Cajón desastre
¿Qué hay en un cajón desastre? Vamos, vamos, pensad un poco. Pues eso.
Acerca de
¿Cómo se puede una describir? Hummmmmmm... pues mejor lo dejo a la imaginación de cada uno. De todas formas, todos tenemos muchas personalidades juntas y revueltas (o eso pienso yo), por lo que no resultará dificil que con alguna de las mías os podais sentir a gusto. O no. Correo: Des0104-blog@yahoo.es "HUMEDAD RELATIVA" (Libro) Support independent publishing: buy this book on Lulu.
Sindicación
 
He pensado...
... que de momento, me quedo donde estoy. El mayor problema que tenía era el del espacio para las imágenes. Y eso lo he solucionado gracias a los buenos consejos de Scape (gracias, hermoso), así que voy a seguir aqui. He estado mirando, investigando, estudiando los otros blogs, y justo hoy también me encontré con un post que colgaba Burdon sobre este tema. Nada, lo dicho, que me quedo como estoy. Gracias a todos por vuestros consejos.

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Y ES QUE... ESTOY TAN CÓMODA EN MI CAJÓN....
 
Como cada día
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Ha lavado a toda prisa los platos sucios de la comida. Se ha quedado sola. Así está casi todo el día... sola. Los hijos cuando no están en el colegio, van de marcha con los amigos. El marido, trabajando, o en el bar tomando una cerveza. Se sienta en el viejo sofá del salón con el corazón encogido y mordiéndose las uñas. La melodía tan conocida empieza a sonar en el televisor. Es la de su telenovela favorita.

Al momento, aparecen en la pequeña pantalla, los protagonistas.

“¿Dónde encontrarán a esos hombres y mujeres tan guapos? Altos, fuertes y muy machos, ellos; ellas estilizadas, con unos cuerpos y rostros perfectos. Está en su punto más interesante. Claro que eso ocurre todos los días, estos de la televisión son muy listos y te dejan siempre con la miel en la boca para que al día siguiente acudas aquí, como un clavo. Tendría que ponerme a planchar toda esa ropa, mira que ensucian estos hijos, no sé cuantas veces se cambian al día, pero no tengo ganas, para un rato que tengo de tranquilidad...”

Y continúa la historia de los amantes. Una historia plagada de contrariedades, en la que luchan por su amor hasta la muerte. Las familias siempre son enemigas despiadadas que por nada del mundo consentirán que triunfe el amor... hasta el último capítulo. Y la mala de turno, a veces, también un malo. Son malos, malísimos, que se valen de todas las tretas, incluido el asesinato, para hacer daño a la pareja. Persiguen un objetivo y no dudan para utilizar cualquier medio con tal de conseguirlo.

“Pero, qué mala es esa mujer. ¿No sé dan cuenta que es ella la que lo ha organizado todo?. Me pone de los nervios. Qué guapo es ese hombre y cómo la mira a ella. Si es que parece que sea real, que esté enamorado de verdad. Y esas caricias tan suaves y amorosas. Si está llorando, el pobre, qué sensibilidad. Si yo hubieses encontrado un amor así. Si alguna vez me abrazasen de esa forma. Mira, mira, como la envuelve con sus brazos. Vaya, hombre, maldita publicidad, siempre cortan cuando viene lo mejor ”.

Mientras los anuncios ocupan su espacio, ella aprovecha para sacar algo del congelador pensando qué hará para cenar. Y dar una mirada a la nevera, porque mañana tendrá que hacer la compra. Ya casi está vacía. Vuelve al sofá, en el momento en que oye la melodía. Él cabalga a lomos de un precioso animal por hermosas praderas. El cabello al viento, el pecho descubierto, mirando al frente, hacía el lugar en que se encontrará con su amada que lo aguarda ansiosa. Unas cuantas escenas más de las tramas que se van gestando en torno a la historia principal y se acaba el capítulo de hoy.

“Casi me hacen llorar estos tontos. Qué boba, si es que casi pensé que era yo esa mujer bellísima que besaba con pasión. Anda, anda, déjate de soñar, mírate en el espejo, tonta, que eres tonta. ¿Quién se va a sentir atraído por ese cuerpo? Voy a planchar, eso es lo que tengo que hacer y dejarme de tonterías. Antes de que me dé cuenta, están todos aquí, exigiendo atención. Y mi marido pidiendo la cena. Luego, se quedará dormido en el sofá hasta que lo despierte para ir a la cama, como todos los días”.

Mientras todos esos pensamientos ocupan su mente, mirándose en el espejo de su habitación contempla a una preciosa hembra de ojos brillantes y boca lujuriosa que se abre en una sonrisa perfecta. Un movimiento de la mano, como si espantase una mosca zumbona que le ronda la frente, y se dirige a la cocina.
En la percha, abarrotada de batas acolchadas para el frío del invierno, queda colgada la imagen del espejo, como un pingajo, hasta el capítulo siguiente, en que será soñada nuevamente. Como cada día.




 
En el bosque
Antes de colgar este pequeño texto, quería abusar de vuestra amabilidad y pediros vuestra opinión.
Me estoy quedando sin espacio para las imágenes, y me he acostumbrado a ponerlas en cada una de mis historias. Habia pensado en trasladar mi blog a otro sitio, que además, tuviese más opciones, como poder varias el tipo o el color de letras, poner algún archivo de música, y algunas cosas más.
Para eso pido vuestra opinión, que me contéis un poco como os va en vuestro sitio, algunos de los que me visitáis me gustan mucho, pero yo no estoy muy puesta en esto de Internet, así que tendría que ser algo sencillo, sin demasiadas complicaciones.
Os estaré aún más eternamente agradecida de lo que ya lo estoy.
Vale, no me enrollo más, aqui va la historia.



Camino descalza por la empinada cuesta. Los guijarros afilados me hieren los pies, que van dejando pequeñas perlas rojas marcando el camino de vuelta. Como Garbancito con sus piedrecillas blancas, pero yo no quiero volver. Siento que no quiero volver. Cae la tarde, y me voy adentrando en la penumbra del bosque. El sendero está cubierto de hojas que amortiguan mis pasos, y que al crujir bajo mi peso, crean una sinfonía de pequeños gemidos de dolor.
Se huele la humedad a medida que los árboles son más altos y frondosos. Tapan la luz del sol. Silencio. Los recuerdos son latigazos que me golpean, abriendo la carne en dolorosas grietas de dolor. Las palabras, las palabras resuenan en mis oídos, me rompen los tímpanos y aprieto las palmas de mi mano sobre las orejas. Y los silencios. Los silencios me ahogan, me fatigan.
Sigo mi recorrido casi sin ver, los ojos cansados y anegados de lágrimas, distorsionan las imágenes. La siluetas de los árboles empiezan a agitarse a mi alrededor. Gritan. Y yo empiezo a correr. Los grandes brazos leñosos intentan detenerme y se van quedando con jirones de mi ropa. Oigo el rasgar de la tela, pero no me detengo. Ya se han quedado quietos, y yo, desnuda. Recupero, poco a poco, el aliento, mientras me sigo adentrando en el bosque.
Al pasar bajo un viejo árbol, siento una caricia fría que apenas roza mi hombro. Alzo los ojos. Una gran serpiente enroscada con el extremo de su cola a una fuerte rama, está cambiando su piel. La miro hipnotizada mientras ella se estira dejando atrás su viejo traje, y apareciendo hermosa y reluciente ante mis ojos.
Busco con la mirada el lugar idóneo. Lo encuentro. Trepo a un árbol de grueso tronco y me quedo sujeta por los pies. Imitando a la serpiente, voy estirando mi cuerpo. Es doloroso, tengo los pies sangrando. Sigo estirando con fuerza hasta que empiezo a sentir como se rasga mi piel. Empieza por la cabeza y el rostro. Se ha abierto una gran brecha por la que empieza a aparecer mi nuevo cuerpo. Me relajo un momento, lo más difícil ya está conseguido. Y como en un parto de mí misma, noto como mi vieja piel se separa de la carne y va quedándose seca y ajada pegada a la rama. Sólo faltan las piernas. Un nuevo tirón y lo habré conseguido.
Quisiera mirarme en un espejo y ver mi nueva apariencia. No hace falta. Siento que soy otra. Mi vieja piel quedó en ese árbol y con ella todo lo que me llevó hasta allí.
Despierto sudorosa y asustada. Pongo los pies en el suelo deseando mirarme en el espejo. Hay algo allí tirado sobre la alfombra.
En la oscuridad, cualquiera diría que se trata de la piel del cuerpo de una mujer.
Cualquiera lo diría.
 
Ya tocaba


Hace algún tiempo, demasiado tal vez, que tengo la impresión de que todo lo hago mal, que estropeo las cosas ¿os ha pasado alguna vez? Es algo así como, y perdonad la expresión escatológica: “La cagué otra vez”. El caso es que no, no es que me salga nada mal, quizá todo lo contrario, es algo que siento yo, sin venir a cuento.
Y luego está lo de escribir.
Tengo tres o cuatro historias empezadas y no termino ninguna, y otro día, de repente, me pongo a escribir como una posesa de cualquier otra que no tiene nada que ver con las que debería terminar, y la escribo entera, de cabo a rabo.
Es como si otro ser me poseyera y escribiese lo que le sale de los ovarios, sin contar conmigo. Me empuja a un lado y se hace dueña de mi mente y del teclado. Las teclas echan humo, y yo mientras, fumo cigarro tras cigarro. Que tengo que dejarlo, pero me saca de quicio esta impresentable.
¿Veis? No era esto lo que yo quería escribir.
Pero ahora ya no voy a borrarlo, porque estoy casi segura que igual estaría aquí, en este post.
En realidad, esta noche, solo quería agradecer vuestras visitas, comentarios, felicitaciones, y todo el cariño que siento en cada comentario. Cuando empecé esto nunca creí que tantas personas de todo el mundo iban a pararse a leer las historias que a mí se me ocurren. Ni que interesasen a nadie.
Además, este pequeño cuaderno, que ha ido creciendo poco a poco, me ha dado la oportunidad de asomarme a otras ventanas, leer historias, aprender y entender. “Conocer” a gente que, como yo, siente la necesidad de transmitir sus ideas y sus sentimientos con la palabra escrita.
Hoy me he dado cuenta que ya pasan de 10.000 las visitas que he recibido. Y he sentido algo extraño, una especie de vértigo al pensar que alguien de la otra parte del mundo, o de aquí cerquita, casi a mi lado, leerá en un momento lo que yo estoy escribiendo ahora en mi ordenador. Es como si metiera un mensaje en una botella sin saber quien será el destinatario. Los destinatarios, porque el mensaje se multiplica.
Y no quiero pensarlo, porque me da un poco de miedo.
Esta noche sólo vine a daros las gracias, a los que estáis cada día, a los que leéis en silencio, a los que ya no están, y a los que quizá hoy por primera vez, abráis esta puerta...
GRACIAS.

(Tampoco sé por qué puse esta imagen, seguro que fue “ella” quien la eligió)
 
De pasados y futuros


Sólo se escucha mi risa, en el silencio de la noche. No puedo dejar de reír, los vecinos pensarán que me he vuelto loca y, capaces son, de avisar a la policía. Intento calmarme, pero esta risa histérica, vuelve una y otra vez. Río, río, para no asomarme a la ventana de mi octavo piso, para no mirar a las luces de la calle y sentir como me atraen. Río, para no gritar esta rabia que llevo dentro de mí. Para no sentir la impotencia del que nada puede hacer ya por remediar lo irremediable. Mis hijos dicen que no me preocupe, que ellos están conmigo ¡qué tontería! No estoy preocupada, estoy dolida, asqueada, herida. Me siento como si fuese un vestido viejo que se hace trapos para limpiar el polvo, un vestido que fue el más bonito, el preferido, el de los días de fiesta y de diario. Y ahora, cuando ya está ajado y un tanto descolorido, se desecha y… otro nuevo.

Esta mañana me levanté pensando que sería un bonito día. El sol brillaba en el cielo, mi viejo coche arrancó a la primera y como por arte de magia, no encontré ningún atasco. En el trabajo, el jefe estaba de buen humor y los compañeros alabaron mi nuevo corte de pelo. Yo estaba feliz y radiante. Y, por si esto fuera poco, mi marido me llama y me invita a comer. Estupendo, casi salto de alegría y me pasé la mañana canturreando y sonriendo a todo bicho viviente.

