Mea culpa

Soy un desastre y una despistada. No tengo perdón, no tengo. Lo admito. Resulta que el día 26 fue el santo de mi hija Anna, y... se me olvidó. Pasó todo el día y yo sin enterarme, hasta que a las nueve de la noche, por una miradita "asesina" de la niña, caí de repente en la cuenta. No es que pueda servir de disculpa, pero resulta que estoy (estaba, porque ya se terminan) de vacaciones, y claro, no sabía en que día me encontraba. Cuando trabajo, tengo la agenda (maldita agenda que acaba con la poca memoria que tengo), y además pongo como tropecientas veces al día la fecha en que me encuentro. Pero, claro, en casa, no sabía si era 24, 27 ó 30.
Y para colmo de males, se entera que puse un post para felicitar el santo a mi hermanita. Y claro, a la niña solo le faltó manifestarse con una pancarta que rezara así: "Quiero un post, quiero un post". Pues, vale, aqui lo tiene. Y ahora que se fastidie si no le gusta lo que digo de ella (en venganza por el mal rato que me hizo pasar).
De esta niña veinteañera he dicho ya muchas cosas. Es Escorpio, como su padre, y como él, igual de cabezota, así se lleva de mal con su progenitor, aunque en el fondo ella es la niña de sus ojos.
Es organizada, ya lo he dicho otras veces, tanto que los cajones de su escritorio o de las mesillas de su habitación, están ordenados al milímetro. No exagero. No puedes tocarle nada porque enseguida nota que no está en la posición exacta en que ella lo puso.
Es ahorrativa. En sus bolsillos el dinero se multiplica. En esto debe parecerse a mi hermana.
Es buena estudiante, es lo único bueno que debió sacar de su madre. Ha sacrificado este verano para sacar un curso que amplia su preparación.
Vamos, que la verdad, es que no tengo mucha queja de ella. Es un pelin pejiguera con eso del orden y la limpieza.
Como ejemplo os contaré que cuando era chiquitina, ibamos a veces a pasar el día en la montaña. Sus primos terminaban el día como albondigas rebozadas en tierra, ella, estaba impoluta igual que salió de casa. Y jugaba como ellos, pero con tal cuidado que no se manchaba. Siempre he creido que la suciedad huye de ella.
En fin, querida hija, felicidades por tu santo, aunque con un poco de retraso. Pero que conste, que regalos si tuviste (está todo el verano sacándome la pasta en "trapitos).
Y que te quiero mucho.
¿Estoy muerta?

Esta historia la escribí hace algunos años, y con ella os descubro mi secreto. Soy un espíritu. Un espíritu travieso y aburrido, que se divierte inventándose una vida. Pero, por favor, guardadme el secreto porque me andan buscando y si me encuentran, volveran a llevarme a aquel sitio tan aburrido, donde me pasaba el día (y la noche) bostezando. Confío en vosotros, no me seais chivatos. O me apareceré en vuestros sueños.
¡¡¡¡Ehhhhhhhhhhhhh!!! Pero ¿qué está pasando? ¿ésa de ahí soy yo?...no, no puede ser. Sí, soy yo … entonces ¿qué hago aquí mirando?. Dios mío, si es que me han pegado un tortazo con el coche, y ¿estoy muerta?. Ese cretino que sale del otro coche ha sido, pero si es un niñato de mierda ¡manda huevos!... se ha saltado el stop y me ha empotrado en la pared… esto es pa morirse. Ahí llega el Samu ¡a buenas horas!, sí, sí, vosotros tocad la sirena que a lo mejor llegáis a tiempo… si del golpe que me ha dado el imbécil ese me ha desnucao.
Me han llenado de tubos por todas partes, parezco un astronauta, igual no estoy muerta todavía, pero ¿por qué no siento nada? Y estoy tan tranquila como si esto no fuera conmigo, pero soy yo la que está en esa camilla. Claro, espera, se darán prisa para ver si pueden aprovechar mis órganos. Bueno, menos mal, en la cartera llevo el carnet de donante, espero que lo vean y si le piden autorización a mi marido, la dará, sabe que es lo que siempre he querido.
Sí, me han metido en un quirófano y están sacando todo lo aprovechable. Joder, que corazón más bonito tengo, está feo que yo lo diga, pero es verdad. Hummmmmmm, es una bonita sensación, como si no estuviese toda muerta, solo algún trocito, muchas partes de mí, en unas horas estarán viviendo en otras personas. Después de todo, sirvo para algo.
Madre mía, que guapa me han puesto. Lo del vestido malva ha sido idea de mi hija, sabe que me gusta mucho porque resalta el color miel de mis ojos … ¿seré idiota? si los tengo cerrados. Es igual, de todas formas me sienta muy bien y aquí se está cómoda.
Lo peor de todo esto es ver a la gente que quiero llorando por mí. Mis hijos están muy tristes, pero lo superarán, son fuertes y tienen toda una vida por delante. Mi marido, pobre, ¡menuda le espera! Él que ha vivido siempre tan tranquilo, ahora ocuparse de los niños, de la casa, del control de los gastos, del papeleo. Mi hermana le echará una mano, y espero que le saquen la pasta al seguro, es que no se me olvida ¿eh? después de 20 años conduciendo sin tener un accidente, viene un muchachito con coche nuevo haciendo el chulín, y … a hacer puñetas.
Mamá, no estés triste anda, si yo no me he enterado de nada, estoy bien, de verdad. Pobrecita, esto no se lo esperaba ella, pero ¿qué le vamos a hacer? así es la vida llena de sorpresas.
Je, me hace gracia esto, cuando una se muere todo son buenas palabras, hasta los que no te conocían dicen “que buena persona que era” “tan trabajadora” “simpática” “que buen corazón” …¡¡¡ayyyyyyy!!!, cuánta hipocresía hay en el mundo.
Y esta bruja ¿qué coño hace aquí? ¿se le habrá olvidado que quería tirarse a mi marido? la muy …...... Claro, tonta, a eso viene, ahora tiene el camino libre. Pues hija, ¡que te aproveche! ¡con tu pan te lo comas! Ahora a mi, como que me da igual, el pobre tendrá que consolarse. Ahora, eso sí, como se le ocurra hacerles a mis hijos la vida imposible, me presento aquí y la araño, la llevo conmigo de los pelos ¡faltaría más!.
Ya voyyyyyyyyy, ya voyyyyyyyyy, me están llamando. Yo pensé que se habían olvidado de mí y podría estar por aquí un poco más, con lo divertido que es esto de verlo todo sin que se enteren. Es como si fuera invisible. Tengo que irme, además no me apetece nada ver como me incineran, me da un poco de yuyu ¡que tonta! Espero que donde me llevan me dejen echarles un vistazo de vez en cuando y cuidarlos un poquito ¿no creen?.
A quien corresponda.

¡MIRA QUE ERES CANALLA! Esto no se hace a quien bien te quiere.
Y lo sabes.
El remordimiento no te dejará dormir. Luego no digas que no te avisé.
Me gustó su retrato

Señor:
Quizá tenga usted razón, no sé, no tengo memoria, pero seguramente en alguno de tantos y tantos escritos que tengo por ahí colgados hablé sobre los tulipanes azules. Es probable. En realidad ya le dije que no era ningún secreto inconfensable, ni tampoco sé el motivo exacto que hace que me sienta tan bien cuando alguien me los regala. Es una flor que siempre me gustó por su sencillez y elegancia. Y el color azul me da buenas vibraciones, así que la mezcla de ambos tiene un efecto fulminante en mi estado de ánimo.
Me gustaría saber dibujar para poder hacer un pequeño retrato, un esbozo, según las características físicas que usted me ha ido describiendo respecto a su persona. Pero como seguramente sabrá, ya que lo sabe casi todo, soy malísima en ese bello arte, y sólo conseguiría un garabato digno de una niña de cinco años.
Pero tengo gran imaginación, así que, con los datos que me proporciona, me hice una idea mental de cómo es usted: un hombre de estatura media, tirando a alto con su metro setenta y ocho de estatura, de complexión delgada, moreno, aunque algo canoso ya. No es calvo ni tiene entradas. Sin barba, perilla ni bigote. Nariz un poco larga y boca bien proporcionada, ni grande ni demasiado pequeña, según sus propias palabras, con labios algo carnosos. Muy bien se pinta usted ¿no será también algo presumido?.
Prosigamos, los ojos puedo imaginarlos mejor, ya que según su descripción se parecen a los míos: color miel, con alguna pincelada en pequeñas chispas, verdosas y amarillentas. No me explica como son sus manos, y créame que es una parte del cuerpo que me resulta fascinante y en la que siempre me fijo ¿Se da cuenta? No me conoce tan bien como cree, esto no lo sabía, de lo contrario estoy segura que me las hubiese descrito con pelos y señales. Le dejo la oportunidad de que lo haga en su próxima misiva. No se olvide. Es importante.
Me ha hecho mucha gracia lo del tatuaje: mi inicial y la suya enlazadas en la parte alta del cuello, detrás de su oreja derecha ¿No pretenderá que vaya mirando, descaradamente, detrás de la oreja, a todo hombre que se cruce en mi camino y que por su aspecto pueda parecerse a usted? Me tomarían por loca. ¿Hace mucho que se lo ha hecho tatuar? No me cuadra mucho con usted esta característica, o con la idea que me había hecho de hombre serio y algo chapado a la antigua.
¿Podría usted mandarme un dibujo? Conozco mi inicial pero no la suya y de esta forma podría hacerme una pequeña idea de lo que tengo que buscar para encontrarle. Si quiere que le encuentre... algún día.
Atentamente.
El Mago

