tenía que presentar al cabo de dos días y todavía lo tenía a medias. Llegó a casa con unas ganas tremendas de darse una ducha, estaba sola, sus compañeras se quedaban a comer en la Universidad pues tenían que pasarse por la biblioteca a buscar algunos datos que necesitaban. Tiró los libros encima de la cama, se tomó un zumo de manzana, y se dirigió al cuarto de baño.
Se paró un momento a mirarse en el espejo ¡maldita sea! le había salido un grano en plena frente, debía ser del estrés de estos últimos días. Hizo un mohín de disgusto, luego haría algo con él, tenía una pomada que era casi mágica. De pronto reflejada en el espejo vio que la ventana estaba abierta, no se había dado cuenta cuando entró y eso que era bastante grande, dejaba a la vista todo el baño. Se dio media vuelta dispuesta a cerrarla y entonces se fijó en que en la ventana que quedaba justo enfrente de la suya, había un hombre asomado que la miraba fijamente. Era muy atractivo, tendría veintiocho o veintinueve años, estaba apoyado tranquilamente mirándola y sus ojos se encontraron. Él ni se inmutó, seguía sin quitarle la vista de encima, parecía que la estaba retando ¿a que no eres capaz de dejar la ventana abierta? le decían sus ojos. A que sí, pensó ella, y en sus labios se formó una sonrisa maliciosa.
Se apartó de la ventana pensando en que él pudiera verla mejor, y como si fuera a cámara lenta empezó a desnudarse. Se desabrochó la camisa, botón a botón, recreándose y mirando de reojo para ver si seguía allí. Luego le tocó el turno a los pantalones, bajó muy despacio la cremallera y los fue deslizando por sus caderas, quedando a la vista unas pequeñas bragas blancas de algodón. Después, de espaldas a la ventana, desabrochó el sujetador y lo dejó caer, quedando al descubierto unos hermosos pechos coronados por un par de pezones totalmente erectos. Respiró hondo y se dio la vuelta pensando que el mirón se habría escondido, pero no, seguía allí, impertérrito, aunque descubrió en sus ojos un brillo de deseo que a ella la excitó.
Por un momento pensó que ya había ido demasiado lejos, debería cerrar la ventana, pero le gustaba ese juego, notaba su sexo húmedo, y no le apetecía parar, así que se dijo ¡que se joda! ¿quiere ponerse caliente? pues vamos allá. Volvió a separarse de la ventana, y bajó cuidadosamente sus braguitas, mientras sus movimientos se tornaban más sensuales, procurando que él la viese desde todos los ángulos. A continuación abrió el grifo del agua caliente y se metió en la ducha.
Una sensación de placer la recorrió cuando el agua empezó a deslizarse por su cuerpo y así estuvo un buen rato, disfrutando de ese momento. Cerró el grifo y echó un vistazo hacia la ventana, allí seguía, pero ahora había cogido una silla, y estaba sentado tranquilamente mirándola. Ella solo lo veía de cintura para arriba, pero estaba segura que iba a masturbarse mirándola, la mano derecha no aparecía por ningún lado. Imaginarlo empalmado haciéndose una paja, la excitaba a ella aún más. Cogió la esponja, le echó un buen chorro de gel, y empezó a enjabonarse. Lo hacía lentamente, acariciándose, consciente de que él la observaba. Se ponía de espaldas y se agachaba frotando las piernas, poniendo a la vista un precioso culo de nalgas redondeadas y firmes.
Volvió a abrir el grifo y se metió debajo del agua, no podía parar la urgencia que sentía, así que llevó la mano hacía su sexo y empezó a acariciarse. Tenía los ojos cerrados, concentrada en el placer que aumentaba, hasta que se dio cuenta que el orgasmo estaba cerca, entonces abrió los ojos y supo, por la expresión de su rostro, que él también estaba a punto de correrse. Siguieron mirándose hasta que sintieron la oleada que recorría todo su cuerpo, que les hizo cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás mientras pasaban esos segundos de intenso placer.
Acabó de ducharse y enrolló su cuerpo en la toalla. Se acercó a la ventana, él seguía allí, mirándola sonriente y entonces supo que iba a ser un hombre muy importante en su vida.
(Continuará)

Historia de una relación
Es una mujer en plena madurez, a ella no le gusta esta expresión, se imagina como una fruta a punto de caer del árbol, casi prefiere que le llamen cuarentona. Nunca ha sido guapa, aunque posee un atractivo difícil de explicar. Quizás sean sus ojos que hablan cuando miran, o su boca carnosa y sensual, el caso es que tiene éxito entre los hombres. Viste impecablemente, tanto si tiene que ir a una fiesta como si va de camping con los amigos y siempre confiere a su atuendo, por muy sencillo que este sea, una dosis de feminidad y erotismo. Trabaja como redactora en un periódico barcelonés y ha hecho alguna incursión en el medio televisivo con cierto éxito. Divorciada, se casó una vez y su matrimonio solo duró seis meses, así que no volvió a intentarlo. Es feliz con la vida que lleva, quizás durante algún tiempo pensó en ser madre, pero estaba tan ocupada con su profesión que lo fue dejando de lado, y ahora ya ha perdido su instinto por la maternidad.