Me encontré con mi marido en el restaurante, le noté cierto aire de preocupación, pero no le di demasiada importancia, algún problemilla en el trabajo. Pedimos la comida mientras charlábamos de cosas sin importancia. Entonces me fijé que él daba vueltas y vueltas en el plato, pero no probaba bocado. Le pregunté que ocurría, ya empezaba a preocuparme.

Cogió la copa y bebió un trago de agua. Me miró, pero volvió a bajar sus ojos hasta el plato. Y, sin más preámbulo, me dijo que se iba, que se marchaba para siempre, quería divorciarse. Al principio, pensé que no le había entendido bien o estaba bromeando. Pero, claro, con estas cosas, digo yo que no se bromea.

- Vamos a ver, cariño – le dije. ¿Me estás diciendo que nos divorciemos?
- Sí- contestó, apenas.
- ¿Puedo saber el motivo?... si no es mucho preguntar.
- Me he enamorado de otra mujer. La conocí en el gimnasio al que empecé a ir este invierno.
- Ya – intentaba controlarme, pero por dentro estaba a punto de estallar- Entonces, ¿la quieres de verdad? ¿No es una aventura como has tenido otras veces?

Al oír esta afirmación, levantó la cabeza. Cuando vio mi expresión se dio cuenta que de nada servía negarlo. Yo lo sabía. Lo he sabido siempre, pero también sabía que al poco tiempo se cansaba de ellas. Pero ¿Cómo podía pensar que se me pasaba desapercibido? Las reuniones, los viajes de negocios, el olor de otros perfumes que no eran el mío, las conversaciones telefónicas en voz baja. Ahora pienso si el creerá que soy idiota.

- No, no es una aventura, quiero casarme con ella.
- ¿Está soltera? ¿Divorciada?, le pregunto.
- Es soltera, tiene veinticinco años.
- ¿Qué? ¿Veinticinco años? ¿Te has dado cuenta que le doblas la edad? ¿Qué dentro de unos años ella será un mujer en plena madurez y tu serás un viejo?
- Sí, me he dado cuenta, pero mientras dure disfrutaré de ello. No puedo remediarlo, con ella me siento joven, un hombre nuevo.
- Eso, muy bien, y a mi que me parta un rayo. No me has preguntado si yo a un te quiero, ni siquiera te importa.

No esperé su respuesta, me levanté de la mesa y salí de allí.

Hoy ha venido a recoger su ropa, se ha ido al apartamento con la mocita. Y yo, yo estoy aquí, muerta de risa. Estoy aquí pensando, en los años que he aguantado sus rarezas, sus ronquidos, sus sudores en verano. En los cientos de calzoncillos que le he lavado, en todos estos años. En las infidelidades que he soportado. En las ocasiones que he tenido de pagarle con la misma moneda, y no lo he hecho. En los desvelos de los primeros años para poder llegar a fin de mes. En los años que nos mantuvimos con mi trabajo para que él pudiese terminar la carrera. ¡¡¡Cabrón!!!

Y río, porque también recuerdo su cara de bobo cuando nacieron nuestros hijos, las caricias en mi espalda mientras dormía, los besos que me despertaban en la madrugada para hacerme el amor, las margaritas que me regalaba en primavera, las cartas de amor que dejaba en mi mesilla de noche, las horas de charla compartidas hasta el amanecer, la forma en que me tomaba de la cintura al bailar. ¡¡¡Cabrón!!!

Río, y me bebo de un trago mi vaso de whisky, donde reposan treinta años de mi vida, mi pasado. Río, porque hoy empieza mi futuro.

 
Sed


¿Por qué me empeño en seguir tomando Coca-Cola ligth, si lo único que puede quitarme esta sed es un buen trago de SANGRE fresca?... Con poco hielo.

Del Libro Desordenado "¿Y a ti quién te ha preguntado?" (2004)
 
Última sesión
AVISO IMPORTANTE:
Esta historia está interpretada por especialistas, en circuito cerrado, por favor no intenten hacer ésto en sus casas, puede ser muy peligroso. La autora, o sea, yo mismamente, no se responsabiliza de los daños colaterales que pudieran sobrevenir.
Que lo sepan.



Quien te ha visto y quien te ve, ¡ay! cariño, si es que casi te lo tenías merecido. ¿Ves? ¿de que te sirve ahora tanto sexo, tanto ligoteo? Pardillo, que eres un pardillo. Y es que después de tantos años juntos, yo era una extraña para ti, mi amor, una extraña. Y encima pensabas que me engañabas ¡gilipollas! Eso es lo que eres. ¡Qué Dios me perdone! pero es que me hierve la sangre. Pero bien que me divertí también, eso es verdad.

¿Con cuántas te lo hacías a la vez? Que yo sepa con cinco. Estaba Rosita, la mejicana, esa era muy puritana, la viejita decía que estaba loquita por ti ¡cuánto te costó engatusarla! Yo te espiaba, te veía febril ante la pantalla diciéndole todas las guarradas que ibas a hacerle, que estabas loco por ella. Luego, desde la oficina, entraba en tu messenger y leía toda la conversación. Si llegas a saber que había averiguado tu contraseña... me matas. Y cómo te gustaba luego regodearte leyendo, una y otra vez, mientras se te ponía dura y acababas corriéndote, allí en la oscuridad del despacho, imaginando, siempre imaginando, con la mano moviéndose arriba y abajo. Si me hubieras conocido mejor, si te hubieras enterado de mis ganas de tirarme entre tus piernas y terminarte con la boca. Pero no, a la mujer un polvo al mes, y rapidito. Con la parienta no hacen falta fantasías que, al fin y al cabo, es su obligación abrirse de piernas.

Eres un imbécil, cariño, un perfecto imbécil. Y así te fue. Y además de Rosita, estaba Amanda, la cubana, y Amparo la catalana, y Carmen, de Sevilla. Y supongo que un largo etcétera de otras mujeres que pasaron por tu pantalla antes de empezar a espiarte. Y luego te dejaste engañar como un cretino. No, no voy a reírme porque pensarán que estoy loca, pero no veas las ganas que tengo de carcajearme en tu jeta ¡cabronazo!.

Entonces fue cuando decidí contactar contigo, desde mi despacho. Claro, te mentí, te dije que a esa hora era cuando estaba sola. Por la noche, en casa, no podía, mi marido no quería que chatease. Y te enredé, vaya si te enredé. Poco a poco, dejaron de interesarte todas, porque yo te ponía a mil, te excitaba como nadie, te escribía con pasión y sin ningún pudor todas las guarradas que sabía que te gustaban. Me llamabas puta y zorra, porque eso te ponía. Te compraste una cámara porque te dije que quería ver como te masturbabas y te corrías mientras yo te escribía lo que a ti te gustaba leer. Claro, trabajabas en casa y podías estar todo el día enganchado al ordenador. Cómo me reía sabiendo que estabas esperando como lobo en celo a que yo conectase, con la polla a punto para empezar a acariciarte en cuanto me vieses aparecer.

Las pasé canutas cuando me rogabas una foto, escuchar mi voz o verme por la cámara. Yo inventaba excusas: no podía hacerme esas fotos que tú querías, mi marido era muy celoso y siempre me estaba controlando. ¿Cámara? Imposible en el trabajo, y en casa no tenía ordenador. Y tú venga a insistir. Te contentaba con las fantasías que te escribía. Que iba sin bragas todo el día, para poder tocarme a cualquier hora. Que ponía cachondos a los tíos. Que me gustaba hacerlo en los sitios más insólitos. Y tú me animabas a follar, decías que era tu puta, la más y mejor de todas. Entonces descubrí tu vena mirona y chulesca. Te excitaba imaginarme follando con otros, y querías verme. Me convencías para que, de alguna forma, grabase algún encuentro con cualquiera, te daba igual. ¡Imbécil! Estabas animándome a ponerte los cuernos, sin imaginar que tu puta era tu mujer.

Y, ahora te lo confieso, me gustaba esa nueva faceta mía que empezaba a descubrir. Sí, empecé a mirar a los hombres con descaro, a mostrarles mis encantos, a dejar que restregasen sus pollas en mi culo cuando iba en el metro, incluso a ser yo la que buscaba ese roce y no paraba hasta que se les ponía dura. Dejé de utilizar ropa interior. Alguna tarde, después del trabajo, me paseaba por los parques buscando algún hombre solitario sentado en algún banco. A veces, encontraba a alguno y me sentaba frente a él, con un libro en las manos. Subía mi falda disimuladamente y cruzaba distraída las piernas una y otra vez, hasta que llamaba la atención del desconocido, que enseguida se daba cuenta que bajo mi falda no llevaba nada. Cuando yo veía que ya se había percatado y no me quitaba la vista de encima, abría y cerraba las piernas, hasta que el pobre desgraciado empezaba a ponerse nervioso y disimular el bulto que empezaba a sobresalir en su entrepierna. Me sentía poderosa, deseable, sensual y puta. Y me gustaba.

Y entonces apareció tu querido hermano. ¡Qué distinto a ti, mi amor! La verdad, vida mía, es que siempre tuve la sensación de que yo le gustaba, pero antes estaba tan pendiente de ti, te quería tanto, que no prestaba atención a ningún otro hombre. A ninguno, te lo juro. Por eso tú te creías que me tenías segura, y te aburrías. Y mira que yo nunca fui de esas que se deja de arreglar, que se abandona. Al contrario, intentaba estar atractiva, y lo estaba, porque los hombres buenas miraditas que me echaban. Pero tú tenías suficiente con tu ciber-sexo. Te corrías tantas veces, a solas, con todas esas guarras, que no tenías ánimo para que se te empinase conmigo.

Cuando trasladaron a tu hermano a mi departamento, me sentí algo molesta, pensé que no iba a poder seguir chateando contigo. Pero ¡ay! amor, pronto me di cuenta de cómo me miraba. Y yo empecé a coquetear. Me agachaba ante su mesa y le ponía el escote ante las narices, se le iban los ojos detrás de mis pezones que le apuntaban descarados. Teníamos que quedarnos algunas veces hasta más tarde ¿te acuerdas? Tú estabas muy tranquilo, claro, estaba con tu hermanito. El pobre lo pasaba fatal. Hasta que una tarde que estábamos solos le cogí el paquete, estaba tan empalmado que no podía disimular. Sentado en la silla no sabía como ponerse. Le saqué la polla y le hice una mamada allí mismo. Luego me senté en la mesa delante de él y me abrí de piernas con el coño chorreando para que él me hiciera lo mismo. Y vaya, si me lo hizo. Lo siento, mi amor, pero es muchísimo mejor que tú, maneja la lengua como nadie y no para hablar precisamente.

A la mañana siguiente contacté contigo, te dije que conectases la cámara y empecé a contártelo mientras te veía masturbándote como un loco hasta que te corriste y el semen salió despedido hacía todas partes. No sé cómo te las arreglabas para dejar luego todo limpio, porque cuando yo llegaba a casa no había ni rastro de las fiestecitas que te pegabas. Mira, para algo te sirvió todo eso, mi vida, aunque tarde, te acostumbraste a limpiar lo que enguarrabas, que siempre has sido muy machista tú, y muy señorito.

Entonces te empeñaste en que querías verme follar con mi compañero de oficina, y no parabas, dale que te pego. Siempre te he dicho que tu cabezonería te jugaría alguna mala pasada ¿ves?... tenía razón. Se lo conté todo a tu hermano, total ya éramos amantes, así que bueno era que se enterase de lo vicioso que era su hermano. Sí, cariño, sí, eras un vicioso, y eso, quieras que no, nos ahorraba a nosotros remordimientos de conciencia.

La verdad es que a tu hermano le ponía la idea de grabarnos mientras tú nos mirabas. Tiene gracia la cosa. Empezamos a planear cómo hacerlo. Sería en su pequeño apartamento. Yo llevaría una peluca y los dos nos pondríamos unos antifaces, sí, como hacen en algunos de los programas pornos de la tele. Aunque pondríamos la cámara para que nos enfocase los genitales, con tanta posturita saldría alguna vez nuestro rostro, además quería que vieses como se la chupaba, eso te excitaba mucho, siempre me decías que seguro que tenía boca de puta. Y yo me miraba en el espejo y me preguntaba qué tenía de distinto la boca de una puta, igual se les había deformado de tanto chupar pollas.