Cuando las lágrimas surcan sus mejillas formando regueros en su triste rostro, y se le emborronan los ojos que quedan sin brillo... llega él, acerca sus cálidos labios y las bebe, una a una, despacio, sin prisas, hasta que no deja ninguna al olvido.
Cuando las palabras se atoran en su garganta en apretado nudo pretendiendo ahogarla... llega él, las atrapa con su blanco silencio y las pone en orden, sin que se apresuren, buscando su magia.
Cuando el aire, que es un inconstante, se niega a habitar sus pulmones y un puño de hierro le estrangula el pecho...llega él, le sopla en la boca su aliento de niño y el metal se funde. Como por encanto, los dedos se abren y sueltan su presa. Ahora respira.
Cuando la sangre, sin fuerza, camina despacio, cansada, aburrida y su corazón se queda arrugado como ese papel de regalo que ya no nos sirve... llega él, la estrecha en sus brazos, y el suave latido que canta en su pecho contagia su ritmo al que está muriendo, que crece y se inflama. Y lo resucita.
Es cosa de magia.
Pedazos de vida de una vieja puta (IX)

María Rosa era una niña con cara de ángel: su hermoso y suave cutis de piel casi transparente, sus grandes ojos azules, su melena rubia y una boca jugosa que ella mantenía siempre en eterna sonrisa. Todos en el pueblo la querían. María Rosa jamás hacía nada malo, era obediente, iba a misa todos los domingos, nunca se ensuciaba, como hacíamos los demás chiquillos del pueblo, se aplicaba en la escuela. La niña perfecta, ésa era María Rosa.
Aun recuerdo la última vez que la vi, para el entierro de mi madre. Hacía ya muchos años que yo me había marchado del pueblo y era la primera vez que volvía. Pensé que se lo debía a mi madre, no sé, era una forma de compensarla por no haber sido como ella esperaba o como yo pensaba que ella esperaba, porque en realidad jamás me dijo lo que pensaba de mí. Pero eso sí, volví con la cabeza bien alta, del brazo de D. Matías, mi maestro y amante, el hombre al que todo se lo debía. No hice caso a los cuchicheos ni a las miradas que despertábamos al pasar. Yo era entonces una “mujer de bandera” como se acostumbraba a decir en aquellos tiempos, vestida y maquillada según la moda de la ciudad, lo que llamaba la atención en aquel pequeño pueblo, y D. Matías, veinte años mayor que yo, me llevaba orgulloso a su lado. Nos queríamos, a nuestra manera.
Cuando terminamos de dar sepultura a mi madre en el diminuto cementerio, se acercó María Rosa. En un primer momento no la reconocí, sólo su voz seguía siendo la misma, aunque me hablaba con tal respeto que le faltó hacerlo de usted. Aparentaba diez años más de los que tendría en realidad y le sobraban treinta quilos. Sus ojos habían perdido todo su brillo y parecían muertos, sin vida. Una pequeña luz apareció por un instante, cuando nos abrazamos, y al sonreírme me di cuenta que le faltaban algunos dientes. Su hermoso cutis estaba quemado por el sol y plagado de arrugas y manchas. Y el cabello ¡qué pena, Señor! estaba mal cortado y reseco como la paja. Al abrazarnos, no pudimos reprimir las lágrimas. Todos pensaron que eran por el dolor de la muerte de mi madre, pero no, yo lloraba por aquella hermosa niña que aun conservaba en la memoria. Y posiblemente, ella lo hacía por el mismo motivo.
Fuimos paseando hacia el pueblo y me contó que sus padres le buscaron marido, un buen partido decían, tenía algunas tierras y una casa, y no todos podían decir lo mismo. Pero aquel hombre, que además era putero y borracho, le hacía un hijo cada año, hasta cinco parió María Rosa. Después del quinto, y debido a una enfermedad infecciosa que el cabrón de su marido le había contagiado, tuvieron que operarla de sus partes y quedó ya estéril. Aún podía dar gracias, la pobre, de que pudieron curarla y quitarse el peligro de quedarse preñada, o hubiera seguido pariendo como una coneja, hasta morir en algún mal parto.
Mi gran amistad con María Rosa fue algo casual. Aunque ella era dos años mayor que yo, íbamos juntas a la escuela. Entonces no era como ahora que van separados por edades, en aquel pueblucho sólo había una escuela a la que acudíamos los niños desde los seis años hasta los catorce, eso quien aguantaba hasta llegar ahí. Una mayoría desaparecían a los doce para ponerse a trabajar, o incluso antes.
Yo no tenía demasiada relación con los demás niños, cuando acababan las clases volvía a casa y al estar alejada del pueblo, no compartía los juegos en la calle como ellos. Sólo los domingos después de misa, mi padre me dejaba pasear un poco por la calle Mayor o jugar con las niñas hasta la hora de comer.
Aquel verano estaba siendo más caluroso de lo que era habitual. Hacía unos días que habían terminado las clases y era la hora de la siesta, cuando todo en la casa era puro silencio, roto tan solo por el canto monótono de alguna cigarra. Debajo de la escalera que subía desde la cocina al piso de arriba, había un armario que mi madre había dejado para mis cosas: mis juguetes de niña, las cosas del colegio, algunos libros. En la puerta había una pequeña ventana tapada con una rejilla de ésas de alambre, como las de las fresqueras, que dejaba pasar el aire. Ese armario era mi escondite preferido. Me metía allí cuando no quería hacer ya más recados, para quitarme de en medio, así si mi madre no me veía, no me mandaría nada. Y, otras veces, allí escondida, me enteraba de algunas conversaciones de los mayores.
Estaba allí dentro, sentada en una pequeña silla y medio adormilada, cuando me despertó una voz de niña llamando a mi madre. Miré a través de la rejilla y vi que era María Rosa. ¿Qué querría a esas horas? Su madre era tan inoportuna que seguro había sido capaz de mandarla a algún recado con aquel sol de justicia y cuando en todas las cosas se aprovechaba que era imposible salir a la calle, para descansar un rato. Mi madre igual se había echado un poco encima de la cama y si seguía con su “señora Pilar, señora Pilar” la iba a despertar, así que entreabrí la puerta y la llamé. Ella, al principio, miraba hacia todos lados, sin saber de donde provenía aquella voz que pronunciaba su nombre, hasta que por fin me vio y se dirigió hacía mi. Le hice seña, poniéndome el dedo índice sobre los labios, para que guardase silencio, mientras la atraía dentro del armario.
Se demoró esta vez

