Cuando decir NO, no es suficiente

No entiendo por qué sigues llorando ¡déjalo ya! ¡déjalo de una puta vez!. No, no, mi amor, no te asustes, no te tapes la cara con los brazos. Yo te quiero, te quiero tanto. Y tú también me quieres, lo sé, aunque no me lo digas. Ya te avisé cuando hablábamos del amor: cuando me enamoro soy un caballo desbocado y solo vivo por ti y para ti, mi vida. Y así será para siempre. Eres mía porque así lo hemos querido los dos. Sí, los dos. Cuando te vi entrar en la cafetería… ¡dios! Me puse a temblar. Llevaba una hora ya esperándote. No, mi amor, tú fuiste puntual, yo me adelanté, no podía seguir en casa esperando que llegase la hora de conocerte, no podía, me estaba volviendo loco. Sí, ya sé que me dijiste y me repetiste muchas veces, que sólo íbamos a conocernos, a tomar una copa juntos para charlar cara a cara, pero no era eso lo que decían tus ojos cuando me mirabas. Dime que no era eso ¡dímelo! ¡abre los ojos! ¡mírame!. Pero no, amor, no quiero esa mirada temerosa, mírame con deseo como en el bar ¿por qué niegas con la cabeza? ¡zorra! no me vengas ahora con memeces, querías que te follará y te follé, te follé bien. Cuando se abrió la puerta y apareciste tú, con ese cuerpo, ese andar candencioso moviendo las caderas, observé como todos los hombres desviaban su mirada de la copa que tenían en la mano, del café que estaban removiendo, de sus parejas, y te miraban a ti. Pero tus ojos me miraban a mí. Y yo pensé “joderos, pandilla de mamones, esa mujer es mía”. Y ese tonto pensamiento ya me la puso dura. Te acercaste y me besaste en las mejillas, sonriendo. Se te veía contenta. Tenías ganas de conocerme, no lo niegues, y de sentir mi polla bien adentro. Tú empezaste a hablar, y yo escuchaba y asentía con la cabeza, pero sólo pensaba en comerte la boca, esa boca indecente que se movía dejando entrever una lengua jugosa. Te veía lamiéndome la polla, arrodillada bajo la mesa, mamándola con ansía, mientras todos aquellos gilipollas que se te comían con la mirada se la pelaban envidiosos. ¡Qué se jodan! Me preguntaste en qué pensaba. Tú sabías muy bien en qué pensaba pero te hacías la tonta. No había escuchado nada de lo que decías, sólo oí alguna vez algo de “amigos”. Te contesté un par de tonterías: “que me gustaba mirarte, observar tus gestos”, no sé, una chorrada que te hizo feliz. Y mi polla crecía y se encabritaba con ese olor a hembra que desprendes. Quería agarrar tu cuerpo frágil y sentarte allí encima, sobre mí, metértela hasta el fondo, que dejases de decir cursiladas y me pidieras más: “fóllame, cabrón, fóllame” me parecía escucharte. Era lo que me decían tus ojos, no lo niegues, me lo estabas pidiendo, te morías por tenerla dentro. ¡Dímelo! ¡dímelo como antes! No, yo no te obligué a decirlo, te animé un poco, solo eso. De pronto, querías marcharte de aquí, de mi casa, que no habías venido a eso, decías, que yo te había prometido darte el libro aquel del que te hablé, que confiabas en que yo era tu amigo. Te revolviste contra mí como una gata salvaje, me arañaste con esas uñas afiladas ¡zorra! y eso aún me hizo desearte más, porque era un juego, mi vida, yo lo sé, querías excitarme con tu negativa. ¡Dios! Cómo me gustó arrancarte de un tirón la ropa, y morderte esos pezones, lo pedían a gritos, mi amor. Y hacerte abrir la boca y meterte la polla hasta casi ahogarte, te lo tragaste todo, amor, todo, todo ¿me oyes? Mira, déjame que te limpie esa sangre seca que llevas en la cara y luego, luego voy a follarte otra vez. Lo pasaremos bien, ya verás mi amor. Voy a encender la tele para ver la película que acabo de grabar, así verás que no te miento, que has disfrutado tanto como yo, verás esa carita que tienes de viciosa, esa boca de puta… ¡qué te calles, joder! Si sueltas una lágrima más, te mato, te juro que te mato. Si te portas bien, gatita mía, mientras miras la tele, a cuatro patas, te la voy a meter entera por el culo, por este agujerito apretado que me vuelve loco. Mira, mira como me pones. Te voy a hacer feliz, te cuidaré, te trataré como a una reina… te amo tanto. No te muevas de aquí, voy a curarte esas heridas.
¡Joder! ¿qué me has hecho zorra? ¿de dónde… de dónde has sacado ese cuchillo? cabrona, hija de puta… es sangre… es mi sangre. Te voy a matar, juro que te mato… ayúdame, ayúdame por dios, por nuestro amor… ayúdame. Llama a una ambulancia. No me puedo mover, me duele el pecho, no puedo respirar… no te vayas ¿dónde vas? No me abandones, por dios, no quiero que me dejes aquí… sólo. Te lo suplico… ¿no ves que…me… estoy, me estoy… mu…rien…do?
Cosas y un relato... post desordenado
Esta mañana mi pueblo se ha despertado con una sorpresa poco frecuente: la única montaña que tenemos cerca y donde está ubicado uno de los casinos más importantes de Europa y un precioso hotel, el Monte Picayo, ha amanecido cubierta por la nieve. Ha sido un bonito espectáculo para los que sólo vemos la nieve por televisión y gozamos casi todo el año de un clima primaveral. Algunos no han tardado en hacer una excursión hasta la cima y hoy no se hablaba de otra cosa.
Mi pobre contrario anda agotado, está trabajando toda la semana tarde y noche (hoy también le tocó) y casi ni nos vemos el pelo. Lo que está claro es que es una buena solución para no discutir, cuando él llega yo me voy, y cuando llego yo, él ya se ha ido. Hablamos más por el móvil que en persona. Trabaja, trabaja, le digo, que ya disfrutaré yo del "chalé". Tú y el querido, me contesta socarrón, porque a este paso... no sé yo. En fin, cada uno se jode cuando le toca.
He estado ocupada ordenando un poco todos los cuentos y relatos que tengo por ahí, hasta para eso soy desordenada, y ya no sabía los que había colgado y los que no. Tampoco sé si al final me aclaré o me armé aun más lío. Es igual. El caso es que encontré por ahí un pequeño texto que a mí me gusta mucho, así que voy a postearlo, porque sí, porque me apetece y tengo esto un poco abandonado.
Buen fin de semana.