Y te dije que sí, que iba a hacerlo. Y sólo de pensarlo se te puso dura... ¡imbécil!. Esa noche te dije que tenía una cena con los compañeros de trabajo, que también venía tu hermano y tú te alegraste porque así no tenías que preocuparte de cerrar la puerta del despacho, ni de tener cuidado para no hacer ruido. Conectamos la cámara y allí estabas tú, en pelota picada, dispuesto a deleitarte con una película porno en directo, teniendo como protagonista a tu puta preferida.

Nunca pensé que tuvieses tanta potencia sexual, hijo mío. Conmigo, creo que sólo dos o tres veces repetimos polvo y eso en los primeros tiempos. Claro, yo no sabía que lo que a ti te gustaba era mirar, habérmelo dicho, hombre de Dios, con el hambre de sexo que he pasado yo y los tíos que hubiera podido ligarme para tu deleite y el mío. Si es que ya se sabe que el problema de las parejas es la falta de comunicación. Conectamos también los micrófonos para que nos oyeses gemir y gritar y tú nos dabas órdenes, hacías el papel de mi dueño, así que me insultabas, me incitabas a comérsela bien, a que me lo tragara todo. Le decías a él que me follara, que me la metiera más adentro, que me diera por el culo. Gritabas como loco, mientras tu polla se encabritaba en una erección casi continúa. Creo que fue la noche más loca de sexo que he tenido nunca, porque a mí también me excitaban tus órdenes, me gustaba sentirme así de guarra y de perra, como tú me llamabas. Chico, chillabas tanto que temí que pudieran oírte los vecinos.

Y llegó el final, tu hermano y yo estábamos exhaustos. Y entonces él tuvo la idea. No pensó que te lo ibas a tomar tan mal, vida mía, sólo quería que tu y yo nos divorciásemos de una vez y me fuese a vivir con él. O que te gustase la cosa y siguiéramos los tres con el jueguecito.

Él no quería hacerte daño, oye, que es tu hermano, si hubiera imaginado lo que iba a ocurrir, estoy segura, óyeme bien, segurísima que no lo hubiese hecho. Pero lo hizo. Se quitó el antifaz y se acercó despacio a la cámara. “¿Has disfrutado hermanito?” te dijo. Tu boca se abrió como la de un pez, de esos tan graciosos que salen en los documentales. Y los ojos saltones, como los de los camaleones.

Estabas horroroso, cariño. Pero aún te faltaba lo mejor. “¿Quieres conocer a la putita que te vuelve loco?” A ti se te iluminó la cara, claro que querías conocerme, delirabas por saber cómo era. Tu hermano me acercó a la cámara y allí, despacito, mientras tú no quitabas ojo de la pantalla, me quitó la peluca primero, y luego el antifaz. Y claro, te dio el ataquito. Pero ¿cómo íbamos a saber nosotros que te lo tomarías así? No, yo creo que es que tu corazón estaba el pobre tocado de tantas pajas como te hacías, cariño, es que ya no tenías edad para eso. Me asusté, mi vida, me asusté mucho, pero ¿qué podía yo hacer? si la palmaste allí en nuestras narices. Pues nada, salir corriendo para allá y sobre todo buscar en el ordenador y borrar todo rastro de tus “travesuras” y las mías, no fuera a ser que encima tuviera lío con la policía. Me dio mucha vergüenza que te pillaran desnudo, y con el suelo manchado del semen de tus corridas. Pero tu hermano, que es un cielo, tuvo la buena idea de poner una peli porno de las muchas que tenías para tu uso y disfrute, y la pasma se lo tragó.

Claro que si hubieses visto mi actuación, fue el papel de mi vida, tan desconsolada y compungida, un Oscar me merecía por eso. Y no te quejes que tú disfrutaste lo tuyo, a más de uno le gustaría morirse así.
Y es que no me canso de decirlo, esto del ciber-sexo no trae nada bueno. O sí.


 
Jugando


¿Por qué me empeño en seguir jugando a la "gallinita ciega" si siempre acabo perdiendo?

Del libro desordenado "¿Y a ti quién te ha preguntado?" (2004)
 
FOTO ANTIGUA


FOTO ANTIGUA (Almudena Guzmán)

Y esa monicaca de chocolate hasta los kikis de rosados lacitos soy yo.
Quién lo diría.
Quién adivinaría en esos ojitos dulces un atisbo, sólo un atisbo de
amargura.
¡Si ella, la otra yo, la que fue voraz consumidora de leche condensada,
me conociera ahora!
Ahora que estoy hecha un asco, ajada, sin luz, luciérnaga exenta de
brillantes culebreos.
Qué pena.
La abstracción de mi mente ha culminado en un monolito de sal. Y ya
no quiero escribir más.

(La playa del olvido, 1984)
 
Mañana de otoño


Se le acaba la vida, se le acaba. Pero no tiene miedo ni se aferra a lo poco que queda de ella como a un clavo ardiendo. No. Prefiere morir así, con la cabeza en su sitio. Una muerte digna y serena. Ha vivido mucho. Vio crecer a sus hijos y a sus nietos, la mayor está a punto de parir. Eso es lo único que espera, el regalo de unos dias más para poder contemplar el rostro de su biznieta y desearle una vida completa, antes de que la suya se extinga.
En el jardín de la casa que tanto esfuerzo les costó comprar, abrigada por el calor de un suave sol otoñal, como cada día desde hace más de treinta años, piensa en él. En su amigo del alma. En el hombre que más aportó a su vida. Ni un sólo día dejó de dedicarle un pensamiento. Le amó tanto. Le ama tanto. Y nunca se lo dijo.
¿Para qué? Mil veces estuvo a punto de confesarle todo lo que sentía por él. Y mil veces calló. En tantas y tantas conversaciones, extensas y plagadas de intimidades, en los cientos de cartas que se escribieron y que los llevaban a conocer los entresijos de sus vidas un poco más cada día, no habló de su amor por él. Sí, le dijo que le quería, claro, que era su mejor amigo, que le echaba de menos, que le necesitaba... pero callaba lo importante. Que el amor le oprimía el pecho hasta hacerla estallar en llanto, que escuchar su voz era el placer más grande jamás imaginado. Y las pocas veces que se vieron... esas las guarda en su memoria como el mayor tesoro. Nunca fue tan feliz como el poco tiempo que pasaron juntos. Ni tan desgraciada cuando llegaba la hora de la despedida.
No sabía lo que él sentía por ella, y tampoco le importaba. Ese amor era su vida, el motor que le daba alas, el que la hacía soñar, la ilusión secreta... ¿qué mas daba que él la quisiera de una ú otra forma?.
No le ha dicho nada de la enfermedad maldita que está acabando con ella, no quiere que la vea así, rendida. Le ha escrito una carta de despedida para que sus hijos se la hagan llegar cuando ella ya no esté. Una carta muy larga donde le confiesa lo único que él no sabe, aunque quizá lo intuya, porque es muy dificil disimular durante tantos años. Sin querer ha podido delatarse con una mirada, un silencio, un ligero temblor, o una lágrima a destiempo.
Ahora, aprovecha el poco tiempo que le queda para recordar, una y otra vez, tantos momento vividos. No fue mala la vida con ella, no, no puede quejarse. Quizá fue algo inoportuna, por traerlo a su vida cuando no debía, pero esas cosas ocurren. Y nada se puede hacer para evitarlo.
Se acerca la enfermera que la acompaña, es la hora de su calmante, antes de que el dolor se torne insoportable. Dormirá unas horas, y a lo mejor, con un poco de suerte, estará con él, como tantas noches de su vida, en el único lugar donde su amor se hace realidad: en sus sueños.


 
Verde y negro (Final)
(continuación)...

Afuera, en los rostros de los hombres se refleja el cansancio y la desesperación. Acaba de llegar uno de los patronos que se pasea impaciente, arriba y abajo. Piensa en la pérdida que supone que el pozo permanezca inactivo, pero sabe que no tiene nada que hacer, los mineros no empezarán a trabajar hasta que no consigan encontrar al hombre que permanece atrapado en el fondo de la mina. Y por supuesto, ni se le ocurre decirlo, siente las miradas llenas de rabia que le dedican cuando pasan por su lado. Este accidente traerá consecuencias, hace tiempo que los mineros exigen más seguridad en su trabajo y amenazan con convocar a la huelga.

Han pasado toda la noche trabajando y empieza a amanecer. El cielo está gris pero parece que aguantará sin llover, eso retrasaría los trabajos de rescate. Los hermanos de Avelino, familiares y demás vecinos del pueblo volvieron a la mina para ir turnándose con los demás.

Mientras, Avelino sufre alucinaciones. No es creyente, pero durante la noche vio a la Santina que le ofrecía un vaso de agua y le decía que pronto saldría de allí. No sabe si soñaba, pero el caso es que ya no siente la sed acuciante de hace unas horas. Tiene el cuerpo entumecido. Escucha atentamente, cada vez están más cerca, pero le parece que no se dirigen hacia donde él está. Se obliga a pensar, tiene que hacer algo para que puedan localizarlo. A tientas busca por el suelo y coge una pequeña piedra. Con mucho esfuerzo logra incorporarse un poco y empieza a golpear la pared en la que se apoya. Casi no le quedan fuerzas pero tiene que seguir sin descanso, es la única forma de que lo encuentren.

Los hombres están sacando escombros, piensan que no pueden tardar mucho en encontrar el cuerpo de Avelino. Ya han perdido la esperanza de que siga con vida, sin embargo, tienen que devolvérselo a su familia para que lo entierren como Dios manda.

Rufino va delante de la patrulla cuando cree escuchar un ligero golpeteo.
- ¡Eh! Vosotros, callai. Parecióme oir algo por ahí.
Todos permanecen quietos escuchando y durante unos segundos no se oye nada, están expectantes. Al momento, empiezan a escucharse unos golpes suaves. Vienen de la parte derecha de donde ellos se encuentran. Llaman a uno de los que dirigen la patrulla de rescate y vuelven a guardar silencio. Los golpes siguen sonando. Empiezan a trabajar hacia el lado por donde creen escucharlos. La actividad se vuelve frenética.

Avelino se siente desfallecer pero tiene que seguir golpeando la pared. Por un momento cree que va a perder el conocimiento, pero le parece que los ruidos se van acercando e incluso creyó escuchar voces; así que saca fuerzas de no sabe donde y sigue con los golpes, eso le ayuda a mantenerse despierto.

Fuera de la mina ya corrió la voz. Rápidamente se extendió el rumor de que dentro se oyen golpes. La esperanza se abre paso lentamente en las mentes de los hombres agotados por tantas horas de trabajo e incertidumbre. Alguien fue al pueblo a avisar a Lourdes. Está en casa de Mercedes ayudándola con los niños. Ahora no pueden dejarla sola, tiene que salir adelante como sea. Anda trasteando en la cocina cuando oye que la llaman:

- ¡Lourdes!, asómate fía… ¡Lourdes! ¿onde andes muyer?
- ¡Voy, voy! ¿Qué pasa? ¿Pareció Avelino?
- Nun vas a creerlo, dicen que se oyen golpes, parez que podría estar vivu.
- ¡Ay! Virgen Santísima. ¡Mercedes! ¡Mercedes! Voy pa la mina, fiyina, ahora mando Aurora que venga pacá. Tate tranquilina que con lo que sea mándote recao.

Sale corriendo por el camino, con el rostro bañado en lágrimas. Casi había perdido la esperanza y solo rezaba para que lo encontrasen cuanto antes.

Mientras, en el pozo sigue la búsqueda. Los golpes se oyen cada vez más cerca. Virgilio, otro de los hermanos empieza a llamarlo:
- Avelino, ¿pues oirnos? ¿tas ahí? Da solo dos golpes pa decir que sí-dice gritando. ¡Shhhhhhhhhhhhhh! Callai, no armeis ruio.