Está en casa, sentada en su sillón favorito, pensando en como una tonta casualidad puede hacernos retroceder treinta años atrás y hacernos revivir sensaciones guardadas en lo más hondo y profundo de nuestro ser.
Acababa de cumplir diecinueve años y por fin había convencido a sus padres para que la dejasen trasladarse a la Universidad de Barcelona. En su pequeña ciudad no podía estudiar periodismo que era lo que ella deseaba. Pertenecía a una familia de clase media-alta así que no tenían problemas económicos, pero no les hacía demasiada gracia dejarla ir sola a una gran ciudad. Le dieron la aprobación y la acompañaron a buscar un apartamento para alojarse mientras cursaba sus estudios.
Encontraron uno precioso en una buena zona, en el que se instaló en cuanto comenzó el curso. Al poco tiempo consiguió compartirlo con dos compañeras de clase, ya que era demasiado grande para ella sola y así resultaba mucho más divertido. Estaba contenta e ilusionada, lejos de sus padres, que siempre le habían dado una educación bastante rígida, se sentía adulta y libre. Además le gustaban las clases, sabía que había nacido para periodista, siempre lo había deseado.
Estaban en épocas de exámenes, casi a punto de terminar el curso, y aquel día había sido agotador. Hacía ya bastante calor y no había parado en toda la mañana de ir de un lado a otro, quería terminar un trabajo que tenía que presentar al cabo de dos días y todavía lo tenía a medias. Llegó a casa con unas ganas tremendas de darse una ducha, estaba sola, sus compañeras se quedaban a comer en la Universidad pues tenían que pasarse por la biblioteca a buscar algunos datos que necesitaban. Tiró los libros encima de la cama, se tomó un zumo de manzana, y se dirigió al cuarto de baño.
Se paró un momento a mirarse en el espejo ¡maldita sea! le había salido un grano en plena frente, debía ser del estrés de estos últimos días. Hizo un mohín de disgusto, luego haría algo con él, tenía una pomada que era casi mágica. De pronto reflejada en el espejo vio que la ventana estaba abierta, no se había dado cuenta cuando entró y eso que era bastante grande, dejaba a la vista todo el baño. Se dio media vuelta dispuesta a cerrarla y entonces se fijó en que en la ventana que quedaba justo enfrente de la suya, había un hombre asomado que la miraba fijamente. Era muy atractivo, tendría veintiocho o veintinueve años, estaba apoyado tranquilamente mirándola y sus ojos se encontraron. Él ni se inmutó, seguía sin quitarle la vista de encima, parecía que la estaba retando ¿a que no eres capaz de dejar la ventana abierta? le decían sus ojos. A que sí, pensó ella, y en sus labios se formó una sonrisa maliciosa.
Se apartó de la ventana pensando en que él pudiera verla mejor, y como si fuera a cámara lenta empezó a desnudarse. Se desabrochó la camisa, botón a botón, recreándose y mirando de reojo para ver si seguía allí. Luego le tocó el turno a los pantalones, bajó muy despacio la cremallera y los fue deslizando por sus caderas, quedando a la vista unas pequeñas bragas blancas de algodón. Después, de espaldas a la ventana, desabrochó el sujetador y lo dejó caer, quedando al descubierto unos hermosos pechos coronados por un par de pezones totalmente erectos. Respiró hondo y se dio la vuelta pensando que el mirón se habría escondido, pero no, seguía allí, impertérrito, aunque descubrió en sus ojos un brillo de deseo que a ella la excitó.
Por un momento pensó que ya había ido demasiado lejos, debería cerrar la ventana, pero le gustaba ese juego, notaba su sexo húmedo, y no le apetecía parar, así que se dijo ¡que se joda! ¿quiere ponerse caliente? pues vamos allá. Volvió a separarse de la ventana, y bajó cuidadosamente sus braguitas, mientras sus movimientos se tornaban más sensuales, procurando que él la viese desde todos los ángulos. A continuación abrió el grifo del agua caliente y se metió en la ducha.