TU LIENZO
Ayer, yo era lienzo, de un blanco deslumbrante, puro y virginal. Apoyado en el caballete, esperaba paciente.
Esta mañana, por la puerta entreabierta, te vi pasar. Abrazabas a una joven de ojos negros y piel morena. Después, a través de la pared, me llegaron rumores, jadeos, estallar de besos, lamentos placenteros. Yo, esperaba.
Al caer la tarde, tu sombra precedió a tu figura desgarbada. Me miraste desganado... pensabas. Te sentaste frente a mí... dudabas. En silencio, yo te gritaba: ¡Vamos!, estoy aquí, quítame este envoltorio blanco que me asfixia. Gritaba y gritaba. Sordo e imperturbable, me mirabas. Y mirándote, me dormí.
Húmedos cosquilleos me despiertan. Sonrío. Tus pinceles dibujan trazos en mi cuerpo. Pero, ¿qué haces?. No, no es así como soy. Me inventas delgada, rectilínea, asexuada. Me retuerzo en mórbidas y sensuales curvas. Los pechos que me asignas son pequeños e infantiles. ¡No!. Los hago crecer redondeados, coronados por pezones erguidos y desafiantes. El negro de tu paleta pinta mi cabello. No, así no. Tarareo: “Quiero ser, el rojo del amanecer...”. Miras a la puerta y escuchas: has oído un murmullo. Cuando tu mirada se posa nuevamente en mí: el resplandor del fuego se hace visible en mi cabeza y las brasas adornan mi entrepierna. Éste es mi color. Pintas mis párpados cerrados y yo, terca, los abro una y otra vez. No, no puedes negarles a mis ojos tu imagen. Mi mirada tiene que ser la de una mujer que goza y es gozada.
Te enfadas y dejas mi cuerpo, lo abandonas. Empiezas a pintar almohadones, cojines donde descanso. Me desespero. ¡No!. Sólo necesito tu viejo jergón, ése donde caes rendido de madrugada. No quiero adornos a mi lado que distraigan tu atención.
Tu paciencia se agota y esgrimes contra mí tus armas: pinceles que clavas en mi cuerpo y que como cuchillos afilados, trazan heridas sangrantes. “¡Mírame!- te grito - busca dentro de ti, soy la mujer que deseas, la que quieres pintar”. No me oyes. Estás ciego de ira. Busco tus ojos. Me rehuyes. Desfallezco. Un último intento: ¡mírame, mírame! Y por un instante consigo que lo hagas, en el momento justo en que una negra lágrima emborrona el color miel de mis pupilas.
Abro los ojos. Sonríes. El movimiento de tus hombros te delata: “está bien – me dices – tú ganas”. Tu pincel, ahora ya caricia suave, se deja llevar.
Te distancias. Me observas. Reconoces en mí tu secreto deseo. Acercas el jergón arrinconado y te tumbas a mi lado. Siento tu abrazo cálido. Mirándote, me duermo. Mirándome, te duermes.
Mi pobre contrario anda agotado, está trabajando toda la semana tarde y noche (hoy también le tocó) y casi ni nos vemos el pelo. Lo que está claro es que es una buena solución para no discutir, cuando él llega yo me voy, y cuando llego yo, él ya se ha ido. Hablamos más por el móvil que en persona. Trabaja, trabaja, le digo, que ya disfrutaré yo del "chalé". Tú y el querido, me contesta socarrón, porque a este paso... no sé yo. En fin, cada uno se jode cuando le toca.
He estado ocupada ordenando un poco todos los cuentos y relatos que tengo por ahí, hasta para eso soy desordenada, y ya no sabía los que había colgado y los que no. Tampoco sé si al final me aclaré o me armé aun más lío. Es igual. El caso es que encontré por ahí un pequeño texto que a mí me gusta mucho, así que voy a postearlo, porque sí, porque me apetece y tengo esto un poco abandonado.
Buen fin de semana.

TU LIENZO
Ayer, yo era lienzo, de un blanco deslumbrante, puro y virginal. Apoyado en el caballete, esperaba paciente.
Esta mañana, por la puerta entreabierta, te vi pasar. Abrazabas a una joven de ojos negros y piel morena. Después, a través de la pared, me llegaron rumores, jadeos, estallar de besos, lamentos placenteros. Yo, esperaba.
Al caer la tarde, tu sombra precedió a tu figura desgarbada. Me miraste desganado... pensabas. Te sentaste frente a mí... dudabas. En silencio, yo te gritaba: ¡Vamos!, estoy aquí, quítame este envoltorio blanco que me asfixia. Gritaba y gritaba. Sordo e imperturbable, me mirabas. Y mirándote, me dormí.
Húmedos cosquilleos me despiertan. Sonrío. Tus pinceles dibujan trazos en mi cuerpo. Pero, ¿qué haces?. No, no es así como soy. Me inventas delgada, rectilínea, asexuada. Me retuerzo en mórbidas y sensuales curvas. Los pechos que me asignas son pequeños e infantiles. ¡No!. Los hago crecer redondeados, coronados por pezones erguidos y desafiantes. El negro de tu paleta pinta mi cabello. No, así no. Tarareo: “Quiero ser, el rojo del amanecer...”. Miras a la puerta y escuchas: has oído un murmullo. Cuando tu mirada se posa nuevamente en mí: el resplandor del fuego se hace visible en mi cabeza y las brasas adornan mi entrepierna. Éste es mi color. Pintas mis párpados cerrados y yo, terca, los abro una y otra vez. No, no puedes negarles a mis ojos tu imagen. Mi mirada tiene que ser la de una mujer que goza y es gozada.
Te enfadas y dejas mi cuerpo, lo abandonas. Empiezas a pintar almohadones, cojines donde descanso. Me desespero. ¡No!. Sólo necesito tu viejo jergón, ése donde caes rendido de madrugada. No quiero adornos a mi lado que distraigan tu atención.
Tu paciencia se agota y esgrimes contra mí tus armas: pinceles que clavas en mi cuerpo y que como cuchillos afilados, trazan heridas sangrantes. “¡Mírame!- te grito - busca dentro de ti, soy la mujer que deseas, la que quieres pintar”. No me oyes. Estás ciego de ira. Busco tus ojos. Me rehuyes. Desfallezco. Un último intento: ¡mírame, mírame! Y por un instante consigo que lo hagas, en el momento justo en que una negra lágrima emborrona el color miel de mis pupilas.
Abro los ojos. Sonríes. El movimiento de tus hombros te delata: “está bien – me dices – tú ganas”. Tu pincel, ahora ya caricia suave, se deja llevar.
Te distancias. Me observas. Reconoces en mí tu secreto deseo. Acercas el jergón arrinconado y te tumbas a mi lado. Siento tu abrazo cálido. Mirándote, me duermo. Mirándome, te duermes.
Cosas de domingo