Señor:
Está bien que haga usted caso a mis peticiones, eso me enorgullece. Pero no lo haga tan al pie de la letra. Diez días, diez, ha tardado en enviarme su quinta misiva. Y, créame que ya empezaba a preocuparme.
No debería decirle esto, porque pudiera darle alas, pero me pierde la sinceridad. No puedo encerrar la verdad, vestirla de indiferencia, mientras me muerdo las uñas de impaciencia.
Su última carta me ha gustado mucho, y la tensa espera, mereció la pena. Esas pinceladas sobre su infancia, algo triste y extraña, me llegaron al alma. Y su adolescencia de joven siempre ilusionado en amores imposibles, es digna de protagonizar una de esas novelas de corte romántico, con pasiones prohibidas y estremecedores finales. Me está viniendo ahora a la cabeza: ¿no querrá conquistarme apelando a mi buen corazón? Que dicho sea de paso, usted sabe que es mi punto débil.
Y también me gustó su regalo ¿por qué me envía tulipanes azules? ¿cómo sabe que me hacen sentir algo que ni yo misma sé explicar? He pensado y pensado, y de algo estoy segura: nadie, ni la persona con la que más intimidad tengo, nadie, sabe lo que me sucede con estas flores. No es que sea un secreto inconfensable, pero hasta ahora era un secreto, algo que por una razón desconocida jamás he revelado.
Me dice usted que ha intentado olvidarme, borrarme de su vida, enamorarse de otra, y que no pudo ser. Y que, de momento, se conforma con esta correspondencia nuestra, y con soñarme, pero sin renunciar a que algún día pueda hacer realidad esos sueños fantásticos, llenos de amor, pasión y gozos. Que cuando en la mañana se despierta no sabe a ciencia cierta si fueron ilusiones o si yo le visité en la noche, amparada en la oscuridad y me hice la dueña de su lecho. Y de su cuerpo. Que siente mis caricias y mis besos, mi piel ardiendo y hasta mis gemidos. Que amanece sudoroso y abrazado a la almohada y que llora en silencio por mi ausencia. Que olfatea como un perro buscando mi aroma. Y no huele nada.
Y yo, de un tiempo a esta parte, me sorprendo observando a cualquiera que llama mi atención cuando salgo a la calle, intentado adivinar si puede ser usted ese hombre que cruza su mirada con la mía, o el otro que me mira de reojo, o aquel que dibuja una sonrisa y me da los buenos días.
Y pienso... ¿me estaré ablandando? Pero no se sienta usted seguro y no lance al vuelo las campanas, porque suelo ser algo traviesa, coqueta y cruel a veces. Ármese de paciencia y persevere, lo está haciendo muy bien... hasta el momento.
Atentamente.
Felicidades... Carmen

Estoy últimamente en plan dedicatoria. No me lo tengáis en cuenta.
Carmen es mi hermana pequeña, sólo tres años nos diferencian, y el sábado pasado fue su santo. Por desgracia, también es el aniversario de la muerte de mi padre, hace nueve años ya, por lo que la celebración coge un cierto tinte de tristeza.
Ella es mi más fiel lectora y además de un regalo material, he pensado que le gustará que le dedique un post. Será una sorpresa cuando entre a leer, que sé que lo hace. Es una devoradora de todas las letras que caen sus manos, y también lee los blogs que yo tengo enlazados y después cotilleamos y os ponemos verdes. No, no os lo creáis, es una broma, le encantan... como a mí.
Bueno, pues mi hermana es chiquitita de estatura, pero una gran mujer. Es totalmente distinta a mi. Tiene una memoria de elefante, recuerda todos los libros que ha leído, sus autores, las películas que ha visto, los nombres de cualquier medicina, los santos, cumpleaños y aniversarios de toda la familia... lo recuerda todo. Además es ordenada y organizada (como yo, vamos).
Desde chiquitinas siempre hemos dormido juntas. Pues bien, cuando éramos jovencitas, aquí Des llegaba a casa por la noche y dejaba la ropa desperdigada por toda la habitación, y por la mañana para ir a estudiar, o años más tarde a trabajar, se probaba cuatrocientos modelitos y los iba dejando encima de las sillas. Ella no. De ninguna manera. Ella, ya podían ser las cinco de la mañana, que guardaba toda la ropa cuidadosamente. Su parte del armario era una gozada. La mía, un desastre.
Y ahorrativa, multiplica el dinero, la tía. Pero no es tacaña, es ahorrativa para ella. Sin embargo es espléndida y generosa para los demás. Siempre tiene un regalo, pequeño o grande, para todos. Es ella la que me recuerda: “Nena, tal día es el cumpleaños de mamá ¿qué le compramos?”. Pero fijaros si le gusta ahorrar que siempre recordaré un día que nos fuimos de compras, ella, una prima de nuestra edad, y yo. Éramos jovencitas. Mi prima y yo tenemos agujeros en las manos, los euros (antes las pesetas) se nos van como el agua, nos encanta comprar, no podemos evitarlo. Pues bien, anduvimos toda la tarde, la otra y yo gastando, y mi querida hermana a todo le encontraba pegas. Cuando a las 8 de la noche nos íbamos a casa, la tía no se había comprado absolutamente nada. La obligamos a comprarse un miserable “pin” que costaba 25 pesetas, para que se llevase algo al menos y no quedásemos nosotras como unas “derrochonas”.
Es muy organizada, así que lo que más le fastidia es que le estropees sus planes. Reguiña y se cabrea, pero luego se le pasa. Es inteligente, trabajadora y tiene un genio increíble, que parece mentira que tenga sitio en un cuerpo tan pequeño, pero con los años se ha ido amansando.
Así que ya veis, no podemos ser más distintas, pero nos entendemos muy bien y nos echamos una mano cuando hace falta. Y la quiero.
Felicidades, querida hermanita.
Al amigo que yo más quiero

No sé por qué me resulta tan difícil expresar con las palabras justas y acertadas lo que significas para mí. Es difícil.
Rebusco en mi mente, acudo al diccionario, le doy vueltas y vueltas a la idea, pero nada, nada de lo que se me ocurre me parece adecuado.
Y es que es muy complicado dejar en un papel o en la pantalla escritos, los distintos estados de ánimo que me provocas. Lo que siento.
Puedo inventar historias (o eso dicen algunos) poner en boca de sus protagonistas bellas frases: hirientes, crueles, amorosas, odiosas, románticas, placenteras, eróticas, tristes o nostálgicas. Si son creíbles o no, ya es otra historia.
Pero tú eres tan especial, tan complicado a veces, que cuando creo tener claras las cosas, vienes tú y me las descolocas. Y lo malo es, que no puedo enfadarme. En el primer momento me entra tremenda rabia, maldigo y me cabreo, y ando todo el día malhumorada. Y me digo que eres un bicho raro, y que no hay quien te entienda, y que no sé por qué narices te hago caso, y que no me importa, para nada, lo que pienses, y que eres un cabezota que siempre quiere tener razón, y...
Van pasando las horas y mis ánimos se calman, mi enfado se modera.
Porque pesa más el cariño que te tengo.
Porque te echo de menos.
Porque sé que si te necesito, siempre me respondes.
Porque hago mías tu angustia o tus tristezas.
Porque me alegro si tú estás contento.
Porque me animas o me vapuleas, según lo que precise en cada instante.
Porque tú eres así, y así te quiero.
LO QUE SIENTO POR TI (IDEA VILARIÑO)
Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.
Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.
Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.
Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.
Apuntes... (a petición de Ledis)

Bueno, querida Ledis, como ves me dispongo a satisfacer tu curiosidad sobre mi historia, que no tiene nada de especial, por otra parte.
Nací un 1 de Abril (tomad nota para felicitarme al menos, aunque acepto algún regalito), de un año cualquiera. No es que me fastidie confesar mi edad, pero tampoco os lo voy a poner tan fácil. Diré que paso de cuarenta y aun no llegué a los cincuenta, pero no los aparento (es lo que dicen todos, pero en este caso es absolutamente cierto). Como mi fecha de nacimiento indica: soy Aries, lo que se traduce en: cabezota, impulsiva, algo mandona (mi familia dice que mucho), tenaz, apasionada, y creo que con buen corazón (una joyita, vamos).
Este importante evento (el de mi nacimiento) sucedió en una pequeña aldea del principado de Asturias. No fue por casualidad, es que todos mis ancestros son nativos de aquellas tierras, en vez de sangre, por sus venas corre la “sidra” en abundancia. Mi padre era un joven y rubio minero (de las minas de carbón), el que hacía cuarto o quinto entre nueve hermanos y hermanas. Y mi madre, una hermosa joven, lista y hacendosa, que era la penúltima entre trece. Es que los matrimonios de entonces no tenían otro entretenimiento y ¿cuál mejor que hacer niños?.
Cuando yo vine al mundo, ya tenía una hermana de cinco añitos, a la que creo no le hizo mucha gracia que apareciese yo y le quitase el protagonismo. Pero no tuvo más remedio que aguantarse y como yo era una niña regordeta y llena de encanto (es verdad, no os riáis) pues acabó queriéndome.
Mi padre se quedó huérfano (de padre y madre) siendo un crío y su hermano mayor se tuvo que hacer cargo de todos ellos. Él fue el primero que emigró a Valencia (estuvo aquí en tiempo de guerra) y, poco a poco, se fue trayendo a algunos de sus hermanos.
Así fue como a la edad de dos añitos me vi en la capital del Rio Túria, la ciudad de las mujeres hermosas y los naranjos en flor. Mi padre encontró trabajo en una fábrica metalúrgica y mi madre se dedicó a “sus labores” como ponía antes en el D.N.I.
Al poco tiempo nació mi hermana pequeña, ésta ya es valenciana, y yo me quedé en el medio de las dos. Pero no, por ser la mediana no me sentí desplazada, armaba tanto ruido que no pudieron relegarme a un segundo plano.
Aun viviendo aquí, y como era muy buena estudiante, mis padres me mandaban todos los años, en cuanto terminaba el cole, a pasar el verano con mi abuela y toda la “recua” de primos y tíos desperdigados por toda Asturias. No os lo creeréis, pero un día los conté y tengo cincuenta primos hermanos. Mis hijos me envidian, ellos sólo tienen cuatro. Y es que la vida ha cambiado mucho.
Pasaron los años y me enamoré. Y esta vez (la definitiva) me cazaron, y me casaron. El afortunado (que se lo digan a él) es valenciano, así como todos sus antepasados. De esta unión nacieron dos hijos de los que ya he hablado en alguna ocasión: una mujercita preciosa que por su aspecto más bien parece rusa o sueca o yo que sé (que conste que la hicimos nosotros, pero la fábrica es de alta calidad y tecnología sin igual), que pronto cumplirá 20 hermosos años, y un enano travieso que nació hace diez años, para gozo y disfrute de sus atribulados papás.
Y eso es to, eso es to, eso es todo amigos (de momento).
Un cuento... a Pablo