Una sensación de placer la recorrió cuando el agua empezó a deslizarse por su cuerpo y así estuvo un buen rato, disfrutando de ese momento. Cerró el grifo y echó un vistazo hacia la ventana, allí seguía, pero ahora había cogido una silla, y estaba sentado tranquilamente mirándola. Ella solo lo veía de cintura para arriba, pero estaba segura que iba a masturbarse mirándola, la mano derecha no aparecía por ningún lado. Imaginarlo empalmado haciéndose una paja, la excitaba a ella aún más. Cogió la esponja, le echó un buen chorro de gel, y empezó a enjabonarse. Lo hacía lentamente, acariciándose, consciente de que él la observaba. Se ponía de espaldas y se agachaba frotando las piernas, poniendo a la vista un precioso culo de nalgas redondeadas y firmes.
Volvió a abrir el grifo y se metió debajo del agua, no podía parar la urgencia que sentía, así que llevó la mano hacía su sexo y empezó a acariciarse. Tenía los ojos cerrados, concentrada en el placer que aumentaba, hasta que se dio cuenta que el orgasmo estaba cerca, entonces abrió los ojos y supo, por la expresión de su rostro, que él también estaba a punto de correrse. Siguieron mirándose hasta que sintieron la oleada que recorría todo su cuerpo, que les hizo cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás mientras pasaban esos segundos de intenso placer.
Acabó de ducharse y enrolló su cuerpo en la toalla. Se acercó a la ventana, él seguía allí, mirándola sonriente y entonces supo que iba a ser un hombre muy importante en su vida.
(Continuará)
Y es que me apetece... un reto

Y SI ACUCIASE...(ESTHER GIMÉNEZ)
Te reto a que me enseñes a ganarte.
No es fácil desprenderse de tal trono
-recuerda qué apetito le entró a Crono,
aunque ni yo soy hija ni tú Marte,
ni yo Afrodita loca por follarte...
Pero a veces confundo y me acojono
por si te acucia el hambre o a mí el mono
y acabo digerida en cualquier parte.
Apuesto a que no sabes no saber;
pero no apuesto nada -la maestra,
desde su condición como mujer,
cuando se contradice lo demuestra.
Te reto a que me aprendas y un deber:
que salgas de una vez a mi palestra.
Conversación didáctico-sexual

Didáctica sobre todo para mí.
Conversantes:
E: El bicho de la foto, 10 años.
A: Hermana del bicho, 19 años.
N: Novio de la hermana del bicho.
Des: La madre que parió al bicho.
Sábado por la mañana, N se quedó anoche a dormir en casa cuando terminó del trabajo. Es un buen chico, estudia y trabaja los fines de semana como extra de camarero en BBC (bodas, bautizos y comuniones). Y sobre todo él y A están enamorados. Se les nota.
Yo, entro en casa a las 13 horas, con las bolsas de la compra. Sale E a recibirme:
E: Mamá A lo ha hecho con N. Anoche durmió aqui.
Yo: Ya sé que durmió aqui.. ha hecho ¿qué?.
E: Pues eso, que lo han hecho, yo los he oído.
A: Mentiroso, ¿qué vas a oir tú si no hemos hecho nada?.
E: ¿qué no? ahora contaré los preservativos que sé dónde los tienes.
Yo: Me parece muy bien que tenga preservativos, es lo que tiene que hacer, pero tú no tienes que registrar la habitación de tu hermana. Y, menos aún, mentir.
E: Bueno, vale, no los oí, era una trola... pero a tí sí que te he oido alguna vez.
Yo (pasmá): Me has oído ¿Qué?.
E: Hacerlo, hacer eso mamá, hacer el amor... con papá.
Yo: ¿Cuándo fue eso?.
E: Pues... algunos días. A veces en la cama, el otro día aqui en el sofá. Yo estaba en la cama y me hacía el dormido ¿Por qué siempre se oye a las mujeres?.
Yo (muerta de risa): Porque las mujeres no callamos ni debajo del agua. Y más vale que nos oigas hacer el amor, que no pegarnos de hostias o insultarnos... digo yo.
E: No, claro, si me parece bien. Y... ¿podré tener un hermanito?.
Yo (pensando, menos mal que le parece bien): Pues no.
E: ¿Es que papá ya no tiene espermatozoides o como se diga? Es que no me acuerdo de esos nombres tan raros. Lo he estudiado en "Conocimiento del Medio".
Y sale en busca del libro. Mientras A y yo nos miramos sin poder contener la risa. A "N" le tienen que hacer una pequeña operación de fimosis. Vuelve E y pregunta:
E: ¿Cuándo operan a N"
A: La semana que viene.
E: ¡Ah! claro, entonces tienen que apurar.
Yo y A: ??????
E: Sí, claro, no sea que el médico meta la pata y le corte la "chufa" (nombre cariñoso que se le da al pene en la zona de Valencia) y luego no pueda hacer nada.
Las carcajadas son sonoras, pero él no tiene bastante y sigue.
E: ¿Qué es un lubricante?
Yo: Aceite para el motor.
E: Va, mami, en serio. A tiene un frasquito con los preservativos.
A: Lo daban de regalo, cotilla, que eres un cotilla.