Ocho de la tarde. Se acaba el domingo. Estoy perezosa, aburrida, ociosa. Hoy me he levantado sin ganas de nada. Sucia, despeinada, aun con pijama. Un pijama de hombre, de franela a cuadros, de los que me gustan, con su pantalón y chaqueta grande. Rompí hoy la rutina de salir temprano a comprar la prensa y leerla tranquila tomando un café, total ¿para qué? es más de lo mismo y me tienen harta. No lavé los platos, ya los lavaré. Mi madre pondría el grito en el cielo, y mi pobre abuela seguro que me echa cuatro maldiciones desde donde esté. Quien lo hubiera dicho, una mujer seria, madre de familia… holgazaneando. Pienso tonterías. Me siento un momento frente a mi pc. Miro mi correo, nada de importancia, cuatro tonterías. Apago otra vez. Vuelve a mi recuerdo una pesadilla que anoche soñé. Qué cosas tan raras se sueñan a veces. Era en la oficina. Como cada día, frente a frente estábamos mi compañero y yo. Él me estaba hablando de no sé que cheque que alguien no pagaba, pero al mismo tiempo estaba llorando. Su llanto no podía ser fruto de esa tontería, me dio por pensar, pero no sabía si quedarme quieta o ir a consolarlo. De pronto me veo, con mucha más gente, inmovilizándolo. Él reía y lloraba. Por fin, se calmó. Vino una ambulancia pero parecía que él estaba bien. Estamos en la calle. Entonces empieza a reptar por el suelo, se mete en un charco y se pone a beber, ríe como un loco. Vomita. Y de un salto se pone de pie. Empieza a correr. Me siento culpable. Si yo no me hubiese quedado sentada viéndole llorar. Corre como un rayo por la carretera. Los coches le esquivan. Él los va buscando. Y yo grito y grito, yo grito su nombre, una y otra vez. Por fin, desperté. Con miedo, temblando.
¿Qué hago?... me aburro. Me voy al sofá. Está mi marido, mirando la tele. Una peli de ésas con disparos, bombas, coches que se incendian, y el chico y la chica terminan con todos. Siempre acaban bien. Me siento a su lado. Ráscame la espalda. Y cierro los ojos. Tengo la piel seca, ansiosa de sol. Este puto invierno. Da igual que me ponga todas esas cremas tan buenas que anuncian, a bombo y platillo, en televisión. No te me emociones, chaval, que no quiero sexo. Que tu hijo anda en su habitación con unos amigos, jugando a la pley. Anda, tú ráscame y calla. Voy a la cocina. Sirvo dos martinis. Ya que estoy aquí, cortaré jamón, y un rico aguacate. Ya no cenaré. El jodido aguacate engorda un montón, pero es que no puedo, no puedo… con ese color, y ese morder suave. Una tentación. Y hoy no tengo ganas de luchar con ella. Lo como y en paz. Podía emborracharme. Hace tanto tiempo que no me emborracho que ya me olvidé de las tonterías que digo y que hago. No, mejor me comporto, que después mañana llega la resaca. Y es lunes, mañana, y tengo que currar. Y entre uno y otro, son casi las doce. Ya pasó el domingo… un domingo más.
Aún aqui, conmigo (Gustavo Amadori)
Un gran poeta me ha permitido traer aqui alguno de los poemas que ha escrito. No sabía cuál elegir, me gustan todos, pero al final me decidí por este. Gracias, Gustavo.

AÚN AQUI, CONMIGO (GUSTAVO AMADORI)
1.
Un entretejido de llovizna
oscuridad
y frío
aviva mi nostalgia en estas horas
aunque Málaga sea casi mi ciudad por todo el día
me siguen tocando ciertos rincones de ausencia
cierta necesaria soledad
que me sensibiliza a los entornos.
Y quisiera que vos me comprendieras
porque esa y no otra es la razón de que
muchas veces
veas a mis ojos perseguir horizontes que no te tienen
o rasguños de luz que no te alumbran
aunque apenas si sean ínfimos instantes
casi micro tiempos
sé que te molestan mis guiños solitarios
mi andar en la calle y mi nostalgia
y esa sonrisa triste
que reconocés en la sombra con tus dedos.
Pero también sabés que soy así
y que amás esto
esta evaporación súbita
este abandono
en el que a veces me transformo o me descubro
porque creo que sabrás
que mis poemas y mi música y mis ojos
solo son otra forma de decirte mis maneras
mis formas
mi solícita intención de seguir siendo
ese que una vez viste
y que dejaste te atrapara porque querías atraparlo.
Somos
amor mío
ambos y al unísono
mosca y araña
líquido y cuenco
la luz y la penumbra
haciendo el amor en los contornos…
2.
El saxo tiene una especie de lamento
un extenderse en las notas
que acaricia
al escucharlo
no puedo menos que evocarte
extendiendo tus manos por mi sueño
por mis ojos de día y mis ojos de noche
buscando ese lamento que celebra la entrega
ese arco genuino del sonido en el cuerpo
cuyos tendones sintonizás con extrema habilidad
y con ternura.
Yo
amor mío
soy un hombre escaso
y si bien mi tiempo es tu tiempo
apenas si sumo unos minutos a tu infinito horario
apenas si agrego unos gestos a tu forma de hacer las cosas
y no he sido quien ha creado
tu maravilloso don para la bienvenida
o tu sonrisa
o tu andar de goleta en un mar calmo
vos mi amor
te has hecho sola
y yo mi amor
me he hecho desde tu estela
me he construido desde tus sueños
para que no te quede otra opción que amarme tanto…
3.
Entre ciertas cosas y cosas ciertas
entre el insomnio y los ensueños
uno va prolongando las horas de tenerte
aunque también sé que de mi depende
el ir y tomarte dejando al reloj breve de segundos
innecesario de momentos
mientras afuera llueve y hace frío
o mientras en vos hace fuego y también quema.
Te preguntarás porqué
entonces
dejo a veces fluir el tiempo entre nosotros
y no me quedaría más remedio que decirte
que lo dejo fluir porque te amo
y que la necesidad de tenerte es también una caricia…
4.
He aprendido a no verme desde otros ojos
porque lo que veo siempre no me gusta
ya sea porque es más alto o más bondadoso
o porque han agregado otra vuelta de tuerca
a las vueltas que me doy sobre mi mismo.
Acepto que soy lo que soy y que eso es todo
y que otros podrán aplicarme el generoso perdón de la ternura
o el ríspido juicio de sus pecados
pero al fin y al cabo eso no tiene decisión o importancia
porque sigo siendo el que soy aún y pese a eso.
Supongo que no existe un controlador de millaje
para los corazones que me han roto
versus los corazones que yo he despedazado
porque si se compararan
se vería
que la balanza sigue en equilibrio
y e gustaría creer que así son todos
porque
digan lo que digan
es en el balance de las cosas donde más nos parecemos.
5.
Y ahora te diré hasta luego sin ser escueto
te diré hasta luego como me gusta decírtelo
es decir y diciendo
te amo tanto mi amor mío
que la luz sin vos no encuentra sitio
en ninguno de los huecos de mi día
y que pese a la distancia del no vernos
te sigo amando
y sigo diferenciando las rutinas
entre la cotidiana rutina de aprenderte
y la nostalgiosa rutina de extrañarte
y extrañarme
cuando me estoy sin vos y solo.
Y son esas cosas
pequeñas
las que te dicen y me dicen que no existen las ausencias
entre nosotros
que ambos
vos y yo
somos un presente intenso
un aquí y ahora
un siempre juntos.
Supondré las calles para ir a buscarte
como cada día
y reinventaré las aceras que caminemos
cuando solo esté y te esté esperando
porque te amo tanto
amor mío
como tanto amo…
Gustavo A.