Un cuento... a Pablo
Una ráfaga de aire la despertó de su letargo y la llevó en volandas, zarandeándola sin miramiento alguno. Se posaba un instante en las rocas y volaba de nuevo. Era bonito y apasionante dejarse llevar por el viento. Sólo temía ir a caer en el agua, aquella inmensidad azul y salada que se la tragaría para siempre.
Un fuerte soplo marino la elevó muy alto, tanto que sintió un tremendo vértigo, hasta que con la misma fuerza la dejó caer en un pequeño promontorio. Permaneció inmóvil y expectante esperando que otro arrebato de ese inconstante Eolo la elevara otra vez hacia las nubes. Pero, incomprensiblemente, el viento se había calmado y sólo se oía, allí arriba, el chillido agudo de las gaviotas.
Entonces se dio cuenta que estaba custodiada a ambos lados por un par de grandes pies, descalzos y manchados de arena, que permanecían inmóviles. El dueño de aquel par de pies era un hombre grande, imponente, que sentado en una roca, mantenía su rostro medio escondido entre las manos. Daba un poco de miedo mirarle, no tanto por su aspecto físico como por los negros pensamientos que ella veía cruzar por su mente. Ese hombre sufría y se debatía entre el dolor, la impotencia, la rabia y el miedo.
El hombre apartó las manos que ocultaban su cara y se fijó en la hoja de papel blanco que el viento había traído hasta sus pies. La cogió y se quedó mirándola, preguntándose cómo podía estar tan limpia, inmaculada. Pensó en hacer con ella un pequeño barco y dejar que las olas lo envolviesen. La hoja tembló entre sus dedos. Y se dijo que no, era un papel precioso, de textura suave y perfecta. No, la doblaría y se la llevaría a casa. Pero siguió acariciándola con sus grandes manos. Y mirándola. No podía apartar sus ojos de aquella blancura.
La hoja de papel sintió los ojos del hombre clavados en ella. Y deseó que no dejase de mirarla. En sus pupilas se reflejaban todos los sentimientos que llevaba guardados dentro de sí y que él luchaba por reprimir para que nadie pudiera verlos.
El hombre rebuscó en los bolsillos del pantalón. Estaban vacíos. Miró a su alrededor y descubrió una pluma de gaviota que las olas habían traído hasta él. Aun estaba húmeda. Y sin saber muy bien lo que hacía, empezó a escribir.
Para su sorpresa, la pequeña pluma empezó a soltar un líquido azul, del color del mar y las letras se iban dibujando, enlazándose unas a otras, en un baile perfecto y armonioso. La hoja de papel estaba feliz, le gustaban las caricias de aquella pluma y las palabras que el hombre iba escribiendo sobre ella. Eran como suaves cosquillas. Ya no era virgen, alguien se estaba vaciando en su blancura perfecta y la llenaba de sentimientos. Y no podía haber encontrado mejor dueño.
El hombre escribía y escribía, volcándose por completo en aquella hoja que parecía no tener fin. El papel y él crecían a un tiempo. De repente, se había olvidado de todos sus negros pensamientos, y montones de historias se agolpaban en la punta de sus dedos queriendo salir, empujándose unas a otras, queriendo ocupar un lugar preferente en su mente. Sintió que creaba vida, que aquellos seres llenos de defectos, virtudes y sentimientos de muy diversa índole que él inventaba eran obra suya, que podía hacer sentir a otros lo que él sentía, que podía volar lejos, multiplicarse en distintas personalidades. Se sintió Dios.
Mientras, sin darse cuenta, una lágrima escapó de su ojo derecho y fue a caer en la hoja de papel.
Y ella supo que esa gota salada era el corazón que la haría vivir para siempre.
Vacaciones/El pajar
Estoy de vacaciones, en casa, pero de vacaciones. Y es que este año, mi contrario y yo no hemos coincidido (ni en eso nos ponemos de acuerdo), no, no hablo en serio, son cosas del trabajo que a veces vienen así.
Hay que ver los primeros días cómo cuesta cambiar el "chip". De repente das un bote en la cama:" ¡Joder! que llego tarde al curro". Y entonces te das cuenta, que no, que no tienes que ir al curro. Y aunque no te duermas, te vuelves a tirar en la cama a disfrutar de un día sin prisas. Al cabo de una semana, ya cuesta distinguir en que día te encuentras, da igual que sea lunes, viernes y domingo ¡qué maravilla!.
Me estoy dedicando a hacer lo que me apetece, voy a la playa, me recorro los mercadillos de la zona. Esta actividad me encanta y solo puedo darme el gusto en verano. Aqui, en Valencia, en casi todos los pueblos tienen un día de mercado, con sus tenderetes donde encuentras de todo lo que se te ocurra. Me gusta bucear entre montones de trapos y encontrar algún tesoro escondido.
También escribo, leo los libros que tengo pendientes esperando su turno, disfruto a ratos del enano, que se va pronto de campamento (y menos mal, porque hay días que temo cometer un infanticidio). Y sobre todo, disfruto haciendo las cosas con tranquilidad, o no haciéndolas, sencillamente.
Mi madre, la muy golfa (con perdón), se ha largado dos meses a Asturias, así por las buenas. A punto he estado de largarme una semanita por lo menos, pero me ha dao pena del contrario, aunque pensándolo bien, igual se lo pasaba bien y todo descansando un poco de mí. Pues no me voy ¡que se joda!.
Eso me ha recordado la cantidad de veranos pasados allí, suelta por aquellos montes como un animalillo salvaje. Y me he acordado de un relato que escribí en homenaje a una pareja de ancianos.
Los diálogos están escritos en "bable" pero no el auténtico, sino el que yo escuchaba hablar cuando iba allí, así que lo escribí de oido, conforme me sonaban las palabras. No es dificil de entender, espero, pero es que si lo cambio a castellano, pierde su gracia.
EL PAJAR