Se hace el silencio en la galería y al momento se escuchan dos golpes solitarios. Los hombres rompen a gritar y a reír.
- Tate tranquilu, que ya tamos aquí, resiste un poco más. Sigue dando golpes pa que sepamos onde tas. ¿Pues moverte? Sí, dos golpes. No, unu solu.

Otra vez silencio y un solo golpe.

- Bien, mantente despiertu ¿eh? Yo voy seguir hablando, mientras los compañeros van abriendo caminu.

Durante dos largas horas, Virgilio sigue hablando mientras Avelino golpea una y otra vez la pared. Unas veces para contestar a las preguntas de su hermano, otras para guiarles en la búsqueda.
Por fin, llegan al lugar donde se encuentra atrapado. Apartan la piedra que le aprisiona la pierna y lo acomodan en una camilla. Todos lloran, aunque esta vez es de alegría.

Los hombres van saliendo por la negra boca del pozo. Sobran las palabras, por sus caras se sabe que traen buenas noticias. Lourdes espera ansiosa para ver aparecer a su hijo. Cuando sale la camilla, se abraza a él llorando y siente como si lo hubiera parido de nuevo. Esta vez la vida ganó la batalla. La mina lo dejó lisiado para siempre, pero vivo al fin y al cabo.


 
Verde y negro (II)
(Segunda parte)

Durante horas, los mineros trabajan sin descanso ayudando a salir a los compañeros. Aparece el primer muerto: Faustino, 17 años, hace un año que empezó ilusionado a trabajar con su padre. Ahora él es quien le saca en brazos, roto por el dolor. Así van surgiendo de la negra boca, uno tras otro, hasta siete. Entre ellos: Pepín.

Fue el tercero. Cuando Mercedes le vio, deseó morir. Su mente se negaba a admitir que era él, su marido, aquel hombre que sacaban sin vida del fondo de la mina. El dolor era imposible de soportar y tuvieron que sujetarla para que no cayese allí mismo. Querían que algún patrono la llevara en coche al hospital, pero ella se negó rotundamente.

Solo se oyen sollozos y lamentos en aquella, ahora fría, mañana de primavera. Las horas van pasando lentamente. Faltan tres compañeros: Manolo, Santos y Avelino. Los mineros se van turnando en las tareas de búsqueda que cada vez se hace más difícil y penosa, pero no se dan por vencidos. Nunca dejaron allí un hombre enterrado, y no va a ser ésta la primera vez: trabajarán día y noche hasta dar con ellos, vivos o muertos.

Está cayendo la noche y aún, nadie piensa en comer ni descansar. Mujeres de otros pueblos trajeron comida para los hombres que salen exhaustos en cada turno de búsqueda. Sólo ellos se permiten un respiro y recuperan fuerzas para proseguir.

A las once de la noche encuentran a Manolo y Santos, ya cadáveres. Solo falta Avelino. Algunas mujeres volvieron a casa, tienen niños pequeños a los que atender. Entre ellas, Mercedes, acompañada por una de sus hermanas. Hay que preparar el velatorio y el entierro de Pepín. Lourdes tambien vuelve con ella, sabe que cualquier noticia sobre la suerte de su hijo pequeño le será comunicada enseguida y los compañeros no dejarán de buscarlo durante toda la noche. Ahora su lugar está al lado de su nuera y de su hijo muerto.

Hoy, el pueblo se prepara para enterrar a sus muertos. Durante toda la mañana los hermanos de Pepín y Avelino, estuvieron yendo y viniendo de casa a la mina. Ha llegado una patrulla de rescate y prosiguen con la búsqueda, pero cada hora que pasa la esperanza de encontrarlo vivo va disminuyendo. No pueden hacer otra cosa que esperar y permanecer unidos en el dolor.

Esa tarde las escenas de dolor se suceden en cada casa y el negro predomina sobre el verde de las praderas. Han llegado mineros con sus familias de todas partes y gente importante, de las que llevan traje y corbata, con cara de circunstancias; aunque cuando todo termine volverán a sus trabajos cómodos y seguros. En sus vidas, esto representará tan sólo un inconveniente, un trámite que hay que cumplir. La comitiva se dirige al pequeño cementerio, los ataúdes a hombros de familiares y compañeros parece que siguieran el ritmo de una gaita que rompe el angustioso silencio.

En el camposanto hay cinco tumbas preparadas, los otros cuatro fallecidos son del pueblo vecino que, también hoy, se ve sacudido por el mismo dolor. El anciano párroco recita sus oraciones. A alguno de los que ahora está enterrando les dio la primera comunión y los vio crecer hasta convertirse en hombres. Intenta mantenerse sereno, aunque le tiembla la voz y los ojos se le llenan de lágrimas. Cuando todo termina, abraza a las familias y regresa lentamente a la iglesia. Desde ayer parece que los años se le vinieron encima de repente. El cortejo emprende el camino de vuelta, allí ya está todo hecho, los muertos descansan en paz.

Avelino está tirado al fondo de la galería. No sabe cuánto tiempo, las horas pasan muy despacio en la oscuridad y el silencio. No puede moverse, una gran piedra le aplastó la pierna derecha. No está muy seguro de lo que pasó, sólo recuerda que fue más adentro que sus compañeros para ir apuntalando el techo. Un poco más atrás de donde él se encontraba, los picadores estaban taladrando la pared cuando se oyó el siseo inconfundible de un escape de grisú. El grito de uno de ellos: “¡Grisú! Guajes correi” alertó a los demás. Cuando quiso darse cuenta, la galería se le vino encima. Está seguro que muchos han caído con la explosión y él sigue vivo, aunque no sabe por cuanto tiempo. Está allí, atrapado sin remedio.

Durante las primeras horas no oía ningún ruido, luego no se acuerda si se durmió o perdió el conocimiento. Hace poco, empezó a escuchar ruidos y murmullos pero no logra ubicarlos para poder saber de dónde vienen. Sabe que no pararán hasta dar con él, pero piensa que quizá no lleguen a tiempo. O igual en una de esas, cede la viga de madera bajo la que está parapetado. Tiene frío y sed, mucha sed. Con la explosión, el polvo del carbón se le metió en la garganta y los pulmones y siente su sabor. Tiene que mantenerse tranquilo y no perder la esperanza. Esperanza… no puede verse la pierna atrapada, pero ya no le duele y eso no es buena señal. La piedra que tiene encima es de grandes dimensiones y ha debido aplastarla por completo.

Sus pensamientos van y vienen sin control. Pepín ¿estará bien? ¿cuántos habrán caído esta vez? ¡Ay! ¡Probe mamina, tarás tan preocupá! – piensa. Los de rescate deben estar cada vez más cerca porque escucha voces, pero sabe que tienen que ir despacio y extremar las precauciones. Ya que pueden encontrarse con otra bolsa de grisú o provocar un derrumbamiento. El cansancio le hace cerrar los ojos y hay momentos en que pierde la consciencia.

(continúa)

 
Verde y negro (I)
Hoy he estado leyendo. Toda la tarde. Tenía unos cuantos libros pendientes que me había mandado mi querido amigo KLUZKL (el enlace con su página está a la izquierda). Ya he hablado de él en algún post, es uno de mis más admirados y queridos amigos (y tengo pocos). Seguro que si él lo lee dirá que soy una exagerada, es un hombre demasiado modesto y tímido, pero es igual, que se aguante. Bueno, decía que leí un libro de los que él me envió: Historia de una maestra de Josefina Aldecoa. Es un historia sencilla que transcurre en los años previos a la guerra civil española. Pero una de las cosas por las que más me gustó (y seguro que él lo sabía) es que la última parte de la historia transcurre en un pueblo minero muy cerca de Asturias. Ésto me trajo a la memoria historias escuchadas en tardes de invierno que me contaba mi madre, y otras relatadas por la abuela, en el paseo de la playa de Gijón o asomadas a la ventana de su casa.

Por eso, he decidido pegar hoy un relato que escribí hace algún tiempo que habla de eso, del trabajo de los mineros, de lo duro de esa profesión. Mi abuela padeció en sus propias carnes la pérdida de un hijo en esas circunstancias y de más hombres de su familia.
Lo partiré en dos o tres partes porque es un poco largo y no quiero aburriros. Pido perdón porque los diálogos están escritos en "bable" (mal escritos diría yo, porque lo hago de oído). Espero, de todos modos, que los entendáis.



VERDE Y NEGRO (I)

Son las cinco de la mañana cuando suena el despertador. Pepín lo apaga rápidamente, pues, no quiere que se despierten los niños. Mercedes se remueve a su lado, torpemente.

- ¿Ye la hora? –le pregunta.
- Sí, pero nun fai falta que te levantes, quédate en la cama, muyer.
- Anda, tontu, voy facete les sopes con leche y el almuerzu.

Le cuesta levantarse, ya sólo faltan dos meses para que su sexto hijo venga al mundo.

Mientras Pepín se asea, ella enciende la cocina de carbón para que vaya caldeando la casa y le prepara el desayuno y el almuerzo. A las seis entra a trabajar y tiene media hora de camino. Ella le acompaña hasta la puerta y, como todos los días, le da un beso de despedida.

El hombre sale de casa y enciende un cigarro Todavía hace frío a esas horas, y aunque ya llegó la primavera, hay neblina y el sol aún tardará en salir. Pepín trabaja en el Pozo de Santa Pola, uno de los muchos que pueblan la cuenca minera asturiana. Todos los días hace el mismo camino a pie y poco a poco se va juntando con otros compañeros que llevan el mismo destino.

- Buenos días Pepín ¿cómo va eso, hombre?
-Buenos días Avelino, bueno, pa que me voy a quejar –contesta.

Avelino es uno de sus hermanos pequeños, de los pocos que quedan solteros.

- ¿Cómo está madre? Fai díes que no la veo.
- Como siempre, tien un genio, la condená. Hoy casi me tira la madreña a la cabeza, nun podía levantarme de la cama.
- Claro, t’aries ayer de juerga, a ver si asientes la cabeza, que ya es hora
- Déjame, déjame que disfrute de la vida, que luego pásame como a ti, cinco fios y el que vien de caminu y s’ acabó la fiesta.

Mercedes, está trajinando por la casa. Aprovecha antes de que se levanten los críos. Luego, a los tres mayores les da el desayuno, los viste y los manda a la escuela. Los dos pequeños aun no tienen la edad suficiente, así que va con ellos todo el día, pegados a su falda. Y hay tantas cosas que hacer: ordeñar la vaca, darle de comer a ella, a los dos cerdos y unas cuantas gallinas, limpiar un poco la cuadra, ir a por agua a la fuente, lavar la ropa en el lavadero que con cinco chiquillos pequeños todos los días hay ropa sucia; cuidar el pequeño huerto que tienen detrás de la casa, donde plantan verduras y patatas para el consumo familiar. Desde luego, no tiene tiempo de aburrirse. Menos mal que tiene la ayuda de las vecinas y la madre de Pepín que viene casi todos los días a echarle una mano con sus hijos.

Son las nueve de la mañana cuando ve subir por el camino a la suegra, es inconfundible su andar ligero y arrogante, no se explica como puede tener esa energía después de haber parido doce hijos.

- Buenos días Mercedes ¿cómo estás, fia? Madre mía, con esi barrigón, nun se como pues estar trabayando to el día ¿nun llevarás dos?
- Dios me libre, ya tengo bastantes ¿no i parez?
- ¿Onde andan los guajes? ¿Tan durmiendo tovia?
- Que va, que más quisiera yo, puseyos la manta en el suelu y ahí anden trasteando con cuatro cacharros. Tan calentinos, fai ratu que encendí la cocina.
- Voy yo padentro, si tienes que ir por agua o a lavar, pues ir tranquila. No sé si nos lloverá, fai un ratín parecíame que empezaba a orbayar*.
- Sí, pongo les madreñes y marcho, nun quiero que me pille el agua y ponerme pingando
.
Mercedes, se sube el balde de la ropa en la cabeza, coge un cubo en cada mano y sale de casa camino del lavadero, al volver pasará por la fuente y cogerá agua. Es pesado no poder lavar en casa, pero también disfruta de esos ratos. Allí se encontrará con otras mujeres: primas, amigas, vecinas y mientras no dejan de enjabonar y frotar la ropa, hablan de sus cosas y de lo que pasa en el pueblo. No falta nunca la que les hace reír un rato con sus ocurrencias y sin darse cuenta se le pasa media mañana.