AÚN AQUI, CONMIGO (GUSTAVO AMADORI)
1.
Un entretejido de llovizna
oscuridad
y frío
aviva mi nostalgia en estas horas
aunque Málaga sea casi mi ciudad por todo el día
me siguen tocando ciertos rincones de ausencia
cierta necesaria soledad
que me sensibiliza a los entornos.
Y quisiera que vos me comprendieras
porque esa y no otra es la razón de que
muchas veces
veas a mis ojos perseguir horizontes que no te tienen
o rasguños de luz que no te alumbran
aunque apenas si sean ínfimos instantes
casi micro tiempos
sé que te molestan mis guiños solitarios
mi andar en la calle y mi nostalgia
y esa sonrisa triste
que reconocés en la sombra con tus dedos.
Pero también sabés que soy así
y que amás esto
esta evaporación súbita
este abandono
en el que a veces me transformo o me descubro
porque creo que sabrás
que mis poemas y mi música y mis ojos
solo son otra forma de decirte mis maneras
mis formas
mi solícita intención de seguir siendo
ese que una vez viste
y que dejaste te atrapara porque querías atraparlo.
Somos
amor mío
ambos y al unísono
mosca y araña
líquido y cuenco
la luz y la penumbra
haciendo el amor en los contornos…
2.
El saxo tiene una especie de lamento
un extenderse en las notas
que acaricia
al escucharlo
no puedo menos que evocarte
extendiendo tus manos por mi sueño
por mis ojos de día y mis ojos de noche
buscando ese lamento que celebra la entrega
ese arco genuino del sonido en el cuerpo
cuyos tendones sintonizás con extrema habilidad
y con ternura.
Yo
amor mío
soy un hombre escaso
y si bien mi tiempo es tu tiempo
apenas si sumo unos minutos a tu infinito horario
apenas si agrego unos gestos a tu forma de hacer las cosas
y no he sido quien ha creado
tu maravilloso don para la bienvenida
o tu sonrisa
o tu andar de goleta en un mar calmo
vos mi amor
te has hecho sola
y yo mi amor
me he hecho desde tu estela
me he construido desde tus sueños
para que no te quede otra opción que amarme tanto…
3.
Entre ciertas cosas y cosas ciertas
entre el insomnio y los ensueños
uno va prolongando las horas de tenerte
aunque también sé que de mi depende
el ir y tomarte dejando al reloj breve de segundos
innecesario de momentos
mientras afuera llueve y hace frío
o mientras en vos hace fuego y también quema.
Te preguntarás porqué
entonces
dejo a veces fluir el tiempo entre nosotros
y no me quedaría más remedio que decirte
que lo dejo fluir porque te amo
y que la necesidad de tenerte es también una caricia…
4.
He aprendido a no verme desde otros ojos
porque lo que veo siempre no me gusta
ya sea porque es más alto o más bondadoso
o porque han agregado otra vuelta de tuerca
a las vueltas que me doy sobre mi mismo.
Acepto que soy lo que soy y que eso es todo
y que otros podrán aplicarme el generoso perdón de la ternura
o el ríspido juicio de sus pecados
pero al fin y al cabo eso no tiene decisión o importancia
porque sigo siendo el que soy aún y pese a eso.
Supongo que no existe un controlador de millaje
para los corazones que me han roto
versus los corazones que yo he despedazado
porque si se compararan
se vería
que la balanza sigue en equilibrio
y e gustaría creer que así son todos
porque
digan lo que digan
es en el balance de las cosas donde más nos parecemos.
5.
Y ahora te diré hasta luego sin ser escueto
te diré hasta luego como me gusta decírtelo
es decir y diciendo
te amo tanto mi amor mío
que la luz sin vos no encuentra sitio
en ninguno de los huecos de mi día
y que pese a la distancia del no vernos
te sigo amando
y sigo diferenciando las rutinas
entre la cotidiana rutina de aprenderte
y la nostalgiosa rutina de extrañarte
y extrañarme
cuando me estoy sin vos y solo.
Y son esas cosas
pequeñas
las que te dicen y me dicen que no existen las ausencias
entre nosotros
que ambos
vos y yo
somos un presente intenso
un aquí y ahora
un siempre juntos.
Supondré las calles para ir a buscarte
como cada día
y reinventaré las aceras que caminemos
cuando solo esté y te esté esperando
porque te amo tanto
amor mío
como tanto amo…
Gustavo A.
En busca del tesoro enterrado