-Toi pensando…- dice Angel
Y su mirada persigue al sol, que se esconde tras la montaña en un atardecer sereno y silencioso. Él permanece sentado a caballo, en su silla de esparto, a la puerta de casa. Disfruta de ese momento mientras fuma un "pitu"*, de los de siempre, sin filtro.
-Miedo te tengo, cuando te da por facer eses coses- contesta su mujer burlona, sin dejar de pelar las patatas para la cena.
Está preparando un buen "pisto"* con pimientos y tomates. Todo de la huerta. A sus hijos les gusta su forma de cocinar, con carbón, a fuego lento. Mientras estén allí, comerán sano y no esas porquerías de la ciudad, que vienen ya cocinadas y las calientan en cinco minutos.
-¡Ay! Elisa, que mala yés- la mira sonriente- Toi pensando en el payar.
-¿En cual payar? ¿Ties mieu que caiga algún guajin*? Ta Fernando con ellos, nun pases pena, que no hay peligru.
Han pasado este precioso día de verano en los prados, recogiendo la hierba que segaron hace unos días, junto a sus hijos y nietos. Ellos viven lejos, en Francia, pero todos los veranos pasan alguna temporada en el pequeño pueblo asturiano que les vio nacer. Subieron temprano, unos andando; a caballo, otros, porque en aquellos senderos estrechos y empinados los coches no sirven de nada. El trabajo es duro y Ángel está envejeciendo, aunque él no quiera reconocerlo, así que algunos vecinos les echaron una mano. Las mujeres se encargaron de la comida y vigilar a los niños, que disfrutaron de lo lindo. Cuando el trabajo estuvo terminado, cargaron los caballos y llevaron la hierba al pajar, donde los más pequeños están saltando como locos, para "calcarla"*.
-Que no muyer, que no…- responde Ángel- en el payar de tu padre ¿acuerdes-te?
-Claro que m'acuerdo del payar de padre, pero ¿a qué vien acordarse ahora? Nun t'entiendo, Ángel.
-Vino-me a la cabeza la primera vez que fuimos allá, tú y yo, solinos, a escondies, era una tarde de agosto, igualina qu'esta.
-¡Ay, madre! Tu t'has faciéndote vieyu. ¿Y ahora? ¿Qué te dio?
-Nà, Elisa ¿qué me va a dar? Que m’acordé. ¡Qué torpe fui! Era un chavalin y tontu, pa más inri. Y locu por ti. No se me olvidará mientras viva: aquellos pechinos pequeños, los muslos blanquísimos y el olor a manzana ¿por qué me hueles siempre a manzanes, Elisa?
Ella ha dejado por un momento lo que está haciendo y mira a su marido, extrañada y complacida a un tiempo. Siempre pensó que él no se acordaba de estas cosas. Ha sido un buen esposo y padre, pero muy serio y de pocas palabras.
-Será porque guardo manzanes entre la ropa, como facía madre - le contesta, mientras vuelve a su tarea.
-Acabé tan rápidu, que n'un t'enteraste de ná. No sé como quisiste seguir conmigo.
-¡Dios mío de mi vida! Tú no tás bien, Àngel. ¡Mira con que me salió ahora!. Calla, anda, calla, dame vergüenza hablar d’eso, parez mentira.
-Bueno, bueno, ahora, después de tantos años ¿date vergüenza? Pues luego, de casaos, si que supiste enseña-me. ¿Ya no t'acuerdes la noche que me cogiste la mano y la pusiste entre les piernes? No hablaste, no, pero bien que te hiciste entender.
-¿Bebiste munchu vinu en el prau? Porque t'as muy hablador. En tantos años casaos, nunca me hablaste de todo eso.
-Sí, ties razón, pero hoy tengo ganes de decírtelo. Será que toi vieyu y tengo mieu morrer sin que lo sepas. Elisa, desde esa noche, supe que dormía con una muyer de verdá y que me quería a mí. ¿Sabes que no miré nunca a ninguna otra?
-Ahora, toi viendo una corona de santín encima de tu cabeza. Anda, anda, que bien se os iban a tos los güeyos tras de Mercedines cuando pasaba pa la fuente, con esos andares de emperadora que me traía. Se os caía la baba en la puerta del salón.
-Bien sabes tú que los hombres somos muy tontos, y una madre soltera, de buen ver, y en aquellos años, daba mucho que hablar y que pensar.
-Sí, la mitá pensábais que iba al payar con el primero que se le pusiera delante. ¡Ay! Que equivocaos estábais.
-Tiés razón, Elisa. Y yo la miraba como facien tos, porque sino ya sabes lo que pasa, igual dicen que soy maricón. Pero, te juro por lo más sagrao que nunca pensé en ella ni en ninguna otra, porque sabía que tenía en casa la mejor hembra del mundo.
Elisa se siente orgullosa al oír las palabras de su marido. Siempre supo que él la amaba, desde antes de aquel primer día en el pajar, casi desde niños, cuando la timidez les hacía rehuir sus miradas y teñía de rubor sus mejillas.
-¿Por qué no me lo dijiste alguna vez?
-¿Pa qué? Ya sabes que me dan apuro eses coses. Soy de poques palabres. Pero tú sabies-lo muy bien. Y más d’unu, te tiraba los tejos, que a Manolín tuve que parai los pies.
-¿Quién te dijo a ti lo de Manolín?
-Nun facía falta que me lo dijera naide, siempre tuve pendiente de ti, sin que te dieras cuenta. Elisa… ¿fuiste feliz conmigo?
-Soy feliz contigo, Ángel. Y si vuelvo a nacer, ten por seguro que te busco otra vez. Y… déjate de tonteríes que oscureció y tovia tengo la cena a medio facer.
Las risas de los pequeños llegan amortiguadas hasta ellos. Sus hijos se acercan por el camino, vienen charlando felices de su paseo por el pueblo. Ángel mira a su mujer y contempla a una joven de cabello rubio, ojos azules y mejillas sonrosadas, que le sonríe devolviéndole la mirada. En su pupilas se refleja la imagen de un muchacho pecoso y desgarbado con el cabello rojizo y ojos enamorados.
• “pitu”: cigarrillo liado a mano, con papel de fumar.
• “pisto”: patatas, pimientos, cebolla, tomate y chorizo, todo frito como una especie de tortilla, sin huevo.
• “calcar la hierba”: saltar encima para aplastarla y hacer más espacio.
• “guajin”: niño.
Si algún asturiano lo lee, pido perdón por los innumerables errores en un lenguaje tan bello como el "bable".
Señor, no se impaciente.

Señor:
Ya vamos por la cuarta y veo que no se cansa. Sí, perdone la demora en responderle, pero es usted tan rápido. Es que ¿no hace otra cosa que escribirme? Pues sepa que yo tengo otras ocupaciones y no puedo estar pendiente de sus cartas. Así que tendrá que esperar pacientemente y ni se le ocurra atosigarme, no sea que me canse y ya no le conteste.
No, no es una amenaza, es que yo no soporto que me insistan a hacer lo que no quiero o me apetece. Y eso debería usted saberlo, ya que se jacta de conocerme tanto, pero estoy viendo que no, que aun hay muchas cosas que por suerte desconoce. Unas quizá se las confiese, si es mi gusto, pero otras tendrá que adivinarlas... si es que quiere.
Con esta carta me hizo usted sonreír, cosa que le agradezco. Y es que no se puede ser más engreído y vanidoso. Y no se enfade que no es ningún insulto. Pero ¿cómo se puede asegurar del modo en que lo hace, que yo acabaré queriéndole? Que pensaré en usted de día y de noche, que desearé estar siempre a su lado, que soñaré con sus caricias y sus besos, que le amaré eternamente.
No es que yo piense que eso es imposible, nada hay imposible en esta vida, pero usted ¿se ha dado cuenta de lo que me dice? No creo en el amor etéreo, en el ciber amor, ahora tan de moda, en el amor platónico que sólo se alimenta de sueños e ilusiones.
El amor, conforme yo lo siento, tiene que estar compuesto de cariño, ternura, entendimiento, pasión, una pizca de odio, y mucho de deseo. Y algunos ingredientes más que ahora no recuerdo. Tiene que existir una corriente eléctrica que atraiga nuestras pieles, y que al encontrarse se ericen, y se enciendan como antorchas hasta abrasarse en su propio fuego. Y eso no puede suceder, si no nos conocemos. Y en caso que ocurriese, eternamente... es mucho, demasiado.
Hay algo que le honra, y es que por fin confiese, que “nuestros” encuentros que en sus misivas precedentes me recordaba con todo lujo de detalles, eran imaginarios. Que son sueños que inventa en sus noches de insomnio y de desvelo. Una vez más, tengo que reconocer que narra usted muy bien esas historias plenas de erotismo, hasta tal punto que parecen ciertas.
Le agradezco el poema que me envía con su carta, aún cuando no sea de su autoría. Me gusta que me lo haya dicho, pues no lo conocía, y algunos “listillos” se aprovechan y se apropian de letras que no les corresponden. Y eso no está ni medio bien. Como sé que no le importa, es más le gustará, estoy segura, pues lo transcribo. No me acostumbre mal, tantos regalos no sé dónde meterlos y yo no tengo con qué agasajarle, tendrá que conformarse con que le conteste.
¡Uy! Esto último me sonó un poco egoísta, pero ya está dicho. Tampoco viene mal que se de usted cuenta que no soy tan perfecta como me imagina. Es un favor que le hago abriéndole los ojos. No, no me dé las gracias. Y espere algunos días, no me acribille con tanta misiva.
Y si quiere hacerlo, ármese de paciencia, caballero, que le contestaré cuando a mí me plazca.
Atentamente
UN SUEÑO (MANUEL ACUÑA)
¿Quieres oír un sueño?...
Pues anoche
vi la brisa fugaz de la espesura
que al rozar con el broche
de un lirio que se alzaba en la pradera
grabó sobre él un "beso",
perdiéndose después rauda y ligera
de la enramada entre el follaje espeso.
Este es mi sueño todo,
y si entenderlo quieres, niña bella,
une tus labios en los labios míos
y sabrás quién es "él" y quien es "ella".
Pensamientos