Yo (tomándolo con paciencia): Es una crema para suavizar.
E (haciendo los gestos con la mano): ¡Ah! ya, para que se deslice suavemente.
Y sigue, está hoy parlanchin.
E: Mamá... A ¿tiene edad para hacerlo?
Yo: Pues sí, para eso no hay una edad determinada. Uno lo hace cuando cree y siente que está preparado para ello. Y sobre todo, los dos tienen que estar de acuerdo. Y además, hay que hacerlo con conocimiento. Pero no "este conocimiento". Y le doy con el libro de Conocimiento del Medio en la cabeza, un pequeño cachete.
E: Bueno, pues lo haré cuando tenga novia.
A: Tampoco hace falta tener novia para hacerlo.
E: Pero... entonces... ¿no querrás que me vaya de putas?.
¡¡¡¡SE ACABÓ!!!! Se acabó la charla sexual por hoy, mañana más... ¡Por Dios! Tengo que buscar urgentemente respuestas. La próxima vez le endilgo la conversación a su padre, que cuando se lo conté le dió un ataque de risa.
Pero, lo que más me agradó de todo esto fue la confianza y la tranquilidad con la que habla de este tema, conmigo, con su madre. Y pensé que quizá no lo estoy haciendo mal del todo.
Tu boca (Final)

Otra vez... ya me diste media vuelta y aguardo la sorpresa de tu boca. La tengo en mis oídos susurrando palabras de un idioma que inventaste, sólo para que yo lo entienda, secretos de otras noches, muchas, todas, que quedaran guardadas por siempre en mi memoria. Ya está disuelta en besos en mi ombligo, rozando mi vientre con suavidad divina. Y va subiendo despacio por el valle que separa mis pechos. Con los ojos cerrados imagino y siento, la rigidez erguida con que desafiantes esperan mis pezones. Y tu sonrisa, mientras te resistes a su llamada sorda. Entonces, tu boca atrapa al más afortunado, y el otro impaciente esperará su turno. La lengua traza círculos concéntricos cuyas ondas se expanden por mi cuerpo. Elevo mi espalda, sin quererlo... estoy ardiendo. Sigues jugando: lames, chupas, muerdes. Yo no quiero que pares: ruego, gimo, grito. Ahora, el otro, y de nuevo empieza el juego. Y se detiene el tiempo.
Tu boca está otra vez en mi cintura, pasea suavemente mis caderas. Ahí hay otra zona peligrosa que me hace temblar las piernas. Ya llegaste al pubis que vas regando de besos dispersos. Y yo me abro... esperándote. Toque suaves y ligeros en mi sexo que son como pequeñas descargas eléctricas. La lengua se mueve rápida y experta y la boca atrapa con los labios el botón inflamado que palpita en cruel espera. Humedad en tu boca y en mi sexo. Siento que me transformo en agua, el corazón se va a salir del pecho, el grito de placer llena la habitación y rebota en las paredes para volver ronco a mi garganta, la marea me eleva hasta lo alto y entre espasmos me convierto en ola de mar que inunda tu boca.
Me quedo rendida, inmóvil, no me importaría morirme ahora, en este instante. Me tapas con la sábana, debes irte, hoy te toca trabajar de noche. Me besas en la boca. Duérmete- me dices. Y haciendo un esfuerzo para que me escuches, te respondo con un verso que leí esta tarde:
“Te esperaré apoyada en la curva del cielo
y todas las estrellas abrirán para verte
sus ojos conmovidos.
Te esperaré desnuda.
Seis túnicas de luz resbalando ante ti
deshojarán el ámbar moreno de mis hombros.”*
Y Sonríes.
* Autora del trozo del poema: Ernestina de Champourcin.
Tu boca (II)

De pronto, me abandona. ¿Dónde aparecerá ahora? Permanezco quieta, expectante, sé que en cualquier momento volveré a sentir su suavidad o un ligero mordisco. Espero. Ya, está en los dedos de los pies, brincando entre ellos, sin orden ni concierto. Me haces cosquillas que excitan mis sentidos. La planta de los pies es mi castigo. Creo que debe estar conectada directamente a algún punto recóndito de mi cerebro, donde confluyen todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Pero, no voy a moverme, aguantaré como una verdadera heroína. Ya sube por la pierna. Besos ligeros, suaves, se depositan como el roce de la seda. La elevas y juegas en el hueco que forma mi rodilla, luego el muslo. Tu boca recorre la delicada piel de su interior hasta el punto exacto de las ingles. Ni un milímetro más. A esas horas mis gemidos se pegan al cristal de la ventana buscando una salida, para volar libres provocando a la luna, que seguro, celosa, nos está vigilando. Ahora con la otra pierna sigues una ruta inversa, del muslo vas bajando lentamente hasta llegar al final del camino.