Cuando era una niña, la calle era el lugar preferido para los juegos. No es que los niños de ahora no lo hagan, sobre todo en los pueblos, pero no es lo mismo. Hoy en día se juega en los parques, en las plazas… pero entonces lo hacíamos en la calle, en cualquier calle. Sólo teníamos que salir a la puerta de casa y juntarnos con nuestros vecinos. Yo vivía en las afueras del pueblo, y delante de mi casa había una acera enorme donde podíamos jugar a nuestras anchas. Lo más habitual era saltar a la goma, sobre todo entre las chicas. Unas gomas elásticas que se colocaban en los tobillos las dos niñas a las que les tocaba “pagar”, con las piernas abiertas, formando un rectángulo, y con las que hacíamos verdaderas maravillas. Iban subiendo de altura hasta llegar a colocarlas en el cuello, y llegábamos hasta allá arriba saltando y haciendo toda una serie de “coreografías”…increíble. Por supuesto también jugábamos a la pelota, a pies quietos, al sambori (no recuerdo su nombre en castellano) ese juego en el que se pintan cuadrados numerados en el suelo y se va llevando una piedra con el pie, a la pata coja, a “tú la llevas”, al escondite.
Cuando nos apetecía algo más tranquilo, nos gustaba imitar a cantantes famosas, un karaoke sin karaoke, cantábamos “a capela” y necesitábamos bien poco, algunos trapos o toallas o lo que pillásemos por casa para disfrazarnos y un micrófono. Lo del micrófono era una obra de arte, hacíamos una especie de alcachofa con papel de periódico y después lo recubríamos con papel de plata de las chocolatinas que habíamos estado reuniendo durante días. Entonces no existía el papel de aluminio, y aunque ya lo hubiesen inventado, las madres de antes eran tan ahorrativas que no nos hubieran dejado desperdiciarlo de esa forma.
Uno de los juegos que más me gustaba era el de “enterrar tesoros”. No sé si era algún juego generalizado, pero tengo la impresión que era un poco particular de nuestra pandilla o de esta zona, no sé, en cualquier caso nosotros lo convertíamos en toda una aventura. Como teníamos cerca los campos y algún que otro descampado, lo primero era hacer acopio de trozos de vidrio, todos servían, sin importar el tamaño, la forma o el color. Siempre encontrábamos muchos, en primer lugar porque antes casi todos los envases que contenían líquido eran de vidrio, incluidas las garrafas de agua, esas verdes y redondas que se introducían en una especie de capazo de plástico con asas. Y también porque entonces eso de los contenedores de reciclaje aun no se había inventado. Luego siempre teníamos una buena colección de imágenes o fotos sacadas de viejas revistas, dibujos, trozos bonitos de papel, cromos, cualquier cosa que habíamos ido guardando.
Se trataba, entonces, de ir acoplando los cristales a todas esas cosas que eran verdaderos tesoros para nosotros, según la forma, el tamaño o el color que más nos gustaba. Una vez hecho esto, salíamos todos en excursión al campo más cercano, o a cualquier sitio donde hubiese tierra, excavábamos un poco y los enterrábamos poniéndolos de tal manera que cuando fuésemos a buscarlos apareciese la imagen o lo que hubiésemos elegido, y se viese a través del cristal. Elaborábamos mapas y planos detallados para saber en todo momento donde los habíamos enterrado.
Al cabo de unos días, o cuando nos daba por jugar otra vez, íbamos en busca de los tesoros. A veces, teníamos la suerte de encontrar alguno que no era nuestro y eso sí que era un verdadero descubrimiento, e incluso nos enterábamos de algún secreto porque también nos gustaba enterrar en forma de tesoro algún papel con el nombre del chico o de la chica que en ese momento ocupaba nuestro corazón, o un poema de esos románticos de “qué bonito es el amor, qué bonito el arco-iris” y en los que “mar” siempre rimaba con “amar”.
Ahora, sigo enterrando tesoros. Algunos, los materiales, una carta, un poema, un libro, un collar, una vieja foto, andan desperdigados por cualquier cajón. No me gusta tenerlos en un lugar a propósito para ellos porque estando así, perdidos, puedo encontrarme con ellos el día menos esperado y entonces me asalta el recuerdo que ese viejo tesoro encierra, esa historia tonta que creía olvidada. Otros, los que no son materia, ni se pueden tocar, también andan esparcidos, no sé muy bien dónde, pero están ahí, y aparecen cuando menos lo espero: una sonrisa, un gesto, una palabra, un beso, una caricia, una travesura, un aroma, una canción, un enfado, un dolor, un adiós, un encuentro.
Algo me hizo hoy recordar todo esto, y no sé qué fue, seguramente algún pequeño indicio que me hizo seguir el mapa que guardo en la memoria. Extraño pensamiento.
Hoy

Hoy me hacías falta, mucha falta.
Hoy tu ausencia se había convertido en algo tangible, sólido. Podía tocarla. La sentía apretándome las costillas, hasta dejarme casi sin respiración. Como un abrazo. Qué paradoja: un abrazo de ausencia.
Hoy sentía un nudo entre mis pechos. Un nudo corredizo que se apretaba con cada pensamiento.
Hoy cerré los ojos y jugué a ser una niña pequeña, una princesa con hada madrina armada de varita mágica para concederme tres deseos: perderme en tu mirada, oler tu piel y escuchar tu voz.
Hoy volví a creer en los cuentos. Un tercio de lo deseado no está mal. No me quejo. No vaya a ser que la próxima vez que se me ocurra pedir algo me tache de egoísta y me deje sin nada.
Hoy tu voz tiró suavemente de sus extremos y soltó el nudo que empezaba a asfixiarme. Como quien no quiere la cosa, sin querer, casi sin darse cuenta. Así de fácil.
Hoy soñaré contigo.
Lo prometo.
Mentiroso

Fue la primera vez que cumplió su eterna amenaza.
Y la última.
Como al niño mentiroso que gritaba "que viene el lobo", nadie le escuchó.
Ella no vino a su lado, asustada.
No intentó hacerle desistir de su propósito acariciándole el pelo.
Ni atrajo su cabeza para recostarla entre sus pechos.
Sentado en el suelo.
La espalda apoyada en la pared.
Desnudo.
Su pene fláccido y aun mojado de su reciente y último encuentro.
La observa alejarse y desaparecer tras la puerta.
La mano levantada en señal inequívoca de "adios", de "ahí te quedas".
No volvió la vista atrás.
Esa imagen queda unos segundos prendida en sus retinas.
El tiempo que transcurre hasta que un disparo rompe el silencio de la madrugada.
Una masa roja y sanguinolienta ensucia la pared.
Azul.
Recien pintada.
Ven

Desde que me desperté a las 7 y media de la mañana, estoy tarareando esta canción, talmente como si hubiera estado soñándola toda la noche ¿querrá salir en los papeles?....
SI TU ME DICES VEN (Los Panchos)
Si tu me dices ven, lo dejo todo
si tu me dices ven, será todo para ti
mis momentos más ocultos,
también te los daré,
mis secretos que son pocos,
serán tuyos también.
Si tu me dices ven, todo cambiará
si tu me dices ven, habrá felicidad,
si tu me dices ven, si tu me dices ven.
No detengas el momento por la indecisiones,
para unir alma con alma, corazón con corazón,
reír contigo ante cualquier dolor,
llorar contigo, llorar contigo,
será mi salvación.
Pero si tu me dices ven, lo dejo todo,
que no se te haga tarde
y te encuentres en la calle
perdida, sin rumbo y en el lodo
si tu me dices ven, lo dejo todo.
¡¡¡Ay!!! ¡qué cosas me pasan!
Mi pluma