Camina por el sendero flanqueado por grandes árboles, las praderas tienen un verde intenso y los cerezos están en flor. Ama la hermosura de su tierra a pesar de lo dura que es allí la vida. Algunos hermanos de Pepín emigraron a otras tierras, huyendo del trabajo de la mina. Pero él nunca quiso irse, dice que nació minero y así morirá: no sabe hacer otra cosa. Al principio ella insistía, pero acabó desistiendo. Eran felices allí.

Cuando llega al lavadero, hay otras cinco mujeres. Las saluda y se coloca en su sitio. Ya le molesta la barriga, acabará con ella completamente mojada. Pero bueno, ya le queda poco, a ver si tiene suerte y se le presenta un buen parto como con los otros.

Charlan animadamente cuando a lo lejos se oye el sonido de una sirena. Todas levantan la cabeza y escuchan atentas. Hace un rato que los mineros volvieron al trabajo después del almuerzo, así que ese sonido no anuncia nada bueno. Se miran, con el temor asomando a sus ojos y recogen la ropa deprisa. Deben volver al pueblo.

El camino de regreso lo hacen en silencio, pesa sobre su ánimo la preocupación y el miedo. Llegando a las primeras viviendas de la pequeña aldea, les sale al encuentro Amada, viene jadeante y sudorosa:

- Daibos prisa, rapacines. Llegó a caballo Lito, el de Leontina, diz que hubo un accidente en el Pozu de Santa Pola. Paez que ye muy grave. Les muyeres ya marcharon payá, yo vine a buscarvos.
- ¿Y qué facemos con los guajinos? ¿Quién se va a quedar con ellos?- pregunta Mercedes.
- Nun pases pena, fia. LLevámoslos donde la escuela, la maestra diz que ella se fai cargo de to, que marchemos tranquiles.

Mercedes, entra a la casa y deja el balde de la ropa. Su suegra ya no está y ella, se une al resto de mujeres que, como en procesión, se dirigen, a paso rápido, al lugar del accidente.

Cuando llegan ya están sacando a los heridos. Ha empezado a caer una silenciosa llovizna, el orbayu que va dejando grietas, como cicatrices, en las negras caras de los mineros. La mañana se volvió gris de repente. Dicen que fue una explosión de “grisú” y una de las galerías se derrumbó con el impacto. Se habla de siete ú ocho muertos. Todo es confuso. Las mujeres se abrazan a sus hombres cuando los ven salir por su pie. No hablan, solo lloran. La rabia, la impotencia y el dolor se reflejan en sus rostros. Las otras, esperan y miran a las afortunadas con una mezcla de felicidad y envidia. Ellas ya están tranquilas hasta la próxima vez.

En un grupo, con la angustia y el miedo oprimiéndoles el pecho, están Mercedes y Lourdes, la madre de Pepín. Él y Avelino, aún no aparecieron, dicen que estaban en la galería que se derrumbó. Todavía hay esperanza...

(Continúa)
 
Un mar de lágrimas


Esta noche he estado dando un paseo por las casas de mis vecinos, esos desconocidos que dejan siempre la puerta abierta, o la llave bajo el felpudo para que entre y me ponga cómoda. En cada una encuentras una historia diferente. Algunos de estos amables moradores inventan dulces palabras llenas de magia que te transportan a mundos fantásticos, otros, te avivan el deseo mediante imaginarias escenas de besos y caricias. Hay unos cuantos que casi siempre te hacen sonreír porque son así de simpáticos ellos, rezuman sentido del humor e ironía. También los hay que hablan de sus cosas, anécdotas de la vida y lo hacen tan bien, que casi llegas a imaginarlos y a sentirte uno más de la familia. Te presentan a sus padres, parejas o hijos, a sus amigos. Y hasta despellejan a sus jefes, como hago yo de vez en cuando. Luego están los que miran la actualidad bajo otro punto de vista, y te enteras de cosas que no sabías, o que te habían pasado desapercibidas. Hay verdaderos expertos en cine que te desmenuzan la película de moda, o te presentan otra tan interesante que al día siguiente estás en la taquilla comprando las entradas. ¿Y la música? Hay casas donde está sonando constantemente, sólo tienes que hacer un “clik” y descubres una melodía desconocida o aquella canción que hace años no escuchabas.

Después, empecé a escuchar, de forma aleatoria, algunas de las canciones que tengo en mi disco duro. De pronto, sonó una música. Empecé a llorar. No quería hacerlo, me sentía feliz. Estaba relajada y tranquila después de mi agradable paseo. Pero parecía que mis ojos no entendían eso y manaban sin parar lágrimas saladas. Era como si hubiesen roto aguas en un parto inesperado de nostalgias. Usé una cantidad ingente de pañuelos de papel, pero era imposible, nada ni nadie podía enjugarlas. Temí quedarme sin líquido y empecé a beber. Fue una locura. Cuánto más bebía, más agua salía por los lagrimales. En vez de esos agujeritos diminutos parecía que fueran los caños de una esas fuentes de pueblo que dicen que si bebes de todos, puedes pedir un deseo. Deseé poder parar de llorar, pero no dio resultado. Y con la pena, lloré más. Me acordé entonces de un cuento que le leía a mi hija cuando era pequeña “La lágrima Lila”, era la historia de una lágrima que lloró un hombre triste al irse a la cama. Ella se quedó a vivir en su oreja, y cuando el hombre triste se despertó, ella le acompañó durante todo el día. Claro que tenía que tener mucho cuidado. Tuvo miedo cuando el hombre triste se bañó porque ya sabía lo que le pasaría si caía en la bañera, y cuando al hombre triste se le cayó el pañuelo al suelo muy cerca de donde ella estaba. Y luego el hombre triste le contó cuentos porque ella no podía pasar las páginas de los libros. Así se quedó para siempre con el hombre triste que nunca más lloró porque la lágrima Lila lo hacía feliz.

Pero yo no lloré sólo una lágrima, ¡qué más hubiera querido! Yo lloré un mar de lágrimas. La habitación se iba inundando poco a poco, y ya el nivel de agua salada ascendía peligrosamente. No sabía qué hacer, pero como una tonta, escuchaba insistentemente esa melodía culpable de ese torrente que no cesaba de manar incansable de mis ojos. Me quedé un instante pensativa. Eso tenía que acabar o terminaría ahogada en mis propias lágrimas. Y tome una determinación.

Me zambullí en aquella masa de agua salada y transparente.... y me hice unos largos.
 
Negaciones (MARIA ROSAL NADALES)


NEGACIONES (María Rosal Nadales)

No he venido a decirte que me escuches, a ti, embaucador,
tarado, charlatán de feria.
No he llegado hasta aquí a regalarte el aroma secreto de mis muslos,
pues dormitan las fieras y es preciso una recia armadura a su contagio.
No he venido a leerte las palabras que escribo por la noche,
cuando sueñan las hoces con un campo de espigas.
No he venido a que me hables, amordazado, infeliz, alma
destartalada.
No he venido a que me mires, ni a que me aprietes fuerte
contra los pernos de tu caja torácica.
No, no he andado desde la lejanía del desierto para besar la
deslumbrante antorcha de tu osario.

Entonces... ¿A qué has venido -me preguntas-
a qué tanto disfraz, tan triste maquillaje?

De "Otra vez Bartleby"
 
Paseo


Me levanto temprano. Le doy una ojeada rápida al despertador, de refilón, casi con miedo de que sea tarde ¿tarde para qué?... es igual. Las agujas fluorescentes marcan las siete de la mañana. Buena hora ¿para qué?. Basta de hacer preguntas ¡joder!. Abro el armario y el desorden me da de bofetadas... es igual. Rebusco entre la maraña de trapos anudados. Parece que se abracen. Por fin encuentro un pantalón corto y cualquier camiseta. Salgo a la calle.

Camino. De repente siento unas ganas enormes de caminar. Empiezo a contar mis pasos: uno, dos, tres... diez, once... No pienso. Sí pienso, estoy contando y eso es pensar. No pienso, yo me entiendo. Aquí vienen cuatro mujeres, algo mayores, que ahora está de moda salir a caminar por la mañana, otras lo hacen por la noche, cuando refresca. Me imagino dentro de algunos años. No, aún es pronto. Sí, también salí a caminar, pero lo mío es distinto. No tiene sentido, es un andar por andar, sin destino.

¡Buenos días!... sonrío. Me distraen. A todo el mundo le dio hoy por salir a pasear. No importa. Iré por ahí, entre los árboles. Imagino que allí, en aquel claro, se abre una puerta. Si la atravieso entraré en otra dimensión. Quizá desaparezca para siempre. Sonrío. ¿Me buscarían? Supongo que sí. O no. Da igual. Sigo andando... sin destino.
Acelero el paso sin darme cuenta. Más rápido, más rápido. Estoy corriendo. Siento el golpear de la sangre en las sienes. Quizá mi cabeza estalle como una calabaza... boooooom. ¡Qué tontería! La imagen se hace visible, mientras el latido aumenta su ritmo. ¡Basta! ¡Para ya!.

Vuelvo a caminar tranquila, canturreando “Tu piensas que la luna estará llena para siempre...yo busco tu mirada entre los ojos de la gente...tu guardas en el alma bajo llave lo que sientes...yo rompo con palabras que te agarran como dientes...tu sufres porque no sabes como parar el tiempo...yo sufro porque no sé de que color es el viento, tan dulce y hechizante que se escapa de tu boca...con sólo una sonrisa....mi cabeza volvió loca...”.

¿Y éste que coño estará mirando? Claro, lleva los auriculares puestos y pensará que hablo sola. Da igual. Venía de frente, y ahora lo tengo a mi lado. “¿Corremos juntos?” “Creo que no es muy buen día para corrernos”. Sonríe. ¡Vaya! es aquel chico que iba conmigo al gimnasio, el de la sonrisa a lo “Clooney”. “Me gusta tu sonrisa” “Lo sé”. No me extraña, más de una vez me quedaba hechizada mirando su boca.

Caminamos en silencio, cada vez que lo miro, me regala su sonrisa “Cloonyca”. Me cae bien. Nos sentamos en la pared de una acequia, a la sombra de un naranjo. Me presta uno de sus auriculares. Parecemos dos siameses unidos por un cable de mp3. Empezamos a cantar bajito. La voz va subiendo de tono, más alto, más alto... Estamos gritando como locos al ritmo de la música que sólo nosotros escuchamos: “lo siento, me tengo que ir... quería contarte que es muy fuerte esto que siento... y tu no sientes, tengo el tiempo entre los dientes para ti... quería decirte, como te he dicho otras veces... que pase lo que pase... estoy aquiiiiiiiiiiiiii”.

Cantamos la última estrofa a voz en grito, abriendo mucho los brazos. Un viejito se acerca, apoyado en su bastón. No importa. Da igual lo que piense. Pasa por nuestro lado, con lentitud. “Buenos días”, “Buenos días, señor”.

Cuando se aleja, reímos, reímos sin parar. Me cae bien. Y está bueno. Su sonrisa...otro día... quizá otro día. Hoy sólo salí a caminar... sin destino. A no pensar. Estoy pensando... yo me entiendo.
 
Regalo de cumpleaños (Final)
Queridos amigos, siento haber dejado el relato a medias, pensaba colgar la continuación al día siguiente, pero me marché fuera unos días, uno de esos planes inesperados que acaban resultando casi perfectos. Y para mí, que me hacía falta.
Es bueno, muy bueno a veces, volar a otro planeta, y ver las cosas de la tierra "a vista de pájaro" como decía el desaparecido Félix Rodríguez de la Fuente. Alejarse de las circunstancias y los lugares comunes. Limpiar la mente y el alma de esos sentimientos tenaces que no te dejan respirar, que te cierran los poros de la piel y te ahogan. No, no es que a la vuelta lo hayas olvidado todo (que tampoco estaría mal), es sólo que lo ves algo distinto, de otro color, o simplemente que lo asumes. Y no duele tanto.
Bueno, os dejo el final de la historia que no es nada de otro mundo, es solo un relato en tono erótico sin otra misión que entretener. Lo escribó hace tiempo y en estos días no tenía muchas ganas de escribir ni nada qué decir.
Ahora me voy a dormir, creo que será uno de los días que antes me acueste. Estoy cansada y sólo me apetece abandonarme en brazos de Morfeo.
Gracias, una vez más, por estar aqui.
Besos.