Pensamientos
Pensaba en él cada minuto de su vida, siempre.
Pensaba en él incluso si dormía.
Pensaba qué estaría él pensando y si en ella pensaría algún día. Un solo instante de algún día.
Pensaba si estaría dormido o quizá soñando. Si estaría feliz o sufriría.
Pensaba, sin querer pensarlo, que pudiera estar abrazado a otro cuerpo y posiblemente así sería.
Pensaba que debería dejar de pensarlo, pero no podía.
Aquel día encontró en el periódico un anuncio extraño. Prometían borrar los pensamientos que uno no quería. Era sencillo, barato e indoloro, o eso era al menos lo que prometían. Así que decidió ir a informarse, total nada perdía. Todo en aquel sitio era de un blanco luminoso, hasta los rostros sonrientes que la recibieron. Eran blancas máscaras, con bocas rojas pintadas en eterna sonrisa. Pasó a una habitación y se quedó dormida.
Andaba por la calle de regreso a casa. Iba ligera, como cuando una se libera de un gran peso. El viento jugaba con el vuelo de su falda que parecía querer alzarla en vilo y despegar sus sandalias del ardiente asfalto.
Entonces se dio cuenta que extrañaba algo. No sabía a ciencia cierta qué era lo que le faltaba. Y se vio sola entre aquella multitud extraña, que pasaba por su lado acuciada por la prisa. Y el pensamiento de alguien se posó un momento en su memoria Sólo fue un instante y desapareció. Al pasar por un escaparate se fijó en el reflejo que el cristal le devolvía.
Un rostro blanco pintado con eterna sonrisa. Roja, del color de la sangre.
PENSAMIENTO DE AMOR (JOSÉ HIERRO)
Dejé un instante de pensarte. Había
sucedido algo en ti cuando volviste.
Venías más nostálgico, más triste,
seco tu sol que iluminó mi día.
Alguien -sé quién- que yo no conocía,
alguien que calza sueños de oro, y viste
almas dolientes, te pensó. Caíste
al pozo donde muere la alegría.
¿Por qué fuiste pensado, malherido,
pensamiento de amor? ¿Cómo han podido
pasarte el corazón de parte a parte?
¿Por qué volviste a mí, sufriendo, a herirme?
¿No recuerdas que tengo que ser firme?
¿Es que no ves que tengo que matarte?
Pedazos de vida de una vieja puta (VIII)

Me levanté de la cama y, procurando no hacer ruido, me acerqué a la puerta entreabierta de su habitación. Mi padre ya estaba en calzoncillos y mi madre, de espaldas a él y frente al pequeño espejo de la cómoda, se quitaba los pendientes y dejaba suelto el pelo que llevaba recogido en un moño.
- No te vuelvas a poner ese vestido ¿me oyes? Nunca más. Por tu culpa seré el hazmerreír de todo el pueblo.
- ¿Por mi culpa? Sí, la culpa es mía... por casarme con un pelele miserable. ¿Tanto te costaba decir que no cuando ese cerdo de Anselmo Morales quiso bailar conmigo? ¿Tanto miedo le tienes a ese cabrón?.
Mi padre, furioso, se levantó de un salto de la cama y se lanzó sobre ella.
- Y tu ¿tenías que dejar que te apretujase contra él? Eres una zorra. ¡Quítate ese vestido! O te lo quitaré yo por la fuerza.
Al mismo tiempo que gritaba, le arrancaba de cuajo los botones del vestido con una rabia que yo no le había conocido jamás. En los ojos de mi madre se veía reflejada la ira, pero al mismo tiempo un brillo de triunfo, una expresión que yo no sabía muy bien como interpretar. Su pecho se elevaba jadeante, mientras mi padre la desnudaba con ansia.
- Eres una ramera, una cualquiera. Disfrutaste encabritando al amo, disfrutaste ¡Dílo, confiésalo! Me mirabas, me mirabas, mientras ese hijo de puta te apretaba contra él. ¿La tenía dura? ¡contesta! ¿la tenía dura? Ahora vas a saber lo que es una polla dura.
Pero no la dejaba hablar porque le mordía la boca sin dejarla respirar, ni sé si ella tenía algo que decir. Mientras, con sus manos callosas le amasaba y apretujaba las tetas. Luego, de un empujón, la tiró encima de la cama. Yo estaba algo asustada, no sabía si intervenir, pero algo en mi interior me mantenía inmóvil y expectante.
Rápidamente le quitó las bragas y se deshizo él de su ropa interior. Le dio la vuelta, poniéndola a cuatro patas sobre la cama y de una fuerte embestida se la metió dentro. La empujaba con fuertes golpes hacia él, aferrado a sus tetas bamboleantes, al tiempo que roncos gemidos entremezclados con insultos, escapaban de su garganta. Mi madre abría la boca como si le faltase la respiración. Apoyó uno de sus hombros en la cama, y se llevó la mano entre las piernas, mientras el ritmo de ambos se aceleraba y los testículos colgantes de mi padre chocaban fuertemente contra sus nalgas. De pronto, un último empujón de él junto con un fuerte bramido, como el de un animal, los dejó a los dos inmóviles y exhaustos. Sus respiraciones empezaron, poco a poco, a serenarse, y yo volví cautelosamente a mi habitación.
No podía dormir, me daba cuenta que esta vez no había sido como las otras en las que había visto follar a mis padres. Estaban enfadados, discutiendo, insultándose, y sin embargo, tenía la impresión que había visto el deseo reflejado en sus ojos. ¡Qué extraños son los adultos! pensé, pero yo misma me había sentido excitada al presenciar esa escena. Sentía en mi coño mojado un extraño palpitar, unas ganas enormes de tocarme ese punto escondido que me hacía temblar las piernas cuando, como si hubiera sido atravesada por un rayo, algo se expandía por todo mi cuerpo.
Recordaba la primera vez que lo había hecho y cómo me asusté. Pensé que Dios me había castigado por eso y que moriría sin remedio, tanto era el miedo al pecado que nos inculcaban en la iglesia. Juré y juré que nunca más volvería hacerlo. Prometí, mirando al cielo que si Él se olvidaba de lo que había hecho, sería la mejor niña del mundo, haría cualquier sacrificio, me metería a monja si era preciso. Pasaron unos días y me di cuenta que nada ocurría, si eso era un pecado mortal como decía el señor cura, allá arriba no se habían enterado, y volví a hacerlo. Y luego pensé que si me hacía sentir tan bien, si aquello me proporcionaba ese enorme y extraño placer, no podía ser tan malo.
Unos años más tarde, con mi mejor amiga María Rosa, descubrí el placer de la caricia de otras manos... ¡cómo quise a esa niña!.
(Continúa)
Esto se torna interesante

Señor:
Lo siento, pero no voy a tutearle. Me gusta la distancia que supone el usted y así me siento cómoda. Espero que no le moleste, pero usted puede seguir como hasta ahora, ya que me dice que estoy siempre tan cerca, y me llama “amor” y “vida mía”, es más que natural que me tutee.
Hoy cuando recibí su carta (a estas alturas ya reconozco su letra puntiaguda), no la abrí inmediatamente, pues tenía la corazonada de que escondía alguna sorpresa. Y no me equivocaba, suelo tener buen ojo para esto.
No juega usted limpio, lo de la foto que me envía ha sido un golpe bajo, pues no me explico como se halla en su poder un retrato de cuando yo era niña. Esta vez, ganó usted la batalla, ha conseguido despertar mi curiosidad y la incertidumbre (siempre me gustó esta palabra) pasó a formar parte de mi rutina diaria. Imagino que era eso lo que buscaba y ha sabido jugar muy bien sus cartas.
Sin embargo, por sus letras, no logro adivinar el momento de mi vida del que usted formó parte. Estoy segura de que todas esas historias de encuentros amorosos en secreto, que cuenta usted tan bien, son sólo inventos e ilusiones de su mente. De eso sí estoy segura.
He buscado en mi álbum de fotos familiares y, efectivamente, falta la que usted ahora me devuelve ¿cómo fue que acabó en sus manos? Yo no se la entregué, eso puedo jurarlo. Jamás le regalé a nadie un retrato de mi infancia. Entonces... ¿la robó o se la entregó alguien a mis espaldas? ¿quién es usted? ¿qué busca?.
Como ve, son muchas preguntas sin respuesta las que me hago y le transmito. Aunque, por lo que le voy conociendo, no tengo esperanzas en que las conteste y despeje mis dudas.
En realidad, no sé si me importa demasiado. Es el juego que usted ha iniciado el que me provoca, y lo sabe. Por eso sé que me conoce bien o que lleva mucho tiempo estudiándome y aguardando el momento oportuno para abordarme de esta forma.
Pues bien, acepto el reto, intentaré componer este puzzle con las piezas que me va regalando con sus cartas. Sin mostrarme impaciente. Soy constante.
Si en verdad le interesa mi persona, puede quedar contento y satisfecho que algo ha conseguido hasta el momento: mi admiración hacia su forma de expresarse, su inteligencia y su habilidad en el juego. No se queje... que ya es bastante.
Y no sonría tan ufano, no sea que su sonrisa se convierta en grotesca mueca de sorpresa cuando le gane la partida. Y pienso hacerlo.
Atentamente.
Desde otra alcoba... en el mar.