Esta noche me encontré con una sorpresa, mi vieja pluma se me ha rebelado, que está harta –dice- de escribir las tonterías que a mí se me ocurren, que hoy es ella la que va a inventar palabras. Me entró la risa y le dije que de eso nada. Luego pensé que no debe haber nadie más tonta que yo… mira que hablar con una pluma. Como única respuesta, me soltó un goterón de tinta que vino a dar justo a mi ojo derecho. Te jodes –me dijo- a ver ahora como te las arreglas para escribir. Estoy hasta la mismísima “pluma” de que tú me manipules – continuó. Vale, vale –contesté- llorando como una magdalena… hay que ver como escuece la tinta. Le apetece escribir no se qué, a no se quien, será a un bolígrafo o a un tintero… que sé yo. Esto es de locos. Aun se mosqueó más y me retó. Dice que ella puede ponerse en la piel de una mujer, o de un hombre, que incluso quizá escriba cosas que yo no me atrevo, o que ni siquiera sé que siento. ¿Habrá manicomios para plumas? Porque está para que la encierren.
En fin, después de mucho rogarle, y con un parche en el ojo que me da cierto aire de pirata, me ha dejado escribir este pequeño prólogo. Ella no sabe lo que acabo de contar porque las plumas escriben pero no saben leer. Y menos mal porque con la mala tinta que tiene es capaz de dejarme el ojo izquierdo igual que el derecho. Así que si lo que leéis a continuación está lleno de incoherencias, tonterías y demás, no lo tengáis en cuenta. Cuando acabe con esta locura, le pongo el capuchón y no se lo quito hasta semana santa.
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Con mil cosas que hacer y sin tiempo casi para nada… y sin embargo, mis días son una continua espera. A ratos se hacen duros, pesados, lentos. Me los paso pensando. ¿Cómo hará esa gente que deja la mente en blanco? O cuando preguntas ¿en qué piensas? Y te contestan: en nada. Jamás pensé en nada. ¿Qué es pensar en nada? Mi cabeza es tan activa que es capaz de tararear mentalmente una canción que escucho en la radio, y al mismo tiempo, otra parte (no sé cual, si la derecha o la izquierda) pensar en otras cosas. Y no explota, eso es lo extraño. Esto de pensar venía a cuento de algo. Días enteros ando dándole vueltas en la cabeza a lo que quiero decirle cuando hablemos. Y luego… luego se me van los minutos y las horas en hablar de todo, menos de mis pensamientos. Y cuando el tiempo se acaba, me arrepiento. Y estoy a punto de darle otra vez a la dichosa tecla, pero ya es demasiado tarde. Ya no puedo. Y otra vez a esperar. La espera de la desesperanza, porque nada puede cambiar, las cosas son como son. Y que no vayan a peor, porque podría pasar que un día cualquiera, él desaparezca. O yo. Voluntaria o involuntariamente. Si uno desaparece porque quiere, al otro siempre le queda aquello de pensar “si es feliz, yo también”. Y una mierda, eso es lo que se dice para quedar bien, pero el que se queda jodido lo que quisiera es decirle cuatro cosas y hasta echarle la maldición de la gitana. Si es involuntariamente, que puede pasar, ya lo creo, y más a estas edades, pues imagina… si soy yo, como ya no me entero, sólo espero que su posible sufrimiento sea breve. Y si es él… se acabó la espera. O a seguir esperando eternamente. Las gentes somos tan, tan distintas, en nuestra forma de relacionarnos. A mí me gusta desmenuzar los sentimientos, las sensaciones. Pensarlas, repensarlas, buscarles un sentido (aunque sepa que no lo tienen), ponerles palabras. Sí, también miradas y gestos y caricias, pero no sólo eso. A él le gusta modular silencios, no hacer preguntas ni buscar respuestas, saber sin necesidad de explicaciones. Siempre me viene a la memoria esa canción que dice: “tu guardas en el alma bajo llave lo que sientes, yo rompo con palabras que desgarran como dientes”. Las canciones hablan de la vida, por eso a mí siempre me ganan por sus letras. A veces es una simple frase que se me graba a fuego en la memoria. Y debe ser algo que me sucede desde niña, porque a veces, escucho alguna canción muy, muy antigua. Pero no de esas que escuché siendo adolescente, no, de esas de “antes de la guerra” que supongo cantaría mi madre, o mi abuela, y me doy cuenta que conozco la letra y la canto toda entera. Sin embargo, para la mayoría de las cosas soy una desmemoriada. Y realmente creo que él obra con más sentido común de lo que lo hago yo, porque al fin y al cabo, de lo que se trata es de vivir lo que se siente y no de analizarlo, porque la vida es un sinsentido. No quiero decir que no tenga sentido vivir, todo lo contrario… yo me entiendo. Lo que quiero decir es que nos trae y nos lleva a su antojo, a su aire. Y que no sabes nunca lo que puede ocurrir dentro de un minuto. Quizá eso es lo que hace que amemos la vida.
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Y no sé a qué viene todo esto, aunque no lo hace mal del todo esta dichosa pluma… vaya post raro que ha salido, mejor voy a dormir a ver si mañana está de buen humor y me deja contar la historia que yo quiero. Y si se pone muy tonta la cambio por un teclado ergonómico, automático y sicodélico… que se joda.
Para KLUZKL

Querido amigo, hoy entré en tu página y vi publicado el poema que has escrito y me dedicas. Aunque te he dado las gracias en privado, quería hacerlo también aqui, en la que considero mi casa, en mi rincón preferido, porque es aqui donde suelo contar las cosas que me pasan, o las que sueño, o las que me invento. Mis deseos, mis ilusiones, mis decepciones, mis enfados. Y creo que ese regalo tuyo bien merece unas palabras.
En una carta me decías que por mucho que pensabas no sabías que habías hecho para merecer mi cariño. Yo podría hacerme la misma pregunta. Pero no lo hago, porque los años me han hecho entender que los sentimientos, tanto positivos como negativos, no suelen atender a razones.
Más bien, me felicito y me admiro por contar con la suerte de tener el aprecio o el cariño de personas excepcionales y te cuento entre ellas. No son muchas, pero las que son, no tienen desperdicio.
Son los regalos como el tuyo los que guardo como mis tesoros más preciados, porque son cosas que nacen del alma y no tienen precio.
Fíjate que pasan meses sin que sepamos uno del otro, pero yo te aseguro que siempre te pienso, y sé que tú también a mí, porque de pronto recibo un pequeño correo con un obsequio: un libro, un video que me pinta una sonrisa... Y me alegra el alma saber que sigues bien, que no te perdiste para siempre en esta gran maraña de la red.
Querido amigo, gracias. Me has hecho muy feliz.
Perdiendo el tiempo