Es una casa preciosa, con una verja de hierro que se abre como por arte de magia. Supongo que alguien nos ha visto llegar. Un pequeño camino nos lleva hasta una gran puerta de madera.

-Ahora tendrás la sorpresa – me dice sonriente- pero antes tienes que prometerme que harás lo que yo te diga. Confías en mi ¿no?
-Sí, claro que confío en ti.

En ese momento, saca de su bolsillo un pañuelo de seda, se coloca detrás de mí y procede a taparme los ojos. El corazón me da un vuelco. Oigo como se abre la puerta. Él, a mi espalda, me coge por la cintura y me guía para que no tropiece. Siento la presencia de alguien, justo delante de mí.

-Te presento a mi hermano pequeño- me susurra al oído. No le conoces, acaba de llegar del extranjero.
Unas manos toman las mías y me atraen, mientras siento el roce de unos labios en mis mejillas.
-Hola, tenía muchas ganas de conocerte- tiene una voz sensual y dulce con un ligero acento argentino.
-Hola- sin querer, mi voz tiembla ligeramente.

Así, cogida de la mano del hermano y con él llevándome de la cintura voy penetrando en la casa. La percibo acogedora, una música suave con raíces andaluzas llega a mis oídos, que parece se han vuelto más receptivos. De pronto, mis pies pisan algo mullido. Creo que hemos llegado a una habitación con moqueta o alfombras en el suelo. Un suave aroma a incienso impregna la sala. Noto la presencia de los dos hombres a mi lado.

-Bien, ¿a quien prefieres desnudar primero?- es él quien me habla.
-A ti.
No se qué me pasa, pero me tiemblan las manos. Comienzo acariciando su cabello, corto y espeso, las orejas, el cuello. Conozco muy bien su rostro, pero ahora me parece distinto. Son mis manos las que me trasmiten imágenes y es una sensación extraña. Las cejas, espesas y bien formadas, los párpados, la nariz recta, los labios carnosos que acaricio suavemente. Desabrocho su camisa y me encuentro con unos hombros fuertes, brazos largos y unas manos grandes y poderosas. Él es alto y fuerte. Husmeo su cuello, percibiendo el conocido aroma, una mezcla de madera y plantas silvestres. Su pecho. Me excita su pecho, cuando me abraza, siento que estoy justo en el sitio donde quiero estar. Juego un instante con los pezones, sucumbo a la tentación de pasar por ellos la lengua, sintiendo como se endurecen.

Desabrocho los pantalones que resbalan hasta el suelo. Él, tampoco lleva ropa interior. Paso las manos por detrás y acaricio sus nalgas. Está totalmente depilado, como yo. Me gusta su culo, está bien formado, la carne prieta. Acaricio las ingles, suavemente. Su sexo, excitado, reclama caricias. Es más bien corto y grueso. Lo rozo, apenas. Oigo su respiración muy cerca de mí. Coge mi rostro y me besa dulcemente en la boca. A continuación, me da la vuelta.

Es el turno del hermano. Alargo las manos, tanteando. Estoy más nerviosa, nunca le he visto así que las sensaciones son totalmente distintas. Su cabello es más largo y sedoso, un poco rizado, lo lleva recogido en una coleta. La suelto. Es solo un poco más alto que yo, contando que llevo unos buenos tacones. La nariz es pequeña y los labios algo más finos que los de él. Necesito besarlos, probar su dulzor. Me acerco a ciegas, y los siento sobre los míos. Besos suaves, pequeños, que me provocan. Paso la mano por detrás de su cabeza y aprieto mi boca contra la suya, abriéndola, buscando la lengua. Entonces, en la habitación solo existe esa boca, húmeda, dulce, excitante que no quiero abandonar. Pero, lo hago, quiero seguir explorando ese cuerpo con mis manos. Lleva una camiseta de algodón, tiro de ella hacia arriba. Descubro un cuerpo pequeño, hecho de músculos y nervios. Acerco mi nariz, y aspiro su olor marino, a sol y algas. Hombros muy marcados. Desciendo por los brazos y acaricio sus manos, suaves, con dedos largos y delgados. Deseo que me acaricien. Tengo prisa por desnudarlo, bajo la cremallera de la bragueta y tiro de los pantalones. Toco unos pequeños boxers ajustados de algodón, se los quito. Cuando lo hago, acaricio su trasero, apretado, con un suave vello, me encanta. No puedo esperar más, y voy directamente a su pene. Está completamente erecto y tiene un tamaño considerable. La piel tersa, tirante.

-Basta, basta – su voz me ha sorprendido- ahora vamos a desnudarte a ti.
-Sólo llevo el vestido.

Inmediatamente, comienzan a acariciarme. No, no son caricias, son pequeños roces, leves toques. Tanto, que no logro diferenciar sus manos, tan distintas. Deslizan los tirantes por los hombros, y siento como el vestido va resbalando por mi cuerpo. Estoy completamente desnuda y me siento vulnerable y poderosa a un tiempo. Es una sensación muy extraña. No veo sus caras, ni la imagen que proyecto ante ellos. Quizá parezco una joven desvalida o una diosa erótica. Intento imaginar sus rostros ¿qué hacen? ¿me están mirando?

-Eres muy hermosa- es el hermano quien me habla, muy cerca, casi es un susurro.
No digo nada, pero respiro aliviada. Por un momento, estuve tentada de quitarme la venda de los ojos. Él, adivinando mis pensamientos, me abraza y me siento segura y tranquila apoyada en su pecho. Muy despacio, me deposita en el suelo. Siento algo así como una suave alfombra bajo mi cuerpo, muy blanda. Me coloca boca abajo, y apoya mi cabeza en una especie de cojín mullido. Después, siento como un líquido tibio, oloroso, se derrama sobre mi cuerpo.

Es un aceite para masajes, inmediatamente cuatro manos empiezan a acariciarme toda la parte trasera del cuerpo, hombros, brazos, espalda, culo, nalgas, piernas. Sus manos resbalan sobre mi piel y yo quiero que esa sensación dure y dure. Uno de ellos, me parece que es el hermano, está masajeándome el culo y yo me estoy excitando. Mete la mano, suavemente, rozándome el ano. Alzo las caderas, separando un poco las nalgas. Esos dedos me están volviendo loca. Siento como me penetran, suaves y resbaladizos por el aceite. Saca los dedos y me quedo con unos deseos inmensos de tenerlos dentro de mí, otra vez. Me dan la vuelta y siguen los masajes, esta vez por los pechos, el vientre, los muslos. La suavidad con la que me acarician, rozándome apenas me deja siempre con ganas. No paro de gemir, de retorcerme de placer, mientras ellos permanecen en silencio.

Tengo la piel suave y olorosa y ellos han empezado a besarme y lamerme por todas partes. Mientras uno chupa y muerde mis pechos, el otro lo hace con mi sexo. No puedo aguantar más el orgasmo, así que me corro entre gritos de placer. Ellos se afanan aún más cuando lo notan, el éxtasis se hace interminable.

Sigo con los ojos vendados, y la sensación es difícil de describir. Él me besa dulcemente en la boca, y me levanta un poco para acomodarse debajo de mí. Me siento a horcajadas. Cojo su pene con la mano y lo hundo dentro de mí. Hacía tiempo que no estaba con él y lo echaba de menos. Siento a su hermano acariciándome por detrás. Me acomodo y me abro para que él me penetre. Lo hace lentamente. Creo que me voy a desmayar. Están dentro de mí, tan profundamente, que sus penes deben tocarse, separados tan solo por una fina pared. Por detrás, va imprimiendo ritmo a mis caderas hasta que nos movemos los tres acompasados. Quiero quitarme el pañuelo que me impide mirarlos, verme penetrada por los dos. Pero me resisto a mis deseos. El ritmo cada vez es más rápido, el hermano empuja cada vez más fuerte, ya no puede meterse más dentro de mí. Voy a correrme y lo grito. Cuando siento el semen llenándome la vagina y el ano, caigo desfallecida sobre su pecho.

Me he quitado el pañuelo de seda de los ojos, están los dos, uno al lado del otro acostados, con los ojos cerrados. Los miro despacio. Me coloco entre sus piernas, de modo que tengo uno a cada lado. Jugueteo con sus sexos fláccidos, una mano para cada uno. Poco a poco, van despertando con mis caricias. Me agacho sobre él y empiezo a lamerlo, sin dejar de acariciar al otro. Vuelven a estar excitados. Y yo voy pasando mi boca de uno a otro. Puedo distinguirlos con los ojos cerrados, hasta su sabor es distinto. Me acuesto, boca arriba, y cojo a su hermano de la mano, invitándolo a penetrarme. Él se levanta y se coloca a mi lado, de rodillas. Su pene queda a la altura de mi boca. Tengo a su hermano encima, con su sexo dentro de mí. Él me mira y me gusta. Me gusta que mire como me posee otro hombre. A él también le gusta, está cada vez más excitado. Se siente mi dueño y me ofrece a su hermano que me trata como si efectivamente, yo fuese un regalo que sabe que no le pertenece. Con los pies lo aprieto contra mí, para sentirlo más adentro, mientras rodeo su pene con la boca y hago presión con la mano en su culo. Han empezado los dos a moverse. Me pellizcan los pechos y él ha metido la mano entre su hermano y yo, masajeándome el clítoris. No puedo gritar, tengo su sexo en la boca y él sabe que no puedo contenerme cuando llega el orgasmo. Así que da una última embestida y siento su semen caliente, mientras un gruñido animal se escapa de su garganta. Se retira, mientras su hermano y yo llegamos al clímax. Luego, busca impaciente mi boca que guarda su sabor.

-Y ahora ¿nos vamos a cenar?
Es el mejor cumpleaños de mi vida.





 
Regalo de cumpleaños
Hace tiempo que no cuelgo uno de los relatos eróticos que escribo de vez en cuando. Hoy me apetecía hacerlo, espero que lo disfrutéis.



Hoy es mi cumpleaños y salgo a cenar con uno de mis mejores amigos y clientes. Tengo toda la tarde para mí, preparo la bañera y me sumerjo en el agua caliente. Empiezo a enjabonarme lentamente.

Primero el cabello. Desearía que alguien me frotara la cabeza, me gusta sentir otras manos en la nuca, rascando con las yemas de los dedos el nacimiento del pelo. Estoy sola, así que lo hago yo. Sigo con el cuello, los hombros, los brazos. Me demoro en los pechos, me gusta masajearlos en círculo mientras miro como los pezones se endurecen y se yerguen. Se vuelven altivos y grandes. Las manos bajan por el estómago y la suave curva del vientre. Abro un poco las piernas y enjabono la vulva, ahora suave como la piel de un bebé, después de rasurarlo por completo. Hoy me apetecía hacerlo, además sé que a él le gusta así. Realmente, es bonito así mi sexo, me recuerda a una flor carnívora, rosada, dispuesta a abrir sus labios a las caricias. Me estoy excitando y me apetece masturbarme. Pero no, espero tener una noche de sexo intensa, así que rápidamente, paso a las piernas. Son la parte de mi cuerpo que más me gusta. Delgadas pero fuertes, rectas. Los muslos prietos y poderosos pero muy suaves al tacto. Mmmmmmmmmmm, es un verdadero placer este baño.

Voy a vestirme. Elijo un vestido blanco largo, con una gran abertura en el centro, que desde abajo llega hasta medio muslo. No me pongo ropa interior, él me lo agradecerá. Me gusta sentir la suave tela del vestido sobre mi cuerpo desnudo. Un poco de maquillaje y unas gotas de perfume.

Una llamada al móvil me dice que está abajo esperándome en un taxi. No le gusta conducir. Cojo el bolso y cierro la puerta.
Está esperándome con la puerta abierta y me recibe con dos besos. Doy las buenas noches al taxista.
-Estás preciosa ¿dispuesta a celebrar tu cumpleaños?
-Dispuesta y ansiosa. Tú también estás muy guapo y elegante, aunque eso es algo habitual en ti, no debería sorprenderme.