Estoy sola en mi alcoba. No es la de siempre. Un buen amigo me dejó su casa de la playa para pasar unos días. No es la primera vez y necesitaba alejarme una temporada del ajetreo de la ciudad.
Adoro esta casa. Se encuentra situada frente al mar. Está rodeada de un gran porche al que se asoman todas sus estancias. Por la mañana, se inunda de luz y desde la cama puedo ver la salida del sol por el horizonte. Todas las habitaciones tienen grandes puertas cristaleras y yo siempre dejo entreabierta la de mi alcoba, para dormir y despertar con el rumor de las olas y el olor salado del mar.
Es raro que no esté en el porche, esperándome, mi viejo pescador. Viejo por el tiempo que hace que le conozco porque es un hombre de edad indeterminada. Y pescador porque… no sé por qué. Es alto y delgado. Luce una suave y descuidada barba, poco poblada, como si le diera pereza afeitarse. Y una melena, casi siempre recogida en una coleta, a la que el viento roba algunas mechas que hace volar alrededor de su rostro. A veces, se quita la coleta y lleva un gran turbante de colores que le regalé por Navidad. Vive en la casa más cercana a ésta, y no sé nada de él, ni siquiera su nombre o a qué se dedica, pero siempre está ahí, cerca, cuidando de mí.
Hace años, tuve una fuerte crisis nerviosa, y mi amigo me aconsejó que viniese aquí a pasar una temporada, sola y tranquila. Los primeros días no salí de la casa, me pasaba las horas tras los cristales, mirando el mar. Empecé a observar a un hombre que paseaba tranquilo por la orilla o se sentaba en la arena y dejaba pasar el tiempo. Con su andar lento y pausado me transmitía paz y serenidad. Por fin, una mañana, me levanté con ganas de salir, así que me fui a pasear por la orilla de la playa. Estaba allí sentado sobre una roca. Al pasar a su lado, lo miré sin hablar. Solo una ligera sonrisa se dibujó en nuestros rostros, al unísono. Cuando me cansé de andar, arriba y abajo, siempre seguida por su mirada, me desnudé y encaminé mis pasos hacía el mar. El agua estaba fría, era bien avanzado el otoño, pero siempre me gustó bañarme en pleno invierno, cuando de verdad se siente la grandeza del mar. No había cogido nada para secarme y salí tiritando de frío. Entonces allí estaba él, de pie, con una gran toalla entre las manos. No sé de donde la sacó, cuando pasé por su lado no la tenía y yo no lo había visto moverse de allí. Me acerqué, me rodeó con ella y me envolvió con su mirada. Aspiré su aroma a tabaco, café, leña y algas. Una rara mezcla que inundó mis sentidos y me invitaba a abandonarme en aquellos brazos.
Desde entonces, cuando me acuesto él se queda en el porche hasta que me duermo. Cuando despierto ahí está otra vez, mirándome. Supongo, que en algún momento, durante la noche, irá a su casa a dormir, para volver temprano por la mañana. Luego, espera a que yo salga de casa y me zambulla en el agua, observándome desde la orilla. Y cuando voy hacia él, está con la toalla preparado. Creo que es la misma del primer día y siempre parece nueva. Huele a limpia y es suave y esponjosa. Cuando termina de secarme, la retira. Yo cojo mi ropa y voy hacia la casa.
No hemos hablado nunca, pero no es mudo, lo sé. A veces, lo oigo canturrear alguna canción mientras espera. Ni me toca. Yo lo observo intentando atisbar alguna chispa de deseo en sus ojos. Y lo hay, deseo contenido que no se traduce en actos. He intentado provocarlo. Me quedo parada frente a él, desnuda, cuando salgo del agua, con los pezones erguidos por el frío . Y siento su mirada pasearse por mi cuerpo que alberga tanto fuego en su interior que pienso que sería capaz de secarse por sí solo. Pero, no logro excitarlo. Y durante el día me encuentro preguntándome el motivo. Si fuese homosexual no me desearía, no, no creo que lo sea. Y le gusto, lo sé. Puede que sea impotente, pero eso no es problema para hacer el amor. Hay mil formas de hacerlo sin penetración. El caso es que yo miro sus manos y deseo que me acaricie. Y sus labios en mi boca y en mi piel, recorriéndome con besos húmedos. Y quiero sentirlo perderse en mi cuerpo. Y perderme yo en el suyo. Impregnarme de su aroma y llevarlo pegado en mi piel. Si me hiciera el amor… si me hiciera el amor sería capaz de dejarlo todo y quedarme siempre a su lado.
Miro hacia la ventana, al lugar donde siempre me espera, hoy vacío de su presencia. Y mi despertar no es tan dulce y sereno como otros días. Debo levantarme, tengo que levantarme y buscarlo, porque hoy no está, hoy no está …
Me he puesto un pantalón corto y una camiseta; y salgo descalza a la playa. La arena está fresca, es temprano y el sol aún no le transmitió su calor. Me doy cuenta que se está instalando en mí, una especie de congoja, de incertidumbre que no puedo entender. Y, poco a poco, mis pasos se van acelerando a medida que me voy acercando a su casa, para acabar, el último tramo, corriendo.
Antes de que me dé tiempo de llamar a la puerta, una mujer aparece en el umbral. Aparenta unos sesenta años y es todavía muy bella. Nunca la había visto, o quizá es que no me fijé en ella. Pero su mirada me hace comprender que ella sí que me conoce a mí, y siento que esperaba mi visita. Percibo una tristeza en sus ojos que hace que un temblor incontrolado se apodere de mí. Por un momento, los entorna, en lo que yo interpreto como una afirmación a la pregunta que, sin darme cuenta, se refleja en mi rostro. Se retira un poco de la puerta al tiempo que mira hacia la escalera que lleva al piso de arriba.
Paso por su lado y subo corriendo. Me encuentro con una gran sala-dormitorio que parece que ocupa toda la planta. Hay una gran cama, y, encima... mi toalla. Me abrazo a ella y percibo el mismo aroma de siempre. Así, con los ojos cerrados, me tumbo sobre la cama. No sé qué esperaba encontrar, pero está fría, huele a ropa lavada y sé que allí no voy a encontrar ningún rastro de él. Sí, es su casa, su habitación, su cama; pero no significada nada para mí.
Lentamente bajo las escaleras. La mujer está sentada en una antigua mecedora, al lado de una mesa redonda. Ha preparado café y espera que me siente a su lado. Lo hago, sin soltar la toalla que llevo apretada contra mi pecho. Su voz me sobresalta:
-Él te esperaba cada día. Salía temprano todas las mañanas y yo lo veía dirigirse hacia la casa. Se sentaba en el porche o en la roca, y allí permanecía durante horas. Estaba enfermo y sabía que moriría pronto. Por las noches, oía sus pasos, arriba y abajo, por la habitación. Hace una semana, salió como siempre. Le esperé durante horas, pero ya no regresó. Preocupada, salí a buscarle. Lo encontré tumbado en la arena, con eso – y señala con la cabeza hacía mi pecho- abrazado. Estaba muerto. Lo incineramos y tiramos las cenizas al mar.
No, no temas, no soy su viuda. Era mi hermano pequeño. Puedes llevártela, al fin y al cabo, te pertenece. ¿Por qué no viniste antes? Él quería despedirse de ti.
Salgo de allí, casi sin despedirme. Tengo un dolor en el pecho que no me deja respirar. Siento como si mi corazón fuese a estallar de un momento a otro. ¿Por qué no viniste antes? ¿por qué? ¿por qué?... esa frase se ha clavado en mi cerebro y no puedo dejar de pensarla. Hace dos semanas que lo tenía planeado y a última hora otros asuntos me hicieron retrasar mis vacaciones.
-¿Por qué coño no me esperaste? –grito sin saber a quien.
He llegado a su sitio de observación preferido. Dejo la toalla sobre la roca, me desnudo y voy hacía la orilla. Es un hermoso día; el sol ya luce, con todo su esplendor y yo, me sumerjo, poco a poco, en las cálidas aguas. Empiezo a llorar, por fin. Me voy adentrando en el mar que, cariñoso, acaricia mi cuerpo. Cierro los ojos y pienso en él.
Siento como sus brazos me envuelven y de nuevo, su aroma está aquí, conmigo. Acaricio su piel. No es rugosa, como yo creía. Un vello suave cubre sus brazos, sus piernas y su pecho. Me abraza más fuerte, me aprieta; y un deseo intenso se apodera de mí. Noto como mis jugos se mezclan con el agua salada y su mano fuerte y cálida acaricia mi sexo. He soñado tantas veces con él que esa leve caricia me vuelve loca. Está metiendo los dedos en mi vagina y yo estoy a punto de correrme, pero no, no quiero hacerlo. Quiero que me posea, que me penetre con su pene. Necesito sentirlo dentro de mí, aferrarme a su cuerpo. Retiro su mano y me mira con esa suave sonrisa de comprensión, de “sé lo que quieres, chiquilla”. Y es cuando su sexo se abre paso en mi interior. Y un calor casi insoportable, como un fuego abrasador, me inunda. Y grito. Y lloro. Y río. Y me diluyo en múltiples orgasmos de placer, mientras su sexo palpita y se vacía en mí. Y ahora sé que le amo como jamás amé a ningún hombre.
Me besa suavemente en los labios y me sabe a despedida.
Abro los ojos y miro a mi alrededor. Estoy sola, algo alejada de la playa. Miro hacia la casa, que ahora, se me antoja vacía y despojada de todo su encanto. Un pensamiento se va abriendo paso en mi mente.
Miro hacía el horizonte y me despido del sol que me deslumbra con su luz. Me sumergo en el agua mientras abro la boca para recibir el beso de mil lenguas de sal que inundan mis pulmones y me transportan por un oscuro y mágico fondo marino donde sé que él me espera, en su roca, sentado, para secar mi cuerpo.
Y sigue usted escondido tras sus letras