Suavemente, me volteas, y yo me dejo hacer. Metes la nariz entre mi pelo y humedeces la nuca con tu lengua. Vuelve a erizarse la piel sin tener frío. Los hombros y la espalda. ¡Dios!... la espalda. La recorres una y otra vez, en todos los sentidos. Besas, lames, muerdes, y mi cuerpo se retuerce, sin hacer caso del esfuerzo que hace mi mente ordenándole que permanezca quieto. Te acercas a las nalgas, como en un descuido. Y mis caderas se elevan, instintivamente. Las besas despacio. Me gusta que lo hagas en esa pequeña arruga, como el estrecho cauce de un río, donde acaba su redondez y empieza el muslo. Ahí, ahí, es el lugar exacto... lo sabes. Demórate, mi vida, no tengas prisa. Y te demoras...
(Continuará)
Tu boca

Adoro cuando tu boca se viste de fiesta y sale en romería por los senderos intrincados de mi piel. La adoro. Con los brazos en cruz, los ojos cerrados, me pego al colchón... y espero. Se hace de rogar. Me llega su aliento caliente, ligeros soplidos que se esparcen como la brisa marina que tanto me gusta. No abro los ojos... espero. Se viste con zapatillas de ballet y da pequeños pasos de baile: la raiz de mi pelo, la frente, las sienes. Se posa ligera, de puntillas, en mis párpados cerrados y temblorosos, la nariz, las mejillas, la comisura de los labios. Y se desvía a la izquierda, haciendo parada en mi oreja. Allí deja asomar los dientes y mordisquea ese trozo de carne blanda, la lengua se pasea dibujando su contorno. Mi piel, para entonces, está vestida de encajes y puntillas. Se mueve hacia la derecha, mi otra oreja pide atenciones y ella, tu boca, repite la operación. Ahora está en el cuello y me estremezco. Va alternando livianos besos con húmedas caricias de la lengua. Baja por la senda del brazo y se demora en el hueco que dibuja el codo, y llega a la palma de la mano, donde chupetea como un niño goloso, cada uno de sus dedos. Y deshace el camino andado. Ahora se da un respiro y se nutre de mi boca. Las lenguas se enlazan en apretado abrazo, con los sones de un tango apasionado. Y sigue su intenso recorrido, hacía el valle que forma la clavícula, la redondez del hombro y hacía abajo. Me esfuerzo por permanecer inmóvil, los ojos bien cerrados, sintiendo sólo el juego de tu boca, derritiéndome. Me sorprende que después de tantos años, encuentres siempre camino nuevos, recovecos no explorados, porciones de piel que no has saboreado, o quizá sí, pero te sabe a nuevo. Te entretienes dibujando las líneas de mi mano: la vida, el amor, la muerte. Me gusta que me beses las muñecas...
(Continuará)
Hoy, no tengo ganas

No, hoy no tengo ganas de escribir. Esta noche, a estas horas, sólo deseo acurrucarme entre tus brazos y decirte que te quiero. Y es que no por repetirlo deja de ser sincero. No pasa a ser una costumbre, ni algo que se dice por decir, no.
No, hoy no tengo ganas de escribir. Sólo quiero acariciar tu espalda con la yema de los dedos, recorrer caminos intrincados y largos, sin atajos, sorteando obstáculos, demorándome en la curvas y rasantes. Aprender con los ojos cerrados, como un ciego, los lunares, las cicatrices de los golpes que te hiciste cuando niño. Contar cada hueso y perderme en el hueco de tu ombligo, como si fuese el centro de la tierra.
No, hoy no tengo ganas de escribir. Sólo quisiera fabricar mil besos y tejerlos con silencios de palabras núnca dichas para protegerte del frío del amanecer. Arroparte con mi cuerpo hecho humedades y susurros, sobre un colchón de amores imposibles, de amores que terminan como un sueño, cuando llega la cruel mañana.
No, hoy no tengo ganas de escribir. Sólo quiero decirte que te quiero, para que si un día desaparezco de repente, no te quede a tí la duda, y a mí el remordimiento.
Por si se me olvida, por si mañana... es tarde.
Al hilo... de la historia anterior

Antes que nada debo decir, que la historia de la cita a ciegas es real. Yo recree la historia e inventé a los personajes, pero el hecho de que realmente eran madre e hijo los que se conocieron a través del chat es completamente cierta. Casualidades de este mundo complicado de la red. Irene, no supo nunca que era su hijo con quien hablaba, porque él se quedó escondido hasta que ella se marchó pensando que le habían dado plantón. Desde ese día Jorge mira a su madre de otra forma. No, no es una historia de incesto, es una historia de descubrimientos.