Entramos en el coche y le da al chófer una dirección que no me suena de nada. Me guiña un ojo.
-Primero la sorpresa, luego, la cena- me dice. ¿Estás de acuerdo?
-Completamente, me pongo en tus manos.

Se apoya en la puerta y me atrae hacia él. Acoplo mi espalda a su pecho, y por detrás rodea mi cintura con sus brazos. Empieza a darme pequeños besos en el cuello y en la nuca. Al mismo tiempo su mano ha ido subiendo y colándose por el escote, bastante pronunciado. Saca una de mis tetas y empieza a jugar con el pezón.

El taxista se ha dado cuenta y da rápidas ojeadas por el espejo retrovisor. Sé que a él le excita que nos miren y a mí también. Su otra mano está ocupada en la abertura de mi vestido. Me aprieto un poco más a él, para facilitarle la tarea y al mismo tiempo sentir como su polla se va endureciendo. Abro las piernas y mi sexo queda al descubierto. En la posición en la que estoy el taxista no puede verlo, así que él hace que me vuelva y me ponga justo enfrente del hueco entre los dos asientos delanteros. Ahora sí le ofrezco al pobre hombre una vista completa del coño, totalmente mojado y abierto.

Él ha empezado a acariciarme y a penetrarme con los dedos. Hago intención de desabrocharle la bragueta, pero no me deja. Me besa en la boca y sigue con lo que está haciendo. Así que me dejo llevar por el placer que me proporcionan sus dedos, concentrándome en ese pequeño punto donde parecen converger todos las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. He cogido su mano con la mía, para imprimirle el ritmo que deseo. Al conductor se le van los ojos al mismo punto, creo que se va a correr sin necesidad de tocarse.

Pensando en ello, me inunda el primer orgasmo del día de mi cumpleaños.

Ya hemos llegado, mientras me arreglo el vestido, me susurra al oído:
-¿Quieres hacerle una paja al taxista? o ¿qué se la haga mirándote?
-¡Cómo disfrutarías! ¿verdad? Pues no, que le haga una fiesta a su mujer, pensando en mí.

Estamos ante una casa donde nunca antes he estado ¿qué sorpresa me esperará cuando cruce el umbral?

(Continúa)


 
Hoy hablo de la vida


Hoy hablo de la vida, pero no de la mía, no, de la vida en general. Esa vieja casquivana que nos lleva y nos trae a su antojo. En ocasiones, se presenta como una madre amantísima, que nos cuida, nos regala alegrías, nos presenta al amor, nos trae fortuna. Entonces la amamos y los ojos nos hacen “chiribitas”. Florecen los campos de nuestro corazón, revolotean las mariposas, los pajarillos cantan y las nubes se levantan. Todo así de bonito y romántico.

Pero ella, la vida, es muy puta. Y un día se levanta con ganas de follar. Y nos jode. Pobre del que se cruce en el camino de su mirada, pobre del que ella elija para dar rienda suelta a su pasión malsana, pobre del que, la puta vida, quiera convertir en el amante que la lleve a un orgasmo aterrador... pobre.

Tiene varios métodos para hundirnos en la miseria. Y depende del humor en que se encuentre utiliza uno u otro.

A veces, empieza poco a poco. El individuo elegido se da cuenta que algunas pequeñas cosas empiezan a salirle mal. Sufre molestias de cualquier tipo: de salud, mal de amores, económicos. Todo empieza a enredarse. Las flores se marchitan, los pajarillos se mueren o emigran, las mariposas pierden sus colores. Parece como si un pintor maligno le hubiese dado por usar sólo el gris para realizar su obra. Y todo se oscurece.
Otras veces, el cambio sobreviene de forma repentina. ¡Zas! De repente cae sobre ti la maldición como si una bruja furiosa se hubiese cruzado en tu camino. Empiezas a recibir tortazos por todas partes, sin saber de dónde vienen.

En sus dos modalidades el resultado es el mismo: la victima empieza a odiar la vida, y eso a ella le pone, y mucho. Cuando más se excita, más crueldad muestra en sus acciones. El pobre elegido se angustia más y más, con cada nuevo día. Y ella le estruja, sin compasión, le humilla, le convierte en una mierda, una piltrafa humana... hasta que, hundido en la más absoluta miseria, desea la muerte.

La vida que ya siente el sexo palpitante y húmedo, se para a pensar un momento. O lo echa a suertes: ¿dejo que este imbécil me abandone y se eche en brazos de la muerte? ¿le doy una esperanza?. Y tira los dados. Si gana el imbécil, le pone cerca una pistola, una cuerda, unas pastillas, una cuchilla o una azotea de un octavo piso. Y ella se corre. Si pierde el imbécil afloja un poco la soga de su cuello, le da un respiro. Y el pobre tonto se cree a salvo, claro, después de tanto dolor, la simple ausencia de él, ya le hace ser feliz. Y da gracias a la vida por una segunda oportunidad. Y ella se corre.
La conozco, la conozco muy bien.

Por eso, atesoro los momentos mágicos que le robo y los recreo, una y mil veces, para que no se me olviden. Los tengo bien guardados, esa vieja zorra no me los robará jamás. Cuando ella está ocupada en otros menesteres o intenta que la odie, yo los saco uno a uno, cierro los ojos, y vuelvo a aquel momento:

Al hermoso sueño que tuve una noche hace ya mucho tiempo.
A la tarde que pasé con mi padre, planeando las vacaciones, sin saber que eran las últimas horas que pasaría con él.
A las vacaciones con mi abuela.
Al día que mi madre salió de una delicada operación.
Al día que nacieron mis hijos.
A la mirada del amor de adolescente recién estrenado.
Al primer beso que me dio mi marido.
A mi primer orgasmo.
A la última vez que reí a carcajadas.
Al primer encuentro con mis dos amigas más queridas.
Al momento en que escuché por primera vez una voz largamente soñada.
A una tarde que empezó a llover mientras me despedía de una persona amada que casi acababa de conocer.
Al momento en que leí un hermoso texto que un ser querido y admirado me dedicó por sorpresa.
Al día que escribí mi primer relato.
A la canción que me hace llorar.

Podría seguir y seguir enumerando momentos que ella, casi sin darse cuenta, me regaló. Algún día se levantará con ganas de joderme viva, y lo hará, seguro. A lo mejor sobrevivo, o no. Ella se correrá de todas formas. Pero se dará cuenta que la tengo calada y que a mí no me engaña con sus carantoñas.

Eres muy puta, vida, que lo sepas.
 
Tal día como hoy ...


...hace 25 años, decía "Sí, quiero" al que todavía sigue a mi lado y que es "mundialmente" conocido como MI CONTRARIO. Dijimos aquello de: "en la tristeza y en la alegría, en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza... hasta que la muerte nos separe" y lleva camino de convertirse en realidad.
Quería poner una foto del día de nuestra boda, pero no pude escanearla... otra vez será. Fue un enlace al uso de 1980, a pesar de que la novia, o sea yo, iba ataviada con un descocado vestido que dejaba los hombros al descubierto (¿qué querían para un mes de Agosto? , aunque para la iglesia lo disimulaba con una bonita capelina de tul transparente. Lo confeccionó mi madre, con esas manos que tiene de artista. Sabía que yo era y soy tan rara que no iba a encontrar ningún modelo a mi gusto.
La noche de bodas fue algo especial, y no, no os voy a hablar de sexo, entre otras cosas porque no nos dejaron hacer nada de nada. Nosotros pensábamos salir al día siguiente de viaje, con nuestro coche, sin destino, aunque nos apetecía recorrer la Costa Cantábrica, desde San Sebastián a Galicia. Entonces aun no estaban de moda los viajes al Caribe o a países exóticos. Pues bien, la noche de la boda la pasábamos en un hotel famoso que hay en mi pueblo, de cinco estrellas, pero alojados en una de las suite que tienen individuales, como una especie de bungalow, en la montaña, que constan de habitación, un gran sala y una terraza.
La ceremonia fue por la tarde, con una cena banquete para los invitados. Luego, nos fuimos con los amigos al hotel. Se hicieron las cuatro de la mañana y no había forma de echarlos de allí. Cuando por fin, conseguimos quedarnos solos y nos metimos en la cama, serían las 6 de la mañana, empezamos a oir ruidos extraños en la terraza. Eran los amigos de mi marido, borrachos como cubas, que intentaban entrar por la ventana. Iban tan mal que no estaban seguros que fuera esa la habitación. Nos llamaban susurrando, por si se habían equivocado, enfocaban las linternas que habían cogido de los coches, hacia la cama. Mientras, mi marido y yo, muertos de risa y tapados hasta la cabeza, hasta conseguir aburrirlos y que se marchasen. Fue una bonita fiesta.
Él sigue siendo ese joven del que me enamoré, con el que tengo broncas increibles en las que el fuego que llevamos dentro arrasa con lo que encuentra por delante. Ese mismo fuego que luego nos une en reconciliaciones inolvidables. Es el que amo con locura y a veces odio con la misma intensidad. El que me mira y me hace sentir siempre deseable y atractiva. El que envejecerá a mi lado...
A veces, es tan niño. Como aquel día en que hablábamos de la muerte y yo le dije que si yo moría antes quería que donasen mis órganos (los que pudiesen servir) y me incinerasen después. No soporto pensar en que me entierren. A continuación le pregunté que era lo que él deseaba. Se quedó muy serio y me dijo que a él no le gustaba mucho lo de la incineración pero si lo enterraban ¿cómo me encontraría? Me hizo reír, al mismo tiempo que pensaba "cuánto me quería para desear estar conmigo aún después de la muerte".
Así es MI CONTRARIO, el padre de mis hijos, el hombre que elegí para compartir mi vida, el hombre que YO AMO.
 
Aunque algo tarde, le contesto (Carta VII)


Señor:

Esta vez fui yo la de la demora. Y aunque no es culpa mía, le pido perdón por el retraso. En su última carta, y es la séptima, me habla de sus manos. ¡Ay! no sabe como me gustó su descripción. No me miente ¿verdad?. Quiero creer que son así como usted dice: cuidadas, con algo de vello, pero no demasiado, dedos largos, delgados y de tacto suave. Las uñas recortadas e impecables. Exactamente así es como a mí me gustan.

Hoy tengo muchas cosas que contarle. Nunca le mentí, pero en esta ocasión, seré aun más sincera, si es que eso es posible.

El día que recibí esta carta, hace ya más de una semana, estaba yo acostada y sin poder dormir. Desvelada y nerviosa, me levanté en la noche, o mejor diría en la madrugada pues ya debían ser las tres de la mañana. Me asomé a mi ventana y encendí un cigarrillo, mientras miraba el cielo y ¿para qué negarlo? pensaba un poco, sólo un poco, en usted. La calle aparecía desierta y silenciosa cuando, de repente, vi como se abría la puerta de la calle y una sombra furtiva salía del zaguán. No lo pensé dos veces y corrí apresurada pero, para cuando salí, allí ya no había nadie. Nerviosa y con el corazón latiendo desbocado, fui a mirar el buzón del correo, y allí estaba su carta. Por sólo unos segundos, yo no le descubrí. Quizá fue lo mejor que podía haber pasado. Sí, seguro que es así.

No me escriba más cartas porque me voy de aquí. Bueno, no es que me vaya, me llevan a otra parte. Y no sé adonde, no. Ellos, los que antes me amaban, me espían, me persiguen. Registraron mi cuarto y encontraron un sobre con sus cartas, y una preciosa caja donde yo iba guardando los regalos que usted, con ellas, me enviaba. Y dicen que estoy loca, que ya no pueden más, que soy yo quien me escribo inventándome historias. Y quieren encerrarme en un lugar tranquilo, de locos, como yo. Y todo porque, a veces, me paseo desnuda a la luz de la luna para absorber su luz. Y también porque el martes apareció colgado el gato de Pepita, y dicen que fui yo. Un gato viejo y feo que por casi se come uno de los tulipanes azules que usted me mandó. No lo maté, lo juro, ¿verdad que usted me cree?.