Quise hoy gastar mi tiempo en olvidarte, y se me fue la tarde en recordarte. Era un buen día para esos menesteres. Llovía. Y yo no tenía nada más importante para pasar el rato. La ropa amontonada en la silla esperaba paciente la caricia de la plancha. Las sillas, en casa, perdieron la categoría de asientos -¿para qué sentarse en una dura silla si al lado nos aguarda un sofá mullido?- y ahora son meros soportes de las cosas más variadas. Llovía. Las gotas de agua aporreaban los cristales y mis manos se perdían afanosas en mi sexo, en armonía perfecta con mis pensamientos. No era eso precisamente lo que me proponía, pero las ideas dan vueltas, y se enredan, y acaban por hacer su santa voluntad. Aunque éstas de santas, ya ves lo que tenían. Llegó él. Y yo, sin esperarlo. Entreabrí los ojos. Perezosa. Su mirada, sorprendida y divertida a un tiempo, me invitó a continuar con lo que me traía entre las piernas. Se sentó frente a mí, “para verte mejor” como dijo el lobo a caperucita. Reía. No podía saber de mis pensamientos, sólo mis ganas eran bien visibles. Dejé caer mi espalda sobre el viejo sofá y abrí las piernas dejando mi sexo a merced de su mirada. Rojo. Hinchado. Brillante. Mojado. Palpitante. Mientras, el suyo crecía. Pugnaba por salir del encierro a que estaba sometido. Pronto no pudo más. Mis manos cedieron a su boca la tarea comenzada. Y quedaron inermes y aburridas. Molestas, diría yo. Más tarde, su sexo, ocupó el cálido reducto que minutos antes, mis dedos exploraban. Llovía. Y sonaba alguna música en la radio. No recuerdo cual, pero era el fondo perfecto para nuestros gemidos, los suyos y los míos. Tú seguías allí. Escondido en mi memoria. Quise hoy perder mi tiempo en olvidarte. Y a estas horas vengo a darme cuenta que sólo conseguí pensarte. Llovía. Y el orgasmo que inundó mi cuerpo y nubló mi mente... llevaba tu nombre.
Caracol
Corre, corre, corre....

Me caigo de sueño pero dejo pasar el tiempo, no quiero dormir. No, no es totalmente cierto, dormir sí quiero, es esa horrible y angustiosa pesadilla lo que me da miedo. Antes me gustaba soñar, adoraba soñar. Era algo así como vivir historias, casi siempre sin sentido, que me gustaba recordar en las mañanas. Pero desde hace unos días, dormir se ha convertido en un auténtico suplicio.
Siempre empieza con una voz que se oye lejana como si viniera de la profundidad de un abismo diciéndome: “correeeeeeeee, correeeeeeeeeee, coreeeeeeeeeee”... así una y otra, y otra vez. Yo quiero hacer lo que me dice porque penetra tanto en mi mente que tengo que obedecerla, pero no sé hacía dónde correr y el por qué. Y aunque lo supiera tampoco puedo hacerlo porque siento que algo aprisiona mi cuerpo y por más que me esfuerce no consigo moverme. Entonces pienso que me he debido enredar en las sábanas y por eso estoy inmovilizada. Quiero abrir los ojos y tampoco me responden. La oscuridad es total y así no puedo averiguar lo que me ocurre. Estiro de mis párpados hacia arriba y parece que estén pegados, pero yo no me dejo vencer por el desánimo y sigo empeñada en abrirlos. Mientras, la voz no se detiene, y perfora mi cerebro: corre, corre, corre. Siento unas ganas terribles de gritar para hacerla callar. Por fin, consigo abrir los ojos y no puedo creer lo que estoy viendo. No me he enredado en las sábanas. Mi habitación es una gran tela de araña que me tiene aprisionada. Yo, en el centro, parezco una mosca que ha caído en la trampa. Pienso que menos mal que no está allí la creadora de esa obra magnífica porque debe ser enorme y yo tengo un inmenso terror a los arácnidos, de cualquier forma y tamaño. Me imagino sus grandes patas tocando mi piel y siento que me voy a orinar de miedo.
“Corre, corre, corre”... sigue acuciándome esa voz misteriosa, y yo intento romper esos hilos pegajosos con los que estoy atada. No puedo, no sólo no se parten si no que me doy cuenta que allí donde rozan mi piel, provocan un fino y profundo corte que hace que la carne se abra. Me asusto e intento tapar las heridas con las manos, pensando que voy a llenar todo de sangre y eso puede que atraiga a ese monstruo que me tiene en su trampa. Pero cuál es mi asombro al ver que ni una gota de sangre mana de ellas. Sólo distingo un fino vapor, como una niebla, que sale por cada uno de los cortes de mi cuerpo. Es como cuando en las frías mañanas de invierno, salimos a la calle y al hablar podemos ver nuestro aliento transformado en una pequeña nube de humo.
Me muero, lo sé, ese aliento es la vida que se me escapa. Y no puedo hacer nada por evitarlo porque cada vez que me muevo, nuevos cortes se me abren en la carne. Tanteo mi pecho pues veo como de allí se eleva hacia el techo un penacho de esa extraña niebla, debo tener una herida enorme, pienso. Es tan grande que mi mano entra sin ninguna dificultad hasta topar con algo tibio y palpitante. Un suave tirón y tengo ante mis ojos lo que hace unos instantes debió ser un corazón y que ahora más bien parece un globo desinflado.
Sigo escuchando esa voz que no deja de repetir su cantinela: corre, corre, corre. Pero yo he empezado a reírme porque no puedo dejar de pensar que seguramente soy una muñeca hinchable, toda aire por dentro, y hasta ahora no me había dado cuenta.
Tan solo... jugaba