Ahora bien, ésto me ha hecho pensar en lo poco que conocemos algunas facetas de la personalidad de nuestros seres queridos. Por ejemplo, casi nadie se imagina a sus padres haciendo el amor, teniendo un orgasmo o masturbándose. Y no digamos nada de nuestros hijos. Parece como si todo el mundo tuviese vida sexual, menos ellos. Se nos hace imposible que, por ejemplo, a nuestra hija le pueda gustar jugar a ser "ama" vestida con cueros y armada con un látigo, o que mamá le pueda apetecer jugar con consoladores. Por lo menos es lo que me pasa a mi. ¿Os imaginais a los padres ligando? ¿Teniendo un "affaire"? Pues no, la verdad.
Jorge, a causa del anonimato en la red, no reconoció a su madre, conoció a la mujer: inteligente, atractiva, con sentido del humor, sexy; y ni por un momento pensó que podría tratarse de la misma persona que le cocina, le lava la ropa, le cuida, y que muchas veces le resulta un poco plasta.
Irene, no vió en ese adolescente maduro y atractivo, seguro de sí mismo, a su hijo, que siempre será un niño para ella, y al que aún espera despierta cuando sale por las noches.
Por eso, yo siempre he pensado que cada uno ve en nosotros lo que quiere ver, o lo que nosotros le dejamos que vea. Que somos distintos dependiendo del ambiente en el que nos movemos: en el trabajo, en familia, con amigos, con desconocidos, o aqui. La personalidad de los seres humanos es compleja y variada. Y seguramente por eso me gustan tanto las personas.
Mientras escribo ésto, estoy escuchando a Antonio Orozco y me apetece compartir con vosotros esta canción que seguramente la mayoría conoceréis:
Lo que tú quieras soy (Antonio Orozco)
Lo que, lo que tu quieras soy.
Lo que, lo que tu quieras soy.
Un payaso sin pintura,
o el recuerdo de tu "mare" al despertar,
lo que tu quieras soy.
Una ráfaga de estrellas,
o el deseo que te deban conceder,
lo que tu quieras soy.
Por ti sería capaz de derramar la sal,
de recoger las huellas de tu caminar, sería capaz.
Sería capaz de despegar, capaz de continuar,
sería capaz de desgranar el mar.
Sería capaz de abandonar, capaz de remontar, sería capaz.
Sería capaz de hipotecar mi voz.
Lo que, lo que tú quieras soy.
Una patria, una frontera,
o el soldado al que le ordenan disparar,
lo que tú quieras soy.
Por ti sería capaz de iluminar el mal,
de confundir las luces que me hacen soñar, sería capaz.
Sería capaz de despegar, capaz de continuar,
sería capaz de desgranar el mar.
Sería capaz de abandonar, capaz de remontar.
Sería capaz de hipotecar mi voz.
Lo que, lo que tu quieras soy.
Lo que, lo que tu quieras soy.
Por ti sería capaz de regalar mi edad,
de prestar las canciones que te hacen volar, sería capaz.
Sería capaz de despegar, capaz de continuar,
sería capaz de desgranar el mar.
Sería capaz de abandonar, capaz de remontar, sería capaz.
Sería capaz de hipotecar mi voz.
Lo que, lo que tu quieras soy.
Lo que, lo que tu quieras soy.
Felices Sueños.
Cita a Ciegas (Final)

Sí, yo creo que estos pantalones me quedan bien. Tampoco se trata de ir de hombre serio. Más bien me decanto por arreglado pero informal. No me la puedo quitar de la cabeza. ¿Y si es una cuarentona horrorosa? Tenía que haber insistido para que me enviase una foto. ¿Y si no me gusta? ¿Qué hago? ¿Salgo corriendo?. No, eso no estaría bien. Pero, no sé por qué me como tanto la cabeza. Total, hemos quedado a comer. Pues comemos y ya está. Si la cosa se da bien y nos gustamos... adelante, a lo que salga. La verdad, es que estoy excitado. Que no se me olviden los preservativos, por si acaso. Bueno, voy para allá.
Ya se acerca la hora de la comida. Creo que me voy a echar a temblar. Mira que si es un medio adolescente con granos y grasa en el pelo. Pero no, me dijo que tenía veintidós años. Ha podido mentirme, claro, pero no, creo que fue sincero. Me negué a mandarle ninguna foto, no me gusta que anden circulando imágenes mías por internet, y la verdad es que con las cosas que pasan, no me fío mucho. Pero, claro, si yo lo hubiese hecho, él habría correspondido mandándome la suya y ahora no estaría yo así, con este desasosiego. Pero ¡qué tonterías pienso!. Sólo es una cita para comer, nada más. Si nos sentimos atraídos, no me vendría mal darle un gusto al cuerpo, hace tiempo que no disfruto una buena sesión de sexo. Salgo hacia allí.