Antes de despedirme, sólo quiero decirle que usted me hizo feliz. Me devolvió la risa, y cuando me miraba en el antiguo espejo que tenía olvidado, aquí en mi habitación, se me veía hermosa, aun sonrojada a veces, por las cosas tan bellas que me decía usted. Logré guardar sus cartas y también sus regalos, que irán siempre conmigo, señor, se lo prometo.

Nunca le olvidaré.


Atentamente.


 
Me he quedado pensando


ME HE QUEDADO PENSANDO... (ROSANA ACQUARONI)

Me he quedado pensando
que de pronto una despedida
puede ser un comienzo.
Y he abierto mis manos
y he pensado besarte cuando ya estés dormido
inaugurar el campanario de los besos
dibujar un pañuelo
en la seda del aire
apalabrar la senda
de tus ojos cerrados
quebrantar ese sueño
que ahora habitas
en mitad de la noche
y decirte a los labios
adiós amor
hoy quiero despedirme
zozobrar para siempre en esta isla
reparar el amor.

De "Cartografía sin mundo" 1995




 
Algo contigo


Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Que no puedo acercarme a tu boca
sin deseartela de una manera loca
Necesito controlar tu vida
ver quien te besa, quien te abriga.

Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo continuar espiando
dia y noche tu llegar adivinando
Ya no se con que inocente excusa
pasar por tu casa
Ya me quedan tan pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no quisera yo morirme sin tener
algo contigo.

Hace falta que te diga
que me muero por tener algo contigo
Es que no te has dado cuenta
de lo mucho que me cuesta ser tu amigo
Ya no puedo acercarme a tu boca
sin deseartela de una manera loca
Necesito niña controlar tu vida
saber quien te besa, y quien te abriga
Ya me quedan muy pocos caminos
y aunque pueda parecerte un desatino
no quisera yo morirme sin tener
algo contigo.

(Algo contigo)
(algo contigo)
niña no quisiera yo morirme sin tener
(algo contigo)
algo contigo
(algo contigo)
triste el destino que me espera
sin poderte conocer
(algo contigo)
algo contigo
(algo contigo)
ya no hay excusas ya no hay nada
que tenga que perder
(algo contigo)
como un esclavo
(algo contigo)
esclavo para siempre
no me importaria ser
(algo contigo)
eternamente esclavo
niña no quisiera yo morirme sin tener
(algo contigo)
algo contigo
(algo contigo)
triste el destino que me espera
sin poderte conocer
(algo contigo)
ya no hay excusas...

VICENTICO (ALGO CONTIGO)
 
Como el humo


¡Qué frío siento esta noche! Como si alguien me hubiese encerrado en una gran cámara frigorífica, blanca, muy blanca ¿por qué el color blanco me hace sentir frío?. Casi espero, mirando a mi alrededor, encontrarme con grandes animales, abiertos en canal, colgando de ganchos de acero. Siento ese frío helado subir por mis pies, y dejándolos casi insensibles. Y sigue subiendo, más, más arriba.

Tengo que salir de aquí. ¿Salir? ¿de dónde? Estoy asomada a la ventana, fumando. Es mi mente la que se empeña en entrar en ese sitio horrible. El humo del cigarro se difumina en la noche, formando dibujos absurdos. Intento atraparlo pero se escurre entre mis dedos, desaparece. No puedo sentirlo, como el agua o la arena. Se me ocurre que... Cojo una botella pequeña de agua y la bebo de un trago. Enciendo otro cigarrillo. Aspiro y suelto el humo dentro de la botella. Lo veo retorcerse en caprichosas formas. Sigo repitiendo el mismo gesto, hasta que consigo llenar la botella. Enrosco el tapón. Ya está. Te atrapé.

Ahora, siento pena y me remuerde la conciencia. Parece que quisiera escapar. Sufre, ahí encerrado. Y ¿de qué me sirve poder sólo mirarlo? Me siento angustiada imaginándome ahí dentro, golpeando las paredes, mirando al exterior sin poder salir. Veo sus puños de humo, sus manos de humo, intentando romper el plástico que lo atrapa. Acerco la botella a mi oído y escucho sus gritos. Primero me insulta. Luego, se lamenta y me implora. Ya basta. No sigas. Vuelvo a la ventana y abro la botella. Lentamente, el humo recupera su libertad y lo veo desaparecer en el aire.

No puedo dormir. Pienso y pienso sin parar. En ti. En mi cabeza sólo está tu imagen que se repite en una moviola constante, repetitiva, insana. Mi mente es como esa botella de plástico donde te tengo encerrado. Debo dejarte salir. Ya no te sientes a gusto. Lo sé. Golpeas mis paredes y siento que enloquezco con ese rítmico sonido pom, pom, pom, pom, una y otra y otra vez. Como el humo, te irás despacio, sin hacer ruido, muy poco a poco, para no hacerme daño. Pero lo harás. Y yo, seguiré sonriendo, engañaré a todos, que me creerán feliz e ilusionada, como siempre. Caminando segura por la vida, pisando fuerte. “Fue hermoso mientras duró”... ¡qué estupidez! Eso es lo que los desgraciados se dicen a sí mismos para no enloquecer de dolor y de rabia. Esa es la disculpa que da el que se larga tranquilo, al infeliz que se queda llorando.

¡Y una mierda! No pienso sonreír ni simular que no ocurre nada. ¡Qué se jodan! si me ven sufrir. ¿Por qué voy a hacerlo en silencio? Estoy harta del silencio. ¡Jódete tú! si te sientes culpable. No me importa. Es más, me alegro. Quiero que te sientas mal, que no puedas dormir por las noches, que no tengas descanso. Sí señor, eso es lo que quiero. No, no te perdono. No perdono nada. Ni olvido. Quiero guardar rencor. Odiar. Quiero saborear el placer de la venganza. Estoy hastiada de callar y perdonar, callar y sonreír, callar y llorar.

Si sigues golpeando la pared, quizá te ate y te amordace para siempre. Miraré divertida como te retuerces, lloras y suplicas, para que te deje salir de mi mente, mientras que vas muriendo poco a poco, convirtiéndote en una sombra de lo que fuiste para mí, en un ser estúpido, irritante, fastidioso. Entonces, cuando ya no te piense con amor, cuando tu voz me chirríe, cuando tu cuerpo no encienda mis ganas... abriré la puerta y te echaré a la calle de una patada, con un simple pensamiento.

Mientras, para divertirme y practicar, encerraré el humo de mi cigarro en una botella y le pondré tu nombre.


 
No importa


¡No! ¡que no!, he dicho. Ya. No insistas más. No me haces caso y sigues acercándote. Pero mira que eres cabezota y terco, terco como una mula. No quiero que vuelva a pasar lo del otro día y si sigues así, volverá a pasar, lo sé. Tengo miedo. Igual que cuando era una niña, en las fiestas del pueblo, subida en la noria. Así estoy ahora. Me entraba el tembleque, pero me subía. Me pesan las piernas, parece que me pegaron con super-glú al suelo y no puedo moverme, mientras tú te acercas.
¡Ay! niño, no me mires así, anda, por tu madre. Se me mete el deseo por los huesos. Lo siento correr, me inunda el cerebro y humedece el sexo. Respira hondo, mujer, respira hondo, así... cuenta, anda, cuenta hasta diez, que las matemáticas no se llevan bien con la lívido esa y la dejan fría.
Si es que me veo sin ropa, mi niño, desnuda. Los pechos caídos, blanda la barriga, las piernas... ya vale, guapa, que las piernas aun son bien apetecibles, tampoco te pases. No son lo que eran. La piel arrugada, y los michelines. Y me entra un sofoco, un miedo al ridículo. Y te veo a ti, alto, fuerte, guapo. Músculos marcados, la piel tersa y suave. Esas manos grandes, ese pecho inmenso. ¡Ay! no. No me abraces, por Dios, no me abraces.
Y tendría que hacerle más caso a la Lola. Si no pasa nada, tonta, que eres tonta. Anda, qué si yo me encontrase un hombre así que echarme a la boca y no esos “carrozas” que siempre me tiran los tejos. ¿Y si huelo a vieja? La vejez se huele, Lola, que sí, no estoy loca. Me tiene abrazada y su fresco aroma me envuelve y me atrapa. ¿Ves? Aunque me vendasen los ojos, sabría que es joven.
Escucha, mi niño, mírame y escucha. Podrías ser mi hijo. No sé que te ha dado, hay chicas preciosas, de cuerpo perfectos: con pechos redondos, duros como rocas, lisas como tablas, culos apretados. ¡Ay! madre, qué envidia. No sigo. Ya callo.
Con tu boca ardiente, taponas mi boca. Atrapas mis labios para que no hable y me miras hondo. Tan hondo, que siento entrar tu mirada igual que una lanza. No veo en tus ojos burla ni desprecio. Me vas desnudando con tanto cuidado como si yo fuera talmente una diosa. Y me siento bella. Y el miedo se acerca, otra vez, sigiloso, terco. Pero tú le enseñas tu puño cerrado. Lo veo esfumarse, se va derrotado. Sonrío. Río a carcajadas.
Y ya no me importa que, cuando te canses, mañana o pasado, vuelva a ser aquella señora madura, seria y respetable, que le falta poco para convertirse en sombra invisible para las pasiones.
No importa, no importa...
 
Un martes en mi vida


Hoy es un gran día, volvemos a vernos. Quiero estar radiante, sensual, quizá aparentando, fría indiferencia... ¡qué difícil! Éste me hace gorda. Pues lo siento, chica –murmura el espejo- yo no hago milagros, tan sólo reflejo lo que en mí se mira. Pues vaya una ayuda, ¡cállate! no sea, que de una patada te rompa en cachitos y ya no haya nadie que pueda arreglarte. Y asustado, calla. Con éste parezco una carmelita, y con éste una mujer de esas, de la mala vida. ¡Señor! ¿qué me pongo? ¿y si lo echo a suertes como cuando niña? Pito, pito, gorgorito, ¿dónde vas tú tan bonito? a la era verdadera, chim, pom, fuera. Ya está ¡decidido!.
¡Ay! Se me hace tarde. Con estos zapatos no puedo correr, sólo me faltaba romperme una pierna. ¡Vaya pensamientos! Tú calla y camina. Ya llegué al garito donde hemos quedado, me voy a la mesa del fondo, escondida. ¿Por qué estoy nerviosa? Vamos, tranquilita, que no pasa nada. Pues eso es lo malo, nunca pasa nada. Mi pierna derecha se cruza impaciente sobre su gemela. Y el pie, despistado, sigue el ritmo loco de la melodía que suena en la radio: arriba y abajo, abajo y arriba. Descruzo la pierna, la vuelvo a cruzar. Busco en el teléfono alguna llamada que igual con las prisas, no pude escuchar. Nada, está vacío. Enciendo un cigarro.
Entras por la puerta, con paso tranquilo. Ya sé, me dijiste, que el ser puntual no está entre tus vicios. Te acercas, te sientas. Me miras, te miro. Sonríes, sonrío. Y así nos quedamos. Yo miro tus labios. Tus ojos se pierden dentro de mi escote. Fumo sin parar. Y tu te concentras en una pequeña gota de sudor, que desciende lenta hasta el mismo centro del estrecho valle que hay entre mis pechos. Siento que se deben notar mis pezones. Me miras, te miro. Me aguanto las ganas y hablamos del tiempo.
¡Qué calor ha hecho todos estos días! Sí, ¡ojalá lloviese!. Pues puede que sí porque viniendo hacía aquí, he oído algo así como un trueno. ¡Mal rayo te parta! –esto no lo digo, lo pienso en silencio- pero mi mirada creo que echa fuego. La tuya pasea por todo mi cuerpo, se para en mis ojos, me habla en silencio. Y yo no la entiendo. Pasan los minutos, y llegan las horas. Al fin, no creo que éste sea mi gran día, tan sólo será un martes cualquiera. Pareces tranquilo, tan sólo tus manos veo que se impacientan, los dedos nerviosos, sobre la madera, van marcando el ritmo que mi pie acompaña. Pasará la noche, lo sé, ya lo veo venir: como dos idiotas, nuevamente hoy, perdemos el tiempo.