Señor:
Bien, hoy recibí su segunda carta, y esto lleva camino de convertirse en una costumbre. No, no es que me disguste, tiene usted una prosa impresionante, y una bonita letra, un tanto puntiaguda, que para mí quisiera. Junto con su misiva he recibido: un tulipán azul, en un bonito estuche, y una foto de un pene en completa erección, que supongo es el suyo. La verdad, no está mal el citado espécimen, pero tampoco es nada de otro mundo. No es corto ni largo, gordo ni delgado, es uno como miles que andan por ahí colgando.
No considerándome en exceso promiscua, en mi vida de adulta ya disfruté unos cuantos, más o menos iguales. Que esta clase de miembros no suelen recordarse por si son “feos o monos”, sino por el placer que nos proporcionaron. Así que si esa foto, usted me la ha mandado por hacerme memoria, pues la verdad sea dicha, que no recuerdo nada. Y esto puede ser que no sea de su agrado, yo no pretendo herirle, usted se lo ha buscado.
Escribe usted muy bien, eso ya se lo dije. Y ahora se lo repito, para que se dé cuenta que cuando algo me gusta, no me viene el sonrojo en decir lo que pienso.
Esta carta de hoy podría confundirse con un relato erótico. Me refiero a la suya, por si no lo ha entendido.
Cuenta usted con soltura y una gracia exquisita encuentros amorosos con una servidora, que debo repetirle, yo pienso que son fruto de su imaginación. Pero aun así, me gustan. Me gustan y me excitan ¿ve que no tengo reparo en confesarlo?. Esas frases que cuentan de caricias perdidas en todos los rincones de nuestra geografía, de besos lujuriosos, de bocas encendidas, de lenguas que recorren e inundan de saliva dos cuerpos enredados... esas frases, son una maravilla.
De senos inflamados con pezones enhiestos, de olores y humedades en sexos palpitantes, de palabras obscenas en voz baja o a gritos, de uñas que se clavan, de dientes que señalan, de gemidos... silencios. Me excitan.
Pero, no se equivoque, no es usted quien consigue despertar el deseo a través del recuerdo. No. Porque vuelvo a decirle que yo no le conozco y que no tengo indicio de que nada de eso haya sucedido. Es sólo que no tengo remedio, que me pierden los buenos escritores. Y eso usted lo sabe. Por algo ha elegido este modo, quizá anticuado y absurdo, de abordarme.
Sabe que yo no puedo resistirme a una carta, y más si es manuscrita. Yo tengo que leerla y después... responder. Ya tiene mi respuesta, si eso es lo que quería.
Yo ya moví mi ficha, ahora le toca a usted.
Atentamente.
¡¡¡Socorroooooooo!!!! Necesito un respiro

Pues vaya una forma de empezar el mes:
Que no puedo más,
que les has dado a todos los clientes por llamar a la vez,
que me va a dar algo,
que voy corriendo toda la mañana,
que las horas que son ¡¡¡¡la una y media!!! y yo sin poder tomarme ni un miserable café,
que me muero por un chistecito, unas risas, un.... lo que sea,
que alguien se apiade de mí.
Buen fin de semana, chicos.
Voy a ver si me compro un trozo de desierto pa perderme dos o tres días, o le hago una visita al Dalai Lama y me relajo un poco.
¡¡¡Valeeeeeeee!!!! .... que ya voyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy.
(El timbre del teléfono me está matando)
Respuesta a una carta sin remite.

Señor:
Hoy recibí su carta, y como viene sin firma ni remite conocido no sé dónde enviarle mi respuesta. Después de mucho cavilar, decidí, que si tanto me conoce usted, sabrá de éste, mi espacio, y aquí vengo a contestarle.
Parece conocerme íntimamente, lo cual me deja algo descolocada, aunque también podría ser un ejercicio de adivinación o alguna ensoñación por su parte, que de tan deseada, se hizo cierta.
Me habla usted de mi voraz pasión, tan grande y poderosa que a veces le da miedo, de mis ganas jamás saciadas en horas infinitas de entregas carnales compartidas. Me cuenta de interminables caricias que hacían arder su piel hasta abrasarle, y de abundantes besos que dejaban sus labios inflamados y doloridos en los días siguientes.
Si todo eso fuese cierto, créame que no lo habría yo olvidado. A no ser que ese fuego interior que usted me achaca se enfrentase a un corazón y un cuerpo hechos de hielo, incapaz de pasar de su estado sólido al gaseoso.
Me dice que bajo una apariencia de mujer segura de sí misma, algunas veces fría e incluso pudiendo pasar por antipática, se esconde todo un mundo de ternura, de emocionada calidez que usted conoce. Y sigue describiendo mi interior, contando que me gusta llorar por casi todo: de pena, de añoranza, de impotencia, de alegría, de amor y de deseo, y también porque las lágrimas destacan el verde escondido de mis ojos. Y que mi risa alegra el corazón y trae la calma.
Después de todo esto, debería estarle profundamente agradecida. Y lo estoy. Pero, para que no se llame a engaño, le voy a referir algo que usted no sabe.
Además de todo eso que relata, que pudiera ser cierto y no se lo discuto, y tras esa mujer que parece conocer tan bien, tengo que confesarle que se esconde otra que puede llegar a ser algo desagradable.
Una mujer que se muestra con una crueldad exagerada cuando la hieren, que cambia sus caricias por uñas afiladas capaces de rasgar su pecho con un solo zarpazo, que esta boca que besa y regala su sonrisa también destroza a dentelladas un corazón estúpido y cobarde, y se lo traga luego de un bocado para saciar su hambre. Que puede hacer que usted se sienta como un desecho humano, un excremento que se tira al retrete con expresión de asco. Que si me ve furiosa, puede ser desease no haberme conocido, y corra usted muerto de miedo a refugiarse a lo más hondo del caluroso infierno.
Pero no, no se asuste, que eso solo pasa cuando quien me hace daño es alguien que se burla de mí y me traiciona, y al que amo. Bajo esta premisa, puede usted dormir tranquilo, porque su persona me es tan indiferente que si le conocí algún día... lo he olvidado.
Antes de despedirme le diré que escribe usted muy bien y me sorprende gratamente. Y que yo no me escondo, aquí me tiene con lo que hay que tener. Y si lo tiene usted, pues... me responde.
Atentamente.