Creo que he llegado demasiado pronto, falta aún media hora. Estoy pensando que en lugar de esperarla ahí, sentado en la mesa, podría ponerme tras esa celosía, desde donde puedo ver la puerta perfectamente. Si no me gusta, sólo tengo que moverme un poco y entro en el servicio de caballeros, que está justo al lado. No tenemos reserva hecha ni nada, pues en día laboral no hay problema en este restaurante.
Bueno, ahí está el restaurante. Entraré tranquilamente y daré una mirada. Si hay algún jovencito solo y esperando... será él. En el caso de que no me guste, sólo tengo que dar media vuelta y marcharme. No creo que haya mucha gente hoy. Respira hondo, Irene, y entra de una vez.
Vamos, Jorge, tranquilízate. Está a punto de entrar una mujer, distingo su silueta por la puerta de vidrio de la entrada. Ahora abre.
¡¡¡Joder!!!... no, no puede ser... es... mi madre.
(Vale, vale, si esperábais otra cosa, lo siento... son cosas de Internet)
(*_*) La próxima será una historia de amor apasionado y lujurioso. Palabra de Des.
Memorias de África

Está lloviendo y lleva así toda la tarde. Esta primavera está totalmente loca, ayer hizo un día precioso y hoy que me había hecho a la idea de ir un rato a la playa, amaneció gris y lluvioso. Parece que el cielo supo de mis intenciones y se dijo: "vamos a joderla un poco".
Cabreada conmigo misma por no haber aprovechado ayer el sol que lució esplendido durante todo el día, decidí auto-castigarme haciendo las tareas que más odio.
Empecé por ordenar papeles ¡Jesús! qué cantidad de facturas, recibos, comunicados del banco... Claro que yo hago bueno el refrán de "en casa del herrero, cuchillo de palo" y todo lo ordenada y organizada que soy en el trabajo, en casa soy un desastre. Voy acumulando los papelotes en un cajón que es un completo desorden y de vez en cuando, como hoy, me decido a clasificarlos en sus correspondientes archivadores.
Después, para seguir con la jodida tarde, me puse con la plancha y la cantidad ingente de ropa arrugada que hace días me miraba desde una ¿qué digo una?, por lo menos dos sillas del comedor. Creo que si hubieran tenido manos, abrían arrancado en aplausos. Les hice una reverencia y me puse a ello.
Habitualmente, cuando hago estas cosas que no me gustan, me encasqueto los cascos, núnca mejor dicho, y escuchando música se me hace menos pesado lo que estoy haciendo. Pero hoy, como tenía ganas de castigarme, por tonta y gilipolla, encendí la televisión. Y mira por donde, hoy hacían "Memorias de África". Sí, ya sé que no es la primera vez, pero yo no la había visto. Núnca veo peliculas en televisión, me gusta ir al cine donde puedo concentrarme en lo que estoy viendo y no hay nada que me distraiga.
Pero esta vez, cogida a mi plancha, presté atención a la peli, y oye, que me gustó mucho. La actriz, Meryl Streep, tiene un físico que siempre me llamó la atención. Y Robert Redford tampoco está mal. Este hombre no me gustaba cuando era más joven y eso que ha sido un símbolo de belleza masculina, pero no, yo lo descubrí de verdad en "El hombre que susurraba a los caballos" ya madurito, me parece mucho más atractivo que antes, en sus años mozos.
Me dejó un poco triste la película, la de Memorias de África, es una bonita historia de amor. Y digo yo que ¿por qué las historias de amor que nos gustan suelen terminar mal? Siempre se muere uno de los enamorados, o se tienen que separar para no juntarse jamás. Claro que, quizá sea porque si fueran lo suficientemente largas serían como todas y la rutina y el aburrimiento acabarían con ellas. Me llamó la atención lo de que ella se inventase cuentos para luego relatarselos a él, lo que me hace pensar que las palabras enamoran y que no debe ser tan descabellada la historia de Sherezade. Y me gustó la escena en que él le lava el cabello o la forma en que se miraban. ¡Qué importantes son las miradas! No tiene escenas de sexo, ni de pasión, pero... ni falta que le hacen, porque los sentimientos traspasaban la pantalla. Ni que decir tiene que las imágenes de África me parecieron fantásticas, pero lo que de verdad me interesó fue la historia en sí.
Que al final la tarde auto-castigo, no lo fue tanto. Y es que nada acaba siendo como lo planeamos.