¿Qué hace aqui?
Juana, a veces, se siente confusa, pero es sólo un momento, cuando se acaba de despertar de alguno de sus sueños.
Todo empezó hace unos años, como un juego. Desde hacía meses el acto sexual se había convertido para ella en algo aburrido, sin ningún aliciente, y cada vez más odioso. Aquella piel, aquel cuerpo que antaño la excitaba, la hacía sentir ahora una especie de repulsa que no podía explicar. Fabián, su marido, empezaba a darse cuenta y le echaba en cara que se estaba convirtiendo en un simple trozo de carne en la cama, que cada vez alargaba más y más el tiempo entre cada encuentro sexual. Ella sabía que tenía razón, pero no entendía qué le estaba pasando y callaba. Alguna vez estuvo a punto de replicarle que todo eso no era obstáculo para que él se corriese tranquilamente, y que por qué no hacía nada para excitarla, y que follar dejase de ser algo rutinario y aburrido. Pero callaba, adivinando lo que él le respondería.
Entonces pensó que podía imaginarse juegos y situaciones que la excitasen. Probaría a ver si daba resultado.
La primera vez cerró los ojos y se imaginó con otro hombre, uno cualquiera, no tenía ninguno en especial al que desear, así que no le puso rostro, sólo imaginaba una piel, unas caricias distintas, una boca que la besaba con ansía. Entonces empezó a sentir humedad en su sexo y pensó que aquello funcionaba. Siguió con los ojos cerrados, dejándose llevar por la imaginación mientras su marido intensificaba sus embestidas al darse cuenta de que, por fin, después de mucho tiempo, ella se implicaba en el juego. Así, Juana, consiguió su primer orgasmo desde hacía meses.
Días después, cuando su marido volvió a requerirla en el lecho, le puso voz a su supuesto amante, una voz insinuante que le susurraba palabras de amor. Como vio que poco a poco se iba acostumbrando a esa fantasía y el efecto iba siendo cada vez más suave, puso en esa voz imaginaria palabras algo más fuertes, que iban subiendo de tono al mismo tiempo que se hacía notorio su deseo, hasta convertirse en obscenidades e insultos que le proporcionaban orgasmos increíbles.
Una de esas veces, se decidió a deslizar en el oído de Fabián alguna palabra subida de tono o el deseo de utilizar otras posturas, pero él se quedó inmóvil un momento y le respondió con un “¿qué estás diciendo? ¿te has vuelto loca?” y Juana pensó que no había nada que hacer. Seguiría con sus fantasías y probaría otras nuevas.
Se imaginó follando con otras mujeres, lesbianas lujuriosas, que mordían sus pezones y lamían su sexo con fruición. Ella misma se vio probando aquellos carnosos pliegues abiertos que despedían su mismo aroma. Para darle más realidad a sus fantasías, cuando estaba a solas, se masturbaba y lamía sus dedos para conocer su propio sabor. Al principio sintió vergüenza en la soledad de su habitación, pero pronto dejó el pudor a un lado aprendiendo a sentirse otra persona cuando practicaba esos juegos.
Lo siguiente fue hacerlo con varios hombres a la vez, lo que le hizo sentir una excitación tan grande que tuvo varios orgasmos seguidos. Había trabajado tanto su imaginación que le era muy fácil creer que era realidad lo que estaba pasando en su mente. Sentía sus manos por todo el cuerpo, sus penes rojos e inflamados penetrándola una y otra vez por todos sus orificios, sus bocas mordiéndola y lamiéndola, mientras ella gritaba de placer. Todo eso lo hacía en silencio, mientras que el único que la follaba era su marido, pero ella no se daba cuenta, Juana estaba viviendo su historia ajena al cuerpo que permanecía en aquella cama debajo de Fabián.
Empezó a poner en práctica esta fantasía. Se pasaba sola la mayor parte del día y cada vez le resultaba más fácil traspasar la delicada frontera entre la realidad y la fantasía. Se desnudaba ante el gran espejo de la habitación y se acariciaba lentamente pintando tactos diferentes en sus manos. Se auto-penetraba con cualquier objeto que encontraba por casa y pudiera ser utilizado. Un día se decidió a entrar en un sex-shop alejado de su barrio y compró una ingente variedad de consoladores, que se introducía, dotándolos en su mente, con cuerpos y voces que la hacían gozar. Lo que más difícil le resultó fue sodomizarse, a Fabián nunca se le había apetecido esa variedad sexual. Primero empezó con pequeños consoladores que la ayudaban a lubricar y dilatar su orificio anal. Cuando se encontró preparada, utilizó uno mucho más grueso, con una gran base que lo mantenía en pie, erecto, y fue sentándose poco a poco, mientras aquel pene artificial se introducía en su cuerpo. El dolor se tornó placer intenso cuando aquel artilugio quedó enterrado por completo entre sus nalgas.
Cada vez disfrutaba más del sexo, su esposo era sólo el intermediario entre ella y sus historias, aunque él se mostraba encantado con el cambio que Juana había experimentado de un tiempo a esta parte. Ella sentía sus fantasías cada vez más reales, y ni se le pasó por la cabeza buscar algún amante, tenía suficiente con su imaginación y sus juegos solitarios.
Sus amantes imaginarios la ataban, le vendaban los ojos, mordían sus pechos y su sexo, y ella se deshacía en orgasmos interminables. Otras veces, era ella la que humillaba aquellos hermosos cuerpos que le pertenecían por completo. Mordiendo aquellas bocas llegó a hacerse sangre en sus propios labios y saboreó aquel liquido rojo y tibio, que la llevó a una excitación indescriptible.
Pasaba los días perdida en sus ensoñaciones. Su cabeza estaba siempre imaginando nuevas historias y su sexo en una excitación casi constante. Le gustaba la soledad para sus juegos con todos aquellos penes artificiales que utilizaba, pero como más disfrutaba era follando con su marido mientras su mente se perdía en los entresijos de sus fantasías.
Una noche, después de pasar casi todo el día fantaseando y jugando sola, Juana esperó desnuda a Fabián, empapada de deseo. Él, sorprendido del recibimiento, no se hizo de rogar y se la llevó a la cama. Ella, antes de que él se colocase encima, saltó ágilmente sobre él rodeándole la cintura con sus piernas, lo desnudo a tirones, rasgándole la ropa. Se acopló a su miembro, ya erecto, y le mordía la boca, los pezones, haciéndolo gritar. Juana se excitaba cada vez más y Fabián se hallaba completamente desconcertado ante aquel deseo incontrolable de su mujer. Su cuerpo se movía arriba y abajo, encima de él, aullando de placer. No apartaba sus ojos del rostro de su marido, quería ver su expresión y cómo cerraba los ojos cuando la inundaba con su semen caliente.
Cuando sintió bombear el pene de Fabián en su interior y sus párpados comenzaban a entornarse por el placer, Juana sacó un cuchillo escondido bajo la almohada, lo aferró con ambas manos, levantó sus caderas hasta dejarse caer con fuerza para ser penetrada al máximo, al mismo tiempo que asestaba una fuerte cuchillada en el pecho de su marido, traspasándole el corazón. Aún volvió a clavar la hoja afilada unas cuantas veces más mientras una ola de placer la inundaba y estallaba en un orgasmo que la hizo temblar de los pies a la cabeza.
Ahora, sentada en aquel patio, sonríe. Está perdida en sus fantasías que continúan humedeciéndola, pero lo que más le gusta recordar son los ojos sorprendidos de su marido cuando ella le mató. Es entonces, cuando su rostro sereno y tranquilo adquiere una mueca de sensual perversidad que asustaría a quien pudiese mirarla en ese instante.