Cita a ciegas

CITA A CIEGAS
Ya se han ido todos, ahora me podré vestir tranquilo sin tener que responder a las consabidas preguntitas, a las que mi madre y mi hermana me habrían sometido: “Jorge, ¿dónde vas tan arreglado?, ¿tienes una cita?, a ver, desembucha ¿quién es ella? ¡Qué nervioso estoy!, no puedo evitarlo. Si seré idiota que iba a echar la espuma de afeitar en el cepillo de dientes. Tengo que tranquilizarme, no es para tanto. Simplemente, tengo una cita con una mujer que conocí en un chat. Sí, ella es algunos años mayor que yo, pero ¿qué importa eso? Me ha vuelto loco. Es culta, inteligente, simpática, sensual. No es que hayamos hablado mucho de sexo, pero tiene chispa y algo de provocadora. Claro que supongo que eso también lo da la edad y la experiencia. ¡Lástima! que nunca ha querido mandarme una foto, y mucho menos conectarme la web-cam. Claro que siempre que hemos hablado ella estaba en el trabajo. Y sus correos electrónicos son maravillosos, los tengo todos guardados, ¡qué forma de expresarse!...
No me concentro en el trabajo, no puedo. ¿Me habré arreglado demasiado?. Nada más entrar en la oficina, Eduardo lo ha soltado: “¡Caray! Irene ¡qué guapa te has puesto hoy!” Y yo, tonta de mí, me he puesto a darle una explicación, que si he quedado a comer con una amiga, que hace mucho tiempo que no nos vemos y quiero que se lleve una buena impresión. No quiero pensar en los cotilleos que habría a mis espaldas si se enterasen que he quedado con un chico muchísimo más joven que yo, y que jamás he visto, para más inri. Estoy loca. Lo sé, sé que no debería hacerlo. O sí. Al fin y al cabo, llevo años divorciada y no tengo que dar explicaciones a nadie. Pero es que me da muchísima vergüenza que se enteren. No sé, pensarían que viene a sacarme algo, porque verdaderamente ¿qué le puede interesar a un hombre tan joven de una mujer madura como yo?. Que me repatea eso de madura, pero es la verdad Irene, ya pasas los cuarenta, bien pasaditos. Pero es que, ha sido algo tan tonto. Desde luego, si hubiese sabido antes su edad, igual habría cortado esta relación. Pero es tan maduro en su modo de comportarse...
(Continuará)
Sin dormir

¡Jodido recuerdo que no me deja dormir!
Hoy, casi mejor diría ayer, pero es igual, me he pasado el día con un mezclaillo de pensamientos variados que no hay por donde cogerlo. Juro que no me tomé, ni me fumé, ni esnifé nada raro.
La cuestión es que le dió por salir a la luz, mi otra personalidad, la que hago callar cuando me incordia demasiado. Me explico: me siento feliz con la vida que tengo, la familia, los amigos, el trabajo, mis aficiones, el lugar donde habito, el ambiente que me rodea... Pero de vez en cuando, aparece la que quisiera ser libre, sin ataduras físicas ni emocionales, la que desea hacer un montón de cosas imposibles, estar hoy aqui y mañana allá, la que tiene fantasías como una niña que tiene todo el futuro por delante.
La que tiene los pies en el suelo, sabe que no puede ser, pero no por eso deja de sentirse mal, como si estuvieses desperdiciando el tiempo. Que no, que sabe que no es así, pero es una sensación tan extraña y desesperante. Y tiene que aguantar a la otra, hasta que a base de hacer oido sordos a sus insinuaciones, se cansa y desaparece por una temporada.
Luego me dio por pensar en las personas ancianas. Ultimámente me fijo mucho en ellos. Estoy empezando a darme cuenta de lo que es la vejez, los achaques, la decrepitud y ... tengo miedo.
Observo a las viejecitas: la carne fláccida, los ojos apagados, los rostros arrugados, coejando, algunos encorvados, las piernas amoratadas y me entra una angustia que no puedo evitar.
Ayer estuve con mi madre y entonces pienso que tampoco tengo porqué llegar a estar así, porque ella tiene setenta y tres años y está fenomenal: gasta una talla cuarenta y cuatro, está guapísima cuando se arregla, anda con un salero sin igual, posee unas piernas que para sí las quisiera alguna treintañera, sin una variz. Sí, no exagero, no es amor de hija, ella es así.
Y luego no solo está el físico, es que muchos ancianos están como amargados, siempre despotricando de estos tiempos, de la juventud. A veces pienso que sienten envidia de no ser ellos jóvenes ahora y que les da rabia haber tenido que pasar tantas privaciones. Pero de eso no somos culpables.
Sé que hay otros muchos que no son así, que disfrutan de los últimos años de vida, se cuidan, se divierten, sonríen. Me gusta cuando oigo a algún viejecito cantar ¿por qué la gente cuando se hace mayor deja de cantar? Yo tengo recuerdo muy nítidos de cuando era pequeña, mi madre siempre estaba canturreando cuando limpiaba por casa y eso era para mí una escena entrañable. Jamás deberíamos dejar de sonreir, cantar y soñar. Me pondré una nota en la nevera para que no se me olvide nunca hacerlo.
Y ahora me voy a la cama a soñar con un abrazo.
